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8.5.25

Si Gaza es un precedente de lo que nos espera, un genocidio retransmitido en directo ante la indiferencia general, con la conculcación total de las, escasas, leyes para evitar lo peor de la guerra, la extinción humana no me parece tan mala idea. Somos una especie fracasada... Lo que está sucediendo en Gaza no se quedará confinado a Gaza... los expertos jurídicos del ejército estadounidense están analizando la operación militar israelí en la Franja, considerándola una especie de «ensayo general» para un posible conflicto con una potencia como China... concluyeron que la presencia de Hamás convertía esos lugares en «objetivos militares». Por lo tanto, los civiles muertos en la operación no habrían sido objetivos intencionados, sino «muertes accidentales»... «Gaza no solo parece un ensayo general del tipo de combate al que podrían enfrentarse los soldados estadounidenses. También es un banco de pruebas para la tolerancia del público estadounidense ante los niveles de muerte y destrucción que conllevan este tipo de conflictos armados»... presenta la Franja como una especie de «laboratorio» para poner a prueba las reacciones de la opinión pública occidental ante lo que, de hecho, es una operación de exterminio. ¿Un exterminio «accidental»? He aquí, pues, otra razón por la que la catástrofe de Gaza, lejos de ser una crisis circunscrita a una zona lejana de conflictos endémicos que no nos conciernen (como nuestros medios de comunicación quieren hacernos creer), representa, por el contrario, un síntoma tan trágico como peligroso de la crisis de civilización en la que se está hundiendo Occidente (Roberto Iannuzzi)

 "He escrito en varias ocasiones en artículos anteriores que el alcance de la tragedia de Gaza va mucho más allá de las estrechas fronteras de esta maltrecha franja de tierra en la costa del Mediterráneo:

Lo que está sucediendo en Gaza no se quedará confinado a Gaza, se podría decir, porque es síntoma de un malestar más general que está erosionando la civilización occidental.

Ya había escrito en el pasado que:

'Bajo los escombros de Gaza corren el riesgo de quedar sepultados también el orden internacional que la ONU ha representado desde 1945 y el papel de garantía de la legalidad internacional del que siempre se han jactado los Estados Unidos.'

Ahora, una investigación de la revista estadounidense The New Yorker titulada «What’s Legally Allowed in War» (Lo que está legalmente permitido en la guerra), que ha pasado prácticamente desapercibida, ayuda a aclarar mejor la peligrosidad del «precedente» que representa el exterminio que se está llevando a cabo en Gaza.

El reportaje firmado por Colin Jones relata cómo los expertos jurídicos del ejército estadounidense están analizando la operación militar israelí en la Franja, considerándola una especie de «ensayo general» para un posible conflicto con una potencia como China.

El artículo comienza describiendo dos visitas realizadas a la Franja por Geoffrey Corn, profesor de Derecho en la Universidad Tecnológica de Texas y exasesor principal de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos sobre leyes de guerra, también conocidas como Derecho Internacional Humanitario (DIH) o Derecho Internacional de los Conflictos Armados (DICA).

Para explicar el nivel de destrucción que se presentó en Gaza, Corn lo comparó con el de Berlín al final de la Segunda Guerra Mundial. No fue ni el primero ni el único en proponer una comparación similar.

Ya en diciembre de 2023, apenas dos meses después del inicio del conflicto, expertos militares consultados por el Financial Times habían comparado la destrucción del norte de Gaza con la de ciudades alemanas como Dresde, Hamburgo y Colonia tras los bombardeos aliados.

La Segunda Guerra Mundial fue el primer conflicto armado en el que la evolución de la aviación militar hizo posible el bombardeo a gran escala de civiles. Las masacres de la población indefensa se utilizaron deliberadamente para inducir al enemigo a rendirse (a menudo sin éxito).

Jones recuerda que no fue hasta 1977 cuando los Protocolos Adicionales de los Convenios de Ginebra prohibieron explícitamente las acciones militares destinadas a atacar intencionadamente a civiles. Pero la operación israelí en Gaza ha puesto de manifiesta la ineficacia de este régimen jurídico.

Sin embargo, esta no es la conclusión a la que han llegado los expertos militares estadounidenses.

En Rafah, en la frontera entre el enclave palestino y Egipto, oficiales de las fuerzas armadas israelíes mostraron a Corn vídeos que, según ellos, demostraban la presencia de hombres de Hamás en la zona antes del inicio de la ofensiva israelí.

En su investigación, Corn, a pesar de la comparación con el Berlín de la Segunda Guerra Mundial, concluyó que la presencia de Hamás convertía esos lugares en «objetivos militares». Por lo tanto, los civiles muertos en la operación no habrían sido objetivos intencionados, sino «muertes accidentales».

¿Un exterminio «accidental»?

Actualmente, el balance oficial (probablemente subestimado ) en la Franja supera las 52 000 víctimas, mientras que hay más de 420 000 desplazados, sobre una población total de aproximadamente 2,3 millones de personas al inicio del conflicto.

En su acción militar, Israel ha bombardeado indiscriminadamente viviendas, escuelas, hospitales , lugares de culto, fábricas, universidades , bibliotecas y centros culturales . Las excavadoras israelíes han arrasado y devastado tierras agrícolas, invernaderos, huertos y cementerios . Las fuerzas armadas de Tel Aviv han destruido depósitos, conductos de agua, pozos y han dejado fuera de servicio las instalaciones de desalinización.

Como escribí en un artículo anterior, en 2024, se acumularon informes, redactados por la ONU y por organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Médicos Sin Fronteras (MSF), según los cuales lo que Israel está llevando a cabo en la Franja debe calificarse de «genocidio».

Estos se suman al veredicto provisional de la Corte Internacional de Justicia, que data del pasado mes de enero, que calificaba de «plausible» la acusación de genocidio presentada por Sudáfrica contra Israel. Desde entonces, las condiciones en Gaza han empeorado de forma aterradora.

Académicos judíos, expertos en el Holocausto, como Omer Bartov y Raz Segal, han hablado abiertamente de «genocidio» en relación con el exterminio que se está llevando a cabo en Gaza.

Sin embargo, como ya se ha mencionado, no solo Corn, sino también otros expertos militares del ejército estadounidense han llegado a conclusiones totalmente diferentes, como precisa Jones en su investigación.

En un informe elaborado para el Instituto Judío para la Seguridad Nacional de América (JINSA), Corn y un grupo de generales retirados concluyeron que la aplicación por parte de las fuerzas armadas israelíes de «medidas de mitigación del riesgo para la población civil» refleja «un compromiso de buena fe» para respetar las leyes de la guerra. Hamás, por el contrario, las habría violado de manera generalizada e intencionada.

Entrevistado por Jones, Corn afirmó que, a pesar del impresionante nivel de destrucción en Gaza, que le había impactado personalmente, las acusaciones contra Israel eran precipitadas.

«Lo que puedo decir es que los sistemas y procesos implementados por las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel] son muy similares a los que nosotros adoptaríamos en un teatro de guerra similar», declaró Corn.

Sus valoraciones y las de los generales que redactaron el informe de la JINSA no son una excepción.

Como escribe Jones en su reportaje, la idea «de que la conducta de Israel en Gaza está en consonancia con la interpretación que el ejército estadounidense da de sus obligaciones jurídicas [en un contexto de guerra] es consensuada entre los juristas militares estadounidenses y sus asociados en el mundo académico en los últimos años».

Prepararse para una guerra con China

Para confirmarlo, Jones cita un estudio muy reciente de Naz Modirzadeh, profesora de la Facultad de Derecho de Harvard y fundadora del programa de derecho internacional y conflictos armados de esa universidad.

Modirzadeh escribe que el Gobierno de Estados Unidos ha sido evasivo a la hora de juzgar si Israel ha violado las leyes de la guerra. Esto no se debe a la hipocresía o al cálculo geopolítico, sino más bien a «una transformación más profunda dentro del ejército estadounidense y su aparato jurídico».

En los últimos años, el Departamento de Defensa se ha centrado cada vez más en cómo Estados Unidos podría librar un conflicto a gran escala contra un adversario capaz de rivalizar con el ejército estadounidense en tecnología y fuerza militar.

En un escenario de este tipo, denominado en la jerga técnica «operación de combate a gran escala» (LSCO), se produciría un enfrentamiento militar muy violento en Múltiples ámbitos (aéreo, terrestre, marítimo), la superioridad aérea no estaría garantizada, las pérdidas se contarían por cientos de miles y ciudades enteras quedarían arrasadas.

«En la práctica», afirma Modirzadeh, el ejército estadounidense ha comenzado a «prepararse para una guerra total con China». Teniendo en mente una conflagración de tal magnitud, los expertos jurídicos del ejército están reinterpretando las leyes de la guerra.

«Desde este punto de vista», escribe Jones, «Gaza no solo parece un ensayo general del tipo de combate al que podrían enfrentarse los soldados estadounidenses. También es un banco de pruebas para la tolerancia del público estadounidense ante los niveles de muerte y destrucción que conllevan este tipo de conflictos armados».

Una afirmación doblemente inquietante, en primer lugar porque la de Gaza no es una guerra contra un ejército regular de igual nivel, sino contra una formación guerrillera y una población indefensa.

Y en segundo lugar, porque presenta la Franja como una especie de «laboratorio» para poner a prueba las reacciones de la opinión pública occidental ante lo que, de hecho, es una operación de exterminio.

Aún más desconcertantes son los escenarios futuros que plantean estas consideraciones.

A partir de 2018, escribe Jones, la Estrategia de Defensa Nacional del Gobierno estadounidense elevó la competencia entre las grandes potencias (con China y Rusia a la cabeza) una principal preocupación para la seguridad nacional, en lugar del terrorismo.

Sobre la base de esta señal, la imponente burocracia del Pentágono ha iniciado un gigantesco proceso de reorganización, destinado a redefinir el presupuesto de defensa, los manuales de entrenamiento, los contratos de armamento y la estrategia militar, con el teatro del Pacífico como objetivo principal.

Un memorando del Departamento de Defensa, divulgado por el Washington Post, confirma esta tendencia al revelar las directrices del actual secretario de Defensa, Pete Hegseth, destinadas a preparar a Estados Unidos para una posible guerra con China.

En 2024, los EE.UU. UU. instalaron su sistema de misiles Typhon, con un alcance de unos 2000 km, en Filipinas, donde el ejército estadounidense tiene acceso a al menos nueve bases militares . Estos misiles son capaces de alcanzar ciudades y bases en territorio chino.

La era de la «moderación» ha llegado a su fin

Mientras tanto, en 2021 se publicó en The Military Review un artículo firmado por dos importantes expertos jurídicos del ejército estadounidense según el cual las fuerzas armadas estadounidenses habrían seguido técnicas de combate caracterizadas por una moderación excepcional en los últimos veinte años.

