19.1.22

La 'Gran Renuncia', ¡a la mierda, esa mierda de trabajo!... dicen los trabajadores y trabajadoras jóvenes, empleados en trabajos de alta rotación, más fáciles de conseguir y más fáciles de abandonar. Los que ocupan empleos poco calificados, mal pagados y que tienen poco o ningún espacio para progresar... En América Latina, ‘la gran renuncia’ debería llamarse ‘la gran supervivencia’

 "Según el Departamento de Trabajo de Estados Unidos, en este país 4 millones de personas renunciaron a sus trabajos en abril de 2021, alcanzado el récord de 10,9 millones de puestos de trabajo vacantes. Esta desbandada ha sido bautizada por el Prof. Anthony Klotz como la “Gran Renuncia.

 Un abandono de empleos, en plena pandemia sanitaria, que se ha explicado por el estrés acumulado, por el agotamiento, por la falta de motivación y los bajos salarios, convirtiéndose, según afirman los expertos, en un manifiesto de exigencia de la gente que, desde la crisis sanitaria, empezó a ver su vida de otra manera. Una revuelta contra patrones, encargados y jefes que no se preocupan por el bienestar de su personal. El resultado de un colapso por la falta de reconocimiento del trabajo realizado y del equilibrio entre el trabajo y la vida.

 La pregunta que nos podemos hacer es: ¿quiénes son los protagonistas de este movimiento? Las múltiples encuestas y estudios publicados nos dicen que una parte, aproximadamente el 20%, lo protagonizan los trabajadores y trabajadoras de entre 30 y 45 años, quienes están a la mitad de su carrera profesional y que parece que se han dado cuenta de cuánto tiempo pasaban viajando y quieren seguir trabajando de forma remota. Otros, por el agotamiento de la sobrecarga digital y la falta de conexiones.

Aunque el mayor abandono, según la Oficina de Estadísticas Laborales, se concentra entre los empleados jóvenes de los sectores que han experimentado fuertes aumentos en la demanda debido a la pandemia, lo que les ha provocado mayor carga de trabajo y agotamiento. Trabajadores y trabajadoras jóvenes, empleados en trabajos de alta rotación, más fáciles de conseguir y más fáciles de abandonar. Los que ocupan empleos poco calificados, mal pagados y que tienen poco o ningún espacio para progresar. Un colectivo que, si bien representan aproximadamente el 20 por ciento del total de fuerza laboral, representa la mitad de los que perciben los más bajos salarios.

Aunque afecta a múltiples sectores, la mitad de todos los ceses voluntarios se concentra en hoteles, restaurantes, comercio al por menor, distribución y servicios de asistencia personal. Todos ellos son sectores muy precarios en términos de protección social, sindicalización, salarios…, en los que hace más de una década que el salario mínimo legal por hora (7,25 dólares) no se ha actualizado, y en los que más de un tercio no toma vacaciones, ni existe baja por maternidad. Y, sobre todo, con un nivel de sindicalización muy bajo.

La Gran Renuncia es ya algo más que un dato sociológico. Como suele ocurrir en Estados Unidos, se ha convertido en un hecho cultural y social con vida propia, que llena páginas y conferencias. Los casi11 millones de ofertas de trabajo no satisfechas constituye un fenómeno que empieza a preocupar según la Oficina Estadísticas Laborales de EEUU, ya que éste es un país con casi pleno empleo, por lo que la fuerte disminución de la oferta de mano de obra produce un serio desajuste.

 ¿Qué está pasando en el resto del mundo? Pues, por ahora, con niveles menos radicales, se está viviendo una corriente similar. Lo hemos visto por ejemplo en el déficit en muchos países europeos de conductores de camiones debido a los bajos salarios pagados para retribuir un duro y sacrificado trabajo. Lo padece China, con su particular versión de la Gran Renuncia, el Tang ping (tumbado), un movimiento de elección de estilo vida y de protesta social por parte de jóvenes proletarios que rechazan el exceso de trabajo duro, desalentados por los bajos salarios.

¿Constituye una auténtica desafección al trabajo por agotamiento físico y psíquico? como señaló El Corriere della Sera en un artículo del pasado 18 de octubre sobre las renuncias al trabajo post-Covid que incluía a Italia en este fenómeno afirmando que: “la gente está renunciando a buscar algo mejor sin estar satisfecho con el salario a fin de mes. El tiempo libre y el bienestar parecen vencer a las meras razones económicas”.

 Seguro que hay mil preguntas que responder y en ello están los más prestigiosos gabinetes y escuelas de sociología y de gestión de recursos humanos, buscando las razones y los porqués del fenómeno de la Gran Renuncia. Una respuesta se la ha dado en Twitter, con meridiana claridad, Robert Reich, el que fue secretario de Trabajo de los Estados Unidos durante la Administración de Bill Clinton, cuando escribió: “No hay ‘escasez de mano de obra. Lo que hay es escasez de cuidado infantil, escasez de salario digno, escasez de pago por condiciones de trabajo y de vida peligrosas, escasez de licencias por enfermedades pagadas y escasez de atención médica. Hasta que no se solucione esa escasez, los estadounidenses no volverán a trabajar pronto”.

