"De Barrón da noticia de la borrachera inmobiliaria, de la negligencia
profesional con que actuaron muchos gestores y de las amistades
peligrosas que se fueron estableciendo entre banqueros y políticos.
Pero
el verdadero protagonista de su relato es el supervisor, el Banco de
España. De Barrón es inmisericorde, tachándolo de ser un “supervisor
incapaz de corregir el rumbo”.
Lo intrigante de esta conducta es que no puede ser atribuida a que
careciese de información de que algo estaba funcionando mal. De Barrón
cuenta cómo los inspectores del Banco de España, que tienen la función
de la supervisión in situ, dentro de las propias instituciones, avisaron
del mal rumbo que estaban tomando algunas instituciones.
Y de cómo,
frustrados por no ser escuchados dentro del Banco de España, elevaron
sus avisos al ministro de Economía de la época, Pedro Solbes.
A pesar de esos avisos, la dirección de supervisión y la Comisión
Ejecutiva del Banco de España mantuvieron una conducta complaciente que
les llevó a sostener que el sistema financiero español era el más
solvente.
Personaliza esa complacencia en los dos gobernadores que
lidiaron con la burbuja y la crisis, Jaime Caruana y Miguel Fernández
Ordóñez.
¿Cómo explicar esta complacencia del supervisor? De Barrón parece
inclinarse por la hipótesis de que fue para no contrariar a los
Gobiernos de turno, el de José María Aznar y el José Luis Rodríguez
Zapatero.
Pero esa complacencia puede tener otro origen. Puede haber
sido el resultado de una ceguera inducida por una determinada ideología
económica.
Vale la pena tomar en consideración esta hipótesis para no
autoflagelarnos demasiado creyendo que solo nos pasó a nosotros. Vean
este comentario sacado de las memorias del presidente en aquel momento
de la Reserva Federal (Fed), el banco central de EE UU, Alan Greenspan:
“Al asumir el cargo me esperaba una agradable sorpresa.
Sabía por mis
contactos con miembros de la plantilla de la Fed (…) lo muy cualificados
que estaban. De lo que no había sido consciente era de la orientación
pro libre mercado del personal que caracterizaba (…) a la División de
Supervisión y Regulación bancaria”.
Fue la creencia acrítica de muchos supervisores en la capacidad de
los mercados financieros para gestionar el riesgo y asignar
eficientemente los recursos de capital lo que les hizo complacientes y
arrogantes. Y lo que provocó una ceguera autoinducida. (...)
Es una manifestación de lo que los psicólogos llaman “disonancia
cognitiva”, la conducta consistente en no querer ver todo aquello que de
ser visto nos obligaría a cambiar nuestras creencias más profundas." (
Antón Costas , El País, 10 FEB 2013 )
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