7.1.21

China optó por parar la economía para salvar a la población. La opción en Occidente ha sido salvar el beneficio económico de unos cuantos antes que salvar vidas... tal y como reconoció indirectamente el premier británico, se ocultaba una apuesta por el darwinismo social; que se salven los puedan pagar su recuperación... el capitalismo ha optado por normalizar la muerte... y una parte de la población no quiere saber ni quién está muriendo, ni dónde, ni en qué condiciones

"(...) En Occidente, la población sometida a la masiva acción de los medios ha quedado inmunizada, no contra el virus, sino contra la injusticia que representa la enorme y desmesurada mortandad en los sectores más vulnerables: los pobres que dependen de la sanidad pública y los ancianos.

Las imágenes de enfermos tratados en sus coches por falta de camas en Italia, las recomendaciones para no trasladar a ancianos a los hospitales aplicando una medicina de guerra en nuestro país, o el abandono sistemático de los mayores en las residencias para que mueran como ocurre en Bélgica (y todo bajo directrices oficiales) conducen a una misma conclusión: el sistema ha decidido desembarazarse de los sectores sociales no productivos, vaciando y renovando los “stocks” en las residencias. La población y en especial los más vulnerables son una mercancía a la que se puede exprimir utilizando la pandemia como excusa.

La pandemia no golpea democráticamente sino que tiene un profundo sesgo de clase. Es una enfermedad que afecta principalmente a los ancianos y a la clase trabajadora. El Covid-19 se propaga rápidamente en fábricas y lugares de trabajo, afectando de manera desproporcionada a los obreros que viven en hogares compartidos y multigeneracionales y que, a menudo, carecen de oportunidades de distanciamiento social.

La muerte de tantos cientos de miles, que serán millones cuando acabe la plaga, es un enorme negocio que cuenta con la pasividad de una población que ve como “inevitable” lo que está pasando. La UE va a la cabeza en esta triste carrera. Solo entre marzo y abril, el incremento de mortandad atribuible al Covid superó los 170.000 casos[1] en el conjunto de la Unión.

Esto es así porque frente a este desastre humanitario el modelo neoliberal ha respondido “normalizando la muerte” para minimizar las reacciones defensivas y la población, aislada y asustada, ha asumido esta normalización. En nuestro país, la escasa movilización social –solo hay pequeños brotes de protesta– evidencia que una parte de la población no quiere saber ni quién está muriendo, ni dónde, ni en qué condiciones.

La sobreexposición informativa

Los medios están siendo el elemento clave para evitar que los ciudadanos pidan responsabilidades. Se ha impuesto desde el primer momento una enorme sobre-exposición informativa. El conteo de muertes es diario pero, prácticamente, no se hace referencia al qué, (¿qué es lo que provoca la expansión desorbitada en Occidente?); por qué (¿Por qué en algunos países asiáticos como China se ha contenido y anulado la pandemia y en Occidente padecemos la segunda y pronto la tercera ola?).

No se habla del papel que ha jugado el específico modelo económico chino. No se comenta que el gobierno de ese país fue capaz de introducir cambios fundamentales en la producción; así, fabricas de material militar pasaron en pocos días de producir sofisticados equipos para aviones a fabricar respiradores y mascarillas de aislamiento para enfermeros y médicos. No se comenta que China optó por parar la economía para salvar a la población. Pekín ha mirado el medio y largo plazo; sabía que detener la epidemia era básico para mantener el crecimiento económico y por eso en el último trimestre de este año las exportaciones habrán crecido en torno al 10% mientras que las importaciones rondarán el 4%.

La opción en Occidente, por el contrario, ha sido salvar el beneficio económico de unos cuantos antes que salvar vidas. Las 650 mayores fortunas en Occidente han incrementado sus beneficios en unos 100.000 millones de euros en lo que va de pandemia. En lugar de cooperar, los países se lanzaron a una competencia brutal para ser el primero en comprar insumos médicos. La falta de este material, incluso el más elemental (que se ha tenido que importar de China), muestra de forma descarnada la fragilidad de los sistemas de producción europeos. El neoliberalismo reaganiano, del que la Unión Europea ha sido discípula aventajada, deslocalizó las empresas creando auténticos páramos industriales, especialmente en el sur. El caso español es paradigmático: hoy nuestro país se muestra incapaz de alimentar su propio mercado interno con lo más elemental.

