"(...) Ella la vio venir. Así que gran parte de lo que quería preguntarle
era sobre lo que ahora ve venir. Fuerza, porque su bola de cristal es
oscura.
A pesar de que la bolsa de valores se ha emocionado
por el remdesivir, probablemente no sea nuestro boleto de salida, me
comentó. “No es curativo”, sostuvo. Dijo que las afirmaciones más
contundentes hasta ahora indican que simplemente acorta la recuperación de los pacientes de la COVID-19. “Necesitamos una cura o una vacuna”.
Pero no se imagina que esa vacuna pueda llegar en algún momento del
próximo año, y la COVID-19 seguirá siendo una crisis mucho más tiempo
que eso.
“Le he estado diciendo a todo el mundo que la cronología de eventos
que yo vislumbro es de aproximadamente 36 meses, y eso es en el mejor de los casos”, dijo.
“Estoy bastante segura de que esto va a venir en oleadas”, añadió.
“No será un tsunami que atraviese Estados Unidos de una sola vez y luego
se retire de una sola vez. Serán miniondas que se dispararán en Des
Moines y luego en Nueva Orleans y luego en Houston y así sucesivamente, y
va a afectar la forma en que la gente piensa acerca de todo tipo de
cosas.
Revaluarán la importancia de los viajes. Revaluarán el uso del
transporte público. Considerarán la necesidad de las reuniones de
negocios cara a cara. Revaluarán el hecho de que sus hijos vayan a la
universidad fuera del estado.
Entonces, le pregunté, ¿acaso “volver a la normalidad”, una frase a la que tanta gente se aferra, es una fantasía?
“La historia está desarrollándose delante de nosotros”, dijo Garrett.
“¿Volvimos a la normalidad después del 11 de septiembre? No. Creamos
una nueva normalidad. Fortalecimos la seguridad de Estados Unidos. Nos
convertimos en un Estado antiterrorista. Y eso afectó todo. No podíamos
entrar a un edificio sin mostrar una identificación y pasar por un
detector de metales, y no pudimos subir a los aviones de la misma manera
nunca más. Eso es lo que va a pasar con esto”.
No los detectores de metales, sino un cambio sísmico en lo que esperamos, en lo que soportamos, en cómo nos adaptamos.
Tal vez en el compromiso político, también, dijo Garrett.
Si Estados Unidos comienza la próxima ola de infecciones por
coronavirus “y los ricos de alguna manera se enriquecieron más con esta
pandemia mediante operaciones de cobertura, ventas al descubierto,
mediante todas las cosas desagradables que hacen, y nosotros salimos de
nuestras madrigueras y nos damos cuenta de que: ‘Oh, Dios mío, no es
solo que todos mis seres queridos están desempleados o subempleados y no
pueden pagar la manutención ni sus pagos de hipoteca o de alquiler,
sino que ahora, de repente, esos imbéciles que volaban en helicópteros
privados ahora vuelan en jets privados propios y son dueños de una isla a
la que huyen, y no les importa si nuestras calles son seguras o no’,
entonces creo que podríamos tener un trastorno político masivo”.
“Apenas salgamos de nuestros agujeros y veamos qué pasa cuando hay un
desempleo del 25 por ciento”, dijo, “quizá también veamos qué pasa
cuando constatemos que hay rabia colectiva”. (...)
Dijo que no le sorprendía que un coronavirus causara esta
devastación, que China minimizara lo que estaba pasando o que la
respuesta en muchos lugares fuera descuidada y lenta. Ella es Casandra,
después de todo.
Pero hay una parte de la historia que no pudo haber predicho: que el parangón de descuido y lentitud sería Estados Unidos.
“Nunca imaginé eso”, admitió. “Jamás”.
Entre los aspectos más destacados, o, mejor dicho, los más infames, figuran la aceptación inicial
por parte del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de las
garantías del presidente de China, Xi Jinping, de que todo saldría bien;
su escandalosa complacencia desde finales de enero hasta principios de
marzo; su entusiasmo por los tratamientos no probados; sus reflexiones sobre curaciones ridículas;
su renuencia a ser un guía nacional sólido para los estados del país; y
su incapacidad, incluso ahora, para esbozar una estrategia detallada y
de largo alcance para contener el coronavirus.
Como he seguido por mucho tiempo el trabajo de Garrett, puedo atestiguar que no está impulsada por el partidismo. Elogió a George W. Bush por luchar contra el VIH en África.
Pero llamó a Trump “el bufón más incompetente e imprudente que se pueda imaginar”.
Y le sorprende que Estados Unidos no esté en una posición de liderazgo
en la respuesta global a esta crisis, en parte debido a que la ciencia y
los científicos han sido tan degradados bajo el mandato de Trump. (...)"
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