"Algo extraordinario ha sucedido con las políticas macroeconómicas. En parte debido al impacto del COVID-19, la antigua ortodoxia se ha transformado en una nueva ortodoxia –pero sin que nadie reconozca las implicancias del cambio o que haya habido problemas con la convención previa.
En una entrevista reciente, por ejemplo, el ex subdirector del Banco de Inglaterra (BOE) Paul Tucker dijo que “la política monetaria ahora debería ser relegada a segundo plano detrás de la política fiscal”. Otros banqueros centrales, mandarines del Ministerio de Finanzas y funcionarios de la OCDE y del Fondo Monetario Internacional están diciendo más o menos lo mismo.Lo que nuestros paladines financieros nunca, o sólo rara vez, reconocen es lo equivocados que estuvieron en el pasado.
Antes de la crisis de 2008-09, muchos creían que la estabilización macroeconómica era enteramente incumbencia de los responsables de la política monetaria, y que debería estar a cargo de bancos centrales independientes que apunten a una tasa de inflación establecida mediante la política de tasas de interés. Esto surgió de la creencia ortodoxa de que las economías eran cíclicamente estables, siempre que la inflación estuviera bajo control.
La política fiscal debería ser pasiva, o inclusive contractiva si los recortes del gasto fomentan la confianza del mercado. La fe en la superioridad de la política monetaria sobrevivió inclusive a la crisis salvaje de 2008-09. (...)
Si bien la combinación de expansión monetaria y contracción fiscal no logró generar la recuperación esperada, la fe en la terapia monetaria todavía era sólida cuando azotó la pandemia del COVID-19 en 2020. (...)
De hecho, la característica destacada de las respuestas de los gobiernos occidentales a la pandemia fue su carácter no focalizado. Los responsables de las políticas prefirieron los confinamientos masivos y las cesantías a cualquier intento por mantener a la gente trabajando mediante la aplicación de testeos masivos, seguimientos y rastreos, todos técnicamente posibles, como hicieron muchos países del este de Asia. Ahora, cayeron en la cuenta.
A falta de estímulo, se espera que las economías post-COVID de Europa y Estados Unidos se hayan contraído en 2020 a la tasa más elevada desde la Segunda Guerra Mundial, con un aumento concomitante del desempleo. Ahora, los planes de cesantías terminarán y los bancos centrales dicen que se están quedando sin municiones –o sea, su capacidad para mantener a los bonistas confiados de que se les va a pagar.
En estas condiciones, la política fiscal es la única alternativa. Necesitamos con urgencia un nuevo marco macroeconómico, que cubra los objetivos de una política fiscal activa, las reglas para llevarla a cabo y su coordinación con la política monetaria. Dado que estamos padeciendo no sólo un shock de demanda sino también de oferta, la política de recuperación también tendrá que abordar las cuestiones de la oferta. (...)
La pandemia presenta la oportunidad de llevar adelante una discusión
pública abierta de estas cuestiones. Es de esperar que este debate
reemplace el sistema de guiños de personas con información privilegiada y
los acuerdos subterráneos que han dado forma a nuestras fortunas –o
infortunios- económicos durante demasiado tiempo." (
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