"El libro se publicó en 2005 y comienza así: “Vivimos en un mundo en
el que un terremoto de 60 segundos en Taiwán puede quebrar la economía
americana. Vivimos en un mundo en el que una epidemia en China puede
amenazar la capacidad estadounidense de fabricar coches y aviones.
Vivimos en un mundo en el que el cierre de una fábrica en Reino Unido
puede privar a la mitad de los americanos de la vacuna contra la gripe”.
El título es ‘End of the line’, su autor se llama Barry Lynn
e iniciaba el ensayo con este párrafo porque el 21 de septiembre de
1999 un terremoto de grado 7,6 en la escala Richter golpeó Taiwán,
causando más de 2.000 muertos. En aquel instante, “no había un solo producto electrónico en el mundo que no tuviera un componente fabricado en Taiwán”.
Los otros dos casos también fueron reales, (...)
El coronavirus ha puesto el foco en la escasez de materiales sanitarios
esenciales, ya que no los producimos aquí, pero también en las grandes
dificultades para adquirirlos. Cuando más los necesitamos, cuando son
más urgentes, debemos seguir un proceso complejo para disponer de ellos.
Y por si fuera poco, cuando vamos contrarreloj, nos engañan y nos
envían test que carecen de fiabilidad o aviones que nunca llegan, o se pierde el material por el camino, y siempre a través de intermediarios extraños. Echamos la culpa a Sánchez o a Ayuso,
pero ha ocurrido en todas partes: a los checos, el 80% de los test no
les funcionaban, 600.000 mascarillas enviadas a Países Bajos eran
inservibles y a Alemania se le extraviaron seis millones de mascarillas
en un aeropuerto de Kenia.
Es abominable, pero dadas las circunstancias, era difícil esperar
otra cosa. La industria está deslocalizada, España no fabrica nada, en
Europa está mirando cada cual por sí mismo y se ha quedado con su
producción, y quienes tienen el material que todo el mundo necesita
sacan partido elevando los precios, cambiando de comprador a última hora o rentabilizando material de baja calidad: los instantes de necesidad son perfectos para este tipo de prácticas.
Cuando los sistemas no son lo suficientemente sólidos
como para tener margen de respuesta en situaciones excepcionales, y sus
grietas dejan margen de acción a los buitres, estos se aprovechan. Y para entender en qué se ha fallado, hay que regresar a Taiwán.
Suena raro que por un país de poco más de 20 millones de habitantes
pasase la producción electrónica mundial, pero así era, fruto de malas
decisiones occidentales ligadas al deseo de aumentar los beneficios.
Para precisar el alcance, hay que hacer algo de memoria y volver a la época en que las grandes empresas comenzaron un doble proceso, que fue a la par de deslocalización y de externalización.
(...) como asegura Barry Lynn en un libro posterior, ‘Cornered’, el ámbito financiero ha ido concentrando buena parte de la producción, gracias a su músculo para comprar empresas, y ha dado lugar a muchos monopolios
en subsectores del ámbito productivo. Esa es la causa de que se
concentre la fabricación no solo en puntos geográficos concretos, sino
en pocas factorías.
Pero eso supone una enorme fragilidad, como estamos viendo. Desde el
punto de vista estratégico es obvio, un país que no puede contar con los
recursos que se necesitan en el momento en que más los precisa está
condenado a sufrir. Hay Estados que son más conscientes que otros.
Como
bien señala Rana Foroohar en su último libro, ‘Don’t be evil’, un informe del Pentágono de septiembre de 2018 para la Casa Blanca advertía de que cuatro
décadas de deslocalización productiva, en combinación con las políticas
industriales chinas, habían dejado la cadena de abastecimiento
estadounidense en una posición muy vulnerable. Y otro informe
del Departamento de Defensa subrayaba que China se había convertido en
la única fuente de manufacturas en componentes esenciales para el
ejército y la industria militar, entre ellos los tecnológicos. Y eso en
EEUU, la primera potencia del mundo.
Sin embargo, esa relocalización estratégica que EEUU está intentando
llevar a cabo es solo una parte del problema. La otra es esa
organización del tejido productivo y mercantil que produce una
concentración absurda. El último y llamativo ejemplo, el de los condones.
Reuters avisaba de que el mundo se prepara para la escasez de condones,
ya que el confinamiento ordenado por el Gobierno de Malasia había
afectado a Karex Bhd, la empresa que fabrica uno de cada cinco condones del mundo.
Los condones se destinan a marcas como Durex, se suministran a sistemas
estatales de salud como el NHS de Reino Unido, o se distribuyen a
través de programas de ayuda como el de Naciones Unidas. Una firma
produce en Malasia el 20% mundial de un producto que se puede fabricar
en cualquier parte, lo cual no podría ocurrir sin esta concentración pensada para obtener el máximo partido económico. Y esto es frecuente en otros sectores.
Eso no es eficiencia, es inconsciencia.
Por muchos motivos. Más allá de la fragilidad estratégica, en esta
acción absurda residen las causas de la cantidad de trabajos que se
pierden y del número de pequeñas y medianas empresas que dejan de tener oportunidades. Cuando bajo pocas firmas se reúne todo un sector,
se crean grandes problemas, no se generan soluciones. Los trabajos
disminuyen porque siempre se apuesta por hacer más por menos, la
iniciativa empresarial desaparece porque nadie puede competir y no hay
diferencia ni innovación real.
Si, además, todo eso se concentra en
algún lugar remoto, ya tenemos una explicación de por qué la economía de
la gente común va mal y de por qué disminuyen las oportunidades y el
nivel de vida. Y como hay pocos centros de abastecimiento, se queda
mucho más expuesto a los imprevistos. Lecciones que, como ya apuntaba en
2005 Barry Lynn, conocíamos de sobra. Pero ha dado igual, y ahora
estamos lidiando con las consecuencias.(...)
A Occidente no le importó esta doble concentración, espacial y sectorial, porque era rentable y porque, en caso de necesidad, teníamos recursos para adquirirlos.
No es así: vivimos una horrible escasez del material sanitario
necesario, tenemos grandes dificultades para comprarlo, hemos de
recurrir a intermediarios poco confiables y sufrimos engaños en un
momento de gran urgencia. Pero, si se piensa un poco, tal y como estaban
organizadas las cosas, era muy probable que si pasaba salgo, se
respondiera de la peor manera posible.
Esta situación es grave, y
ahora toca afrontarla como podamos y pararla cuanto antes. Pero después
tendremos que ordenar las cosas: no podemos dejar que esta concentración territorial y empresarial siga teniendo lugar. Estamos viendo sus consecuencias, aprendamos la lección." (Esteban Hernández, El Confidencial, 30/03/20)
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