"(...) En estas semanas nos hemos emocionado ante las expresiones de
solidaridad individual y vecinal que han surgido de forma espontánea
para cuidar no solo a nuestros familiares (eso se da por descontado)
sino a las personas de nuestro entorno con necesidades especiales.
Hablo
de miles de ciudadanos, y sobre todo ciudadanas, fabricando en sus
casas mascarillas de protección; de vecinos llevando alimentos a otros
vecinos de alto riesgo; hablo de empresas textiles donando tejido para
su fabricación; hablo del sector de la hostelería facilitando excedentes
de alimentos y uso de espacios, y de clínicas privadas involucradas en
la distribución del material sanitario en residencias. Esta generosidad local es sencillamente maravillosa y nos enaltece como seres humanos.
Se
ve propiciada por la posibilidad de hacer algo que esté en nuestro
radio de acción y movida por la empatía, siendo a su vez la empatía un
sentimiento que se ve facilitado por la cercanía geográfica, pero
también la identidad compartida y la consciencia de interdependencia
entre quienes se saben parte de un destino común. Por eso, apelar a la
necesidad de que nuestra solidaridad no quede reducida al barrio, la
ciudad o la Comunidad Autónoma, sino de que abarque a todos nuestros
compatriotas, más allá de cualquier consideración, es apelar al
patriotismo cívico en su mejor sentido.
Por eso está bien que en los
albores de la pandemia desde Andalucía o Galicia se mandaran
respiradores y otro material sanitario a Madrid. Y por eso nos debe entristecer que no hayan sido muchas las voces
de los mandatarios políticos que, en el contexto de creciente
polarización política ante las críticas vertidas contra el gobierno
central por la gestión de la crisis, no se hayan atrevido a
recordarnos ese patriotismo cívico y sí que algunos hayan querido
aprovechar la crisis para avanzar en sus causas independentistas y
partidistas.
Cada tarde a las ocho se llenan los balcones en España y en muchas otras
naciones del mundo de ciudadanos que aplauden al unísono para agradecer
a los más expuestos y a los más sobrecargados: al personal médico y a
las fuerzas de seguridad centradas más que nunca en el concepto de
seguridad humana.
Ondean banderas patrias de algunos balcones, y en casa
a veces nos permitimos rebasar el nivel de decibelios para recordar que
este es un reto de toda la ciudadanía, que debemos estar unidos como
patria más que nunca, que al vivir confinados en nuestras viviendas día
tras día estamos cumpliendo con un deber patrio también nosotros, y que
no podemos quedarnos en la esfera de lo local sino que debemos
esforzarnos por empatizar con los compatriotas más necesitados (más allá
de los signos políticos de sus gobiernos o cualquier otra
consideración).
En definitiva, tratamos de reapropiarnos, en aras del deber y la solidaridad cívicas, de un símbolo patrio, cosa que a mi entender los espíritus progresistas de nuestra querida España no hemos sabido hacer bien hasta la fecha.
Dicho esto, conviene recordar que nuestras obligaciones morales no se
limitan a lo que marcan las fronteras estatales. Y es que en medio de la
angustia generalizada son aún pocos los que en este contexto intentan
que recordemos eso que los estoicos nos recordaban: que nuestra lealtad moral lo es frente a cada ser humano del planeta.
Por
eso nos toca recordar a nuestros gobernantes su obligación moral de
atender a las necesidades imperiosas de los españoles pero también a las
que se están planteando en Estados que se están enfrentando al reto con
sistemas de sanidad mucho más precarios y con recursos mucho más
exiguos, pues, como apuntaba nuestra secretaria de Estado de Cooperación
Internacional, Moreno Bau, en una reciente entrevista,
hay países como Malí en los que hay un respirador por cada millón de
habitantes y otros como Ruanda con menos de 30 en todo el país. (...)
Siguiendo la misma lógica los países europeos más vulnerables y
severamente afectados por la pandemia, tenemos el derecho a esperar la
solidaridad de nuestros vecinos del norte. Y por esa misma razón, los
españoles no debemos perdernos en un juego tan humanamente comprensible
como finalmente estéril como es el del debate infinito acerca de lo que
se hubiera podido hacer y no se hizo y en un ejercicio obsesivo de
atribución de responsabilidades.
Si lo hacemos damos munición a
quienes, desde afuera, prefieren criticar nuestra supuesta inoperancia y
soslayar sus obligaciones de solidaridad, aludiendo a su superioridad y
poniendo el énfasis en todo lo que se hubiera podido evitar y no se
evitó, en vez de en todo lo que, en ningún caso, hubiéramos podido
evitar los más gravemente afectados por causas azarosas.
Y sí, ya lo sé,
no es solidaridad, sino interés común lo que debe mover a Europa en un
contexto de economía globalizada y hegemonía política en disputa, pero
yo hoy quiero hablar de solidaridad como obligación moral en un mundo en
el que parece que la lógica instrumental lo domina todo, contribuyendo a
la deshumanización colectiva. (...)
La lección que creo que debemos sacar de todo esto es otra, pero es
importante: son de naturaleza cada vez más global las amenazas a los
bienes públicos más necesarios para la supervivencia de la especie
(salud pública o medio ambiente sostenible).
Estos retos globales sólo
pueden abordarse desde la multi-gobernanza que resulte de unas
instituciones globales necesariamente fortalecidas, por supuesto, pero
también desde la disposición que las distintas instancias de gobierno,
desde las más locales hasta las de mayor ámbito geográfico, muestren al
diálogo, la cooperación y la solidaridad global. De lo contrario, se
seguirán ganando elecciones dentro de cada Estado, pero continuaremos
perdiendo horizonte todos. "
( , Economistas frente a la crisis, 24/04/20; Este artículo ha sido publicado el 23 de abril en eldiario.es)
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