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19.3.25

Desinformación y negacionismo, las otras lecciones de la pandemia... políticos que estaban entonces en el poder como Donald Trump, Boris Johnson, o Jair Bolsonaro defendieron que el Covid-19 era como una gripe más, “por lo que no deben tomarse precauciones especiales”... la pandemia agravó problemas que ya estaban aquí, principalmente tres: el primero, la desconfianza de una parte de la sociedad –por suerte minoritaria– hacia los medios; de ahí surge en todo el mundo una corriente negacionista de la propia pandemia y de las vacunas... y la politización de la pandemia por parte de algunos medios, que fueron mucho más allá de la crítica necesaria y legítima a las administraciones... Aquel inmenso dolor no quedó reflejado como se merecía desde el punto de vista periodístico, porque el periodismo, como la sociedad en su conjunto, se vio desbordado, superado por la magnitud de la crisis a la que nos enfrentábamos... la pandemia nos ha cambiado ¿Fue un trauma colectivo que nos hizo mejores? Aquí cada uno tiene su propia respuesta (Josep Carles Rius)

 "Desde el punto de vista de la comunicación, el impacto de la pandemia del coronavirus fue como el combate entre dos mundos. En palabras del sociólogo Michel Wieviorka, “el de la razón y el del oscurantismo. El primero apela al razonamiento, a la ciencia, al conocimiento, a la argumentación y a la demostración rigurosa. El segundo, a la fe, las convicciones, unas voluntades de carácter místico, la idea de la conspiración o de unas potencias maléficas”.

Este combate no nació con la pandemia, es también el combate por los derechos humanos y valores universales. Wieviorka recuerda que “aunque la razón ha conocido épocas favorables en Europa, con el Renacimiento y, después, con la Ilustración, y aunque hoy en todo el mundo la ciencia y la tecnología son fuerzas cruciales, el desenlace de este combate sigue siendo incierto”.

Estos dos mundos también tuvieron su expresión en el periodismo, entre los medios que optaron por alimentar emocionalmente un clima de incertidumbre, miedo, odio… y los que optaron por informar con responsabilidad ética y rigor. La Organización Mundial de la Salud (OMS) llegó a acuñar el término “infodemia”, es decir, una sobrecarga de información no fiable que se propaga rápidamente entre la población.

Pocos días después de decretarse el confinamiento, el filósofo Daniel Innerarity escribía en Twitter: “Esta crisis no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo. Lo que se acaba (ha terminado hace tiempo y no acabamos de aceptar su muerte) es el mundo de las certezas absolutas, el de los seres invulnerables y el de la autosuficiencia”. Empezaban tiempos de incertidumbre extrema. En un primer momento, la humanidad necesitaba encontrar respuestas, pero sólo halló preguntas. No existían verdades científicas y era el terreno abonado para las noticias falsas, la pseudociencia o las teorías conspiranoicas.

“La información incorrecta trunca vidas”

Cristina Peñamarín, catedrática de Teoría de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, recordaba que “en los momentos de emergencia, la humanidad tuvo que aprender rápidamente qué era información fiable y qué, intoxicación o falsedades, por las consecuencias a las que llevaba cada una”. Era una lección dramática porque políticos que estaban entonces en el poder como Donald Trump, Boris Johnson, o Jair Bolsonaro defendieron que el Covid-19 era como una gripe más, “por lo que no deben tomarse precauciones especiales”, y llegaron a decir que “la mayoría se infectará levemente y así se inmunizará”.

En septiembre de 2020, y ante la proliferación de noticias falsas o imprecisas sobre la pandemia de covid-19, diferentes organismos de la ONU (OMS, Unicef, PNUD, Unesco…) y otras organizaciones humanitarias internacionales, como Cruz Roja y la Media Luna Roja, firmaron una declaración conjunta. Denunciaban una sobreabundancia de información y los intentos deliberados por difundir noticias erróneas para socavar la respuesta de la salud pública y promover otros intereses de determinados grupos o personas. “La información errónea y falsa –decían– puede perjudicar la salud física y mental de las personas, incrementar la estigmatización, amenazar los valiosos logros alcanzados en materia de salud y espolear el incumplimiento de las medidas de salud pública, lo que reduce su eficacia y pone en peligro la capacidad de los países de frenar la pandemia”.

La ONU también alertaba de que “la información incorrecta trunca vidas. Sin la confianza adecuada y la información correcta y pertinente, las pruebas diagnósticas se quedan sin utilizar, las campañas de inmunización (o de promoción de vacunas eficaces) no cumplirán las metas y el virus seguirá expandiéndose”. Además, la información falsa polarizaba el debate público y daba alas al discurso del odio. “Potencia –decían en el comunicado– el riesgo de conflicto, violencia y violaciones de los derechos humanos; y amenaza las perspectivas a largo plazo de impulsar la democracia y la cohesión social”.

Como consecuencia, la Organización de las Naciones Unidas lanzaba un llamamiento “a los medios de comunicación y a las plataformas de las redes sociales, a los investigadores y especialistas en tecnologías que pueden concebir y establecer estrategias y herramientas eficaces para responder a la infodemia, a los líderes de la sociedad civil y a las personalidades influyentes con sus objetivos. Información precisa y prevenir la difusión de información errónea y falsa”.

La “infodemia” nacía de comportamientos irresponsables como los que denunciaba la ONU, pero sobre todo del desconcierto que se apoderó del conjunto de la sociedad y de las administraciones. En medio del vacío, las redes difundieron mentiras, pero también alertas, mientras que el sistema institucional y mediático tardaba en reaccionar. La ciudadanía explicaba en las redes qué ocurría en su entorno, y, entre muchas informaciones distorsionadas y fábulas, emergía la realidad.

La humanidad se enfrentaba a una amenaza global y de consecuencias imprevisibles. Eran tiempos de desconcierto y de angustia por no saber qué pasaba en realidad. Los medios, por serios y responsables que fueran, no podían evitar la desinformación, porque sus fuentes, la comunidad científica y las administraciones, también ofrecían datos contradictorios o que, posteriormente, nunca fueron avalados por la ciencia.

Superados por la magnitud de la emergencia

Poco a poco, las aguas volvieron a su cauce y el periodismo con credibilidad recuperó su papel. En especial, las publicaciones científicas. Por ejemplo, contra las propuestas conspirativas, la revista Nature ofreció todo tipo de datos solventes, en marzo del 2020, para desmentir que el Covid-19 fuera “una construcción de laboratorio o un virus manipulado intencionadamente”.

Pese a los esfuerzos de los medios responsables por construir una información de calidad útil para la ciudadanía, la pandemia agravó problemas que ya estaban aquí, principalmente tres: el primero, la desconfianza de una parte de la sociedad –por suerte minoritaria– hacia los medios; de ahí surge en todo el mundo una corriente negacionista de la propia pandemia y de las vacunas. El segundo, la politización de la pandemia por parte de algunos medios, que fueron mucho más allá de la crítica necesaria y legítima a las administraciones. Y el tercer problema fue la saturación informativa respecto a la emergencia, hecho que dejaba fuera del foco informativo otros muchos aspectos de la realidad que también merecían atención.

La tragedia de aquellos primeros días se tradujo en miles y miles de muertos en las residencias de ancianos, UCI colapsadas, tanatorios llenos de féretros…, y todo ello sin familiares. Aquel inmenso dolor no quedó reflejado como se merecía desde el punto de vista periodístico. Los periodistas no lograron superar las barreras, por el cierre efectivo de los escenarios donde ocurría la tragedia, pero también porque el periodismo, como la sociedad en su conjunto, se vio desbordado, superado por la magnitud de la crisis a la que nos enfrentábamos.

El símbolo de las víctimas en las residencias

Cinco años después de la pandemia hay una cifra que simboliza la lucha por la veracidad: las personas fallecidas en las residencias geriátricas en Madrid. Los datos oficiales, avalados por las familias, las cifran en 7.291, mientras que la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, lo niega. La Comunidad de Madrid estableció un protocolo que vetaba el traslado a los hospitales de las personas contagiadas en las residencias. El argumento era que no se podían colapsar los hospitales, pero en la práctica era una gigantesca criba que condenaba a muerte a los ancianos enfermos con Covid-19. En toda España fallecieron treinta y cinco mil residentes en la primera ola.

