"Naomi Klein ha desarrollado lo que ella llama “la doctrina del shock”:
la historia muestra muchos ejemplos de países en los cuales las
políticas neoliberales de la escuela de Chicago dirigida entonces por
Milton Friedman, que no hubieran sido aceptadas en tiempos normales, se
impusieron aprovechando la confusión y el desconcierto que provocaron en
la población acontecimientos traumáticos o catástrofes naturales.(...)
Friedman propone claramente esta estrategia en su libro Capitalism and freedom:
“solo una crisis —real o percibida— da lugar a un cambio verdadero.
Cuando esa crisis tiene lugar, las acciones que se llevan a cabo
dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que esa ha de ser
nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas
existentes para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente
imposible se vuelva políticamente inevitable”.
Traducido: es necesario
aprovechar las crisis para imponer nuestras ideas —las que “flotan en el
ambiente”— que no serían aceptadas democráticamente en tiempos
normales.
Los casos de Chile y Argentina son paradigmáticos (...) Pero también catástrofes naturales como el tsunami del sudeste asiático o
el huracán Katrina de Nueva Orleans constituyeron la ocasión para que
importantes empresas privadas aprovecharan el vacío que provocaron esos
desastres para avanzar en la privatización de la economía.
El triunfo de
Margaret Thatcher en la guerra de las Malvinas le permitió remontar una
popularidad gravemente amenazada y profundizar sus medidas
privatizadoras.
Afortunadamente en el caso de España no hemos tenido que sufrir
golpes militares, tsunamis, huracanes ni guerras. Pero el impacto que ha
provocado la crisis en la psicología social de nuestro país ha
originado un vacío y una confusión que pueden ser aprovechados para dar
un paso más en la privatización de muchos servicios públicos hasta ahora
en manos del Estado, adelgazando nuestro precario estado de bienestar.
En una situación de inseguridad y caos es mucho más fácil imponer
soluciones poco consensuadas por la población que en épocas de
prosperidad.
El miedo, que es un componente importante de la crisis,
suele tener como consecuencia el seguimiento incondicional a quien
prometa eliminar su causa o bien reacciones histéricas igualmente
improductivas.
Y así como en estas situaciones de crisis hay que temer
la irrupción de demagogos y dictadores de todo tipo —al estilo de Hitler
en la Alemania de los años treinta— también resulta preocupante el
poder creciente de grupos de correctos financieros vestidos de negro y
civilizados empresarios que llevan años esperando su oportunidad.
Como
dice N. Klein, se trata de “esperar a que se produzca una crisis de
primer orden o estado de shock, y luego vender al mejor postor
los pedazos de la red estatal a los agentes privados mientras los
ciudadanos aun se recuperan del trauma, para rápidamente lograr que las
´reformas´ sean permanentes”.
Desde el gobierno se suele transmitir el mensaje de que los recortes a
este modesto “estado de bienestar” son temporales y se eliminarán una
vez superada la crisis. Pero hay motivos para dudarlo: al rebufo de la
crisis financiera se están tomando medidas cuya orientación poco o nada
tiene que ver con disposiciones coyunturales y transitorias dirigidas a
disminuir el déficit público.
Mientras las especulaciones financieras
siguen sin pagar impuestos y los paraísos fiscales campando por sus
respetos, la reforma laboral recorta derechos que los trabajadores
consiguieron después de muchos años de lucha, la subida de impuestos y
la inspección fiscal recae casi exclusivamente en los sectores
populares y apenas roza a las grandes fortunas, la sanidad y otros
servicios públicos se privatizan progresivamente, la educación dificulta
cada vez más el acceso de los estudiantes con menos recursos, la
reforma de la jubilación prevé medidas para el año 2020, aunque ningún
economista sea capaz de anticipar el estado de las finanzas públicas
para entonces y la desigualdad no cesa de aumentar.
¿Alguien piensa que
estas medidas van a desaparecer cuando se logre reducir el déficit? De
hecho, nuestro Ministro de Economía ya se adelantó a la posibilidad del
fracaso de los servicios públicos cuando afirmó que si la crisis dura
mucho tiempo será imposible financiar las prestaciones sociales.
Aunque,
por lo visto, será posible seguir financiando una administración
pública abundante en gastos inútiles, desde organismos innecesarios
hasta legiones de asesores sin funciones específicas que se trasladan en
coches oficiales." (Augusto Klappenbach, Público, 04/01/2013)
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