"Comparando la invasión rusa de Ucrania con el atentado del 11-S en Nueva York, Enrico Letta confirmó en el Parlamento italiano que las palabras gritadas con rabia no conducen necesariamente a un juicio equilibrado sobre las motivaciones y la genealogía de los conflictos en el mundo.
Incluso el 11-S tuvo su genealogía, aunque confusa, pero no se puede decir lo mismo de la agresión rusa y del asedio a Kiev. En este caso, los motivos del agresor, aunque sean exagerados, no sólo son fáciles de reconstruir, sino que podrían haberse previsto e incluso frustrado hace tiempo. En cualquier caso, Pekín los ha previsto y parece haber abogado por una negociación Putin-Zelensky, sabiendo perfectamente que el resultado será la neutralidad ucraniana exigida por Moscú desde hace décadas. El desastre podría haberse evitado si Estados Unidos y la Unión Europea no hubieran demostrado constantemente ceguera, sordera y una inmensa incapacidad de autocrítica y memoria.
Fue el 11 de febrero de 2007 cuando se anunció el incendio más allá de las fronteras cada vez más agresivas de Europa del Este. Ese día, Putin intervino en la Conferencia de Seguridad de Múnich y pidió a los occidentales que construyeran un orden mundial más justo, que sustituyera al que existía durante la URSS, el Pacto de Varsovia y la Guerra Fría.
La ampliación de la OTAN hacia el Este se había convertido en un punto delicado para el Kremlin, y más aún después de la guerra de Yugoslavia: “Creo que está claro”, dijo Putin, “que la expansión de la OTAN no tiene relación con la modernización de la Alianza ni con garantizar la seguridad en Europa. Por el contrario, representa una grave provocación que reduce el nivel de confianza mutua. Y tenemos derecho a preguntarnos: ¿contra quién se dirige esta expansión? ¿Y qué pasó con las garantías de nuestros socios occidentales hechas tras la disolución del Pacto de Varsovia? ¿Dónde están hoy esas declaraciones? Nadie se acuerda de ellas. Pero quiero tomarme la libertad de recordar a esta audiencia lo que se dijo. Me gustaría citar el discurso del Secretario General de la OTAN, Manfred Wörner, en Bruselas el 17 de mayo de 1990. Entonces dijo: ‘El hecho de que estemos dispuestos a no desplegar un ejército de la OTAN fuera del territorio alemán ofrece a la URSS una garantía de seguridad estable’. ¿Dónde están esas garantías?”
Para comprender mejor la catástrofe ucraniana, tratemos de enumerar algunos puntos a los que es difícil oponerse.
En primer lugar, ni Washington ni la OTAN ni Europa tienen la menor intención de responder a la guerra de Moscú con una guerra simétrica. (...) Los que quieren sanciones “más duras” no saben de qué están hablando. Los que repiten desesperadamente que la invasión es “inaceptable” ya la han aceptado de hecho.
Segundo punto: Occidente tuvo los medios para comprender a tiempo que las promesas hechas tras la reunificación alemana –ninguna ampliación de la OTAN hacia el Este– eran vitales para Moscú. En 1991, Bush padre estaba incluso en contra de la independencia de Ucrania. (...)
Tercer punto: la promesa acabó en un cajón, y sin pestañear Clinton y Obama comenzaron las ampliaciones. En pocos años, entre 2004 y 2020, la OTAN pasó de 16 a 30 países miembros, desplegando armas ofensivas en Polonia, Rumanía y los países bálticos en la frontera rusa (en ese momento, Rusia estaba de rodillas económica y militarmente, pero todavía tenía la bomba atómica).
Cuarto punto: tanto Estados Unidos como los europeos han sido totalmente incapaces de construir un orden internacional diferente al anterior, especialmente desde que a las superpotencias se les unió China y se agudizó la cuestión de Taiwán. Preconizaron políticas multilaterales, pero desdeñaron lo esencial, es decir, un nuevo orden multipolar. La posguerra fría se vivió como una victoria de Estados Unidos y no como una victoria común de Occidente y Oriente. La historia había terminado, el mundo se había vuelto capitalista, el orden era unipolar y Estados Unidos el único hegemón. La hybris occidental, su desmesura, habita desde entonces entre nosotros.
El quinto punto se refiere a la obligación de respetar las fronteras internacionales, fundamental tras la Segunda Guerra Mundial. Pero Putin no fue el primero en violarla.
La intervención de la OTAN a favor de los albaneses de Kosovo constituyó la primera infracción en 1999 (quien esto escribe aprobó aquella intervención demostrando poca capacidad de prever sus consecuencias).
La retirada de Afganistán puso fin a la arrogancia y la enemistad era previsible. Nosotros éramos los que teníamos que neutralizar a Ucrania, y aún podíamos hacerlo. Nosotros, que deberíamos haber advertido la presencia de neonazis en la ‘Revolución Naranja’ de 2014 (Ucrania es el único país europeo que incluye una formación neonazi en su ejército regular). Tenemos que prohibir a Letonia –un país miembro de la UE– que maltrate a las minorías rusas.
No hemos defendido ni defendemos derechos, como exigimos. En 2014, al facilitar un putsch antirruso y proestadounidense en Kiev, fantaseamos con una revolución
que era solo medio democrática. Rearmando el frente oriental de la UE,
alimentamos las industrias armamentísticas y evitamos que la OTAN sufra
la muerte cerebral que algunos han diagnosticado con razón. Admitir
nuestros errores sería una contribución nada despreciable a la paz que
decimos querer." (Barbara Spinelli, CTXT, 2/03/2022)
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