"Hace aproximadamente una década, una ola de populismo llegó a Europa.
Conmocionados por la crisis financiera, los votantes coquetearon con
arriesgadas alternativas a los partidos dominantes, lo que amenazó con
agitar la política del continente que se caracterizaba por su
estabilidad. Fue un momento inquietante para los líderes europeos. Pero
los expertos les aseguraron que el riesgo de una toma del poder por la
extrema derecha era exagerado. Creían que la solidez de los sistemas
electorales, los recuerdos no tan lejanos de las dictaduras y el escaso
apoyo de los votantes más ricos limitaban mucho el respaldo hacia los
insurgentes.
Hoy está claro que su confianza era errónea. Los partidos de extrema
derecha han seguido acumulando votos, se han establecido en las
instituciones europeas, han invertido principios clave de la transición
verde y han impuesto políticas fronterizas más duras. Gobiernan en
Hungría e Italia y pronto lo harán en la República Checa; incluso en
Finlandia y Suecia, históricamente socialdemócratas, los líderes
conservadores cuentan con su apoyo. Tienen un animador en el Despacho
Oval y otro en lo alto de la red social X.
Es posible que suceda algo peor. En las principales economías
europeas, los gobiernos centristas están fracasando de manera
estrepitosa. En Francia, el gobierno del presidente Emmanuel Macron está
en caída libre, mientras que Agrupación Nacional de Marine Le Pen
domina las encuestas. En Alemania, el canciller Friedrich Merz parece
incapaz de alejar a los votantes del partido nativista Alternativa para
Alemania, a pesar de que el servicio de inteligencia del país lo ha
calificado como una amenaza extremista. En el Reino Unido, el primer
ministro Keir Starmer se hunde casi tan rápido como crece el partido
antinmigración Reform UK. El escenario está preparado para que arrase la
extrema derecha.
Pero no tiene por qué ser así. En otros lugares de Europa, los
gobiernos pluralistas de la corriente dominante han demostrado que es
posible hacer retroceder a la extrema derecha, no solo denunciando el
peligro populista, sino también convenciendo a los votantes de un
proyecto claro de futuro. La extrema derecha apela a los alienados;
prospera cuando sus oponentes naturales pierden la esperanza y dejan de
acudir a las urnas. Para derrotarla, los gobiernos deben crear consenso
en torno a una democracia más fuerte, más verde y más segura, capaz de
inspirar a sus propios simpatizantes y de recuperar a los
desilusionados.
Afortunadamente, esto sigue siendo posible. Los líderes centristas de
París, Berlín y Londres insisten en que el ascenso de la extrema
derecha no es inevitable. De hecho, a menudo afirman que detenerlo es
una de sus principales misiones. El problema es que están fracasando.
“Haré todo lo posible para que nunca más tengan motivos para votar por los extremos”.
Era mayo de 2017 y Francia acababa de elegir presidente a Macron por
primera vez. Hablando ante el Louvre, les hizo una promesa a los
votantes de Le Pen, insistiendo en que podía responder a sus
inseguridades. En los meses siguientes, a menudo alardeó de su plan para
restar apoyo a Agrupación Nacional. Estaba enfocado en un reinicio
económico, que convertiría a Francia en lo que él llamaba una dinámica
“nación de empresas emergentes”.
Desde el principio, se trataba de una misión desde arriba. Como un presidente “jupiteriano”,
por encima de la política ordinaria, Macron les prometió a los
franceses dolor ahora para obtener beneficios mañana. Muchos podrían
poner reparos a sus políticas, desde los recortes fiscales para los más
ricos hasta el aumento de la edad de jubilación. Puede que incluso se
escandalicen por la mano dura con la que actúa la policía en las
protestas. Pero con el tiempo, parecía creer Macron, recogerían los
frutos económicos y se lo agradecerían.
No lo hicieron. En 2022, los votantes le quitaron la mayoría. Macron
respondió eludiendo al Parlamento para impulsar su cambio en las
pensiones y, en 2024, convocó elecciones parlamentarias anticipadas. En
lugar de darle un mandato, los franceses le reprendieron produciendo una
legislatura paralizada incapaz de un gobierno estable. Francia ha
pasado ya por cinco primeros ministros en dos años. Puede que Macron
llegue cojeando hasta el final de su mandato en 2027, pero Le Pen y
Agrupación Nacional están esperando entre bastidores.