Esto habría sido posible gracias a una serie de circunstancias —bases seguras, superioridad tecnológica, supremacía aérea y marítima— que habrían permitido una eliminación metódica y «sin prisas» del enemigo. Esta práctica habría alcanzado su punto álgido con los ataques llevados a cabo por drones controlados a distancia.

La tesis de los autores del artículo es que Estados Unidos tendrá que luchar con reglas mucho más permisivas si quiere ganar una guerra a gran escala.

No solo las conclusiones, sino los propios supuestos de tal afirmación parecen desconcertantes.

Basta recordar la imprecisión criminal (reconocida en el pasado incluso por fuentes militares estadounidenses) de los ataques con drones, que han causado cientos de víctimas civiles en países como Afganistán, Pakistán, Somalia y Yemen.

O también las miles de víctimas civiles causadas por los intensos bombardeos estadounidenses destinados a «liberar» de la presencia del ISIS las ciudades de Raqqa y Mosul, en Siria e Irak, respectivamente, en los últimos años.

El hecho es, escribe Jones, que al artículo publicado en The Military Review le siguió una serie de otros artículos, discursos oficiales y conferencias que sostuvieron el mismo argumento, a saber, que el ejército estadounidense tendrá que librar el próximo conflicto de alta intensidad calculado en normas menos restrictivas.

La tendencia ya se aprecia claramente en la campaña israelí en Gaza, donde los altos mandos de las fuerzas armadas de Tel Aviv han ampliado la lista de objetivos permitidos y relajado de manera impresionante las restricciones sobre las víctimas civiles.

Jones cita un vídeo de abril que demuestra lo permisivas que se han vuelto las reglas de combate del ejército israelí. En el clip, un comandante de batallón instruye a sus soldados antes de una operación de rescate de rehenes en Rafah.

«Cualquiera que encuentren es un enemigo», dice el militar, «a cualquiera que vean, abran fuego, neutralicen la amenaza y sigan avanzando».

Los expertos jurídicos del ejército estadounidense apuntan en la misma dirección: reglas más «indulgentes» para maximizar la letalidad de la maquinaria belica estadounidense.

Las directrices políticas acentúan esta tendencia. Nada más ser nombrado jefe del Pentágono, Hegseth afirmó en un mensaje oficial que quería «revivir el espíritu guerrero» del ejército estadounidense, centrándose en la «letalidad» de las fuerzas armadas.

«Somos guerreros estadounidenses; Defendemos nuestro país», declaró Hegseth, como si Estados Unidos tuviera que prepararse para una invasión militar inminente.

La llegada del nuevo secretario de Defensa ha provocado la cancelación de los programas del Pentágono destinados a prevenir víctimas civiles en las operaciones del ejército estadounidense.

«Mentalidad de búnker» y control democrático reducido

Como escribió Modirzadeh, Hegseth reduce la guerra a una lucha brutal e inevitable por la destrucción, descarta las restricciones legales y éticas como obstáculos peligrosos para la victoria y describe las normas modernas de combate —en particular las que hacen hincapié en la protección de los civiles— como concesiones ingenuas a la opinión pública mundial que debilitan la eficacia militar de Estados Unidos frente a adversarios que no respetan esas restricciones.

Esta percepción refleja, además, una visión de la competencia internacional entendida como un «juego de suma cero», en el que se domina o se es dominado, también predominante en el establishment estadounidense, especialmente en los últimos años.

Los líderes políticos de un país que, a pesar de estar en decadencia, sigue siendo la principal superpotencia mundial, están cada vez más afectados por una «mentalidad de búnker» cada vez más similar a la israelí.

Según esta mentalidad, Estados Unidos está rodeado de enemigos y, como escribe Wess Mitchell, otro influyente estratega estadounidense, debe «gestionar la brecha entre [sus] medios finitos […] y las amenazas virtualmente infinitas a las que se enfrenta».

Se descarta en gran medida la posibilidad de coexistir con otras potencias internacionales en el contexto de un mundo multipolar.

A partir de lo expuesto hasta ahora, pueden hacerse dos últimas consideraciones. Como ha señalado Modirzadeh, la reinterpretación jurídica de las leyes de la guerra no es una operación meramente especulativa, sino que tiene repercusiones concretas de gran alcance.

Aunque es de desear que nunca se produzca una guerra abierta entre Estados Unidos y China, la transformación que una perspectiva de este tipo determina en el enfoque general del ejército estadounidense hacia los conflictos armados (en términos jurídicos, de entrenamiento militar y de definición de estrategias bélicas) es real.

Está destinada a tener consecuencias concretas en la destructividad de la acción militar estadounidense en futuros conflictos.

El pensamiento se dirige entonces a la creciente fragilidad del control democrático sobre la acción de los gobiernos occidentales. Basta pensar, trasladándonos al ámbito europeo, en cómo la presidenta de la Comisión Europea pasó por encima del Parlamento Europeo al aprobar la propuesta legislativa Safe para la creación de préstamos de hasta 150 000 millones de euros para el rearme del viejo continente.

A la luz de esta fragilidad y, en consecuencia, de la reducida vigilancia civil incluso sobre los aparatos militares, la deriva hacia una creciente letalidad de la acción bélica y una menor atención a los daños colaterales ya las víctimas civiles resulta aún más alarmante.

He aquí, pues, otra razón por la que la catástrofe de Gaza, lejos de ser una crisis circunscrita a una zona lejana de conflictos endémicos que no nos conciernen (como nuestros medios de comunicación quieren hacernos creer), representa, por el contrario, un síntoma tan trágico como peligroso de la crisis de civilización en la que se está hundiendo Occidente."

( Roberto Iannuzzi , blog, 02/05/25, traducción DEEPL)

20.2.23

Jürgen Habermas: Por qué este es el momento de negociar la paz... Lo importante es el carácter preventivo de unas conversaciones a tiempo que eviten que una larga guerra se cobre aún más vidas, y acabe enfrentándonos a una disyuntiva desesperada: intervenir activamente en el conflicto o abandonar a Ucrania a su suerte para no desencadenar la primera guerra mundial entre potencias con armas nucleares... desde la perspectiva de la victoria a toda costa, la mejora de la calidad de las armas que entregamos ha adquirido un impulso propio que podría empujarnos de manera inadvertida a traspasar el umbral de la tercera guerra mundial... el proceso de rearme parece adquirir un impulso propio alimentado en Alemania por la actitud belicista de una opinión publicada que no da la palabra a la mitad de la población... Los gobiernos occidentales tienen obligaciones legales con las necesidades de seguridad de sus ciudadanos y también —independientemente de lo que opine la población ucrania— una corresponsabilidad moral por las víctimas que causan las armas procedentes de sus países. Por lo tanto, no pueden trasladar al Gobierno ucranio la responsabilidad de las brutales consecuencias de una prolongación de las hostilidades que solo es posible gracias a su apoyo militar... El hecho de que Occidente no puede evitar tomar sus propias decisiones se manifiesta también en su mayor temor: el escenario ya aludido en el que la superioridad militar rusa lo sitúe ante la disyuntiva de doblegarse o convertirse en parte beligerante... pero las razones que urgen a poner fin a la guerra son, sobre todo, morales... Los soldados “a degüello”, las montañas de muertos y heridos, los escombros de casas, clínicas y escuelas, en otras palabras, la obliteración de toda vida civilizada, reflejan el núcleo destructivo de la guerra... En la medida en que las víctimas y la destrucción causadas por los combates nos obligan a verlas como lo que son, la otra cara del enfrentamiento armado pasa a primer plano, y el curso mismo de la guerra se experimenta como una violencia aplastante que debería cesar cuanto antes

 "La decisión de proporcionar tanques Leopard acababa de ser aclamada como “histórica” cuando la noticia ya había sido superada —y relativizada— por las sonoras reclamaciones de aviones de combate, misiles de largo alcance, buques de guerra y submarinos. Las llamadas de ayuda, tan dramáticas como comprensibles, de una Ucrania víctima de una invasión contraria al derecho internacional encontraron en Occidente el eco que cabía esperar. La única novedad en este caso ha sido la aceleración del conocido juego de exigencias cargadas de indignación moral de que se entreguen armas más potentes, y de la posterior mejora, efectuada una y otra vez, aunque no sin vacilaciones, de los tipos de armas prometidos.

 Incluso en los círculos del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) se escucha ahora que no hay “líneas rojas”. Con la excepción del canciller y su entorno, el Gobierno, los partidos y la prensa hacen suyas de manera casi unánime las palabras suplicantes del ministro de Asuntos Exteriores de Lituania: “Debemos vencer el miedo a querer derrotar a Rusia”. Desde la incierta perspectiva de una “victoria” que puede significar cualquier cosa, parece sobrar otro debate sobre el objetivo de nuestra ayuda militar y sobre la forma de alcanzarlo. Así, el proceso de rearme parece adquirir un impulso propio empujado por la insistencia más que comprensible del Gobierno ucranio, pero alimentado en nuestro país [Alemania] por la actitud belicista de una opinión publicada casi sin fisuras que no da la palabra a la mitad de la población alemana con sus dudas y razones.

 ¿O tal vez no sea así del todo? Mientras tanto, surgen voces reflexivas que no solo defienden la postura del canciller, sino que instan a que se tome en consideración abiertamente el difícil camino hacia las negociaciones. Si me uno a estas voces es precisamente porque la frase “Ucrania no debe perder la guerra” dice la verdad. Lo importante para mí es el carácter preventivo de unas conversaciones a tiempo que eviten que una larga guerra se cobre aún más vidas, cause más destrucción y acabe enfrentándonos a una disyuntiva desesperada: intervenir activamente en el conflicto o abandonar a Ucrania a su suerte para no desencadenar la primera guerra mundial entre potencias con armas nucleares.

La guerra se prolonga; el número de víctimas y la devastación aumentan. ¿Debería el impulso de la ayuda militar que prestamos con buenas razones desprenderse ahora de su carácter defensivo porque el único objetivo posible es la victoria sobre Putin? Washington —en su postura oficial— y los gobiernos de los demás Estados miembros de la OTAN acordaron desde el principio parar en el punto de no retorno: la entrada en la guerra.

Las dudas del presidente estado­unidense, Joe Biden, justificadas no solo desde el punto de vista técnico, sino también estratégico, con las que se encontró el canciller alemán, Olaf Scholz, cuando los tanques estaban a punto de ser entregados, han ratificado esa premisa del apoyo occidental a Ucrania. Hasta ahora, la preocupación de Occidente se centraba en el problema de que serían únicamente los dirigentes rusos los que decidirían en qué momento el alcance y las características de las entregas de armas occidentales se considerarían una entrada en guerra.

