"El siempre interesante programa
“Salvados”, que dirige el periodista Jordi Évole, dedicó su sesión del
pasado 10 de marzo al análisis de nuestro sistema público de pensiones.
Sorprende que un programa como “Salvados”, caracterizado por su
imparcialidad, su capacidad para mostrar las diferentes aristas de los
problemas tratados y su compromiso crítico con la situación social
actual, presentase un análisis sesgado (y alarmista) de nuestro sistema
de pensiones.
En el programa se repitieron buena
parte de los lugares comunes que recurrentemente plantean los
portavoces de los intereses financieros y bancarios, y que ya sirvieron
de base para la última reforma de las pensiones en nuestro país: la
proporción entre el número de jubilados y trabajadores activos no deja
de crecer al tiempo que la esperanza de vida se incrementa
progresivamente, lo que se traduce en la insostenibilidad del sistema
público de pensiones.
Sería necesario por tanto, según estas voces,
implementar recortes (retrasar la edad de jubilación y reducir las
prestaciones), así como complementar las prestaciones públicas con
planes privados de pensiones.

Han sido múltiples los economistas
(Miren Etxezarreta, Rafael Muñoz de Bustillo, Juan Torres o Vicenç
Navarro, entre otros) que durante los últimos años han señalado las
posibles alternativas que existen a la privatización y a los recortes
de nuestro sistema público de pensiones. Sin embargo, éstos no fueron
entrevistados ni sus planteamientos se reflejaron, de alguna u otra
forma, en el programa.
Y es que los datos hablan por sí mismos, tal y como recogimos en este blog
hace ya algún tiempo. Según información de Eurostat, el sistema de
pensiones de España es uno de los más baratos de la Unión Europea (UE).
El gasto público español en pensiones fue en 2010 (último dato
disponible) de 1.862 euros por habitante (equivalente al 10,7% del PIB).
Esta cifra es muy inferior a los 2.769 euros de gasto medio en la UE
(13% del PIB), los 3.421 euros de Alemania (12,8% del PIB), los 3.658
Francia (14,4% del PIB) o los 3.295 de Italia (16% del PIB). Es más, en
España el 70% de las pensiones no superan los 1.000 euros mensuales, de
modo que la pensión media contributiva es un 25% inferior a la media
de la UE, y la no contributiva casi un 50%.
El hecho de que el porcentaje del PIB
dedicado al gasto en pensiones haya aumentado en España entre 2007 y
2012 (incrementándose en un 2% aproximadamente) no se debe a la
“insostenibilidad” del sistema, sino a la propia crisis económica y a
la gestión que se ha hecho frente a ella.
Así, son las medidas de
recorte fiscal que impone el gobierno y Bruselas las que siguen
expulsando cotizantes del mercado de trabajo, las que hunden la demanda
agregada y las que con ello deterioran las cuentas de la Seguridad
Social.
De hecho, hasta la llegada de la crisis el sistema público de
pensiones no presentaba problema alguno, e incluso acumuló importantes
superávits que se trasladaron al Fondo de Reserva de la Seguridad
Social (que a fecha de hoy acumula aún 66.000 millones de euros,
equivalente al 6,5% del PIB).
Además, no se puede hablar seriamente
de la sostenibilidad del sistema de pensiones sin poner todas las
cartas sobre la mesa: dicha sostenibilidad remite directamente al
debate de qué modelo de distribución de la renta queremos tener.
A comienzos de la década de 1970 había
en el estado español dos millones de pensionistas y el gasto en
pensiones apenas representaba el 3% del PIB. Hoy día el número de
pensionistas alcanza los 8,1 millones y el gasto representa el 10,7%
del PIB. Esta evolución ha sido perfectamente compatible –hasta la
llegada de la crisis y las políticas de recortes– con los superávits
anteriormente mencionados.
¿Cómo ha sido posible? Pues porque el
incremento de la productividad permite que aumente también la ratio
entre pensionistas y trabajadores ocupados sin poner en riesgo el
sistema (esta ratio pasó del 15% en 1970 al 45% actual).
No existe –en
contra de las proyecciones generalmente interesadas– ninguna razón
económica ni demográfica para que esta tendencia no pueda continuar en
el tiempo. Ahora bien, para que esto sea posible es necesario
socializar las ganancias derivadas del incremento de la productividad.
Es más, si hiciese falta reforzar la
sostenibilidad del sistema siempre se podría acudir a otras medidas que
no pasen por el recorte del gasto, sino por el aumento de los
ingresos. De hecho, se podría empezar por anular las progresivas
reducciones que durante los últimos años han experimentado las cuotas
empresariales a la Seguridad Social.
Además, la retirada de las
políticas de recortes y el desarrollo de los servicios públicos
ayudaría a sostener el empleo y con ello el número de cotizantes. Los
permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles, y la
universalización de la educación infantil desde los cero años,
facilitarían que más mujeres pudieran incorporarse al mercado de
trabajo y que la tasa de ocupación femenina alcanzase los estándares de
la UE (en la economía española dicha tasa estaba en 2012 en el 54,6%,
mientras que en la UE alcanzaba el 64,6%).
Por último, el sistema público de
pensiones no necesariamente debe sostenerse a través de las
cotizaciones sociales, sino que también puede ser financiado mediante
impuestos generales.
Es necesario resaltar en este sentido que la
presión fiscal en nuestro país es una de las más bajas de Europa: el
32,6% según datos de Eurostat, muy alejada del 40% de la media de la
UE, del 43,1% de Francia e Italia, del 46,8% de Suecia o del 48,9% de
Dinamarca.
En resumen, la sostenibilidad de
nuestro sistema de pensiones no es una cuestión técnica, sino política.
¿Qué recursos queremos destinar a sostener a quienes ya han trabajado
toda una vida? ¿Estamos dispuestos a priorizar el pago de la deuda a
los acreedores externos, y a rescatar a las entidades financieras,
antes que asegurar nuestra futura vejez?
Las pensiones públicas no sólo
garantizan la estabilidad del ciclo macroeconómico, impidiendo que las
recesiones se agraven. Constituyen un derecho social conquistado
después de toda una vida de trabajo, así como un bien público que
garantiza la solidaridad, la cohesión y la justicia. Son, en
definitiva, un enorme activo a defender." (Nacho Álvarez Peralta, Colectivo Novecento, Economía Crítica y Crítica de la Economía, 15/03/2013)
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