2.6.21

En la crisis del 2008 la mayoría de países enviaron una señal muy rotunda a la población de que el Gobierno no se estaba encargando de ellos. Cualquier país que haya atravesado dificultades tras la crisis económica ha experimentado un giro autoritario. Por esto, Biden tiene toda la intención de cumplir sus promesas: estamos ante un gran cambio... el Gobierno como una expresión de voluntad democrática y no como una vergonzosa necesidad

 "‘El precio de la paz. Dinero, democracia y la vida de John Maynard Keynes’ (Ed. Paidós) es un gran libro. Lo firma el periodista Zachary D. Carter, fue una de las obras sobre economía que más repercusión tuvieron en EEUU el pasado año (...)

Carter ofrece una versión del keynesianismo tremendamente interesante, y sabe cómo plantear al lector las preguntas que necesitan ser respondidas hoy.

Carter forma parte de un apreciable grupo de nuevos ensayistas estadounidenses que están formulando visiones económicas poco ortodoxas, pero muy oportunas en estos tiempos de cambio. Conforman una suerte de ‘new dealers’ antes del New Deal, como lo fue el propio Keynes, y ahora tienen una oportunidad clara, con la Administración Biden, no de que sus tesis sean escuchadas, sino de que sean llevadas a la práctica.  (...)

P. Afirmabas que no solo vivimos en un capitalismo injusto, también en uno que no funciona. Cuando hablas del New Deal, señalas que no salvó al capitalismo, sino que creó una forma de gobierno completamente inédita. ¿En qué consistió? ¿Es reproducible hoy?

R. La palabra capitalismo ha sido muy flexible a lo largo de este último siglo. Hay quienes defienden que Franklin D. Roosevelt salvó el capitalismo, pero también hubo gente que en aquel momento afirmaba que lo que Roosevelt estaba haciendo era destruir el capitalismo: el proyecto de obras públicas, los programas de subsidios por desempleo... aquello era el fin del capitalismo, punto.(...)

 Creo que lo que Roosevelt hizo fue reorientar la función del Gobierno de EEUU. Antes de que Roosevelt resultara electo, el Gobierno federal de EEUU gastaba entre el 1 y 3 % anual de su PIB, mientras que los presupuestos de Roosevelt en el periodo de entreguerras llegaron hasta el 10 % del PIB, triplicando el máximo alcanzado previamente. Después, durante la Segunda Guerra Mundial, llegó al 40 %. 

Desde entonces se ha mantenido en torno al 20 %. Es un cambio tremendo en el volumen de actividad económica desarrollada por el Gobierno federal y, en una economía tan grande como la de EEUU, es un cambio que la mayoría —y me atrevería a decir que incluido el propio Roosevelt al comienzo de su mandato— no habría podido imaginarse.

 Una de las cosas extraordinarias de alguien como John Maynard Keynes es su capacidad para soñar cosas como esa y tomárselas en serio cuando otros expertos se reían de ellas. Uno de los motivos por los que el New Deal no fue tomado en serio entre las élites intelectuales estadounidenses de la época es que sencillamente creían que no fuese viable. 

La noción de que el Gobierno pudiera reorientarse hacia el papel de garante, no solo de unas condiciones de vida mínimas, sino de los cimientos de una buena vida y de una existencia intelectualmente satisfactoria y estéticamente atractiva, era fácil de rebatir en los años veinte y treinta con solo decir ‘Es imposible, así que ¿por qué hablar de ello?’. Y alguien como Keynes fue capaz de decir que no era imposible en absoluto. Y no lo era. (...)

P. ‘Las consecuencias económicas de la paz ‘describe una situación que tiene algunas semejanzas con la vivida en Europa tras la crisis de 2008, y probablemente con la actual. Cuando hay países muy endeudados, y lo estamos viendo en Europa, y deben hacer grandes sacrificios para devolverla, carecen de capacidad para producir y para generar crecimiento, con lo que se cae en una espiral de depresión, inestabilidad, desigualdad y tensiones sociales. Keynes se dio perfecta cuenta de esa dinámica negativa y Roosevelt también; Europa no parece muy consciente de ello.

R. Me cuesta hablar en nombre de toda Europa, porque es muy diversa y, políticamente, cada Estado europeo está sometido a una serie de presiones y cuestiones culturales que no siempre conozco, pero sí está claro que cada vez hay una mayor consciencia entre las instituciones conservadoras y tecnócratas de la economía internacional de que el camino que escogió Europa tras la crisis de 2008 fue un error

Que la austeridad, la exigencia de que los países gravemente endeudados solucionaran sus problemas de déficit presupuestario antes de abordar las consecuencias, muy reales, del sufrimiento social por la recesión… Esas decisiones exacerbaron la recesión y llevaron a Europa a una recuperación más bien mediocre en comparación con países que gastaron más y se no se preocuparon tanto por la deuda. (...)

