"(...) Quizá una de las condiciones esenciales para practicar la ciudadanía
es reivindicar la memoria del presente. Esa que desenmascara al
agitador, que pone en su sitio al bocazas, que sitúa en los términos
justos al arrogante. Cuando las cosas van mal conviene parar y echar un
vistazo a lo andado y a lo que nos rodea, más ahora que nos hemos visto
obligados a frenar en seco.
Es 4 de enero de 2020 y a las 19:13 en España la Organización Mundial de la Salud publica
un aviso en sus redes sociales: China ha informado a la OMS de un grupo
de casos de neumonía -sin muertes- en Wuhan, provincia de Hubei. Se
están realizando investigaciones para identificar la causa de la
enfermedad.
Tuvimos el SARS en 2002, la gripe aviar en 2005, la gripe A entre
2009 y 2010, el síndrome respiratorio de Oriente Medio entre 2012 y
2013, el virus del Zika en 2014 y el brote de Ébola en ese mismo año.
¿El coronavirus era un acontecimiento impredecible? Una pandemia era una
amenaza potencial que sabíamos que nos podía afectar pero que Gobiernos
y entes supranacionales como la UE no contemplaron entre sus
prioridades.
¿Cuáles eran las prioridades en la política internacional
de enero de 2020? Sirva como ejemplo que Estados Unidos asesinó en
Bagdad al general iraní Soleimani en un nuevo intento por desestabilizar
la región. Esta semana nos hemos enterado de la Operación Gedeón, una
frustrada invasión de comandos en territorio venezolano donde han sido
detenidos dos estadounidenses. Estas parecen ser las prioridades ahora.
¿Cuál era la atención que nuestro Gobierno prestaba a la potencial
amenaza de una pandemia? En los últimos Informes de Seguridad Nacional
el DSN había dedicado ya espacio a la amenaza vírica. En el último
informe, aprobado el 15 de marzo de 2019 por todos los ministerios, podemos leer pasajes tan descriptivos como este:
Las tendencias en el ámbito de la
seguridad frente a epidemias y pandemias están determinadas por el
creciente volumen de viajes internacionales y los grandes movimientos de
población, las enfermedades animales y la circulación de
microorganismos [...] El Sistema de Alerta Precoz y Respuesta de Salud
Pública de la Unión Europea ha recibido en el mismo periodo 1.482
comunicaciones, mostrando la mayor sensibilidad del sistema europeo,
debido, entre otras cosas a una menor tolerancia a los riesgos de la
población de la UE. En España, el Centro de Coordinación de Alertas y
Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar
Social ha abierto 645 expedientes de alerta sanitaria a partir de las
señales detectadas entre 2007 y 2018 (un promedio de 58 expedientes al
año con una tendencia ascendente).
No se engañen, las alertas sanitarias mundiales, europeas y españolas
estaban funcionando, teniendo en cuenta que lo hacían con las
capacidades disponibles, mutiladas tras los recortes de la década del
austericidio. ¿Saben qué sucedió en 2009 cuando el Gobierno de Zapatero
compró 37 millones de vacunas contra la Gripe A? Que pese a que se hizo
de forma unificada por el Ministerio de Sanidad, que pese a que la
ministra Trinidad Jiménez contó con el apoyo de su antecesora Ana
Pastor, periódicos como El Mundo publicaban en 2010 informaciones tituladas El camelo de la gripe A:
No bese. No dé la mano a nadie. No
meta los dedos en la pila de agua bendita para santiguarse. Huya de los
que estornuden. No suba a un autobús. No viaje. Vaya con mascarillas a
todas partes. No pique del plato del amigo. No utilice ropa ajena...
Prepárese.
Fue la receta de supervivencia, aderezada con terror, que nos
vendieron en 2009. Hemos vivido los últimos seis meses conforme a un
«plan metódicamente diseñado» -dicen los expertos a Crónica- que
pronosticaba escuelas cerradas, miles de empresas paralizadas por la
baja de plantillas, urgencias hospitalarias colapsadas, sin oxígeno ni
vacunas para todos. Desde España a las Antípodas nos retrataron un mundo
venidero de calles desiertas y morgues improvisadas. Al menos 150
millones de personas, cifró alegremente la Organización Mundial de la
Salud (OMS), iban a morir desde junio a diciembre del año pasado, cuatro
veces más que por la gripe del 18, la mayor pandemia de la Historia
mundial. Pánico puro y duro.
