"(...) En octubre de 1979, en el momento en que Paul Volcker, director de la Reserva Federal de los Estados Unidos, decretaba un fuerte aumento de los tipos de interés,
que conduciría inexorablemente a la crisis de la deuda, precisamente
desencadenada en México, el Banco Mundial se mostraba tranquilizador.
El
19 de noviembre de 1979, expresaba: «Tanto el crecimiento de la
deuda pública externa de México como el aumento de la ratio del servicio
de la deuda, que en 1979 podrá llegar hasta 2/3 de sus exportaciones,
sugieren que se trata de una situación muy crítica. De hecho, la realidad es exactamente lo contrario» [2]. Es, literalmente, alucinante. (...)
Los banqueros privados del Norte aumentan de manera exponencial las sumas prestadas a los PED, comenzando por México.
Uno de los economistas del Banco, encargado de seguir la situación, escribió un informe muy alarmante el 14 de agosto de 1981 [3].
Explicaba que estaba en desacuerdo con la posición optimista del
gobierno mexicano y de su representante, Carlos Salinas de Gortari,
director general en el ministerio de Programación y del Presupuesto [4]. La jerarquía le provocó graves problemas, a tal punto que más tarde inició un proceso judicial al Banco Mundial (que ganó) [5].
En 1981, el Banco Mundial concedió a México un préstamo de 1.100
millones de dólares (a otorgar en varios años): era de lejos el préstamo
más grande que el Banco concedía desde 1946. A principios de 1982, el
Banco Mundial afirmaba que el crecimiento anual del producto interior
bruto mexicano, entre 1983 y 1985, llegaría al 8,1 %. (...)
El 20 de agosto de 1982, después de haber reembolsado sumas
considerables en el curso de los primeros siete meses del año, el
gobierno mexicano declaró que el país no estaba en condiciones de
continuar los pagos, y decretó una moratoria (suspensión de pagos) de
seis meses (de agosto de 1982 a enero de 1983). Le quedaba una reserva
de 180 millones de dólares y debía desembolsar 300 millones el 23 de
agosto. Había prevenido al FMI,
a principios de ese mes, que sus reservas de divisas no llegaban más
que a 180 millones de dólares.
El FMI se reunió a finales de agosto con
la Reserva Federal, el Tesoro de Estados Unidos, el Banco de Pagos
Internacionales (BPI)
y el Banco de Inglaterra. El director del FMI, Jacques de Larosière,
comunicó a las autoridades mexicanas que el Fondo y el BPI estaban
dispuestos a prestarles divisas con una doble condición: que el dinero
se destinara a pagar a los bancos privados y que aplicaran medidas de
choque de ajuste estructural.
México aceptó.
Devaluó drásticamente su moneda, aumentó radicalmente
las tasas de interés nacionales, salvó de la quiebra a los bancos
privados mexicanos nacionalizándolos y asumiendo sus deudas. Como
contrapartida, confiscó los 6.000 millones de dólares que éstos tenían
en caja. El presidente, José López Portillo, presentó al pueblo mexicano
esta última medida como un acto nacionalista. Se cuidó muy bien de
aclarar que los 6.000 millones de dólares embargados servirían
principalmente para reembolsar a los bancos extranjeros.
En realidad, ¿qué fue lo que provocó la crisis mexicana? ¿Fue México el que tomó la iniciativa?
En términos generales, la explicación es clara: el aumento de las
tasas de interés decidido por Washington, la reducción de los ingresos
petroleros y el colosal sobreendeudamiento fueron las causas
fundamentales. Los dos primeros factores constituyen choques externos, y
de ellos México no era responsable. El tercer factor, el
sobreendeudamiento, es el resultado de las opciones de los dirigentes
mexicanos, que fueron incitados a endeudar el país con los banqueros
privados y el Banco Mundial.
Más allá de las causas fundamentales, el análisis del encadenamiento
de los hechos demuestra que fueron los bancos privados de los países
industrializados los que provocaron la crisis, al reducir de manera
drástica los préstamos concedidos a México en 1982. Alertados por el
hecho de que el Tesoro público mexicano había utilizado casi todas las
divisas disponibles para pagar la deuda, consideraron que ya era tiempo
de restringir los préstamos. Es así como pusieron de rodillas a uno de
los más grandes países endeudados.
Viendo que México estaba confrontado
al efecto combinado del alza de los tipos de interés, que los
beneficiaban, y de la caída de los ingresos petroleros, prefirieron
tomar la delantera y se retiraron. Hecho agravante, los banqueros
extranjeros han sido cómplices de las cúpulas mexicanas (dirigentes de
empresa y del partido-Estado, el Partido Revolucionario Institucional)
que transferían con frenesí capitales al exterior para colocarlos en
sitio seguro. Se calcula que en 1981-1982, no menos de 29.000 millones
de dólares salieron de México en forma de fuga de capitales [8].
Después de haber precipitado la crisis, los banqueros privados la
aprovecharon de inmediato, dejando que otros pagaran los platos rotos. (...)
A partir de 1982, el pueblo mexicano se desangraba en beneficio de
los diferentes acreedores. En efecto, el FMI y el Banco Mundial supieron
hacerse reembolsar hasta el último céntimo lo que habían prestado a
México para pagar a los bancos privados. El país se encontraba sometido
inexorablemente a la lógica del ajuste estructural. En un primer
momento, el tratamiento de choque impuesto en 1982 produjo una fuerte
recesión, pérdidas masivas de empleos y una dura caída del poder de
compra. Luego, las medidas estructurales se tradujeron en la
privatización de centenares de empresas públicas. La concentración de la
riqueza y de una gran parte del patrimonio en manos de algunos grandes
grupos industriales y financieros mexicanos y extranjeros fue colosal [9].
Con una perspectiva histórica, se ve con claridad que el camino hacia
el sobreendeudamiento de los años 1960-1970, el estallido de la crisis
de 1982 y la gestión subsiguiente han marcado una ruptura radical y
definitiva con las políticas progresistas llevadas a cabo entre el
comienzo de la revolución de 1910 y los años 40, bajo la presidencia de
Lázaro Cárdenas. De la revolución a los años 40, las condiciones de vida
de la población mejoraron sensiblemente y México vivió un fuerte
progreso desde el punto de vista económico.
Además, adoptó una política
internacional independiente. Entre 1914 y 1946, no pagó la deuda y, en
fin de cuentas, obtuvo una victoria brillante sobre los acreedores
cuando éstos aceptaron la renuncia al 90 % del monto adeudado en 1914 y
al pago de los intereses debidos. Después de la crisis de 1982, México
perdió el control de su destino: era un objetivo histórico que los
Estados Unidos perseguían desde el siglo XIX.
En 1970, la deuda externa pública de México se elevaba a 3.100
millones de dólares. En el año 2003, 33 años más tarde, era 25 veces
mayor, llegando a 77.400 millones de dólares (la deuda externa pública y
privada era de 140.000 millones de dólares). En este intervalo de
tiempo, los poderes públicos mexicanos pagaron 368.000 millones de
dólares (120 veces la suma adeudada en 1970). La transferencia neta
negativa en el período 1970-2003 se elevó a 109.000 millones de dólares.
En los 21 años que van de 1983 a 2003, sólo en dos de ellos (1990 y
1995) hubo una transferencia neta positiva de la deuda externa pública.
Algún día no lejano, sin duda, el pueblo mexicano sabrá reconquistar la libertad de determinar su destino."
(Eric Toussaint, presidente del CADTM (Comité para la Abolicion de la Deuda del Tercer Mundo), CADTM, 04/08/20)
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