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28.4.26

Alemania vuelve a las andadas... Vuelven a armarse y proclaman su objetivo de “volver a contar con el ejército más poderoso de Europa”. La frase provoca escalofríos, por la imbecilidad que transmite a cualquiera que tenga una mínima memoria histórica... Hay una creciente presencia militar germana en las repúblicas bálticas, especialmente en Lituania, donde periódicamente se realizan maniobras contra Rusia... Al mismo tiempo, vuelven a situarse en el campo genocida, apoyando ciegamente la masacre israelí en Gaza y la guerra contra Irán. “Israel hace el trabajo sucio por todos nosotros”, dice su energúmeno canciller... durante la visita de Zelensky a Berlín, el Canciller Merz declaró a Ucrania “socio estratégico” de Alemania. Sumando el gasto militar alemán con el ucraniano, la suma ya supera el gasto militar ruso... el objetivo de los 90.000 millones de euros otorgados a Ucrania por la UE es mantener la maltrecha capacidad militar ucraniana dos años más y prepararse mientras tanto para una gran guerra contra Rusia. Una guerra que pueda librarse, incluso si Estados Unidos no participa en ella. El máximo militar jefe del ejército belga, Frederik Vansina, lo acaba de dejar claro al decir que aún les falta varios años para adquirir la capacidad necesaria y que mientras tanto se alimenta a Ucrania para que mantenga el frente. En Moscú se suceden los comentarios belicosos sobre la necesidad de romperle los dientes a esa Alemania antes de que su delirio revanchista y militarista vaya a mayores (Rafael Poch de Feliu)

"Alemania no parece tener remedio. Vuelve a las andadas. La estúpida arrogancia de sus políticos está en linea con la de sus padres y abuelos derrotados en Stalingrado. Vuelven a armarse y proclaman su objetivo de “volver a contar con el ejército más poderoso de Europa”. La frase provoca escalofríos. No por la amenaza de un nuevo Hitler, sino por la imbecilidad que transmite a cualquiera que tenga una mínima memoria histórica.

La simple realidad es que Alemania volvió a las andadas en cuanto el país recuperó su soberanía en octubre de 1990. Diecinueve meses después de su reunificación nacional, un generoso regalo de la URSS de Mijail Gorbachov, ya utilizaron sus fuerzas armadas por primera vez desde Hitler contra un pueblo, el serbio, cuya guerrilla había sido la primera en combatir a los nazis en los Balcanes medio siglo antes, y volvían a apoyar los antiguos aliados de los nazis en la región, croatas y musulmanes bosnios, en su esfuerzo por disolver Yugoslavia, un país que diarios como el Frankfurter Allgemeine Zeitung, y Die Welt, así como el semanario Der Spiegel, consideraban una “creación artificial”. Para eso, el ministro de exteriores verde Josef Fischer tuvo que comparar a “los serbios” con los nazis y al conflicto de Kosovo con Auschwitz, comparaciones monstruosas “especialmente en boca de un alemán”, según el General Heinz Loquai, uno de los raros militares alemanes que criticó aquello.

Como apuntó Diana Johnstone, autora de uno de los mejores libros sobre la intervención militar occidental contra Yugoslavia, (Fool´s Crussade, 2002); “Lo que ocurrió en Alemania fue una extraña especie de transferencia masiva de la identidad nazi, y de la culpa, hacia los serbios. Quizás esto proporcionó a los alemanes una reconfortante sensación de alivio al sentirse inocentes, e incluso héroes, frente a un nuevo pueblo “criminal”, los serbios. Condenar el “genocidio serbio” parecía proporcionar la clave psicológica para superar el pasado nazi de Alemania con el fin de volver a ser una gran potencia “normal”, capaz de proyectar su poderío militar en el extranjero”.

Más de veinte años después de aquello, el marco de ese sicoanálisis se amplia exponencialmente. Rusia, que cuando era URSS fue asolada en una guerra alemana de exterminio con millones de víctimas civiles, ha vuelto a ser oficialmente declarada enemiga en la doctrina militar alemana. Hay una creciente presencia militar germana en las repúblicas bálticas, especialmente en Lituania, donde periódicamente se realizan maniobras contra Rusia. Los tanques “Leopard” marchan en Ucrania sobre las roderas de sus antepasados “Tiger” y “Panther”. Los hijos y nietos de los derrotados en Stalingrado no se avergüenzan por ello, ni muestran complejo alguno. Al mismo tiempo, vuelven a situarse en el campo genocida, apoyando ciegamente la masacre israelí en Gaza y la guerra contra Irán. “Israel hace el trabajo sucio por todos nosotros”, dice su energúmeno canciller, mientras su policía reprime, como en ninguna otro lugar de la Europa parda, cualquier manifestación de solidaridad con las víctimas.

En 2025 Europa, la Unión Europea más Inglaterra, gastó en 559.000 millones de dólares en sus fuerzas amadas, es decir casi tres veces lo que gasta Rusia (190.000 millones), según el Instituto de investigaciones de la paz de Estocolmo (SIPRI). Rusia es el tercer país del mundo que más gasta, seguido de Alemania, que ocupaba el quinto puesto en 2024. Y subiendo.

El 14 de abril, durante la visita de Zelensky a Berlín, el Canciller Merz declaró a Ucrania “socio estratégico” de Alemania. Sumando el gasto militar alemán con el ucraniano, la suma ya supera el gasto militar ruso. ¿El eje Berlín Kiev, embrión del ejército europeo, como dice Manolo Monereo?. Desde este año, “Ucrania será nuestro socio bilateral más importante”, ha dicho Merz, al anunciar ayudas a Kiev en materia de defensa antiaérea, armas de largo alcance, drones y munición de artillería. Mientras en el The Wall Street Journal constatan que “Ucrania es ahora la guerra de Europa”, muchos se preguntan si el país no es ya un protectorado alemán. Es la cuarta vez en 150 años que el conflicto entre regiones ucranianas – rusófilas las del Este y rusófobas las del oeste (Galizia) – degenera en guerra exacerbada por la intervención de potencias extranjeras que buscan utilizar al país en su provecho. Ocurrió durante la primera y segunda guerra mundial, durante la guerra civil después del Maidán de 2014 y tras la invasión rusa de 2022. El nacionalismo ucraniano, también vuelve a tropezar con la misma piedra, y en esa piedra siempre figura Alemania…

En cualquier caso, el objetivo de la última partida de 90.000 millones de euros otorgados a Ucrania por la UE es mantener la maltrecha capacidad militar ucraniana dos años más y prepararse mientras tanto para una gran guerra contra Rusia en Europa. Una guerra que pueda librarse, incluso si Estados Unidos no participa en ella. El máximo militar jefe del ejército belga, Frederik Vansina, lo acaba de dejar claro al decir que aún les falta varios años para adquirir la capacidad necesaria y que mientras tanto se alimenta a Ucrania para que mantenga el frente. En Moscú se suceden los comentarios belicosos sobre la necesidad de romperle los dientes a esa Alemania antes de que su delirio revanchista y militarista vaya a mayores.

La simple realidad es que todo aquello de la Vergangenheitsbewältigung, la confrontación responsable con el pasado, y el Schuldkomplex, el auto cuestionamiento por la culpa de los crímenes de la nación durante los doce años de su régimen nazi, fue una comedia de posguerra a la que se puso fin en cuanto el país recuperó su soberanía en octubre de 1990. ¿Cómo sino se explica lo que se está gestando?" 