El diario Infolibre demostró, con una extensa investigación periodística, que hubieran podido salvarse muchas vidas si no se hubiera vetado el traslado a los hospitales. O, en cualquier caso, se habría aliviado el sufrimiento de las horas finales. Jesús Maraña, director editorial del diario Infolibre, denunciaba en un artículo “la alfombra roja que buena parte de los medios de masas escritos, audiovisuales y digitales han extendido a los pies de Ayuso y a las falsedades de su discurso […]. Así le han permitido mentir con total soltura sobre asuntos tan sensibles como las muertes por Covid de miles de personas en las residencias durante la primera ola de la pandemia”. El jefe de investigación de Infolibre, Manuel Rico, recogió estas investigaciones en el libro ¡Vergüenza! El escándalo de las residencias (Planeta, 2021).

Madrid es la comunidad que registró mayor exceso de mortalidad en el 2020, con un incremento del 41,2% respecto al 2019. La media de España fue del 17,7%. Cataluña, por ejemplo, también quedó por encima, con una subida del 23,5% debido al impacto de la pandemia. Todos los resultados de la gestión de la pandemia de Ayuso fueron catastróficos, los peores del país. Empezando por el abandono que sufrieron las personas en las residencias geriátricas. Sin embargo, Ayuso ganó las elecciones del 2023 por mayoría absoluta.

¿La pandemia nos hizo mejores?

¿Cómo nos cambió la pandemia? La experiencia colectiva de sufrir una pandemia abrió múltiples reflexiones sobre cómo incidiría en nuestra vida. La antropóloga Lucía Muñoz Sueiro pensaba en ese momento que la pandemia “ha desatado emociones que, si las encaminamos adecuadamente, pueden conducirnos a reflexiones fructíferas que generen las condiciones necesarias para una transición sistémica, consciente y planificada. Disfrutemos de más bienestar, más tiempo libre, más cuidados, más introspección, más vínculos sociales. Ojalá plantemos las semillas de un cambio sistémico que nos haga, realmente, florecer como sociedades”.

Uno de los pronósticos que aportó una corriente de esperanza fue la de Jacques Attali, un reputado economista que había sido consejero especial del presidente francés François Mitterrand y fundador del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo. Attali predijo en plena pandemia que “veremos nacer, después de un momento de cuestionamiento muy profundo de la autoridad, una fase de regresión para intentar mantener las estructuras de poder existentes y una fase de cobarde alivio, una nueva forma de legitimación de la autoridad; no estará basada ni en la fe, ni en la fuerza, ni en la razón, tampoco en el dinero, último avatar de la razón. El poder político estará en manos de quienes sepan mostrar el mayor grado de empatía hacia los demás”.

Attali auguraba que, después de la pandemia, “los sectores económicos dominantes serán también los de la empatía: la salud, la hospitalidad, la alimentación, la educación, la ecología”. La predicción de Attali, desgraciadamente, no se ha producido. Quizás todo lo contrario. Pero es un buen ejemplo de una corriente de pensamiento mundial que creyó, de forma tal vez ingenua, que “de la pandemia saldremos mejor como humanidad”.

Cinco años después, la perspectiva del tiempo nos dice que la pandemia nos ha cambiado. Que nos marca la noción del tiempo: hablamos de “antes de la pandemia”; “durante la pandemia o de “después de la pandemia”. Y a su vez intentamos olvidar, como si fuera un paréntesis en nuestra vida, un tabú que preferimos no recordar. Pero el dolor de quienes la sufrieron en primera persona, de quienes perdieron familia, sigue muy presente. También entre los sanitarios que se entregaron de forma heroica a salvar vidas poniendo en peligro las suyas. ¿Fue un trauma colectivo que nos hizo mejores? Aquí cada uno tiene su propia respuesta."              (Josep Carles Rius , La Marea, 15/03/25)

30.10.24

Héroes olvidados... Cómo el mundo vuelve a dejar de cuidar a sus cuidadores... mientras el mundo se enfrentaba a una pandemia única en el siglo, los profesionales sanitarios se situaron en primera línea, arriesgando su salud y a menudo sus vidas para cuidar de los demás. Las escenas están grabadas en nuestra memoria colectiva... En aquellos oscuros días, estos trabajadores fueron aclamados como héroes... Pero hoy, ¿qué ha sido de las promesas hechas a estos trabajadores? Estas promesas incluían mejores condiciones de trabajo, salarios justos, niveles seguros de dotación de personal y el compromiso de eliminar la violencia y el acoso, especialmente el acoso y la violencia de género. Pero a medida que la amenaza inmediata de la pandemia se alejaba, también lo hacía la urgencia de cumplir estos compromisos... Hoy en día, los cuidadores vuelven a ser invisibles... La formalización de todo el trabajo asistencial es esencial para garantizar que estos trabajadores dejen de ser tratados como desechables, sin prestaciones ni seguridad. Deben establecerse niveles seguros de dotación de personal para proteger tanto a los cuidadores como a los pacientes... En Pensilvania, el sindicato SEIU Healthcare consiguió que se establecieran normas obligatorias sobre dotación de personal seguro en los centros de atención a la tercera edad... El heroísmo que presenciamos durante la pandemia no fue un momento fugaz; fue la realidad de cómo es el trabajo asistencial cada día. Nuestra sociedad sigue dependiendo de estos trabajadores para mantener unidas a las comunidades, cuidar de nuestros seres queridos y garantizar que todos podamos vivir con dignidad. Cumplir las promesas hechas en los días más oscuros de la pandemia no es sólo mantener nuestra palabra: es construir los sistemas sanitarios y las comunidades resistentes que necesitamos para el futuro (Christy Hoffman)

 "Hace casi cinco años, mientras el mundo se enfrentaba a una pandemia única en el siglo, los profesionales sanitarios se situaron en primera línea, arriesgando su salud y a menudo sus vidas para cuidar de los demás. Las escenas están grabadas en nuestra memoria colectiva: enfermeras exhaustas que se desploman en los pasillos, trabajadores sanitarios comunitarios que prestan ayuda a los más vulnerables, cuidadores a domicilio que sostienen las manos de pacientes cuyos seres queridos no pueden estar a su lado. En aquellos oscuros días, estos trabajadores fueron aclamados como héroes, aplaudidos desde los balcones, elogiados por los políticos y salpicados en las portadas de los periódicos. Pero hoy, cuando celebramos el Día Internacional de los Cuidados de la ONU, debemos preguntarnos: ¿qué ha sido de las promesas hechas a estos trabajadores?

Durante el apogeo de la pandemia de Covid-19, se reconoció de forma contundente y casi universal que nuestros sistemas sanitarios y asistenciales no funcionaban. Gobiernos de todo el mundo hablaron de la necesidad de «cuidar a los cuidadores», comprometiéndose a abordar los problemas crónicos que desde hacía tiempo aquejaban al sector. Estas promesas incluían mejores condiciones de trabajo, salarios justos, niveles seguros de dotación de personal y el compromiso de eliminar la violencia y el acoso, especialmente el acoso y la violencia de género. Pero a medida que la amenaza inmediata de la pandemia se alejaba, también lo hacía la urgencia de cumplir estos compromisos. Lo que comenzó como un grito de guerra en favor del cambio ha terminado, para muchos trabajadores sanitarios, en desilusión.

 El coste de la inacción

Hoy en día, los cuidadores vuelven a ser invisibles, sus luchas ahogadas por otros titulares. Muchos permanecen en entornos peligrosos con escasez de personal, trabajando largas horas sin apoyo. En Estados Unidos, la mayoría de los cuidadores a domicilio, que ayudan a ancianos y discapacitados a vivir con dignidad, siguen cobrando salarios de miseria, sin prestaciones ni horarios garantizados. En Europa, los auxiliares de enfermería están sobrecargados e infravalorados, y más de la mitad afirman haber considerado la posibilidad de abandonar la profesión debido a las condiciones insostenibles, según una encuesta reciente de UNI. En países como Filipinas, Nepal e India, los trabajadores sanitarios de la comunidad, que prestan servicios esenciales a poblaciones desatendidas, siguen siendo tratados como trabajadores informales, sin las protecciones que conlleva el empleo formal.

El coste de la inacción es devastador tanto para los cuidadores como para quienes los atienden. Cuando ignoramos las necesidades de los cuidadores, socavamos todo el sistema sanitario y de atención a las personas mayores. El agotamiento de los trabajadores conduce a una disminución de la calidad de la atención, y la persistente escasez de personal amenaza la propia sostenibilidad de los servicios esenciales de salud y de atención a las personas mayores. Todas las familias con un ser querido necesitado de cuidados sienten el impacto de esta negligencia. Gobiernos y empleadores deben actuar, no con más aplausos, sino con las reformas significativas que necesitan los cuidadores.

