21.9.20

¿Podemos realmente concluir que la extrema derecha es la gran perdedora de la pandemia tal y cómo se ha pronosticado a lo largo del verano?

 "A lo largo del verano, se han publicado en los medios artículos y encuestas que mostraban que, en contraste con anteriores crisis que sirvieron de caldo de cultivo para el avance de la extrema derecha, la respuesta enérgica y más científica de los gobiernos frente a la COVID-19 habría supuesto un freno al sorprendente e inquietante avance inicial de esas fuerzas políticas.

¿Pero podemos realmente concluir que la extrema derecha es la gran perdedora de la pandemia tal y cómo se ha pronosticado a lo largo del verano? Aún es pronto para saberlo, pero de lo que no hay duda es de que la cuestión no es tan simple como para plantearla en términos futbolísticos. 

(...) hay al menos dos aspectos de la actual crisis que se desarrollan en planos distintos y que pueden aguarnos la fiesta. El primero tiene que ver con la extensión y profundidad de la crisis o incluso depresión económica que ha provocado la COVID-19 junto con la paralización de la economía vinculada al confinamiento y la restricción de movimientos. El segundo responde a fuerzas de más largo plazo y está relacionado con los cambios en la economía, la sociedad, la política y hasta el individuo que ha ido forjando la revolución neoliberal a lo largo de las últimas décadas.

Es cierto que, a pesar del constante ruido en las redes, de la extensión de las tesis conspiranoicas y el covidplanismo, y del canto a la libertad mal entendida de los antimascarillas, alentados por esta nueva extrema derecha que es liberal cuando le interesa e intervencionista cuando le cuadra con sus banderas, las encuestas muestran una caída de los partidos antidemocráticos y un mayor apoyo que antes de la pandemia a, por ejemplo, proyectos supraestatales como la Unión Europea.

 Aquí se puede comprobar cómo les fue a los distintos partidos ultra durante el confinamiento; también en los resultados de esta encuesta del European Council of Foreign Relations, donde puede observarse que contrariamente a lo ocurrido durante el confinamiento, la mayor parte de la ciudadanía europea —con los portugueses, los españoles y los italianos, por este orden, a la cabeza— está de acuerdo con un fortalecimiento de la unión, mostrando un claro deterioro de las opciones nacionalistas antieuropeas de los partidos de extrema derecha.

Pero hoy día, en mitad de lo que puede ser una segunda ola de la enfermedad y cuando las restricciones a la movilidad comienzan a retomarse limitando de nuevo la actividad económica, no hay que cantar victoria. Creo que las fuerzas antidemocráticas, parcialmente representadas por los partidos de extrema derecha, seguirán teniendo argumentos para sumar seguidores y que hay una parte de la población preparada para lanzarse a los brazos de sus planteamientos simples, aparentemente salvadores y sencillamente egoístas.

Por una parte, el éxito de los partidos de ultraderecha estuvo vinculado con dos crisis anteriores y con la mala gestión que se hizo de ambas: la gran recesión de 2008 y la crisis de los refugiados en 2014. La gran recesión dejó a muchas personas en la cuneta y a regiones enteras con altos niveles de paro insertadas en estados a los que se les impuso una batería de medidas austeritarias que, lejos de combatir la crisis y disminuir la deuda asociada a ella, provocaron un aumento de ésta y, consecuentemente, de la desigualdad y el malestar social, comprometiendo no sólo a las generaciones futuras, sino también a las presentes, como se ha visto en las limitaciones que algunos estados han experimentado a la hora de responder a la actual crisis de la COVID-19.

Los datos económicos que barajamos son sencillamente demoledores. Baste mencionar que estamos frente a la mayor caída del PIB sin que medie una guerra, desde que tenemos registros. (...)

El deterioro de las condiciones de vida de grandes capas de población afectará especialmente a los países más pobres, que seguirán expulsando población dispuesta a lo que haga falta para llegar a las zonas más ricas del planeta del otro lado del Mediterráneo o de la frontera mexicana, por lo que el fantasma de la inmigración seguirá siendo una bandera útil para la extrema derecha. (...)

Por otra parte, si el fértil abono lo aportan una situación económica crítica y el nunca resuelto desafío migratorio, el sustrato lo proporcionan cuatro décadas de modelo de racionalidad y gobernanza neoliberal. Como muy bien cuenta Wendy Brown en su último libro, In the ruins of neoliberalism. The rise of antidemocratic politics in the West, la racionalidad neoliberal lleva tiempo preparando el terreno para la movilización y legitimación de feroces fuerzas antidemocráticas durante la segunda década del siglo XXI. 

El argumento de Brown, que comparto, no es que el neoliberalismo en sí mismo haya causado el auge de la extrema derecha que vivimos en los países occidentales. O que cada dimensión del presente —desde las catástrofes que han generado grandes flujos de refugiados hacia Europa y Norteamérica a la polarización política y la consolidación de compartimentos estanco de pensamiento, generados o facilitados por los medios y las redes digitales— pueda ser reducida a producto del neoliberalismo. 

El argumento es más bien que nada queda fuera de la influencia de la razón neoliberal y que el ataque del neoliberalismo a la democracia se ha infiltrado en el funcionamiento y gobernanza de nuestra economía, nuestras leyes, nuestra cultura política y nuestra subjetividad política, y que, como consecuencia, esa racionalidad está ya muy arraigada y no va a ser fácil cambiarla.

En consecuencia, creo que de ninguna manera podemos dar por sentado que la COVID-19 ha vencido a las fuerzas antidemocráticas parcialmente representadas por los partidos de extrema derecha. Existen poderosos sustratos y abonos que pueden hacerlas florecer de nuevo y con mayor fuerza si cabe. Por ello, esta vez no podemos fallar, como lo hemos hecho en estos últimos años.

 No pueden fallar los gobiernos, tanto cuando actúan en sus propios territorios como cuando cogobiernan asuntos que trascienden sus propias fronteras, como en la UE, o los tratan en organismos multilaterales.   (...)

Y no podemos fallar como ciudadanía, como individuos que viven en sociedad. Tenemos que asumir nuestra responsabilidad individual y nuestra capacidad de cambio. No sólo a través de nuestro voto y fiscalizando a todas esas instituciones democráticas para que no vuelvan a fallar y seamos capaces de cambiar las reglas del juego. También debemos impedir que los autoritarios, intolerantes y antidemocráticos ocupen todo el espacio público y privado.(...)"               (Lina Gálvez Muñoz, Economistas frente a ala crisis, 08/09/20)

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