 Pero desde que China también se ha declarado contraria al uso de armas de destrucción masiva, esta preocupación ha pasado a un segundo plano. En consecuencia, los gobiernos occidentales deberían dirigir su atención a otro aspecto del problema. Desde la perspectiva de la victoria a toda costa, la mejora de la calidad de las armas que entregamos ha adquirido un impulso propio que podría empujarnos de manera más o menos inadvertida a traspasar el umbral de una tercera guerra mundial. Por eso, ahora “no se debería sofocar todo debate sobre en qué momento tomar partido podría convertirse en ser parte con el argumento de que solo con ello ya se le está haciendo el juego a Rusia” (en palabras de Kurt Kister en el suplemento del Süddeutsche Zeitung del 11-12 de febrero de 2023).

Caminar sonámbulo al borde del abismo se convierte en un peligro real sobre todo porque la alianza occidental no solo respalda a Ucrania, sino que no se cansa de asegurarle que apoyará a su Gobierno durante “el tiempo que sea necesario”, y que el Gobierno ucranio es el único que puede decidir el calendario y el objetivo de las posibles negociaciones. Puede que esta aseveración desanime al adversario, pero es incoherente y enmascara diferencias evidentes. Sobre todo, puede hacer que nos engañemos sobre la necesidad de emprender iniciativas propias para las conversaciones.

Por un lado, no tiene sentido que solo una de las partes implicadas en la guerra pueda determinar su objetivo bélico y, dado el caso, el calendario de las negociaciones. Por otro, el tiempo que Ucrania podrá resistir depende también del apoyo de Occidente.

Los intereses y las obligaciones de Occidente

Occidente tiene sus intereses legítimos y sus propias obligaciones. Los gobiernos occidentales operan en una esfera geopolítica más amplia y en esta guerra deben tener en cuenta otros intereses además de los de Ucrania. Tienen obligaciones legales con las necesidades de seguridad de sus ciudadanos y también —independientemente de lo que opine la población ucrania— una corresponsabilidad moral por las víctimas y la destrucción que causan las armas procedentes de sus países. Por lo tanto, no pueden trasladar al Gobierno ucranio la responsabilidad de las brutales consecuencias de una prolongación de las hostilidades que solo es posible gracias a su apoyo militar.

El hecho de que Occidente no puede evitar tomar sus propias decisiones importantes y responder de ellas se manifiesta también en su mayor temor: el escenario ya aludido en el que la superioridad militar rusa lo sitúe ante la disyuntiva de doblegarse o convertirse en parte beligerante. Otros motivos más inmediatos por los que el tiempo apremia para negociar son el agotamiento de las reservas de personal y de los recursos materiales necesarios para la guerra. El factor tiempo influye también en las convicciones y disposiciones de la población occidental. Asimismo, es demasiado sencillo reducir las posturas en relación con la controvertida cuestión del calendario de las negociaciones a la mera oposición entre moral e interés propio. Las razones que urgen a poner fin a la guerra son, sobre todo, morales.

 Así pues, la duración de la guerra influye en las perspectivas desde las que las poblaciones la perciben. Cuanto más dura un conflicto armado, con más fuerza se impone la percepción de la violencia explosiva que caracteriza en particular a las guerras modernas y más determina la visión de la relación entre la guerra y la paz en general. Me interesan estas perspectivas por lo que atañen al debate que se está iniciando poco a poco en Alemania sobre el sentido y la posibilidad de las negociaciones de paz. Ya desde el principio de la guerra, dos perspectivas desde las que percibimos y evaluamos los conflictos bélicos encontraron expresión en la disputa sobre dos formulaciones vagas pero contrapuestas del objetivo de la guerra: ¿la finalidad de nuestras entregas de armas a Ucrania es que esta “no pierda” la guerra, o más bien lograr la “victoria” sobre Rusia?

Esta diferencia no aclarada en el plano conceptual tiene poco que ver con tomar partido a favor o en contra del pacifismo. Aunque es cierto que el movimiento pacifista surgido a finales del siglo XIX politizó la dimensión violenta de las guerras, el motivo que lo impulsó no fue la superación gradual de estas como medio de resolución de los conflictos internacionales, sino la negativa absoluta a tomar las armas. En este sentido, el pacifismo no tiene relevancia para estas dos perspectivas, que se diferencian una de otra por el peso que conceden a las víctimas de la guerra.

 Esto es importante porque el matiz retórico entre las expresiones “no perder” y “ganar” la guerra ya no separa a los pacifistas de los no pacifistas. Hoy en día señala también las oposiciones dentro de la facción política que considera que la alianza occidental no solo está legitimada para apoyar a Ucrania, sino también obligada políticamente a prestarle ayuda con entregas de armas, apoyo logístico y asistencia civil en su valiente lucha contra un ataque, contrario al derecho internacional, a la existencia y la independencia de un Estado soberano, y manifiestamente criminal.

Esta toma de partido tiene que ver con la simpatía por la dolorosa suerte de una población que, tras muchos siglos de dominación extranjera polaca, rusa y austriaca, no obtuvo su independencia como Estado hasta la caída de la Unión Soviética. Entre las naciones europeas “tardías”, Ucrania es la más reciente. Podría decirse que es todavía una nación en ciernes.

Pero incluso en el amplio bando de los partidarios de Ucrania, las opiniones sobre el momento adecuado para las negociaciones de paz están divididas. Una parte se identifica con la demanda del Gobierno ucranio de que se aumente sin límites el apoyo militar para derrotar a Rusia y restaurar así la integridad territorial del país, incluida Crimea. La otra quiere impulsar los intentos de lograr un alto el fuego y unas negociaciones que al menos eviten una posible derrota y restablezcan el statu quo anterior al 23 de febrero de 2022. Los pros y los contras de esas posiciones son el reflejo de experiencias históricas.

 No es casualidad que este conflicto latente reclame ahora con urgencia su resolución. Desde hace meses, la línea del frente está congelada. Con el titular ‘La guerra de desgaste favorece a Rusia’, el Frankfurter Allgemeine, por ejemplo, informa sobre la guerra de posiciones en torno a Bajmut, en el norte de Donbás, con graves pérdidas para ambos bandos, y cita la desgarradora declaración de un alto funcionario de la OTAN: “Aquello parece Verdún”. Las comparaciones con esa horrible batalla, la más larga y mortífera de la Primera Guerra Mundial, solo guardan una relación remota con el conflicto de Ucrania, y únicamente en la medida en que, a diferencia del objetivo político que “da sentido” al choque bélico, una prolongada guerra de posiciones sin grandes cambios en la línea del frente nos hace conscientes del sufrimiento de las víctimas. El estremecedor reportaje de Sonia Zekri sobre el frente, que no oculta sus simpatías, pero tampoco dulcifica nada, recuerda de hecho a las descripciones del horror en el frente occidental en 1916. Los soldados “a degüello”, las montañas de muertos y heridos, los escombros de casas, clínicas y escuelas, en otras palabras, la obliteración de toda vida civilizada, reflejan el núcleo destructivo de la guerra, que sitúa bajo una luz diferente la declaración de nuestra ministra [alemana] de Exteriores de que “nuestras armas salvan vidas”.

 En la medida en que las víctimas y la destrucción causadas por los combates nos obligan a verlas como lo que son, la otra cara del enfrentamiento armado pasa a primer plano, y ya no es solo un medio de defensa contra un agresor sin escrúpulos; el curso mismo de la guerra se experimenta como una violencia aplastante que debería cesar cuanto antes. Y cuanto más se desplazan los pesos de un aspecto al otro, más claramente se impone esa sensación de que la guerra no debería existir. En las guerras, el deseo de vencer al enemigo siempre ha ido acompañado del deseo de acabar con la muerte y la destrucción. Y en la medida en que la “devastación” ha aumentado junto con la potencia de las armas, el peso relativo de estos dos aspectos también se ha desplazado.

La experiencia previa

Las bárbaras experiencias de las dos guerras mundiales y de la tensión de la Guerra Fría a lo largo del siglo pasado dieron lugar a un cambio conceptual latente en las mentes de las poblaciones afectadas. A menudo de manera inconsciente, estas llegaron a la conclusión de que las guerras, esa forma hasta entonces evidente de conducir y resolver los conflictos internacionales, eran del todo incompatibles con las normas de la coexistencia civilizada.

El carácter violento de la guerra perdió en cierto modo su aura de naturalidad. Este cambio generalizado de conciencia también ha dejado su huella en el desarrollo legal. El derecho humanitario bélico ya había sido un intento no demasiado fructífero de domar el ejercicio de la violencia en la guerra. Pero al final de la Segunda Guerra Mundial, la violencia de la guerra en sí misma tenía que ser pacificada por medio del derecho y sustituida por la ley como único modo de resolución de los conflictos in­terestatales. La Carta de Naciones Unidas, que entró en vigor el 24 de octubre de 1945, y la creación de la Corte Internacional de Justicia de La Haya revolucionaron el derecho internacional. El artículo 2 obliga a todos los Estados a resolver sus controversias internacionales por medios pacíficos. La conmoción provocada por los excesos violentos de la guerra fue la que dio origen a esta revolución.

 Las conmovedoras palabras del preámbulo reflejan el horror ante la visión de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial. La frase clave es la que llama a “aunar esfuerzos para… establecer procedimientos que garanticen que la fuerza armada solo se utilice en interés común”, es decir, en interés de los ciudadanos de todos los Estados y de todas las sociedades del mundo tal y como establece el derecho internacional. Esta consideración por las víctimas de la guerra explica, por un lado, la abolición del ius ad bellum, el funesto “derecho” de los Estados soberanos a hacer la guerra a su antojo, pero también por qué la doctrina de la guerra justa basada en la ética no ha conocido ninguna forma de restauración, sino que ha sido abolida salvo en lo que respecta al derecho de legítima defensa del agredido. Las diversas medidas contra los actos de agresión que se enumeran en el capítulo VII se refieren a la guerra como tal, y exclusivamente en el lenguaje jurídico. Para ello basta el contenido moral inherente al propio derecho internacional moderno.

A la luz de estos hechos es como he entendido la formulación de que Ucrania “no debe perder la guerra”. Porque a partir de la moderación interpreto la advertencia de que tampoco Occidente, que permite que Ucrania siga la lucha contra un agresor criminal, debe olvidar ni el número de víctimas, ni el peligro al que se exponen las víctimas eventuales, ni la magnitud de la destrucción real y posible que se acepta con el corazón encogido en nombre del objetivo legítimo. Ni siquiera el partidario más altruista queda exonerado de la responsabilidad de ponderar esta proporcionalidad.

 La vacilante formulación de que Ucrania “no debe perder” pone en entredicho una perspectiva amigo-enemigo que considera la solución bélica de los conflictos internacionales algo “natural” y sin alternativa, incluso en el siglo XXI. Una guerra, y con más razón la que ha iniciado Putin, es el síntoma de un retroceso con respecto al nivel de interacción civilizada entre potencias alcanzado a lo largo de la historia, especialmente entre aquellas potencias que han aprendido la lección de las dos guerras mundiales. Si el estallido de conflictos armados no puede evitarse con sanciones dolorosas incluso para los propios defensores del derecho internacional quebrantado, la alternativa necesaria —frente a una continuación de la guerra cada vez con más víctimas— es la búsqueda de compromisos tolerables.

