11.1.24

Ayulei... Milei y Ayuso son dos expresiones diferentes de la misma construcción ideológica reaccionaria... Los nacionalismos populistas de extrema derecha se distinguen por centrarse en las políticas identitarias para ocultar su plan económico. Un proyecto para las élites seduciendo a los desfavorecidos con batallas culturales... Isabel Díaz Ayuso logró el mismo efecto tras la pandemia y la depauperación masiva de los servicios de salud de atención primaria: convencer a muchos de los que sufren sus políticas de que las acepten llevando camisetas de la presidenta... El «me gusta la fruta» de Ayuso para llamar hijo de puta al presidente del Gobierno o usar una motosierra para banalizar sobre el ajuste cruel y sociópata que prevé realizar Milei al gasto social son dos elementos discursivos de una misma realidad... La conversión de la política en una expresión frívola del sadismo es el mayor éxito de los ultras en Argentina o España... convencer al que sufre de que aplauda un discurso que les promete dolor es algo digno de elogio si nos referimos a la política de la persuasión y la seducción. Es el sueño de cualquier estratega: construir unos liderazgos mesiánicos que consigan inculcar en sus seguidores menos privilegiados una pulsión masoquista que les haga aceptar el dolor como proceso curativo para el país... Ese horizonte de posibilidad imaginario para los más pobres permite la construcción de un presente privilegiado para los de siempre. Un truco de trileros (Antonio Maestre)

 "Aunque los márgenes en los que se mueven ambos son tan difusos que ya son indistinguibles, a Javier Milei se le llama ultra pero a Isabel Díaz Ayuso, no. Las fronteras entre la extrema derecha y la derecha tradicional se muestran invisibles cuando se analizan y comparan ciertos elementos de tradiciones ideológicas reaccionarias. Ya no hay derecha y extrema derecha, tan solo una masa amorfa que se pliega, se une, se separa, como los meandros de un río que serpentean en un territorio situando las orillas en una misma latitud según el tramo. Milei y Ayuso son dos expresiones diferentes de la misma construcción ideológica reaccionaria.

«No hay alternativa al ajuste y no hay alternativa al shock», dijo Milei en su discurso de toma de posesión como nuevo presidente de Argentina. El plan del ultraliberal es claro y está definido: adelgazar el sector público en todo lo que corresponde al sector asistencial mientras se mantiene y refuerza la seguridad. El modelo es el que la escuela de Chicago implementó en el Chile de Pinochet, y un plan de ese tipo solo es posible con políticas de coerción y represión dictatoriales. Ahora es la primera vez que se desarrollará en un sistema democrático, por lo que todo indica que fracasará o que convertirá Argentina en un Estado iliberal en el que los derechos civiles y sociales quedarán en suspenso.

Los nacionalismos populistas de extrema derecha se distinguen por centrarse en las políticas identitarias para ocultar su plan económico. Un proyecto para las élites seduciendo a los desfavorecidos con batallas culturales que consiste en bajar los impuestos a los más ricos, reducir el sector público en lo que corresponde a las políticas del bienestar mientras se aumenta en seguridad y represión, con consecuencias directas en el aumento de las desigualdades que, de forma paradójica, puede gozar con el apoyo de los más perjudicados por esas medidas.

Después de que Milei dijera que no hay alternativa al shock, expresó las consecuencias de esa política: «Eso impactará de modo negativo sobre el nivel de actividad, el empleo, los salarios reales, la cantidad de pobres e indigentes. Habrá estanflación. Es cierto». El pueblo argentino que escuchaba el discurso en la Plaza del Congreso agitaba banderas, aplaudía y cantaba «Milei, querido, el pueblo está contigo». Isabel Díaz Ayuso logró el mismo efecto tras la pandemia y la depauperación masiva de los servicios de salud de atención primaria: convencer a muchos de los que sufren sus políticas de que las acepten llevando camisetas de la presidenta.

El «me gusta la fruta» de Ayuso para llamar hijo de puta al presidente del Gobierno o usar una motosierra para banalizar sobre el ajuste cruel y sociópata que prevé realizar Milei al gasto social son dos elementos discursivos de una misma realidad. Se trata de convertir en meme el sufrimiento, el insulto, la burla y extender la normalización de discursos inaceptables hace solo una década para convencer al pueblo de que el dolor causado por sus políticas es asumible. La conversión de la política en una expresión frívola del sadismo es el mayor éxito de los ultras en Argentina o España.

El mérito de Ayuso y Milei es difícilmente calificable, porque convencer al que sufre de que aplauda un discurso que les promete dolor es algo digno de elogio si nos referimos a la política de la persuasión y la seducción. Es el sueño de cualquier estratega: construir unos liderazgos mesiánicos que consigan inculcar en sus seguidores menos privilegiados una pulsión masoquista que les haga aceptar el dolor como proceso curativo para el país. Los nacionalismos ultras de Ayuso y Milei consiguen transmitir un deseo utópico en sus electores, un sueño aspiracional, la promesa de que el sufrimiento presente de los menos vulnerables es el camino para un mundo mejor en el que los que lo acepten con estoicismo conseguirán un asiento a la derecha del millonario. Ese horizonte de posibilidad imaginario para los más pobres permite la construcción de un presente privilegiado para los de siempre. Un truco de trileros."                (Antonio Maestre  , La Marea, 09 enero 2024)

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