6.10.26

Flávio Bolsonaro y su círculo más cercano tienen vínculos bien documentados tanto con el tráfico de drogas como con las milicias privadas, dirigidas por policías en activo o retirados, y que ahora controlan zonas enteras de Río de Janeiro... Por lo tanto, cabe esperar que el crimen organizado penetre mucho más profundamente en la política bajo el mandato de Flávio. Esto, junto con el retroceso democrático y el ataque a la educación y los servicios públicos, hará que, en caso de que llegue al cargo, resulte difícil despojarlo del mismo. Brasil podría incluso convertirse en un Estado cuasi fallido en la próxima década... el bolsonarismo es un movimiento que aúna a una clase marginada que ha dejado de esperar las promesas de la modernización —trabajo formal, instituciones responsables, igualdad real ante la ley— y a una élite que ya ni siquiera finge que esas promesas están sobre la mesa... entre ellos se encuentra el núcleo más duro de los verdaderos creyentes, la «clase media-alta inferior»... gozan de un buen nivel de vida, pero carecen de los activos o del capital social de la verdadera élite. No solo les persigue el temor a la movilidad social descendente, sino que también se sienten amenazados por cualquier pequeño avance ascendente que logren quienes están por debajo de ellos, como ocurrió durante la Marea Rosa en América Latina. Esto generó un sentimiento de resentimiento que fue fácilmente instrumentalizado... su ventaja se deriva de las redes sociales, que estructuran la esfera pública, a través de un flujo constante de contenidos llamativos, mantienen a su base continuamente comprometida, pero también atomizada, privada de canales para la participación no digital. De este modo, pueden ser movilizados y desmovilizados más o menos a voluntad.. Cuando la política es colonizada por la economía de la atención, el discurso público se convierte en un mar de indignación en constante cambio. Hoy esto; mañana aquello. Se trata de una situación totalmente contraria a la política emancipadora, que se basa en reforzar la capacidad de las personas para tomar decisiones sobre su destino colectivo.. se trata de un movimiento que se nutre de la desintegración social producida por décadas de neoliberalismo y que acelera ese proceso hacia un horizonte concreto, el «capitalismo de capataz», la alianza entre el capital y estos agentes libres de la represión, los narcotraficantes en México, las milicias en Río, actores no estatales que ejercen cada vez más el monopolio de la fuerza sobre las zonas que controlan, y que se unen a la coalición no solo como mercenarios, sino como socios políticos en pie de igualdad (Rodrigo Nunes)

" Brasil: El futuro de la extrema derecha. Los límites del «lulismo», los hijos de Bolsonaro y la nueva política de desintegración

Mientras Brasil se prepara para acudir a las urnas el 4 de octubre, las encuestas muestran que Luiz Inácio Lula da Silva, el actual presidente de 80 años, se encuentra en un reñido empate con Flávio Bolsonaro, cuyo padre sigue en prisión por conspirar para dar un golpe de Estado tras perder la presidencia en 2022.

Desde fuera, puede resultar difícil comprender cómo Lula y su Partido dos Trabalhadores (PT), que ha hecho más que ningún otro partido en la historia de Brasil por mejorar la situación de los más desfavorecidos y promulgar medidas de bienestar social, pueden verse desafiados por el heredero de Jair Bolsonaro, bajo cuyo mandato se dispararon la violencia, la desigualdad y la delincuencia en todo el país. Pero el atractivo de la extrema derecha contemporánea nunca es sencillo de entender.

Pocas figuras están mejor situadas para dar sentido a esta contienda que el filósofo político Rodrigo Nunes. Participante desde los inicios en el Foro Social Mundial, se dio a conocer como analista de los escollos y las posibilidades de la organización de izquierdas —tema de su primer libro, Ni vertical ni horizontal (2021). Desde entonces se ha convertido en uno de los críticos más incisivos del bolsonarismo, un fenómeno que sitúa en un contexto internacional más amplio en su nuevo libro, Anatomía de la desintegración: lo que Brasil revela sobre la extrema derecha global.

Carlos Pérez habló con Nunes sobre las próximas elecciones, los logros y las decepciones del tercer mandato de Lula, y las fuerzas que dieron origen al bolsonarismo y mantienen su atractivo.