En España los voceros de la pandemia hablaban de miles de familias
mutiladas por la pérdida de algún ser querido. Nadie estaba a salvo.
[...] El coste de la alarma -infundada, según advertían desde el
principio varios estudios avalados por prestigiosos epidemiólogos- ha
sido alto en todos los aspectos. 333 millones de euros se gastó el
Gobierno de Zapatero en la compra compulsiva de vacunas y antivirales.
Eso sin contar el gasto sanitario (aún sin especificar) que supuso la
avalancha de consultas en hospitales y centros de salud, tanto públicos
como privados.
¿El retrato les suena familiar, verdad? Terriblemente familiar. Salvo
que en 2010 la derecha mediática, en vez de alabar la previsión de
nuestro Gobierno, en vez explicar que los científicos siempre actúan
bajo criterios de posibilidad, se dedicó a mofarse de Zapatero. Leído
hoy resulta escalofriante: tomar las advertencias de la comunidad
científica como un cuento asustaviejas por el simple motivo de arrear al
Gobierno de turno.
¿Qué cicatrices dejó esta ruindad cortoplacista,
esta crítica desaforada que se niega a entender que la política no puede
relacionarse con la ciencia mediante resultados? Que de aquí en
adelante cualquier mandatario se lo pensaría dos veces antes de gastarse
millones para prever una alerta sanitaria. La respuesta del Gobierno
Rajoy en la crisis del Ébola, pese a ser exitosa, fue mucho menos
decidida centrándose en la contención por pacientes. Justo en un
momento, además, en que la tijera ya entraba en Sanidad como si fuera
mantequilla.
Uno de los elementos clave para entender por qué el actual Gobierno
no tuvo una respuesta más contundente desde los primeros casos es el
antecedente de las críticas a la gestión previsora de la Gripe A de hace
diez años. Otro lo que viene a continuación. Este Ejecutivo llevaba tan
solo dos meses funcionando cuando todo estalló en marzo. Dos meses como
poco duros para un gabinete de coalición, experiencia inédita desde
1978 ¿En qué consistió la política española en los meses previos al
coronavirus?
El 4 de enero de 2020, justo cuando la OMS lanzó la alerta, la Junta
Electoral Central se dedicaba a boicotear la investidura de Pedro
Sánchez retirando el acta de eurodiputado a Oriol Junqueras. Y a partir
de ahí los calificativos que ustedes recuerdan: presidente felón,
Gobierno ilegítimo.
¿Saben por qué? Pues por lo mismo que desde 2015
tuvimos cuatro elecciones generales y hubo que recurrir a una moción de
censura: porque había que evitar a toda costa que los rojos llegaran a
la Moncloa, porque para sectores con mucho poder dentro del Estado y
fuera de él que Unidas Podemos tuviera un ministerio era un anatema.
Este Gobierno aprobó el 22 de enero la subida del salario mínimo,
antes incluso de que se inaugurara formalmente la legislatura en las
Cortes el día 3 de febrero. ¿Saben cuál fue el debate del día 4 entre la
izquierda tuitera? Calificar de error histórico, fracaso y traición una
experiencia que echaba a andar simplemente porque los diputados de
Unidas Podemos aplaudieron al Rey. Sí, la vergüenza ajena en este
artículo no sólo mancha a la derecha.
Y a partir de ahí un febrero donde el Gobierno derogó el despido por
baja médica y donde la respuesta de la oposición derechista y ultra fue la política de la nitroglicerina,
una inacabable guerra cultural contra una legislatura que se perfilaba
de un profundo carácter reformista. ¿Recuerdan de qué discutíamos? Pues
pasamos de tachar a los menas de amenaza a la seguridad
nacional a sumergirnos en una ridícula y prefabricada discusión sobre si
los hijos eran propiedad del Estado, sobre el Delcygate o
sobre si la mujer era el sujeto del feminismo.
El 18 de febrero, Sánchez
y Casado se reunieron en Moncloa para tratar el desbloqueo de la
renovación del CGPJ, el Tribunal de Cuentas o el Defensor del Pueblo.
