"(...) Mientras nos llevamos las manos a la cabeza por el ascenso talibán, encontramos también la forma de llevarnos una mano a la boca para lanzar un susurro a quienes son perseguidos por el fanatismo: tshhh, aquí no molesten.
Quienes hoy son presentadas en el telediario como pobres víctimas del integrismo islámico, mañana o pasado serán criminalizadas como inmigrantes ilegales en esos mismos espacios. Lo dicho: no somos mucho mejores.
Si algo nos han enseñado la vuelta de los fanáticos al poder veinte años después, es que los fanáticos no paran nunca en su empeño y que el trabajo de una sociedad sana debería consistir en trabajar a diario para impedir que lo consigan. En Afganistán y en cada casa.
Cada sociedad tiene sus talibanes y solo les distingue de los que
han llegados a Kabul el margen de maniobra que les da el lugar en el que
viven. La persecución de la mujer, del homosexual, del que no pertenece
al grupo dominante, la negación de la ciencia no son patrimonio
exclusivo de los fanáticos estudiantes del Corán. En España todo esto
nos suena bastante. (...)" (Gerardo Tecé, CTXT, 18/08/21)
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