Carlos Pérez: ¿Cuál es su valoración del tercer mandato de Lula? ¿En qué se diferencia el «lulismo» contemporáneo de la política que le llevó al poder hace más de dos décadas?

Rodrigo Nunes: En las elecciones de 2022, el mejor presidente de la historia de Brasil se enfrentó al peor y ganó por un margen muy estrecho. Eso le da una idea de los retos a los que se enfrentó Lula al volver al cargo. La sociedad brasileña actual es muy diferente de lo que era en 2003. El sentimiento anti-PT, e incluso específicamente anti-Lula, está muy arraigado. Por el contrario, el voto bolsonarista cuenta con un mínimo muy elevado.

Así pues, cuando Lula volvió al poder, lo hizo desde una posición mucho más débil. Políticamente, se enfrentaba a lo que suele describirse como el Congreso más de derechas de todos los tiempos. Económicamente, no contaba con nada que se asemejara al auge de las materias primas de hace veinte años, que le había permitido aumentar el gasto público en programas sociales sin subir los impuestos —una fórmula beneficiosa para todos que enriquecía a los ricos y reducía la pobreza de los pobres—.

En estas nuevas y difíciles circunstancias, su Gobierno logró dos objetivos principales, que podrían considerarse en cierta medida contradictorios. En primer lugar, impulsó una reforma fiscal que desplazó la carga tributaria hacia las rentas más altas —algo que no se ha ganado el apoyo popular, ya que sus efectos no se notarán hasta dentro de varios años—. En segundo lugar, adoptó un nuevo marco fiscal, comprometiendo al Estado a respetar límites de gasto, lo que reforzó su alianza con la clase capitalista, pero debilitó su capacidad para financiar programas sociales. André Singer y Fernando Rugitsky han descrito el resultado como «lulismo a cámara lenta». Mientras tanto, al igual que en EE. UU. bajo el mandato del presidente Biden, los indicadores macroeconómicos han mejorado, pero la gente no lo nota, porque la deuda privada se ha disparado y existe una epidemia de juego online.

Este Gobierno supuso un respiro bienvenido tras diez años de agitación institucional, pero la mera normalidad nunca iba a ser suficiente para hacer frente al atractivo social del bolsonarismo. Por eso, incluso con Jair en la cárcel, su hijo Flávio —menos competente— aún podría derrotar a uno de los líderes políticos más destacados que ha conocido el mundo desde mediados del siglo pasado.

Las encuestas muestran un empate técnico entre Lula y Flávio. ¿Qué significaría una victoria de Flávio para Brasil?

De los cuatro hijos de Jair, Flávio es el más sensato, el que mantiene un perfil más bajo y el que tiene las opiniones más tradicionalmente de derechas —en el sentido de que tiene menos paciencia para las posturas al estilo «MAGA» que sus hermanos Eduardo, Carlos y Jair Renan—. Es un político a la antigua usanza. Destaca por su habilidad para cerrar acuerdos. «Dígame cuánto quiere y lo arreglaremos». Al igual que otros políticos de la vieja escuela, se ha visto envuelto en numerosos escándalos de corrupción, incluido el de mayor envergadura que se está desarrollando en estos momentos: el caso del Banco Master, un fraude bancario de miles de millones de reales. (Uno de los responsables clave de esta trama fue el mayor donante de la campaña de Jair Bolsonaro para 2022).

Casi todos los implicados pertenecen a la derecha, pero el escándalo ha perjudicado de alguna manera más a la izquierda desde que llegó al Tribunal Supremo: cinco magistrados han sido vinculados al banquero condenado. Desde el juicio a Bolsonaro, el tribunal se ha asociado con la izquierda, aunque no es de izquierdas ni por asomo. Como siempre, el discurso anticorrupción funciona de forma selectiva.

Podemos esperar varias cosas de Flávio. La primera y más importante sería un realineamiento con EE. UU., al igual que durante la presidencia de su padre. Ha habido un intenso intercambio de mensajes entre Washington y el bando bolsonarista, en gran parte a través de Eduardo, un excongresista que abandonó su cargo y se trasladó a EE. UU., donde ha presionado a la Administración Trump, con una dedicación envidiable, para que imponga sanciones a su país de origen. En junio, una carta pública de Marco Rubio dirigida a Flávio sugería implícitamente que este último se había ofrecido a poner su equipo de transición a disposición de Washington en caso de que ganara.

