22.11.21

En los dos meses que el volcán sin nombre lleva arrasando La Palma, nos hemos acostumbrado a la rutina de los comunicados científicos consensuados, a la normalidad de las distintas administraciones remando en la misma dirección, a la sencillez de una gestión coordinada

 "En los dos meses que el volcán sin nombre lleva arrasando La Palma, nos hemos acostumbrado a la rutina de los comunicados científicos consensuados, a la normalidad de las distintas administraciones remando en la misma dirección, a la sencillez de una gestión coordinada. Pero hace justo 10 años, el escenario era totalmente opuesto. 

Durante la erupción que afectó a la isla de El Hierro en otoño de 2011, los científicos se insultaban entre ellos, las instituciones se daban la espalda, los políticos tomaban decisiones sin avisarse y los ciudadanos vivían en un permanente desasosiego de contradicciones. “Aquello fue un caos”, repiten quienes lo vivieron. (...)

“Hemos mejorado las disfunciones que se vieron, tanto científicas en el propio comité como en la gestión, por ser la primera vez que ponían en marcha el Pevolca [Plan de Emergencias Volcánicas de Canarias]”, explica María José Blanco, directora del Instituto Geográfico Nacional en Canarias (IGN). El suyo es un rostro habitual en las televisiones de toda España, ya que se encarga de ponerle voz casi a diario a las conclusiones que acuerda cada mañana el comité científico que asesora a las autoridades, y también tuvo que ponerse ante los micros en El Hierro. “En el caso de La Palma, esa experiencia previa ha facilitado mucho porque esas disfunciones se pudieron corregir y solventar en la nueva versión del plan que está ahora operativa”, añade.

Y esa es una de las principales diferencias con la erupción de El Hierro. Hoy, las distintas instituciones científicas incluidas en el comité (IGN, Instituto Geológico y Minero, Involcan, CSIC, universidades...) se ponen de acuerdo en su análisis técnico de la situación del volcán, que se transmite a la ciudadanía con calma y una sola voz, en un único comunicado. Hace una década, era una cacofonía de científicos que se contradecían, que ninguneaban las ruedas de prensa oficiales, que se faltaban al respeto y que asustaban a los herreños alertando de eventos peligrosos que jamás ocurrieron. (...)

“La diferencia también es que se han jubilado muchas de aquellas divas”, señala uno de los geólogos que están hoy a pie de volcán en La Palma, en referencia a científicos como Ramón Ortiz, Juan Carlos Carracedo y otros geólogos que cada día provocaban una polémica peor que la anterior. Carracedo, desde fuera del comité, acusaba en los medios a sus colegas de hacer un “ridículo internacional”. Ortiz, del CSIC, respondía a las inquietudes con ocurrencias como “pregúnteselo usted al volcán”. Los herreños desayunaban cada mañana con una nueva controversia entre científicos en los titulares de los periódicos; que si habría otra erupción en la otra punta de la isla, que si habría explosiones peligrosas. A falta de una portavocía clara y respetada, los medios explotaban esas diferencias recurriendo a distintos geólogos que confundían a la población haciendo lecturas contrapuestas de la erupción y cruzándose acusaciones.

 Nacionalismo volcánico

 Las diferencias entre las instituciones tenían también una vertiente política muy clara. Todo había comenzado en 2004, cuando una serie de seísmos en la isla del Teide, Tenerife, alertó a las autoridades: no había nadie que se encargara de la vigilancia vulcanológica en España. De inmediato se legisló para encomendar esta tarea al IGN, que mantiene esas competencias. Pero en 2010 el Cabildo de Tenerife creó una empresa pública, el Instituto Volcanológico de Canarias, con la intención de realizar esa función en el archipiélago, tras recibir el apoyo a su creación en el Senado y el Congreso a petición de los nacionalistas canarios.

