"En abstracto, lo que nos está ocurriendo parece diáfano. Hay una epidemia que ha infectado a gran cantidad de personas, y a un porcentaje de ellas, nada desdeñable, de manera gravísima. Como consecuencia, la economía se ralentiza brutalmente, lo que provoca efectos muy serios en una situación ya endeble.
La lógica, pues, marca un primer enemigo que combatir, el virus, de modo que se evite el mayor número posible de muertes y de enfermos. El segundo objetivo consistiría en actuar para que, una vez controlado el problema sanitario, la economía pueda activarse de un modo vigoroso.
Lo que hizo China ante una amenaza que podía afectar a grandes cantidades de población, dado que son 1.400 millones de habitantes, y que podía dañar gravemente su economía, en ese momento pujante, fue entender la relación directa: si se acababa con el enemigo, el virus, las infecciones no se extenderían y los daños, incluidos los económicos, quedarían limitados.
El factor esencial
Occidente reaccionó de otra manera. Entendió que no se podía acabar con el virus y, por tanto, la estrategia debía ser de contención y convivencia. Tras los primeros momentos, los del confinamiento, se optó, con mejor o peor suerte según los países, por hacer equilibrios entre los aspectos sanitarios y los económicos. El resultado final lo estamos comenzando a ver: China apenas tiene casos y su maquinaria productiva se ha reactivado, mientras Occidente vive una segunda ola que amenaza con ser contundente y sin que tampoco se atisbe una solución más o menos rápida.
Todo esto lo sabemos, y ha sido explicado de distintos modos, también políticos, pero quizá se ha prestado poca atención a un aspecto fundamental en el manejo de la pandemia, y que constituye el núcleo de la reacción de Occidente. En todos los países, uno tras otro, la reacción ha sido mucho más política que sanitaria o económica: en lugar de combatir el virus y sus consecuencias, se ha priorizado la búsqueda de culpables. El objetivo parecía mucho más señalar a los responsables en última instancia de los males que arreglarlos.
España como ejemplo
Desde luego, en España esta ha sido la constante: los muertos eran culpa de Sánchez, la economía se hundía a causa de Sánchez y de Iglesias, y tantas otras afirmaciones de desprecio que aparecieron en la época del estado de alarma. Ahora el asunto parece haberse dado la vuelta, y el PP se ha colocado en el centro de las críticas por su manejo absurdo de la situación en la Comunidad de Madrid, y los argumentos que se utilizan contra los populares son muy semejantes a los empleados antes con el Gobierno de la nación.
Llegados a este punto, parece que ya nos hemos olvidado del virus y de la economía, y todo se centra en la política: es la renovación del CGPJ, la Gürtel, las reacciones del Gobierno español y del de la Comunidad de Madrid, la monarquía o la república, las declaraciones exageradas de aquí y allá, y tantos otros asuntos que parecen extraídos de la época anterior a la pandemia, solo que exacerbados en su hostilidad.
Pero todo forma parte de lo mismo, esa incapacidad para asumir el momento en el que estamos. Se ha colocado el foco en aquello que parece lo crucial: atribuir la responsabilidad a los otros. Una vez más, se actúa como si acabando políticamente con los rivales, los problemas se solucionaran por sí mismos.
Pasa igual en todas partes
No
es un defecto español, sino algo generalizado; comenzando por EEUU,
donde el grado de tensión entre facciones políticas rivales continúa
aumentando peligrosamente. Se le suele llamar polarización, pero va mucho más allá.
Es la incapacidad de cambiar el paso y de hacer frente a los problemas
reales Es, en fin, como si la pandemia fuera cosa de los secuaces del
diablo: Trump señala a China a los demócratas, estos a Trump,
otros a Sánchez y el totalitarismo bolivariano, otros al fascismo de Vox
o al populismo salvinista o a las tentaciones comunistas, o cualquier
otra fuerza que pueda ser vendida como maligna. (...)" (Esteban Hernández, El Confidencial, 16/10/20)
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