1.5.25

Desde los años noventa la estrategia occidental, mayormente de Estados Unidos, tuvo como objetivo integrar a Ucrania en su esfera de influencia y alinearla militarmente en su campo para zanjar la debilidad de Rusia, privarla de su acceso al Mar Negro e impedir su reconstitución como potencia euroasiática. Todo esto está perfectamente documentado... la política ucraniana mantuvo su pluralismo interno, con fuerzas predominantemente rusofilas u occidentalistas que se alternaban en el poder. En 2014 ese equilibrio se rompió definitivamente cuando la elite occidentalista ucraniana, apoyada por el movimiento social hostil a Rusia mayoritario en Ucrania Occidental, tomó el poder en una rebelión apoyada por Washington y la Unión Europea, que derribó al gobierno legítimo... Abandonando paulatinamente – definitivamente en 2014 – su estatuto de neutralidad y la promesa de no alineamiento en bloques... Habiendo perdido Ucrania, el Kremlin intentó salvar por lo menos su posición en el Mar Negro, anexionándose la península de Crimea en marzo de 2014, en una operación militar incruenta con el apoyo de la población local, pero sin decidirse a implicarse abiertamente en la rebelión popular armada de la población y las elites del Donbas... Se inició un proceso de negociación diplomática (Minsk), en el que el Presidente francés, François Hollande, y la Canciller Angela Merkel, reconocieron haber actuado para ganar tiempo a fin de fortalecer al ejército ucraniano... toda esta escalada se hizo contra la voluntad manifiesta de la población ucraniana... La realidad es que las potencias occidentales provocaron la guerra, rechazaron la posibilidad de negociar para evitarla, y una vez iniciada se opusieron a cualquier negociación de paz... es indudable que se ha abierto una ventana de oportunidad para la distensión entre Estados Unidos y Rusia, en la que Moscú podría retirar sus tropas de Bielorrusia a cambio de una retirada de tropas americanas de Europa del Este... pero en ningún lugar como en el Mar Báltico hay mayor probabilidad de que el rumbo europeo hacia la continuación y profundización de la confrontación con Rusia conduzca no al fin, sino a la transformación de la guerra de Ucrania en un conflicto más amplio que implique, por ejemplo, a tropas finlandesas, bálticas y polacas a lo largo de la frontera norte de la OTAN (Rafael Poch)

 "Vivimos una época convulsa. El drama de los cambios a los que asistimos reside en su profunda desconexión y contradicción con las necesidades de la humanidad. Cuando urge una concertación de las grandes potencias para afrontar cuestiones planetarias existenciales e inaplazables como la del cambio climático, asistimos a todo lo contrario: el escenario bélico de los imperios combatientes. En este artículo me centraré en la génesis del conflicto de Ucrania, tan mal explicado por nuestros medios de comunicación, y en las nuevas incertidumbres que aporta la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos. (El lector interesado en un punto de vista más general sobre el momento de las relaciones internacionales, puede consultar este texto del año pasado publicado por la Universidad Pompeu Fabra, de acceso libre: content ). Respecto a la posición del autor, vaya por delante que su simpatía está con las víctimas de esta guerra, con los cientos de miles de soldados muertos y mutilados, con sus viudas y huérfanos. También con los encarcelados y represaliados por antibelicismo: En Rusia unos 800 a los que hay que sumar varios miles de multados; en Ucrania entre 10.000 y 15.000 condenados, por “traición”, “colaboracionismo” o “simpatías con la agresión rusa”, sin olvidar a los centenares de miles de desertores que en ambos países huyen de la perspectiva de morir por la patria.

La “garantía de seguridad” de Ucrania es su neutralidad.

