6.4.12

Hoover – con toda sus fetiches en favor de la disciplina y el sacrificio – acabó por crear el caldo cultivo de la mafia, en la depresión del 29. Hoy tenemos a Sheldon Adelsony su Eurovegas... con sus mafias

"Lo que Luce ve en Gary, yo lo vi en Nueva orleans, tras la catástrofe bien rentabilizada del Katrina en el 2005, un ejemplo perfecto del shock doctrine en el cual el ciclón y las aguas del Misissipi, arrasaron toda normativa urbanística y medioambiental y toda regulación diseñada para prevenir el impacto degradante de la industria del juego, allanando el camino a la gigante de casinos Harrah’s.

Mientras decenas de miles de damnificados mal vivían durante años en trailers prefabricados proporcionados como vivienda provisional por el estado federal, en el centro de Nueva Orleans se construyó en tiempo récord un mega hotel con 2.000 máquinas tragaperras de nombres como Stinking Rich (forrados) o House of the Dead (casa de los muertos).

 Pronto se llenaron de los traumatizados superviventes del diluvio . “El juego con máquinas –a diferencia del póquer o la ruleta– es para aislarte y meterte en una cáscara individual”, me dijo entonces el periodista y jugador empedernido Marc Cooper. El negocio de Harrah’s en Nueva Orleans se disparó un 20% en el primer año después del huracán pese a la desaparición de la mitad de los habitantes de la ciudad.

 Necesitada de cualquier clase de actividad económica, la ciudad ofreció vacaciones tributarias a Harrah’s y hasta le vendió la calle Fulton Street, que, bajo el criterio estético de los imaginieros de Harrah’s, se transformó en un bulevar temático basado en las Ramblas de Barcelona.

El shock doctrine ocurre ahora en la post crisis sin necesidad de huracanes. “Existe un consenso bastante amplio en EE.UU. en los ayuntamientos de ciudades en EE.UU. respecto a las virtudes del juego”, ironiza Luce. “Solo hace falta darles (a los casinos) una licencia y algunas desgravaciones tributarias”.

 Se percibe como un método rápido y fácil de crear empleo en tiempos de decisiones imposibles. Pero, al igual que Nueva Orleans, la entrada de los casinos en Gary, tampoco ha cortado la hemorragia. “Pese a todos los casinos, la población ha encogido desde 145.000 en 1980 hasta 80.000”.

Luce habla con un trabajador de la construcción en Gary y le pregunta si conoce a gente que trabaja en el casino. El obrero solo conoce a un limpador en el hotel casino Ameristar. “Pero conoce a mucha gente que gasta lo poco que tiene en la mesa de black jack o las máquinas tragaperras”, advierte Luce.

Es más, muchos estudios demuestran que los casinos pueden hasta perjudicar los ingresos tributarios, prosigue . Según un estudio citado por Luce, cada dólar que se gana en un casino se ve anulado por los tres dólares que se gastan para contrarrestar el impacto negativo social de los casinos.

 “Los casinos pueden ser una forma de sustituir algunos de los empleos perdidos (debido a la competencia de) China, Brasil y otros países pero son también un imán para estafadores, chulos de prostitucion, drogas y gente que viven en los margenes de la sociedad”, explica el corresposnal del FT. Como en Nueva Orelans , la crisis y el paro deshacen la sociedad y crean el público marginado y traumatizado para los casinos y sus industrias auxiliares. (...)

Pero, por lo menos EE.UU. entiende el daño que puede hacer su modelo. Tiene conocimiento de causa. (...)

Increíblemente, en Europa, tenemos, al igual que en EEUU, la selva del mercado monopolizado por lobbies y carteles, solo que nuestros gobernantes están atrapados en un paradigma economico prekeynesiano que adora la austeridad sádica al igual que lo adoraba Churchill, Hoover y Montagu Norman en los años veinte y treinta.

 Y Hoover – con toda sus fetiches en favor de la disciplina y el sacrificio – acabó por crear el caldo cultivo de la mafia. Ahora tenemos el corsé deflacionista del euro, el shock doctrine de la crisis, y tenemos a Sheldon Adelson. Por lo menos, en la Gran Depresión, los casinos estaban prohibidos."               (Rebelión, 06/04/2012, 'Shock doctrine post industrial', Andy Robinson,La Vanguardia)

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