5.11.20

La política estadounidense del dolor tiene tres niveles: el sádico, el sadomasoquista, y el sadopopulista. Los blancos aceptan una atención médica deficiente y el riesgo de morir siempre que los negros, entre otros, soporten una atención peor y un riesgo más alto

 "¿Por qué el Gobierno de Estados Unidos ha actuado de una manera que ha dejado más de 200.000 muertos entre los ciudadanos del país? El coronavirus ha matado a más estadounidenses que la Wehrmacht, el Ejército imperial japonés o cualquier otro enemigo en el campo de batalla. Cada pocos días, sufrimos el equivalente a un 11 de septiembre. 

 Esta vez, sin embargo, unos estadounidenses han tomado (o han dejado de tomar) decisiones que han matado a un número espeluznante de otros estadounidenses. Al igual que las hambrunas, las plagas son políticas. Esta es, sobre todo, tribal. (...)

 La política estadounidense del dolor tiene tres niveles: el sádico, el sadomasoquista, y el sadopopulista.

 Nuestra medicina comercial es sádica. 

Se supone que todo el mundo tiene un seguro privado, pero alrededor de 30 millones de compatriotas no tienen seguro de ninguna clase. Las personas que están aseguradas esperan que se les dé preferencia sobre las que no lo están. Los que tienen seguros más caros esperan un tratamiento mejor que el de los que tienen un seguro menos caro. Los estadounidenses no pueden evitar sentirse complacidos cuando reciben, o imaginan que están recibiendo, un tratamiento mejor que el de otros estadounidenses. Este deleitarse en el dolor de los demás sofoca la crítica. 

El privilegio relativo ciega a los estadounidenses más ricos a la realidad de que todo el sistema de salud es caótico, que ellos también pueden morir tontamente, como estuvo a punto de ocurrirme a mí. Atrapados en la economía del dolor, no se les ocurre que el nivel de cuidado de todos, incluidos ellos mismos, debería y podría ser mucho más alto.

Cuando la atención sanitaria y los servicios públicos se encuentran, algunos americanos asumen el dolor con tal de infligir un dolor mayor a otros. 

El sadismo se convierte en sadomasoquismo. 

En la década de 1980, Ronald Reagan popularizó la crítica racista al Estado del bienestar argumentando que los parásitos de piel oscura se aprovecharían de las ayudas. La crítica conlleva un llamamiento al orgullo blanco: nosotros, los verdaderos estadounidenses, somos rudos individualistas que no necesitamos las limosnas del Gobierno.

 Los estadounidenses blancos que aceptan este razonamiento eligen sufrir por la placentera idea de que otros sufrirán más. El sufrimiento es real: el retroceso del Estado del bienestar desde el Gobierno de Reagan perjudica principalmente a los blancos, y el descenso de la esperanza de vida de estos ha sido el causante de que la esperanza de vida estadounidense —78,6 años— se haya estancado.

 El sadomasoquismo se convierte en sadopopulismo cuando aparece un político carismático que verbaliza de manera explícita este orden tribal y reparte el dolor. 

Trump no es un populista. Los populistas piensan que se puede utilizar el Estado para transferir la riqueza y el poder de la élite a alguna versión del pueblo. Trump hace lo contrario: su política comporta transferencia de riqueza a los ricos.

Trump piensa que la función del Estado no es gobernar a la gente, sino magnificar una personalidad. Si “mi gente” (cito sus palabras) sufre, lo importante no es curarla, sino asegurarse de que otros estadounidenses sufran más. El dolor de los partidarios del presidente tiene sentido si quienes lo padecen creen que sirve para que los demás sufran más, ya que, de este modo, los identifica con el jefe de la tribu.

Trump no es un populista, sino un sadopopulista, y ha creado una unión visible y poderosa en torno a la idea de que la política no es el arte de lograr, sino de sacrificar. El sacrificio tiene sentido si lo tiene para Trump; sacrificarse por los conciudadanos o por el país no tiene sentido. En opinión del presidente, quienes mueren en el campo de batalla son unos “perdedores” y unos “pringados”.

Es un error habitual juzgar a Trump por lo que no es en vez de por lo que es: un ejemplo de líder carismático tal como lo define el sociólogo alemán Max Weber. Su liderazgo se basa en la concesión de favor simbólico a sus partidarios mediante el señalamiento de su enemigo. Este ejercicio se puede entender en sentido prácticamente literal. 

Los partidarios de la teoría de la conspiración QAnon, como la candidata republicana al Congreso Marjorie Taylor Greene, ven en Trump un heroico guerrero solitario que combate a una organización satánica de alcance mundial que secuestra niños y abusa sexualmente de ellos. (¿Cómo es que los estadounidenses son sensibles a semejante idea? Al no tener baja por enfermedad, permiso de paternidad ni vacaciones propiamente dichos, entregan a extraños a sus hijos de pocos días o semanas, y se sienten profundamente culpables por ello).

