"Antes de pasar sola a Urgencias, mi abuela me agarró la mano. Me miró a los ojos. Me dijo: "No me dejes".
Me agaché. Me coloqué a la altura de su silla de ruedas. La
abracé y le expliqué despacio que estábamos en el hospital, que iba a
tener que entrar sola con los médicos para hacerse unas pruebas. Estaba
nerviosa. No nos dejaban acompañarla, aunque fuese dependiente. Su
mirada me decía que seguía sin entender lo que pasaba. Y si lo hacía,
podría olvidarlo y, al ratito, volvería a preguntarse qué hacía sola en
ese hospital.
Cuando su cabeza menuda se alejaba por el pasillo de Urgencias
del Hospital Universitario de La Paz (Madrid), ya habíamos confirmado en
casa que tenía COVID-19. Sus tres vacunas nos daban esperanza, pero no
disminuían nuestra preocupación: tenía 89 años y varias patologías
previas. El delicado estado de sus pulmones y riñones era lo más
alarmante, pero nosotras también pensábamos en el Alzheimer. Su habitual
desorientación, que aún no alcanzaba los mayores grados, le impedirían
entender su aislamiento. Nos daba miedo imaginarla sola durante días,
sin su familia. Sin su persona de referencia. Su sufrimiento al no
entender qué pasaba. Nos aterrorizaba que esos fuesen sus últimos días.
Desde hacía tiempo, cuando creía estar sola, llamaba a una de
sus hijas, mi madre, o a su cuidadora. Podíamos estar en el salón con
ella, viendo la misma televisión, pero se alteraba si no estábamos en su
rango de visión. Cada vez temía más la soledad. "Me acuesto, ¿pero tú
estás en casa, verdad? ¿Te quedas conmigo?", decía alguna que otra vez
antes de dormir la siesta.
En el hospital le repetí que, en cuanto nos dejasen, estaríamos a su lado. "Vale", respondió ella.
Pero solo nos permitieron visitarla cuando ya no estaba. Una
semana después, una llamada a la una y media de la madrugada del lunes 3
de enero nos informaba de que mi abuela había fallecido, después de
tres días sin recibir información médica alguna a pesar de nuestra
insistencia.
Pasó sus últimos siete días sola, aislada, sin poder estar
acompañada por un familiar, como tantas miles de personas desde el
inicio de la pandemia. Le ocurrió aquello que, durante el confinamiento,
le provocaba ataques de ansiedad que somatizaba en síntomas similares
al coronavirus. Aquello por lo que pedía cambiar de canal, porque no
podía aguantar el miedo y la pena de ver a los "vieyines" (como ella,
asturiana, decía) que fallecían solos.
Lo mismo, pero casi dos años después. Como cuando no sabíamos
nada, pero ahora que tenemos muchísima más información y un 80% de la
población vacunada. Ahora que podemos tomarnos unas copas en una
discoteca, pero no podemos darle la mano a un familiar en sus momentos
más difíciles.
Traslado sin permiso
Cuando la llevamos al hospital el día 26 de diciembre, los
titulares aún no hablan de saturación hospitalaria, pero los sanitarios
de la Sala COVID de La Paz no dan de sí. Me lo transmite una doctora por
teléfono poco tiempo después de dejar a mi abuela en Urgencias, para
decirme que no esperase, que ya nos llamarían: "No podemos salir a
informar a los familiares porque estamos hasta arriba. La sala está al
doble de su capacidad, hay camas en los pasillos".
Una vez en planta, más de 24 horas después, pensamos que la
información y el contacto con mi abuela mejorarían. En cada llamada
preguntamos si podemos verla, insistimos en su demencia, en que es
dependiente. "Aún no… si se pone más grave, sí, os llamaríamos",
responden. La posibilidad de visitarla parece ligada a malas noticias.
Mi abuela apenas comía ni bebía sin compañía, no podría darle al
botón de enfermería si necesitaba algo y mucho menos podía llamarnos
por su cuenta para contarnos cómo se encontraba.
El segundo día de ingreso, verla nos da calma. Conseguimos hacer
una videollamada con ella gracias a un favor personal de una amiga de
la familia, trabajadora del hospital. Aunque está desorientada, nos
reconoce y nos sigue la conversación. Está animada. Está preciosa. Es
ella. Nos cuenta que le apetece una Coca-Cola, como siempre. Y nos
reímos. La médica le promete que le comprará una. "Eres una enchufada",
le decimos a mi abuela entre risas y lágrimas. "Hay que tener arte",
responde desde la cama del hospital.