Desde los años noventa la estrategia occidental, mayormente de Estados Unidos, tuvo como objetivo integrar a Ucrania en su esfera de influencia y alinearla militarmente en su campo para zanjar la debilidad de Rusia, privarla de su acceso al Mar Negro e impedir su reconstitución como potencia euroasiática. Todo esto está perfectamente documentado y acreditado en infinidad de informes oficiales en materia de política militar y exterior, declaraciones de responsables, así como en las propias acciones que se llevaron a cabo desde entonces. Tal estrategia se deducía de la premisa de que Estados Unidos había vencido en la guerra fría. De ello se derivaba que Washington podía ignorar los intereses rusos sin consecuencias. Se desestimaba la posibilidad de que Rusia recompusiera su tradicional y secular potencia. Eran los tiempos del “fin de la historia” y Rusia se había hecho irrelevante. Fue así que se dio vía libre a una seguridad europea, primero sin Rusia y luego contra Rusia.(1)

Aprovechando el caos postsoviético, en primer lugar la mala política rusa (2) y la corrupción estructural de la política ucraniana, con su universo de oligarcas, Occidente fue forzando el alineamiento occidentalista de sectores políticos y sociales de la elite ucraniana. Vía la financiación de sus organizaciones no gubernamentales, se compró y colonizó Kíev, creando efectivas redes de dependencia clientelar en la política y los medios de comunicación. Fue un proceso dilatado a lo largo de unos veinte años. Moscú se mostró incapaz de contrarrestarlo, en primer lugar porque su elite estaba concentrada en el asalto a la propiedad pública: el latrocinio de los ingentes recursos naturales rusos mediante el que realizaba su reconversión social desde su condición de casta administrativa socializante en el antiguo régimen a clase propietaria en línea con el estándar capitalista. En segundo lugar, porque el régimen ruso, ni reconoce ni apenas entiende la autonomía social, por lo que su acción para impedir ese tipo de procesos se limitó a operar con intereses elitarios sin anclajes con la sociedad. En tercer lugar, porque para una gran parte de la sociedad ucraniana el sistema autocrático ruso no inspiraba simpatías ni era visto como modelo deseable. Fue así como Moscú asistió impotente a la erosión y barrido de su íntimo vínculo con Ucrania.

En medio de ese tumultuoso contexto, la política ucraniana mantuvo su pluralismo interno, con fuerzas predominantemente rusofilas u occidentalistas que se alternaban en el poder. En 2014 ese equilibrio se rompió definitivamente cuando la elite occidentalista ucraniana, apoyada por el movimiento social hostil a Rusia mayoritario en Ucrania Occidental, tomó el poder en una rebelión apoyada por Washington y la Unión Europea, que derribó al gobierno legítimo. Se rompió así el equilibrio fundamental sobre el que reposaba el pluralismo, la soberanía e integridad territorial del país. El nuevo gobierno estaba decidido a adoptar el programa occidental por el que porfiaban desde hacía años sus padrinos de Washington y Bruselas, desalojando a la marina rusa de sus bases de Crimea, reprimiendo militarmente la oposición popular y elitaria adversa al cambio de régimen en las regiones del Este y Sur del país, e ingresando en la OTAN, esto último contra la voluntad mayoritaria de la ciudadanía expresada en multitud de encuestas de opinión y elecciones que demuestran que la neutralidad seguía siendo la primera opción de los ucranianos.

Abandonando paulatinamente – definitivamente en 2014 – su estatuto de neutralidad y la promesa de no alineamiento en bloques, los gobiernos de Ucrania rompieron el pilar básico de su independencia de la URSS proclamada en 1991. Consagrada en los documentos fundamentales de su constitución como estado, esa neutralidad era apoyada por la inmensa mayoría de la población y no sólo era condición de una relación armónica con Rusia, sino también, y sobre todo, base y fundamento de la estabilidad interna de un país con una identidad nacional, geográfica y etnopolíticamente diversa. Esa diversidad incluía diferencias fundamentales en cómo cada región contemplaba su historia, el papel de la URSS, la memoria de la Segunda Guerra Mundial, el lugar de la lengua y la cultura rusas, la tradición religiosa, etc., etc. El papel de puente entre Rusia y la Unión Europea, con las regiones orientales y meridionales mayoritariamente rusofilas y las occidentales, occidentalista/europeístas, era condición del consenso interno entre regiones, y, por tanto, de la soberanía e integridad territorial del país.(3)

Habiendo perdido Ucrania, el Kremlin intentó salvar por lo menos su posición en el Mar Negro, anexionándose la península de Crimea en marzo de 2014, en una operación militar incruenta con el apoyo de la población local, pero sin decidirse a implicarse abiertamente en la rebelión popular armada de la población y las elites del Donbas. (4) Se inició un proceso de negociación diplomática (Minsk), en el que las potencias europeas (Alemania y Francia) decían actuar como mediadoras cuando la realidad es que sus dirigentes, el Presidente francés, François Hollande, y la Canciller Angela Merkel, reconocieron más tarde haber actuado en complicidad con el Presidente ucraniano, (Petro Poroshenko), no para llegar a un acuerdo negociado, sino para ganar tiempo a fin de fortalecer al ejército ucraniano. Desde 2014 – y esto también está detalladamente documentado – la OTAN se volcó en la preparación, modernización y armamento del ejército ucraniano. Ucrania no estaba en la OTAN, pero la OTAN estaba en Ucrania (5).