A cambio del apoyo de Trump, Flávio ha manifestado su intención de ceder ante los intereses estadounidenses en ámbitos como las tierras raras, la energía y la agroindustria. Pero la intervención de Trump va más allá del ámbito económico. A principios de este año, de nuevo tras una intensa presión por parte de la derecha brasileña, Estados Unidos declaró como organizaciones terroristas a los dos mayores grupos criminales de Brasil, el PCC y el Comando Vermelho —una medida que suele utilizarse para justificar una posterior intervención política y militar, como ha ocurrido en Colombia, Ecuador y, más recientemente, en Venezuela—. El objetivo de la «guerra contra las drogas» no es combatir la delincuencia en sí misma, sino imponer los intereses de EE. UU. en la región, a menudo tomando partido entre las facciones políticas locales, así como entre las facciones criminales.

En el ámbito nacional, habrá un capitalismo aún más depredador que bajo el mandato de Jair, cuando se produjo un auge de la minería ilegal, el acaparamiento de tierras y la tala en la Amazonía; un aumento de los asesinatos de pueblos indígenas y activistas medioambientales; y una intensificación del crimen organizado: Flávio y su círculo más cercano tienen vínculos bien documentados tanto con el tráfico de drogas como con las milicias privadas, dirigidas por policías en activo o retirados, y que ahora controlan zonas enteras de Río de Janeiro.

Por lo tanto, cabe esperar que el crimen organizado penetre mucho más profundamente en la política bajo el mandato de Flávio. Esto, junto con el retroceso democrático y el ataque a la educación y los servicios públicos, hará que, en caso de que llegue al cargo, resulte difícil despojarlo del mismo. Brasil podría incluso convertirse en un Estado cuasi fallido en la próxima década.

¿Y qué cabría esperar de «Lula 4.0», si resultara reelegido? Esta es la pregunta que todos se plantean. ¿Pensará: «Maldita sea, ya que esta es mi última oportunidad, más vale que haga todo lo que pueda»? ¿O será: «Necesito consolidar mi alianza con la derecha tradicional para garantizar que la extrema derecha se mantenga al margen del poder»? Esta última vía requeriría muchas concesiones; en esencia, allanaría el camino para un sucesor aún más centrista. La inclinación natural de Lula siempre ha sido la negociación. Pero ahora está en juego su legado, y eso podría influir en sus decisiones.

Demos un paso atrás para analizar los orígenes del bolsonarismo. Algunos comentaristas afirmaron que se trataba de una reacción a las históricas protestas de junio de 2013, cuando millones de brasileños salieron a la calle para oponerse al aumento de las tarifas de autobús —un movimiento que, con el tiempo, se convirtió en un desafío aún mayor para el PT—. ¿Está de acuerdo con esta interpretación? ¿Cuál considera que es el verdadero significado de aquellas protestas, de las que fue testigo de primera mano?

Es innegable que 2013 cambió el equilibrio de fuerzas políticas. Las protestas supusieron el primer golpe real a la imagen del PT, que había gozado de una enorme popularidad durante una década. Dicho esto, los manifestantes no estaban en contra del Gobierno como tal. Más bien exigían que el PT llevara sus reformas aún más lejos. Decían: «Sí, nuestro poder adquisitivo ha aumentado; sí, se ha ampliado el acceso a la educación superior; sí, ha habido una mejora cuantitativa en nuestras vidas. Pero la situación sigue siendo mala en lo que respecta a los servicios públicos, la rendición de cuentas institucional y el acceso a la ciudad». El transporte público, su objetivo inmediato, es un buen ejemplo: es de mala calidad, caro y está controlado por mafias del sector privado.