(Rafael Poch de Feliu , blog, 28/04/26)  

27.1.26

Estuve en un juicio de una persona acusada de haber pegado a un policía, a la que dejaron inconsciente. No permitieron que las ambulancias la atendieran. Y aun así, le llegó una acusación por agredir a la policía, con posible pena de cárcel... Y esto no es una excepción: es constante. La mayoría de los juicios por agresión a la policía en Alemania responden a situaciones en las que ha sido la policía la que ha agredido primero. Aun así, las personas se enfrentan a antecedentes penales. Y eso tiene consecuencias gravísimas... La policía entra a detener a alguien por un eslogan, por un símbolo prohibido o simplemente porque es una persona conocida. Entra una decena de agentes, pegando a todo el mundo alrededor y llevándose a la persona por la fuerza. Está grabado y se puede ver. Si protestas porque te empujan, te pueden acusar de insultar a la policía. Si no te apartas lo suficientemente rápido, es “resistencia a la autoridad”. Si te tocan y tú reaccionas mínimamente, es “agresión a la policía”. “Resistir a la autoridad” es todo: no oír una orden, no caminar al ritmo que quieren, cubrirte la cara mientras te pegan. Asistí a un juicio de un estudiante al que tiraron al suelo y le dieron patadas. En el vídeo se ve claramente que se cubre la cara para protegerse, y eso fue interpretado como resistencia a la autoridad. Salió culpable y tuvo que pagar unos 4.000 euros... También hubo juicios por consignas como “los sionistas son fascistas”, por los triángulos rojos, por sandías, por kufiyas, por puños. Incluso detuvieron a una persona LGTBI por un triángulo rosa, y luego tuvieron que pedir disculpas. Las propias universidades, como la Humboldt o la Freie Universität, han denunciado a sus estudiantes... Están construyendo la idea de que el enemigo está dentro, que somos terroristas, y con eso justifican más represión. Por eso es fundamental mirar lo que pasa aquí. Ya hay personas acusadas de terrorismo por acciones de protesta. Hay gente en prisión preventiva durante meses sin cargos. Esto no es una excepción: es el futuro que están ensayando (Roser Gari, activista madrileña que vive en Berlín)

 "Roser Gari es una activista madrileña que vive en Berlín y ha acompañado como observadora a muchos activistas que están sufriendo represión política por apoyar la causa palestina con su grupo Palestine on Trial y han publicado varios informes al respecto. Hablamos con ella para que explique lo que está ocurriendo con las personas solidarias con Palestina en Alemania. Desde octubre de 2023 puede haber unos 11.000 juicios relacionados con el movimiento pro-palestino, estima.

¿Qué has podido observar en los juicios contra activistas pro-Palestina en Berlín?

El Estado represivo alemán está funcionando exactamente como quería. Tenemos varias conclusiones. Una parte fundamental de esta represión tiene como objetivo que la gente deje de ir a las calles y deje de organizarse. Las personas que pasan por procesos judiciales se quedan sin recursos económicos, porque los juicios son caros y los abogados también.

Muchas de estas personas sufren niveles de estrés muy fuertes: problemas de sueño, depresión, ansiedad generalizada y, como consecuencia, abandonan la militancia porque están completamente agotadas. A muchas personas a las que la policía ha pegado de forma excesiva, la propia policía las acusa de lo contrario: de haber agredido a los agentes. Eso significa que se enfrentan incluso a penas de cárcel. Son personas profundamente traumatizadas.

Esta misma semana estuve en un juicio de una persona acusada de haber pegado a un policía a la que dejaron inconsciente. No permitieron que las ambulancias la atendieran. Y aun así, le llegó una acusación por agredir a la policía, con posible pena de cárcel. Imagínate cómo se siente alguien a quien han dejado inconsciente y luego recibe una carta diciendo que ha sido él quien ha pegado a la policía.

Y esto no es una excepción: es constante. La mayoría de los juicios por agresión a la policía en Alemania responden a situaciones en las que ha sido la policía la que ha agredido primero. Aun así, las personas se enfrentan a antecedentes penales. Y eso tiene consecuencias gravísimas: problemas con visados, retrasos o retiradas de permisos de residencia, pérdida de becas, dificultades laborales.

¿Por qué tipo de cargos se está procesando a activistas que se manifiestan ejerciendo, en teoría, su derecho a la protesta?

Hablamos de multas económicas altas. Agredir a un policía puede costar 3.600 euros, más los gastos judiciales y el abogado, que pueden llegar fácilmente a 2.000 euros. Desde octubre de 2023 puede haber unos 11.000 juicios relacionados con el movimiento pro-palestino. El Estado está intentando rebajar las cifras públicamente, pero la magnitud es enorme. La policía entra a detener a alguien por un eslogan, por un símbolo prohibido o simplemente porque es una persona conocida. Entra una decena de agentes, pegando a todo el mundo alrededor y llevándose a la persona por la fuerza. Está grabado y se puede ver.

Si protestas porque te empujan, te pueden acusar de insultar a la policía. Si no te apartas lo suficientemente rápido, es “resistencia a la autoridad”. Si te tocan y tú reaccionas mínimamente, es “agresión a la policía”. “Resistir a la autoridad” es todo: no oír una orden, no caminar al ritmo que quieren, cubrirte la cara mientras te pegan. Asistí a un juicio de un estudiante al que tiraron al suelo y le dieron patadas. En el vídeo se ve claramente que se cubre la cara para protegerse, y eso fue interpretado como resistencia a la autoridad. Salió culpable y tuvo que pagar unos 4.000 euros.

También hay juicios por eslóganes y símbolos. El principal es “From the river to the sea, Palestine will be free”, después de que el Ministerio del Interior declarase ese slogan como símbolo de Hamás en noviembre de 2023. Decirlo se considera apología del terrorismo. Se usa incluso para disolver manifestaciones enteras.

Este caso llegó a segunda instancia y se perdió en un juicio completamente amañado, con una jueza que ya había declarado su postura y un “experto” abiertamente racista. También hubo juicios por consignas como “los sionistas son fascistas”, por los triángulos rojos, por sandías, por kufiyas, por puños. Incluso detuvieron a una persona LGTBI por un triángulo rosa, y luego tuvieron que pedir disculpas. Las propias universidades, como la Humboldt o la Freie Universität, han denunciado a sus estudiantes. Algunos tienen prohibida la entrada a su propia universidad.

Dentro de toda esta estructura represiva, ¿cuál es el papel de las observadoras como tú?

Primero, la solidaridad. Muchas personas van solas a los juicios y sentarse frente a los policías que te han pegado es durísimo. Intentamos estar ahí, acompañar, llevar comida, ponernos físicamente entre la policía y las personas acusadas. Segundo, somos muy conscientes de que cuando ponen a una persona en el banquillo, nos están poniendo a todas. No es un juicio individual: es un juicio político contra todo el movimiento. Y tercero, documentamos. En Alemania no hay transcripciones públicas completas. Muchas barbaridades racistas, falsas o violentas no quedan registradas. Nosotras transcribimos, archivamos y guardamos pruebas de lo que ocurre. Tener esas transcripciones es clave para recurrir y para la memoria colectiva.

Nosotros somos los testigos que dejamos constancia de lo que ocurre. Los policías mienten muy mal y hemos presenciado casos en los que el juez les pregunta tras declarar si quieren decirlo de otra manera, porque su colega no ha declarado eso. Les repite exactamente lo que ha dicho el compañero para que puedan corregirse, ya que, si un testigo, mientras está declarando, se retracta o cambia su versión, no se le puede imponer una multa. Es una forma de decir: “¿Seguro que quieres afirmar que ocurrió así? Porque tu colega no lo ha explicado de ese modo”. Si se retracta, ya no se le puede sancionar por haber mentido en juicio. La mayoría de los que propinan las palizas más brutales, justo después de hacerlo, se cogen una baja médica por depresión. Están dos o tres meses de baja médica y luego vuelven haciéndose las víctimas.

¿Quiénes están siendo más perseguidos?

Personas racializadas, migrantes, musulmanas, personas LGTBIQ+ y activistas con trayectoria previa. La mayoría de quienes salen a la calle no son alemanes blancos. A personas con doble nacionalidad se les amenaza con retirársela. Hay un racismo y una islamofobia muy fuertes, incluso en sectores de la izquierda. La violencia policial genera mucha menos empatía social cuando la víctima es racializada. Por ejemplo, a un palestino que ya tenía la nacionalidad alemana se la han retirado porque en la última década, según ellos, habría compartido contenido antisemita.

