"(...) Vamos a asistir a una reconfiguración política, económica y geopolítica en Occidente.
A corto plazo veremos los primeros movimientos y en unos cuantos meses
iremos constatando cómo se concretan. El camino estadounidense será
importante para saber cómo se van articulando las transformaciones y qué
expresión política toman. (...)
Si queremos ver las novedades ideológicas, tendremos
que alejarnos de España y de Europa y fijarnos en el ámbito anglosajón.
No en vano las derechas ortodoxas y ultraortodoxas contemporáneas
nacieron en el Reino Unido y en EEUU, y allí donde están evolucionando,
en especial en EEUU.
La causa principal de su transformación, mucho más que el coronavirus,
se llama China. La irrupción de la potencia asiática marca un antes y un
después, y la pandemia no ha hecho más que ratificarlo. El régimen de Xi Jinping
puede salir fortalecido internacionalmente de esta catástrofe: dio una
respuesta contundente a la aparición del virus en Wuhan, se ha
recuperado antes que los demás y ha desvelado las deficiencias estratégicas de EEUU y de Europa.
Cuando han hecho falta recursos concretos, China los tenía todos,
gracias a que se convirtió en la fábrica del mundo; además, ha
demostrado que la gran fortaleza financiera y tecnológica de EEUU era limitada cuando le ha tocado enfrentarse a un problema en su territorio, agravado además por su endeble cohesión social.
La lógica neoconservadora de ondear la bandera y de buscar adhesiones
entre los perdedores de los estados interiores, en los entornos
religiosos y en las clases medias que deseaban menos impuestos, así como
su la lucha contra los valores débiles del progresismo, les fue útil en
las elecciones, pero no sirve para gobernar un país asolado por una doble catástrofe, sanitaria y económica.
Ahí es donde están apareciendo nuevos jugadores en el frente republicano. Hay una oleada emergente de actores y de ideas en el mundo conservador que comienza a tener peso, y más aún en un momento en el que la vieja guardia de Trump está desaparecida. (...)
Las mayores novedades, no obstante, se encuentran en el frente interno, donde destaca una figura clave, el senador Marco Rubio,
el primero en el lado republicano en entender cómo las debilidades
estadounidenses estaban directamente vinculadas con el ascenso chino.
Visto hoy, su contundente discurso de 2018 en el Congreso de EEUU en 2018 cobra todo su sentido y revela su capacidad de anticipación.
Rubio, un halcón en política exterior, católico y muy religioso, también
es de los pocos en verbalizar, desde el lado republicano o desde el
demócrata, hasta qué punto el auge chino se ha apoyado en un tipo de
crecimiento económico que estaba destinado a satisfacer los intereses
del mundo financiero, de accionistas y acreedores, mucho más que a
favorecer la producción de bienes y servicios reales y, por tanto, a
aumentar el bienestar estadounidense.
Dos informes que realizó para su proyecto de desarrollo del mercado americano y de los trabajos en EEU, 'American Investment in the 21st Century' y ‘Made in China 2025: the future of the american industry’, son mucho más relevantes que la mayoría de las abstracciones de nuestros economistas habituales.
El segundo actor llamativo es el senador Josh Hawley, quien hizo público un documento la pasada semana, ‘Getting America Back to Work’, con un ambicioso plan, en la línea de Dinamarca, para salvar los empleos y reindustrializar EEUU. Como bien cuenta Matt Stoller,
Hawley, autor de un notable libro sobre Theodore Roosevelt, es uno de
los republicanos más combativos con las grandes corporaciones y los
gigantes tecnológicos, y apuesta decididamente por los pequeños negocios.
En él confluyen la defensa de su nación mediante una política exterior
agresiva con el sentimiento religioso, los valores tradicionales, el
respeto por la comunidad y el deseo de una organización social cohesiva.
