(...) Evidentemente, hay razones de peso para este apartheid sanitario mundial. La primera es la financiera. Las vacunas son caras y las finanzas públicas de los Estados centrales, ya minadas por las políticas presupuestarias neoliberales aplicadas durante cuatro décadas, se degradaron aún más por las medidas de apoyo a la "economía" (es decir, al capital) necesarias por la pandemia.
Se podría manejar, desde luego, la posibilidad de obligar a los grupos farmacéuticos que producen las vacunas a entregarlas a su precio de costo, que es mucho más bajo que el precio actual en el mercado. No faltarían argumentos a favor: además del estado de necesidad en que se encuentra la población mundial, los Estados centrales podrían argumentar que financiaron en gran medida el desarrollo de estas vacunas, para suspender o anular así las patentes que actualmente permiten que estos grupos obtengan suntuosos beneficios.
Pero las pocas voces (incluido el reclamo hipócrita de Joe Biden) que se han alzado al respecto han provocado una respuesta unánime de indignación por parte de Boris Johnson, Emmanuel Macron, Angela Merkel, Ursula von der Leyen [presidenta de la Comisión Europea] y otros: ¡los contratos deben cumplirse y se cumplirán! Es una forma de reafirmar su apego al sacrosanto principio de que, si bien se socializan los costos, los beneficios deben ser privatizados.
Además, hoy más que nunca, en la periferia global (es decir, los suburbios, o incluso los confines, de la aldea global) se concentra la "superpoblación relativa", que sirve de "ejército de reserva" del capital (Marx). Por cierto, la última fase de la "globalización" capitalista consiste, a través de la liberalización de la circulación internacional del capital, lo que implica en particular la deslocalización de segmentos de los procesos de producción de las formaciones centrales a las formaciones periféricas, en ampliar considerablemente las dimensiones de este "ejército de reserva", mediante la expropiación de cientos de millones de campesinos en el campo asiático, africano y latinoamericano, para someter al proletariado de las formaciones centrales a su competencia y obligarlo a aceptar el estancamiento o incluso la caída de sus salarios y la degradación de sus condiciones de empleo y trabajo.
Esta operación ha tenido tanto éxito que las direcciones capitalistas centrales pueden hoy ser aún más indiferentes que antes a la suerte del grueso de estos neoproletarios, así como a la de sus hermanos de clase que ya pertenecían al proletariado, dada la sobreabundancia de los mismos.
De
este modo, pueden dar rienda suelta a su desprecio de clase hacia ellos y
el cinismo puede unirse a los tintes racistas heredados de la época
colonial. Si un Macron puede pensar y decir que "una estación de trenes
[en París] es un lugar en el que se cruzan personas que tienen éxito en
la vida con gente que no es nada", ¿qué idea puede tener de los
migrantes internos chinos que trabajan en los "sweatshops" [fábricas y
talleres de sobreexplotación] abiertos en las zonas especiales de
Guangdong [Cantón] o Fujian, o de las trabajadoras que sólo sirven para
generar beneficios en las maquiladoras del norte de México? El hecho de
que, al decir esto, cree las condiciones para un futuro efecto boomerang
de la pandemia a nivel planetario, que echará por tierra una vez más su
escenario de "salida de la crisis", ilustra hasta qué punto sigue
siendo prisionero, al igual que sus homólogos extranjeros, de las
contradicciones inherentes a las relaciones de producción de las que
todos quieren ser fervientes gestores."
(Alain Bihr , Sociólogo, especialista del movimiento obrero y socialista, miembro
del laboratorio de sociología y antropología de la Universidad del
Franco Condado, Sin Permiso, 30/12/21)
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