Sigue estable. La doctora que nos da el parte diario nos pide la
autorización familiar para ser trasladada al Hospital Carlos III –un
anexo a La Paz–, a pesar de ya estar instalada en una habitación. No se
la damos, no queremos moverla para evitar agravar la desorientación que
suele generarle cada cambio. Tras un día en una camilla de una sala
abarrotada de urgencias, había llegado muy desorientada y ahora está
tranquila. La calma de saber que había una persona conocida en caso de
que todo empeorase también nos empuja a rechazarlo.
No ponen pegas pero, a los 15 minutos, vuelven a llamarnos. No
hay alternativa, dicen. Será trasladada a pesar de nuestra negativa.
Pasa el tiempo, llega la noche y nadie contacta para avisarnos de su
llegada al nuevo centro sanitario. Durante casi 24 horas, hasta el
siguiente parte médico, no sabemos en qué hospital está.
En esos primeros días de ingreso recibimos una llamada diaria,
como habían prometido. Uno de los doctores con los que hablamos nos pide
por favor que no contactemos nosotras para pedir información, que lo
harían ellos siempre a última hora de cada mañana. Lo entendemos y
cumplimos. Todo sigue igual, ella está estable sin signos de gravedad.
Aunque cada conversación con un médico siempre incluye una coletilla:
tiene 89 años y muchas patologías, su situación es delicada y todo puede
cambiar de un día para otro.
¿Y no la podemos ver, por esa misma razón? No.
Llega el silencio
Y el día 30 empieza a cambiar. Suena el teléfono, descolgamos
nerviosas. Mi abuela ha empeorado. Nos lo cuenta un doctor joven y
empático. Está estable, está consciente, responde a las preguntas del
médico, pero ahora está grave a nivel clínico. Necesita una prueba
importante, pero arriesgada para su delicado estado.
En esos momentos, en esos únicos minutos de contacto con el
doctor que sabe cómo está una de las personas que más queremos, en esa
única posibilidad diaria de conseguir toda la información posible para
transmitir al resto de la familia, los nervios parecen nublar la
comprensión. Apuntamos todo lo que nos dice para luego releer y
asegurarnos de que nos hemos enterado de todo. Las lágrimas nos fuerzan a
mi madre y a mí a intercambiarnos el teléfono para seguir hablando con
él. Preguntamos si podemos verla antes de la prueba, por si, como nos
han advertido, la perjudica. No.
Nos recuerdo al teléfono con el médico, intentando buscar las
preguntas necesarias o darle la información que podría resultar
importante. Nos dice que está deshidratada, que no bebe agua, pero el
suero tampoco es muy buena opción para ella. Le decimos que ella no bebe
agua, nunca quiere, la aborrece desde hace un tiempo. Le pregunto si
podemos llevarle alguna Coca-Cola, lo único que desde hace tiempo quiere
tomar. Me dice que no.
Preguntamos si come. Responde que apenas. Le explicamos que,
para que coma, es necesario acompañarla e insistirle, con paciencia,
durante cerca de una hora y media. Unos tiempos difíciles de abordar
para el personal sanitario de una planta COVID. Todo sería más fácil con
un familiar cerca.
El doctor nos intenta tranquilizar. En caso de que la prueba le
hiciese empeorar, no tendría un efecto inmediato. Nos avisarían si su
estado fuese más grave y, entonces, como nos habían prometido desde el
primer día, podríamos verla. También preguntamos si nos llamarían con
los resultados. Su respuesta nos inquieta. "Si fuera por mí, sí… pero
depende del médico de guardia, de cómo la tengan…". Nos dice que hará
todo lo posible para que nos informen.
La conversación se acaba. Y llega el silencio. Es jueves 30 de
diciembre, la víspera del día de Nochevieja, y tenemos por delante un
largo fin de semana. Empieza la falta total de información médica.
"La mejor noticia es que no haya noticias"
Día 31. Nos despertamos pegadas al teléfono a la espera de la
llamada que nos informe de los resultados. Me asusto y corro cada vez
que el móvil de mi madre suena, por si son ellos. Pedimos a quien llama a
ese teléfono que, por favor, mejor lo hiciese al fijo, para evitar
cualquier contratiempo. Pasan las horas, llega la tarde, y el teléfono
no suena.