Por todo ello, quizás la solución está en que nadie tenga motivos para exclamar: ¡a la mierda, esa mierda de trabajo!, aunque para combatirlos aún no se ha inventado nada mejor que la afiliación sindical y la organización de la clase trabajadora, o sea: sindicatos fuertes. Esperemos que éste sea el camino por el que se canalice esta lógica y legitima rebeldía individual."             (Quim González Muntadas, Nueva Tribuna, 18/01/22)  

"Una línea zigzagueante de 3,185 kilómetros funciona como la marca de fuego de la desigualdad. 
 
La frontera entre Estados Unidos y México es mucho más que una zona que divide a dos países, porque las coordenadas indican, además de la información geográfica, la evidencia de las contrastantes realidades sociales y económicas. Los datos del mercado de trabajo, por ejemplo, responden a esta disparidad: mientras que en Estados Unidos el desempleo está en su nivel más bajo en casi dos años, en América Latina recién se recuperaron 70% de los empleos destruidos durante la primera parte de la pandemia. Pero la brutalidad del contraste no radica únicamente en la velocidad de la recuperación, sino en algo clave: qué tiene para ofrecerle el sistema económico a los trabajadores al norte y al sur del continente.
 
 Miremos los datos del año pasado. Durante gran parte de 2021 se produjo en Estados Unidos una situación singular en el mercado laboral. En medio de la reactivación de la economía posconfinamiento, una gran cantidad de trabajadores eligieron renunciar a su trabajo. Es tan masivo y llamativo el fenómeno que hasta tiene nombre: “la gran renuncia”. 
 
 Los últimos datos publicados por el Departamento de Trabajo estadounidense muestran un récord histórico: alrededor de 4.5 millones de personas renunciaron a sus empleos en noviembre. Más al sur, en el mismo continente, la situación de las y los trabajadores latinoamericanos es casi antagónica, porque alrededor de 50% trabaja en la informalidad y, más que buscar nuevas oportunidades, la lucha es por la subsistencia.

Las desigualdades norte-sur en el continente americano son múltiples e históricas. Pero la pandemia de COVID-19 solo ha agravado la situación. Un solo dato basta para graficarlo: en 2020, la caída de la economía estadounidense fue de 3.4%, mientras que el promedio regional de los países de América Latina fue el doble (llegó a 7% el primer año de la pandemia). Así que, si en Estados Unidos hablamos de “la gran renuncia”, en América Latina deberíamos hablar de “la gran supervivencia”.

 Pongamos la lupa por ambos lados de la frontera. Las demandas de las y los trabajadores estadounidenses se centran principalmente en dos aspectos: mejores salarios y mejores condiciones laborales. Lo que le da sustento a ello es el fuerte rebote de la economía, que estimula la creación de puestos de trabajo y favorece la posición relativa de negociación de los trabajadores estadounidenses frente a sus empleadores. (...)
 
Según un estudio de la Organización Internacional del Trabajo, el efecto nocivo de la pandemia en el mercado laboral de América Latina provocó que, en lugar de mantenerse activas, una importante cantidad de personas literalmente abandonaran sus empleos.
 
 ¿El motivo? Gran parte de los trabajadores latinos obtienen sus ingresos de actividades que dependen en gran medida de que exista la circulación de personas para que sus servicios sean demandados. Es esperable que la reactivación económica empiece a brindar más oportunidades laborales pero esa incorporación de trabajadores al mercado provocará, paradójicamente, un salto en el desempleo.

La otra cara de la moneda de la crítica situación de los trabajadores latinos fue el crecimiento exponencial de las riquezas de los multimillonarios de la región, que según Oxfam recuperaron sus pérdidas pandémicas en tiempo récord. Es decir: el esfuerzo de la recuperación económica de todo el continente fue principalmente a los bolsillos más gordos.

 Hacia adentro de Estados Unidos también hay desigualdad. Cuando apenas habían pasado cinco meses de que la Organización Mundial de la Salud había declarado al COVID-19 como una pandemia, el economista demócrata y exsecretario de Trabajo de Bill Clinton, Robert Reich, escribió una interesante columna respecto de cómo la pandemia había generado una nueva división de clase entre los trabajadores en el país. Reich dividió a los trabajadores estadounidenses en cuatro “clases”: los “remotos”, que podían acomodar su empleo sin problema; los “esenciales”, que conformaban la primera línea de la pandemia; los “impagos”, es decir, aquellos trabajadores que se habían quedado desempleados producto de las restricciones, y los “olvidados”, aquellos para quienes el distanciamiento social era imposible. Salvo los trabajadores remotos, el resto de las clases se nutría en forma desproporcionada de personas pobres, afroestadounidenses o latinas.

Los contrastes, entonces, se ubican a uno y otro lado de la frontera. Pero estos contrastes, a su vez, tienen algo en común: la desigualdad de oportunidades, algo que sabemos no se resuelve con la sola voluntad de los individuos. La historia deja como enseñanza que en los procesos de mejoras sociales y redistribución del ingreso, la lucha colectiva es mucho más eficiente que dejar la resolución de las inequidades en las manos invisibles del mercado. Unas manos que, de tan invisibles, podríamos decir que casi casi no existen."             (The Washington Post)

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