13.9.21

Como en un paisaje de ruinas, las derrotas se amontonan este 11-S de 2021. La militar, del ejército más poderoso del mundo en manos de unas guerrillas de desarrapados. La política, de una estrategia de intervencionismo liberal y de exportación de la democracia por las armas. La moral, tanto por los valores democráticos derrotados en Afganistán como por la confianza y la credibilidad perdidas... Ben Laden ha conseguido los dos objetivos que se proponía: demostrar la vulnerabilidad de Estados Unidos y obligar a sus ejércitos a abandonar Oriente Próximo

 "(...) Jamás en la historia se había producido un ataque de tales dimensiones contra los corazones financiero y político de la primera superpotencia, un país excepcional, resguardado por dos océanos, que no ha conocido invasiones exteriores.

Ni siquiera el ataque aéreo japonés sobre Pearl Harbour, en 1941 y en mitad del Pacífico, había producido tantas víctimas y diseminado tanto dolor y tanta sensación de vulnerabilidad entre los estadounidenses. Tampoco jamás en la historia las imágenes de la destrucción se habían difundido y retransmitido incluso en directo por las televisiones de todo el mundo convirtiéndose inmediatamente en el símbolo de la fragilidad del poder estadounidense.

El idilio y el ensueño de la pos Guerra Fría habían terminado. Se resquebrajó de pronto la majestuosa soledad de la superpotencia única. Fue un cambio de época. (...)

No era momento para contemplaciones ni diálogos multiculturales ante aquella amenaza siniestra e inasible, que obligaba a cambiar de mentalidad y de costumbres. La demanda de seguridad aplastaba cualquier otra consideración, incluidos los derechos humanos, las libertades individuales e incluso la democracia. Estados Unidos estaba en guerra y se declaró en guerra. Fue un momento de perturbadora unanimidad alrededor del comandante en jefe, el presidente, en defensa de la patria atacada.

 En una mañana, el mundo había pasado de la época de las inminencias, propia de la idea de progreso, de las transiciones democráticas y de las grandes esperanzas en el futuro, a la época de la ansiedad, en la que imperan la incertidumbre y el miedo, encarnado por la amenaza de un ataque demoledor e inesperado. El presidente y sus más estrechos colaboradores quedaron traumatizados y convencidos de que iban a sucederse más ataques como los perpetrados por Al Qaeda contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y como el que tenía como objetivo la Casa Blanca, hacia la cual se dirigía el avión estrellado en Pensilvania después de ser heroicamente controlado por los pasajeros.

 Nadie se llamaba a engaño sobre la respuesta fulminante que iba a producirse inmediatamente por parte del ejército más poderoso de la historia. Iba a empezar una guerra de dimensiones desconocidas...

 El mundo entero se sintió concernido cuando George W. Bush estableció con claridad que no iba a admitir actitudes neutrales ni medias tintas: “Perseguiremos a todas las naciones que proporcionen ayuda o refugio a los terroristas. Todas las naciones tienen ahora una decisión a tomar: o están con nosotros, o están con los terroristas” (...)

Era la declaración de la Guerra Global contra el Terror, justo clausurada ahora, dos décadas después, por otro presidente, Joe Biden, con su enfática declaración del fin de “la era de las grandes operaciones militares para rehacer otros países”.

La Casa Blanca se sintió liberada de las ataduras que habían limitado hasta entonces su poder de acción y procedió a utilizar su fuerza inmensa para cambiar el statu quo del mundo y modelarlo a su gusto, sin atender a la Constitución, al Estado de derecho, a las convenciones internacionales y mucho menos a Naciones Unidas. Primero echó a los talibanes del poder en Afganistán y a continuación invadió Irak y derrocó a Sadam Husein, con el propósito de establecer el ejemplo de la instauración de regímenes amigos, aparentemente democráticos, por la fuerza de las armas. (...)

La política exterior y la diplomacia quedaron militarizadas, sufrieron el derecho y las libertades públicas en su país y en el mundo, poco quedó del multilateralismo en las relaciones internacionales y se degradaron especialmente el sistema y las instituciones de Naciones Unidas. Se crearon limbos legales como Guantánamo o Abu Ghraib para secuestrar e interrogar a sospechosos. La tortura y los asesinatos selectivos fueron reconocidos y empleados por el Gobierno. Desapareció el habeas corpus para quienes fueron designados como “combatientes ilegales sin Estado”, fuera de la cobertura de las convenciones de guerra. (...)

