"(...) Son
tiempos también de insolidaridad. Los egoísmos nacionales se han
manifestado con sorprendente y brutal rapidez. Estados vecinos y amigos
no han dudado en lanzarse a una « guerra de las mascarillas 59»
o en apoderarse, cual piratas, de material sanitario destinado a sus
socios. Hemos visto a Gobiernos pagar el doble o el triple del precio de
material sanitario para conseguir los productos e impedir que sean
vendidos a otras naciones.
Los medios han mostrado como, en las pistas
de los aeropuertos, contenedores de tapabocas eran arrancados a aviones
de carga para desviarlos hacia otras destinaciones. Italia acusó a la
República checa de robarle los lotes de mascarillas comprados en China y
que hacían escala en Praga. Francia denunció a Estados Unidos por lo
mismo. España culpó a Francia… Fabricantes asiáticos informaron a
Gobiernos africanos y latinoamericanos que no podían venderles por el
momento material sanitario porque Estados Unidos y la Unión Europea
pagaban precios superiores60.
En
la vida cotidiana, la suspición y la desconfianza han crecido. Muchos
extranjeros o forasteros, o simplemente ancianos enfermos61, sospechosos de introducir el virus, han sido discriminados, perseguidos, apedreados62, expulsados… Es cierto que las personas mayores constituyen el grupo con mayor índice de mortalidad63. Ignoramos por qué.
Algunos fanáticos ultraliberales no han tardado en reclamar sin tapujos la eliminación maltusiana de los más débiles. Un vice-gobernador, en Estados Unidos, declaró: « Los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía.64 »
En esa misma vena aniquiladora, el analista neoliberal del canal
estadounidense CNBC, Rick Santelli reclamó un ‘darwinismo sanitario’ y
pidió « inocular el virus a toda la población. Eso sólo aceleraría el curso inevitable…
Pero los mercados se estabilizarían65 ». En Holanda, donde el primer ministro ultraliberal Mark Rutte apuesta también por la “inmunidad de rebaño”66, el jefe de epidemiología del Centro Médico de la Universidad de Leiden, Frits Rosendaal, declaró que « no se deben admitir en las UCI a personas demasiado viejas o demasiado débiles67 ». Amenazas dignas de demonios exterminadores de novelas gráficas… Y además absurdas porque, como explica una enfermera : « La
covid-19 es mortal. Y puedo decir que no distingue límite de edad. Ni
color. Ni talla. Ni origen. Ni clase social. Ni nada. Atacará a
cualquiera. 68»
La
covid-19 no distingue, es cierto, pero las sociedades desigualitarias
sí. Porque, cuando la salud es una mercancia, los grupos sociales
pobres, discriminados, marginalizados, explotados quedan mucho más
expuestos a la infección. Es el caso, por ejemplo, en Singapur donde
-como vimos- las autoridades consiguieron en un primer tiempo controlar
la epidemia. Sin embargo, en esa opulenta ciudad-Estado existe una
minoría de cientos de miles de migrantes venidos de países pobres, empleados en la construcción, el transporte, la domesticidad y los servicios.
El país depende de esos trabajadores para el funcionamiento de su economía. Pero el aislamiento físico es casi imposible en esos empleos. Por su condición social, muchos de esos inmigrantes tuvieron que continuar en sus tareas a pesar del peligro de infectarse… Por otra parte, una ley exige que los trabajadores extranjeros residan en ‘dormitorios’, unas habitaciones que albergan hasta una docena de hombres, con baño, cocina y ducha colectivos. Inevitablemente esos locales se convirtieron en focos de infección…
A partir de esos núcleos, el virus se volvió a dispersar... Está documentado que cerca de 500 nuevos contagios surgieron de ahí. Un sólo ‘dormitorio’ causó el 15% de todos los nuevos casos del país69. Hasta tal punto que Singapur,
"ejemplo" de país vencedor de la pandemia, enfrenta ahora un peligroso
repunte de la covid-19. El coronavirus reveló las desigualdades ocultas
de la sociedad…
Lo que ocurrió en esos ‘dormitorios’ de Singapur da una idea de lo que podría suceder en el sureste de Asia, en la India, en África, en América Latina, y en naciones
de escasos recursos, con sistemas sanitarios embrionarios. Si en
Estados ricos –Italia, Francia, España-, el virus ha hecho los terribles
estragos que conocemos, ¿qué ocurrirá en algunas zonas depauperadas de
África ? ¿Cómo hablar de
‘confinamiento’, o de ‘aíslamiento’, o de ‘gel desinfectante’, o de
‘distancia de protección’, o hasta de ‘lavarse las manos’ a millones de
personas que viven, sin agua corriente, hacinadas en favelas, chabolas o
barrios de latas, o duermen en las calles, o viven en campamentos
improvisados de refugiados, o en las ruinas de edificios destruidos por
las guerras ? Sólo en América Latina, el 56% de los activos viven en la
economía informal…
Por
su parte, la principal superpotencia del planeta, Estados Unidos, ha
renunciado, por primera vez en su historia, a encabezar la lucha
sanitaria y a ayudar a los enfermos del mundo. En una nación de
semejante riqueza, el virus ha venido a desvelar las excesivas desigualdades en materia sanitaria. Los
habitantes descubren una falta de insumos básicos así como las
deficiencias de su sistema de salud pública.