La objeción es evidente: por el momento no hay indicios de que Putin vaya a emprender negociaciones. ¿No es esto razón suficiente para obligarle a dar su brazo a torcer por medios militares? Hay que añadir, además, que Putin ha tomado decisiones que hacen casi imposible entablar negociaciones prometedoras, ya que con la anexión de las provincias orientales de Ucrania ha creado hechos y cimentado reclamaciones inaceptables para los agredidos.

Por otra parte, esto quizá haya sido una respuesta, aunque desacertada, al error de la alianza occidental de dejar a Rusia deliberadamente a oscuras desde el principio en cuanto al objetivo de su apoyo militar, ya que ello dejaba abierta la perspectiva de un cambio de régimen, algo inaceptable para Putin. Por el contrario, el objetivo declarado de restablecer el statu quo anterior al 23 de febrero de 2022 habría allanado el camino posterior hacia las negociaciones. Pero ambas partes querían desalentar a la otra marcando posiciones muy ambiciosas y aparentemente inamovibles. Las condiciones no son prometedoras, pero tampoco desesperadas.

 Porque, además de las vidas humanas que la guerra se está cobrando cada día que pasa, los costes en recursos materiales que no pueden reemplazarse a voluntad van en aumento. Y para la Administración de Biden, el tiempo corre. Solo esta idea ya debería invitarnos a presionar para que se hagan esfuerzos enérgicos de iniciar negociaciones y buscar una solución de compromiso que no otorgue a la parte rusa ninguna ganancia territorial posterior al inicio de la guerra, y que al mismo tiempo le permita salvar la cara.

Independientemente de que algunos jefes de Gobierno occidentales como el alemán Scholz y el presidente francés, Emmanuel Macron, tengan contacto telefónico con Putin, el Gobierno estadounidense, aparentemente dividido en este asunto, no puede mantener el papel oficial de espectador. Un desenlace negociado y sostenible no puede integrarse en el contexto de unos acuerdos de gran alcance sin la participación de Estados Unidos. Las dos partes beligerantes están interesadas en ello. Esto es válido para las garantías de seguridad que Occidente debe proporcionar a Ucrania, pero también para el principio de que el derrocamiento de un régimen autoritario solo es creíble y estable en la medida en que surge de su propia población, es decir, en que cuenta con apoyo desde dentro.

En general, la guerra ha dirigido la atención a la necesidad acuciante de una regulación en toda la zona de Europa Central y del Este que vaya más allá de los objetos de litigio entre las partes beligerantes. El experto en Europa del Este Hans-Henning Schröder, exdirector del Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad de Berlín, señaló (en el Frankfurter Allgemeine) los acuerdos de desarme y las condiciones marco económicas sin los cuales no es posible un tratado estable entre las partes implicadas directamente. La disposición de Estados Unidos a entablar esta clase de negociaciones de alcance geopolítico sería un mérito que Putin podría atribuirse.

 Precisamente porque el conflicto afecta a una red de intereses más amplia, no puede descartarse de entrada la posibilidad de encontrar la manera de poner de acuerdo unas exigencias por ahora diametralmente opuestas que salve la cara a ambas partes."

(Jürgen Habermas es, tal vez, el mayor intelectual europeo vivo, defiende un “patriotismo constitucional” aplicable a escala europea. El País, 19/02/23)

7.4.22

Permítanme que les hable de una guerra... podría estar refiriéndome a Ucrania, ¿verdad? No es así... hablo de una guerra caracterizada por los ataques contra la población civil y otras vulneraciones del derecho internacional humanitario, que ha dejado al menos 377.000 muertes (70% de niños menores de cinco años)... Yemen ha sido uno de los países más citados en los debates en torno al doble rasero entre el Norte y el Sur Global sobre el que ha arrojado la luz la guerra en Ucrania... La pregunta es inevitable: ¿cuál es el orden liberal internacional que pretendemos salvar en Ucrania? ¿Representa Yemen la excepción o la norma?

 "Permítanme que les hable de una guerra. Me refiero a un país en el que gran parte de la sociedad ha luchado con uñas y dientes por un futuro más justo y digno, incapaz de doblegar las dinámicas domésticas e internacionales que han supeditado ese devenir. La guerra, caracterizada por los ataques contra la población civil y otras vulneraciones del derecho internacional humanitario, ha dejado al menos 377.000 muertes (70% de niños menores de cinco años), entre las que destacan aquellas como consecuencia indirecta del conflicto, por razón de hambre o enfermedad, a las que habría que sumar el número de personas en situación de malnutrición y pobreza extrema. No podemos olvidarnos de los desplazamientos forzados, tanto dentro como fuera del país, que ya superan los 4 millones. Cifras que escaman, pero que acabamos normalizando, por necesidad o desidia.

Bien podría estar refiriéndome a Ucrania, ¿verdad? No es así, pero por favor no dejen de leer. El 26 de marzo se cumplen siete años de una de las injerencias más desoladoras de los últimos años. Siete años de la intervención militar por parte de la coalición liderada por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos (EAU) en uno de los países más frágiles del planeta. Yemen ha sido uno de los países más citados en los debates en torno al doble rasero entre el Norte y el Sur Global sobre el que ha arrojado la luz la guerra en Ucrania. Se ha hecho referencia, con acierto, a las diferencias en términos de: cobertura mediática, refugiados y desplazados de distintos colores, demostraciones de solidaridad y calificaciones de resistencia o terrorismo contra la ocupación.

Como corolario, también se citó a Yemen para alimentar la controversia sobre el envío de armas a Ucrania.(...)

 Se crea la esperanza de que una progresiva democratización a lo largo y ancho del planeta llevará a un contexto de paz perpetúa… ignorando -a sabiendas o no- la estructura jerárquica de la sociedad internacional, y cómo la guerra se ha ido progresivamente confinando a -y normalizando en- el Sur Global, de la mano de explicaciones culturalistas que hemos vuelto a escuchar estos días: resulta, al fin y al cabo, lógico que racializados en sociedades de bárbaros vayan a la guerra; pero no que así sea con blancos cristianos (en otro artículo, si lo desean, hablamos de la racialización selectiva de Europa del Este).

 Ya a partir de aquel entonces, en el marco de la ‘Guerra contra el Terrorismo’, Yemen se convirtió en un campo de pruebas de la lucha antiterrorista. Gaza se ha convertido, asimismo, en otro territorio en el que los exportadores de armas pueden enorgullecerse de que éstas han sido probadas -¡con éxito!- sobre el terreno.

El crecimiento del gasto militar mundial ha sido motivo de preocupación a lo largo de años, el caso de Yemen en el ojo del huracán. Esta economía de guerra está íntimamente ligada con la (in)seguridad energética. ¡No sólo porque Putin -o aquellos que luchan contra él- decidan cortar el grifo! Para entender esto es necesario reflexionar sobre la dependencia de los ejércitos occidentales respecto de los combustibles fósiles (y las nocivas consecuencias que esto tiene en términos de emergencia climática), que convierte a Oriente Próximo en un importante cliente de las empresas armamentísticas occidentales. Con el objetivo de controlar las reservas vitales de combustibles fósiles, se han hecho llegar durante décadas armas, en un esfuerzo por subcontratar la gestión del orden regional. Este comercio con aliados en la región representó el 35% de las importaciones globales totales de armas entre 2015 y 2019.

  Yemen es un escenario manifiesto de lo que pueden hacer las bombas de alta precisión que España vende a Arabia Saudí. Estos estados las adquieren para reafirmarse como cirujanos de hierro dentro y fuera de sus fronteras, para intervenir en guerras que respondan a sus intereses y reprimir a sus poblaciones (aunque no es objeto de este artículo analizar la relación entre los complejos militares-industriales y las políticas migratorias y otras funciones de las fuerzas de seguridad a lo largo y ancho del mundo), sí… pero también para asegurarse apoyo internacional incondicional. Rusia y su industria armamentística se han posicionado a la cabeza de las exportaciones de armas. Su brutalidad en la contienda siria también avala la etiqueta ‘probado en combate’. La nueva tendencia es que algunos países adquieran soberanía en el plano militar, también de la mano (y bolsillo) de compañías del Norte Global. En plena invasión de Ucrania, se anunció que Lockheed Martin invertiría 1.000 millones de dólares en la producción de armas en Arabia Saudi

La economía política de la guerra se fundamenta en la compraventa de material de defensa, pero va mucho más allá. Nos obliga a pensar en términos de conectividad y logística: las potencias regionales implicadas en la guerra de Yemen controlan tanto las fuentes de combustibles fósiles como un considerable número de rutas de transporte marítimo y aéreo fundamentales para el comercio global. Esta visión de conjunto nos obliga, también, a replantearnos su relación con la ayuda al desarrollo, la reconstrucción posconflicto y actividades similares, industrias en este caso repleta de buenas intenciones, pero que también mueven millones sin que claramente haya podido demostrarse su efectividad, o incluso impacto positivo sobre el terreno, muy particularmente en lo que a futuros conflictos se refiere

Años de intervención de estos actores en Yemen dan buena fe de ello, así como la definición insuficiente de paz que seguimos privilegiando, una que se conforma con la ausencia de guerra, pero no de violencias estructurales. Por si fuera poco, tanto multinacionales armamentísticas como estados que contribuyen a destruir Yemen invierten millones de dólares en centros de pensamiento en distintas capitales que reflexionan sine die sobre, por ejemplo, cómo traer la paz a Yemen y articular una arquitectura de seguridad en Oriente Próximo. Sin olvidar a los políticos, como el ministro Morenés, que antes o después utilizan las puertas giratorias para participar de distintas formas en el negocio de la guerra.

¿Qué orden internacional?

El contexto en Yemen en particular, las dinámicas de la guerra en el siglo XXI en general, arrojan luz sobre la importancia cambiante de las violaciones del derecho internacional en función de la jerarquización de la sociedad internacional.(...)

 A pesar de que se nos ha recordado una y otra vez que lo que se juega en Ucrania es el futuro de la democracia, en esta estructuración a nivel global, lo relevante parece ser no tanto el sistema político de cada país, sino su cercanía a, y alineamiento con, los intereses del Norte Global. La forma en la que el mundo se giró hacia Arabia Saudí, Argelia y Qatar, ¡incluso Venezuela!, para asegurar suministro de gas y petróleo no es sino una evidencia más. ¿Qué hay de las ofertas por parte de Israel y Arabia Saudí para convertirse en potenciales mediadores de un conflicto originado por una flagrante violación del derecho internacional? Estos países no esconden sus intenciones: hace pocos días, EAU volvía a utilizar la energía para recordar a Washington la importancia de sus vínculos. A pesar de su papel en la liquidación de Yemen, a pesar incluso de su posición ambivalente con respecto a Ucrania; les necesitamos, y son perfectamente conscientes.