En febrero de 2019, la constitución ucraniana fue enmendada de su estatuto de neutralidad y no alineamiento en bloques y lo transformó declarando la adhesión a la OTAN como un objetivo irrenunciable del gobierno. Tres meses después, Volodimir Zelenski, un rusoparlante, ganó las elecciones por una mayoría del 70% con un programa de pacificación, restablecimiento de los derechos linguísticos y culturales de la mayoría rusoparlante del país, y la potenciación de la negociación de paz en el conflicto armado del Donbas en el que, tras muchas dudas y vacilaciones, Rusia terminó por implicarse lo justo para impedir que las fuerzas rusófilas fueran arrolladas por la “operación antiterrorista” del ejército ucraniano. Las presiones de la ultraderecha ucraniana, electoralmente minoritaria pero muy fuerte en el ejercito, con amenazas directas al Presidente si negociaba, y de la OTAN animando al enfrentamiento con Rusia, anularon por completo las promesas de Zelenski. En marzo de 2021 el Presidente adoptó un programa para recuperar Crimea por todos los medios, incluidos los militares (“Plataforma de Crimea”). En julio, 32 países de la OTAN participaron en las maniobras Defender 21 junto a la frontera rusa, pese a que una inmensa mayoría de ucranianos se declaraba en contra de tales maniobras (6). En agosto del mismo año, Estados Unidos firmó con Ucrania un acuerdo de defensa estratégica, seguido unos meses después de una Carta de asociación estratégica en la que se establecía el “apoyo inquebrantable” de Washington a la recuperación de Crimea. A finales de 2021, Rusia denunció que la mitad del ejército ucraniano estaba desplegado en la zona del Donbas (7)

La información actualmente disponible es, por tanto, concluyente: toda esta escalada se hizo contra la voluntad manifiesta de la población ucraniana. El 17 de diciembre de 2021, dos meses antes de la invasión, Rusia envió propuestas en materia de garantías de seguridad a Washington y a la OTAN. Pedía poner fin a la expansión de la OTAN, restablecer la neutralidad de Ucrania y restringir el despliegue de tropas y armas occidentales en Europa del Este, amenazando en caso contrario con adoptar “medidas tecnico-militares apropiadas”. Las propuestas de Moscú fueron tajantemente rechazadas por Washington. (8)

Occidente declaró desde el principio como “agresión no provocada” la invasión rusa iniciada el 24 de febrero de 2022, y rechazó toda relación de esta con su propia actividad a lo largo de más de veinte años. La realidad es que las potencias occidentales provocaron la guerra, rechazaron la posibilidad de negociar para evitarla, y una vez iniciada se opusieron a cualquier negociación de paz, rompiendo el proceso iniciado pocos días después de la invasión, con reuniones primero en Minsk (marzo) y luego en Estambul (abril). Sin eludir las responsabilidades rusas en la carnicería que siguió, y mucho menos justificándola, la simple realidad es que con una Ucrania neutral, no alineada en bloques y sin expansión de la OTAN hacia el Este, nunca habría habido elementos de guerra civil en Ucrania. Y sin ambas circunstancias, difícilmente habría habido invasión rusa. En una declaración del 9 de julio de 2023, el secretario general de la OTAN Jens Stoltenberg contradijo por primera vez la afirmación general de la propaganda occidental (“agresión no provocada”) al decir que la invasión fue la consecuencia de que la OTAN no aceptara las propuestas rusas presentadas en diciembre de 2021. (9)

Conflicto de intereses oligárquicos

En Occidente se invocan “valores europeos”, la defensa del “mundo libre” y la dialéctica de “democracia contra autocracia”. En Rusia se habla de “amenaza existencial a la soberanía rusa”, de “lucha contra el nazismo” e incluso de nueva “guerra patriótica” a la par con los ataques de Napoleón y Hitler. Con este arrullo, centenares de miles han perdido su vida y se ha vuelto a crear todo un ejército de viudas, húerfanos y mutilados en Europa. Pero si hablamos en serio, toda esa cronología, digamos militar o “geopolítica”, que hemos expuesto, es consecuencia de un conflicto superior de intereses entre elites capitalistas.