Transformar el sector sanitario

 La formalización de todo el trabajo asistencial es esencial para garantizar que estos trabajadores dejen de ser tratados como desechables, sin prestaciones ni seguridad. Deben establecerse niveles seguros de dotación de personal para proteger tanto a los cuidadores como a los pacientes. La lucha contra el acoso y la violencia de género requiere sistemas reales de aplicación y apoyo. Y lo que es más importante, los cuidadores deben tener derecho a sindicarse y a defender sus derechos sin temor a represalias. Cuando los cuidadores están sindicados, tienen poder para luchar tanto por ellos mismos como por las personas a las que cuidan.

Estamos empezando a ver cómo, a pesar de las dificultades existentes en todo el mundo, los sindicatos de trabajadores asistenciales están logrando verdaderos avances en la transformación del sector. En Pensilvania, el sindicato SEIU Healthcare consiguió que se establecieran normas obligatorias sobre dotación de personal seguro en los centros de atención a la tercera edad, un paso monumental para proteger tanto a los trabajadores como a los residentes. En Chile, el sindicato FENASSAP consiguió la ley de «derecho al descanso», que concede a los cuidadores 14 días de descanso tras soportar la tensión de la pandemia. En Japón, una encuesta del sindicato UA Zensen reveló que el 74,2% de los cuidadores sufrían acoso, lo que llevó al Ministerio de Sanidad japonés a introducir un manual de contramedidas contra el acoso en las residencias de ancianos y a establecer oficinas de consulta en cada prefectura para abordar estos problemas generalizados.

Cuidar de quienes nos cuidan no es una opción, sino un imperativo ético.

 Estos ejemplos muestran la importancia del derecho a formar un sindicato y a negociar colectivamente. Los sindicatos son cruciales para mejorar el trabajo asistencial y garantizar que se cumplan las promesas hechas a los trabajadores asistenciales durante la pandemia.

Necesitamos una llamada de atención mundial. El heroísmo que presenciamos durante la pandemia no fue un momento fugaz; fue la realidad de cómo es el trabajo asistencial cada día. Nuestra sociedad sigue dependiendo de estos trabajadores para mantener unidas a las comunidades, cuidar de nuestros seres queridos y garantizar que todos podamos vivir con dignidad. Cumplir las promesas hechas en los días más oscuros de la pandemia no es sólo mantener nuestra palabra: es construir los sistemas sanitarios y las comunidades resistentes que necesitamos para el futuro. Cuidar de quienes cuidan de nosotros no es una opción; es un imperativo ético.

Es hora de que los gobiernos, los empleadores y la sociedad en general actúen, no con más aplausos, sino con los cambios significativos por los que los cuidadores han estado luchando: empleo formal, niveles seguros de dotación de personal, formación profesional, representación sindical y ausencia de violencia y acoso. Los cuidadores no pueden esperar porque sabemos que nuestras comunidades son tan fuertes como quienes las cuidan.

(Christy Hoffman, IPS, 29/10/24, traducción DEEPL)

8.9.24

Antonio Alcamí, virólogo: "A emerxencia polo mpox vainos chegar, non hai dúbida, e debemos estar preparados"... o feito de que a África non chegasen todas as vacinas precisas para protexer contra o virus mpox aos milleiros de persoas que forman a poboación dos países máis afectados foi o gran problema. "Eu dixen dende o principio que a solución pasaba por vacinar e vacinar alí onde o virus estaba"

 "O mpox, coñecido popularmente como varíola do mono, é actualmente o virus que máis preocupa a científicos e sociedade. Despois de que a Organización Mundial da Saúde (OMS) declarase a emerxencia internacional o pasado 14 de agosto, a preocupación entre a poboación é máxima, pois non queda tan lonxe o recordo da pandemia do coronavirus. A comunidade científica atópase nestes momentos vixiando moi de preto a evolución deste virus que se espalla rapidamente polo continente africano, así como preparando as ferramentas precisas para facerlle fronte da maneira o máis eficaz posible cando chegue a España a un nivel máis preocupante que o actual. "A emerxencia polo mpox vainos chegar, diso non hai dúbida, e debemos estar preparados", asegura Antonio Alcamí, virólogo do CSIC participante no XVII Congreso Nacional de Viroloxía que se está a celebrar esta semana en Santiago, nunha entrevista co Galicia Confidencial. Descubrimos da man deste investigador cales son as claves para entender esta ameaza e poñerlle freo.

O último reporte da Organización Mundial da Saúde (OMS) fala de que só na República Democrática do Congo rexistráronse 7.851 casos e 384 mortes entre o 1 de xaneiro e o 26 de maio deste ano 2024. Estes casos detectáronse en 177 das 519 zonas de saúde nas que se divide o país (no 34 %) e en 22 das 26 provincias que o compoñen (no 85 %). No 2023 informárase dun total de 14.626 casos de mpox no país e de 654 mortes. Ata que punto son fiables estes datos? "A capacidade de diagnóstico en países como este é moi baixa, polo que moi posiblemente a cifra real sexa de tres veces máis casos que non chegaron a ser reportados", apunta o investigador do CSIC, que cre que "as porcentaxes de mortalidade publicadas (do 4,6 % na poboación xeral) poden estar sobreestimadas, xa que se refiren a un total de casos menor dos reais".

Aínda con todo, e por alarmantes que poidan semellar estas cifras, Alcamí cre que "a varíola do mono non será unha pandemia da envergadura da do covid". Sen embargo, amósase convencido de que "nalgún momento vai chegar a España con maior gravidade, vai ser inevitable co movemento tan grande de persoas que hai cada día no mundo e aínda que se estea vixiando moito para que non se dea esa situación". "Vainos chegar, está claro, diso non hai dúbida, e o que debemos é estar preparados para poder cortar rapidamente as cadeas de transmisión, esa será a forma de facerlle fronte", plantexa o científico. "Temos que estar vixiantes, ter vacinas suficientes e efectivas e a todo o persoal médico moi preparado para reaccionar canto antes", alega.

Segundo a última actualización do Ministerio de Sanidade, publicada o pasado 28 de agosto, o número de infeccións en España é de 334 no que vai de ano. Con respecto ao informe anterior, publicado o 19 de agosto, o número de casos subiu nun 20 %, con 67 novos. Por comunidades, é a Comunidade de Madrid a que rexistra máis casos (144), seguida de Andalucía (79) e Cataluña (54). Só catro comunidades aínda non rexistraron casos: Aragón, Asturias, Navarra e A Rioxa. En Galicia hai 6 casos coñecidos. A maior parte dos infectados son homes (o 98,1 %) con idades comprendidas entre os 6 e os 76 anos, cunha mediana de idade de 37 anos. O 63,5 % dos casos tiña entre 30 e 49 anos; e o 48,1 % eran persoas nadas en España. Corenta dos casos rexistrados referiron antecedentes de viaxe nos 21 días previos á data de comezo dos síntomas, aínda que só 9 foron clasificados como casos importados: dous de Marrocos, un de Andorra, un da República Checa, un de Hungría, un de Serbia e un dos Estados Unidos.

O MPOX É NUN 85 % SEMELLANTE A NIVEL XENÉTICO AO VIRUS DA VARÍOLA HUMANA

Unha das cousas máis destacables, como resalta Alcamí, é que o virus da varíola do mono é, a nivel xenético, un 85 % idéntico ao da varíola humana, única enfermidade que se logrou erradicar a nivel mundial, no ano 1980. O que sabemos ata o momento é que a varíola do mono é causada por un virus que chegou a nós dende un reservorio natural da selva africana. Como explica Alcamí, "o primeiro caso rexistrado é a infección no ano 1958 dun macaco nun laboratorio de investigación de Dinamarca, de aí o nome do virus: mpox ou 'monkey pox'". O primeiro caso descrito en humanos foi o dun neno infectado na República Democrática do Congo no ano 1970. Ao investigalo, "viuse que o virus proviña de África, onde se atoparon máis monos infectados, pero realmente os científicos pensan que realmente non son os monos os hóspedes orixinais, senón os roedores". Do mesmo xeito, e aínda que a orixe da varíola humana é descoñecida, pois xurdiu miles de anos atrás e non se conta con información ao respecto, tamén se sospeita que puido ser un virus orixinado polos roedores.

Polo tanto, e tendo en conta que ese primeiro caso detectado en humanos data do ano 1970, "xa fai moitos anos que os científicos tiñamos coñecemento deste virus". O que aconteceu foi que non lograra saltar ao ser humano ata fai ben pouco: no ano 2022. Foi nesa data cando apareceu a variante coñecida como Clado IIb e que, segundo indica Alcamí, "é unha variante máis atenuada que a nova, e que produce lesións na pel máis localizadas e con gran carga viral". No caso da nova variante detectada neste ano 2024, o Clado Ib, pola que a OMS declarou a recente emerxencia internacional, "trátase dunha variante máis semellante á da varíola humana, producindo unha infección moito máis sistémica e máis postular en diferentes partes da pel". En definitiva, conta cunha maior virulencia.

