4.3.21

Varoufakis: No importa la cantidad de dinero que inyecte Biden a la economía norteamericana, fracasará a menos que haga lo necesario para elevar el poder de gasto de quienes prácticamente no tienen nada: un salario mínimo decente, una negociación colectiva obligatoria y pagos incondicionales directos

 "El presidente norteamericano, Joe Biden, frente al gran desafío de estimular la economía de su país para la era post-pandemia y acechado por el estímulo tibio del entonces presidente Barack Obama en tiempos de la Gran Recesión hace diez años, ha decidido inclinarse por el lado del exceso. Quiere jugar “a lo grande” con un plan de gasto de 1,9 billones de dólares. 

(...)  La crisis de 2008 fue tan profunda y terrible como la de 1929. Como en 1929, las quiebras secuenciales, el desempleo y los precios en caída implicaron que nadie estaba dispuesto a endeudarse. Las tasas de interés se derrumbaron a cero y el capitalismo cayó en lo que John Maynard Keyes definía como la “trampa de liquidez”.

 Una vez en cero, la tasa de interés no podía bajar mucho más sin destruir lo que quedaba del sector bancario, las compañías de seguro, los fondos de pensiones y otras instituciones financieras. La gran diferencia entre 1929 y 2008 fue que en 2008 los bancos no podían quebrar. 

Una manera de salvarlos era un estímulo fiscal lo suficientemente grande. Inyecciones directas de dinero recién impreso a consumidores y empresas –para saldar deudas y aumentar el consumo y la inversión- habrían reflotado al ciudadano común e, indirectamente, a Wall Street. Ese fue el camino que no tomó la administración Obama. Por el contrario, la Fed imprimió billones de dólares y se reflotó de manera directa a los bancos en problemas. Pero mientras se salvaba a los bancos, no se liberó a la economía de la trampa de liquidez. 

Los bancos les prestaron el dinero fresco a las corporaciones, pero como no se reflotó a sus clientes, los gerentes no estaban dispuestos a correr el riesgo de reinvertir el dinero en buenos empleos, edificios o maquinarias. En cambio, lo llevaron a la bolsa, causando la mayor desconexión en la historia entre los precios de las acciones y la economía real. Luego de la experiencia casi mortal de Wall Street en 2008, las empresas quedaron atrapadas en un crédito (casi) sin interés y en crecientes valoraciones de las acciones que se disparaban frente a ganancias bajas. 

Los ahorros totales eclipsaron a la inversión, los salarios agregados estaban en un mínimo histórico y el gasto de los consumidores se mantuvo deprimido. Y entonces, de repente, llegó el COVID-19, con los consiguientes confinamientos que le asestaron golpes importantes tanto al lado de la oferta como de la demanda de la economía.

Los 12 años previos a la llegada de la pandemia explican por qué un estímulo considerable hoy tal vez no logre lo que podría haber logrado en 2009. Un estímulo exitoso debe acercar la inversión al nivel de los ahorros disponibles. Pero en cuanto los mercados financieros huelan que esto está por suceder, presionarán para que las tasas de interés suban a un nivel que refleje el mejor equilibrio entre ahorros e inversión. 

De inmediato, las empresas adictas a tasas de interés bajas enfrentaran la ruina; al igual que los banqueros. En teoría, esto se puede impedir si el estímulo simultáneamente impulsa los ingresos y el consumo, de manera que el creciente ingreso de las corporaciones pueda compensar las tasas de interés en alza. Pero, en la práctica, no hay tiempo para eliminar la dependencia de las corporaciones de las tasas de interés bajas, porque cualquier estímulo demora muchísimo más en estimular los ingresos que en impulsar las tasas de interés. 

La combinación de la trampa de liquidez y 12 años de dependencia corporativa de tasas de interés cercanas a cero hizo que cualquier estímulo fiscal ahora, no importa su tamaño, probablemente fracase en uno de sus dos objetivos cruciales, si no en ambos: impulsar la inversión e impedir una reacción en cadena de quiebras corporativas. 

Jugar “a lo grande” podría haber funcionado en 2009, pero en 2021 Biden debe ir más allá del estímulo fiscal. No importa la cantidad de dinero que inyecte a la economía norteamericana, fracasará a menos que haga lo necesario para elevar el poder de gasto de quienes prácticamente no tienen nada: un salario mínimo decente, una negociación colectiva obligatoria y pagos incondicionales directos."                (, Project Syndicate, 02/03/21)

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