Una de las diferencias del sistema ruso con el occidental, es el carácter político de su oligarquía. Los “oligarcas” rusos están subordinados al Estado ruso, como la nobleza rusa lo estaba a la autocracia zarista. Es un rasgo de la historia secular de ese país. Si en Occidente una oligarquía económica domina lo político, en Rusia el poder económico se deriva del control del Estado. Los oligarcas son estatales o están subordinados al Estado. Tras la privatización de los años noventa, los dirigentes rusos estaban convencidos de su homologación internacional. Estaban convencidos de que Occidente les iba a dejar entrar en la globalización capitalista como socios “libres e iguales”. Desconocían el mundo al que accedían. Habían olvidado todo aquello por lo que sus abuelos hicieron la revolución en busca de una solución al problema del desigual desarrollo capitalista que empujaba al Imperio Ruso de principios del siglo XX a convertirse en una especie de gran potencia colonizada. Consideraban que con la URSS su país se había apartado de la “civilización” a la que ahora regresaban. Moscú quería ser Nueva York, París o Londres, pero lo que la globalización capitalista les ofrecía era un estatuto subalterno y dependiente en el que la ”Tercera Roma” (Moscú en la ideología secular imperial abrazada en el siglo XVI) debía renunciar a su identidad y realidad de gran potencia, con su nueva oligarquía en el papel de mera intermediaria en el comercio transnacional de materias primas. Ese papel la élite rusa no lo aceptó. Con Putin la elite rusa cayó del caballo y se dio cuenta de la cruda realidad. Si el capital occidental hubiera tenido libre acceso al control de los recursos energéticos y minerales de Rusia, y si en ese negocio la élite rusa se hubiera conformado con un papel subalterno y solícito hacia los intereses extranjeros, no habría habido ampliación de la OTAN ni se hubiera excluido a Rusia ni demonizado al régimen de Putin. El conflicto “geopolítico” es, por tanto, consecuencia de ese choque fundamental de intereses. (10)

El ejército ruso entró en Ucrania en febrero de hace tres años sin un plan concreto, pero con la idea de que cuanto más se demorara la operación más peligrosa se haría. El Kremlin creía que, en el mejor de los casos, el gobierno huiría de Kíev a Lviv, y que los generales del ejército ucraniano llegarían a algún acuerdo con sus ex compañeros de la Academia militar Frunze de Moscú, donde se formaron como oficiales soviéticos. Confrontada a una acción militar rusa corta y exitosa, la reacción occidental no superaría ciertos límites. Los americanos no iban a entrar en guerra por Ucrania, y la Unión Europea bajo liderazgo alemán tenía demasiados intereses energéticos y comerciales en la región como para ir mas lejos de la protesta y el griterío. Los reveses iniciales que la resistencia militar y popular ucraniana, y la asistencia de inteligencia militar brindada por la CIA y el Pentágono, complicaron el escenario y convirtieron lo que para Moscú debía ser una corta “Operación Militar Especial” en una larga guerra por procuración entre la OTAN y Rusia, con Ucrania como víctima propiciatoria. Inmediatamente el objetivo occidental quedó establecido: infringir una “derrota estratégica” a Rusia, “arruinar” su economía con las sanciones más radicales decididas hasta la fecha por Estados Unidos y la UE, y, en última instancia un cambio de régimen en Rusia. Alrededor de esos objetivos, los gobernantes europeos mayormente desprestigiados desde la crisis del casino de 2008 y la propia OTAN conocieron cierta consolidación, con la incorporación de Suecia y Finlandia y el fin de los restos de neutralidad en Austria y Suiza. Confrontada a tales objetivos de parte de un adversario económica y militarmente mucho más poderoso que ella, Rusia recordó y tomó medidas para hacer valer su condición de gran superpotencia nuclear, enmendando su doctrina en la materia para compensar el desequilibrio y conjurar lo que consideró “amenaza existencial”. Fue así como la guerra por procuración se convirtió en un conflicto potencialmente global, enormemente peligroso para el conjunto de la humanidad y sin precedentes desde la crisis de los misiles de Cuba de 1962.