Casado dijo no a todo. En España había dos casos confirmados de covid,
los de los turistas alemán y británico en La Gomera y Palma de Mallorca,
que fueron dados de alta. El DSN informaba ese mismo día de que:
El Ministerio de Sanidad se encuentra
en permanente contacto con los organismos internacionales: Organización
Mundial de la Salud (OMS) y Centro de Control de Enfermedades Europeo y
Comisión Europea (ECDC) [...]
A nivel nacional, el Ministerio de Sanidad ha establecido un Comité
de seguimiento de la situación que se reúne diariamente para valorar la
evolución del riesgo, las acciones que realizan las diferentes unidades
del departamento implicadas, las propuestas de actuaciones de
coordinación con las CCAA y las actividades de comunicación técnica,
institucional y a la población y medios.
El Gobierno ha acordado la creación de un Comité de Coordinación
Interministerial, se trata de un grupo de trabajo que hará un
seguimiento y evaluación de la situación y coordinará la respuesta
transversal del Ejecutivo ante cualquier eventualidad.
Casado andaba preparando las autonómicas gallegas y vascas,
intentando pactar con Ciudadanos una candidatura conjunta, mientras que
Borja Semper abandonaba la política y el ultra Carlos Iturgaiz volvía
como apuesta de la actual dirección del PP. ¿Saben cuantas veces se
pronuncio la palabra "coronavirus" en el Congreso durante todo febrero?
Tan sólo en tres ocasiones. Rodríguez Gómez de Celis, de UP, refiriendose del primer caso y la necesidad de lo público el 4 de febrero. La diputada del PNV Sagastizabal Unzetabarrenetxea hablando sobre economía el 27 de febrero. Y Pablo Casado, un día antes, vinculándolo
con Cataluña. Sí, Cataluña fue otro de los temas omnipresentes en
febrero, como en todos y cada uno de los meses de los tres años
anteriores.
El día 3 de marzo, Javier Ortega Smith, frente al Congreso dijo que
"haremos lo que haya que hacer", pero no se refería a la pandemia. Era
la manifestación por la equiparación salarial policial que acabó siendo
el Rodea el Congreso de la ultraderecha. Los uniformados de paisano le
vitoreaban como si aquello fuera el comienzo de una guerra. Un partido
como Vox, por cierto, cuyo diputado, de profesión odontólogo, Ignacio
Garriga, declaró en una entrevista publicada el 4 de julio de 2019 que "la sanidad universal y gratuita es una lacra".
El día 4 de marzo, Begoña Villacís, vicealcaldesa de Madrid, expuso
públicamente sus planes de instalar una noria gigante en el Manzanares.
Sin comentarios.
Esta es la descorazonadora realidad política de los meses y semanas
previas al estallido de la pandemia en nuestro país. No le den más
vueltas ni dejen que otros les hagan el lío. El Gobierno pudo haber
cortado el tráfico aéreo antes de lo que lo hizo, y sobre todo pudo
haber comprado material médico en febrero, a costa de que le colgaran el
sambenito de la vacunas de Zapatero.
Ese fue su principal y más grave
error. Cuando quiso hacerlo las cadenas comerciales de la infalible
globalización capitalista estaban rotas, los Estados se robaban aviones
unos a otros, la UE fue incapaz de distribuir el material entre sus
socios. Por eso hemos tenido más de 40.000 sanitarios infectados.
El virus, como ya les contamos por aquí
a finales de marzo, llevaba entre nosotros más tiempo del que
pensábamos y nos llegó por múltiples vías, como confirmó unas semanas
después el Instituto Carlos III. Podemos jugar a la política-ficción y
estimar qué hubiera sucedido si el Gobierno hubiera declarado antes el
estado de alarma.
Antes ¿Cuándo?¿A principios de marzo, con 76 casos
activos? Con la suspensión del Mobile World Congress de Barcelona, a
mediados de febrero, se volvieron a escuchar las mismas críticas que en
el 2010: la OMS era una alarmista y nos iba a destrozar la economía. Les
recomiendo encarecidamente unos minutos televisivos donde Inda y Ana
Rosa se quedan a gusto criticando la suspensión.
