"¿La independencia de Cataluña
o de Ciudad Real? Nunca una reivindicación separatista resultó más
grotesca y tan ajena a lo real. Todo caso de este tipo, sea del carácter
que sea, denota síntomas de una neurosis suicida o un delirio
institucional o cerebral.
Lo que no es del todo extraño contemplando la
esquizofrenia del conjunto político-social al que hemos llegado sin
apenas darnos cuenta y empeorando mes tras mes. Porque otro factor en
perspectiva, pero ya evidentemente activo, es el creciente descrédito de
toda autoridad.
Y tanto más cuanto la autoridad se relaciona con la
exigencia de su distinción retórica, sea nacionalista, salarial,
condecorada o no.
El ridículo o el escándalo acompañan a todos aquellos casos en que la
llamada autoridad pretende investirse de púrpuras identitarias, viajar
en business o aumentar su cualificación gracias al AVE y la pompa volátil en general.
La totalidad del estamento autoritario arde hoy por sus cuatro
costados y gracias al incandescente cinismo de la muchedumbre, excitada
de antemano por la sofocante hoguera del poder.
Nada que sea vertical, jerárquico o impositivo puede ya consentirse o
tragar con relativa facilidad. La gente, por mano de la reiterada
injusticia de esta Gran Crisis y el ejercicio diario de las redes
sociales, no acepta la arquitectura piramidal y sí, en cambio, la
habitual y creciente vida en horizontal de la precariedad compartida.
Odia en fin, la píldora y acepta consuetudinariamente el puré.
De esto mismo deriva que, desde el Tribunal Supremo a los
parlamentarios, desde el ministro de Educación al de Sanidad, todos se
hallen cuestionados y a punto de perecer simbólicamente a causa de su
arrogancia salvífica y, al cabo, tan ridícula como fatal.
La ciudadanía asustada y aplastada ha compuesto una pasta venenosa
donde, tarde o temprano, van muriendo los barrocos gestos de autoridad. Lo privado, en sanidad
o educación, en energía o en agua potable, es lo opuesto a la ley de la
comunidad. El público ya no traga más relatos infantiles cuyo moral
dulzor ha colmado su aforo de ingenuidad." (
Vicente Verdú , El País, 2 ENE 2013)
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