Para el verano de 2023 la derrota de Ucrania estaba mucho más clara que el significado de una victoria rusa en el conflicto (11). Rusia había resistido las sanciones, diversificado su comercio y convertido su industria militar en motor de un keynesianismo de guerra. Mientras en la Unión Europea la economía alemana rozaba la recesión al haber renunciado unilateralmente a la energía rusa, la economía rusa crecía. El aislamiento de Moscú en Occidente había sido compensado por sus apoyos en Asia y en el Sur global, donde sin justificar la invasión rusa comprendían las responsabilidades compartidas del conflicto. La actitud occidental en Ucrania pudo compararse y leerse en el contexto de las masacres israelís en Palestina, entre las ruinas de Gaza y Líbano, consolidando la secesión del Sur global expresada en diversos vectores, con cambios de actitud en África, dinamización de los Brics y medidas para independizarse del dólar en el comercio internacional. En ese contexto tuvo lugar el cambio de administración en Washington.

La anomalíaTrump

En enero de 2025 inició su segundo mandato en Washington un presidente anómalo que declaró querer cambiar las prioridades de Estados Unidos. Donald Trump anunció castigos comerciales a sus principales proveedores, tanto socios como adversarios, proyectos expansionistas hacia Groenlandia, iniciativas inmobiliario-genocidas en Gaza y la sugerencia de querer economizar esfuerzos en Europa para concentrarse en China, lo que pasa por un rápido acuerdo de paz con Rusia. Trump declaró también no querer empezar nuevas guerras e incluso habló de un acuerdo de desarme radical a negociar con China y Rusia. A siete semanas de su inicio -cuando se escriben estas líneas- y en medio de una desconcertante y a veces contradictoria sucesión de declaraciones y anuncios, apenas hay perspectiva para pronósticos y conclusiones. Es difícil imaginar que se realice, por ejemplo, lo que dice el ayudante presidencial Elon Musk de que Estados Unidos se vaya de esa OTAN que el secretario de defensa, Pete Hegseth, quiere “más fuerte y letal”. Aún más que abandone Europa, pieza fundamental de la proyección del poder americano en el mundo. Sin embargo, el mero hecho de que el primero en la cadena de mando de la guerra entre la OTAN y Rusia que se libra en Ucrania exprese comprensión hacia los intereses rusos e insista en acabar la guerra, ha quebrado la narrativa occidental sobre el conflicto y crea una enorme confusión en las filas europeas unidas en su hostilidad a Rusia, lo que abre una ventana de oportunidad a Moscú.

En el Kremlin deben preguntarse hasta qué punto es firme esa oportunidad. Tras décadas de deslocalización y desindustrialización en busca del máximo beneficio cortoplacista, la dependencia de la economía de Estados Unidos de sus suministradores es grande. Los castigos arancelarios anunciados pueden crear rupturas y carestías. El mundo ya conoció, en la Rusia de Boris Yeltsin de los años noventa, grandes promesas de “volver a hacer grande” el país saldadas con un fenomenal desbarajuste. En los inicios de Trump, el Presidente que sufrió dos atentados durante la campaña electoral, tiene a su favor la inercia del shock que provoca el anuncio de su política entre sus adversarios en Estados Unidos y en Europa, pero su posición está lejos de ser firme. Su mayoría en el Congreso es exigua, de solo tres votos. En el dossier ucraniano, todo el partido demócrata y parte del republicano no sintonizan con el giro hacia un acuerdo con Rusia. En el probable caso de que la economía se le tuerza, Trump perderá en dos años la mayoría en las elecciones de “midterm” y recibirá la suma de la energía opositora que ya se está gestando contra él. Desconocemos también cuanto durará la unidad en su bizarro equipo, formado por criterios de fidelidad. Esa es la principal incertidumbre. Respecto a Ucrania, la tragedia parece servida.

