15.12.23

El plan de los ultra ortodoxos israelíes, el de expulsar al desierto del Sinaí a los gazatíes, ha fallado hasta ahora por varios motivos: uno, los aliados árabes de Washington han unido sus fuerzas para neutralizarlo al grito de "que no nos los endosan a nosotros”... El segundo factor, decisivo, tiene que ver con la resistencia misma de los gazatíes. A pesar de las matanzas, el hambre y la destrucción de sus hogares se han negado a abandonar su territorio... Luego está la asimismo sorpresiva capacidad militar de la resistencia palestina, que está infligiendo a los israelíes un número elevado de bajas... y también uno de los grandes cambios de esta detestable guerra: el Gobierno y el ejército israelíes han dejado de tener por primera vez la exclusiva del relato. Y eso que han intentado desarticular el efecto de las imágenes terribles de niños desmembrados y mujeres convertidas en amasijos de carne, con recursos infantiles... como cuando destruyen una escuela con cientos de personas refugiadas en su interior, y sostienen que han sido los propios palestinos... Desde que se inventaron lo de los niños introducidos por Hamás en hornos y microondas, han metido tantas “bolas” que cuesta un buen trago tomarlos en serio... En realidad, los mandatarios israelíes decidieron romper la tregua porque Hamás les estaba ganando la batalla informativa. Las imágenes de presos liberados dando palmaditas cariñosas a los “ninja” de Hamás resultaron insufribles... Y luego estaban las celebraciones de júbilo de las mujeres y los muchachos liberados de las cárceles israelíes, a quienes se prohibía, en la Cisjordania controlada directamente por las fuerzas de ocupación, hacer festejos. Hasta les requisaron las cajas de dulces... Qué paradoja: las víctimas festejan y los victimarios se culpan unos a otros del extravío del proyecto sionista... hay que reconocerlo: qué grandes son los palestinos manque pierdan

 "(...) el plan de los energúmenos ultra ortodoxos y facciosos de pro resulta tan obvio que hasta los aliados árabes de Washington han tenido que unir fuerzas para neutralizarlo. Algo han logrado, porque los insufribles portavoces del sionismo internacional han moderado sus proclamas de que los gazatíes se vayan a vivir al desierto del Sinaí, con el peregrino argumento de que los palestinos son árabes, nómadas por lo tanto, y, en consecuencia, les da igual vivir aquí o en cualquier otro territorio que no esté dentro de la gran colonia israelí, por supuesto. A estos dirigentes árabes, en todo caso, no les importa en exceso el padecimiento de cientos de miles de personas en Gaza: mientras no signifique que “nos los endosan a nosotros” puede valer.

El segundo factor, decisivo, tiene que ver con la resistencia misma de los gazatíes. A pesar de las matanzas, el hambre y la destrucción de sus hogares se han negado a abandonar su territorio y no están presionando, como esperaba la “casta” sionista, para que se les permita salir del infierno. Esta sorprendente capacidad de aguante ha puesto a prueba a la maquinaria propagandística sionista y sus asociados occidentales, quienes suponían que en semanas la insoportable situación de los civiles haría que ni siquiera las facciones armadas palestinas serían capaces de frenar las demandas de una solución negociada, incluida la salida de un porcentaje considerable de civiles.

 Luego está la asimismo sorpresiva capacidad militar de la resistencia palestina, que está infligiendo a las hordas israelíes un número elevado de bajas. La propaganda israelí trata de relativizar estas pérdidas, difiriendo cuanto puede el anuncio de muertos y heridos, pero los vídeos publicados por Hamás, a diario, muestran de forma inequívoca la destrucción de tanques, carros de combate y excavadoras, incluidos los ataques a quemarropa a las cada vez menos numerosas patrullas militares que se arriesgan a adentrarse en los escenarios de desolación en que se ha reducido a numerosos núcleos urbanos de Gaza.

 Ahí también reside uno de los grandes cambios promovidos por esta detestable guerra: el Gobierno y el ejército israelíes han dejado de tener por primera vez en mucho tiempo la exclusiva del relato. Y eso que han intentado desarticular el efecto de las imágenes terribles de niños desmembrados y mujeres convertidas en amasijos de carne con recursos infantiles. Un día afirman que las imágenes de un bebé mutilado, mostradas por esta televisión árabe, son en realidad de un muñeco; otro, que los combatientes de Hamás se dedican a hacer vídeos con montajes de víctimas —como si tuvieran tiempo entre combate y combate para estas cosas—; y si las imágenes hablan por sí solas, como cuando destruyen una escuela con cientos de personas refugiadas en su interior, sostienen que han sido los propios palestinos.

 Desde que se inventaron lo de los niños introducidos por Hamás en hornos y microondas, o las noticias sobre violaciones colectivas y orgías satánicas en los kibbutzes atacados el 7 de octubre, han metido tantas “bolas” que cuesta un buen trago tomarlos en serio. Y para colmo, los días van dejando sentencia sobre sus burdas manipulaciones, como el hecho, reconocido en la prensa israelí, de que decenas de israelíes muertos en los ataques del 7 de octubre cayeron bajo el fuego “amigo” de los helicópteros israelíes.

En realidad, los mandatarios israelíes decidieron romper la tregua porque Hamás les estaba ganando la batalla informativa. Las imágenes de presos liberados abrazándose a sus satánicos captores palestinos, diciendo “bye” y dando palmaditas cariñosas a los “ninja” de Hamás resultaron insufribles —a ver, cómo vendo yo a mi opinión pública que esos daishíes congenian tan bien con nuestros rehenes—. Incluso se permitieron, los de Hamás, realizar exhibiciones de liberación de prisioneros en el centro de la ciudad de Gaza y en otros lugares que los locuaces portavoces israelíes, decían, estaban bajo control de sus destacamentos. 

Y luego estaban las celebraciones de júbilo de las mujeres y los muchachos liberados de las cárceles israelíes, a quienes se prohibía, en la Cisjordania controlada directamente por las fuerzas de ocupación, hacer festejos. Hasta les requisaron las cajas de dulces. Todo ello contrastaba con el ambiente de frustración y enojo que se ha instalado en la sociedad israelí. Qué paradoja: las víctimas festejan y los victimarios se culpan unos a otros del extravío del proyecto sionista.

 La barbarie del proyecto sionista continúa en Gaza. Y durará lo que tenga que durar, como bien dicen sus líderes y asienten los padrinos estadounidenses. El primer ministro del régimen insiste en que tienen tres grandes objetivos —rescatar a los rehenes, destruir a Hamás y desmilitarizar la Franja— y no cejarán hasta lograrlos. Han cometido el mayor crimen colectivo del siglo XXI y aún no han logrado ninguno de los tres. No debe descartarse que los consigan, incluso el cuarto y principal de expulsar a cientos de miles de gazatíes al Sinaí o cualquier otro lugar. Todavía en occidente les siguen dando crédito. Pero algo está cambiando en Oriente Medio. Estados Unidos empieza a no dar abasto con las crecientes escaramuzas que están surgiendo en la frontera libanesa, la siria, sus bases militares en Iraq, las aguas del Mar Rojo, con los huzíes yemeníes permitiéndose apresar y hostigar mercantes israelíes y hasta barcos militares de Washington, y la nueva intifada en ciernes dentro de Cisjordania. (...)

 Con independencia de que este proyecto racista y soez llamado sionismo comience a resquebrajarse, o no, en Gaza habrá que reconocerlo: qué grandes son los palestinos manque pierdan."                

(Ignacio Gutiérrez de Terán Gómez-Benita  , Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid. CTXT, 05/12/23)

 

 

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