El PT podría haberse puesto del lado de los manifestantes y haber dicho: «Hemos logrado mucho en estos primeros diez años, pero no es suficiente; ahora tenemos que llevar a cabo reformas estructurales que se deberían haber hecho hace mucho tiempo». En cambio, hizo lo contrario: para no molestar a la derecha tradicional y a los elementos de centro-derecha de su coalición política, reprimió las protestas. Y así confirmó la peor sospecha de los manifestantes: que el impulso progresista del partido se había agotado.

Al año siguiente, la investigación policial «Operación Lava Jato» reveló un escándalo de corrupción a gran escala que implicaba prácticamente a todos los principales partidos políticos. Al mismo tiempo, la repentina desaceleración del crecimiento chino —una consecuencia tardía de la crisis financiera mundial— puso fin abruptamente al auge de las materias primas. En la mente de muchas personas, ambos fenómenos se entrelazaron: si se producía una recesión económica, era porque el PT había presidido un despilfarro generalizado del dinero público durante la década anterior.

Con el PT y la oposición igualmente salpicados por esta doble crisis, la extrema derecha emergente fue la única fuerza capaz de posicionarse como heredera de la indignación de 2013.

Así pues, sí, se podría decir que las protestas de 2013 condujeron al bolsonarismo. Pero eso sería, en el mejor de los casos, una verdad a medias. De hecho, este argumento solo tiene eco en dos sectores del espectro político. Un grupo es la izquierda petista, que puede mostrarse muy poco crítica con el partido —hasta el punto de culpar a los manifestantes que salieron a la calle de haber facilitado irresponsablemente el ascenso de la extrema derecha—. El otro grupo, por supuesto, es la propia extrema derecha, que llegó a la conclusión lógica: «puesto que la izquierda acusa al pueblo de apoyarnos, de acuerdo: ¡sin duda, nos han apoyado desde el principio!». Adoptar este tipo de discurso supuso un increíble autogol por parte del PT.

¿Cuál es la base social y política del bolsonarismo?

Permítanme comenzar con una afirmación que puede parecer paradójica: no existe un vínculo necesario entre Jair Bolsonaro, el hombre, y el bolsonarismo, el movimiento político. De hecho, creo que quizá solo ha habido dos elecciones en la historia de Brasil que una figura como él podría haber ganado: la de 1960, cuando Jânio Quadros, otro candidato outsider, se presentó con un programa populista y anticorrupción, y la de 2018. Durante cinco años, el PT se había visto sacudido por la agitación política y los escándalos de corrupción, y había hecho concesión tras concesión a una derecha cada vez más envalentonada, hasta que ya no quedaba terreno de izquierdas que ceder. En el proceso, había perdido gran parte de su credibilidad institucional. Sus aliados en la derecha tradicional y el centro-derecha también quedaron desacreditados por la «Operación Lava Jato».

Esto creó una situación totalmente excepcional, que exigía un candidato totalmente excepcional. Bolsonaro simplemente se encontraba allí en el momento adecuado; aprovechó una corriente de opinión que había comenzado ya tres años antes. Su logro consistió en dotar a esa corriente de liderazgo y de una identidad.

Ahora, en cuanto a su pregunta. Desde el Brexit y la llegada de Trump, cuando el panorama político cambió de forma tan drástica, la izquierda ha respondido con dos narrativas: o bien pintamos a la extrema derecha como una revuelta de las élites sin una base popular real, o bien como una revuelta de los marginados, de una clase trabajadora traicionada por el elitismo liberal.

Ninguna de estas narrativas me convence. Más bien, creo que la extrema derecha contemporánea es un fenómeno que trasciende las clases. Una forma de entenderlo es como un movimiento que aúna a una clase marginada que ha dejado de esperar las promesas de la modernización —trabajo formal, instituciones responsables, igualdad real ante la ley— y a una élite que ya ni siquiera finge que esas promesas están sobre la mesa.

Entre ellos se encuentra el núcleo más duro de los verdaderos creyentes —no el grupo más numeroso estadísticamente, pero sí el más apasionado—, al que denomino, tomando prestada una expresión de Orwell, la «clase media-alta inferior». Se trata de personas que se encuentran a medio camino entre dos mundos: gozan de un buen nivel de vida, pero carecen de los activos o del capital social de la verdadera élite. No solo les persigue el temor a la movilidad social descendente, sino que también se sienten amenazados por cualquier pequeño avance ascendente que logren quienes están por debajo de ellos, como ocurrió durante la Marea Rosa en América Latina, cuando los pobres dejaron de ser tan pobres —empezaron a asistir a la universidad, a viajar al extranjero, etcétera—. Esto generó un sentimiento de resentimiento que fue fácilmente instrumentalizado.