¿Cómo enmarcas esta represión dentro del giro autoritario y militarista alemán, y qué mensaje mandarías al activismo en el Estado español?

Están usando al movimiento pro-palestino como laboratorio. Igual que Palestina es el laboratorio de Israel, el movimiento pro-palestino es el laboratorio de Alemania. Están probando hasta dónde pueden llegar. Tenemos cooperación directa con Israel, rearme policial, nuevas leyes que permiten entrar en casas sin orden judicial y espiar teléfonos y ordenadores. El mensaje es claro: hoy somos nosotros, mañana sois vosotros. Están construyendo la idea de que el enemigo está dentro, que somos terroristas, y con eso justifican más represión. Por eso es fundamental mirar lo que pasa aquí. Ya hay personas acusadas de terrorismo por acciones de protesta. Hay gente en prisión preventiva durante meses sin cargos. Esto no es una excepción: es el futuro que están ensayando." 

(Publicado en Diario Red : Roser Gari: «Hay personas acusadas de terrorismo por acciones de protesta» )

( Entrevista a Roser Gari, Carmela Negrete, en Rafael Poch, blog, 26/01/26)

30.11.25

Alemania ofrece asilo a los burros de Gaza, pero no a los niños palestinos... al menos ocho burros de Gaza habían sido «rescatados» y trasladados a Alemania. Si bien la operación puede considerarse parte de una campaña israelí para privar a la población de Gaza de un medio de transporte esencial, la verdadera indignación reside en otro lugar: Alemania ya ha evacuado de Gaza al menos cuatro veces más burros que personas... cuando parece imposible que la política alemana sobre Palestina se vuelva más absurda, el país logra demostrar lo contrario... “Han dejado atrás el hambre y la miseria, las palizas y la explotación”. Así comienza un periódico alemán su artículo sobre el “rescate” de los burros, sin explicar ni una sola palabra quién es responsable de su sufrimiento. Peor aún, los medios alemanes no han usado un lenguaje tan empático con los palestinos en más de dos años... el artículo señala con alegría que los burros, «considerando todas las cosas terribles que han vivido, son increíblemente confiados» y ya han «florecido un poco». Leer descripciones similares del estado psicológico de la población de Gaza en un periódico alemán hoy sería nada menos que «revolucionario»... en Alemania, tras dos años de genocidio, los gazawis han sido tan deshumanizados que, en la jerarquía de la vida «valiosa», se encuentran por debajo de los animales (Leon Wystrychowski)

 "Alemania ahora acoge animales de Gaza mientras niega la entrada a palestinos heridos y enfermos. El mensaje es claro: en la jerarquía alemana de vida «valiosa», los palestinos son menos valorados que los animales.     

Justo cuando parece imposible que la política alemana sobre Palestina se vuelva más absurda, el país logra demostrar lo contrario. La semana pasada, surgieron informes de que al menos ocho burros de Gaza habían sido «rescatados» y trasladados a Alemania. Si bien la operación puede considerarse parte de una campaña israelí para privar a la población de Gaza de un medio de transporte esencial, la verdadera indignación reside en otro lugar: Alemania ya ha evacuado de Gaza al menos cuatro veces más burros que personas.

“Han dejado atrás el hambre y la miseria, las palizas y la explotación”. Así comienza un periódico alemán su artículo sobre el “rescate” de los burros, sin explicar ni una sola palabra quién es responsable de su sufrimiento. Peor aún, los medios alemanes no han usado un lenguaje tan empático con los palestinos en más de dos años. Solo los medios de extrema izquierda siguen describiendo lo que está sucediendo en Gaza como “genocidio”. En los medios tradicionales, la palabra se considera un “escándalo” en sí misma. Los informes sobre la tortura sistemática de palestinos por parte del ejército israelí, documentados recientemente por el Centro Palestino para los Derechos Humanos (CPDH) , apenas llegan al público alemán, y ciertamente no hay protestas públicas.

Más adelante, el artículo señala con alegría que los burros, «considerando todas las cosas terribles que han vivido, son increíblemente confiados» y ya han «florecido un poco». Leer descripciones similares del estado psicológico de la población de Gaza en un periódico alemán hoy sería nada menos que «revolucionario».

Para los observadores internacionales —y para el caso de genocidio de Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ)—, uno de los indicadores más claros de que Israel está cometiendo genocidio es la reiterada deshumanización de los palestinos por parte de portavoces del gobierno y el ejército israelíes, quienes los comparan rutinariamente con animales. En cuanto a Alemania, se puede decir lo siguiente: tras dos años de genocidio, los gazawis han sido tan deshumanizados que, en la jerarquía de la vida «valiosa», se encuentran por debajo de los animales.

Denegación de entrada a niños palestinos

Si bien varios gobiernos occidentales han traído en los últimos meses a niños heridos o enfermos de Gaza para recibir tratamiento médico, Alemania se ha negado casi por completo a hacerlo. Se dice que solo dos niños de Gaza fueron traídos a Alemania para recibir tratamiento en los últimos dos años. El verano pasado, varias ciudades alemanas anunciaron públicamente que estaban listas para recibir a menores de Gaza y que ya habían preparado la logística y las instalaciones.

Si bien varios gobiernos occidentales han traído en los últimos meses a niños heridos o enfermos de Gaza para que reciban tratamiento médico, Alemania se ha negado casi por completo a hacerlo.

Pero el Ministerio de Asuntos Exteriores y el Ministerio del Interior bloquearon los planes. A pesar del alto el fuego, afirmaron, las condiciones en Gaza eran «muy confusas e impredecibles». También mencionaron «procedimientos complejos» e insistieron en que cualquier familiar acompañante requeriría controles de seguridad. En otras palabras: el gobierno alemán teme, o dice temer, la entrada de «terroristas de Hamás» al país.

Esto aplica no solo a los gazawis, sino a los palestinos en general. Entre noviembre de 2024 y agosto de 2025, las autoridades alemanas denegaron la entrada a un bebé palestino alegando que su presencia supuestamente ponía en peligro la seguridad de la República Federal de Alemania. Los padres, que contaban con permisos de residencia y trabajo válidos, pudieron entrar y finalmente revocaron la prohibición judicialmente.

Las organizaciones de ayuda que facilitan las evacuaciones médicas deben firmar declaraciones que garanticen que los pacientes y sus familiares abandonarán Alemania tras el tratamiento. Si solicitan asilo —algo nada impensable dada la devastación en Gaza—, las ONG deben cubrir sus gastos de manutención durante el proceso de asilo, que suele durar años.

Un caso actual involucra a Hassan*, de un año. «El niño nació en medio del genocidio y tiene cáncer. La causa es demasiado obvia dada la conducción de la guerra por parte de Israel», dice Yasin*, un médico alemán. «Hemos organizado casi todo: un hospital, especialistas y casi 100.000 euros necesarios para la terapia financiada con fondos privados». Lo que se interpone, dice, es la política alemana. «Los médicos de Gaza y Alemania coinciden: el estado del niño es crítico y el tiempo se agota. Necesita tratamiento urgentemente. En Alemania sería simple y directo. Pero si se queda donde está, es una sentencia de muerte».

Desde octubre de 2023, se han establecido frecuentes comparaciones entre la gestión del genocidio en Gaza por parte de Alemania (y Occidente) y la guerra en Ucrania. El contraste es evidente en las prácticas de admisión de Alemania: desde febrero de 2022, más de un millón de ucranianos se han reasentado en Alemania. A diferencia de los refugiados de otros países, no necesitaron solicitudes de asilo, recibieron trámites de visado simplificados, acceso inmediato al mercado laboral, viajes en tren gratuitos, alojamiento prioritario y una matriculación escolar sin complicaciones para sus hijos. Incluso se discutieron programas educativos especiales para preservar la «identidad ucraniana». La presencia de ultranacionalistas y fascistas declarados entre los recién llegados nunca ha preocupado a los políticos ni a los medios de comunicación alemanes; después de todo, son «nazis útiles», como dijo una vez, sin ironía, un exparlamentario del Partido de Izquierda.