Cuando en el verano de 2011 comenzó un enjambre sísmico en El Hierro, muy pocos en Canarias aceptaban la autoridad del IGN, recuerdan fuentes del organismo. El desorden era tal que el parlamento canario tuvo que aprobar un marco normativo que regulara el funcionamiento del comité de crisis 10 días después de la erupción. Era como reparar un avión en marcha.

 Ahora todos los líderes políticos, de todos los partidos, trabajan juntos para mitigar los efectos de la crisis. “Eso no pasó en el volcán de El Hierro, lo digo con absoluta claridad”, denuncia Armas. Y remata: “Se hizo política de muy baja estofa”. Se evacuó la pequeña población costera de La Restinga por temor a los gases de la erupción submarina y se hizo sin avisar al presidente del Cabildo (PSOE), la principal institución insular. “Lo anunció el Gobierno canario cuando se conectaba con la televisión autonómica para que saliera en directo. Esto da síntoma de cómo se gestionó el tema del volcán”, lamenta Armas, que había llegado al cargo unos meses antes con una moción que desalojaba a Coalición Canaria. “Se utilizó a los medios de comunicación y otro tipo de cuestiones para hacer política mala. Y esto no está pasando en La Palma afortunadamente; es la diferencia fundamental”, resalta.

 Blanco, que dirige el IGN en el archipiélago, explica que hay 15 personas dedicadas a estas tareas en la sede de Santa Cruz de Tenerife y entre 15 y 20 en Madrid “que reciben los datos igual que nosotros a través de los mismos servidores, por lo tanto da igual”. “La parte de campo es más sencillo si estás en el entorno en que vas a desarrollarlo, por supuesto, pero para el análisis de datos no importa dónde estés”, añade. Todo se mantiene en un equilibrio muy delicado que se esfuerzan en sostener mientras la crisis volcánica sigue viva.

 No solo se ha aprendido a dejar a un lado los egos —políticos y científicos— cuando la vida de la gente está en juego. También se aprendieron cuestiones prácticas y técnicas, como la necesidad de tener disponible un buque científico disponible en una erupción que se da en medio del océano. En el volcán submarino de El Hierro —llamado Tagoro— fue especialmente sangrante porque esta carencia impedía saber lo que pasaba bajo el agua. Cuando llegó el Ramón Margalef, prácticamente recién botado, comenzó “una línea de investigación que no existía para nosotros hace 10 años, la vulcanología marina”, señala Eugenio Fraile, científico del Instituto Español de Oceanografía (IEO). “Ahora somos un referente internacional y estamos muy orgullosos”, añade.

 Fraile estuvo en aquella campaña improvisada sobre el Tagoro en 2011, que luego se convirtió en un proyecto a largo plazo que todavía continúa (Vulcana), y también ha estado en el Margalef vigilando la erupción de La Palma. En esta ocasión, el buque llegó a tiempo, antes de que la lava llegara al mar, entre otras cosas porque ahora el IEO ya forma parte del Pevolca. “Se vio que nuestro trabajo también es clave para una mejor gestión de la crisis y minimizar daños. Hemos aprendido mucho en estos años, porque esto ha pasado, pasa y volverá a pasar”, resume Fraile.

Enseñanzas y mejoras

Blanco reconoce otros aprendizajes, como la mejora de la preparación del personal. “Aunque ya lo sabíamos, en El Hierro comprendimos que las redes de estaciones tienen que ser muy densas para poder hacer una detección de las señales más tempranas; no hay nada como corroborarlo con la realidad, la necesidad de una cobertura insultar adecuada”. En La Palma, gracias a eso, ya había un despliegue de instrumentación que “prácticamente no ha habido que aumentar”, señala: “Se han añadido muy pocas estaciones, ya más centradas en la zona de la erupción”. Lógicamente, se han aprovechado novedades como los satélites del programa Copernicus y los drones, “herramientas que antes no estaban disponibles y que facilitan mucho el poder interpretar de manera continua la información sobre la erupción y del avance de las coladas”, indica Blanco. (...)"                    (Javier Salas, El País, 21/11/21)

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