El atractivo de la extrema derecha contemporánea varía en función de la perspectiva desde la que se contemple. La clase dominante considera que ofrece la forma más depredadora de capitalismo y que neutraliza todos los desafíos procedentes de las clases más bajas. La base popular se siente atraída por el discurso de la ley y el orden y por la perspectiva de una economía más desregulada que «les quite el Estado de encima», lo que les permitirá competir de forma más eficiente en el mercado. Para un grupo heterogéneo procedente de ambos bandos, también supone una oportunidad profesional: ahora se puede ganar mucho dinero como agitador de extrema derecha.

¿Cómo funciona el bolsonarismo a nivel organizativo?

El bolsonarismo, como movimiento de extrema derecha, cuenta con tres ventajas estructurales.

En primer lugar, es mucho más compatible con los intereses del capital, por lo que puede contar con el apoyo de las grandes empresas y los medios de comunicación corporativos de una forma que la izquierda nunca podría.

En segundo lugar, en lugar de cambiar la sociedad, pretende mantener las diferencias de poder existentes, e incluso intensificarlas, lo que facilita enormemente la formación de coaliciones. Cada socio tiene su propia esfera —la oligarquía terrateniente, sus tierras; la oligarquía financiera, sus palancas económicas— y, siempre que se satisfagan los intereses de todos, pueden trabajar juntos. No suelen discutir sobre una jerarquía de necesidades ni sobre diferencias estratégicas —precisamente los problemas que acosan a la izquierda—.

La tercera ventaja se deriva de las redes sociales, que estructuran la esfera pública como un mercado en el que las personas compiten individualmente por «me gusta» y comparticiones, que son muestras de atención. Esto da lugar tanto a una hiperindividualización de la política como a que se privilegie la participación en línea frente a la organización fuera de línea. Esto condiciona profundamente la forma en que se organiza la mayor parte de la extrema derecha contemporánea: como una especie de esquema piramidal cuyos pilares son los «emprendedores políticos» —personas que, desde una posición destacada en las redes sociales o en los medios tradicionales, producen contenidos que acumulan a la vez capital de atención, social y político.

A través de un flujo constante de contenidos llamativos, mantienen a su base continuamente comprometida, pero también atomizada, privada de canales para la participación no digital. De este modo, pueden ser movilizados y desmovilizados más o menos a voluntad. Es revelador que Bolsonaro nunca se haya molestado en construir un partido propio de verdad —tampoco lo hicieron Farage ni Trump—. Consideran la estructura del partido no como un objetivo en sí mismo, sino solo como un vehículo para una política que, en realidad, se lleva a cabo en otros ámbitos.

Cuando la política es colonizada por la economía de la atención, el discurso público se convierte en un mar de indignación en constante cambio. Hoy esto; mañana aquello. Se trata de una situación totalmente contraria a la política emancipadora, que se basa en reforzar la capacidad de las personas para tomar decisiones sobre su destino colectivo y participar en esfuerzos sostenidos para cambiar el statu quo. Trump nos mantiene ocupados con titulares y publicaciones nocturnas, mientras que la verdadera labor de destrucción continúa en segundo plano.

A nivel ideológico, ¿qué representa el bolsonarismo? ¿En qué se diferencia de la derecha tradicional?

Interpretamos erróneamente a la extrema derecha al tomarnos su discurso al pie de la letra. Es un error creer a Trump, Bolsonaro y compañía cuando hablan de dar un paso atrás respecto al «globalismo», de volver al sueño fordista de los empleos industriales, de dar marcha atrás en la revolución sexual y de resacralizar la familia nuclear y los roles de género tradicionales. Estas ideas tienen un evidente atractivo psicológico para ciertos votantes, pero no se ven respaldadas por las acciones de la extrema derecha contemporánea. Por el contrario, se trata de un movimiento que se nutre de la desintegración social producida por décadas de neoliberalismo y que acelera ese proceso hacia un horizonte concreto.