Los alemanes palestinos también son ciudadanos de segunda clase

La jerarquía alemana no se limita a los refugiados. Ni siquiera los propios ciudadanos alemanes son iguales. Berlín no intentó evacuar a los alemanes de ascendencia palestina de Gaza, a pesar de que proteger a los ciudadanos en el extranjero es una de las principales responsabilidades del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Un caso entre muchos es el de Abdul Al-Najjar . Originario de Gaza, estudió en Alemania Occidental, formó una familia aquí, tenía pasaporte alemán y dirigía una empresa de taxis en la ciudad de Bochum. Poco antes del genocidio, viajó a Gaza para cuidar a un familiar enfermo. Nunca regresó a casa. Todos sus intentos de irse fracasaron.

El 2 de junio de 2025, la esperanza finalmente parecía cercana: el hombre de 77 años llegó a la Media Luna Roja en Ramala y le dijo a su esposa que confiaba en su pronto regreso. Menos de 48 horas después, estaba muerto. Soldados de las FDI irrumpieron en su casa, la saquearon, y él se escondió aterrorizado en el sótano. Los trabajadores humanitarios encontraron su cuerpo solo después de que los soldados finalmente los dejaran pasar. Había sido acribillado a balazos, con las extremidades rotas y el cráneo aplastado.

Ningún funcionario alemán ha expresado sus condolencias a su familia. Se desconoce si criticaron a Israel por el asesinato de un ciudadano alemán, aunque es poco probable. Las autoridades también niegan la pensión a su viuda porque consideran insuficiente una copia de su certificado de defunción. Exigen el original por correo desde Gaza. La burocracia alemana sigue siendo tan inhumana como siempre.

Sin embargo, cuando existe voluntad política, las cosas se mueven con rapidez: Alemania ha concedido la ciudadanía por vía rápida —en ausencia, lo cual suele ser muy inusual— a varios israelíes capturados durante la operación «Inundación de Al-Aqsa» y retenidos en Gaza. Esto permitió al gobierno hacer una ruidosa campaña a favor de estos «rehenes alemanes». Es otro ejemplo de la absurda sobreidentificación de la clase dirigente alemana con Israel y un grotesco intento de situarse entre las «víctimas».

La barbarie alemana, desenmascarada

Durante más de dos años, Alemania ha apoyado activamente el genocidio de Israel en Gaza: en octubre de 2023, multiplicó por diez las exportaciones de armas a Israel, convirtiéndose en el segundo mayor proveedor de armas de Tel Aviv después de Estados Unidos. Ha enmarcado constantemente la masacre de decenas de miles de personas en Gaza como «autodefensa» y la ha defendido contra todas las críticas. Por esto, Alemania ahora está acusada ante la CIJ , después de que Nicaragua la acusara de ayudar al genocidio en abril de 2024. A nivel nacional, Alemania ha aplastado la disidencia con violencia policial, procesamiento penal, censura, prohibiciones y deportaciones. Las críticas a esta represión ahora provienen no solo de organizaciones de derechos humanos, sino también de la UE y la ONU .

Algunos podrían haber esperado que esta política eventualmente se suavizara, debido a los procedimientos de la CIJ, la creciente presión internacional o el llamado alto el fuego . Desde la adopción del llamado «Plan Trump», Alemania ha intentado imponer silencio sobre Gaza. El canciller Friedrich Merz declaró inmediatamente que ya no había motivos para protestar por Palestina. Afortunadamente, decenas de miles salieron a las calles al día siguiente. Desde entonces, Alemania ha revertido incluso las modestas restricciones que impuso brevemente al envío de armas a Israel en agosto.

Cabría esperar al menos un retorno a la «normalidad» previa al 7 de octubre: armas para Israel, ignorar el apartheid, condenar verbalmente la expansión de los asentamientos, junto con ayuda humanitaria para ocultar la complicidad de Alemania en la muerte masiva, el trauma físico y psicológico y la devastación total. Esa hipocresía habría sido aprovechada y, con razón, criticada por el movimiento de solidaridad con Palestina. Pero el gobierno ni siquiera se molestó en crear esta fachada. Al igual que en los Estados Unidos de Trump, la desvergüenza de la clase dirigente alemana supera ahora al «imperialismo con rostro humano» de décadas anteriores. Ya no queda hipocresía.

*Todos los nombres han sido cambiados para proteger al niño." 

 , Mondoweiss, 23/11/25, traducción Gaceta Crítica)

22.9.25

¿Hasta dónde llegará la élite alemana para resistir los vientos del cambio? No se puede descartar la prohibición de la AfD, un aumento de muertes "estadísticamente notables" de sus candidatos, e incluso una repetición del escenario rumano, mientras la oposición nacionalista sigue ganando popularidad... Una encuesta de medios alemanes de financiación pública reveló que la AfD vuelve a igualar a la CDU gobernante en popularidad, con un 26% cada una... Esto a pesar de las difamaciones en los medios, concretamente que está respaldado por el Kremlin y que es extremista, y la muerte "estadísticamente notable" de siete candidatos... El aumento del apoyo a la AfD en toda Alemania puede atribuirse a la recesión no oficial en la que entró Alemania en 2022 tras ceder a la presión de Estados Unidos para sancionar a Rusia en solidaridad con Ucrania, y de la que aún lucha por recuperarse. En pocas palabras, la interrupción del acceso fiable a energía barata provocó un aumento generalizado de los precios, lo que redujo la competitividad de las empresas alemanas y condujo a una crisis económica... Por lo tanto, un número creciente de alemanes se sintió naturalmente atraído por la única fuerza política alternativa real que había surgido en el país hasta entonces, una fuerza que resultaba aún más atractiva por su enfoque pragmático del conflicto ucraniano... La AfD aboga por un compromiso que allane el camino para reanudar la importación de gas ruso por parte de Alemania, mientras que la élite gobernante quiere perpetuar la guerra... De una forma u otra, se espera que la élite gobernante continúe resistiendo los vientos de cambio que desataron sus propias políticas y que ahora azotan el país (Andrew Korybko)

 "No se puede descartar la prohibición de la AfD, un aumento de muertes "estadísticamente notables" de sus candidatos, e incluso una repetición del escenario rumano, mientras la oposición nacionalista sigue ganando popularidad.

Una encuesta de medios alemanes de financiación pública reveló que la AfD vuelve a igualar a la CDU gobernante en popularidad, con un 26% cada una, lo que Euractiv evaluó como una prueba de su capacidad de permanencia. También evaluaron que el triplicamiento de su apoyo en las últimas elecciones de Renania del Norte-Westfalia, el estado más poblado de Alemania, hasta el 14,5%, "subrayaba la base cada vez más nacional del partido". Esto a pesar de las difamaciones en los medios, concretamente que está respaldado por el Kremlin y que es extremista, y la muerte "estadísticamente notable" de siete candidatos.

El aumento del apoyo a la AfD en toda Alemania puede atribuirse a la recesión no oficial en la que entró Alemania en 2022 tras ceder a la presión de Estados Unidos para sancionar a Rusia en solidaridad con Ucrania, y de la que aún lucha por recuperarse. En pocas palabras, la interrupción del acceso fiable a energía barata provocó un aumento generalizado de los precios, lo que redujo la competitividad de las empresas alemanas y condujo a una crisis económica. Esto se desarrolló en paralelo a la adopción por parte del gobierno de una forma más "liberal-totalitaria".