Un tercero es Oren Cass, excolaborador de Mitt Romney, director de American Compass,
y autor de ‘Once and future worker’, es un ardiente defensor de una
política industrial estadounidense, aunque por un camino económico
diferente de los anteriores, también anclado en la importancia de la
familia, la comunidad y la industria para impulsar la prosperidad y
libertad.
El profesor de Harvard Adrian Vermeule sumaría otra corriente más intransigente, ya que es antiliberal en lo económico y en lo cultural.
Del mismo modo que propugna que las concepciones libertarias de los
derechos de propiedad deben ser rechazadas, aboga por un regreso a la
autoridad y a la jerarquía que autorizaría a derogar en determinados
contextos la libertad de expresión o la sexual.
Son dos corrientes distintas, una más anclada en la acción concreta,
realizada desde el interior del partido republicano, y otra como fuente
intelectual, que coinciden en la necesidad de otra cultura y de otra
economía, que entroncan con la vieja tradición republicana, la previa a Reagan, y que sitúan al comercio internacional como una amenaza para su país.
En un EEUU enfrentado a China y con dificultades de cohesión, muestran también dos caminos diferentes de salida. Una reconstrucción industrial nacional parece probable,
y gente como Rubio o Hawley podrían ser de gran utilidad en esa tarea.
Si, por el contrario, se apuesta más por lo cultural, las posturas
autoritarias de Vermeule podrían encontrar un eco notable.
Las consecuencias de este doble giro, el marcado por la guerra contra
China y por la necesidad de salir de la depresión causada por la
pandemia, van a ser todavía más importantes para la UE y para su extrema
derecha. En primer lugar, porque una guerra comercial sin cuartel entre
China y EEUU planteará dilemas profundos en el viejo continente,
empezando por Alemania.
Es la clave de bóveda europea y un país
exportador al que la relación con China le resulta indispensable con su
actual modelo, por lo que se verá sometida a un fuego cruzado para que se aleje de los asiáticos,
una posición a la que su industria no está nada dispuesta: tendrá que
elegir entre sus socios tradicionales y militares, EEUU, y los nuevos,
los que le dan lustre a su economía, y es una decisión muy compleja.
También veremos abrirse nuevos frentes. Serbia es ya el cuarto destino
internacional de la inversión china, y los de Xi acaban de firmar con Orbán
un acuerdo de infraestructuras que unan Hungría con Serbia, una vía de
entrada en Europa que puede empujar a países del Este hacia una
influencia más china que europea.
Italia ha recibido ayuda china y rusa
durante la pandemia, y su mala situación, si no es arreglada gracias a
una acción conjunta de la UE, puede ser aprovechada por los de Xi. Y, en
otro orden, muchas empresas europeas pueden quedar
expuestas a la adquisición por parte de firmas o fondos de potencias
extranjeras con capital suficiente, en general estadounidenses o chinos.
En fin, Europa va a ser un campo de batalla. (...)
En la Europa occidental, las nuevas derechas solo han propuesto menos
impuestos y menos gasto público, y si la crisis es profunda, como
parece, no van a resultar muy populares, por lo que quizá den un giro solohacia posiciones que tengan mayor arraigo entre gente que pasa malos momentos, y las sugeridas por esta nueva hornada de republicanos estilo Marco Rubio les pueden encajar perfectamente.
En lo que sí va a ser relevante la extrema derecha será en lo geopolítico, porque todas ellas, salvo alguna excepción, son muy favorables a EEUU y totalmente contrarias a China. Su presión a favor de Washington y en contra de la UE va a ser sentida por muchos gobiernos europeos.
En
esta ecuación, sin embargo, hay un par de factores ausentes. Si la
tendencia de futuro es el combate entre EEUU y China, con la extrema
derecha como fuerza en auge, habrá dos actores que quedarán fuera de la ecuación. El primero es la UE,
que tendría que hacer un esfuerzo real para ponerse a la altura de los
tiempos y no convertirse en el objeto de reparto de las potencias
ganadoras; el segundo, obviamente, es la izquierda, que está en la misma situación que la UE." (Esteban Hernández, El Confidencial, 09/04/20)
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