28.6.13

Solución: una moneda europea (el euro) pero manteniendo las monedas nacionales, es decir, los E-Franco, los E-Lira, los E-Peseta

"Si la moneda única no es posible, todavía nos quedan las monedas nacionales. Es necesario repetir que esta es una solución absolutamente practicable, que tiene de por sí instituciones políticas y simbólicas ya establecidas, susceptibles de ser reconstruidas instantáneamente y finalmente que el 90% de los países del planeta vive con monedas nacionales sin que se advierta que esa condición les produzca un irremediable infortunio.
Pero también se puede no abandonar totalmente la idea de una Europa monetaria y continuar explorando otros posibles caminos. No evidentemente el de la moneda única pero sí el de una moneda común.
Esta idea no es totalmente nueva (Ver por ejemplo Crise, la croisée des chemins , 7 de mayo de 2010. Jacques Sapir la menciona regularmente junto con la vuelta a una moneda nacional otorgándoles preferencia tanto a una La disolución de la zona euro: una solución razonable para evitar la catástrofe , documento de trabajo CEMI-EHESS, de noviembre de 2012, como a otras ¿Es necesario salir del euro?, Límite máximo, 2012, o Faut-il sortir de l’euro?, Seuil, 2012.
Pues bien, se trata de una idea de la que hay que seguir hablando, cuando el deshielo del debate de la izquierda en Alemania, por bienvenido que haya sido, no evoca más que reactivaciones del SME (Sistema monetario europeo).

Ver, en particular, la posición adoptada de Oskar Lafontaine: Pour un nouveau Système monétaire européen o en inglés We need to restore the European Monetary System, 30 de abril de 2013, así como el documento de Heiner Flassbeck y Costas Lapavitsas The systemic crisis of the euro: true causas and efectiva terapias , Studien, Rosa Luxemburg Stiftung, mayo de 2013… cuando no lo hace, aunque hacia la derecha, el regreso al deutschemark (A la imagen de las posiciones de AfD, Alternativa für Deutschland). 

 Entre la moneda única y el SME renovado: lo mejor de dos mundos 

Entre la imposible moneda única y las monedas nacionales en el marco del SME, la moneda común restablece la posibilidad del ajuste de cambios –excluido por la construcción de la moneda única– evitando la inestabilidad de un sistema de monedas nacionales independientes. Pero no sin importar en qué contexto. 

Efectivamente la moneda común no producirá beneficios sino dentro de cierta arquitectura: que establezca una moneda europea (el euro) pero manteniendo las monedas nacionales, es decir, los E-Fr, los E-Lira y hasta podría imaginarse los E-DM. 

Las denominaciones nacionales se expresen en cierta paridad fija con relación al euro que también sería convertible en los mercados de divisas externas, de modo que las denominaciones nacionales encontrarían su paridad externa a través del euro. La estrategia sería entonces la siguiente:
  • Las denominaciones nacionales son convertibles entre sí pero únicamente en la ventanilla del Banco Central Europeo (Por intermedio por supuesto de los bancos privados o de oficinas autorizadas, pero que no harían más que transmitir las órdenes al BCE y les estaría prohibido realizar transacciones unos con otros), que funcionaría como una especie de oficina de cambios. De modo que estaría prohibida la conversión directa entre agentes privados y no existirían mercados de cambio intereuropeos.
  • Las paridades fijas de las denominaciones nacionales con respecto al euro (y por consiguiente las tasas de cambio de las denominaciones nacionales entre sí) podrán reajustarse pero siguiendo procesos políticos, absolutamente ajenos a las influencias (desestabilizadoras) de los mercados de cambio ya que estos se habrían eliminado del interior de la zona.
Se trata de disposiciones complementarias que extraen lo mejor de ambos mundos. La moneda común tiene la misma funcionalidad que la moneda única instalando una pantalla entre el interior y el exterior de la zona, protegiendo en tal caso las denominaciones nacionales de los mercados internacionales de cambios (extraeuropeos). 

La convertibilidad de de «ventanilla» (en el BCE y con tasa fija) de las denominaciones nacionales se agrega a la supresión de los mercados de cambios intraeuropeos, de donde resulta un efecto de estabilización monetaria interna equivalente al que genera la moneda única. 

Pero la gran diferencia que se establece con la moneda única es que el sistema moneda común/denominaciones nacionales ofrece la posibilidad del reajuste de cambios intraeuropeos mediante una construcción excluida en el euro actual… y esto a diferencia de un SME renovado en un entorno monetario interno totalmente estabilizado. 

La plaga (una de las plagas) de la moneda única reside en la imposibilidad constitutiva de devaluar/evaluar. La plaga del SME en la dificultad de mantener cambios fijos y/o ajustar las tasas-pivote sobre las fuerzas especulativas desestabilizadoras de los mercados de cambio. La moneda común previene una y otra. 