Empezamos a intentar contactar nosotras, pero tampoco es fácil.
Una hora y media después de llamar de un lado a otro, conseguimos hablar
con la planta donde mi abuela está ingresada. No pueden atendernos
hasta las 21.00 horas. Solo pueden hablar con nosotras las enfermeras.
La sanitaria que esa tarde cuida a mi abuela responde amable a mis
preguntas, pero, dice, no tiene permiso para dar los resultados de una
analítica, solo puede hablarme de los cuidados de enfermería: está
estable, consciente, solo necesita un ligero apoyo de oxígeno.
A diferencia del día anterior, cuenta, hoy apenas responde a lo
que le dicen. Me pregunta si es su estado "normal". Acaba de conocerla.
Yo le digo que no, que no es normal, aunque pensamos que quizá sea la
desorientación. Dos días atrás sí lo hacía, pero ningún médico puede
hablar con nosotras para explicárnoslo.
Le pedimos que le cuente que hemos llamado. Le pedimos que le
diga que la queremos: "Yo le digo todo, pero no creo que responda…".
El sábado 1 de enero volvemos a intentarlo. Preguntamos por un
médico. "Es fin de semana. Hasta el lunes no hay información médica",
responde un administrativo de la tercera planta del Hospital Carlos III.
Insisto en que había una analítica y una prueba importante pendientes.
Entonces me responde con esa frase que se repite sin cesar en mi cabeza.
Esa frase que ahora atraviesa mi duelo de manera irracional: "La mejor
noticia es que no haya noticias".
Atraviesa mi duelo porque me hizo confiar. Me la repetía para
tranquilizarme y no plantarme en ese hospital, para intentar calmar a mi
familia cuando alguien planteaba intentar "colarse". Confié, confiamos.
Y ese fue mi mayor error, o eso nos decimos de manera injusta.
Confiamos en que, como nos insistían por teléfono, todo iba bien y por
eso no nos habían llamado. Pensamos que había margen para esperar. Hasta
el domingo 2 de enero.
El permiso no llega
Otra de las batallas hasta entonces había sido conseguir una
videollamada con mi abuela en el Hospital Carlos III. La confusión entre
quienes respondían era notable. Durante la primera ola, contaban, había
un sistema para ello, pero ahora desconocían si podían hacerlo. Tras
varios días de intentos, ese domingo estaría la supervisora, quien nos
podría responder. Llamamos a la hora indicada. Noto un cierto tono
distante y seco en la administrativa que coge el teléfono. El desdén de
su respuesta me empuja a romper a llorar. Mi llanto quizá mueve algo en
ella. A los 10 minutos nos llama la jefa de enfermería de la planta.
Haría la videollamada con su propio móvil.
El teléfono suena y mi abuela aparece. No está bien. La vemos
muy mal, pero nadie nos dice que no está bien. Nadie nos da la
información que explique su evidente deterioro. Cuando colgamos con mi
abuela, volvemos a intentarlo. Llamamos de forma insistente para saber
qué está pasando. No lo conseguimos hasta la tarde. El enfermero dice
que no le consta que haya empeorado. Repite lo mismo de los últimos
días, la información de la que él dispone: estable, constantes dentro
del rango, desorientada, apática. Ahora más "enfadada".
No nos llegan a tranquilizar sus palabras, porque el último
médico con el que habíamos hablado nos había explicado que, aunque de
apariencia estaba estable, la gravedad era clínica. De ahí la
importancia de la información médica. De ahí la importancia de conocer
esos análisis.
El enfermero reconoce que, como la había visto solo dos veces,
no puede describir si ha empeorado o no. En muchas de las llamadas los
sanitarios admiten lo importante que es para ellos que la familia esté
cerca, sobre todo en casos como el de mi abuela, por su grado demencia y
dependencia. Pero el permiso para verla no llega.
Nosotras sabíamos que, si se encontraba mal, si algo le pasaba,
no sabría ni llamar al botón de enfermería. Si no le insistían, no
comería. Si no estabas un buen rato con ella, charlando, dándole
estímulos, estaría apática, apenas interactuaría con nadie. No era
normal que temblase si no tenía fiebre. Aún no entendemos por qué ese
día no fuimos al hospital a exigir más respuestas. Respuestas médicas.