En mi libro, caracterizo este horizonte como un «estado de naturaleza gestionado de forma privada y distribuido de manera diferencial»: una situación en la que el Estado renuncia cada vez más a su responsabilidad de mediar en los conflictos sociales y, en su lugar, consagra el imperio de la fuerza bruta.

Permítanme ofrecer un ejemplo revelador. En 2019, unos taladores ilegales en el estado amazónico de Rondônia incendiaron un camión cisterna que prestaba servicio a una operación federal de aplicación de la ley, la cual tuvo que suspenderse; dos semanas después, el ministro de Medio Ambiente se desplazó a la localidad para reunirse con los taladores y escuchar sus demandas. El mensaje explícito fue: «Estoy de su lado. No pasa nada si queman propiedad del Estado, matan a los indígenas en cuyas tierras están talando y colaboran con los narcotraficantes que utilizan las mismas rutas: todo eso es iniciativa privada, y nosotros no interferimos en la iniciativa privada». La misma idea subyace en la relación de Trump con las grandes empresas tecnológicas.

Esto puede adoptar la forma de lo que he denominado «capitalismo de capataz». En economías de plantación como las de Brasil y el sur de Estados Unidos, la labor policial era una función pública que surgió de una función privada. El capataz contratado para disciplinar a la mano de obra de las plantaciones se convirtió, tras la abolición, en el agente de policía encargado de mantener a raya a los hombres y mujeres liberados. Hoy en día, esa función pública está volviendo a privatizarse. Wagner y Blackwater, los narcotraficantes en México, las milicias en Río: estos actores no estatales ejercen cada vez más el monopolio de la fuerza sobre las zonas que controlan. El «capitalismo de capataz» implica la alianza entre el capital y estos agentes libres de la represión, que se unen a la coalición no solo como mercenarios, sino como socios políticos en pie de igualdad. Tal convergencia ya se vislumbró en el primer Gobierno de Bolsonaro y podría afianzarse fácilmente bajo el mandato de Flávio.

Está claro por qué a los poderosos les atrae un modelo así, que les promete un disfrute sin trabas del poder. Pero, ¿por qué votan a favor de él también los más débiles? Por las compensaciones psicológicas que incluye el paquete. La promesa es: «aunque siga siendo hiperexplotado en su trabajo, aunque sus expectativas de vida se reduzcan día a día, nos aseguraremos de que haya al menos una esfera de la vida en la que su poder se manifieste sin restricciones. En casa, puede desquitarse con su esposa o sus hijos, nadie se entrometerá; y nadie podrá decirle que no haga bromas sobre las personas negras o las personas homosexuales».

Su nuevo libro promete explicar «lo que Brasil revela sobre la extrema derecha global». ¿Qué vemos cuando observamos el sistema mundial desde la periferia? ¿En qué sentido se está «brasilianizando» el mundo?

El pensamiento social latinoamericano, y en particular el brasileño, se ha centrado en reformular las concepciones occidentales de la relación entre centro y periferia. Esta tradición se remonta a la década de 1960 con la «teoría de la dependencia», que surgió como una crítica a la teoría de la modernización —la noción, popularizada por autores como Walt Rostow y Seymour Martin Lipset, de que los países periféricos podrían, si jugaban bien sus cartas, alcanzar el mismo nivel de prosperidad que los países avanzados— para pasar del atraso a la plena modernidad.

La crítica afirmaba: «Esta idea es falsa, porque no estamos al margen del capitalismo, ni por detrás de él; siempre hemos estado incluidos en él como periféricos. Nuestra función siempre ha consistido en suministrar recursos naturales y mano de obra barata a las economías centrales y, por lo tanto, cualquier desarrollo que podamos alcanzar siempre estará subordinado al de ellas». Así pues, el argumento de los años sesenta y setenta era el siguiente: «Es erróneo considerar que el centro representa el futuro de la periferia; la condición periférica es aquella en la que lo moderno y lo atrasado siempre van combinados —y esta combinación es fundamental para el desarrollo capitalista».

