"Y es que, en este país, la pobreza infantil ha aumentado en un 45% desde que comenzó la crisis.
En estos momentos, la tasa de pobreza infantil llega al 27,2% de la
población, es decir, más de 2.226.000 niños y niñas malviven bajo el
umbral de la pobreza.
¿Puede ser de otra manera cuando el número de
hogares con niños con todos sus miembros adultos que se encuentran sin
trabajo creció un 120% tan sólo en los primeros cuatro años de la
crisis? ¿Sabemos el drama que esconden las puertas de cada uno de esos
hogares?
Algo podemos imaginar: son hogares en los que no se pueden
cubrir las necesidades de alimentación, de vestimenta, de calefacción,
las escolares, incluso de vivienda y, como el empleo ni está ni se le
espera y las políticas sociales están en fase de desmantelamiento, el
problema se va enquistando: según
Unicef, la pobreza crónica, es decir, aquellos que llevan tres de los
últimos cuatro años bajo el umbral de la pobreza ha aumentado en un 53%
en tres años.
Familias sin futuro;
jóvenes sin futuro; niños sin futuro. Ese es nuestro futuro. Y lo más
grave de todo, lo que revuelve más las entrañas, es saber que acabar con
eso tiene un precio. Que sabemos cuánto cuesta erradicarlo, acabar con
ello, lograr de que la infancia vuelva a tener futuro.
Y lo que cuesta
es, evidentemente, mucho menos de lo que nos está costando rescatar a
bancos e instituciones financieras, culpables parciales de esta crisis
que hace engordar, cada día, las cifras de la pobreza infantil.
Bastaría con 26 mil millones de euros para resolver ese problema.
Con ese dinero podríamos conseguir que ningún niño se fuera a la cama
sin cenar; que todos pudieran vestirse adecuadamente; que vivieran en
hogares que cumplieran condiciones de salubridad y habitabilidad dignas;
que pudieran acudir a la escuela; que no experimentaran en carne propia
las desigualdades heredadas y todos tuvieran, desde el inicio de sus
vidas, igualdad de oportunidades con independencia de dónde y de quién
nacieron.
En definitiva, con ese dinero podríamos conseguir que el
capitalismo salvaje no las convirtiera en el eslabón más débil de una
cadena que, a la búsqueda del plusvalor, tensa hasta quebrarlo por su
parte más tierna.
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