 La pregunta es inevitable: ¿cuál es el orden liberal internacional que pretendemos salvar en Ucrania? ¿Representa Yemen la excepción o la norma? ¿Acaso la impunidad con la que todos estos actores han operado durante décadas no habría contribuido a reforzar a déspotas como Vladimir Putin? De nuevo es ineludible poner el foco en las dinámicas internacionales sobre las que reposa este orden, que encontró en 2001 un punto de inflexión basado más en discursos de securitización que en la confianza ciega en la paz liberal. Muy particularmente tras la caída de la Unión Soviética, el crecimiento económico a través de la liberalización de la producción y la distribución (tanto nacional como internacional) exigía estabilidad en algunas regiones clave. Oriente Próximo se convirtió en un escenario privilegiado al respecto.

 La primera Guerra del Golfo facilitó la continuidad de la presencia militar estadounidense y la prevalencia de su narrativa hegemónica pretendidamente liberal. Este objetivo dependería de forma creciente de la intervención activa de una red de estados árabes ‘moderados' –es decir, afines a los intereses del Norte Global–, que no sólo garantizarían una determinada (aunque quizás no sostenible) calma, sino que contribuirían a subsidiar y estabilizar las economías occidentales a través del reciclaje de petrodólares de vuelta a las arcas occidentales principalmente por medio de compraventas militares, pero también de proyectos de infraestructuras, inversiones cuantiosas, y lujosas estancias de mayor o menor duración. Actividades no muy disímiles de las que hoy se intentan coartar en el caso de los oligarcas rusos.

 Para justificar lo que a todas luces es una contradicción aparente, estos últimos años se ha recurrido a un discurso cuanto menos curioso. En él, se reconocen en ocasiones las insuficiencias de estos actores a la hora de cumplir con estándares pretendidamente universales. Sin embargo, también se legitima su narrativa, como evidencia la perpetuación de la consideración de Irán como amenaza a Occidente y, en el caso de Yemen, las continuas referencias a sus vínculos con los huzíes, llegando incluso a plantear la denominación de éstos como organización terrorista

Más importante aún, también se excusa este comportamiento recurriendo a tropos orientalistas que excepcionalizan la condición de déspotas ilustrados de estos líderes presentándoles como ‘reformistas’ y ‘modernizadores’ a los que se les permite seguir su propio camino para, en algún futuro lejano, alcanzar el modelo por nosotros fijado. Siempre y cuando participen en el sistema, claro está. Una narrativa, si prestamos atención, no tan diferente a la que se recurría con la nueva Rusia de la década de los 90. De forma similar, y también en línea con procesos de racialización, se presenta hoy el comportamiento  de Putin como ‘irracional’, al igual que se ha hecho con Mohammed bin Salman cuando sus acciones han contradicho la lógica universal únicamente en manos del Norte Global civilizado. No obstante, y no lo olviden, uno es el enemigo, y el otro un aliado necesario. A expensas de la paz y del derecho internacional. Y de la paz en Yemen, que sigue sin llegar."               

(Itxaso Domínguez. Investigadora especializada en mundo árabe de la Fundación Alternativas, Público, 24/03/22)

29.3.22

Jacques Baud, antiguo coronel del Estado Mayor suizo: El Hospital de Maternidad de Maryupol: "El 7 de marzo de 2022, la misión rusa de la ONU en Nueva York afirma que "los residentes informan de que las fuerzas armadas ucranianas han expulsado al personal del hospital de partos número 1 de la ciudad de Mariupol y han establecido un puesto de tiro dentro de las instalaciones"... El hospital de Mariupol ocupa una posición dominante, perfectamente adecuada para la instalación de armas antitanque y para la observación. El 9 de marzo, las fuerzas rusas atacaron el edificio. Según la CNN, 17 personas resultaron heridas, pero las imágenes no muestran ninguna víctima en el local y no hay pruebas de que las víctimas mencionadas estén relacionadas con este ataque, en realidad no hay nada. Esto puede ser cierto, pero puede no serlo... En realidad, no sabemos exactamente qué ocurrió. Pero la secuencia de los acontecimientos tiende a confirmar que las fuerzas rusas atacaron una posición del regimiento Azov y que la maternidad estaba entonces libre de civiles... Pudiera ser que los ucranianos hayan reproducido el escenario de la maternidad de Kuwait City de 1990, que fue totalmente escenificado por Hill & Knowlton por 10,7 millones de dólares para convencer al Consejo de Seguridad de la ONU de que interviniera en Irak, o no... pero es seguro es que los políticos occidentales han aceptado los ataques civiles en Donbass durante ocho años, sin adoptar ninguna sanción contra el gobierno ucraniano

 "(...) Es importante entender de antemano que no es el ejército ucraniano el que defiende Mariupol, sino la milicia Azov, compuesta por mercenarios extranjeros.

En su resumen de la situación del 7 de marzo de 2022, la misión rusa de la ONU en Nueva York afirma que "los residentes informan de que las fuerzas armadas ucranianas han expulsado al personal del hospital de partos número 1 de la ciudad de Mariupol y han establecido un puesto de tiro dentro de las instalaciones".

El 8 de marzo, el medio de comunicación independiente ruso Lenta.ru publicó el testimonio de civiles de Mariupol que afirmaban que el hospital de maternidad había sido tomado por las milicias del regimiento Azov y que éstas habían expulsado a los ocupantes civiles a punta de pistola. Confirman así las declaraciones del embajador ruso unas horas antes.

El hospital de Mariupol ocupa una posición dominante, perfectamente adecuada para la instalación de armas antitanque y para la observación. El 9 de marzo, las fuerzas rusas atacaron el edificio. Según la CNN, 17 personas resultaron heridas, pero las imágenes no muestran ninguna víctima en el local y no hay pruebas de que las víctimas mencionadas estén relacionadas con este ataque. Se habla de niños, pero en realidad no hay nada. Esto puede ser cierto, pero puede no serlo... Esto no impide que los líderes de la UE lo consideren un crimen de guerra... Lo que permite a Zelensky pedir una zona de exclusión aérea sobre Ucrania...

En realidad, no sabemos exactamente qué ocurrió. Pero la secuencia de los acontecimientos tiende a confirmar que las fuerzas rusas atacaron una posición del regimiento Azov y que la maternidad estaba entonces libre de civiles.

El problema es que las milicias paramilitares que defienden las ciudades son alentadas por la comunidad internacional a no respetar las costumbres de la guerra. Parece que los ucranianos han reproducido el escenario de la maternidad de Kuwait City de 1990, que fue totalmente escenificado por Hill & Knowlton por 10,7 millones de dólares para convencer al Consejo de Seguridad de la ONU de que interviniera en Irak para la operación Escudo del Desierto/Tormenta.

Los políticos occidentales han aceptado los ataques civiles en Donbass durante ocho años, sin adoptar ninguna sanción contra el gobierno ucraniano. Hace tiempo que hemos entrado en una dinámica en la que los políticos occidentales han aceptado sacrificar el derecho internacional a su objetivo de debilitar a Rusia. (...)"                

(Jacques Baud, antiguo coronel del Estado Mayor suizo, exmiembro de la inteligencia estratégica y especialista en los países de Europa del Este, antiguo experto de la ONU y de la OTAN, nos ofrece el más detenido, casi exhaustivo análisis de la guerra de Ucrania y de las razones que la han motivado.  Armando Fernández Steinko, Piensa y Actúa, 22/03/22)

24.3.22

Europa vive un período de pánico moral... quien no sea lo suficientemente enfático en defender los "valores occidentales" es un rusófilo. La histeria instalada por el bombardeo mediático es tal que no es posible presentar información que contradiga la narrativa instalada... Estamos en un nuevo tiempo de extrema polarización. No la vi en la invasión y destrucción de Irak ni en otras (muchas) situaciones... El sufrimiento de los ucranianos, que querían la guerra tan poco como cualquiera de nosotros, es terrible. Pero me duelen igualmente las muertes injustas ocurridas en los mismos días en otras guerras en otras regiones del mundo. Ninguna muerte injusta puede relativizar o justificar cualquier otra muerte injusta... estas son las muertes en el mundo, por guerra o violencia, en el período del 20 de febrero al 4 de marzo: 114 (Ucrania), 23 (Irak), 511 (Yemen), 187 (Siria), 192 (Malí), 527 (Nigeria), 155 (República Democrática del Congo), 180 (Somalia), 112 (Burkina Faso), 258 (México), 242 (Brasil), 81 (Colombia), 124 (Myanmar), 38 (Afganistán)... El hecho de que ninguna de las otras tragedias haya merecido atención mediática nos permitirme conocer los mecanismos sociológicos de la formación del pánico moral y de la indignación pública

"Europa vive un período de pánico moral que no solo imposibilita pensar con cierta complejidad y densidad analítica la tragedia que está atravesando Ucrania, sino que crea un nuevo período de caza de brujas muy similar al que se vivió en Estados Unidos en la década de 1950 y que se conoció como macartismo.

 Todavía no ha alcanzado los niveles de censura y represión política basados ​​en acusaciones de traición y subversión por supuestas simpatías con el comunismo que caracterizaron ese período, pero es de presumir que pudiéramos llegar allí. Las señales son perturbadoras. La bestia salvaje ahora no es el comunismo, sino Putin y la rusofilia. Y quien no sea lo suficientemente enfático en defender los "valores occidentales" es un rusófilo. La histeria instalada por el bombardeo mediático es tal que no es posible contraargumentar, contextualizar, presentar información que contradiga la narrativa instalada.

De alguna manera, la lógica unanimista y automultiplicadora de las fake news que circulan en las redes sociales se ha generalizado a los medios de comunicación hegemónicos. No es que las noticias sean necesariamente falsas; es simplemente imposible introducir noticias o análisis que contrasten o solo contextualicen. Tampoco es posible informar sobre otros temas relevantes que nos ayuden a ver que, por importante y trágico que sea lo que está pasando en Ucrania, no es el único hecho importante y trágico o digno de noticia que está pasando en el mundo. Solo decir esto en un momento de pánico moral es ser candidato a la acusación de relativismo. Algunos ejemplos de mi experiencia personal pueden ayudar a ilustrar la situación.

Sobre la complejidad y la polarización

La primera gran ausencia producida por la extrema polarización es la complejidad de los análisis. Sobre la crisis en Ucrania he escrito hasta ahora los siguientes textos que pueden consultarse porque están en línea: La ONU en la encrucijada; Cómo hemos llegado hasta aquí; "¿Todavía es posible pensar con complejidad?"; y, Para una autocrítica de Europa. En todos los textos traté de contextualizar lo que está sucediendo y brindar informaciones menos accesibles pero muy relevantes para comprender los hechos. En conjunto, mis análisis apuntaron a evitar el simplismo de los buenos y los malos, y proporcionar instrumentos para evaluaciones más cuidadosas y menos propicias a justificar aventuras belicistas donde las poblaciones civiles inocentes son siempre las grandes víctimas. El último texto, publicado el 10 de marzo en el diario Público de Portugal, uno de los principales diarios de referencia del país, mereció un ataque injusto, injurioso, violento y descontrolado por parte del director del diario.

