25.2.21

Quemar contenedores es una acción moderada: Manifiesto de una generación que arde... no conocemos otra forma de vida que no sea la crisis. Existe una precariedad vital que, en vez de ir menguando con el tiempo, se va acentuando cada vez más... Es el grito provocado por el malestar de una generación sistemáticamente ninguneada y culpabilizada... Hasta que el ciego recupere la visión y vea la magnitud de nuestro cólera no nos quedará otra que seguir gritando y luchando en las calles

 "(...) Siempre creemos que pudimos esforzarnos un poco más, que pudimos hacer ese curso para engordar un currículum que de nada sirve o que en el trayecto en bus a la universidad podríamos haber aprovechado para aprender chino. Maria Fernanda, en Yo Precaria, dice que mientras nos mantengamos creyendo que es culpa nuestra, y no de este maldito sistema, no saldremos a las calles a romperlo todo.

La canción ha cambiado y ha pasado: se ha salido a las calles a romperlo todo. Siempre hay algo que enciende la chispa. En este caso, las movilizaciones han comenzado a raíz de la indignación despertada por la encarcelación de alguien por cantar. Una gota más que ha conseguido que se desborden nuestros malestares, hasta el punto de que nuestro cuerpo tenga la necesidad de expresarlos por el peso que acumulan en nuestras espaldas.

 Tras días de protestas, ha quedado más que claro que trasciende el hecho de que un rapero esté en la cárcel, es el síntoma de un sentir que va mucho más allá. Es el grito provocado por el malestar de una generación no sólo tremendamente precarizada sino, además, sistemáticamente ninguneada y culpabilizada.

 Las generaciones jóvenes no conocemos otra forma de vida que no sea la crisis. Existe una precariedad vital que, en vez de ir menguando con el tiempo, se va acentuando cada vez más. Esto no solo se relaciona con la incapacidad de desarrollar una vida en condiciones, sino con la normalización de esta situación precaria que se produce a través de los medios de comunicación mediante el uso de anglicismos que tratan de dar un barniz de color basado en ideas demenciales a la cruda realidad. 

Soportamos que los alquileres cada vez más abusivos y la incapacidad de comprar una vivienda propia lo romanticen llamándolo coliving; el encadenamiento de trabajos basura para poder llegar a fin de mes, minijobs;  comer de lo que  se encuentra en la basura de los supermercados, figarismo; o trabajar en vacaciones, las trabajaciones

Buscan vender la fragilidad económica de nuestra generación como una moda o como innovadoras y fantásticas ideas que surgen de nuestros deseos. Somos una generación que no es que aspiremos a trabajar de lo nuestro, comprar un piso o tener una familia, estamos tan cansadas que nos conformamos con pensar en el futuro y que no nos genere ansiedad. 

 La pandemia ha agraviado aún más la situación. Llevamos un año teniendo que hacer cambios de planes por imprevistos, recalcular nuestra vida y nuestros proyectos, un año sin poder ver a algunos amigos, sin poder montar una asamblea en condiciones, una celebración o cualquier tipo de encuentro colectivo. Se nos pide calma, paciencia y responsabilidad mientras vemos cómo despiden a nuestros familiares, como nuestras vecinas son desahuciadas y como baja toda posibilidad de encontrar un trabajo en condiciones.

 Todo esto mientras se nos coloca en el objetivo de la polémica a los jóvenes, tachándonos de irresponsables y caricaturizándonos como personas sin empatía social a través de campañas gubernamentales y noticias sensacionalistas que siguen prefiriendo mirar a esa minoría irresponsable que decidía hacer fiestas ilegales, que a esos jóvenes que tejieron redes de apoyo vecinal en los días más duros del confinamiento. 

Como señala Noemí López Trujillo en El vientre vacío hablando de la precariedad, toda esta estructura que nos empobrece está envuelta en un relato que nos dice que esto es una anomalía temporal y que resulta inmodificable (ya sea la crisis o la pandemia), lo cual provoca una individualización del sufrimiento y de la responsabilidad. 

Contra la individualización de la culpa y el sufrimiento es por lo que se han levantando las jóvenes estos días, convirtiendo el dolor individual en una lucha colectiva. Y es que, el malestar sintomatizado en las protestas es provocado por lo que algunos descarados se atrevieron a llamar los Adolestreinta [1]. Esto no refleja otra cosa que la infantilización de una generación a la que no se la deja respirar para poder desarrollar su proyecto de vida, a la que no se le permite cuidar y, por ende, ser adulta; esa generación que vive en constante inestabilidad material y afectiva.

 Incluso ahora, que salimos a manifestarnos, se desprecian de forma paternalista nuestras razones y se insulta a nuestro criterio como si nuestras demandas y nuestros malestares fueran caprichos. Quieren construir una idea de jóvenes narcisistas y victimistas que creen que todos los problemas están a su alrededor y que no saben que el paro también es un problema para las personas de 50 años o que hay familias pasándolo muy mal. No se equivoquen, lo sabemos, y por ello también son las protestas.

