17.4.23

La crisis sistémica del 2008 fue la señal de que las capas tectónicas que organizan las relaciones internacionales se estaban moviendo en dirección contraria a los intereses geopolíticos de los EEUU... fue China quien acabó rescatando a la economía internacional. Era el dato crucial que evidenciaba que el mundo estaba cambiando de base y que ya no se podía gobernar sin el imperio medio. En paralelo, Rusia reconstruía su economía, su tejido productivo, su eficiente complejo militar-industrial y, lo fundamental, recuperaba su centralidad en Eurasia... Biden llegaba para romper esa dinámica, usando a fondo su control sobre las instituciones internacionales, el peso del dólar y, es lo decisivo, su clara superioridad político-militar... El equipo dirigente organizado en torno a Biden vive dramáticamente la situación actual del mundo y teme la transición hacia un mundo multipolar. Las diferencias con Trump tenían que ver con su incapacidad para definir una estrategia operativa... Hablaba mucho, hacía poco y no se enfrentaba a los problemas. Echarlo se convirtió en una verdadera cruzada; lo consiguieron, empleando todos los medios disponibles a su alcance; terminará en la cárcel o algo peor... la sociedad norteamericana emitía señales de crisis; las fracturas sociales y territoriales eran cada vez más evidentes, y ponían de manifiesto una guerra civil latente. Había que contraatacar... ¿Qué es lo que hay de fondo? Detrás de la crisis de hegemonía de EEUU existe algo más decisivo, de más transcendencia histórica: el fin del dominio político-militar y cultural de Occidente

 "(...) Crisis de hegemonía y ofensiva norteamericana marcarán esta fase histórica. A los EEUU hay que tomárselos siempre en serio, estudiarlos minuciosamente y tomar nota de lo que dicen, de lo que hacen y de lo mucho que callan. Cuando Biden dijo que los EEUU han vuelto, significa que la gran potencia del norte no está dispuesta a admitir el cuestionamiento de su dominio y que defenderá su “orden” y sus “reglas” con uñas y dientes.

El factor tiempo es decisivo. El equipo dirigente organizado en torno a Biden vive dramáticamente la situación actual del mundo y teme la transición hacia un mundo multipolar. Las diferencias con Donald Trump tenían que ver con su incapacidad para definir una estrategia operativa a la altura de los desafíos de la época, con sus decisiones erráticas e incoherentes, con sus desprecios a los aliados y sus devaneos con Rusia. Hablaba mucho, hacía poco y no se enfrentaba con decisión a los problemas. Echarlo del poder se convirtió en una verdadera cruzada; lo consiguieron, empleando todos los medios disponibles a su alcance, todos los medios; terminará en la cárcel o algo peor. Biden y su equipo tenían prisa, mucha prisa. Los problemas se acumulaban; la sociedad norteamericana emitía señales de crisis; las fracturas sociales y territoriales eran cada vez más evidentes, la involución política y los conflictos identitarios ponían de manifiesto una guerra civil latente. Había que tomar la iniciativa y contraatacar antes de que fuese demasiado tarde.

La crisis sistémica del 2008 fue la señal de que las capas tectónicas que organizan las relaciones internacionales se estaban moviendo en dirección contraria a los intereses geopolíticos de los EEUU. Una vez más, el epicentro de la crisis económica estaba en el “país indispensable” y fue China quien acabó rescatando a la economía internacional. Era el dato crucial que evidenciaba que el mundo estaba cambiando de base y que ya no se podía gobernar sin el imperio medio. En paralelo, Rusia reconstruía su economía, su tejido productivo, su eficiente complejo militar-industrial y, lo fundamental, recuperaba su centralidad en una Eurasia en proceso de reorganización. Irán había salido –con dificultades y problemas no menores– como la gran beneficiada de las guerras fracasadas de los EEUU en Afganistán, en Irak, en Líbano, en Libia, Siria. Otros –India, Alemania, Indonesia, Turquía– miraban a la gran potencia emergente y buscaban acuerdos económicos ventajosos. Biden llegaba para romper esa dinámica, usando a fondo su control sobre las instituciones internacionales, el peso del dólar y, es lo decisivo, su clara superioridad político-militar.