La situación se invirtió en las décadas de los 80 y los 90, cuando los Estados Unidos y los países europeos comenzaron, en ciertos aspectos, a parecerse a la periferia, con una creciente desigualdad, precariedad, informalidad y «favelización» (un aumento de los barrios marginales como las favelas brasileñas). Así, tanto en Brasil como en el Norte Global, la gente empezó a describirlos como «brasilianizados».

¿A qué se debía este cambio de tendencia? Los herederos de la teoría de la dependencia pasaban ahora a situar en su contexto histórico la propia teoría de la modernización, argumentando que había sido la ideología de un período de expansión capitalista, en el que el horizonte de expectativas era el crecimiento permanente. Ahora, en un período de contracción, de horizontes cada vez más reducidos, el Norte Global se iría pareciendo cada vez más a la periferia.

Esta idea puede extenderse al ámbito de la política. La idea de que la extrema derecha corresponde a una aceleración de la desintegración resulta mucho más clara en Brasil bajo el mandato de Bolsonaro, o en Argentina bajo el de Milei, o en El Salvador bajo el de Bukele, de lo que lo fue incluso durante el primer mandato de Trump, o con la AfD en Alemania o el RN en Francia.

Usted ha dicho que la «mera normalidad» no va a derrotar al bolsonarismo. Entonces, ¿cómo podría ser una respuesta radical a la extrema derecha contemporánea?

Permítame comenzar con una paradoja de la teoría de la información: para que una señal se reciba como información, debe ser lo suficientemente diferente del ruido de fondo, pero no tan diferente como para que no se registre en absoluto como señal. Cuando aplicamos esta idea a la política, nos damos cuenta de que el radicalismo no es la fidelidad a un principio en su forma más pura y abstracta; es más bien una desviación de la norma que sigue siendo legible.

Se busca una táctica que le aleje lo más posible de la situación existente —pero que aún así pueda integrarse en ella—: una táctica que inspire confianza en las personas, que las convenza para que participen, que produzca un efecto real.

El problema hoy en día es que todas las medidas que realmente hay que tomar parecen extremadamente radicales. Tomemos como ejemplo la concentración de poder. Vivimos en un mundo en el que un empresario puede dejar fuera de combate a parte del ejército de un país, tal y como hizo Elon Musk al cortar la cobertura de Starlink a las fuerzas ucranianas en plena contraofensiva de 2022 —algo que habría sido el argumento de una película de James Bond en la década de 1970—. La respuesta sensata es aprobar una política gubernamental que impida a los particulares ejercer tal poder. Pero si hoy se propone una política de este tipo, se le acusará de abogar por la expropiación o de vulnerar los derechos personales. Hemos ido tan lejos en una dirección que solo se puede intervenir tirando con mucha fuerza en la dirección opuesta.

En este sentido, podemos aprender algo de la extrema derecha. Hoy en día se dicen cosas —por ejemplo, que los ciudadanos con el color de piel «incorrecto» deberían ser deportados— que eran impensables hace poco tiempo. Desde 2016, lo impensable no ha dejado de ocurrir y lo indecible se ha convertido en sentido común. La extrema derecha ha forzado los límites de lo posible en la dirección de lo que cree que realmente hay que hacer.

Quizá nada de lo que realmente necesitamos hacer sea posible hoy —pero tampoco podremos hacerlo mañana, a menos que empecemos a sentar las bases ahora mismo—. Tenemos que construir una base social para nuestros objetivos. No podemos limitarnos a ofrecer argumentos racionales y políticas creíbles; tenemos que infundir un deseo, arraigado en la experiencia cotidiana de las personas, de ese otro mundo mejor. La gente debe sentir no solo que viviría mejor en un mundo reconfigurado, sino que empieza a vivir mejor al sumarse al movimiento para llegar hasta allí." 

(Rodrigo Nunes , filósofo político entre cuyos libros se incluyen Ni vertical ni horizontal: una teoría de la organización política, La organización de los desorganizados: la acción colectiva tras la red y Anatomía de la desintegración: lo que Brasil revela sobre la extrema derecha global, entrevistado por Carlos Pérez, equator, 30/09/26, traducción Salvador L. Arnal)

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