"Si la moneda única no es posible, todavía nos quedan las monedas
nacionales. Es necesario repetir que esta es una solución absolutamente
practicable, que tiene de por sí instituciones políticas y simbólicas ya
establecidas, susceptibles de ser reconstruidas instantáneamente y
finalmente que el 90% de los países del planeta vive con monedas
nacionales sin que se advierta que esa condición les produzca un
irremediable infortunio.
Pero también se puede no abandonar totalmente
la idea de una Europa monetaria y continuar explorando otros posibles
caminos. No evidentemente el de la moneda única pero sí el de una moneda
común.
Esta idea no es totalmente nueva (Ver por ejemplo Crise, la croisée des chemins , 7
de mayo de 2010. Jacques Sapir la menciona regularmente junto con la
vuelta a una moneda nacional otorgándoles preferencia tanto a una La disolución de la zona euro: una solución razonable para evitar la catástrofe , documento de trabajo CEMI-EHESS, de noviembre de 2012, como a otras ¿Es necesario salir del euro?, Límite máximo, 2012, o Faut-il sortir de l’euro?, Seuil, 2012.
Pues
bien, se trata de una idea de la que hay que seguir hablando, cuando el
deshielo del debate de la izquierda en Alemania, por bienvenido que
haya sido, no evoca más que reactivaciones del SME (Sistema monetario
europeo).
Ver, en particular, la posición adoptada de Oskar Lafontaine: Pour un nouveau Système monétaire européen o en inglés We need to restore the European Monetary System, 30 de abril de 2013, así como el documento de Heiner Flassbeck y Costas Lapavitsas The systemic crisis of the euro: true causas and efectiva terapias , Studien, Rosa Luxemburg Stiftung, mayo de 2013… cuando no lo hace, aunque hacia la derecha, el regreso al deutschemark (A la imagen de las posiciones de AfD, Alternativa für Deutschland).
Ver, en particular, la posición adoptada de Oskar Lafontaine: Pour un nouveau Système monétaire européen o en inglés We need to restore the European Monetary System, 30 de abril de 2013, así como el documento de Heiner Flassbeck y Costas Lapavitsas The systemic crisis of the euro: true causas and efectiva terapias , Studien, Rosa Luxemburg Stiftung, mayo de 2013… cuando no lo hace, aunque hacia la derecha, el regreso al deutschemark (A la imagen de las posiciones de AfD, Alternativa für Deutschland).
Entre la moneda única y el SME renovado: lo mejor de dos mundos
Entre
la imposible moneda única y las monedas nacionales en el marco del SME,
la moneda común restablece la posibilidad del ajuste de cambios
–excluido por la construcción de la moneda única– evitando la
inestabilidad de un sistema de monedas nacionales independientes. Pero
no sin importar en qué contexto.
Efectivamente la moneda común no
producirá beneficios sino dentro de cierta arquitectura: que establezca
una moneda europea (el euro) pero manteniendo las monedas nacionales, es
decir, los E-Fr, los E-Lira y hasta podría imaginarse los E-DM.
Las
denominaciones nacionales se expresen en cierta paridad fija con
relación al euro que también sería convertible en los mercados de
divisas externas, de modo que las denominaciones nacionales encontrarían
su paridad externa a través del euro. La estrategia sería entonces la
siguiente:
- Las denominaciones nacionales son convertibles entre sí pero únicamente en la ventanilla del Banco Central Europeo (Por intermedio por supuesto de los bancos privados o de oficinas autorizadas, pero que no harían más que transmitir las órdenes al BCE y les estaría prohibido realizar transacciones unos con otros), que funcionaría como una especie de oficina de cambios. De modo que estaría prohibida la conversión directa entre agentes privados y no existirían mercados de cambio intereuropeos.
- Las paridades fijas de las denominaciones nacionales con respecto al euro (y por consiguiente las tasas de cambio de las denominaciones nacionales entre sí) podrán reajustarse pero siguiendo procesos políticos, absolutamente ajenos a las influencias (desestabilizadoras) de los mercados de cambio ya que estos se habrían eliminado del interior de la zona.
Se trata de disposiciones complementarias que
extraen lo mejor de ambos mundos. La moneda común tiene la misma
funcionalidad que la moneda única instalando una pantalla entre el
interior y el exterior de la zona, protegiendo en tal caso las
denominaciones nacionales de los mercados internacionales de cambios
(extraeuropeos).
La convertibilidad de de «ventanilla» (en el BCE y con
tasa fija) de las denominaciones nacionales se agrega a la supresión de
los mercados de cambios intraeuropeos, de donde resulta un efecto de
estabilización monetaria interna equivalente al que genera la moneda
única.
Pero la gran diferencia que se establece con la moneda única es
que el sistema moneda común/denominaciones nacionales ofrece la
posibilidad del reajuste de cambios intraeuropeos mediante una
construcción excluida en el euro actual… y esto a diferencia de un SME
renovado en un entorno monetario interno totalmente estabilizado.
La
plaga (una de las plagas) de la moneda única reside en la imposibilidad
constitutiva de devaluar/evaluar. La plaga del SME en la dificultad de
mantener cambios fijos y/o ajustar las tasas-pivote sobre las fuerzas
especulativas desestabilizadoras de los mercados de cambio. La moneda
común previene una y otra.