El propio Zelenski reconoce que sin la ayuda militar americana, “las posibilidades de supervivencia de Ucrania son muy reducidas”. El posible colapso del frente y del ejercito comportará el colapso del régimen. Del mero seguimiento de la prensa ucraniana se desprenden desde hace meses evidentes tensiones y rivalidades entre dirigentes. El jefe de la inteligencia militar, Kiril Budanov, un hombre de la CIA, está enfrentado con el jefe de la administración presidencial y mano derecha de Zelenski, Andri Yermak. Hay rumores de destitución de Budanov, que en enero dijo en una reunión parlamentaria a puerta cerrada que si no habían negociaciones de paz pronto el país se iría al garete. El jefe del grupo parlamentario del partido del presidente, David Arajamiya, también está peleado con la administración presidencial que le quiere relevar del cargo. Arajamiya fue quien confirmó que en las negociaciones de marzo/abril de 2022 en Estambul había un acuerdo de paz ya preparado que fue echado para atrás por la presión occidental. El ex jefe del ejército Valeri Zaluzhni, al que Zelenski destituyó y envió de embajador a Londres por ser más popular que él, tiene ambiciones y mantiene contacto con el ex Presidente Petró Poroshenko, otro rival de Zelenski al que éste ha represaliado. La negativa actitud de Trump hacia Zelenski y sus sugerencias directas de que el presidente no es capaz de negociar la paz, no hacen más que reavivar estas tensiones y disputas por el poder en el interior del régimen de Kiev. ¿Sobreviría la integridad territorial de lo que quede de Ucrania a ese posible colapso del régimen? La pregunta es razonable.

Peligrosa ineptitud europea

En términos históricos, parece que el hegemonismo occidental se está desmoronando en el mundo. La conducta de los que van a menos en el actual tránsito está plagada de peligros. Eso incluye a Rusia, pero en el ámbito de los objetivos, los de Moscú están claros: 

1- restablecer la neutralidad de Ucrania y evitar el despliegue allí de bases y armas de la OTAN, 

2- restablecer los derechos de la población rusófila de la región y 

3- renegociar un sistema de seguridad europeo integrado en el que los intereses de Rusia sean tenidos en cuenta. 

Los objetivos americanos están menos claros, aunque entre todo lo declarado, se extrae una lógica de economía de recursos para poder seguir dominando el mundo. En el caso de Europa, no hay objetivos definidos. Hay un partido de la guerra, con gran peso de bálticos, polacos y nórdicos, que arrastra al resto y que podría degenerar en la transformación del conflicto de Ucrania y su ampliación con una guerra del norte en el área del Mar Báltico. ¿Cómo se ha llegado a esto? Desde luego no de repente.

El papel de la Unión Europea no es el de “una gran Suiza”, como se desprende de su propia retórica cada vez mas orwelliana. Desde hace veinte años está militarmente presente en el mundo. Ha realizado más de cuarenta operaciones en Europa, África y Asia, diez de ellas militarmente activas hoy. Revestidas de “promoción de la paz y la seguridad” y financiadas frecuentemente por el “Fondo Europeo por la Paz” sin apenas control parlamentario, estas operaciones sirven en realidad para promover intereses europeos, coherentes con el pasado colonial de las principales potencias del continente. La UE ha suministrado armas a zonas de guerra, ha agravado conflictos en Somalia y el Sahel, donde está siendo rechazada por los regímenes locales, y mantiene un mortífero régimen de fronteras y de internamiento en países de su entorno mediterráneo responsable de la muerte de decenas de miles de personas. La UE considera rutinariamente a los Balcanes como su patio trasero y de vez en cuando sus barcos de guerra participan en el acoso a China e Irán. El cambio de administración en Washington no ha creado todo esto. Solo lo ha acelerado. (12)

La elite política europea está caracterizada por la ineptitud. En casi su totalidad se trata de gente que durante décadas externalizó a Estados Unidos la función de pensar políticamente, adoptando el infantilismo político, el narcisismo y la arrogancia de unos “principios y valores” que, desde luego, la Unión Europea no encarna -como ha quedado meridianamente patente en Gaza – practicando una política basada en la imagen, y creyéndose su propia propaganda mediática sobre el motivo y origen del conflicto de Ucrania, a saber: el deseo de un malvado dictador de ampliar su imperio y recrear una especie de URSS.