Por lo tanto, un número creciente de alemanes se sintió naturalmente atraído por la única fuerza política alternativa real que había surgido en el país hasta entonces, una fuerza que resultaba aún más atractiva por su enfoque pragmático del conflicto ucraniano. En este punto, Occidente ya no puede ganar (hasta ahora se consideraba oficialmente la restauración de las fronteras de Ucrania anteriores a 2014, pero recientemente Zelensky lo describió como la simple continuación de la existencia de Ucrania), lo único que puede hacer es llegar a un acuerdo con Rusia o arriesgarse a la derrota total de su estado cliente.

La AfD aboga por un compromiso que allane el camino para reanudar la importación de gas ruso por parte de Alemania, mientras que la élite gobernante quiere perpetuar la guerra por poderes, como demuestra su última promesa de 9.000 millones de euros a Ucrania hasta 2026. La política del primero restablecería la fortaleza de la economía alemana y, en consecuencia, sus niveles de gasto social previos al conflicto, mientras que la segunda perpetuaría el malestar económico, enriqueciendo a quienes invierten en el complejo militar-industrial y empeorando la corrupción en Ucrania.

Volviendo al artículo de Euractiv, concluyen señalando que "Merz no se enfrenta a elecciones nacionales hasta 2029, pero la AfD está poniendo la vista en varias elecciones regionales el próximo año, incluyendo votaciones en dos estados del este donde la extrema derecha ha mantenido claras ventajas en las encuestas". Si bien son posibles elecciones anticipadas, como las de febrero que llevaron al poder al canciller Friedrich Merz y en las que la AfD sorprendió al establishment al quedar en segundo lugar, es probable que la élite no se arriesgue a ellas (al menos todavía no).

No querrán arriesgarse a que gane la AfD y aún queda mucho trabajo por hacer en la organización de las elecciones, cuando finalmente se celebren, ya sea en 2029 o antes. Esto podría tomar la forma de prohibir la AfD con pretextos extremistas, o más de sus candidatos podrían ser víctimas de muertes "estadísticamente sospechosas" para entonces. También es posible que se repita el escenario rumano, en el que los resultados electorales políticamente inconvenientes se anulan con pretextos infundados de injerencia extranjera.

De una forma u otra, se espera que la élite gobernante continúe resistiendo los vientos de cambio que desataron sus propias políticas y que ahora azotan el país, especialmente las dirigidas contra Rusia que sabotearon la fortaleza estructural de la economía. Queda por ver si logran impedir que Alice Weidel, líder de AfD, llegue a la cancillería, pero no hay duda de que el atractivo de su partido seguirá creciendo, ya que es el único que realmente tiene en cuenta los intereses nacionales de Alemania."

(Andrew Korybko , blog, 22/09/25, traducción Quillbot) 

20.5.25

Boletín de Berlín: Alemania se enfrenta a un caos económico, un caos político y un clima de tensión generalizada. Las escuelas necesitan reparaciones y profesores, las clínicas y los hospitales carecen de personal, y su industria clave, la fabricación de buenos automóviles, carece de clientes. Todo va cuesta abajo. ¿Qué es lo que va en aumento? Los alquileres de los apartamentos, los precios de los alimentos, el miedo a los fascistas... La pérdida del comercio con Rusia, al que vendía coches, máquinas herramienta y verduras, también le afectó duramente... La solución prevista por el nuevo Gobierno, no es nueva ni exclusiva de Alemania: Mantener los impuestos bajos para los ricos y sus monopolios, incluso más bajos que ahora... B) Recortar los derechos, los ingresos y las prestaciones de los trabajadores... Desviar las protestas culpando a los inmigrantes de alargar las listas de espera para el médico o el dentista, de llenar las aulas con niños que no saben alemán, de ser vagos y evitar trabajar, pero de ser mimados con servicios públicos a costa de los alemanes... y la respuesta a la mayoría de los problemas: una carrera hacia la guerra... la idea de una gran guerra futura está siendo cada vez más aceptada por la mayoría de los medios de comunicación y los políticos. Con total desprecio por la geografía y el sentido común, insisten en que, si el satánico Putin consigue devorar Ucrania, se expandirá hacia el oeste, dirigiéndose directamente hacia nuestra sagrada Puerta de Brandeburgo... «¡Vienen los rusos!»... Merz y sus cristianos son los que más gritan. Pero todos los que tienen poder están de acuerdo, incluidos los Verdes, que ya no están en el poder... El rearme cuesta miles de millones... ¿De dónde saldría todo ese dinero? «Trabajen más, más eficientemente»… ¡y más horas! Acaben con la semana laboral de 40 horas, retrasen la edad de jubilación, paguen más al sistema sanitario, reciban menos ayudas si pierden su empleo... ¿No hay oposición a unas perspectivas tan aterradoras? Algunos buscan la oposición en el segundo partido más fuerte de Alemania, Alternativa para Alemania (AfD), como partido que rechaza más armas para Ucrania y apoya a Putin contra Zelensky, y que, por lo tanto, lo consideren un partido pacifista, pero quiere un gran rearme, el servicio militar obligatorio y «tradiciones familiares tradicionales» con muchos niños alemanes. ¡Y muchos menos impuestos para los ricos! Die Linke, en pocos meses, pasó de menos de 60.000 a más de 120.000 militantes, en su mayoría jóvenes, hay una nueva esperanza (Victor Grossman)

 "Alemania, durante mucho tiempo sinónimo de fuerza y poderío económico, está empezando a recordar palabras como lumbago o ciática. Aunque sigue siendo líder en Europa y cuarto en el mundo, se enfrenta a un caos económico, un caos político y un clima de tensión generalizada. Las escuelas necesitan reparaciones y profesores, las clínicas y los hospitales carecen de personal, y su industria clave, la fabricación de buenos automóviles, carece de clientes. Todo va cuesta abajo. ¿Qué es lo que va en aumento? Los alquileres de los apartamentos, los precios de los alimentos, el miedo a los fascistas. Y, por supuesto, lo que más rápido, las cuentas bancarias de personas como Armin Papperger, director general de Rheinmetall, máximo responsable de ese feliz pero exclusivo club de fabricantes de armamento. «Somos una de las empresas de defensa de más rápido crecimiento del mundo y estamos en camino de convertirnos en líderes mundiales», se jacta, y con razón: desde 2020, el precio de las acciones de su empresa se ha disparado más de un 2000 % gracias a la guerra de Ucrania. ¡Algunos prosperan! Para los demás, la economía, con unas perspectivas de crecimiento cercanas al 0,00 %, está mejor simbolizada por el nivel del agua del Rin, que quizá pronto solo sea navegable para barcazas y gabarras. Pero Rheinmetall, que lleva el nombre del río (Rhein en alemán), vende tanques, artillería, proyectiles, cañones antiaéreos y camiones militares como pan caliente, mientras se expande, no solo en Alemania, sino también en Italia, Estados Unidos… incluso en Ucrania.

Esta última palabra, junto con el gasto militar ilimitado, es una de las principales causas de los problemas alemanes. Contribuyó a provocar esas elecciones repentinas, mucho antes de la fecha prevista, y puede que incluso haya influido en la sorpresa de hace dos semanas con Friedrich Merz. Convencido de su victoria como nuevo canciller en el nuevo Bundestag, se vio sorprendido —o estupefacto— por una derrota. Su elección dependía de su propia «Unión» (una hermandad de dos partidos cristianos, a menudo considerados como uno solo) y de su nuevo socio menor, los socialdemócratas, que sumaban una mayoría escasa pero aparentemente segura. Pero entonces 16 delegados votaron en contra de su propio candidato, ¡algo inédito en la historia del Bundestag! El resultado: ¡confusión! Dado que la votación era secreta, no sabemos si tal desobediencia se debió a rencillas personales, diferencias políticas o ambas cosas. Tras unas reuniones apresuradas y, sin duda, algunas presiones airadas, se celebró una segunda votación, todos se comportaron y Merz ganó. Pero fue una gran vergüenza para él, y una fuente de gran Schadenfreude para todos aquellos que no sienten ningún aprecio por este millonario derechista, antiguo máximo responsable de BlackRock en Alemania, un hombre lleno de altivez, por no decir de odio. ¡Y ahora es el nuevo jefe!

