"(...) No hace falta ser demasiado lúcido para entender que el europeísmo es la
ideología políticamente dominante y que, crecientemente, actúa como un
discurso disciplinario: todo político, todo intelectual o periodista
sabe que rechazar la UE es condenarse al ostracismo, quedar en los
márgenes de la esfera pública.
La normalización empieza siempre por las
loas al viejo continente, por distanciarse de los soberanismos estatales
y por apostar en cada crisis por más integración. Las bases del
discurso europeístas aparecen claras desde hace muchos años: Europa es
esta UE. No hay otros modos de pensarla y construirla. Negarlo es
situarse en el área del autoritarismo y del euro escepticismo. La UE es
un bien en sí, independientemente del conflicto de clases, de las
correlaciones de poder y de los intereses de los Estados. (...)
Si hablamos en serio de
política, habría que hacerse una pregunta: ¿las medidas que acaba de
tomar el Consejo europeo son suficientes para resolver la crisis
existencial que vive la UE? Creemos que no. Gran Bretaña se ha ido –por
cierto, sin acuerdo todavía con la UE– y la crisis del coronavirus
acelera una situación económica que daba señales negativas 10 años
después de la crisis del 2008. Lo histórico no es el acuerdo, es la
acumulación de crisis que están rompiendo las costuras de una Unión
Europea situada claramente en el neoliberalismo. Pensar que con estas
medidas la UE toma impulso y reconstruye su futuro es, una vez más,
convertir los deseos en realidades.
Lo que tenemos delante de
nuestros ojos es una ruptura del mercado interno que se intenta cubrir
con los acuerdos sobre el fondo de reconstrucción (Next Generation UE).
Alemania vive un fin de ciclo político, pero también económico y
productivo. Durante años la UE ha tenido que convivir con una potencia
hegemónica que practicaba una estrategia neo mercantilista basada en el dumping
fiscal y social.
Alemania ha jugado siempre con ventaja,
desindustrializando al Sur y acumulando recurrentes superávits en su
balanza comercial. Esto no está permitido por las normas de la UE, pero
sus organismos han cerrado los ojos ante ello sistemáticamente. Una
estrategia neo mercantilista es, por definición, un juego no cooperativo
que genera ganadores y perdedores y que hace que los que salen
beneficiados (Alemania más los países del núcleo) acumulen ahorros y se
conviertan en acreedores.
El euro, no solo no ha
conseguido la convergencia entre las economías, sino que ha incrementado
las diferencias entre países y en el interior de los propios países.
Alemania sabe ceder cuando llega la ocasión. Según los datos que publica
Bruegel, cuando nosotros discutimos sobre lo que nos va a tocar de la
solidaridad europea, Alemania ya ha invertido directamente más del 13%
de su PIB; más de la mitad de las ayudas autorizadas por la Comisión han
sido para Alemania (lo que supone algo más de un billón de euros).
Compárese con el escueto 3,7% del PIB que el Gobierno español ha
movilizado mediante políticas fiscales discrecionales según la misma fuente.
Cuando nosotros nos alegramos de que, al final, la ayuda en
subvenciones ha alcanzado 390 mil millones de euros, Alemania ya ha
invertido dos paquetes que alcanzan la cifra de 370 mil millones,
movilizando el 60% de su PIB. De la crisis se va a salir desigual y
asimétricamente y los países del Sur empezarán a notar los fondos
europeos en el 2º semestre del año que viene.
El acuerdo del Consejo Europeo ha sido el parto de los Montes. Las
magnitudes acordadas son aparentemente impresionantes pero, cuando se
examina lo que le llega a España y se pone en relación a las necesidades
generadas por la crisis pospandémica, se advierte su insuficiencia.
Recordemos que las previsiones de caída del PIB no bajan del 8%. El
desempleo probablemente llegue al 20% al final de año y algunas empresas
industriales empiezan a anunciar la transformación de ERTEs en EREs,
sin olvidar la ruina en la que quedan numerosos pequeños negocios y los
sectores ligados a hostelería y turismo.