Como dice Marina Garcés [2], cuidarnos es la nueva revolución, pero esos cuidados cada vez se parecen más a los cuidados paliativos. No podemos cuidarnos ni cuidar si no se nos garantizan ciertas cosas. Si seguimos como hasta ahora estamos condenadas al hastío, el nihilismo y la resignación frustrada. No es de extrañar que protestemos, es de extrañar que no hayamos empezado antes.  (...)

El enfado social ha sido engrosado aún más por las repudiables actuaciones policiales que hemos vivido durante estas semanas. El linchamiento de dos policías a un padre y a su hija de 14 años en Linares hace poco más de una semana y el posterior uso de fuego real para disuadir las protestas desencadenadas, sumado al cúmulo de vídeos que circulan por las redes sociales en donde se recogen situaciones de abuso policial, ha hecho que la desconfianza y la indignación hacia quienes tienen el monopolio de la fuerza, crezca cada vez más. 

Las imágenes de estos días de acorralamientos a los manifestantes por parte de los antidisturbios, la carga a personas indefensas y los insultos y provocaciones de los agentes con palabras como “puta de mierda” no mitigan la crispación.  (...)

Si queremos que esta rabia social amaine, es urgente garantizar y favorecer la situación de los jóvenes para la eliminación de un mercado laboral dual que ha generado un 41% de paro juvenil [7]. Son necesarias medidas que aseguren la existencia material de la juventud  ya sea mediante la creación y defensa del empleo de calidad o a través de la implementación de políticas públicas que nos aseguren la existencia como la Renta Básica Universal. 

Estamos hartas de planes chapuceros en donde se ofrecen facilidades a las empresas para realizar contratos basura o se ofrece a las jóvenes sesiones de coaching que no hacen más que responsabilizarnos de una situación estructural, en donde repetimos mantras que hablan de meritocracia y esfuerzo individual cuando, con dos carreras, tres másters y dos idiomas no llegas a fin de mes.

Queremos medidas para poder seguir viviendo en las ciudades y pueblos que nos vieron crecer y no vernos obligadas a migrar por que, en donde están nuestras raíces, no tenemos las oportunidades que merecemos. Hay que regularizar y censar la situación de los becarios existentes hoy en España, una cifra que no se conoce con exactitud pero se estima que es del millón y medio de personas [8]. 

Esta es una cifra vergonzosa que, si se mezcla, con los contratos de prácticas a los que nos vemos eternamente condenadas, da como resultado un cóctel ilimitado de precariedad. Además, se debe trabajar y proponer planes reales contra la profunda brecha de género existente en la contratación y en el salario de la juventud española.(...)

 Por si fuera poco, también somos nosotras quienes acumulamos un mayor número de contratos precarios a tiempo parcial o temporales. Abordar la problemática de la igualdad de género no se debe sólo a la injusticia que produce o al talento desperdiciado, sino  porque además impide todo intento de formar un núcleo familiar independiente, reflejándose en los datos sobre natalidad de los últimos años que se sitúan en mínimos históricos [11]. 

A estos datos sumamos  la imposibilidad de acceder a una vivienda digna y, viendo la poca voluntad política que se ha vuelto a ver durante estos últimos días para algo tan básico como regular los alquileres, no debemos esperar impacientes que, en un futuro próximo, se instaure algún tipo de plan para la adquisición de inmuebles o para la emancipación juvenil.

Creer que las protestas de estos días tan solo se han producido por el encarcelamiento de un rapero que, además de engreído, tiene un talento cuestionable, es un análisis simple y patoso. Dice el refranero español que “no hay más ciego que el que no quiere ver” y hay quienes parecen no querer entender que lo que se ve en las calles es una juventud a la que le han robado el futuro, los sueños y sus horizontes. 

 Somos una generación cansada de vivir en una crisis continua en donde los problemas de salud mental son nuestro día a día y las certezas una extravagancia en manos de unos pocos. Una generación tullida por un sistema que no nos da garantías y que, por si fuera poco, nos dice que la amputación fue nuestra culpa. Nuestros problemas no se disuelven con golpes y porrazos, sino a través de medidas concretas de compromiso por parte de nuestros gobernantes que se hagan realidad. Tan sólo así la juventud podrá volver a confiar, a sentirse protegida, cuidada y con la capacidad de cuidar.

 Hasta que el ciego recupere la visión y vea la magnitud de nuestro cólera no nos quedará otra que seguir gritando y luchando en las calles para que entiendan que no somos seres aislados culpables de nuestros males, sino que nuestro legítimo malestar es algo colectivo que no puede quedarse (una vez más) olvidado."                   (Isabel Serrano Durán y Merlina Del Giudice, La Trivial)

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