Tiene
por lo tanto como virtud principal restaurar la posibilidad de
reajustar tranquilamente los cambios intraeuropeos, posibilidad que al
haberse hallado excluida con la moneda única ha precipitado en la
desgracia a las economías del sur europeo.
El proyecto de moneda única
partió de la errónea premisa de que el euro iba a operar en sí mismo
como factor de convergencia económica y estructural -por algún mecanismo
o tal vez mediante un milagro, nunca se estableció- en el que
simplemente había que creer. Y lo que se produjo fue exactamente lo
inverso, los efectos de la polarización espacial (especialmente
sectorial) que acompañaron generalmente al proceso de integración
regional, más que «igualarlo» profundizaron la división intrarregional
del trabajo.
De modo que las diferencias de productividad y de costos no
dejaron de establecer brechas en las economías de la zona… sin que en
ningún momento se pudieran equilibrar mediante ajustes de cambios como
sucedía en el pasado. No dejando más que una sola posibilidad de ajuste
«real» –mediante la reducción de salarios y el crecimiento del
desempleo– delicadamente bautizada como «devaluación interna».
Sin
duda no se deben exagerar los poderes de la devaluación (externa) de la
que ninguno de sus partidarios ha dicho nunca que podía resolverlo
todo. Pero tampoco minimizarlos.
El ajuste de cambios es el mínimo grado
de libertad indispensable faltando importantes transferencias
presupuestarias y movilidad de la fuerza de trabajo, para acomodar las
divergencias que genera sin cesar la integración regional y cuya
ausencia ha mostrado sus consecuencias bien a las claras en Grecia,
Portugal, España, Italia… y podría ser bien pronto en Francia.
La moneda
común no tiene en consecuencia la sola virtud de restaurar esa
indispensable posibilidad, sino sobre todo la de restaurar excelentes
condiciones de estabilidad. Porque la eliminación de los mercados de
cambio intrazona deja el proceso de reajustes a la deliberación política
europea.
Del mismo modo, como las paridades iniciales entre las
denominaciones nacionales se fijan a partir de un acuerdo político (del
mismo modo que se hicieron cuando se entró en el euro), también deben
ser revisadas por mecanismos políticos. Ninguna tempestad especulativa
perturba la operación ni la somete a las intensas presiones que suelen
generar los fines de semana de urgencia intergubernamentales. (...)
¡A los europeos!
O bien tomamos el toro por las astas y lo anunciamos francamente dirigiéndonos a todos los pueblos de Europa:
«Queremos
hacer una moneda común europea que devuelva todas sus posibilidades a
la política económica. Pero antes de poder rehacerla, va a ser necesario
deshacer algunas cosas. La construcción institucional de una moneda
común no se hará a espaldas del pueblo, solo podrá tener legitimidad a
través de su validación por referéndum, no se hará pues en un oscuro fin
de semana, sino a pleno día y tomándonos todo el tiempo que sea
necesario.
Por lo tanto debemos salir del euro y volver a nuestras
respectivas monedas nacionales como base de una nueva salida europea.
Imaginamos que no todos nos seguirán de inmediato. Pero en un principio
podemos vivir muy bien bajo nuestra moneda nacional, y probablemente
mejor que los desdichados que seguirán sufriendo muerte y pasión bajo la
tutela euro-alemana.
Podría ser por otra parte que, desde el momento en
que los mercados financieros oigan hablar de nuestro proyecto, cuya
intención es precisamente poner fin a su reinado sobre la política
económica, incendiarán y ensangrentarán la zona y producirán ellos
mismos una explosión de regreso forzoso hacia las monedas nacionales.
De
todas maneras, estamos dispuestos a movernos, ya que el movimiento se
demuestra andando, convencidos por otra parte de que el espectáculo de
dicho movimiento podría generar algunas ideas a quienes lo observen.
¡Cuántos nos encontraremos, lo ignoramos, pero a partir de la idea de
que seremos por lo menos uno, estamos convencidos de que a partir de dos
ya será algo! Creemos también que será mejor si nos reunimos cuatro o
cinco sobre la base de principios auténticamente comunes y progresistas
que 17 destruidos por principios regresivos.
¿Alemania volverá a
recomenzar por su parte con su neodeutschemark y algunos aliados
que se le parecen? Es muy posible y eso no es ningún drama. ¿Quién puede
imaginar por un momento que, incluso no compartiendo la moneda de
algunos países europeos, dejaría de negociar con ellos? ¿De invertir en
ellos? ¿De hacer circular sus estudiantes, sus investigadores, sus
artistas, sus turistas y de recibir a los nuestros?
Hasta podemos
imaginar que si un día termina por liquidar sus mitos y sus miedos
nocturnos, si su población termina por estar cansada de la deflación
salarial y de las desigualdades de las que tomará pronto dolorosa
conciencia deseará unirse a nosotros, y lo haremos con placer.
En
cualquier caso presentamos esta propuesta para hoy y para mañana. Que
quien quiera venga y oiga». (Frédéric Lordon es un économista francés, director de investigación en el CNRS en París. Frédéric Lordon, Le Monde diplomatique, Rebelión, 12/06/2013)
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