Con todo, os datos sobre esta variante e a súa virulencia aínda deben collerse con pinzas, pois "tradicionalmente falábase de que o Clado I, o máis virulento, causaba en África unha mortalidade da orde do 10 %, mentres que o Clado II rondaba o 1 %", pero "a detección do grao de virulencia tamén dependerá do número de casos diagnosticados: se non diagnosticamos moitos casos perdemos parte da realidade". De feito, no caso do Clado II, segundo apunta o investigador do CSIC, "sabemos que cando chegou a Europa e a América, o novo Clado IIb baixou o grao de mortalidade ao 0,1 %, moito menos que o que tiña en África". Hai que entender que é complicado estudiar e medir sobre o terreo as infeccións dun virus en África, un continente no que a maioría dos países non contan cos recursos sanitarios nin científicos suficientes para poder rexistrar todas as infeccións. O que é innegable e sábese con certeza é que agora mesmo no continente están circulando ambas as variantes do mpox.

"SE O VIRUS SE PODE TRANSMITIR POR AEROSOIS, ALGO QUE DEBEMOS ESTUDAR, HABERÍA QUE TOMAR MÁIS PRECAUCIÓNS"

Despois da súa declaración como emerxencia internacional, non tardou en xerarse un rebumbio de informacións ao redor do virus que rematou por causar certa confusión entre a poboación, especialmente no referido ás vías e á rapidez de transmisión do virus. Alcamí explica que hai unha diferenza na forma de transmisión entre as variantes. "Coa información que temos de infeccións pasadas, semella que o Clado II é menos trasmisible en humanos, de tal xeito que cando salta de animal a persoa, practicamente córtase aí a cadea de transmisión", apunta. Pola contra, "no Clado I, sabemos que cando salta do animal á persoa si se dan máis casos de contaxios, é dicir, ten unha maior capacidade infecciosa". Ata o de agora, as cadeas de transmisión do Clado I tamén se lograran cortar en humanos, pero "na actualidade o problema está en que o virus cambiou e estase transmitindo máis entre os humanos". A variante denominada Clado IIb foi quen puido facelo no 2022, e o Clado Ib estao a facer no 2024.

Entendido isto, tamén é importante coñecer cales son as vías de contaxio deste virus. O investigador do CSIC afirma que "o contacto é a forma principal de transmisión, porque as pústulas conteñen moito virus e resultan moi infecciosas, de tal xeito que unha persoa infectada que toca a outra pode pasarlle o virus, ou deixar o virus depositado tras tocar unha superficie coa zona infectada". Ademais, Alcamí tamén asegura que "sabemos que hai unha gran presenza de virus na saliva da persoa infectada co Clado IIb e, aínda que non sabemos a ciencia certa se ocorre o mesmo co Clado Ib, supoñemos que si". Isto supón unha verdadeira preocupación para os científicos, porque "o virus tamén podería transmitirse en gotículas de gran tamaño que viaxan curtas distancias". 

Nesta liña, dende o CSIC, "gustaríanos poder investigar se os aerosois, que chegan máis lonxe viaxando polo aire que esas grandes gotículas, tamén son unha posible vía de transmisión do Clado Ib do virus, como xa vimos que acontecía no caso do covid". E é que, no caso do Clado IIb, "a vía de transmisión sabemos que realmente foi por contacto, é dicir, precisábase de contacto físico da persoa infectada para derivar en contaxio". "A preocupación agora está en que o Clado Ib é máis transmisible e, aínda que queda moito por estudar del, ao tratarse dunha variante totalmente nova e descoñecida, é posible que conte con máis medios de transmisión, como as gotículas e os aerosois", explica Alcamí, que prevé que, "de ser así, imos ter que intensificar a vixilancia". E é que, dentro do malo, "o contacto era algo relativamente fácil de conter, pero a transmisión dun virus por aire obríganos a tomar máis precaucións, como xa vimos co coronavirus". 

"PRECISAMOS UNHA MOSTRA DA VARIANTE CLADO IB PARA O ESTUDO, ALGO QUE NOS LEVARÁ UNS 2 MESES CONSEGUIR, COMO POUCO"

Para poder estudar esta cuestión, o principal é contar cunha mostra do virus, algo que polo de agora "non temos". "Son mostras moi complicadas e conseguir e, aínda que dende o CSIC temos a capacidade de traballar con estes virus, porque temos laboratorios de alta seguridade nos que xa estudamos o Clado IIb, non vai ser sinxelo nin rápido dispor do Clado Ib para a súa análise", afirma Alcamí, que explica que "habería que illalo moi ben para poder transportalo sen risco a España, en condicións moi seguras, dende un país africano". Así as cousas, o investigador estima que "pódenos levar 2 meses conseguir a mostra, como pouco". Por sorte, tamén asegura que "xa comezamos a colaborar con laboratorios que traballan na República do Congo e na veciña República Democrática do Congo, onde está a orixe do problema, compartindo información con investigadores que están sobre o terreo". 

Co que sabemos a día de hoxe, é posible combater a varíola do mono? Como nos explica Alcamí, "a vacina antiga do virus da varíola humana que se dispensou no seu momento ás persoas que agora contan con máis de 50 anos funciona e protexe tamén contra a varíola do mono, iso é algo que temos claro e, innegablemente, danos unha vantaxe". Por estudos realizados sobre a memoria inmunolóxica "sabemos que segue mantendo unha resposta bastante activa fronte ao virus da varíola que nos protexe tanto con anticorpos como con resposta celular". De feito, os propios científicos están asombrados de que siga tendo unha efectividade tan alta 40 anos despois de ser administrada, nun momento no que "un dos grandes problemas das vacinas está en lograr que a memoria inmunolóxica sexa duradeira, e non como no caso do coronavirus, no que vemos que segue sendo preciso revacinar cada pouco tempo".

"NO 2022 O GRUPO DE RISCO REDUCÍASE AO COLECTIVO HOMOSEXUAL, AGORA XA HAI UN 66 % DE CASOS EN MENORES DE 15 ANOS"

A parte negativa está en que esa vacina foi administrada a unha parte da poboación que a día de hoxe é moi pequena, polo que hai unha gran parte das persoas que non dispoñen desa protección. Entón, cales son os grupos de risco fronte a este virus? Alcamí explica que "no ano 2022 o grupo de risco estaba nun colectivo social relativamente reducido: homes que mantiñan sexo con homes". A día de hoxe o perigo segue estando nese colectivo, pero nesta nova variante "xa hai un 66 % de casos (5.254 dos 7.851 totais) diagnosticados neste 2024 en nenos menores de 15 anos na República Democrática do Congo", con 321 falecementos, polo que "se o virus comeza a infectar a outros grupos poboacionais haberá que ampliar os grupos de risco contemplados".

Sobre os síntomas, a enfermidade pasa por diferentes fases. Dende que unha persoa se infecta do virus ata que este se manifesta e comezan a aparecer os seus primeiros síntomas poden pasar entre unha semana e dúas, dependendo da variante. "Posiblemente entre unha semana e dez días sexan suficientes para comezar a ver as primeiras manifestacións: febre, reaccións... As pústulas si poden tardan algo máis en saír", apunta o investigador. Así as cousas, hai que pensar neste tipo de síntomas en persoas de países nos que a esperanza de vida é menor e a porcentaxe de poboación que esta vacinada contra a varíola humana é practicamente nulo, polo que "o virus tivo máis oportunidades de dar o salto aos humanos".

"EU DIXEN DENDE O PRINCIPIO QUE A SOLUCIÓN PASABA POR VACINAR E VACINAR ALÍ ONDE O VIRUS ESTABA"

Para Antonio Alcamí non hai dúbida de que o feito de que a África non chegasen todas as vacinas precisas para protexer contra o virus mpox aos milleiros de persoas que forman a poboación dos países máis afectados foi o gran problema. "Eu dixen dende o principio que a solución pasaba por vacinar e vacinar alí onde o virus estaba", reivindica o investigador, que asegura non entender "por que non se fixo". Como case todo neste mundo agocha razóns económicas detrás, Alcamí sostén que "se botasen contas os países máis desenvolvidos, seguramente lles compensase ter doado 200 millóns de dosis de vacinas para protexer á poboación deses países do virus, porque terían prevido o aumento da transmisión e evitado que o mpox chegase a eles, algo que xerará un impacto económico moi grande". 

