"(...) El desesperado intento republicano de evitar que el Colegio Electoral certifique la designación de Biden el próximo 14 de diciembre está condenado al fracaso y al ridículo. Para justificarlo, los trumpistas más nerviosos están sudando tinte, como le ocurrió en rueda de prensa al patético personaje en el que se ha convertido el exalcalde de Nueva York Rudy Giuliani, abogado de Trump. Pero, poca broma, esa maniobra certifica que el presidente y el Partido Republicano estaban decididos a dar un golpe de Estado.
La estrategia consistía en anular los resultados provisionales en algunos estados alegando fraude electoral para que los parlamentos de esos territorios con mayoría republicana designaran a delegados que dieran su voto a Trump, desoyendo la voluntad de las urnas. Si la victoria del demócrata no hubiera sido tan rotunda en votos populares y delegados, la torticera maniobra podría haber tenido graves consecuencias.
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en su ensayo Cómo mueren las democracias (2018), ya explicaron que Trump reunía todos los indicadores de un comportamiento autoritario.Ha intentado socavar la legitimidad de las elecciones y de sus adversarios, tanto en 2016 como ahora. Se ha mostrado tolerante con el uso de la violencia por parte sus hooligans. Y su presidencia ha sido particularmente hostil contra los medios de comunicación y las libertades civiles.
Si Trump hubiera retenido la presidencia, el futuro de la democracia en
América se habría vuelto muy sombrío. Bajo su segundo mandato, sobre
todo si hubiera ido acompañado de una mayoría republicana en ambas
cámaras y gracias al control del Tribunal Supremo, se habrían impuesto
mecanismos restrictivos a la participación electoral para fabricar
mayorías trumpistas que perpetuasen a los republicanos en el poder.
Afortunadamente no ha sido así y su presidencia puede ser solo un paréntesis en los libros de historia. (...)" (Joaquim Coll, 20Minutos, 23/11/20)
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