El miedo es tal que llega a paralizar, anestesia, hace que creas estar
exagerando, porque en realidad quieres creer que estás exagerando.
Quieres creer que está bien, que volverá pronto. Empatizas con
quien responde a tus llamadas, por todo lo que han tenido que aguantar
en los últimos dos años. Ellos la están cuidando, está en sus manos. Nos
sentimos atadas a las instrucciones del hospital, vulnerables, con
miedo irracional a que cualquier movimiento pudiese provocar que no nos
permitiesen verla al menos una última vez si todo iba mal.
Esa noche nos acostamos nerviosas y ansiosas por amanecer al día
siguiente. Ese lunes laborable, por fin, nos llamarían para saber si mi
abuela seguía de verdad bien, "estable", o había empeorado. Llega un
punto en que la incertidumbre y el terror de imaginarla sola en esos
momentos tan delicados nos empujan a conformarnos con una llamada en la
que nos permitan ir al hospital para acompañarla en el final. Tenemos en
la cabeza la imagen horrible de la última videollamada, no aguantamos
pensar que lo sufra sola. Queremos que alguien querido le dé la mano.
Apago la luz. Todavía no he logrado dormirme cuando el teléfono suena.
La noticia
Son las 1.33 horas. Corro hacia la habitación de mi madre. Me
quedo de pie, parada, mientras ella responde con voz temblorosa. El
volumen está alto y logro escuchar las palabras de la doctora al otro
lado del teléfono: "Su madre ha fallecido".
Había fallecido sin que su familia hubiese conocido los
resultados de una analítica realizada tres días antes que, después
supimos, ya apuntaba a la gravedad de su situación. Su cuadro era
preocupante desde hacía días, pero nadie nos llamó, nadie nos dio
información, nadie nos dio la posibilidad de insistir aún más para verla
con el conocimiento de que había empeorado. Nadie nos permitió
acompañarla, me da igual que supiesen o no que su muerte iba a llegar
tan rápido.
Ahora sí podíamos ir al hospital. Ahora sí podíamos subir a su
habitación, recoger sus dos anillos y su reloj, su bolsa con la ropa.
Ahora sí podíamos verla, cuando ella ya no podía vernos a nosotras.
Pero ni siquiera ese día nos dejaron un momento de calma con el cuerpo de mi abuela.
Llegamos cuatro familiares al hospital, nos dijeron que solo
podía entrar una persona. Empezamos a expresar nuestro dolor, pedimos
que, después de que ningún médico nos hubiese llamado en tres días, nos
dejasen al menos verla a tres de nosotras. Se negaron en un primer
momento. Preguntamos qué había pasado, por qué no nos habían dado
información en tanto tiempo. Aún ningún médico nos había explicado qué
desencadenó finalmente la muerte de mi abuela. Pedimos explicaciones,
sin alterarnos. Intentamos reprimir el llanto sin conseguirlo.
No podemos llorar "en alto"
Durante aquella dura semana, los sanitarios que nos llamaron
siempre fueron pacientes, cercanos y, aunque algunos transmitían su
agobio ante la carga de trabajo, nunca tuvieron malas palabras. Pero esa
noche, la más dolorosa, en el peor momento posible, una doctora salió
malhumorada de su despacho.
"¿Qué problema hay aquí?", nos suelta una médica alergóloga de
guardia, la responsable de la planta aquella noche. Sus comentarios
despectivos dejan perplejas a varias enfermeras y a otra doctora que nos
intenta explicar lo ocurrido de manera tranquila. Parte del personal
nos llega a pedir disculpas a posteriori, muestran distancia con su actuación.
Recuerdo sus gestos de complicidad mientras nos explicaban cómo
ponernos y quitarnos el EPI antes de entrar en la habitación de mi
abuela. Recuerdo la mirada de desprecio de la otra médica, esa cara que
nunca olvidaremos, mientras nos decía que éramos "maleducadas" por
presentarnos allí cuatro personas, en uno de los peores momentos de
nuestra vida.
