"Parece que les da igual”. No se entiende cómo los ciudadanos “se pueden organizar y se organizan perfectamente mientras las instituciones nos dan la espalda”. La frase es de Cristina Sanz, médica de urgencias en un Centro de Salud de una localidad madrileña, Villarejo de Salvanés, pero son muchos los afectados por el déficit de lo público que han sufrido las consecuencias de la falta de medios y de personal de unas administraciones incapaces de hacer frente a situaciones de emergencia, se trate de una pandemia o de una tormenta de nieve.
Y han tenido que organizarse. Ya sea para llevar alimentos a personas que no los tenían, para despejar aceras o para trasladar pacientes que lo necesitaban.
Los indicadores sociales de confianza en las instituciones, que ya sufrieron una notable caída a partir de la crisis de 2008, están cayendo de nuevo. La desatención a los ciudadanos con ocasión de la covid-19 o, simplemente, obligándoles a limitar sus movimientos porque no hay recursos con los que despejar una calle bloqueada por la nieve, en opinión de muchos parece confirmar la idea de que “lo público” o no funciona todo lo bien que debiera o no está siendo gestionado como sería necesario. Como telón de fondo, los recortes de los últimos años, que ahora se hacen visibles a la vista de la impotencia de las administraciones.
Hay datos reveladores. Según el último barómetro del CIS, un 34,7% de los españoles creen que el principal problema de España es la política en general, el comportamiento de los políticos, la inestabilidad política, la falta de unidad, el Gobierno o los partidos. En relación con la pandemia, un 59,2% de los ciudadanos cree que habría que haber tomado medidas más estrictas que las que se han tomado por parte del Gobierno español y de las comunidades autónomas. Una creciente desconfianza y decepción hacia el Gobierno y los políticos en general es una de las consecuencias que la pandemia ha tenido para muchos de los encuestados, no muy lejos de la intranquilidad o la preocupación por la salud.
El indicador de confianza política del CIS muestra una clara tendencia a la baja desde la crisis de 2008, con algunos repuntes, muy significativos, cuando las elecciones abren la puerta a una expectativa de cambio. (...)
Los datos del CIS, recuerda, muestran que la confianza en las instituciones baja en momentos de crisis. Por eso “hay un bajón enorme a partir de 2011”, aunque “se empieza a recuperar un poquito hace dos o tres años, pero sin llegar a los niveles previos al 2011”.
Son pocos los estudios que analizan cómo la pandemia y sus graves consecuencias económicas está afectando a la confianza ciudadana en estos momentos. Monge llama la atención sobre una tendencia preocupante: “todas las crisis económicas generan un proceso de desconfianza en las instituciones, pero cada una de ellas genera un poso, de tal manera que en la siguiente crisis la confianza parte de más abajo. La desconfianza se va acumulando de unas crisis a otras”. “Hace mucho tiempo que los políticos están entre los cinco o seis primeros puestos” cuando se pregunta por los principales problemas de España, “pero en pandemia han llegado al primero y al segundo puesto”, advierte.(...)
Manuel Villoria, catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, coincide con este análisis. “La confianza en las instituciones en España tradicionalmente ha sido baja”, pero “a partir de la crisis económica de 2008 la bajada de la confianza fue brutal”. España fue en su opinión el país ese Europa que más sufrió este fenómeno, algo que Monge relaciona además con la aguda polarización del país.
“En los países con más polarización, como España, la desconfianza crece más”, apunta la socióloga. "Ahora mismo —recuerda— con la pelea en torno al horario del toque de queda, lo que los ciudadanos perciben no es debate sobre lo correcto, sino que en plena tercera ola los políticos sólo están 'a la greña'”. Y “el primer mandamiento de la política es que tiene que ser útil”. “Con la polarización permanente, la primera víctima es la democracia. Y los propios partidos, todos, sin excepción”. En los días que siguieron a la nevada, a las personas que no podían salir a la calle o ir a trabajar no les importaba de quién son las máquinas quitanieves. “Cuando uno tiene ese malestar, dispara contra todo lo que se mueve”. (...)
“ese deterioro, que se viene produciendo sobre todo a partir de la crisis económica de la gran recesión, ha vuelto. Y con una fuerza enorme”.
La culpa es de la pandemia, opina Villoria, y las tensiones que genera, económicas y sociales. Pero también de “la propia dinámica de la vida política, que cuando llega un test de estrés se demuestra que no está en condiciones de hacer frente a los problemas de los españoles”. “La pandemia nos muestra, y ahora también la nevada, que en el momento en el que se someten a un test de estrés, nuestras instituciones y nuestra clase política, sobre todo la clase política, fracasan”.
Pero no todo el mundo está de acuerdo. Lluís Orriols, profesor de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid, asegura que los estudios disponibles (aquí y aquí) indican todo lo contrario: un aumento de la confianza de los ciudadanos en las instituciones. En todo el mundo y también en España.
Orriols confirma que las crisis económicas suelen dañar la confianza en las instituciones, pero en este caso asegura que no hay evidencias que confirmen que eso esté pasando. Probablemente, aventura, porque la respuesta de los gobiernos a los problemas económicos está siendo muy diferente a la que tuvo lugar durante la gran recesión. “Las crisis económicas arrastran normalmente la confianza en los gobiernos y en ocasiones incluso al régimen. Pero no estamos viendo ese deterioro que vimos hace diez años”. La prueba, argumenta, es la suerte que han corrido los gobiernos. “Si hubiera un enfado con las instituciones acabaría en terremoto para los gobernantes y no estamos viendo castigo electoral. Así lo vimos en la crisis de hace diez años”.
El profesor de la Carlos III se cura en salud y subraya, no obstante, que esto es lo que se observa “hasta ahora”. Porque “una cosa es lo que se ve en la superficie” y otra muy distinta las “corrientes de fondo” que puedan existir y aún no son visibles. O la posibilidad de que la población tenga “umbrales de tolerancia que puedan superarse” en el futuro.
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