Estos momentos de histeria colectiva y de extrema polarización, que imposibilitan la complejidad o el pensamiento contracorriente, son cada vez más frecuentes. En mi larga vida ya pasé por tres de esos momentos, en los que pagué un precio por insistir en pensar con complejidad e independencia. El primero fue justo después de la Revolución del 25 de abril de 1974, que devolvió la democracia a los portugueses y allanó el camino para la independencia de las colonias portuguesas en África y Oceanía. En ese momento hubo un giro repentino y radical a la izquierda, y el que no estuviese con nosotros estaba contra nosotros. (...)

El segundo momento fue el 11 de septiembre de 2001. Estaba en Estados Unidos (donde en los últimos 35 años viví casi la mitad de cada año, afiliado a la Universidad de Wisconsin-Madison) y participaba en un debate en la Universidad de Columbia, Nueva York, sobre derechos humanos. Debido a que, en mi intervención, a pesar de haber condenado enérgicamente el atentado a las Torres Gemelas, me atreví a hablar de la necesidad de respetar los derechos humanos en todas las circunstancias y no renunciar a continuar el diálogo intercultural con el mundo islámico que, en su amplia mayoría, era amante de la paz, mis colegas de Harvard me vituperaron con saña y casi me consideraron un filoterrorista. En años posteriores, estos colegas justificarían la tortura y cosas peores contra la Constitución de los Estados Unidos.

El tercer momento, hace unos días, fue el ya mencionado ataque personal del director del diario Público en reacción a un artículo mío.

Estamos en un nuevo tiempo de extrema polarización. No la vi en la invasión y destrucción de Irak ni en otras (muchas) situaciones. Para mantener la capacidad de pensar incluso en momentos de peligro, como nos enseñó Walter Benjamin, nunca es saludable llegar a este nivel de polarización. Así como no es aceptable guardar silencio ante la violencia de las atrocidades cuando ocurren más lejos de nosotros y no movilizan a nuestros medios de comunicación. La vida humana para mí tiene un valor incondicional. El sufrimiento de los ucranianos, que querían la guerra tan poco como cualquiera de nosotros, es terrible. Pero me duelen igualmente las muertes injustas ocurridas en los mismos días en otras guerras en otras regiones del mundo.

 Ninguna muerte injusta puede relativizar o justificar cualquier otra muerte injusta. Según una conocida organización que registra las muertes de guerra en todo el mundo, estas son las estadísticas del período inicial de la invasión de Ucrania (20 de febrero al 4 de marzo): 114 (Ucrania), 23 (Irak), 511 (Yemen), 187 (Siria), 192 (Malí), 527 (Nigeria), 155 (República Democrática del Congo), 180 (Somalia), 112 (Burkina Faso). Y si incluimos los conflictos internos, algunos de los cuales son equiparables a la guerra civil, hay que sumar: 258 (México), 242 (Brasil), 81 (Colombia), 124 (Myanmar), 38 (Afganistán) (ACLED. Accesible en https://acleddata.com/dashboard/#/dashboard). El hecho de que ninguna de las otras tragedias haya merecido atención mediática no tiene para mí otro sentido ni interés que el de permitirme conocer los mecanismos sociológicos de la formación del pánico moral y de la indignación pública.

Los silencios como sociología de las ausencias

Las situaciones de extrema polarización y concentración mediática unidimensional crean dos tipos de silencios: el primero está relacionado con aspectos de fenómenos hipernarrados o afines que, al no corresponder con el guion impuesto, son activamente ignorados en las noticias; el segundo tipo de silencio se refiere a otros hechos ajenos al láser mediático y que sólo por esa razón son considerados indignos de ser noticiables.

El silencio del racismo y del colonialismo

En cuanto al primer tipo de silencio, elijo la forma en que, en momentos de emergencia y polarización, los prejuicios y las prácticas racistas y colonialistas son activados con una virulencia agravada provocando mucho sufrimiento injusto que no llega a las pantallas ni a las páginas de los noticieros. La histeria mediática sobre Ucrania alcanzó principalmente al eje del Atlántico Norte, que también incluye a Australia, Japón y Brasil.  (...)

El silencio de la innovación democrática

El segundo tipo de silencio se refiere a hechos no relacionados con la orgía mediática y que apuntan a la diversidad del mundo. En Europa, la toma de posesión de Gabriel Boric como nuevo presidente de Chile pasó casi totalmente desapercibida. Y, sin embargo, es a todas luces un evento importante. (...)

El primer discurso de Boric como presidente de Chile es un documento histórico. En un país fracturado por la desigualdad económica, la discriminación étnico-racial y el conflicto social, Boric hizo un vibrante llamado a la unión con justicia social. En un país minado por el etnocentrismo, resaltó la diversidad de los pueblos que conforman el Estado chileno, es decir, los pueblos indígenas con derecho a que se respete su identidad cultural y territorial. En un país con una violenta tradición de Estado represivo, Boric llamó al fortalecimiento de un Estado social, protector de las clases sociales más vulnerabilizadas por el neoliberalismo depredador que atravesó el país en las últimas décadas. (...)

Nada de esto mereció la atención de los medios. Pero fue aquí donde se sembró una nueva esperanza democrática para Chile, para América Latina y para el mundo."                (Boaventura de Sousa Santos , Público, 18/03/22)

14.3.22

Este fué el principio de la guerra de Ucrania: Anne-Laure Bonnel, reportera de guerra francesa que ha estado en Ucrania desde 2015, dice: "Lamento sorprender a todos, no tengo una posición política, no defiendo a Putin, pero es el gobierno ucraniano el que está bombardeando a la población ucraniana de habla rusa en Donbass en este momento, (1 de marzo de 2022), y ha estado sucediendo durante 8 años, tengo videos para demostrarlo!"... “no estoy con ningún bando. Estoy con los civiles… Asumo lo que digo: una bomba de Ucrania cayó ayer en una escuela y dos maestras fueron cortadas en dos”


Érika Ortega Sanoja @ErikaOSanoja

Periodista francesa Anne Laure Bonnel: “no estoy con ningún bando. Estoy con los civiles… Asumo lo que digo: una bomba de #Ucrania cayó ayer en una escuela y dos maestras fueron cortadas en dos”. C News.

 https://twitter.com/i/status/1499090088877125632

7:31 p. m. · 2 mar. 2022
3.150 Retweets 256 Tweets citados 3.087 Me gusta

"1 de marzo de 2022, Anne-Laure Bonnel, reportera de guerra francesa que ha estado en Ucrania desde 2015, dice: "Lamento sorprender a todos, no tengo una posición política, no defiendo a Putin, pero es el gobierno ucraniano el que está bombardeando a la población ucraniana de habla rusa en Donbass en este momento y ha estado sucediendo durante 8 años, tengo videos para demostrarlo!""                 (YouTube)

mpr21 @smolny7

La periodista francesa Anne-Laure Bonnet ha dirigido un extraordinario documental sobre la Guerra del Donbas titulado “¡Los niños no son culpables!”, sobre el sufrimiento de la población civil durante los bombardeos del gobierno ucraniano: 14.000 muertos

7:44 a. m. · 12 mar. 2022

 39 Retweets 1 Citar Tweet 36 Me gusta

En los últimos años, según los datos ofrecidos por The Hill, sociedades enteras han sido destruidas con decenas de millones de heridos y traumatizados. El 42% de los afganos presentaban síntomas de trastornos de estrés postraumático en 2002, y un 70% presentaba señales de depresión grave... El balance de la actual catástrofe como consecuencia de la invasión militar rusa de Ucrania deja, a día de hoy, más de dos millones de desplazados y varios miles de muertos. Esas cifras aumentarán conforme continue la guerra, y deben sumarse a los 14.000 muertos y alrededor de millón y medio de desplazados registrados a lo largo de ocho años desde el arranque de la “operación antiterrorista” iniciada en Ucrania oriental en 2014 por el gobierno ucraniano y la resistencia rusófila que le hizo frente. Todo esto no relativiza los crímenes de Rusia, sino que los sitúan en su contexto real sin el cual no se entiende nada... Accediendo al más que razonable catálogo presentado por Moscú a EE.UU. y la OTAN el 17 de diciembre, la guerra podía haberse evitado. Rusia se habría contentado con concesiones de lo que era un catálogo de máximos en algunos puntos, como la retirada de infraestructuras militares de sus fronteras y la neutralidad de Ucrania. A pesar de ello se optó por no negociar nada esencial. Esa decisión revela algo bastante claro: que si el plan A de Washington para Ucrania era convertirla en un ariete contra Rusia, el plan B era que Rusia se metiera por sí sola en una especie de Afganistán eslavo, es decir provocar la criminal acción de Moscú contra Ucrania con el resultado de un catastrófico desgaste del adversario... En cualquier caso, eso coloca a Ucrania en el papel de víctima propiciatoria e instrumento de un pulso imperial superior... Los gobiernos occidentales y sus militares tenían el año pasado más confianza en la capacidad del régimen afgano de resistir a los talibán de la que tienen ahora en la capacidad militar de los ucranianos frente a los rusos: repiten una y otra vez que los ucranianos no pueden vencer esta guerra. Si ese es el consenso, ¿cuál es el sentido de proporcionar miles de millones en armas a Ucrania? La solidaridad con Ucrania no consiste en echar más leña en el altar del doble sacrificio imperial de Ucrania, sino en sacar a ese país y a su población del papel de víctima propiciatoria e instrumento en el pulso entre dos imperios.

 "(...) La agresión militar rusa contra Ucrania no debe ponerse enfrente, sino en línea con las otras agresiones imperiales violadoras del derecho internacional registradas en lo que llevamos de siglo. En la época de los imperios combatientes, su horrible balance de muertes directas e indirectas no se contrapone, sino que se suma a los costes de la guerra

Aunque apenas divulgados, los números son conocidos y están ahí. 38 millones de desplazados y 900.000 muertos en el arco que va de Afganistán a Irak, pasando por Siria, Pakistán y Yemen, sin que Libia entre en la cuenta. Si se incluyen las muertes indirectas ocasionadas por la destrucción de la sanidad e infraestructuras, la estimación del programa de la Universidad Brown de Estados Unidos, sitúa la cifra en 3,1 millones de muertos, siempre excluyendo las decenas de miles de muertos y heridos causados en Libia, Somalia y Filipinas. 