Una gran potencia como EEUU por definición tiene capacidad para operar en diversos escenarios y con agendas múltiples. No hay nada más que leer los informes periódicos que realiza su Centro Nacional de Inteligencia para tomar nota de su conocimiento preciso de las tendencias de fondo que están gobernado esta transición geopolítica, del peligro que supone la consolidación de China como potencia rival económica, política y militar. La administración norteamericana tiene desde hace años una estrategia –densa, compleja, múltiple– para frenarla, debilitarla y provocar una crisis en su núcleo dirigente. Le han dedicado mucho dinero, muchos esfuerzos organizativos, una tenaz y permanente intervención sobre élites críticas y una vigorosa y sistemática estrategia comunicacional. El imperialismo colectivo de Occidente no descansa nunca; está siempre vigilante, máxime cuando lo que está en juego es su hegemonía.

 El modelo Ucrania se va a repetir, de una u otra forma, con Taiwán. Quien tiene el predominio en el sistema-mundo tiene el poder para definir las líneas de fractura y trabajar sobre ellas. De facto hay tres escenarios, interconectados entre sí, que expresan esta ofensiva norteamericana. El primero, Europa; línea de demarcación definida, al menos, desde el 2014 en Ucrania. El segundo, el Mar de China Meridional con Taiwán como línea de separación y de conflicto político-militar; y el tercero, en el África Subsahariana con el Sahel como frente móvil que define territorios en disputa y lugar de enfrentamiento entre las grandes potencias.

 Oriente Próximo vive un proceso de cambios acelerados, de redefinición radical de las alianzas internas y de sus tradicionales mecanismos de inserción en la economía internacional. Síntesis y resumen de estas mutaciones es el acuerdo entre Irán y Arabia Saudita gestionado por China. No voy a insistir sobre lo que esto significa, está delante de nuestros ojos y pone fin a una historia de control y de poder. Hay que tomar nota de dos aspectos especialmente significativos: la capacidad de China para forjar consensos y ofrecer salidas a viejos conflictos y, lo fundamental, lo mucho que ha avanzado –como realidad y proyecto– la multipolaridad percibida como oportunidad para liberarse de viejas ataduras con las potencias coloniales y como autonomía para definir políticas en función de los intereses nacionales de cada uno de los países. La guerra en Ucrania, el conflicto entre la OTAN y Rusia, no se ve de la misma forma en el Occidente colectivo que en el Sur global. ¿Qué es lo que hay de fondo? Que detrás de la crisis de hegemonía de EEUU existe algo más decisivo, de más transcendencia histórica: el fin del dominio político-militar y cultural de Occidente.

 (...) EEUU se toma en serio que el centro de gravedad del poder mundial se traslada a Oriente y que no está dispuesto a aceptar o a negociar el fin de su hegemonía en ese hemisferio. Se prepara para la guerra y la provocará si lo considera necesario. Esto exigirá tiempo, una eficaz política de alianzas, aislar económica y tecnológicamente a China e impulsar una estrategia comunicacional-cognitiva que criminalice ante el mundo a China y a su Presidente.

Taiwán es la línea de fractura y de conflicto organizada por los EEUU. Llevan muchos años trabajando en esta dirección. Lo primero ha sido impulsar el separatismo en la isla. El Partido Progresista Democrático (PPD) traduce políticamente un proyecto de “construcción nacional” que minimiza el peso de la tradición china, crea una “comunidad imaginaria” compleja que determina y hace necesario –es el objetivo– un país independiente. En segundo lugar, los países del AUKUS están fomentando aceleradamente el rearme de la isla formando a sus militares y forjando relaciones con otros ejércitos, destacadamente el japonés y el filipino. En tercer lugar, y de forma calculada, EEUU va integrando, de una u otra forma, a Taiwán en las relaciones económicas, políticas y diplomáticas internacionales. Su “status especial” se amplía y se desarrolla como si fuese realmente un país independiente."            (Manolo Monereo , El viejo topo, 31/03/23)

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