Pero sabendo que a vacina contra a varíola humana tamén protexe contra o mpox, por que non aplicala a persoas que non conten con ela? O investigador do CSIC explica que "as vacinas da varíola tradicionais, as que puxeron aos maiores de 50 anos cando eran nenos, xa non están recomendadas para este virus, porque eran vacinas moi reactoxénicas, que tiñan moitos efectos secundarios adversos e que, aínda que foron estupendas no seu día e grazas a elas se logrou erradicar a enfermidade, agora hai moitas máis esixencias a nivel de seguridade á hora de deseñar vacinas". Quere iso dicir que non hai forma de protexernos? Non, a poboación de risco xa se está vacinando, pero estao a facer cunha nova vacina da varíola, "máis atenuada e moito máis segura, tanto que ata se pode aplicar sen risco a persoas con inmunodeficiencias ou infectados co VIH". Alcamí anticipa que, "aínda que temos doses, creo que haberá que mercar máis"."                     (Ángela Precedo, Galicia Confidencial, 07/09/24)

30.3.22

Una empresa de uvas y alcohol se reconvirtió en farmacéutica tras recibir 7,7 millones de euros de Ayuso

 "Vin Doré 24K,“empresa dedicada a la elaboración, compra y venta de uvas, vinos y alcoholes”, amplió su objeto social a “la realización de cualquier actividad relacionada con los servicios en el ámbito del sector de distribución farmacéutica” el 31 de julio de 2020, cuando la empresa ya había recibido la adjudicación mediante tres contratos por procedimientos sin publicidad por valor de 7.744.000 euros por parte del Gobierno de Isabel Díaz Ayuso en base a la venta de mascarillas y material sanitario.

Las tres adjudicaciones se produjeron en un tiempo récord: 6 días. La primera adjudicación tuvo lugar el 10 de junio de 2020 por valor de 2.643.850 euros. La segunda y la tercera adjudicación están fechadas el 16 de junio de 2020 por valor de 2.783.000 euros y 2.317.150 euros respectivamente.

Apenas un mes después, tal y como desvela en exclusiva ElPlural.com, Vin Doré 24K se reconvirtió en empresa farmacéutica. Esta empresa ha obtenido otras 4 adjudicaciones desde entonces. La última tuvo lugar el pasado mes de diciembre por 4.450.000 euros. En total, la compañía ha facturado 17.544.653,4 euros desde el comienzo de la pandemia.

El PSOE de Madrid, extrañado por la reconversión de esta empresa que presume de la exclusividad de sus productos, ha indicado a ElPlural.com que está fiscalizando los pormenores de estas contrataciones por la vía de emergencia, es decir, sin concurso público ni publicidad. Los liderados por Juan Lobato, de hecho, no descartan llevar a la Fiscalía estas contrataciones.

Una identidad exclusiva

Basta echar un vistazo a la página web de Vin Doré 24K para reconocer la idea de exclusividad que la empresa trata de imprimir a sus productos. De hecho, en la home page de la firma se pueden leer afirmaciones como la "atracción por el concepto de exclusividad": "Sentir que somos mejores o más poderosos por poseer algo no común, limitado para la mayoría. Ese punto chic que proporcionan los productos Premium, dándonos un toque de glamour que nos sube el ego y nos distingue", sostienen.

 Además, los presididos por el empresario Diego Suárez, presumen de importantes conexiones con el mundo del fútbol, el cine, la música o el empresarial o el político. Sin embargo, y pese a que Albert Rivera es el principal rostro de la política al que hacen referencia en su sección “famosos”, la conexión más provechosa para Vin Doré 24K ha sido la administración de Isabel Díaz Ayuso.

ElPlural.com ha tratado de ponerse en contacto con la firma presidida por Diego Suárez para conocer su versión, pero, en el momento de publicación de esta noticia, no ha recibido respuesta.

Contratos adjudicados por procedimientos sin publicidad a Vin Doré 24K, S.L.

- Adquisición centralizada de material quirúrgico, asistencial y de curas para el pabellón 10 de IFEMA
Fecha de adjudicación: 10 junio de 2020.
Importe: 2.643.850 euros.

- Adquisición de material de protección individual para el pabellón 10 de IFEMA
Fecha de adjudicación: 16 junio de 2020.
Importe: 2.783.000 euros.

- Material quirúrgico, asistencial y de curas, para el pabellón 10 de IFEMA.
Fecha de adjudicación: 16 junio de 2020.
Importe: 2.317.150 euros.

- Adquisición centralizada de equipos de protección para todos los centros sanitarios dependientes del Servicio Madrileño de Salud
Fecha de adjudicación: 2 de octubre de 2020.
Importe: 2.500.000.

- Adquisición centralizada de equipos de protección para todos los centros sanitarios dependientes del Servicio Madrileño de Salud
Fecha de adjudicación: 23 de octubre 2020.
Importe: 2.850.000 euros.

- Suministro de mascarillas y solución hidroalcohólica a la empresa obras de Madrid. Gestión de obras e infraestructura.
Fecha de adjudicación: 1 de febrero de 2021.
Importe: 653,4 euros.

- Adquisición centralizada de test de autodiagnóstico rápido antígeno para detección del SARS COV-2.
Fecha de adjudicación: 22 de diciembre 2021.
Importe: 4.450.000 euros."      
              

(JOSÉ MARÍA GARRIDO / JAVIER PARDO, El Plural, Martes, 29 de marzo de 2022)

14.2.22

Nadie pudo visitar a mi abuela antes de morir con COVID-19, pero las discotecas estaban llenas

 "Antes de pasar sola a Urgencias, mi abuela me agarró la mano. Me miró a los ojos. Me dijo: "No me dejes".

Me agaché. Me coloqué a la altura de su silla de ruedas. La abracé y le expliqué despacio que estábamos en el hospital, que iba a tener que entrar sola con los médicos para hacerse unas pruebas. Estaba nerviosa. No nos dejaban acompañarla, aunque fuese dependiente. Su mirada me decía que seguía sin entender lo que pasaba. Y si lo hacía, podría olvidarlo y, al ratito, volvería a preguntarse qué hacía sola en ese hospital. 

 Cuando su cabeza menuda se alejaba por el pasillo de Urgencias del Hospital Universitario de La Paz (Madrid), ya habíamos confirmado en casa que tenía COVID-19. Sus tres vacunas nos daban esperanza, pero no disminuían nuestra preocupación: tenía 89 años y varias patologías previas. El delicado estado de sus pulmones y riñones era lo más alarmante, pero nosotras también pensábamos en el Alzheimer. Su habitual desorientación, que aún no alcanzaba los mayores grados, le impedirían entender su aislamiento. Nos daba miedo imaginarla sola durante días, sin su familia. Sin su persona de referencia. Su sufrimiento al no entender qué pasaba. Nos aterrorizaba que esos fuesen sus últimos días.

Desde hacía tiempo, cuando creía estar sola, llamaba a una de sus hijas, mi madre, o a su cuidadora. Podíamos estar en el salón con ella, viendo la misma televisión, pero se alteraba si no estábamos en su rango de visión. Cada vez temía más la soledad. "Me acuesto, ¿pero tú estás en casa, verdad? ¿Te quedas conmigo?", decía alguna que otra vez antes de dormir la siesta.

En el hospital le repetí que, en cuanto nos dejasen, estaríamos a su lado. "Vale", respondió ella.

Pero solo nos permitieron visitarla cuando ya no estaba. Una semana después, una llamada a la una y media de la madrugada del lunes 3 de enero nos informaba de que mi abuela había fallecido, después de tres días sin recibir información médica alguna a pesar de nuestra insistencia.

Pasó sus últimos siete días sola, aislada, sin poder estar acompañada por un familiar, como tantas miles de personas desde el inicio de la pandemia. Le ocurrió aquello que, durante el confinamiento, le provocaba ataques de ansiedad que somatizaba en síntomas similares al coronavirus. Aquello por lo que pedía cambiar de canal, porque no podía aguantar el miedo y la pena de ver a los "vieyines" (como ella, asturiana, decía) que fallecían solos. 

Lo mismo, pero casi dos años después. Como cuando no sabíamos nada, pero ahora que tenemos muchísima más información y un 80% de la población vacunada. Ahora que podemos tomarnos unas copas en una discoteca, pero no podemos darle la mano a un familiar en sus momentos más difíciles.