La política alemana puede parecer complicada, especialmente para los estadounidenses acostumbrados a un sistema bipartidista muy arraigado. Es cierto que la papeleta electoral de las elecciones de febrero (como siempre, en papel y lápiz) era una lista interminable de 29 partidos. Pero la mayoría de ellos son lo que se podría llamar partidos aficionados, que obtienen menos del 1 % o el 2 % de los votos. Solo cinco (contando la Unión Cristiana como uno) obtuvieron el 5 % necesario para obtener escaños en el Bundestag. Y tres de ellos, aunque no son idénticos, son trillizos similares.

La Unión Cristiana de Merz, en un débil primer puesto (con un 28,6 %), necesitaba un socio para obtener la mayoría en el Bundestag. Eligió a los socialdemócratas, rivales desde hace mucho tiempo y con el resultado más pobre de su historia (16,4 %), lo que empujó a los otrora altivos Verdes fuera de los cómodos sillones del Gobierno y a los fríos escaños de la oposición.

El nuevo equipo se enfrenta ahora a la recesión. La guerra de Ucrania supuso finalmente ceder a la presión de Estados Unidos para reducir las importaciones de combustible ruso barato, que llegaba por tierra o por mar (hasta que lo impidió la no tan misteriosa explosión del Báltico, tan sabiamente predicha por Joe Biden). El gas licuado del Golfo Pérsico o del Golfo de México (ahora llamado «Golfo de América», pero igual de caro) costaba mucho más y requería nuevas y costosas instalaciones portuarias. La pérdida del comercio con Rusia, al que vendía coches, máquinas herramienta y verduras, también le afectó duramente. Nadie sabe cómo acabarán las artimañas arancelarias de Trump (probablemente tampoco él), pero, incluso si se reducen, no pintan bien para las industrias exportadoras alemanas, siempre clave para su prosperidad. Su letargo, o arrogancia, en el cambiante mercado mundial del automóvil también le ha afectado duramente, especialmente ante la fuerte competencia de China. Ford y VW en Alemania están cerrando departamentos, quizá incluso plantas, y se enfrentan a huelgas, algo inédito hasta ahora entre sus trabajadores, bien pagados y satisfechos.

La solución prevista por el nuevo Gobierno, que no es en absoluto nueva ni exclusiva de Alemania, tiene varios componentes. A) Mantener los impuestos bajos para los ricos y sus monopolios, incluso más bajos que ahora, supuestamente para estimular la inversión, especialmente dentro de Alemania. B) Recortar los derechos, los ingresos y las prestaciones de los trabajadores, como siempre, afectando más a los más pobres. C) Desviar las protestas culpando a los inmigrantes de alargar las listas de espera para el médico o el dentista, de llenar las aulas con niños que no saben alemán, de ser vagos y evitar trabajar, pero de ser mimados con servicios públicos a costa de los alemanes, de ser ruidosos o de ser asesinos violentos o violadores, todo ello repetido con cariño y mentiras por los medios de comunicación (y no solo por la «prensa sensacionalista» o las redes sociales). (¿Le suena todo esto de algún modo?)

Cada vez están más de acuerdo en la respuesta a la mayoría de los problemas: D), una carrera hacia la guerra. Pero ¿cómo se puede ganar al público para esto, especialmente en la renuente y todavía desfavorecida Alemania oriental? En primer lugar, con llamamientos emocionales para continuar la guerra en Ucrania hasta la victoria, y con una ansiedad apenas disimulada de que Trump, Putin y, finalmente, Zelensky puedan llegar a algún acuerdo y lograr la paz. En lo que parece una campaña coordinada, la idea de una gran guerra futura está siendo cada vez más aceptada por la mayoría de los medios de comunicación y los políticos. Con total desprecio por la geografía y el sentido común, insisten en que, si el satánico Putin consigue devorar Ucrania, se expandirá hacia el oeste, dirigiéndose directamente hacia nuestra sagrada Puerta de Brandeburgo. Esa supuesta amenaza, que ya estalla en modo subjuntivo, requiere armas cada vez más modernas, el refuerzo del ejército, la marina y la fuerza aérea, y el mantenimiento, con o sin Trump, de las bases de misiles atómicos de medio alcance en Alemania, capaces de alcanzar y destruir Moscú en cuestión de minutos. Significa reforzar las autopistas, los puentes, los puertos y las líneas aéreas para transportar armas pesadas, registrar a todos los alemanes si es posible, especialmente a los que están en edad militar, y reactivar el servicio militar obligatorio. Todo ello bajo el aterrador titular: «¡Vienen los rusos!». Para quienes tienen oído o olfato para la historia, el sonido y el olor de 1912-1914 y de la década de 1930 están alcanzando niveles penetrantes.

Encontré un símbolo de esto en una empresa en la que trabajé brevemente. En la hermosa y pintoresca Görlitz, en la frontera con Polonia, la principal empresa de la ciudad, fundada en 1849, era un fabricante de primer orden de vagones de dos pisos, coches cama y otros vagones de ferrocarril especializados. Nacionalizada en la época de la RDA, con entre 5000 y 6000 empleados, contaba con una biblioteca, una gran clínica ambulatoria y una «casa de la cultura». Privatizada tras la «unificación» alemana en 1990, fue comprada, vendida, comprada, recortada y recortada una y otra vez, y todas esas comodidades cerraron hace tiempo y la ciudad se vació. Ahora, por fin, tanto ella como Görlitz tienen una nueva esperanza: fabricar tanques Leopard, tanques Puma y tanques Boxer. La comunidad de cuatro patas puede sentirse honrada, y 400 o 500 trabajadores tendrán trabajo. Olaf Scholz, en uno de sus últimos días en el cargo, se mostró feliz: «Es una muy buena noticia que se salven los puestos de trabajo industriales en Görlitz». Y la autopista que se dirige al este a través de Polonia se ampliará para transportar cargas más pesadas. Lo mismo ocurrirá con los bolsillos y las cuentas de hombres como Armin Papperger, con su Rheinmetall, o, en Görlitz, su «compañero de armas» Krauss-Maffei-Wegmann (ahora KMDS), también con más de un siglo de experiencia en tanques y similares.

Merz y sus cristianos son los que más gritan. Pero todos los que tienen poder están de acuerdo, incluidos los Verdes, que ya no están en el poder. Por supuesto, todos quieren solo preservar la libertad, la democracia y la existencia segura de «nuestra Alemania».

El rearme cuesta miles de millones. Apenas unas horas antes de ser sustituido por el nuevo Bundestag, el antiguo modificó la Constitución para eliminar el techo de la deuda nacional y permitir compras militares ilimitadas. ¡El cielo es el límite! Un objetivo anterior, aparentemente imposible, del 2 % del producto total bruto para armamento, puede ahora dispararse al 3,5 % y, si Trump se sale con la suya, al 5 % para la «autodefensa contra los autoritarios». Eso podría significar 225 000 millones, casi la mitad del presupuesto total.

¿De dónde saldría todo ese dinero? ¿De dónde si no, sino de los bolsillos de los niños, los enfermos, los desempleados, los mal pagados? «Trabajen más, más eficientemente»… ¡y más horas! Acaben con la semana laboral de 40 horas, retrasen la edad de jubilación, paguen más al sistema sanitario, reciban menos ayudas si pierden su empleo, ¡acepten incluso los peores trabajos sustitutivos con salarios bajos! Hay muchas maneras de despellejar a un gato… ¡o a los trabajadores! ¿Y quién tiene la culpa de todo esto? ¡Probablemente los inmigrantes ilegales! O quizá Putin otra vez. O «el desprecio de los líderes autoritarios por nuestro sistema democrático, como en Berlín, Kiev, Riad o Gaza».