En los últimos años, según los datos ofrecidos por The Hill, sociedades enteras han sido destruidas con decenas de millones de heridos y traumatizados. El 42% de los afganos presentaban síntomas de trastornos de estrés postraumático en 2002, un año después de la invasión, según el Centro de Prevención y Control de Enfermedades de Estados Unidos. Un 70% presentaba señales de depresión grave. Un estudio reciente sobre Irak mostró que uno de cada cinco habitantes padece enfermedad mental y que un 56% de los jóvenes presentan síntomas del mencionado trastorno de estrés postraumático. Los ucranianos se suman ahora a eso a manos de otro agresor. 

El balance de la actual catástrofe como consecuencia de la invasión militar rusa de Ucrania deja, a día de hoy, más de dos millones de desplazados y varios miles de muertos. Esas cifras aumentarán conforme continue la guerra, y deben sumarse a los 14.000 muertos y alrededor de millón y medio de desplazados registrados a lo largo de ocho años desde el arranque de la “operación antiterrorista” iniciada en Ucrania oriental en 2014 por el gobierno ucraniano y la resistencia rusófila que le hizo frente. Todo esto no relativiza los crímenes de Rusia, sino que los sitúan en su contexto real sin el cual no se entiende nada.

 La agresión rusa es resultado de un largo proceso imperial ruso con vectores internos y externos que hemos explicado con detalle. Estados Unidos sabía que Rusia preparaba esta invasión. En diciembre, los americanos comunicaron a los chinos su convicción al respecto (los chinos les dijeron a los rusos que “los americanos quieren sembrar cizaña entre nosotros”). Washington puso incluso fechas –fechas que nosotros no creímos– a la invasión rusa de Ucrania. Accediendo al más que razonable catálogo presentado por Moscú a EE.UU. y la OTAN el 17 de diciembre, la guerra podía haberse evitado. Rusia se habría contentado con concesiones de lo que era un catálogo de máximos en algunos puntos, como la retirada de infraestructuras militares de sus fronteras y la neutralidad de Ucrania. A pesar de ello se optó por no negociar nada esencial.

 Esa decisión revela algo bastante claro: que si el plan A de Washington para Ucrania era convertirla en un ariete contra Rusia, el plan B era que Rusia se metiera por sí sola en una especie de Afganistán eslavo, es decir provocar la criminal acción de Moscú contra Ucrania con el resultado de un catastrófico desgaste del adversario. Para esa prioridad, el plan B puede ser visto incluso como “mejor” que el plan A. En cualquier caso, eso coloca a Ucrania en el papel de víctima propiciatoria e instrumento de un pulso imperial superior. 

 La legítima resistencia armada de los ucranianos, que sin duda es un momento fundacional para una nueva fase de la soberanía y la independencia de la nación, forma parte de ese mismo trágico proceso. Para EE.UU. la sangría de Ucrania parece un precio perfectamente asumible si con ello se logra “desestabilizar y estresar a Rusia”, algo de consecuencias incalculables. La mentalidad es la misma que Zbigniew Brzezinsky expresó en 1998 en su famosa entrevista con Le Nouvel Observateur: “Logré que los rusos se metieran en la trampa afgana ¿y pretende que me arrepienta?  ¿Qué era más importante para la historia mundial, los talibán o el colapso del imperio soviético? ¿Algunos musulmanes excitados o la liberación de Europa central y el fin de la Guerra Fría?”.

Ahora se trata de sacrificar a un peón a cambio de hacerse con la reina, siendo la reina una posición definitivamente solidificada en Europa y una quiebra rusa como perspectiva que debilite indirectamente a China. Ante la pregunta de ¿cómo ayudar a los ucranianos?, que la gente común se plantea indignada al presenciar una acción tan canallesca y una respuesta tan digna de David contra Goliat, no se puede perder de vista esta situación.

 Los gobiernos occidentales y sus militares tenían el año pasado más confianza en la capacidad del régimen afgano de resistir a los talibán de la que tienen ahora en la capacidad militar de los ucranianos frente a los rusos: repiten una y otra vez que los ucranianos no pueden vencer esta guerra. Si ese es el consenso, ¿cuál es el sentido de proporcionar miles de millones en armas a Ucrania? ¿Contribuirá eso a aminorar la sangría o a incrementar la presión militar rusa que hasta ahora ha sido discreta y puede ser mucho peor, según estiman los observadores militares? ¿Mejorarán las condiciones para una negociación con el mayor nivel de destrucción del país que será su consecuencia? Todo esto es por lo menos incierto.

El presidente ucraniano, Volodymyr Zelenski, pide a la OTAN que intervenga. “La gente está muriendo aquí también por su culpa, por su debilidad y su desunión”, reprocha. ¿Se trata entonces de bendecir una intervención de la OTAN en el conflicto que ella misma ha propiciado y asumir el riesgo de una guerra nuclear? ¿No sería más razonable ir inmediatamente a un alto el fuego y a una negociación sobre las reclamaciones rusas? “La prioridad es apoyar la resistencia de los ucranianos, no quiero darle a Putin una salida”, dice Étienne Balibar. ¿Han perdido el norte? ¿Fomentar el Plan B? 

La solidaridad con Ucrania no consiste en echar más leña en el altar del doble sacrificio imperial de Ucrania, sino en sacar a ese país y a su población del papel de víctima propiciatoria e instrumento en el pulso entre dos imperios. Para eso se necesita una actitud hipocrática, no dañar aún más con nuestras acciones a las víctimas, ni crear las condiciones para un conflicto aún mayor. Es decir: extrema prudencia y negociación. (...)"                   (Rafael Poch , CTXT,  10/03/22)

9.3.22

Konstantín Medvédev, residente de Mariúpol, (Ucrania), denunció el uso de civiles como escudos humanos por parte de las tropas ucranianas y los nacionalistas... y los ataques de combatientes ucranianos a los civiles que tratan de huir por los corredores humanitarios... en todas las guerras, los civiles son rehenes... por eso siempre, siempre, es preferibla la negociación... sobre todo cuando lo que pide Rusia es perfectamente asumible

El Viejo Topo @Viejo_Topo

"Konstantín Medvédev, residente de Mariúpol, (Ucrania), denunció el uso de civiles como escudos humanos por parte de las tropas ucranianas y los nacionalistas." Habla sobre los ataques de combatientes ucranianos a los civiles que tratan de huir por los corredores humanitarios.

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4:00 p. m. · 8 mar. 2022·Twitter Web App
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 "Rusia asegura que habrá un alto el fuego “inmediato” si Ucrania cede Crimea y reconoce la independencia de Donetsk y Lugansk... e introduce un cambio en la Constitución ucraniana que garantice su estatus de neutralidad de cara al futuro... por tanto, no hay ningún motivo para seguir con la guerra... son unas exigencias perfectamente asumible por todos, porque evitarían la destrucción completa de Ucrania... el hambre en Rusia... la debacle económica europea... y una victoria de la paz sobre la guerra"           (ojeandoelestadodeelpais, 08/03/22)

7.3.22

Racismo, la otra cara de la guerra. Cerca de 4 mil ciudadanos de Nigeria y de otros países de África permanecen varados en Ucrania, expuestos al odio de quienes se abogan el derecho de decidir quiénes pueden escapar y quiénes no

 "En el sexto día de la invasión rusa a Ucrania la discriminación racial se ha sumado al horror que experimentan los habitantes de Kiev, muchos de ellos inmigrantes llegados desde África, Portugal e India. Las imágenes que demuestran la xenofobia y el racismo de los guardias fronterizos ucranianos han sido expuestas ayer, aunque por muy escasos medios de comunicación. 

“Te quedarás aquí, tú que huyes de la guerra. Te quedarás aquí y lucharás con nosotros. No os vais a ir, sobre todo los negros", fue la respuesta de los militares y agentes de seguridad desplegados en la frontera ucraniana con Polonia. En la ciudad de Lviv, un estudiante congoleño y otra india han denunciado situaciones similares de discriminación y violencia.

 En el mismo control fronterizo se han reportado otros casos similares. Los militares ucranianos han hecho bajar de los autobuses -en los que pretendían salir del país- a una docena de extranjeros. “Tú te bajas”, fue la orden a una joven nigeriana estudiante de medicina. “Vinieron más de 10 autobuses y estábamos viendo cómo se iban todos. Pensamos que después de que se llevaran a todos los ucranianos nos llevarían, pero nos dijeron que teníamos que caminar, que no había más autobuses y nos dijeron que camináramos", explicó a los reporteros que trabajan en la zona.  

Desde el inicio del conflicto armado la afluencia de personas que intentan salir de Ucrania ha aumentado exponencialmente. Antes del comienzo de los bombardeos del ejército ruso, las personas que intentaban cruzar la frontera hacia la Unión Europea y regresar, ascendían a cincuenta mil por día. Ahora se duplicó la cantidad y continúa incrementándose a medida que se endurecen las hostilidades entre Rusia y Ucrania.

En Ucrania residen cientos de estudiantes extranjeros de la carrera de Medicina, debido a la sólida reputación del país en relación a cursos y matrículas, además de los gastos e insumos que son más asequibles que en los programas de otras naciones occidentales.

 Pero la guerra ha dejado ver ese otro lado de la Ucrania asediada por las fuerzas armadas de la Federación Rusa. Estudiantes marroquíes, nigerianos, egipcios y ghaneses que han logrado cruzar la frontera, han denunciado a través de las redes la brutalidad y el odio con el que fueron tratados por los militares ucranianos apostados en la frontera con Polonia. 

Desde el pasado viernes 25 se han incrementado en las redes sociales -y en medios de escasa difusión- los mensajes de ciudadanos africanos a los que se les ha negado abandonar el territorio invadido. El vídeo viral de la frontera polaca es uno de los pocos que han hecho visible esta situación. Otras imágenes compartidas en redes muestran escenas similares en el acceso a los trenes que cruzan los controles fronterizos.

 La propia Unión Africana usó las redes sociales para lanzar un comunicado expresando su preocupación al respecto.  Macky Sall, presidente de la UA (Unión Africana) y jefe de Estado senegalés, conjuntamente con el presidente de la Comisión de la UA, Moussa Faki Mahamat, condenaron el racismo que sus ciudadanos están sufriendo en Ucrania tras la invasión Rusa: “Las informaciones de que africanos son diana de un inaceptable trato desigual serían chocantemente racistas y una violación del derecho internacional".