Pensar que Trump es un mentiroso es erróneo, ya que solo alguien que entiende la verdad como un valor puede mentir. No es que no diga la verdad; es que se resiste a ver los hechos y la coherencia como restricciones, y está preparado para cambiar de línea en cualquier momento.

Si uno es ajeno a la tribu, esto le puede parecer cómico, como cualquier ritual con el que no esté familiarizado. Pero si forma parte de la tribu, funciona. Aunque estemos viviendo una pandemia y una depresión al mismo tiempo, el índice de aprobación de Trump ronda el 40%, y va a seguir así. Se trata de una sorprendente victoria del tribalismo por encima del individualismo que los estadounidenses creen que está en el corazón de la política.  (...)

Según un sondeo nacional, una tercera parte de los estadounidenses reconoce que evita el tratamiento médico por miedo a los gastos. Sin derecho a la baja, las personas enfermas siguen teniendo que ir a trabajar, como hicieron cuando llegó la covid-19. La epidemia trajo consigo paro, de manera que dejó sin seguro aproximadamente a otros cinco millones de estadounidenses más. Otro presidente y otro Senado podrían haber visto en la epidemia la razón para abordar el problema de la sanidad. Pero con Trump y sus aliados, lo que ha habido ha sido mortalidad en masa, o tal vez un asesinato masivo.

Un jefe de tribu tiene que adaptar la realidad externa a un lenguaje de “nosotros y ellos”. Su poder depende de su habilidad para conjurar y repartir emociones. Cuanto más se le resiste la realidad, más tiene que esforzarse. (...)

El presidente espera que su tribu resista el golpe para que otros puedan sufrir más. La prensa nacional informó de las desigualdades raciales en cuanto a contagio por coronavirus y tasa de mortalidad, pero, por desgracia, la información no tuvo el efecto esperado. Una vez estuvo claro que la enfermedad se cebaba desproporcionadamente en la población negra e hispana, el sadismo se desbocó.

Cuando la política anticoronarivus salió de la Casa Blanca, tenía algo más que un tufillo a limpieza étnica. En marzo, Trump anunció que no habría un plan federal, y que en su lugar los 50 estados competirían por los recursos necesarios. Lo que se esperaba era que malgastasen sus presupuestos limitados en guerras de puja entre ellos. Sus gobernadores recibieron instrucciones de mostrar fidelidad al jefe de la tribu si querían recibir respiradores u otros equipos del Gobierno federal.

A los Estados republicanos (“Estados rojos”), como Florida, se les entregó material tanto si lo habían pedido como si no. Los gobernados por demócratas (“Estados azules”), como Washington y Nueva York, fueron tratados con arrogancia y desprecio. En el tribalismo de Trump, “Estados rojos” es una forma aceptable de decir “blancos”, mientas que “Estados azules” significa “negros, emigrantes, chaqueteros”.

 En abril, la ciudad de Nueva York era el centro del virus, y la Casa Blanca llegó a la conclusión de que la enfermedad se limitaría a los “Estados azules”. La idea era permitir que la población de esos estados muriese y culpar a los gobernadores demócratas. En la lógica tribal del nosotros y ellos, de los “verdaderos estadounidenses” y los otros, esto tenía sentido. Como es lógico, al no hacer pruebas, el virus se propagó pasando desapercibido. Las personas que se negaron a llevar mascarilla o a obedecer las órdenes de cierre contagiaron a otras. 

En verano, Nueva York y el resto del noreste de Estados Unidos estaban a salvo, mientras que la covid arrasaba Estados como Florida, con gobernadores republicanos. En julio, los asesores de Trump intentaron advertirle de que “su gente” estaba contrayendo la enfermedad. La frase es elocuente: mientras los estadounidenses que morían no fuesen “su gente” no había que hacer nada. (...)

En julio, Trump envió una nueva fuerza de la policía secreta estadounidense a Portland. Supervisada por Chad Wolf, secretario de Seguridad Nacional en funciones, esta fuerza paramilitar lanzó gases lacrimógenos, agredió y “secuestró” a los manifestantes. La acción tuvo el efecto de hacer que las concentraciones de Black Lives Matter en la ciudad (de unos pocos centenares de personas) pareciesen disturbios. 

Los correos electrónicos de Trump para recaudar fondos utilizaron el fantasma televisivo de los desórdenes raciales para conseguir donaciones. La composición de esta nueva policía secreta recuerda elementos de la historia del autoritarismo y la atrocidad política. Los hombres enviados a Portland habían servido en la frontera, y muy posiblemente en los cientos de centros de detención al margen de la ley de Estados Unidos.