¿No hay oposición a unas perspectivas tan aterradoras?

Algunos buscan la oposición en el segundo partido más fuerte de Alemania, Alternativa para Alemania (AfD), elegido por un alarmante 20,8 % en febrero, el doble que en 2021. Actualmente, las encuestas le dan un 25 %, empatado con la Unión, y recientemente por delante de ella, lo que le convirtió durante un día en el partido más fuerte de Alemania. Es posible que apoyen a la AfD como partido que rechaza más armas para Ucrania y apoya a Putin contra Zelensky, y que, por lo tanto, lo consideren un partido pacifista, ya que la esperanza de paz es más fuerte en la antigua RDA que en el oeste, donde hay menos apoyo a la rusofobia occidental.

Muchos votan a la AfD para oponerse a un «establishment» insensible controlado por los ricos, lo que refleja la desilusión duradera de muchos alemanes orientales con la libertad capitalista, la democracia y los «paisajes florecientes» prometidos como recompensa por la reunificación alemana. En Görlitz, la AfD es, con diferencia, el partido más fuerte.

Quizás el mayor número de personas lo apoyan porque también se les ha hecho creer en el racismo contra los inmigrantes, el odio hacia «los otros», especialmente «los musulmanes», con los que pocos han tenido contacto humano.

Algunos sentimientos y conceptos erróneos pueden superarse; con los racistas y los incitadores al odio más acérrimos es casi imposible; ¡son fascistas declarados! Y la AfD no es en absoluto un partido pacifista, a pesar de su postura a favor del acercamiento a Putin y Rusia. Extremadamente nacionalista (¡Viva Alemania!), quiere un gran rearme, el servicio militar obligatorio y «tradiciones familiares tradicionales» con muchos niños alemanes. ¡Y muchos menos impuestos para los ricos!

La AfD es una firme defensora de Netanyahu, incluso de su guerra contra Gaza y Palestina, ya que comparte su odio hacia los musulmanes. A pesar de ello, algunos sectores de la AfD traicionan viejas tensiones bien conservadas del antisemitismo hitleriano. Aunque todavía resulta vergonzosamente extremista para muchos líderes alemanes y extranjeros, y ahora se enfrenta a un debate en curso sobre la prohibición del partido por ser demasiado «extremista» (pero con el apoyo dolorosamente abierto de Vance, Musk y Rubio), la AfD es más bien un ejército de reserva listo para actuar en caso de necesidad, como una auténtica oposición de la clase trabajadora, al igual que el partido nazi durante la gran depresión de 1929 a 1933. Y algunos en la Unión ya están coqueteando con la AfD, a pesar del ruidoso rechazo del «muro cortafuegos».

Se esperaba una fuerza contraria cuando Sahra Wagenknecht, una excomunista, maravillosa oradora y polemista con gran carisma y encanto, se separó del desastroso y aparentemente condenado partido Die Linke (La Izquierda) para formar un nuevo partido, utilizando su popular nombre y llevándose consigo a algunos de sus mejores y más inteligentes miembros. En solo diez meses, este partido incipiente, Bündnis Sahra Wagenknecht (BSW), creció y se fortaleció, logrando unos resultados electorales sorprendentes para un recién llegado, muy por delante de su reducido partido matriz. Sus principales puntos de debate: oposición decidida al apoyo a la Ucrania de Zelenski y exigencia de negociaciones y paz en la zona. Oposición a la aniquilación masiva y la expansión israelíes. Rechazo a los peligrosos misiles en territorio alemán, ¡especialmente los estadounidenses! Y una postura de protesta contra el establishment, aunque sin cambios radicales. Pero surgieron preguntas: su estructura de poder parecía basarse en una líder que intentaba, no siempre con éxito, imponer sus decisiones sobre las diferentes tácticas locales, con una política relacionada de selección de todos los candidatos a la afiliación por parte de la cúpula, «para evitar entradas cuestionables o subversivas». El resultado: solo unos pocos cientos de miembros para luchar en la campaña de febrero y una derrota trágica y desgarradora, con un 4,98 % de los votos, unos 0,015 % o 9500 votos por debajo del 5 % necesario para entrar en el Bundestag (de unos 50 millones de votantes). Impugnó los dudosos resultados ante los tribunales, pero fue en vano. Desde entonces, las encuestas del BSW se han estancado en el 4 % y pueden estar debilitándose, incluso en dos estados donde forma parte del Gobierno (y, por lo tanto, del establishment).

Uno de los principales problemas ha sido su postura, similar a la de casi todos los demás partidos, contra la inmigración y, básicamente, contra los inmigrantes, que, según Sahra, deberían resolver sus problemas en sus países de origen, y no en una Alemania plagada de problemas. Muchos vieron esto como un intento pragmático de arrebatarle los votos antiinmigrantes a la AfD. Si fue así, fracasó. Se quedaron con la AfD o con la Unión.

¡Dé la vuelta a esta historia con la de Die Linke!

Tras caer a un 3-4 % aparentemente desesperado en noviembre pasado, y ante la perspectiva de la ruina, se enfrentó de repente a unas elecciones inesperadas y cambió completamente de estrategia. Llamó a unas 60 000 puertas en zonas clave y, evitando apelaciones o presiones, se limitó a preguntar a quienes le abrían qué era lo que más deseaban y centró su campaña en las respuestas. Casi siempre se trataba de aumentos alarmantes de los alquileres, la falta de viviendas asequibles y los precios, especialmente de los alimentos y la calefacción. Ofrecieron centros de asesoramiento, por Internet o en persona, para quienes lo necesitaban, y ayudaron a quienes luchaban contra los aumentos ilegales de los alquileres. Especialmente en Berlín, promovieron la coordinación con personas de origen inmigrante, a menudo turcos o kurdos, y adoptaron un tono nuevo y claramente antisistema, rompiendo con los intentos de parecer respetables con la esperanza de ser aceptados en el Gobierno como «no radicales, sino buenos chicos». Una nueva figura central era la joven Heidi Reichinnek, cuya ropa, tatuajes, forma de hablar rápida y palabras y gestos contundentes eran evidentemente lo que gustaba a muchos jóvenes alemanes que la veían en Tiktok. Cuando se contabilizaron los votos, Die Linke había subido en dos meses del 4 % al 8,8 %, era el partido más votado a nivel nacional entre las mujeres menores de 30 años y obtuvo un increíble primer puesto (19,9 %) entre los votantes de Berlín. Obtuvo seis escaños directos en el Bundestag: el exministro presidente de Turingia Ramelow, un líder popular en Leipzig, y cuatro en Berlín, entre ellos uno de origen turco, que fue el primer diputado de Die Linke elegido en un distrito de la antigua Alemania Occidental o Berlín Occidental. Gracias a la representación proporcional, el partido cuenta ahora con 64 escaños en el Bundestag (de un total de 630). Como es habitual, la mayoría (37) de los diputados de Die Linke serán mujeres.

Una de las razones del éxito de Die Linke fue sin duda su negativa a unirse a los demás partidos, incluido el de Wagenknecht, en el juego de los prejuicios contra los inmigrantes. Somos un partido de clase, se subrayó (¡un retorno a las raíces olvidadas!). Todos los trabajadores son nuestros compañeros, defendemos la solidaridad internacional independientemente del color o el origen, y luchamos juntos por sus derechos y los nuestros. ¿Hay problemas? ¡Por supuesto! Pero se pueden superar gastando no en armas, sino en escuelas, construcción de viviendas, contratación de nuevos profesores y médicos, y ayudando a los recién llegados a formarse, encontrar trabajo y un hogar.

La política exterior era mucho más complicada, con desacuerdos sobre Israel y Palestina y sobre Ucrania. Pero durante la campaña electoral se acordó evitar estas cuestiones, ya que no eran prioritarias para los votantes. Se trataba de una decisión pragmática, sin duda, destinada a rescatar al partido, y funcionó.