Pero hay algo importante en ‘Las consecuencias económicas de la paz’, y que lo hace hoy muy pertinente, como es el hecho de que no se trata solo de deuda y déficit, sino del auge del autoritarismo. Mires donde mires, desde la crisis ha habido una aceptación y un entusiasmo muy notables en todo el mundo de diferentes formas de gobierno autoritarias. Y a mí se me hace difícil creer que no guarda relación alguna con la gestión económica tras la crisis. 

La mayoría de países enviaron una señal muy rotunda, e incluyo en esta mayoría, hasta cierto punto a EEUU, que hizo un mejor trabajo que la Europa de Angela Merkel. Se envió una señal muy clara a la población de que el Gobierno no se estaba encargando de ellos. 

Parte de lo que hizo que el New Deal fuera tan revolucionario y aterrador para miembros del establishment y la clase política de la época es que decía que el Gobierno estadounidense no estaba para defender los intereses de las élites, sino para defender a la gente de a pie en todo momento, que tu seguridad económica es algo que el Gobierno federal ya a apoyar; que es imposible que te proteja de todos los males que se crucen en tu camino, pero que al menos lo va a intentar. 

Y no parecía que fuera ese el caso tras el desplome de 2008. El Gobierno parecía estar trabajando por el bien de la banca, y no de la ciudadanía. Y el motivo por el que lo parecía es porque era cierto. (...)

  Cualquier país que haya atravesado dificultades tras la crisis económica ha experimentado este giro autoritario en algún punto de su política, y su forma de expresión depende de la historia y la cultura de ese país. Para mí, esa medida es mucho más significativa que cualquier estadística sobre el crecimiento o la productividad que podamos citar. Cuando la política se vuelve tan fea, tan peligrosa y violenta como lo ha hecho en tantos Estados diferentes, es que se está cociendo algo muy peligroso. 

Tú hablas de la capacidad del ser humano de caer en las mismas estupideces. Eso también se podía aplicar en 1932. No era ningún secreto que la depresión económica estaba desembocando en gobiernos autoritarios. Mussolini llegó al poder en los años veinte, mucho antes que Hitler. No era ningún secreto y, sin embargo, los líderes mundiales no fueron capaces de dar con la manera de cambiar su concepción de la gobernanza económica. Yo creo que ahora tenemos una gran ventaja, y es que ya hemos transitado por esa experiencia, sabemos lo que pasó y tenemos el registro keynesiano como una especie de modelo.

 P. El plan de Biden es importante en muchos sentidos, también en este de coser una sociedad rota por vínculos identitarios e ideológicos. En lo económico, ¿cómo de profundo va a ser? ¿Adivinas en él un propósito keynesiano real, el de generación de empleo y actividad? ¿En qué cambiará la sociedad estadounidense? ¿Es el inicio de una transformación sustancial?

(...)  yo soy bastante optimista en cuanto al giro de Biden. (...) si nos fijamos en la forma que ha tenido de gobernar desde que asumió el cargo, ha dejado muy claro que quiere ser un presidente del cambio: habla abiertamente de cambiar el paradigma intelectual de cómo se entiende la función del Gobierno estadounidense (empleó explícitamente la palabra ‘paradigma’), y pronunció un gran discurso en el Congreso en el que dijo algo así como “El Gobierno que os representa en Washington no es una fuerza de ocupación venida de una capital extranjera, es una expresión de voluntad democrática. Forma parte de lo que implica vivir en una sociedad democrática y del ejercicio de autogobernarse”. 

Así que el pueblo estadounidense no tiene por qué ver al Gobierno con un halo de hostilidad, como creo que ha sido la ideología predominante entre los líderes de ambos partidos durante, al menos, los últimos 25 años. (...)

Y yo creo que, pase lo que pase con sus políticas económicas e independientemente de cómo se perfilen los detalles técnicos, ese cambio de perspectiva, ese valor del Gobierno como una expresión de voluntad democrática y no como una vergonzosa necesidad, es ya un gran cambio, y no creo que sea algo de lo que un presidente se pueda retractar con facilidad. 

Así que, a mi modo de ver, sí estamos ante una gran transformación, pero creo que todavía está por ver hasta qué punto el Partido Demócrata, especialmente en el Senado, dejará que Biden persiga ese cambio.(...)"                   (Entrevista a Zach Carter, Esteban hernández, El Confidencial, 21/05/21)

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