"(...) Hoy, sobre todo tras un año de agitación semanal a cargo de los chalecos amarillos,
seguido de las duras huelgas desde el 5 de diciembre de 2019 hasta
febrero de 2020, que prácticamente paralizaron el país, podemos decir
que Francia está indignada. Nadie está satisfecho, ni los ricos ni los
pobres.
Hay tanto malestar que los sindicatos, que estaban
debilitándose, han recobrado fuerza y han rechazado todas las reformas
que presentaba el Gobierno de Macron. La Francia “de abajo”, como decía
un antiguo primer ministro, ha dejado de apoyar las políticas del
presidente. Una Francia de ocho millones de personas que viven bajo el
umbral de la pobreza. Y que protesta, grita y reclama justicia.
La aparición de la covid-19 acabó de paralizar una economía
que ya no iba bien. Tras la crisis sanitaria (que aún no ha terminado),
ha llegado una crisis económica de gran alcance. A los tres millones de
parados que había antes de la llegada del virus se han sumado cientos de
miles más (246.100 en marzo).
Desde las primeras revueltas de los chalecos amarillos
en octubre de 2018, hay . Con una
gendarmería exhausta. El orden republicano no siempre está garantizado.
El pasado 23 de junio, unos manifestantes ecologistas se encadenaron a
la verja del Ministerio del Interior para protestar contra la violencia
policial; otros se subieron a ella para colgar una pancarta contra
Macron y el ministro. La policía no pudo impedir que pintaran de rojo la
entrada del ministerio que, en teoría, garantiza la seguridad y el
orden. Los agentes están descontentos, y arrojaron las esposas al suelo
en señal de protesta. En los enfrentamientos con los manifestantes ha
habido abusos.
A una enfermera vestida con la bata blanca que arrojaba
objetos contra unos agentes la detuvieron de forma brutal, la esposaron y
la arrastraron por el suelo hasta el furgón policial. La acusan de
alterar el orden público. Ella, a su vez, ha demandado a los agentes que
la maltrataron. (...)
Esta es la Francia actual, llena de ruido y furor, y con un
presidente inteligente, sin duda, pero que no tiene experiencia. Alguien
ha dicho que “no deberíamos haber votado por un hombre que no tiene
hijos”. Y esa afirmación tan dura no es banal. Emmanuel Macron pasó de
la Escuela de la Administración al Banco Rothschild, de ahí al Elíseo,
con François Hollande, y después, tras lanzar el movimiento En Marcha,
fue elegido presidente de la República.
No tiene suficiente experiencia
de vida ni ha pasado las adversidades que forjan a un hombre. Es un
tecnócrata que intenta dirigirse al pueblo, pero no le oyen. No es de
izquierdas ni de derechas sino, en el fondo, un defensor de los
poderosos, de los que amasan millones.
La prueba es que ha eliminado del
impuesto sobre el patrimonio las inversiones bancarias, y solo ha
dejado los bienes inmuebles. Como dijo un día su predecesor, François
Hollande, “no es el presidente de los ricos, es el presidente de los muy
ricos”. La remodelación de Gobierno marca el principio de su campaña
para la reelección en 2022.
La crisis sanitaria ha puesto
de relieve lo mal preparado que está el país para afrontar una
pandemia. Falta de mascarillas y escasez de camas con respiradores. Hay
que reconocer que Macron heredó una sanidad pública en estado
catastrófico. Fue Alain Juppé, primer ministro de Jacques Chirac en
1996, quien emprendió el cierre de camas y la reducción presupuestaria
de la sanidad pública. Y siguieron sus pasos todos los ministros de
Sanidad que llegaron después. Bajo la presidencia de Sarkozy, la
directora de Salud decidió que “cada paciente admitido en el hospital es
un cliente”, con el sobrentendido de que el Estado debería sacar
provecho.
Varios profesores de Medicina han alertado a
Macron sobre la miserable situación de los hospitales. El personal
sanitario, de los médicos a los enfermeros, está mal remunerado. Un
enfermero gana entre 1.300 y 1.500 euros al mes.
La llegada del virus ha dejado al descubierto esta
situación. Alrededor de 60 personas que perdieron a familiares debido a
la falta de camas y material de reanimación han demandado al Gobierno
por “omisión del deber de socorro a una persona en peligro”. Macron, en
sus discursos, ha prometido revalorizar a los sanitarios, que se han
manifestado varias veces.
Se prevé un septiembre caliente
y lleno de indignación. No está claro que el nuevo Gobierno sea capaz
de dar respuestas a esa parte del pueblo francés que no llega a fin de
mes. Francia se empobrece y los mejores cerebros se van al extranjero.
La investigación carece de medios.
Este panorama no es
ninguna exageración. Es el reflejo de una situación de malestar y de ira
que, sin duda, beneficiará a la extrema derecha, que aguarda su
oportunidad. Y a eso hay que añadir la situación de los barrios
marginales, las desigualdades y el racismo que sufren sobre todo los
hijos de inmigrantes, que, en realidad, son franceses de segunda
categoría."
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