Si Macron es demasiado enérgico desde una posición de debilidad,
Starmer es demasiado cauto desde una posición de fuerza. A pesar de que
su Partido Laborista obtuvo una aplastante mayoría parlamentaria el año
pasado, ha gobernado con una sorprendente timidez. Su mantra para una
astuta administración económica —controlar el gasto hoy y esperar el
crecimiento mañana— no ha inspirado a los votantes y su aura inicial de
prudencia en la gestión se ha evaporado. Los recortes en el gasto para
los pensionistas y los discapacitados resultaron tan impopulares que
tuvieron que abandonarse, lo que dejó al gobierno en el caos.
No ayuda que Starmer haya combinado esta falta de propósito con una
vena represiva. Tras disciplinar duramente a los legisladores laboristas
por sus votos a favor de la asistencia social, reprimió las
manifestaciones propalestinas, y designó extravagantemente a la
organización activista Palestine Action como grupo terrorista. Las
repetidas y multitudinarias protestas contra la prohibición, con
imágenes de abuelas de modales suaves a las que la policía sacaba
cargando, han hecho de la libertad de expresión una herida abierta para
él.
Esto contrasta notablemente con la incapacidad del gobierno para
enfrentarse al desafío planteado por Reform UK y su fervoroso líder, Nigel Farage. Starmer ha oscilado erráticamente entre rumiar
los peligros que la migración representa para la cohesión nacional
—usando un lenguaje del que luego dijo que se arrepentía— y calificar de
racistas las políticas del partido. En todo momento, ha fracasado a la
hora de combatir la narrativa reformista o de tomar la iniciativa
política en otros ámbitos. No es de extrañar que el apoyo a los
laboristas se haya desplomado a solo el 18 por ciento, frente al 30 por
ciento de los reformistas.
En Alemania, Merz —el líder más reciente de los tres— ha sido más
directo. Puede presumir de una gran innovación desde que ganó las
elecciones en febrero: flexibilizar los límites del endeudamiento
público para invertir en el ejército. Es demasiado pronto para juzgar
los resultados, pero hay mucho en juego. Los democristianos de Merz y
sus socios de coalición, los socialdemócratas, han apostado el futuro de
Alemania a la remilitarización, no solo para defenderse de Rusia, sino
también como una estrategia muy necesaria para la reactivación
industrial.
Hasta ahora, la estrategia no muestra signos de desestabilizar a la
ascendente Alternativa para Alemania. Aunque el partido se ha resistido a
la flexibilización de los límites de endeudamiento, también aboga por
una enorme expansión
de la industria militar y el ejército, aunque bajo dirección alemana y
no europea. Lamenta los planes de la UE para la reindustrialización
ecológica, pero está más abierto a la creación de empleo en la industria
armamentística.
Merz insiste en
que un gobierno exitoso contrarrestará el atractivo de Alternativa para
Alemania. Pero el partido va viento en popa: actúa como la principal
oposición y encabeza regularmente las encuestas nacionales. Parte de su
apoyo se debe a su llamamiento a cortar el
apoyo militar alemán a Ucrania. Sin embargo, la capacidad del partido
para captar el programa estrella del canciller, en el que la
militarización es el medio para hacer grande a Alemania de nuevo,
debería hacerlo reflexionar.
Estos gobiernos son diferentes, por supuesto. Pero todos han adoptado
la antipatía de sus oponentes hacia la migración. En Francia, Macron
—que denuncia el “proceso de descivilización” provocado por los recién
llegados— se ha apoyado en los legisladores de Agrupación Nacional para
limitar los derechos sociales de los inmigrantes. En el Reino Unido,
Starmer se ha disculpado por el “daño incalculable” causado por la
migración masiva y ha introducido cambios draconianos en las normas de
asilo. En Alemania, Merz ha aumentado las deportaciones, se ha comprometido a “llevarlas a cabo a gran escala” y ha presentado a los migrantes como un peligro para las mujeres.
Si esto pretende ganarse a los votantes descontentos con la
migración, no ha funcionado. En lugar de premiar a los descoloridos
imitadores de centro, los votantes están volteando a ver, cada vez más, a
la fuente original.
Al parecer, eso no es así en Dinamarca.
En las elecciones europeas de 2014, el nacionalista Partido Popular
Danés obtuvo casi el 27 por ciento de los votos, un avance que auguraba
un gran futuro. Sin embargo, en las elecciones equivalentes de 2024,
solo obtuvo el 6 por ciento. En una década en la que la extrema derecha
creció en toda Europa, retrocedió en Dinamarca. ¿Qué ocurrió?
Para algunos, la respuesta parece clara: el gobierno de
centro-izquierda, dirigido por la primera ministra Mette Frederiksen,
tomó medidas enérgicas contra la migración. Es cierto que ella, en el
cargo desde 2019, ha adoptado un enfoque severo hacia la cuestión.