Todo está borroso, pero alguien nos advierte de que, si queremos
entrar, tenemos que estar "tranquilas". No podemos llorar "en alto". El
cuerpo de mi abuela reposa aún junto a su compañera de habitación, que
duerme a su lado. Nos hacen responsables de una saturación que no
permite trasladarla a otro lugar del hospital.
El sistema nos responsabilizaba como tantas veces lo había hecho
durante la pandemia, como tanto lo hemos visto en esta sexta ola
marcada por el autocuidado.
A mi hermana se le escapa un suspiro de angustia antes de entrar
a la habitación. Le recuerdan que no llore, para no despertar a la
compañera de mi abuela. Ella pide disculpas.
Aún no sabemos por qué teníamos que pedir perdón.
Ver el cuerpo tras una muerte como esta puede ayudar a asimilar
lo ocurrido. Algunos lo necesitan, otros prefieren no hacerlo. Siempre
es difícil, pero las circunstancias traumáticas del recibimiento que
tuvimos me hicieron hasta sentir culpable por estar en esa habitación
junto al cuerpo sin vida de mi abuela. Sentía que estaba haciendo algo
que no debía hacer.
El ruido y el vacío
La mañana siguiente, mientras nos estamos preparando para ir al
tanatorio, suena el teléfono. Nos llaman para darnos los resultados de
la prueba y la analítica de mi abuela, esos que tanto pedimos y
esperamos.
Es el médico internista de mi abuela, el último con el que
habíamos hablado, cuatro días antes. Sabe lo ocurrido y quiere pedirnos
perdón. Todos los resultados los tenían desde el 31 de diciembre. Desde
hacía tres días. En esos tres días, los médicos de guardia de turno nos
deberían haber llamado, reconoce por teléfono. La analítica evidenciaba
la gravedad de mi abuela. No entendía por qué nadie llamó. Estarían
"saturados".
Sus disculpas parecían sinceras. Dolían. Dolían muchísimo, pero
las agradecimos porque sentimos que nos humanizaban, a nosotras y a
nuestra abuela, después de días marcados por protocolos rígidos e
inhumanos y ausencia de información.
Pasan los días y llega el vacío, pero también el ruido. El
profundo dolor de pensar que podíamos haber hecho más para lograr
acompañarla. Para darle la mano. Para abrazarla y decirle que no estaba
solina, que estábamos ahí. El dolor de estómago al recordar su cara en
aquella videollamada, verla así, en la distancia, y no poder estar con
ella para intentar calmarla.
¿Y si no hubiésemos obedecido las directrices del hospital? ¿Y
si nos hubiésemos plantado allí para exigir hablar con un médico en esos
tres días de silencio? ¿Y si hubiésemos transmitido en las llamadas aún
más desesperación, como aquel día que lloré y conseguimos la
videollamada? ¿Y si hubiese llamado al teléfono personal de esa
supervisora tan simpática? Quizá ella se hubiese apiadado de nosotras,
¿cómo no se me ocurrió? ¿Y si no la hubiésemos llevado al hospital? ¿Y
si…?
Esas preguntas, muchas sin sentido, se repiten una y otra vez.
Un sentimiento de culpabilidad en bucle –habitual en muchos procesos de
duelo– parecía aumentar a medida que escribía este texto y conocía más
detalles sobre la arbitrariedad que suele reinar en los permisos para
visitar a un paciente con COVID-19. Varios sanitarios me han explicado a
posteriori que, en el caso de los enfermos dependientes infectados,
suelen aceptar las visitas pero, por más que nosotras preguntamos y
pedimos –cuando aún no era tarde– nadie nos lo permitió. Otros nos han
comentado que, si un familiar va al hospital, el personal puede
"apiadarse" y dejarle pasar.
Cuando ya no sirve de nada, nos llega el caso de aquella amiga
que lo consiguió esgrimiendo el informe de un psiquiatra. Mi tía envía
un artículo que cuenta que en tal hospital lo tienen protocolizado y
permiten ciertas visitas a pacientes COVID con test de antígenos
mediante. Mi hermana habla de un actor famoso que estuvo al lado de su
familiar positivo durante todo su ingreso. Leemos que una chica
consiguió despedirse de su abuela después de poner un tuit que se hizo
viral.
Nadie nos dijo nada entonces, nadie nos explicó las
posibilidades, ni había ninguna información pública clara al respecto.