Lo que realmente es política-ficción es pensar que un Gobierno, más
uno primerizo, de coalición y en minoría, atacado con extrema virulencia
desde el minuto uno, iba a declarar un estado de alarma sin que le
tacharan de liberticida y económicamente nefasto. Justo las razones que
hoy dan los que cuestionan el estado de alarma mientras que hace unas
semanas empleaban justo las contrarias para acusar al Gobierno de
impericia en la reacción. Siempre mal, todo mal.
¿Y qué ocurrió en los momentos más duros de la crisis, es decir, anteayer?
Que los ultras intentaron derribar al Gobierno poniendo ataúdes encima
de la mesa, desatando una descomunal campaña desestabilizadora para que
cundiera el terror y el desánimo entre la población. Así de crudo y
asqueroso. Por cierto, no estuvieron solos, los de la política del
susurro le dieron su bendición para hacerlo. ¿Y Casado? Pues lo que
tocara ese día: o jugar al hombre de Estado o competir con Vox.
Las aportaciones de la izquierda alternativa también fueron
fabulosas: desarrollar la sociología de la "policía de balcón",
inventarse una nueva diversity con la infancia y advertirnos de
que ver a Jorge Javier es éticamente dañino. Eso sin contar con la
crítica "al sistema", así en crudo y sin apellidos, que ha llevado a más
de uno a coquetear con conspiranoias de la factoría Trump.
La
radicalidad no es soltar siempre la más gorda, tampoco poner a todo el
calificativo de "siervo del capital" y relamerse la autosatisfacción. La
radicalidad es dar respuestas concretas a problemas inmediatos justo en
la dirección inversa a la corriente dominante. Preocupante orfandad que
no tiene pinta de mejorar.
Parte del independentismo catalán trató también de arrimar el ascua a
su sardina. Desde el "De Madrid al cel" de Ponsatí todo ha sido cuesta
abajo. Aprovechar la crisis para revitalizar el boqueante intento
secesionista parece una mala idea. Si además vuelves a caricaturizar a
España como ese antagonista que tiene la culpa de todo, antes has de
asegurarte al menos que tu Gobierno, presidido por Torra, no tenía los
bingos abierto el 13 de marzo. (...)
Por lo demás, el otro descubrimiento en estas terribles semanas ha sido
confirmar que la derecha mediática ha quedado secuestrada por una banda
de niñatos con pinta de relaciones públicas de bares para gilipollas.
Al
menos en su canto del cisne nos han proporcionado algo de diversión con
sus líos de faldas de los que ha hablado hasta Whoopi Goldberg. Cuando
esto acabe no serán más que guiñapos abrasados en una operación que sólo
les ha tomado como peleles y que sí ha conseguido uno de sus objetivos:
que una parte de la población española, la misma que en enero tildaba
al Gobierno de ilegítimo hoy lo califique como asesino. Advertencia: los
países no se deslizan por el precipicio en un día.
Ayuso, mientras, con su mirada alucinada, contempla como ha pasado de
llevar la cuenta de Twitter del perro de Aguirre a ser la heroína de la
reacción. Ella, asesorada por el sociópata incendiario de Miguel Ángel
Rodríguez, las va soltando como los niños diciendo palabrotas. En
febrero llamó paletos a los leoneses y a los navarros. También recortó
145 millones de euros en partidas sociales. Isa Serra, de Unidas
Podemos, condenada estas semanas a 19 meses de cárcel por parar un
desahucio explicó que: "Muchas de las partidas que se trasladan van a
parar al pago de la deuda, ocasionada precisamente por las rebajas
fiscales a los millonarios".
¿Cuántas vidas se podrían haber salvado,
señora Ayuso, de haber invertido en medicalizar las residencias en vez
de haber estado jugando al dumping fiscal? Bienvenidos a la nueva
anormalidad madrileña.
De todo esto venimos, aquí estamos. Esto es con lo que contábamos
antes de la crisis, esto es con lo que contamos ahora y sí: el panorama
es desolador. (...)
Clement Attle al final de la Guerra: "Ganamos gracias a los esfuerzos de
todo nuestro pueblo, que puso la nación muy por delante de sus interés
privados o sectoriales. ¿Por qué vamos a pensar que podemos lograr
nuestros objetivos de paz dando prioridad a los intereses privados?".
Sí, la cita se la he leído a Solana." (Daniel Bernabé, Público, 06/05/20)
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