4.12.20

La complejidad de las protestas anti-confinamiento de Italia... la izquierda debe movilizar a segmentos más amplios de la población, que serán proletarizados pronto. Nápoles nos da una plataforma. El viernes, trabajadores de las fábricas de Whirlpool salieron a las calles junto a trabajadores de la sanidad, familias y profesores... todos movilizándose atravesando las divisiones de clase y ocupación

 "Durante las últimas semanas, el pueblo de Nápoles ha estado protestando contra las mayores restricciones de salud pública propuestas por el Gobierno regional para detener la difusión del coronavirus. Tras meses de cifras de casos relativamente bajas, el covid-19 está en aumento en Italia, y el Gobierno nacional junto diversos ayuntamientos están reimponiendo cierres de negocios, incluidos cafeterías, bares, cines, gimnasios, etc.

Mientras los cierres pasados fueron acompañados por pagos de prestaciones sociales a menudo miserables para compensar las enormes pérdidas de ingresos, ahora el Gobierno no está ofreciendo casi nada. En regiones ya empobrecidas como Campania, de la que Nápoles es la capital, esto es causa de gran descontento entre la población. Tras un verano de cierre de los viajes que sembró el caos en economías locales dependientes del turismo, la gente se está levantando para demandar ayuda monetaria.  

 Las manifestaciones tienen un carácter militante e insurreccional, con los manifestantes chocando contra las fuerzas de seguridad entre nubes de gas lacrimógeno, palizas y otras formas de violencia. Como muchos otros movimientos populares en Italia, y en toda Europa, en años recientes, la composición ideológica de las manifestaciones ni es singular ni fácil de identificar.

El siguiente informe de un activista de Nápoles analiza las revueltas y protestas anti-lockdown del 23 de octubre. Esta traducción ha sido aumentada y se le han añadido anotaciones para presentar la situación a lectores y camaradas fuera de Europa. El informe lo firman Giulia Sbaffi y Andreas Petrossiants.

Informe desde las calles de Nápoles

(...) ¿Por qué hay disturbios?

Hay varias razones por las que las protestas se volvieron violentas. En primer lugar, durante los últimos meses, la gente ha acabado por completo sus ahorros, suponiendo que tuvieran alguno. Están hambrientos y quemados. Al principio de la crisis del covid-19, cuando los ataúdes se apilaban en Bérgamo, en el norte de Italia, muchos en todo el país temían al virus. Pero ahora, los números relativamente bajos durante los meses de verano han dado a una parte de la gente la ilusión de que el covid-19 es “sólo una gripe”.

En marzo, el Gobierno introdujo algunas medidas de seguridad social. Pero ahora, el dinero se ha acabado o, más bien, está siendo canalizado desde la gente trabajadora a los cofres de la industria y las finanzas. En Nápoles, específicamente, la administración regional inundó la región con dinero antes de las elecciones regionales de septiembre, pero ahora no se ofrece nada al pueblo.  (...)

También es importante apuntar que durante los últimos años en Nápoles, grupos de trabajadores independientes han demostrado una capacidad de enfrentamiento violento con las autoridades. Esto tiene que ver con varios factores. Primero, la mayoría de trabajadores independientes provienen de orígenes socioeconómicos desfavorecidos, conformando un enorme undercommons; muchos de ellos ya habían perdido su limitada movilidad social durante la anterior crisis económica. 

¿Es la mafia de la Camorra responsable de los choques con la policía o son los napolitanos simplemente “gente atrasada”, como los medios corporativos quieren que creamos?

Ninguna de las dos cosas, por supuesto. Los medios de comunicación están actuando como los peores teóricos de la conspiración, simplificando excesivamente una dinámica social compleja y con diversas capas. Ciertamente, la Camorra es parte del tejido social: está entrelazada con los sistemas de servicios de salud privados que se están beneficiando de la actual crisis así como con el sector de la construcción que obtuvo nuevos contratos de la administración local y actúa como un prestamista informal a medida que la gente se endeuda en mayor medida.  (...)

Finalmente, hay una sólida dinámica de intercambio y proximidad entre el lumpenproletariado (aquellos en los márgenes, aquellos que viven en la alegalidad o ilegalidad) y la clase media (aquellos que poseen los medios de producción, que tienen acceso a algo de movilidad social). Es una dinámica fluida que preserva sus raíces sociales y tiene una cierta proclividad hacia el conflicto. (...)

La mayor parte de estos grupos hacen bien en protestar. Durante los últimos ocho meses, las administraciones local y nacional no han hecho nada para prevenir los riesgos o proteger a la gente de esta prevista segunda ola de casos de covid-19. Ahora quieren cerrar negocios de nuevo sin ningún plan para proporcionar apoyo social. A los desempleados, los trabajadores a tiempo parcial y los indocumentados no les quedan opciones: o pasan hambre o se ponen a merced de la Camorra.

