26.11.21

Enrique Dans: «los antivacunas, como lacra social insolidaria que son, no deben tener derechos... es, sin duda, uno de los mayores errores que estamos cometiendo como sociedad: reconocer unos supuestos derechos inalienables a quienes se niegan a acatar lo que la sociedad ha consensuado como deberes»

 "Enrique Dans es doctor en gestión de procesos de negocio y Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Santiago de Compostela. Colabora con diferentes medios de comunicación (El País, El Mundo, Expansión, Cinco Días o Vozpopuli) en asuntos relacionados con Internet, innovación y nuevas tecnologías. Autor de dos libros, publica frecuentemente artículos también en su página personal.

En el día de ayer publicó un artículo titulado «Los derechos de los antivacunas», para Invertia, una sección del diario El Español, donde comienza señalando que «es, sin duda, uno de los mayores errores que estamos cometiendo como sociedad: reconocer unos supuestos derechos inalienables a quienes se niegan a acatar lo que la sociedad ha consensuado como deberes». Según él explica, en este artículo «básicamente viene a argumentar que los antivacunas, como lacra social insolidaria que son, no deben tener derechos«.

«Asquerosa insolidaridad»

Precisamente en su página amplía el contenido de este artículo publicado, y lo desarrolla en los siguientes términos: «los antivacunas pretenden que esperemos al largo plazo para garantizar la ausencia de efectos secundarios, y es más, que los probemos otros, no ellos. Eso, simplemente, se llama insolidaridad. Es más: se llama asquerosa insolidaridad, y merece el repudio social más amplio y generalizado.» Según Dans, «Con sus principios, nos habríamos quedado en la Edad Media, porque, por pura lógica, los efectos secundarios a largo plazo de algo nunca pueden probarse más que esperando mucho tiempo, tiempo en el que la pandemia habría acabado con media humanidad.»

No se puede «molestar» pidiendo certificados de vacunación

Y va más allá: «Los supuestos derechos de los antivacunas están, en realidad, cogidos con papel de fumar, y lo mejor que puede hacer una sociedad que aspire a reaccionar ante un desafío como el que supone una pandemia es ignorarlos.» Continúa señalando que: «Como resulta que no se puede «molestar» a un antivacunas pidiéndole el certificado de vacunación, ahora resulta que hay que cerrar los bares o que confinar a toda la población, dando lugar a un daño económico irreversible.»

 Su análisis termina concluyendo que «La vacunación tiene que ser tan obligatoria como lo fue en su momento la de la viruela, por mucho que algunos pretendan manifestarse en contra, porque la realidad es que deberíamos ser nosotros, los vacunados, los que nos manifestásemos contra ellos y reclamásemos nuestro lógico derecho a continuar con nuestra vida sin restricciones impuestas por su culpa.» (...)"                 (Diario16, 25/11/21)

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