Hace tiempo que el senador
Bernie Sanders viene reclamando que se considere « el sistema de salud como un derecho fundamental del ser humano ». Y muchas otras personalidades reclaman ese cambio : « Necesitamos una nueva economía de los cuidados – expresó, por ejemplo, Robert J. Shiller, premio Nobel de Economía- que integre los sistemas nacionales de salud públicos y privados. 70».
Entre
tanto, la covid-19 está causando, en ese país, decenas de miles de
muertos. Y la situación se puede agravar porque unos veintisiete
millones de personas (8,5% de la población) no poseen seguro médico y
otros once millones son trabajadores ilegales, sin documentos, que no se
atreven a acudir a los hospitales…
En lo que es hoy el epicentro mundial de la pandemia, los analistas observan una "exacerbación de la disparidad de salud". Algunas minorías étnicas -afroestadounidenses, hispanos- están teniendo, en efecto, un indice de letalidad frente al coronavirus muy superior a su representatividad social.
En Nueva York, por ejemplo, afroamericanos y latinos suman el 51% de la población, pero acumulan un 62% de los fallecimientos por covid-19. En el estado de Michigan, los afroestadounidenses constituyen el 14% de la población, pero concentran el 33% de los infectados y el 41% de las muertes. En Chicago, los afrodescendientes son el 30% de la población, pero representan el 72% de los fallecimientos… « Unas cifras que dejan sin aliento… » dijo Lori Lightfoot, la alcaldesa de Chicago71.
En un país donde el test para saber si alguien es positivo al nuevo coronavirus cuesta 35 000 dólares72, la salud es a menudo un reflejo de la inequidad social.
Al capitalismo salvaje le tiene sin cuidado el dolor de los pobres. Si
latinos y afroamericanos son, en Estados Unidos, más vulnerables frente
el coronavirus, es porque son víctimas de una serie de desventajas
sociales.
También son las minorías que, por haber tenido, históricamente, menos acceso a los servicios de salud, padecen con frecuencia una serie de patologías graves : « Siempre hemos sabido –explica el Dr Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos- que enfermedades como la diabetes, la hipertensión, la obesidad y el asma afectan, de manera desproporcionada, a las poblaciones minoritarias, particularmente a los afroamericanos.73 »
A pesar del azote de la covid-19, algunos empresarios han seguido exigiendo que los trabajadores regresen a sus puestos para salvar la economía. Latinos y afroamericanos tienen pues que seguir trabajando en las calles, realizando algunos de los trabajos
más duros, limpiando edificios, conduciendo autobuses, desinfectando
hospitales, atendiendo supermercados, manejando taxis, repartiendo
paquetes, etc. Al riesgo de infección que enfrentan
en sus barrios marginados, se suman los peligros que encaran en los
transportes públicos y en sus empleos… En cuanto a los inmigrantes ilegales e indocumentados, acosados por las autoridades, no van a los servicios de salud, como ya dijimos, por miedo a que los detengan…
Cada día de esta plaga, la gente se convence más que es el Estado, y no el mercado, el que salva. «Esta crisis –explica Noam Chomsky- es
el enésimo ejemplo del fracaso del mercado. Y un ejemplo también de la
realidad de la amenaza de una catástrofe medioambiental. El asalto
neoliberal ha dejado a los hospitales desprovistos de recursos. Las
camas de los hospitales fueron suprimidas en nombre de la ‘eficiencia
económica’…
El Gobierno estadounidense y las multinacionales
farmacéuticas sabían, desde hace años, que existía una gran probabilidad
de que se produjese una pandemia. Pero, como prepararse para ello no
era bueno para los negocios, no se hizo nada.74» Por su parte, el filósofo francés Edgar Morin constata: « Al
fin y al cabo, el sacrificio de los más frágiles –ancianos, enfermos-
es funcional a una lógica de la selección natural. Como ocurre en el
mundo del mercado, el que no aguanta la competencia es destinado a
perecer. (...)"
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