La coincidencia del aniversario con el cambio de estrategia, en vez de conducir a una celebración feliz, arroja las preguntas más amargas e incómodas. ¿Han servido para algo los esfuerzos civiles y militares, los miles de millones derrochados y los centenares de miles de vidas perdidas y arruinadas? ¿Hay un vencedor en esta Guerra Global contra el Terror? Y si lo hay, ¿no son acaso los talibanes los ganadores?

No ofrece dudas la mejora de la seguridad interior, pero no puede decirse lo mismo de la difusión global del terrorismo en todos los continentes, el incremento de los atentados en los países aliados de Europa y la persistencia del yihadismo radical en todo el mundo musulmán como ideología religiosa difusa con potencial para pasar a la acción violenta. Nadie puede descartar que el propio emirato de Afganistán se convierta de nuevo en territorio de una subasta de radicalización entre las distintas corrientes de los talibanes, el Estado Islámico y Al Qaeda.

 Biden lo ha reconocido: “La amenaza terrorista se ha metastatizado en todo el mundo, más allá de Afganistán”, aunque la conclusión a la que ha llegado no puede ser más decepcionante para los aliados de la OTAN que fueron en auxilio de Estados Unidos en 2001 y ahora reciben el mensaje de que Washington solo se ocupará de su seguridad.

Como en un paisaje de ruinas, las derrotas se amontonan este 11-S de 2021. La militar, del ejército más poderoso del mundo en manos de unas guerrillas de desarrapados. La política, de una estrategia de intervencionismo liberal y de exportación de la democracia por las armas. La moral, tanto por los valores democráticos derrotados en Afganistán como por la confianza y la credibilidad perdidas: la victoria de Trump ya fue una advertencia que no desmintió la victoria de Biden, en la que no había garantía alguna de un regreso todavía más lamentable del trumpismo.

 La salida precipitada y unilateral de Kabul, sin atender a los intereses y a las obligaciones con unos aliados tan devotos como los europeos, ha corroborado la degradación del vínculo de 70 años. La derrota pertenece por entero a la OTAN.(...)

  Bin Laden ha conseguido, a los 10 años de su muerte, los dos objetivos que se proponía: demostrar la vulnerabilidad de Estados Unidos y obligar a sus ejércitos a abandonar Oriente Próximo. (...)

La mayor derrota para Estados Unidos no es ni siquiera la victoria territorial de los talibanes, sino la sufrida en el plano geopolítico, más visible bajo el foco de los 20 años transcurridos desde el 11-S. En vez de la democratización del gran Oriente Próximo entonces anunciada, estas dos décadas han dejado sin excepción un rosario de Estados fallidos y de dictaduras. Han facilitado la ampliación de la hegemonía iraní sobre Líbano, Siria e Irak.

 Y han regalado una victoria estratégica a Pakistán en su confrontación y rivalidad con India. Minimizar la pérdida de Afganistán por el limitado valor económico y político del país desvía la atención respecto a la ventaja estratégica obtenida por China y Rusia gracias al desgaste autoinfligido por la superpotencia única.

Washington contó hace 20 años con el apoyo de Moscú y Pekín en el Consejo de Seguridad en su respuesta a los atentados. Ambas potencias ya sacaron entonces rendimientos inmediatos de las resoluciones de Naciones Unidas y de la nueva atmósfera internacional antiterrorista en su política de represión de las minorías chechena, en el caso ruso, y uigur, en el chino. 

Como si hubieran seguido al pie de la letra una sentencia célebre de Bonaparte —“Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”—, chinos y rusos han exhibido una gran paciencia estratégica en el aprovechamiento de las debilidades de su adversario, al que ahora declaran en abierto declive.

Si llevaran razón, esta sería la mayor y más amarga derrota para Estados Unidos en aquella guerra declarada hace 20 años."                    (Lluís Bassets, El País, 12/09/21)

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