12.11.20

Hay un acuerdo casi unánime de que el problema central de nuestras débiles y limitadas democracias es el descomunal poder del capital frente al trabajo. Hay una crisis profunda de la banca que obligará más temprano que tarde a su rescate. Estamos en plena depresión económica que ya es social, y que pronto se convertirá en psicológica... ¿no ha llegado el momento de limitar su enorme y desproporcionado poder? El de una plutocracia omnímoda, sin proyecto de país y siempre subalterna a los intereses dominantes en la Unión Europea

 "(...) Los actores que no aparecen (es su gran victoria) son los poderes económicos y sus múltiples escudos sociales. Cuando más mandan, cuanto más controlan y cuanto más determinan, se ocultan y nos hacen creer que la clase política es la que dirige realmente el país. El dato más sobresaliente de la crisis de las democracias realmente existente es justamente el predominio sustancial de los poderes económicos sobre la soberanía popular y las aspiraciones de las poblaciones. 

La democracia manda poco y dirige menos. Se ha producido una descomunal concentración de renta, riqueza y poder en manos de una específica oligarquía, de una plutocracia, como la llama Capella, que tiene intervenidos medios de comunicación, partidos políticos, asociaciones, fundaciones, universidades… 

¿Cuál es su problema? Tiene que ver con el Estado y con la clase política. Los poderes públicos van a rescatar por segunda vez a la economía privada, a los grandes oligopolios, a la banca, a todo un entramado empresarial que depende, directa o indirectamente, del gasto público. No están para disquisiciones ideológicas ni para debates sobre la democracia y su futuro. Lo suyo es más concreto, más preciso: necesitan controlar el Estado y capturar a la clase política para reconstruir las bases de su poder, los fundamentos de sus privilegios. 

Critica a este Gobierno, no porque sea reformista, sino porque no hace lo que ellos creen que se tiene que hacer; no se fían y presionan. El principal instrumento es la Unión Europea, después, los tres partidos de la derecha y una parte del propio PSOE. Le siguen unos medios de comunicación cada vez más controlados y una retahíla de centros creadores de opinión.

Una pregunta me asalta: ¿no ha llegado la hora de democratizar el poder económico? Se trata de una tarea de salud pública. Salvamos periódicamente a una trama financiara-empresarial- mediática que nos extorsiona, que impone políticas negativas para las mayorías sociales, que no pagan impuestos y que son activos protagonistas de la corrupción. 

Insisto: ¿no ha llegado el momento de limitar su enorme y desproporcionado poder? Hay un acuerdo casi unánime de los analistas de que el problema central de nuestras débiles y limitadas democracias es el descomunal poder del capital frente al trabajo.

 Las clases subalternas han perdido fuerza negociadora, protagonismo social y autonomía política. No parece posible regenerar nuestra vida pública si no encontramos una nueva relación entre cuestión social, democratización económica y transformación del Estado.

Esto significa cosas concretas: ampliación del sector publico económico fortaleciendo su papel como estratega y emprendedor; crear una agencia de evaluación, diseño y programación de las políticas públicas que sirva de lanza para una verdadera reforma de las administraciones del Estado; pleno empleo y reconstrucción de la fuerza contractual de los trabajadores y trabajadoras, empezando por la derogación de las (contra) reformas laborales; una banca pública fuerte, comprometida con la reindustrialización del país y el desarrollo territorial. 

Hay una crisis profunda de la banca que obligará más temprano que tarde a su rescate; democracia económica e industrial que fomente la participación de los trabajadores en la empresa, el desarrollo de la economía social y cooperativa; un sistema fiscal justo y eficaz. No hay que confundirse, hablamos de poder, de usar el Gobierno para fortalecer sujetos sociales, democratizar la economía y limitar el poder de los grandes grupos empresariales y financieros. 

Un nuevo modelo productivo social y ecológicamente sostenible pasa irremediablemente por liquidar las bases de una plutocracia omnímoda, sin proyecto de país y siempre subalterna a los intereses dominantes en la Unión Europea.

Abrir los ojos. Cuando los cambios no se realizan tienen consecuencias. Estamos en plena depresión económica que ya es social, y que pronto se convertirá en psicológica. El Gobierno pretende fijar un estado de alarma que duraría hasta mayo del 2021, nueve meses. Los informes de los organismos internacionales dan cifras sobre el mundo, Europa y España extremadamente graves. 

La derecha económica y política a la ofensiva, en momentos que se habla de España como Estado fallido. ¿Cómo serán nuestras sociedades, sus imaginarios, las expectativas populares dentro de unos meses? ¿Qué relaciones entre la política y las poblaciones cuando esta eterna pandemia se neutralice? Vacío: ¿puede España vivir sin alternativa?"                       (Manolo Monereo, Cuarto Poder, 29/10/20)

No hay comentarios:

Publicar un comentario