(...) en 2020, se han hundido la inversión, el consumo y las exportaciones:
solo unas políticas fiscales discrecionales pueden detener el colapso de
nuestro PIB. Sería razonable un aumento del gasto público no inferior a
100 mil millones de euros aprovechando la oferta que ha presentado el
Banco Central Europeo de comprar hasta 1,5 billones € en deuda pública. (...)
Detengámonos
a analizar el fondo de recuperación de 750 mil millones de euros. Para
empezar, 77.500 millones son una mera reclasificación de partidas que
corresponden a otros programas preexistentes en el marco financiero
plurianual como el Horizonte o Invest EU (antiguo plan Juncker). 360 mil
millones son préstamos de los cuales se supone le corresponderían 60
mil millones a nuestro país —cantidades que habría que devolver.
La atronadora campaña
propagandística oficial exagera la verdadera dimensión de las ayudas no
reintegrables, 312.500 millones de euros. Se dice que a España llegarán
71.280 millones, pero distribuidos en tres años; eso supone, en
promedio, unos 25.000 millones los dos primeros y 21.300 millones en el
tercero. Es decir, con suerte en 2021 llegarán subvenciones que
representan el 2,1% del PIB español.
Si restamos nuestras aportaciones
al presupuesto comunitario, que se incrementan por el Brexit; los rebates
o bonificaciones que han conseguido Austria, Alemania, Dinamarca,
Países Bajos y Suecia; los nuevos impuestos que quiere crear la Comisión
Europea y que deberemos transferir a Bruselas; las subvenciones se van a
quedar, según algunas estimaciones, en 43 mil millones €, en tres años,
es decir, algo menos del 1,3% de nuestro PIB en 2021. Recordemos que
sólo los ERTE han costado hasta junio 42.000 millones de euros. (...)
No actuar ahora y esperar a que lleguen los fondos europeos es
irresponsable. El colapso del gasto del sector privado ha abierto una
brecha en la demanda agregada que, si no rellena el Estado ya con mayor
gasto, nos colocará en una senda de crecimiento muy inferior de la que
veníamos siguiendo. Conviene no olvidar que en economía existe un
fenómeno llamado ‘histéresis’, que no es otra cosa que las cicatrices
que dejan en la economía las crisis.
El empleo se destruye rápidamente y
tarda años en recuperarse. Una empresa se puede llevar a concurso de
acreedores muy rápidamente pero crear otra nueva requiere de un gran
esfuerzo de planificación e inversión. Proteger la estructura productiva
existente es más eficaz que tratar de crear otra nueva. (...)
No hay razones económicas ni políticas para definir como históricos unos
acuerdos que son una tregua en la larga crisis de la UE que Alemania
está gobernando con dos objetivos: proteger su mercado estratégico y
ganar tiempo para reconvertir, lo antes posible, su tejido productivo
obsoleto en partes fundamentales. (...)
Con alivio se nos ha
informado de que en esta ocasión el rescate viene sin hombres de negro.
No hace falta, los países frugales han conseguido algo mejor: la
vigilancia y la denuncia entre vecinos. El acuerdo del Consejo dice que
"en el caso excepcional de que uno o más Estados miembros consideren que
existen desviaciones graves del cumplimiento satisfactorio de las metas
y los objetivos pertinentes, podrán solicitar al presidente del Consejo
Europeo que remita la cuestión al próximo Consejo Europeo". Nos
vigilarán como esos que desde los balcones insultaban a quienes salían
durante la pandemia o ahora no se ponen mascarilla.