El 2 de septiembre, Trump declaró a Portland, junto con Seattle y Nueva York, “jurisdicciones anarquistas”. El decreto, que no hacía referencia a ninguna ley ni citaba autoridad alguna para semejante declaración, se justificó únicamente por la afirmación de que esas ciudades “permitían la anarquía, la violencia y la destrucción”. La idea principal es que los sitios en los que la gente se manifiesta por los derechos de los negros y la justicia social son el enemigo. 

Presumiblemente, la intención es preparar alguna clase de acción especial. Pero lo que no puede ser una coincidencia es que las tres ciudades estén a un máximo de 160 kilómetros de la costa, y por lo tanto, queden comprendidas en una “zona fronteriza” en la que el Departamento de Seguridad Nacional afirma tener autoridad especial para hostigar a los estadounidenses.

Generar una crisis que Trump pudiese manejar era mejor que permitir que la gente prestase atención a la que el presidente no podía controlar. Trump necesita una falsa emergencia que sustituya a la real. A lo largo de su Incendio del Reichstag a cámara lenta, una epidemia asolaba el país y sus partidarios morían. Antes de un mitin presencial en un espacio cerrado en Tulsa el 20 de junio, el personal de la campaña de Trump retiró los adhesivos puestos en los asientos para recordar a los asistentes que guardasen la distancia social. Un destacado partidario que asistió al acto contrajo la covid y murió.

Al igual que otras formas de limpieza étnica, los intentos de dirigir el virus acabaron fuera de control. Actualmente, la mayoría de los que sufren y mueren están en los “Estados rojos”. Se esperaba que los republicanos dejasen de prestar atención a sus amigos y a los miembros de su familia muertos, y se centrasen en los negros supuestamente desleales y en quienes les daban apoyo. Se suponía que el problema era la rebelión de las ciudades plagadas de delincuencia, y no una enfermedad que estaba matando a los estadounidenses. Trump ha advertido de que si los negros se salen con la suya y él pierde la presidencia, la seguridad de las “amas de casa de los barrios residenciales” estará en peligro. En un país en el que se linchaba a los negros acusándolos de agresión sexual, el mensaje de Trump es explícito e imposible de malinterpretar. (...)

La pretensión de Trump de que su propia supervivencia a la covid-19 supone que los demás deberían hacer caso omiso de la enfermedad es un llamamiento a seguir autosacrificándose. Quienes siguen las indicaciones de Trump están arriesgando su vida voluntariamente y, como saben muy bien, poniendo en riesgo la de los demás.

 Ese es nuestro sadopopulismo

Los blancos aceptan una atención médica deficiente y el riesgo de morir siempre que los negros, entre otros, soporten una atención peor y un riesgo más alto. Los republicanos que eligen morir por el jefe de la tribu están haciendo un sacrificio importante. Solo si los estadounidenses siguen muriendo, la supervivencia de Trump puede parecer una prueba de su poder. Y van a seguir muriendo. 

La ciudad de Washington tiene dificultades para controlar la enfermedad porque el Gobierno federal se niega a obedecer la normativa municipal. En consecuencia, la propia Casa Blanca se ha convertido en un foco de covid, con más casos activos (mientras escribo) que todo el estado de Vermont. (...)

El otro sacrificio que pide Trump es el de nuestra democracia. El presidente ha dado por perdida la mayoría, así que necesita que los miembros de su minoría actúan al margen de las reglas y la ley. En vez de competir en una campaña normal, ha decidido preparar un golpe. La verdad es que resulta difícil imaginar un golpe anunciado de antemano como este. La tribu sabe lo que se supone que tiene que hacer, pero esto no significa que el golpe vaya a salir bien. (...)

La tribu es real, pero es una minoría, y puede ser derrotada. Y entonces, ¿qué? La situación ya era insostenible. El dolor que hay en el sistema solo se puede aliviar cambiando el sistema. En Estados Unidos, las desigualdades son tan abrumadoras que, con o sin Trump, pronto imposibilitarán cualquier cosa parecida a una democracia.

  Desde Platón hasta George Orwell pasando por Raymond Aron, los pensadores políticos han advertido de que la desigualdad radical hace imposible una república. Para recuperarnos de nuestra epidemia de tribalismo vamos a necesitar algo nuevo, una política de responsabilidad, un verdadero intento de nombrar y resolver simultáneamente la desigualdad racial y la económica. La sanidad universal podría ser el punto de partida. (...)"        (Timothy Snyder , El País, 03/11/20)

No hay comentarios:

Publicar un comentario