Tratando a los recién llegados como residentes temporales y no
permanentes que deben integrarse, ha presionado a los sirios para que
abandonen Dinamarca, ha recortado las viviendas sociales en zonas con
grandes poblaciones minoritarias y ha firmado un acuerdo
con Ruanda para procesar a los migrantes en suelo africano. Este
enfoque, dicen sus admiradores, rindió frutos con su reelección en 2022.
Esta narrativa es unidimensional en el mejor de los casos y, en el peor, un mito.
El primer mandato de Frederiksen, que contó con el apoyo de los
izquierdistas y de un partido liberal, destacó no solo por su estricta
actitud hacia la migración, sino también por su ambicioso programa de
reindustrialización verde. Planificó enormes inversiones en energías renovables, fijó objetivos internacionalmente avanzados
de reducción de emisiones y —de manera singular entre los grandes
productores de petróleo— estableció una fecha legalmente vinculante para
detener las perforaciones.
El gobierno insistió en
que la reconversión a los empleos verdes no era el fin de la
prosperidad danesa, sino el medio necesario para alcanzarla, y respaldó
esta afirmación con financiación. El intervencionismo económico, unido a
una historia convincente sobre cómo enfrentarse a un reto que definía
una época, trajo consigo el éxito electoral. Hoy, las mayores preocupaciones de los daneses son el cambio climático y la salud pública, no la migración.
España es mucho más grande, está más dividida internamente y es mucho
menos rica que Dinamarca. Pero, en todo caso, sus lecciones para
mantener a raya a la extrema derecha son más generalizables. Como
presidente del gobierno desde 2018, Pedro Sánchez es el político de
centro-izquierda con más éxito de Europa y uno de los jefes de gobierno
de la Unión Europea que más tiempo lleva en el cargo. Tras casi seis
años en coalición con partidos situados a su izquierda, su Partido
Socialista Obrero Español obtiene alrededor del 30 por ciento de los
votos.
¿Cómo? Tomando partido. Durante la pandemia, el gobierno limitó los precios de la energía, reconoció a los repartidores por aplicación como trabajadores con derechos y restableció ciertas protecciones laborales.
A continuación, aumentó drásticamente el salario mínimo y gravó las
grandes fortunas. Al dar a sus bases razones para seguir con él, el
partido de Sánchez contrarrestó la tendencia a alejarse de los votantes
con menos ingresos y formación. Y lo hizo al tiempo que aplicaba una
política migratoria ampliamente acogedora.
No ha sido un camino de rosas. Sánchez se ha enfrentado a tensiones
dentro de su coalición, a un poder judicial muy politizado y a
conflictos sobre el separatismo catalán. Muchos esperaban que perdiera
las elecciones de 2023 frente a una coalición de derechas que incluía al
partido ultranacionalista Vox. Sin embargo, Sánchez frustró el ascenso
de la coalición aumentando la participación, no solo advirtiendo sobre
la amenaza de la extrema derecha, sino también reuniendo a los votantes
en torno a los logros de su gobierno. Les contó a los españoles una
historia sobre su prosperidad futura y los peligros a los que esta se
enfrenta. Y funcionó.
Tanto la primera ministra como el presidente tienen problemas. Tras
la reelección de Frederiksen, ella se volvió hacia aliados más
centristas y empezó a perder apoyos. Los principales beneficiarios han
sido los partidos de izquierda con los que antes se aliaba, pero también
están surgiendo pequeños grupos antiinmigración. Frederiksen, cuyos
socialdemócratas obtuvieron malos resultados
en las elecciones locales del mes pasado, ya no es la fuerza electoral
que fue. Sin embargo, el entusiasmo de los votantes por otras opciones
progresistas demuestra que el resentimiento nacionalista no es la única
alternativa.
Sánchez también ha tenido problemas. Sin mayoría desde 2023, no ha
podido aprobar un presupuesto. A falta de nuevas medidas
redistributivas, el apoyo popular a sus aliados de izquierda se ha
desmoronado, y los escándalos en su partido han generado furiosas
peticiones de dimisión. Vox ha subido en las encuestas y se ha formado
una extrema derecha más extraña, más joven y más conspiracionista. Lleva
el ominoso nombre de Se Acabó la Fiesta.
Aunque estos líderes estén más asediados que antes, su historial
demuestra el valor de la audacia política. Cambiaron las agendas
nacionales politizando cuestiones de justicia económica y fiscal y
mostrando a los votantes obreros que los partidos mayoritarios están de
su parte. Otros líderes europeos deberían aprender la lección y aún
pueden hacerlo.
