"(...) Para Europa ha sido el despertar de un sueño (¿dogmático?): el sueño de la razón geoestratégica, que, tal como señaló Goya, produce monstruos. Monstruo es, en efecto, un tratado supuestamente defensivo creado inicialmente para salir al paso de cualquier intento de construcción de una potencia militarista con ansias hegemónicas como la Alemania de la primera mitad del siglo XX, pero desviado casi enseguida de esa función para enfrentar a la Unión Soviética y sus aliados.
Sí, la Europa dormida en los laureles de una prosperidad envidiable (aunque muy mal repartida), que soñaba con haber dejado atrás para siempre la interminable secuela de conflictos armados en su suelo (y a la que no despertaron de su sueño las guerras fratricidas que, alentadas por Alemania y los Estados Unidos, destrozaron la antigua Yugoslavia), está todavía restregándose los ojos tras el amargo despertar del 24 de febrero, fecha de inicio de la intervención militar rusa en Ucrania.
¿Violación del derecho internacional? Por supuesto. Una más, aunque sin duda una de las más graves por la envergadura de la operación y de los daños humanos y materiales que está causando y causará. Pero sería injusto no recordar lo dicho: que es una más, la última, por el momento, de una larga serie de actos de fuerza que se han pasado el derecho internacional por el arco de triunfo. (...)
¿Quiere ello decir que los abusos de unos justifican los de otros? En absoluto. Lo que sí quiere decir es que el derecho internacional es de una fragilidad extrema, porque a diferencia de lo que ocurre con el derecho nacional (a poco que se trate de Estados con un mínimo de seguridad jurídica), en que existe un poder, reconocido en principio por todas las partes, dotado de medios suficientes para hacer respetar dicho derecho, ese poder no existe a escala internacional.
En efecto, las Naciones Unidas constituyen un foro en que concurren enanos y gigantes (en demografía, en riqueza y en fuerza militar), por lo que el único órgano con un cierto poder sancionador, que es el Consejo de Seguridad, reconoce a los “gigantes” (y desde un simple criterio de realismo político no podía ser de otra manera) el famoso “derecho de veto”, lo que hace inviable cualquier intento de reprimir los abusos de esos gigantes. Sólo los de los enanos (y eso, si no son muy amigos de alguno de los gigantes). (...)
Pues bien, ¿qué pasa en el ámbito nacional si el poder legítimo se muestra incapaz de impedir los abusos de alguna de las partes constitutivas del país? Muy simple: que ese poder queda automáticamente deslegitimado y las partes, erigidas en facciones, se consideran a sí mismas legitimadas para tomarse la justicia por su mano. Eso mismo, ni más ni menos, es lo que viene pasando, prácticamente desde siempre, en el ámbito internacional.
Por otra parte, siendo verdad que los abusos de unos no justifican los de otros, verbigracia: las intervenciones armadas de los Estados Unidos en su entorno geográfico inmediato no justifican las intervenciones de Rusia, por ejemplo, en el suyo, ¿qué decir cuando el abuso del uno se produce en el entorno geográfico inmediato del otro? ¿Es o no es un abuso de esas características instalar lanzadores de misiles de alcance medio en el entorno geográfico inmediato de otro país? Así lo entendió el gobierno de los Estados Unidos en 1962, cuando plataformas de esa clase de misiles fueron instaladas por la Unión Soviética en Cuba y el presidente Kennedy anunció que, de no ser retiradas, ordenaría el bombardeo y la invasión de la isla.
Desde la OTAN se argumenta que los misiles ya instalados en los países bálticos, Polonia y Rumania son meramente defensivos y responden a los intereses de legítima defensa de esos países frente a un posible ataque ruso. Semejante tesis quedó desautorizada ya hace años por sus propios defensores cuando ante las protestas de Rusia por ese despliegue se le respondió que esas armas no apuntaban a Rusia sino ¡a Irán! Es decir que unos misiles capaces de llegar desde Polonia hasta el relativamente lejano Irán ¿no son capaces de llegar hasta la vecina Rusia, con lo que dejan automáticamente de tener carácter meramente defensivo (como sí lo tendrían, en cambio, unos misiles de corto alcance)? A la luz de todo ello, ¿cómo cabe valorar la reiteradamente anunciada intención de la OTAN de poner bajo su “protección” a Ucrania, así como el conocido entusiasmo de los actuales dirigentes de ese país ante semejante idea?
Cuando se invoca la (innegable) violación por Rusia de la Carta de las Naciones Unidas, se suele olvidar que el artículo 2, apartado 4, de dicho texto clave del derecho internacional reza literalmente así: “Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas.” (Subrayado mío.)
Si a eso le añadimos la guerra civil existente en Ucrania desde hace ocho años a causa de la política oficial discriminatoria contra la población ucraniana de origen y cultura rusa, guerra de intensidad relativamente baja, pero que se ha cobrado no menos de 14.000 vidas (y que había experimentado una notable intensificación en los últimos meses, con fuertes bombardeos y gran concentración de tropas ucranianas en torno a la región del Donbass), tenemos una ecuación nada fácil de resolver a la hora de señalar responsabilidades por la actual guerra. A no ser que uno simplifique la cosa, como están haciendo los gobiernos y la mayoría de los medios de comunicación de los países miembros de la OTAN, de tal manera que esta historia se explique como si hubiera empezado sin más, sin precedentes ni antecedentes, el pasado 24 de febrero (...)
Lo mínimo que cabe exigir, en una situación tan dramática como la que
estamos viviendo, es que se centren todos los esfuerzos en poner fin
cuanto antes a la destrucción y la matanza. Y hacerlo además de tal
manera que desaparezcan los motivos de recelo que unos y otros puedan
albergar sobre las intenciones de la otra parte. Pues bien, no parece
que los miembros de la OTAN, aparte de acoger refugiados, estén haciendo
otra cosa que avivar el conflicto, por más que en la división del
“trabajo” diseñada desde Washington y Bruselas quede claro que ellos (es
decir, nosotros) ponen las armas y los ucranianos y los rusos la
sangre. Así que cuando alguien pida cuentas de cómo se ha llegado hasta
este punto, siempre podrá decir el portavoz oficial u oficioso de turno
una de estas dos cosas: o que la causa primera y única es el señor que
gobierna desde el Kremlin o que, como dijo el expresidente Aznar, a
estas alturas carece de sentido hablar de causas…" (Miguel Candel, El Papel, 10/04/22)
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