Traslado sin permiso

Cuando la llevamos al hospital el día 26 de diciembre, los titulares aún no hablan de saturación hospitalaria, pero los sanitarios de la Sala COVID de La Paz no dan de sí. Me lo transmite una doctora por teléfono poco tiempo después de dejar a mi abuela en Urgencias, para decirme que no esperase, que ya nos llamarían: "No podemos salir a informar a los familiares porque estamos hasta arriba. La sala está al doble de su capacidad, hay camas en los pasillos".

Una vez en planta, más de 24 horas después, pensamos que la información y el contacto con mi abuela mejorarían. En cada llamada preguntamos si podemos verla, insistimos en su demencia, en que es dependiente. "Aún no… si se pone más grave, sí, os llamaríamos", responden. La posibilidad de visitarla parece ligada a malas noticias.

Mi abuela apenas comía ni bebía sin compañía, no podría darle al botón de enfermería si necesitaba algo y mucho menos podía llamarnos por su cuenta para contarnos cómo se encontraba.

El segundo día de ingreso, verla nos da calma. Conseguimos hacer una videollamada con ella gracias a un favor personal de una amiga de la familia, trabajadora del hospital. Aunque está desorientada, nos reconoce y nos sigue la conversación. Está animada. Está preciosa. Es ella. Nos cuenta que le apetece una Coca-Cola, como siempre. Y nos reímos. La médica le promete que le comprará una. "Eres una enchufada", le decimos a mi abuela entre risas y lágrimas. "Hay que tener arte", responde desde la cama del hospital.

Sigue estable. La doctora que nos da el parte diario nos pide la autorización familiar para ser trasladada al Hospital Carlos III –un anexo a La Paz–, a pesar de ya estar instalada en una habitación. No se la damos, no queremos moverla para evitar agravar la desorientación que suele generarle cada cambio. Tras un día en una camilla de una sala abarrotada de urgencias, había llegado muy desorientada y ahora está tranquila. La calma de saber que había una persona conocida en caso de que todo empeorase también nos empuja a rechazarlo.

No ponen pegas pero, a los 15 minutos, vuelven a llamarnos. No hay alternativa, dicen. Será trasladada a pesar de nuestra negativa. Pasa el tiempo, llega la noche y nadie contacta para avisarnos de su llegada al nuevo centro sanitario. Durante casi 24 horas, hasta el siguiente parte médico, no sabemos en qué hospital está.

En esos primeros días de ingreso recibimos una llamada diaria, como habían prometido. Uno de los doctores con los que hablamos nos pide por favor que no contactemos nosotras para pedir información, que lo harían ellos siempre a última hora de cada mañana. Lo entendemos y cumplimos. Todo sigue igual, ella está estable sin signos de gravedad. Aunque cada conversación con un médico siempre incluye una coletilla: tiene 89 años y muchas patologías, su situación es delicada y todo puede cambiar de un día para otro.

 

¿Y no la podemos ver, por esa misma razón? No.

Llega el silencio

Y el día 30 empieza a cambiar. Suena el teléfono, descolgamos nerviosas. Mi abuela ha empeorado. Nos lo cuenta un doctor joven y empático. Está estable, está consciente, responde a las preguntas del médico, pero ahora está grave a nivel clínico. Necesita una prueba importante, pero arriesgada para su delicado estado.

En esos momentos, en esos únicos minutos de contacto con el doctor que sabe cómo está una de las personas que más queremos, en esa única posibilidad diaria de conseguir toda la información posible para transmitir al resto de la familia, los nervios parecen nublar la comprensión. Apuntamos todo lo que nos dice para luego releer y asegurarnos de que nos hemos enterado de todo. Las lágrimas nos fuerzan a mi madre y a mí a intercambiarnos el teléfono para seguir hablando con él. Preguntamos si podemos verla antes de la prueba, por si, como nos han advertido, la perjudica. No.

Nos recuerdo al teléfono con el médico, intentando buscar las preguntas necesarias o darle la información que podría resultar importante. Nos dice que está deshidratada, que no bebe agua, pero el suero tampoco es muy buena opción para ella. Le decimos que ella no bebe agua, nunca quiere, la aborrece desde hace un tiempo. Le pregunto si podemos llevarle alguna Coca-Cola, lo único que desde hace tiempo quiere tomar. Me dice que no.

Preguntamos si come. Responde que apenas. Le explicamos que, para que coma, es necesario acompañarla e insistirle, con paciencia, durante cerca de una hora y media. Unos tiempos difíciles de abordar para el personal sanitario de una planta COVID. Todo sería más fácil con un familiar cerca.

El doctor nos intenta tranquilizar. En caso de que la prueba le hiciese empeorar, no tendría un efecto inmediato. Nos avisarían si su estado fuese más grave y, entonces, como nos habían prometido desde el primer día, podríamos verla. También preguntamos si nos llamarían con los resultados. Su respuesta nos inquieta. "Si fuera por mí, sí… pero depende del médico de guardia, de cómo la tengan…". Nos dice que hará todo lo posible para que nos informen.

La conversación se acaba. Y llega el silencio. Es jueves 30 de diciembre, la víspera del día de Nochevieja, y tenemos por delante un largo fin de semana. Empieza la falta total de información médica.

"La mejor noticia es que no haya noticias"

Día 31. Nos despertamos pegadas al teléfono a la espera de la llamada que nos informe de los resultados. Me asusto y corro cada vez que el móvil de mi madre suena, por si son ellos. Pedimos a quien llama a ese teléfono que, por favor, mejor lo hiciese al fijo, para evitar cualquier contratiempo. Pasan las horas, llega la tarde, y el teléfono no suena.

Empezamos a intentar contactar nosotras, pero tampoco es fácil. Una hora y media después de llamar de un lado a otro, conseguimos hablar con la planta donde mi abuela está ingresada. No pueden atendernos hasta las 21.00 horas. Solo pueden hablar con nosotras las enfermeras. La sanitaria que esa tarde cuida a mi abuela responde amable a mis preguntas, pero, dice, no tiene permiso para dar los resultados de una analítica, solo puede hablarme de los cuidados de enfermería: está estable, consciente, solo necesita un ligero apoyo de oxígeno.

A diferencia del día anterior, cuenta, hoy apenas responde a lo que le dicen. Me pregunta si es su estado "normal". Acaba de conocerla. Yo le digo que no, que no es normal, aunque pensamos que quizá sea la desorientación. Dos días atrás sí lo hacía, pero ningún médico puede hablar con nosotras para explicárnoslo.

Le pedimos que le cuente que hemos llamado. Le pedimos que le diga que la queremos: "Yo le digo todo, pero no creo que responda…".

El sábado 1 de enero volvemos a intentarlo. Preguntamos por un médico. "Es fin de semana. Hasta el lunes no hay información médica", responde un administrativo de la tercera planta del Hospital Carlos III. Insisto en que había una analítica y una prueba importante pendientes. Entonces me responde con esa frase que se repite sin cesar en mi cabeza. Esa frase que ahora atraviesa mi duelo de manera irracional: "La mejor noticia es que no haya noticias".

Atraviesa mi duelo porque me hizo confiar. Me la repetía para tranquilizarme y no plantarme en ese hospital, para intentar calmar a mi familia cuando alguien planteaba intentar "colarse". Confié, confiamos. Y ese fue mi mayor error, o eso nos decimos de manera injusta. Confiamos en que, como nos insistían por teléfono, todo iba bien y por eso no nos habían llamado. Pensamos que había margen para esperar. Hasta el domingo 2 de enero.

El permiso no llega

Otra de las batallas hasta entonces había sido conseguir una videollamada con mi abuela en el Hospital Carlos III. La confusión entre quienes respondían era notable. Durante la primera ola, contaban, había un sistema para ello, pero ahora desconocían si podían hacerlo. Tras varios días de intentos, ese domingo estaría la supervisora, quien nos podría responder. Llamamos a la hora indicada. Noto un cierto tono distante y seco en la administrativa que coge el teléfono. El desdén de su respuesta me empuja a romper a llorar. Mi llanto quizá mueve algo en ella. A los 10 minutos nos llama la jefa de enfermería de la planta. Haría la videollamada con su propio móvil.

El teléfono suena y mi abuela aparece. No está bien. La vemos muy mal, pero nadie nos dice que no está bien. Nadie nos da la información que explique su evidente deterioro. Cuando colgamos con mi abuela, volvemos a intentarlo. Llamamos de forma insistente para saber qué está pasando. No lo conseguimos hasta la tarde. El enfermero dice que no le consta que haya empeorado. Repite lo mismo de los últimos días, la información de la que él dispone: estable, constantes dentro del rango, desorientada, apática. Ahora más "enfadada".