Alrededor de 4 mil ciudadanos de Nigeria y muchos más de otros países de África permanecen varados en Ucrania, expuestos al odio de quienes se abogan el derecho de decidir quiénes pueden escapar de las bombas y quiénes no."                  (Walter C. Medina  , Nueva Tribuna, 2 de marzo de 2022)

3.3.22

Tengo miedo... Han reaparecido con la guerra de Ucrania los mismos estrategas de café de que hablaba Josep Pla... En efecto, con la guerra de Ucrania todo el mundo va embalado: hay que enviar armas a Ucrania, admitirlos en la UE, ¡incluso en la OTAN!... "nosotros somos los buenos” y que hay que “eliminar” a Vladímir Putin... Muy bien, ¿cómo lo hacemos? ¿invadimos Rusia?... Queda muy bien lo de enviar armas a Ucrania pero... no sé si estamos ante una escalada militar de incalculabes consecuencias... por eso tengo miedo... Incluso en en el caso de que acabe mal para Putin. Si dicen que no hay nada peor que un animal herido... entre una Ucrania a la bielorrusa -que es lo que querría Putin- y una Ucrania miembro de la UE y la OTAN -que debe ser lo que quiere Zelensky- podrían encontrar un término medio. En todo caso me resisto a pensar que esta es una guerra entre buenos y malos. Me cuesta creer -aunque tengan todo el apoyo- que Ucrania sea el paraíso terrenal comparado con Rusia... (Xavier Rius, director de e-notícies, y hombre de derechas)

 "Han reaparecido con la guerra de Ucrania los mismos estrategas de café que reaparecieron en la guerra de Abisinia, cuando Italia invadió el país africano sin que, por cierto, Europa moviera un dedo.

El escritor catalán Josep Pla publicaba el 14 de octubre de 1935 una de sus crónicas parlamentarias en las que describiía este fenómeno meteorológico: “Ha hecho su aparición en Madrid -y en Barcelona debe haber sido lo mismo- el estratega de café, el gran estratega de café, que no habíamos vistos desde la guerra europea”.

“Se conserva bien y animado -añadía- y los mármoles de las mesas de los establecimientos comienzan a poblarse de sus dibujos: signos de flechas estraégicas”.

“Da gusto oirlo -terminaba. Te hace el croquis de una batalla, os dibuja una acción retrospectiva y oscura, os canta lo que pasará mañana con una seguridad que os hace enternecer”. (1)

En efecto, con la guerra de Ucrania todo el mundo va embalado: hay que enviar armas a Ucrania, admitirlos en la UE, ¡incluso en la OTAN!

El domingo pillé a un exdiputado de Unió, Roger Montañola, en el Catalunya Opina en el que equiparaba a Putin a un “tirano, un auténtico corrupto, un dictador” y lo comparaba “a un abusón de escuela de toda la vida”.

Admitía que estábamos en un “escenario prebélico" incluso para nosotros, que esto iba de “buenos y malos" pero que "nosotros somos los buenos” y que había que “eliminar” a Vladímir Putin -no sé si se refería incluso físicamente- o que tendría que acabar “en una fría cárcel en Vladivostok”.

Muy bien, ¿cómo lo hacemos? porque Rusia es, por extensión, el país más grande del planeta: 17 millones de kilómetros cuadrados.

También una de los más pobladas: 144 millones de habitantes.

Y, lo más importante, es una potencia nuclear.

Quiero repetir a Roger Montañola -si lee este artículo- la pregunta porque creo que no es consciente de lo que dijo: ¿cómo lo hacemos? ¿envíamos a las fuerzas de la OTAN? -que no se creó para eso- ¿invadimos Rusia?

Con el riesgo de acabar en una III Guerra Mundial. La tercera es la última. Ya lo dijo Albert Einstein: la próxima sería a pedradas. Y supongo que tras miles de años hasta que no pasasen los efectos de la contaminación nuclear. La raza humana habría desaparecido probablemente de la faz de la tierra y sustituida por las ratas -es proverbial su capacidad de supervivencia- u otra especie animal todavía por nacer. Como les pasó a los dinosaurios. Estamos aquí porque ellos desaparecieron por el impacto de un meteorito.

Quiero decir, sin embargo, que Roger Montañola no ha sido el único en embalarse. En su caso es grave poque tiene -o tenía- aspiraciones políticas y un político tiene que tener siempre los pies en el suelo. En caso contrario no merecer ser votado ni para presidente de la comunidad. Ya hemos tenido, en Catalunya, suficientes dirigentes que han vendido la Luna o han mareado la perdiz.

Al eurodiputado de Ciudadanos Jordi Cañas le ha pasado igual. Ha colgado u tuit afirmando que España “DEBE” -así, en mayúsculas- enviar armas y municiones a Ucrania.

 Creo que a Jordi le ha salido la vena antiPSOE. No en vano están en la oposición y parece que caminan, ellos sí, hacia la extinción.

Lo que debería hacer Ciudadanos es repatriarlo porque es la única posibilidad que tienen de sobrevivir, al menos en Catalunya.

Hasta he pillado al expresidente balear del PP José Ramón Bauzá, que luego se pasó a Ciudadanos, dando también ya la bienvenida de Ucrania a la Unión Europea.

 Queda muy bien lo de enviar armas a Ucrania pero supone una escalada militar de incalculables consecuencias.

A los primeros muertos rusos va a salir Putin por la tele diciendo que estos muertos son culpa de Alemania, que han sido los primeros y que ya provocaron, durante la II Guerra Mundial, la muerte de 27 millones de ciudadanos soviéticos. 27 millones. Se dice pronto. Ningún estado pagó entonces un precio tan alto. (...)

Que Putin se ha pasado de la ralla y se ha embarcado en una invasión en toda regla, también. Pero me cuesta creer que sea un loco o un Hitler, simplificaciones que menudean ahora en Occidente.

Más bien creo que tiene, a pesar de todo y con excepciones en algunos segmentos de la población, un apoyo mayoritario. Les ha dado estabilidad política y económica tras el desbarajuste del hundimiento de la URSS. Hay que recordar que su predecesor, Boris Yeltsin, nos caía muy bien porque se subió a un tanque durante el golpe de estado de 1991 pero que le daba al vodka más de la cuenta y, en alguna reunión oficial, apareció tambaleándose.

Putin les ha dado a los rusos una cosa todavía más importante: la recuperación de la autoestima, el orgullo nacional. Tan importante a la hora de desencadenar un conflicto.

Está por ver ahora si lo de Ucrania se convierte en un fiasco militar, una especie de Vietnam a la rusa. (...)

Pero incluso en el peor de los escenarios para el presidente ruso -que la guerra le pase factura políticamente- siempre soy partidario, como dice el refrán, más vale hijo de p... conocido que hijo de p... por conocer.

Entre otra razones porque un vacío de poder se rellena generalmente con un poder todavía peor. Hay innumerables ejemplos a lo largo de la historia. El más funesto de todos fue el de Hitler, ya citado más arriba, que fue un vacío de poder político y económico. (...)

Lamentablemente hay más ejemplos: en la Libia actual creo que añoran hasta a Gadafi -al que por cierto bombardearon ingleses y franceses por la insistencia de un intelectual francés, André Gluksmann- y el Estado Islámico es, en parte, fruto del vacío de poder en Irak después de que Estados Unidos decretara la desmovilización del Ejército de Saddam.

Por supuesto, Ucrania es un estado soberano y tiene derecho a decidir su futuro. Pero creo que Occidente también ha alimentado sus expectativas para erosionar el área de influencia rusa.

Tras la famosa revolución naranja trascendió que el director de la CIA de entonces, John Brennan, había estado en Kiev. Dudo mucho que fuera de vacaciones.

Seguramente entre una Ucrania a la bielorrusa -que es lo que querría Putin- y una Ucrania miembro de la UE y la OTAN -que debe ser lo que quiere Zelensky- podrían encontrar un término medio.

En todo caso me resisto a pensar que esta es una guerra entre buenos y malos.

Me cuesta creer -aunque tengan todo el apoyo- que Ucrania sea el paraíso terrenal comparado con Rusia. El pasado domingo leía una entrevista al profesor ucraniano Iaroslav Hritsak en el Ara -me apresuré a buscar sus obras en Amazon pero no encontré ninguna traducida al menos al ingés- y decía que los principales problemas del país eran la guera en el Donbass y “la corrupción”. Zelensky no ha acabado ni con una ni con la otra.

Un último apunte a pesar de la extensión. Es normal que Rusia se sienta amenazada por la expansión de la OTAN hacia el este: Polonia y República Checa (1999); Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Lituania y Letonia (2004), Albania (2009).

Personalmente creo que hubo aquel famoso compromiso de permitir una rápida reunificación alemana tras la caída del Muro. En plan buen rollo -Mijail, no te preocupes- pero en las relaciones internacionales el bueno rollo no sirve. Tengo pendientes las memorias de Gorbachev a ver qué dice.

Pero es normal que Rusia se sienta amenazada: no hay fronteras naturales entre Europa del Este y la madre patria excepto las marismas de Prípiat que, en la guerra moderna, no servirían para detener a un ejército.

Y ha sido periódicamente invadida. (...)

Por eso, tengo miedo.

No sé si estamos ante una escalada militar de incalculabes consecuencias.

Incluso en en el caso de que acabe mal para Putin. Si dicen que no hay nada peor que un animal herido, no quiero ni imaginar el gran oso (ruso) herido.

Además a Occidente le conviene una Rusia estable. No lo digo sólo por razones económicas -el 40% del gas de la UE viene de Rusia- o el turismo ruso en nuestras costas, lo digo por todo.

A ver si estamos en el mismo período que Europa antes de la Primera Guerra Mundial.

Entonces también asistieron a una escalada militar pero no lo sabían.

Entre el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su mujer -al que por cierto no aguanta su familia: había contraío un matrimonio morganático con una condesa checa de rango inferior- aquel 28 de junio de 1914 y el inicio de las hostilidades pasó un mes, en pleno verano, en que nadie se dio cuenta de la tragedia que se avecinaba. (...)

Sucesión de errores, decisones y fracasos que llevaron a la primera guerra mundial de la historia y que tan bien han sido descritos por historiadores como Margaret MacMillan ("1914. De la paz a la guerra") Cristopher Clark ("Sonámbulos") o Barbara Tuchman con el clásico "Los cañones de Agosto".

Hay una frase de la primera, sólo empezar el libro que me quedó grabada:"We sould never underestimate the part played in human affairs by mistakes, muddle, or simply poor timing" (2)

En castellano: "Nunca deberíamos subestimar el papel que juegan en los asuntos humanos los errores, el desorden o simplemente un mal momento".

Es conocido que el presidente Kennedy echó el freno y contuvo a los halcones durante la crisis de los misiles porque había leído el libro de Barbara Tuchman y no quería que una sucesión de deciones provocará una guerra mundial. (...)

Por cierto, los rusos habían instalado misiles en Cuba a escondidas -y Estados Unidos lo consideró una línea roja infranqueable- pero los americanos también tenían misiles en Turquía a escasos kilómetros de la frontera rusa y esa parte de la historia es menos conocida.

A ver si, al final, aprendemos de la historia. Al menos para no repetirla. 

(1) Josep Pla: "Cròniques parlamentàries (1934-1936). Destino, Barcelona 1983. Volumen 42 de la obra completa. Página 445"                        (Xavier Rius, e-notícies, 02/03/21)