El único protocolo accesible era el más inhumano: la restricción de
visitas a pacientes positivos en coronavirus. Según la Comunidad de
Madrid, en el caso de los pacientes hospitalizados, "el acompañamiento
se autoriza a criterio de cada servicio médico responsable". En el Hospital La Paz permiten las visitas a dependientes en función del "criterio del médico y enfermero" responsable.
La suerte, la humanidad, alfileres
En la práctica, depende muchas veces de "la suerte", admite uno
de los sanitarios con los que he hablado para intentar entender lo
ocurrido. Y de la humanidad y el cargo de quien encuentres al otro lado
del teléfono. Incluso de tener o no contactos en un hospital.
No parece justo dejar toda la carga de estas decisiones en
médicos que viven situaciones de saturación y agotamiento, sin
garantizar la humanidad a través de unos protocolos de visitas
transparentes, sin caer en la rigidez. Tampoco entiendo cómo puede
justificarse no informar a la familia de una persona dependiente y
aislada por ser "fin de semana".
Cada uno de los días transcurridos tras el fallecimiento de mi
abuela hemos notado en nuestro duelo, cada una a su manera, el impacto
de la falta de información médica durante el ingreso, pero, sobre todo,
de imaginar su soledad. Me he visto perder un poco la cordura, mientras
buscaba al médico de mi abuela en Facebook, en un impulso irracional de
entender lo ocurrido. Porque, durante aquella última llamada, esa que
llegó tarde y después de una larga noche sin dormir, no logramos
entender bien qué pasó en esos tres días hasta derivar en su muerte.
Hemos pedido su historia clínica, pero tardaremos 20 días en recibirla.
Me he visto llamando a la planta en la que mi abuela pasó sus
últimos días, para hablar con J., uno de los últimos enfermeros que la
atendió. Un sanitario atento, que nos escuchaba e intentaba
reconfortarnos con sus palabras. El día que falleció, como cada tarde
que conseguía contactar con enfermería, le pedimos que hablase con mi
abuela. Que le trasladase lo de siempre, que la queríamos. También le
pedí que le dijese una frase muy nuestra. Palabras que convertimos en
magia, esas que en los días malos del Alzheimer podían hacerle conectar.
"¿Ves? Eso nunca se nos olvida", decía entre risillas cada vez que una u
otra respondía de forma correcta.
-¿Me quieres?
-Alfileres.
Buscábamos, desde la distancia, enviarle algún estímulo.
Intentar decirle que estábamos con ella, aunque no nos viese. Que no la
habíamos abandonado. Sabemos que recibió nuestras palabras, pero no
hemos llegado a saber si comprendió el mensaje, porque no estábamos
allí. Y ese dolor aún es insoportable.
La arbitrariedad de la culpa
En uno de esos días malos, atrapada en el precipicio de los "y
si", me pregunto cómo es posible que en esta sexta ola del autocuidado
–en el que se nos traslada la responsabilidad de evitar los contagios–
también nos hayan empujado a sentirnos culpables de la soledad de mi
abuela, de la ausencia de despedidas de la que tanto hablamos en la
primera ola y de la que apenas hablamos ahora. También, de un modo u
otro, nos han acabado responsabilizando de ello.
Porque sin protocolos transparentes y humanos, todo es
arbitrario. Y la arbitrariedad genera culpa, porque siempre quedaba
alguna opción de haberlo logrado.
No sé si la ausencia de información durante estos tres días, a
pesar de la gravedad de mi abuela, es fruto de la saturación de los
recursos sanitarios, de una negligencia ligada al agotamiento o se trata
del protocolo habitual por ser "fin de semana". No puedo confirmar al
100% si nos deberían haber permitido al menos una visita para
despedirnos, porque por más que pregunto no logro entender cuál es la
forma de actuar habitual en estos casos. Qué marca cuándo una paciente
está lo suficientemente grave como para poder acompañarla.
Lo que sí sé es que, mientras pasábamos por todo esto, el
informativo mostraba imágenes de largas filas de personas a la espera de
celebrar la Nochevieja
en distintas discotecas de Madrid. Que nos comimos las uvas con la
mente en la soledad e indefensión de mi abuela, mientras veíamos a miles
de personas concentradas en la Puerta del Sol.