No nos llegan a tranquilizar sus palabras, porque el último médico con el que habíamos hablado nos había explicado que, aunque de apariencia estaba estable, la gravedad era clínica. De ahí la importancia de la información médica. De ahí la importancia de conocer esos análisis.

El enfermero reconoce que, como la había visto solo dos veces, no puede describir si ha empeorado o no. En muchas de las llamadas los sanitarios admiten lo importante que es para ellos que la familia esté cerca, sobre todo en casos como el de mi abuela, por su grado demencia y dependencia. Pero el permiso para verla no llega.

Nosotras sabíamos que, si se encontraba mal, si algo le pasaba, no sabría ni llamar al botón de enfermería. Si no le insistían, no comería. Si no estabas un buen rato con ella, charlando, dándole estímulos, estaría apática, apenas interactuaría con nadie. No era normal que temblase si no tenía fiebre. Aún no entendemos por qué ese día no fuimos al hospital a exigir más respuestas. Respuestas médicas. El miedo es tal que llega a paralizar, anestesia, hace que creas estar exagerando, porque en realidad quieres creer que estás exagerando.

Quieres creer que está bien, que volverá pronto. Empatizas con quien responde a tus llamadas, por todo lo que han tenido que aguantar en los últimos dos años. Ellos la están cuidando, está en sus manos. Nos sentimos atadas a las instrucciones del hospital, vulnerables, con miedo irracional a que cualquier movimiento pudiese provocar que no nos permitiesen verla al menos una última vez si todo iba mal.

Esa noche nos acostamos nerviosas y ansiosas por amanecer al día siguiente. Ese lunes laborable, por fin, nos llamarían para saber si mi abuela seguía de verdad bien, "estable", o había empeorado. Llega un punto en que la incertidumbre y el terror de imaginarla sola en esos momentos tan delicados nos empujan a conformarnos con una llamada en la que nos permitan ir al hospital para acompañarla en el final. Tenemos en la cabeza la imagen horrible de la última videollamada, no aguantamos pensar que lo sufra sola. Queremos que alguien querido le dé la mano.

Apago la luz. Todavía no he logrado dormirme cuando el teléfono suena.

La noticia

Son las 1.33 horas. Corro hacia la habitación de mi madre. Me quedo de pie, parada, mientras ella responde con voz temblorosa. El volumen está alto y logro escuchar las palabras de la doctora al otro lado del teléfono: "Su madre ha fallecido".

Había fallecido sin que su familia hubiese conocido los resultados de una analítica realizada tres días antes que, después supimos, ya apuntaba a la gravedad de su situación. Su cuadro era preocupante desde hacía días, pero nadie nos llamó, nadie nos dio información, nadie nos dio la posibilidad de insistir aún más para verla con el conocimiento de que había empeorado. Nadie nos permitió acompañarla, me da igual que supiesen o no que su muerte iba a llegar tan rápido.

Ahora sí podíamos ir al hospital. Ahora sí podíamos subir a su habitación, recoger sus dos anillos y su reloj, su bolsa con la ropa. Ahora sí podíamos verla, cuando ella ya no podía vernos a nosotras.

Pero ni siquiera ese día nos dejaron un momento de calma con el cuerpo de mi abuela.

Llegamos cuatro familiares al hospital, nos dijeron que solo podía entrar una persona. Empezamos a expresar nuestro dolor, pedimos que, después de que ningún médico nos hubiese llamado en tres días, nos dejasen al menos verla a tres de nosotras. Se negaron en un primer momento. Preguntamos qué había pasado, por qué no nos habían dado información en tanto tiempo. Aún ningún médico nos había explicado qué desencadenó finalmente la muerte de mi abuela. Pedimos explicaciones, sin alterarnos. Intentamos reprimir el llanto sin conseguirlo.

No podemos llorar "en alto"

Durante aquella dura semana, los sanitarios que nos llamaron siempre fueron pacientes, cercanos y, aunque algunos transmitían su agobio ante la carga de trabajo, nunca tuvieron malas palabras. Pero esa noche, la más dolorosa, en el peor momento posible, una doctora salió malhumorada de su despacho.

"¿Qué problema hay aquí?", nos suelta una médica alergóloga de guardia, la responsable de la planta aquella noche. Sus comentarios despectivos dejan perplejas a varias enfermeras y a otra doctora que nos intenta explicar lo ocurrido de manera tranquila. Parte del personal nos llega a pedir disculpas a posteriori, muestran distancia con su actuación. 

Recuerdo sus gestos de complicidad mientras nos explicaban cómo ponernos y quitarnos el EPI antes de entrar en la habitación de mi abuela. Recuerdo la mirada de desprecio de la otra médica, esa cara que nunca olvidaremos, mientras nos decía que éramos "maleducadas" por presentarnos allí cuatro personas, en uno de los peores momentos de nuestra vida.

Todo está borroso, pero alguien nos advierte de que, si queremos entrar, tenemos que estar "tranquilas". No podemos llorar "en alto". El cuerpo de mi abuela reposa aún junto a su compañera de habitación, que duerme a su lado. Nos hacen responsables de una saturación que no permite trasladarla a otro lugar del hospital. 

El sistema nos responsabilizaba como tantas veces lo había hecho durante la pandemia, como tanto lo hemos visto en esta sexta ola marcada por el autocuidado.

A mi hermana se le escapa un suspiro de angustia antes de entrar a la habitación. Le recuerdan que no llore, para no despertar a la compañera de mi abuela. Ella pide disculpas. 

Aún no sabemos por qué teníamos que pedir perdón.

Ver el cuerpo tras una muerte como esta puede ayudar a asimilar lo ocurrido. Algunos lo necesitan, otros prefieren no hacerlo. Siempre es difícil, pero las circunstancias traumáticas del recibimiento que tuvimos me hicieron hasta sentir culpable por estar en esa habitación junto al cuerpo sin vida de mi abuela. Sentía que estaba haciendo algo que no debía hacer.

El ruido y el vacío

La mañana siguiente, mientras nos estamos preparando para ir al tanatorio, suena el teléfono. Nos llaman para darnos los resultados de la prueba y la analítica de mi abuela, esos que tanto pedimos y esperamos.

Es el médico internista de mi abuela, el último con el que habíamos hablado, cuatro días antes. Sabe lo ocurrido y quiere pedirnos perdón. Todos los resultados los tenían desde el 31 de diciembre. Desde hacía tres días. En esos tres días, los médicos de guardia de turno nos deberían haber llamado, reconoce por teléfono. La analítica evidenciaba la gravedad de mi abuela. No entendía por qué nadie llamó. Estarían "saturados".

Sus disculpas parecían sinceras. Dolían. Dolían muchísimo, pero las agradecimos porque sentimos que nos humanizaban, a nosotras y a nuestra abuela, después de días marcados por protocolos rígidos e inhumanos y ausencia de información.

Pasan los días y llega el vacío, pero también el ruido. El profundo dolor de pensar que podíamos haber hecho más para lograr acompañarla. Para darle la mano. Para abrazarla y decirle que no estaba solina, que estábamos ahí. El dolor de estómago al recordar su cara en aquella videollamada, verla así, en la distancia, y no poder estar con ella para intentar calmarla.

¿Y si no hubiésemos obedecido las directrices del hospital? ¿Y si nos hubiésemos plantado allí para exigir hablar con un médico en esos tres días de silencio? ¿Y si hubiésemos transmitido en las llamadas aún más desesperación, como aquel día que lloré y conseguimos la videollamada? ¿Y si hubiese llamado al teléfono personal de esa supervisora tan simpática? Quizá ella se hubiese apiadado de nosotras, ¿cómo no se me ocurrió? ¿Y si no la hubiésemos llevado al hospital? ¿Y si…?

Esas preguntas, muchas sin sentido, se repiten una y otra vez. Un sentimiento de culpabilidad en bucle –habitual en muchos procesos de duelo– parecía aumentar a medida que escribía este texto y conocía más detalles sobre la arbitrariedad que suele reinar en los permisos para visitar a un paciente con COVID-19. Varios sanitarios me han explicado a posteriori que, en el caso de los enfermos dependientes infectados, suelen aceptar las visitas pero, por más que nosotras preguntamos y pedimos –cuando aún no era tarde– nadie nos lo permitió. Otros nos han comentado que, si un familiar va al hospital, el personal puede "apiadarse" y dejarle pasar. 

Cuando ya no sirve de nada, nos llega el caso de aquella amiga que lo consiguió esgrimiendo el informe de un psiquiatra. Mi tía envía un artículo que cuenta que en tal hospital lo tienen protocolizado y permiten ciertas visitas a pacientes COVID con test de antígenos mediante. Mi hermana habla de un actor famoso que estuvo al lado de su familiar positivo durante todo su ingreso. Leemos que una chica consiguió despedirse de su abuela después de poner un tuit que se hizo viral. 