Las vacunas, un arma de guerra

Es ese mismo modelo económico el que ahora utiliza la pandemia para enriquecerse. La bellas palabras de los políticos de turno acerca de la solidaridad entre naciones se han convertido en humo. Las vacunas y su acceso se convertirán en un arma de guerra. EEUU y la UE han bloqueado la posibilidad de hacer que la patente de las vacunas sea libre. Mantener e incrementar la tasa de ganancia es el objetivo al que se pliegan los ejecutivos europeos.

Las farmacéuticas han presionado a no pocos miembros de los gobiernos y multitud de europarlamentarios que esperan impacientes su recompensa. La UE reconoce en sus informes[2] cómo esas empresas urdieron redes con “apoyo” político para asegurarse pingües beneficios en el pasado. Los 1.000 millones de euros en multas impuestos por los tribunales europeos entre 2009 y 2017 no dejan de ser las migajas que caen de la mesa.

Como decíamos, el capitalismo ha optado por normalizar la muerte. Esta opción tiene unas profundas raíces de clase: ricos y pobres no mueren proporcionalmente igual. Se trata la “salud económica” y la “vida humana” como dos variables similares, aunque se prioriza la primera sobre la segunda. La opción sostenida en Occidente, como ya hemos dicho, ve la muerte masiva como algo no solo inevitable, sino como deseable a efectos prácticos. La transferencia de recursos públicos a entidades privadas ha ampliado enormemente el negocio y acelera los procesos de privatización con la excusa del COVID.

El capitalismo equipara la “economía” a la extracción del excedente. En la medida que la cura de la pandemia, es decir las medidas para salvar vidas, incide negativamente sobre la rentabilidad de los negocios y la acumulación de ganancias, estas acciones se vuelven inaceptables. Todo aquello que limita la extracción de la plusvalía de los trabajadores o desvíe parte de este excedente hacia servicios sociales o medidas de emergencia sanitarias es rechazado o ninguneado. Frente a la disyuntiva de “beneficio” o “enfermedad” se opta por lo primero aunque se disfraza con hermosas palabras.

Pandemia y darwinismo social

En un principio se hablaba de una “inmunidad de rebaño”: en el fondo, tal y como reconoció indirectamente el premier británico, se ocultaba una apuesta por el darwinismo social; que se salven los puedan pagar su recuperación. Esta especie de “laissez faire” social provocó un enorme aumento de sufrimiento y de muerte. Esta fue también, no lo olvidemos, la apuesta de Cristina Lagarde, presidenta actual del Banco Central Europeo, cuando, en 2012, proponía abandonar a los ancianos por ser una “carga financiera”.

La conclusión es evidente, los ancianos, los trabajadores no “rentables”, pueden morir: no importa demasiado puesto que es fácil encontrar nuevos recambios. Marx definía a este proceso de forma muy gráfica; hablaba de: “la pasión ciega e incontenible del capitalismo, su hambre de hombre lobo por el trabajo excedente”. No es una figura literaria, expresa el mismo horror ahora que hace 150 años.

La respuesta ante la pandemia y, por tanto, a sus consecuencias, nace de los modelos económicos propuestos por Ronald Reagan y Margaret Thatcher (la “dama de hierro” llegó a proclamar que ya “no existe la sociedad”). Pero esta ideología es la que ha impregnado todos los sectores del “establishment político a nivel mundial”. Ha sido adoptada acríticamente por partidos de “derechas” y socialdemócratas, populistas y conservadores. Sus raíces son la base de las políticas capitalistas-malthusianas que ahora sufrimos.

Prácticamente, todos los gobiernos occidentales se han dedicado durante décadas a recortar el gasto social canalizando este excedente monetario hacia los mercados financieros. En este proceso estamos viendo como el derecho de las Corporaciones, por ejemplo la patente sobre las vacunas, pasa por encima de los derechos humanos más elementales. (...)"                 (Eduardo Luque, El viejo topo, 23/12/20)

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