En Francia, eso podría implicar un impuesto sobre el patrimonio, lo
que estabilizaría al gobierno y recaudaría unos ingresos muy necesarios.
En el Reino Unido, el gobierno podría elevar el nivel de vida frenando
el aumento de las facturas del gas, gravando a los gigantes de la
energía y reactivando los planes de inversión ecológica. En Alemania, el
gobierno podría relajar los límites a la inversión para renovar las
infraestructuras, desde el ferrocarril a la vivienda, y proporcionar un
tipo diferente de estímulo económico.
Todo esto es políticamente factible: los números están ahí en el
Parlamento, y todos tienen tiempo antes de las próximas elecciones.
Aunque los partidos de extrema derecha se presenten como la voz de la
gente común y corriente, la mayoría de los votantes no han sido ganados
para su causa y anhelan razones para volver a tener esperanza. No les
costaría mucho a estos gobiernos darles alguna.
¿Y si no lo logran? Algunos se conforman con el consuelo de que,
cuando los partidos de extrema derecha alcanzan el poder, pronto se les
acaba el fuelle.
Podrían señalar las recientes elecciones neerlandesas, en las que el
nacionalista Partido por la Libertad de Geert Wilders —la mayor fuerza
del gobierno saliente— perdió terreno frente a los liberales Demócratas
66. La breve e infructuosa etapa del Partido por la Libertad en el
gobierno es una historia tranquilizadora de la incompetencia inveterada
de los populistas. Sin embargo, esta feliz conclusión no refleja del
todo el resultado de las elecciones. Aunque Wilders se hundió, sus
exsimpatizantes se decantaron principalmente por partidos similares y el
voto general de extrema derecha se mantuvo firme. Puede que su marcha
se haya detenido, pero la extrema derecha sigue ganando fuerza.
Para 2030, es muy probable que no estemos hablando de votantes que
coquetean con el populismo, sino de partidos de extrema derecha al
frente de los principales países europeos. Figuras como Farage, Le Pen y
Wilders podrían tener influencia en toda Europa. Si lo hacen, heredarán
Estados con poderes nuevos y peligrosos. El aumento de las fuerzas
armadas continentales, a medida que los países aumentan el gasto militar
y vuelven a movilizar a jóvenes uniformados, es un ejemplo de ello.
También lo son las medidas represivas que han adoptado los gobiernos
para sofocar la disidencia y la protesta, especialmente en cuestiones de
guerra y paz.
Aunque los efímeros gobiernos franceses tienen cierto aire a la
República de Weimar, no se trata de un retorno al fascismo histórico. Es
más probable que los partidos de extrema derecha de hoy convoquen
airados ataques en internet que protestas callejeras masivas. Sus
intereses nacionales suelen diferir, al igual que sus ideas: algunos son
más asistencialistas, otros tecnoliberales o conspiracionistas. Pero a
pesar de sus diferencias, es evidente que pueden llegar a acuerdos con
los conservadores proempresariales de la corriente dominante. Están
preparados para promover un nuevo credo de europeísmo asediado, no
abandonando la Unión Europea, sino transformándola desde dentro.
¿Cómo sería una Unión Europea de extrema derecha? Para empezar, la
agenda del Pacto Verde Europeo desaparecería. En su lugar, la inversión
europea se destinaría probablemente a reconstruir los ejércitos
nacionales, ampliar el aparato de deportaciones masivas y endurecer las
fronteras exteriores de Europa. La privatización progresiva,
especialmente de la atención a la salud, podría combinarse con la
vigilancia policial basada en la inteligencia artificial para
disciplinar a los pobres y a los precarios.
Los refugiados ucranianos, como parte de un giro más amplio contra
Ucrania, serían tratados con recelo, y los musulmanes y otras minorías
serían objeto de repatriaciones forzosas en un cruel programa de la
llamada “remigración”. Si el continente se sumiera en una guerra total
—una amenaza real a medida que se derrumba el orden internacional—, la
detención de “indeseables” y el reclutamiento masivo del resto no
tardarían en llegar.
Incluso un 2030 tan sombrío diferiría en aspectos importantes de la
década de 1930. Todavía no la medianoche del siglo. Pero una Europa
entregada a los ideólogos de extrema derecha y en deuda con el nativismo
de Estados Unidos podría tener sus propios horrores. A menos que los
gobiernos centristas del continente cambien de rumbo, la extrema derecha
puede hacer suya Europa. Después de eso, se acabaron las apuestas."
(David Broder , The New York Times, 06/12/25)