Mientras llorábamos su muerte, mientras repasaba cada uno de los
momentos, cada una de las llamadas que pude hacer de más; mientras me
atormentaba sobre si debería haberme plantado en ese hospital, el
presidente del Gobierno decía que teníamos que "aprender a convivir con el virus" y la ministra Carolina Darias daba una rueda de prensa sobre el camino de España para "gripalizar" la COVID-19.
Cada familia lo vive de una manera. Hoy hay cientos de personas
que esperan –desesperadas– noticias en casa sobre un familiar
hospitalizado. Mi abuela no podía llamarnos, pero la madre de Manuel Iglesias, sí.
El politólogo gallego ha contado cómo Rosario, ingresada en el Hospital
Álvaro Cunqueiro (Vigo), les decía por teléfono: "No quiero estar
aquí", "me hacen mucho daño al moverme", "quiero que esté alguien aquí
conmigo". La mujer, de 68 años, enferma de cáncer, con dos vértebras
rotas y positivo en coronavirus, les pedía compañía. No les dejaban. No
importaba que hubiesen pasado la enfermedad, fuesen convivientes y
tuviesen una PCR negativa. La respuesta: el protocolo. Los días fueron
pasando y, poco a poco, dejaron de poder hablar con ella. En la
distancia, veían cómo su vida se apagaba. A ellos sí les permitieron una
despedida, pero solo tras administrarle morfina.
"Me hubiese gustado despedirme cuando aún estaba consciente. No
pudimos estar con mi madre cuando nos lo pedía por teléfono porque un
protocolo inhumano la obligó a estar en una habitación sola", dice su
hijo. "Te sientes desprotegido".
No es solo cuestión de las despedidas de quienes se quedan,
también de dignidad. De la dignidad de los enfermos, aunque acaben
recuperándose. De la dignidad de quienes se van, de cómo se van, de
tratar de calmarles mientras puedan escucharnos. A mi abuela se la
encontraron fallecida alrededor de la una de la madrugada. Estuvo
consciente, aunque cada vez más desorientada, casi hasta el final. Sé
que los sanitarios intentaron cuidarla todo lo posible, pero en esos
momentos de miedo y debilidad, no es suficiente. Todos necesitaríamos
tener cerca a quienes más queremos.
"¿Por qué seguimos actuando de la misma manera? ¿Por qué hemos
avanzado mucho en el manejo médico del coronavirus y no hemos avanzado
en esa atención humana de nuestros pacientes? Es como si de repente
hubiésemos obviado que eso forma parte de nuestro trabajo", se pregunta
una médica de un hospital madrileño que trabajó en primera línea contra
la COVID durante la primera ola. "Llega un momento en que lo
normalizamos. Parece que en los hospitales nos hemos acostumbrado a que
eso es así y no nos planteamos que pueda o deba cambiar. Es una de las
cosas que más me va a pesar de todo lo que hemos vivido: lo que hemos
dejado de hacer a nivel humano en estos dos años. Me frustra, porque
ahora se puede hacer de una forma diferente", lamenta la doctora.
En esta sexta ola, sin apenas restricciones, cada vez menos
control y un 80% de la población vacunada, no tiene sentido impedir las
visitas a pacientes ingresados. Hay vías para permitirlas de manera
controlada, pero no estamos prestando la suficiente atención a quienes,
aunque sean menos, siguen hospitalizados, a quienes mueren solos y
solas, a quienes, en situación de dependencia o gravedad, pasan semanas
en aislamiento, sean o no sean sus últimos días de vida.
En los últimos siete días, 1.760 personas han sido registradas
como fallecidas con COVID-19 en España. 12.843 personas están
ingresadas, 1.588 en la UCI.
No podemos "gripalizar" el virus mientras continuemos pasando
por encima de los pacientes ingresados por COVID-19 (o incluso sin estar
infectados) y sus familias. No podemos seguir arrebatando su derecho a
la compañía, a una mano, a un último beso en la frente. Y no solo por el
dolor de quienes se quedan, sino también por el terror que sienten
quienes se van.
Ya no hay excusas para justificar este dolor, esa pesadilla que
en la primera ola vimos como inevitable. Si hay que avanzar ahí fuera,
tendremos que dar el paso también en el interior de los centros
sanitarios. Si no lo hacemos, la pandemia habrá acabado con una parte
fundamental de nuestra Sanidad Pública: la humanidad." (Gabriela Sánchez, eldiario.es, 11/02/22)