Tiene por lo tanto como virtud principal restaurar la posibilidad de reajustar tranquilamente los cambios intraeuropeos, posibilidad que al haberse hallado excluida con la moneda única ha precipitado en la desgracia a las economías del sur europeo. 

El proyecto de moneda única partió de la errónea premisa de que el euro iba a operar en sí mismo como factor de convergencia económica y estructural -por algún mecanismo o tal vez mediante un milagro, nunca se estableció- en el que simplemente había que creer. Y lo que se produjo fue exactamente lo inverso, los efectos de la polarización espacial (especialmente sectorial) que acompañaron generalmente al proceso de integración regional, más que «igualarlo» profundizaron la división intrarregional del trabajo. 

De modo que las diferencias de productividad y de costos no dejaron de establecer brechas en las economías de la zona… sin que en ningún momento se pudieran equilibrar mediante ajustes de cambios como sucedía en el pasado. No dejando más que una sola posibilidad de ajuste «real» –mediante la reducción de salarios y el crecimiento del desempleo– delicadamente bautizada como «devaluación interna». 

Sin duda no se deben exagerar los poderes de la devaluación (externa) de la que ninguno de sus partidarios ha dicho nunca que podía resolverlo todo. Pero tampoco minimizarlos. 

El ajuste de cambios es el mínimo grado de libertad indispensable faltando importantes transferencias presupuestarias y movilidad de la fuerza de trabajo, para acomodar las divergencias que genera sin cesar la integración regional y cuya ausencia ha mostrado sus consecuencias bien a las claras en Grecia, Portugal, España, Italia… y podría ser bien pronto en Francia.

 La moneda común no tiene en consecuencia la sola virtud de restaurar esa indispensable posibilidad, sino sobre todo la de restaurar excelentes condiciones de estabilidad. Porque la eliminación de los mercados de cambio intrazona deja el proceso de reajustes a la deliberación política europea.

 Del mismo modo, como las paridades iniciales entre las denominaciones nacionales se fijan a partir de un acuerdo político (del mismo modo que se hicieron cuando se entró en el euro), también deben ser revisadas por mecanismos políticos. Ninguna tempestad especulativa perturba la operación ni la somete a las intensas presiones que suelen generar los fines de semana de urgencia intergubernamentales. (...)

¡A los europeos! 

O bien tomamos el toro por las astas y lo anunciamos francamente dirigiéndonos a todos los pueblos de Europa: 

«Queremos hacer una moneda común europea que devuelva todas sus posibilidades a la política económica. Pero antes de poder rehacerla, va a ser necesario deshacer algunas cosas. La construcción institucional de una moneda común no se hará a espaldas del pueblo, solo podrá tener legitimidad a través de su validación por referéndum, no se hará pues en un oscuro fin de semana, sino a pleno día y tomándonos todo el tiempo que sea necesario. 

Por lo tanto debemos salir del euro y volver a nuestras respectivas monedas nacionales como base de una nueva salida europea. Imaginamos que no todos nos seguirán de inmediato. Pero en un principio podemos vivir muy bien bajo nuestra moneda nacional, y probablemente mejor que los desdichados que seguirán sufriendo muerte y pasión bajo la tutela euro-alemana.

 Podría ser por otra parte que, desde el momento en que los mercados financieros oigan hablar de nuestro proyecto, cuya intención es precisamente poner fin a su reinado sobre la política económica, incendiarán y ensangrentarán la zona y producirán ellos mismos una explosión de regreso forzoso hacia las monedas nacionales. 

De todas maneras, estamos dispuestos a movernos, ya que el movimiento se demuestra andando, convencidos por otra parte de que el espectáculo de dicho movimiento podría generar algunas ideas a quienes lo observen. ¡Cuántos nos encontraremos, lo ignoramos, pero a partir de la idea de que seremos por lo menos uno, estamos convencidos de que a partir de dos ya será algo! Creemos también que será mejor si nos reunimos cuatro o cinco sobre la base de principios auténticamente comunes y progresistas que 17 destruidos por principios regresivos. 

¿Alemania volverá a recomenzar por su parte con su neodeutschemark y algunos aliados que se le parecen? Es muy posible y eso no es ningún drama. ¿Quién puede imaginar por un momento que, incluso no compartiendo la moneda de algunos países europeos, dejaría de negociar con ellos? ¿De invertir en ellos? ¿De hacer circular sus estudiantes, sus investigadores, sus artistas, sus turistas y de recibir a los nuestros? 

Hasta podemos imaginar que si un día termina por liquidar sus mitos y sus miedos nocturnos, si su población termina por estar cansada de la deflación salarial y de las desigualdades de las que tomará pronto dolorosa conciencia deseará unirse a nosotros, y lo haremos con placer. 

En cualquier caso presentamos esta propuesta para hoy y para mañana. Que quien quiera venga y oiga».               (Frédéric Lordon es un économista francés, director de investigación en el CNRS en París. Frédéric Lordon, Le Monde diplomatique, Rebelión, 12/06/2013)

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