La Unión Europea no puede resolver un conflicto cuyos motivos no entiende. Es incapaz, por tanto, de negociar, porque desconoce sus propios intereses: no los ha formulado, limitándose a seguir los de Estados Unidos, que ahora gira y la deja en la estacada.

Europa no quiere acabar la guerra de Ucrania, porque su burocracia oligárquica ha encontrado en la confrontación con Rusia la fórmula para consolidar su poder, su razón de ser. Este cúmulo de circunstancias explica su actual despropósito: pretender ganar sin Estados Unidos una guerra, que en su actual estado ha perdido con Estados Unidos. ¿De dónde van a salir los 800.000 millones anunciados para el rearme? Alemania su principal potencia está en puertas de otro año de recesión. ¿De dónde saldrán los hombres dispuestos a morir en la enésima cruzada de la historia europea contra Rusia? Sus principales potencias militares, Inglaterra, Alemania y Francia, disponen cada una de ellas de menos de una decena de sistemas de defensa antiaérea y antimisiles, pero para cubrir mínimamente el espacio ucraniano (ciudades e industrias clave) en la época soviética se disponían allí de centenares de ellos. Es solo un ejemplo. Es verdad que los presupuestos de defensa combinados de los estados europeos suman cifras enormes, bien superiores a las de Rusia, pero eso no cambia la realidad de un mosaico operativamente incoherente de retazos de diferentes sistemas de armas, como ha demostrado la estrategia militar occidental en Ucrania. Respecto a la invocada “invasión rusa de Europa” es una fantasía. Choca con la propia realidad del lento y penoso avance militar ruso en Ucrania y con la propia narrativa europea. Durante años, la UE ha mantenido que la inclusión de Ucrania en la OTAN es la garantía de seguridad, porque Rusia no se atrevería a atacar a la OTAN, pero al mismo tiempo se afirma esa posibilidad al agitar el “que vienen los rusos”. Lo que deberían hacer los políticos europeos es abrir su propia negociación con Rusia en lugar de mendigar un puesto en la mesa de Trump. Antes deberían reconocer que la única “garantía de seguridad” de Ucrania es su neutralidad. Seguramente es pedirles demasiado… Sea como sea, nadie puede garantizar que el siguiente presidente de Estados Unidos no vaya a parecerse más a Joe Biden que a Donald Trump. Ese escenario de “paréntesis anómalo” en Washington, puede ser la esperanza de futuro de los ineptos dirigentes europeos que buscan en la continuidad de la guerra una loca salida a su debacle. ¿Podría coordinarse ese belicismo europeo con la oposición a Trump en el establishment de la seguridad de Estados Unidos – que seguramente irá en aumento – y en el Partido Demócrata para hacer fracasar el vector de una negociación en Ucrania? Por supuesto, el propio Trump parece consciente de tal peligro. En sus recepciones en la Casa Blanca maltrató a Zelenski, pero se cuidó mucho de hacer lo mismo con Macron y Starmer, gente que, aliada con sus enemigos en Estados Unidos, puede ser peligrosa.

Desde una perspectiva geográfica, en ningún lugar como en el Mar Báltico hay mayor probabilidad de que el rumbo europeo hacia la continuación y profundización de la confrontación con Rusia conduzca no al fin, sino a la transformación de la guerra de Ucrania en un conflicto más amplio que implique, por ejemplo, a tropas finlandesas, bálticas y polacas a lo largo de la frontera norte de la OTAN. Podría no ser una guerra de toda la OTAN ni de toda la UE, pero sí de parte de ellas y con el apoyo del resto. La suma de este frente con el ucraniano, supondría un estrés y una amenaza considerable incluso para una Rusia revigorizada y podría convertir la histeria sobre una “invasión rusa” en esa zona en profecía autocumplida.

Mientras todo eso se cuece, es indudable que se ha abierto una ventana de oportunidad para la distensión entre Estados Unidos y Rusia, en la que Moscú podría retirar sus tropas de Bielorrusia a cambio de una retirada de tropas americanas de Europa del Este, así como una retirada mutua de misiles de medio alcance de ambos espacios. El planeta tiene otras prioridades urgentes perfectamente claras y definidas, y Europa debe dejar de ser la vanguardia del despropósito."             (Rafael Poch, blog, 30/04/25)

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