¿Qué pasa con la violencia? ¿Está justificada?

Hay una lucha interna entre la gente en las calles. Aquellos que tienen algo que perder, como grandes comerciantes o líderes políticos compitiendo por favores, por supuesto se oponen a la violencia insurreccional y están decididos a negociar, a alabar a la policía y a denunciar la combatividad. Entonces, hay segmentos de clase trabajadora que participan en el hooliganismo con una cierta inclinación hacia los enfrentamientos violentos con la policía.

Esta mezcla de antagonismos mezclados explotó la noche del 23 de octubre, cuando la manifestación ─ya dividida en dos campos opuestos─ se fragmentó aún más.

Sin embargo, el asunto no es criminalizar la violencia o identificar quien tiene razón y quién no. Necesitamos hacer un mejor conjunto de preguntas: ¿cuál es el sentido de recurrir a la violencia? ¿quién la coordinó? ¿contra quién estaba dirigida? Está claro que lo que sucedió esa noche ha tomado la forma de una protesta que sólo se puede entender por la gente que pertenece a ese mundo, una protesta que es un grito de desesperación, y que ha producido efectos contraproducentes ya que gente de otras clases populares ha expresado no estar satisfecha con la “violencia” de los manifestantes.

¿No estaba participando la extrema derecha también?

Forza Nuova, un partido de extrema derecha, declaró que querían participar, pero yo no vi ningún fascista en las calles. Puede que se hayan unido simpatizantes, pero su impacto en términos de presencia y contenido político fue nulo. (...)

¿No es este otro ejemplo más del mismo debate de siempre entre la izquierda securitaria y la izquierda radical?

Los viejos y gastados debates han surgido entre una izquierda “moderada”, que estigmatiza la protesta y denuncia a sus participantes y una izquierda más militante, que celebra los disturbios y glorifica a aquellos que formaron parte de ellos. Estamos cansados de esta dualidad, un análisis político uniformizador que no representa la realidad.  (...)

Sólo parece que queden dos opciones: los disturbios o la negociación con aquellos que tienen la hegemonía. Los comerciantes buscan la negociación. La gente en la calle, por supuesto, no tiene interés en negociar

Pero quizás haya otra opción que buscar, una que esta pandemia y las respuestas a ella han abierto: movilizar a segmentos más amplios de la población, que serán proletarizados pronto. Debemos unir nuestras fuerzas, organizarnos autónomamente y protegernos los unos a los otros con todos aquellos que tengan interés en rebelarse contra los regímenes de austeridad, vigilancia y seguridad para construir un movimiento popular.

Nápoles nos da una plataforma. El viernes por la mañana, trabajadores de las fábricas de Whirlpool salieron a las calles junto a trabajadores de la sanidad, familias y profesores ─todos movilizándose atravesando las divisiones de clase y ocupación─. Ahora tenemos una serie de manifestaciones por delante. Protestaremos contra las multas injustas de la administración local a los vecinos y trabajadores de entrega de comida, después contra Confindustria (la federación industrial italiana) y después en solidaridad con los trabajadores en las industrias de la logística y el entretenimiento.

Epílogo: sin espacio para fascistas

Tras los acontecimientos en Nápoles el 23 de octubre, han surgido choques por todo el país, en Florencia, Roma, Milán, Turín, Catania y otros lugares, con manifestantes mostrando pancartas donde se lee “Somos trabajadores, no criminales” y “Si nos cierras, pagas”. Las piazzas de toda Italia se han convertido en campos de batalla para que diferentes grupos se movilicen y compitan por visibilidad, entre ellos socialistas, comunistas, anarquistas, así como fascistas, escépticos del covid-19, y quizás el grupo más numeroso: trabajadores y personas desempleadas todavía no radicalizadas o “politizadas”.

Esta diversidad ha permitido que fascistas y políticos demanden legitimidad en los medios. Hace dos semanas en Roma, dos piazzas fueron tomadas por fascistas antes de que les disolviera la policía por romper el toque de queda. Después de que los fascistas fueran expulsados, algunos radicales de izquierda tomaron estas piazzas para permitir una composición de manifestantes más diversas. Debe comprenderse que en Italia la piazza juega todavía un importante papel en la vida cívica como el espacio urbano donde se encuentran las esferas privada y pública.

No defendemos ninguna táctica específica ─la táctica, “pacífica” o no, debe decidirse por los mismos manifestantes y en el momento. Sin embargo, es crucial que no se dé a los fascistas ningún espacio ni legitimidad mientras la recomposición y resubjetivización de los trabajadores precarios está teniendo lugar en las calles. (...)"                

 (Salvatore Prinzi, El Salto, 01/12/20. Roar Magazine. Artículo y fotografía publicados originalmente en Roar Magazine: The complexity of Italy’s anti-lockdown protests.

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