Imaginemos por un momento
que un Estado centroeuropeo confiara su estrategia de desarrollo a su
especialización en un determinado sector industrial, —pongamos por caso
el del material rodante para ferrocarril— y que el Estado español
tuviera similares pretensiones. Estamos seguros de que no se les pasará
por la cabeza, pero no nieguen que existe la tentación de vigilar con
especial celo los proyectos que presentemos al Consejo y denunciar
cualquiera que pretenda acceder a subvenciones de los fondos de Next
Generation EU por apartarse de unos objetivos y metas que, por otra
parte, no están claramente definidos. En definitiva, ahora tendremos a
los gobiernos de 26 estados opinando, censurando, protestando cada una
de las estrategias de desarrollo que propongamos. ¿Quién nos garantiza
que no caeremos víctimas de operaciones de chantaje y de competencia
desleal? (...)
España, Francia e Italia son los países de la UE que han perdido más
tejido industrial. El centro de gravedad industrial europeo se ha
traslado hacia el Este, Alemania y los países de su órbita —República
Checa, Austria, Polonia o Hungría. Está en juego un proceso irreversible
de desindustrialización de la periferia meridional europea. (...)
España estará entre los
mayores receptores, es verdad; pero habría que preguntarse cuál es el
precio: una nueva y sustancial cesión de soberanía a órganos no electos.
Las instituciones supranacionales ya podían interferir sobre nuestros
niveles de gasto público y endeudamiento pero Next Generation EU da un
paso más. Ahora nuestros socios tendrán la oportunidad de evaluar y
censurar nuestra política industrial, nuestros proyectos de desarrollo
económico, nuestros planes de recuperación.
Parece que ni siquiera
podremos legislar sobre nuestro marco de relaciones industriales. La
pregunta que debemos hacernos es que para qué queremos un parlamento
bicameral que se limita a transponer directivas y al que ya no le queda
siquiera una de las prerrogativas más antiguas de los parlamentos desde
que se constituyeron las Cortes de León: la capacidad de aprobar
impuestos y decidir cuál es el nivel adecuado de gasto público.
De facto, la UE vive en un
estado de excepción. Las reglas básicas han sido suspendidas y las
instituciones europeas están tomando decisiones sin un respaldo claro de
su ordenamiento jurídico. Pronto vendrán nuevas sentencias del Tribunal
Constitucional alemán y llegarán también las resoluciones del Tribunal
de Justicia Europeo admitiendo las decisiones del Consejo. En el centro,
la incompatibilidad creciente entre la democracia constitucional y un
ordenamiento jurídico supranacional con voluntad de constitución
material.(...)
La Unión Europea es el gran
consenso que queda en nuestro país. Nunca fue un proyecto que
pretendiera transformar en un sentido democrático e igualitario a España
y a Europa. Fue otra cosa: fugarse de España, poner fin a una historia
de golpes de Estado, de guerras civiles, de dominio de una oligarquía
sin proyecto de país y del control autoritario de las clases
subalternas. En definitiva, unas estructuras de poder que hicieron
imposible cualquier forma seria de reformismo económico y social.
Nuestras élites vieron en la construcción europea un medio para poner
fin a España como problema histórico-social. Sin embargo, a partir de la
crisis de 2008, la solución, la Unión Europea, se convertía también en
problema y emergían unas derechas aún más duras y profundamente
autoritarias en todas partes.
El discurso europeísta fue
cambiando. El acento ahora se pone en que la Unión Europea es la única
garantía para preservar nuestras maltrechas libertades públicas, nuestro
recortado Estado social, nuestros limitadísimos derechos laborales y
sindicales. Más que nunca europeísmo del miedo, ante una España que
parece retornar con su peor cara. Lo que se tira por la ventana acaba
entrando por la puerta. Pensar así tiene, al menos, dos problemas: que
esta Europa (la de la UE y la OTAN) es una defensora coherente de los
derechos humanos básicos y que España no está en condiciones de
gobernarse democráticamente a sí misma. Esto sí que es vieja historia." (
Manolo Monereo y Juan Martín Díez
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