Nadie nos dijo nada entonces, nadie nos explicó las posibilidades, ni había ninguna información pública clara al respecto. El único protocolo accesible era el más inhumano: la restricción de visitas a pacientes positivos en coronavirus. Según la Comunidad de Madrid, en el caso de los pacientes hospitalizados, "el acompañamiento se autoriza a criterio de cada servicio médico responsable". En el Hospital La Paz permiten las visitas a dependientes en función del "criterio del médico y enfermero" responsable. 

La suerte, la humanidad, alfileres

En la práctica, depende muchas veces de "la suerte", admite uno de los sanitarios con los que he hablado para intentar entender lo ocurrido. Y de la humanidad y el cargo de quien encuentres al otro lado del teléfono. Incluso de tener o no contactos en un hospital.

No parece justo dejar toda la carga de estas decisiones en médicos que viven situaciones de saturación y agotamiento, sin garantizar la humanidad a través de unos protocolos de visitas transparentes, sin caer en la rigidez. Tampoco entiendo cómo puede justificarse no informar a la familia de una persona dependiente y aislada por ser "fin de semana". 

Cada uno de los días transcurridos tras el fallecimiento de mi abuela hemos notado en nuestro duelo, cada una a su manera, el impacto de la falta de información médica durante el ingreso, pero, sobre todo, de imaginar su soledad. Me he visto perder un poco la cordura, mientras buscaba al médico de mi abuela en Facebook, en un impulso irracional de entender lo ocurrido. Porque, durante aquella última llamada, esa que llegó tarde y después de una larga noche sin dormir, no logramos entender bien qué pasó en esos tres días hasta derivar en su muerte. Hemos pedido su historia clínica, pero tardaremos 20 días en recibirla.

Me he visto llamando a la planta en la que mi abuela pasó sus últimos días, para hablar con J., uno de los últimos enfermeros que la atendió. Un sanitario atento, que nos escuchaba e intentaba reconfortarnos con sus palabras. El día que falleció, como cada tarde que conseguía contactar con enfermería, le pedimos que hablase con mi abuela. Que le trasladase lo de siempre, que la queríamos. También le pedí que le dijese una frase muy nuestra. Palabras que convertimos en magia, esas que en los días malos del Alzheimer podían hacerle conectar. "¿Ves? Eso nunca se nos olvida", decía entre risillas cada vez que una u otra respondía de forma correcta.

-¿Me quieres?

-Alfileres.

Buscábamos, desde la distancia, enviarle algún estímulo. Intentar decirle que estábamos con ella, aunque no nos viese. Que no la habíamos abandonado. Sabemos que recibió nuestras palabras, pero no hemos llegado a saber si comprendió el mensaje, porque no estábamos allí. Y ese dolor aún es insoportable.

La arbitrariedad de la culpa

En uno de esos días malos, atrapada en el precipicio de los "y si", me pregunto cómo es posible que en esta sexta ola del autocuidado –en el que se nos traslada la responsabilidad de evitar los contagios– también nos hayan empujado a sentirnos culpables de la soledad de mi abuela, de la ausencia de despedidas de la que tanto hablamos en la primera ola y de la que apenas hablamos ahora. También, de un modo u otro, nos han acabado responsabilizando de ello.

Porque sin protocolos transparentes y humanos, todo es arbitrario. Y la arbitrariedad genera culpa, porque siempre quedaba alguna opción de haberlo logrado.

No sé si la ausencia de información durante estos tres días, a pesar de la gravedad de mi abuela, es fruto de la saturación de los recursos sanitarios, de una negligencia ligada al agotamiento o se trata del protocolo habitual por ser "fin de semana". No puedo confirmar al 100% si nos deberían haber permitido al menos una visita para despedirnos, porque por más que pregunto no logro entender cuál es la forma de actuar habitual en estos casos. Qué marca cuándo una paciente está lo suficientemente grave como para poder acompañarla. 

Lo que sí sé es que, mientras pasábamos por todo esto, el informativo mostraba imágenes de largas filas de personas a la espera de celebrar la Nochevieja en distintas discotecas de Madrid. Que nos comimos las uvas con la mente en la soledad e indefensión de mi abuela, mientras veíamos a miles de personas concentradas en la Puerta del Sol. Mientras llorábamos su muerte, mientras repasaba cada uno de los momentos, cada una de las llamadas que pude hacer de más; mientras me atormentaba sobre si debería haberme plantado en ese hospital, el presidente del Gobierno decía que teníamos que "aprender a convivir con el virus" y la ministra Carolina Darias daba una rueda de prensa sobre el camino de España para "gripalizar" la COVID-19.

Cada familia lo vive de una manera. Hoy hay cientos de personas que esperan –desesperadas– noticias en casa sobre un familiar hospitalizado. Mi abuela no podía llamarnos, pero la madre de Manuel Iglesias, sí. El politólogo gallego ha contado cómo Rosario, ingresada en el Hospital Álvaro Cunqueiro (Vigo), les decía por teléfono: "No quiero estar aquí", "me hacen mucho daño al moverme", "quiero que esté alguien aquí conmigo". La mujer, de 68 años, enferma de cáncer, con dos vértebras rotas y positivo en coronavirus, les pedía compañía. No les dejaban. No importaba que hubiesen pasado la enfermedad, fuesen convivientes y tuviesen una PCR negativa. La respuesta: el protocolo. Los días fueron pasando y, poco a poco, dejaron de poder hablar con ella. En la distancia, veían cómo su vida se apagaba. A ellos sí les permitieron una despedida, pero solo tras administrarle morfina. 

"Me hubiese gustado despedirme cuando aún estaba consciente. No pudimos estar con mi madre cuando nos lo pedía por teléfono porque un protocolo inhumano la obligó a estar en una habitación sola", dice su hijo. "Te sientes desprotegido". 

No es solo cuestión de las despedidas de quienes se quedan, también de dignidad. De la dignidad de los enfermos, aunque acaben recuperándose. De la dignidad de quienes se van, de cómo se van, de tratar de calmarles mientras puedan escucharnos. A mi abuela se la encontraron fallecida alrededor de la una de la madrugada. Estuvo consciente, aunque cada vez más desorientada, casi hasta el final. Sé que los sanitarios intentaron cuidarla todo lo posible, pero en esos momentos de miedo y debilidad, no es suficiente. Todos necesitaríamos tener cerca a quienes más queremos.

"¿Por qué seguimos actuando de la misma manera? ¿Por qué hemos avanzado mucho en el manejo médico del coronavirus y no hemos avanzado en esa atención humana de nuestros pacientes? Es como si de repente hubiésemos obviado que eso forma parte de nuestro trabajo", se pregunta una médica de un hospital madrileño que trabajó en primera línea contra la COVID durante la primera ola. "Llega un momento en que lo normalizamos. Parece que en los hospitales nos hemos acostumbrado a que eso es así y no nos planteamos que pueda o deba cambiar. Es una de las cosas que más me va a pesar de todo lo que hemos vivido: lo que hemos dejado de hacer a nivel humano en estos dos años. Me frustra, porque ahora se puede hacer de una forma diferente", lamenta la doctora.

En esta sexta ola, sin apenas restricciones, cada vez menos control y un 80% de la población vacunada, no tiene sentido impedir las visitas a pacientes ingresados. Hay vías para permitirlas de manera controlada, pero no estamos prestando la suficiente atención a quienes, aunque sean menos, siguen hospitalizados, a quienes mueren solos y solas, a quienes, en situación de dependencia o gravedad, pasan semanas en aislamiento, sean o no sean sus últimos días de vida.

En los últimos siete días, 1.760 personas han sido registradas como fallecidas con COVID-19 en España. 12.843 personas están ingresadas, 1.588 en la UCI.

No podemos "gripalizar" el virus mientras continuemos pasando por encima de los pacientes ingresados por COVID-19 (o incluso sin estar infectados) y sus familias. No podemos seguir arrebatando su derecho a la compañía, a una mano, a un último beso en la frente. Y no solo por el dolor de quienes se quedan, sino también por el terror que sienten quienes se van.

Ya no hay excusas para justificar este dolor, esa pesadilla que en la primera ola vimos como inevitable. Si hay que avanzar ahí fuera, tendremos que dar el paso también en el interior de los centros sanitarios. Si no lo hacemos, la pandemia habrá acabado con una parte fundamental de nuestra Sanidad Pública: la humanidad."                       (Gabriela Sánchez, eldiario.es, 11/02/22)