En el congreso del partido a finales de abril, la situación era diferente. Algunos líderes «reformistas» del partido se inclinan por las posiciones de la OTAN, otros condenan la marcha hacia Ucrania, pero consideran que la OTAN, liderada por Estados Unidos y Alemania, su principal socio menor, es el principal y más amenazador responsable, ávido de hegemonía, en formas que recuerdan a Yeltsin, Yugoslavia y la plaza Maidan. O incluso modelos más antiguos.

En cuanto al otro desacuerdo principal, un delegado defendió airadamente el derecho de Israel a la «autodefensa» e intentó «equilibrar» los acontecimientos en Gaza. En una respuesta acalorada, otro delegado afirmó: «¡No es el derecho a la existencia de Israel lo que está amenazado, sino, de forma aguda, la vida de los palestinos y el derecho a la existencia de Palestina!». También sobre esta cuestión se alcanzó una especie de compromiso, rechazando claramente el ultimátum virtual de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA), que básicamente tilda de «antisemita» cualquier crítica, incluso a las inmensas atrocidades israelíes, y se utiliza para silenciar cualquier crítica de este tipo y respaldar en su lugar la Declaración de Jerusalén sobre el antisemitismo, adoptada por cientos de académicos, también israelíes, que defiende el derecho total a la crítica. En general, se acordaron compromisos, lo que sorprende que se considerara necesario en un partido que se autodenomina «de izquierda». Pero la copresidenta del partido, Ines Schwerdtner, pudo expresarse con claridad: «Los niños de la Franja de Gaza están siendo deliberadamente condenados a morir de hambre. Nosotros nos oponemos a ello. Estamos en contra de los recortes en la ayuda a Gaza, en contra del envío de armas, en contra de la guerra. No puede haber doble rasero con los criminales de guerra».

En general, el congreso representó más que en muchos años un compromiso, evitando una escisión y dejando para el futuro varias cuestiones difíciles, incluso fundamentales. Se acordó limitar a tres mandatos el número de diputados y cargos, esperar —o exigir— que donen parte de sus elevados salarios a fines públicos, y prestar mucha más atención a la acción en las calles, los talleres, las universidades y los barrios, con muchos más trabajadores como candidatos. Hubo un énfasis novedoso en favor del buen humor en el partido, la cordialidad, las actividades culturales e incluso el humor. En cierto modo, el congreso fue una celebración pacífica, incluso alegre, del rescate y el éxito del partido, con un orgullo justificado por el éxito electoral y la alegría de que, en pocos meses, la militancia del partido se disparara de menos de 60.000 a más de 120.000, en su mayoría jóvenes. El camino por delante no estará libre de obstáculos y baches, pero por fin hay una nueva esperanza.

¡Incluso más! En contraposición a la deriva pasada hacia el reformismo y la aceptación del statu quo por parte de demasiados dirigentes, escuchamos a una nueva copresidenta, Ines Schwerdtner, antigua editora de la edición alemana de Jacobin, instar a que el capitalismo sea sustituido por un orden económico que «ya no oprima a las personas, sino que les ofrezca dignidad y salud… Ese es el núcleo de nuestra política».

La secundó la nueva fuerza motriz del partido en el Bundestag, Heidi Reischinnek: «Sí, queremos deshacernos de un sistema económico en el que los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres; en el que los ancianos deben recoger botellas para conseguir unos céntimos y los niños van al colegio con hambre. Donde se engaña a los desempleados, se explota a la mayoría y la gente pierde la vida en los hospitales debido a la orientación hacia el lucro… Un sistema así no tiene nada que ver con la democracia, absolutamente nada. … Si es radical exigir libertad y derechos para todos por igual, entonces seamos radicales. ¡Debemos ser radicales en estos tiempos!

No, todavía no está del todo claro qué dirección tomará este partido. O si algún día las dos partes se unirán. Pero a pesar de todos los escollos, parece haber una base genuina para la esperanza de la izquierda y para una nueva acción militante, tan desesperadamente necesaria en Alemania y en sus amigos y aliados de muchos otros países dentro y fuera de Europa.

A pesar de la extensión del boletín anterior, añado una breve declaración que envié recientemente a un amigo mío sobre el catastrófico empeoramiento de la situación en Gaza:

¡Indescriptiblemente horrible y desgarrador! ¿Cómo pueden millones de personas ver las imágenes de padres y madres con pequeñas bolsas para cadáveres, de niñas con las piernas amputadas, de la devastación continua de Gaza —sus casas, hospitales, escuelas, cultura— e incluso sus calles y colonias de tiendas de campaña para refugiados, con la denegación de alimentos, agua, combustible, medicinas y saneamiento— y no recordar Hiroshima, Nagasaki, Tokio, Corea, Vietnam y, sí, Varsovia y su gueto? ¿Cuántos se han preguntado durante décadas: «¿Cómo pudieron los alemanes cerrar los ojos ante el terror nazi contra los judíos?», y luego cierran los ojos ante lo que está sucediendo hoy? Nuestro corazón está con los valientes que protestan, especialmente en las universidades, ¡pero se necesitan muchos más, aquí en Alemania y en Estados Unidos! ¡Y en Israel!

Un saludo cordial. ¡No pasarán!"

( Victor Grossman , MRonline, 19/05/25, traducción DEEPL)

19.5.25

A diferencia de Chile siempre pensé que Alemania había logrado consolidar una memoria histórica con un trabajo de profunda concientización de lo que significaba el fascismo... Pero esta creencia se derrumbó rápidamente con el genocidio en Gaza... La clase política alemana rápidamente aclaró que la seguridad de Israel era “razón de Estado”, mientras que internamente el Estado y los medios de prensa apoyaban la represión y difamación de la protesta pro-palestina tachada de “antisemita” o “simpatizante de terrorismo”. Esta campaña de represión y difamación hacia dentro, tiene como base el uso de la muy debatida y criticada definición de antisemitismo de la IHRA que equipara “antisionismo” con “antisemitismo”. ¿Desde cuándo está prohibido criticar las políticas de un Estado especifico? Más aun cuando sus propios soldados exponen sus crímenes de guerra en internet sin temer la más mínima represalia... Este apoyo incondicional a Israel está llevando a Alemania a un camino de autoritarismo político que rayana en el fascismo... se busca dar la imagen que el antisemitismo se expresa en los que protestan contra el genocidio en Gaza en su mayoría estudiantes, extranjeros, y alemanes con “trasfondo migracional”. Esto se conecta con la idea falsa que el anti-semitismo es un fenómeno importado (debido a la alta incidencia árabe sobre todo en Berlín), y como un elemento ideológico de la izquierda... el uso de esta acusación de antisemitismo en occidente se ha traducido en que la gente que se atrevió a pronunciarse en público contra esto perdiera sus trabajos o fueran públicamente expuestos y difamados... Aun así, en países como EE UU y Alemania son sobre todo judíos los que lideran las protestas pro-palestinas... mientras que el embrutecimiento como estrategia mediática buscará aplacar todo sentido mínimo de justicia, de humanidad y crítica anticolonial a las políticas genocidas de Israel y sus aliados del Norte, esto incluye también la crítica al fracaso de este tipo de memoria construida desde el Estado y sus instituciones (Sascha Cornejo Puschner)

 "Como chileno nacido en Alemania, hijo de exiliado y familiar de detenido desaparecido, siempre he mirado con admiración este trabajo de la memoria alemana y el consenso social de lo que fueron los crímenes nazis. Siempre pensé que Chile tenía mucho que aprender de Alemania en cómo trabajar la memoria de las propias víctimas, las de la dictadura.        

A diferencia de Alemania, en Chile este consenso social acerca de los crímenes de la dictadura brilla por su ausencia, con lo cual la memoria termina reducida a una cuestión de izquierda vs. derecha, como si los miles de asesinados y desaparecidos no eran hijas e hijos, mamás y papás, abuelas y abuelos sino simplemente “zurdos“, cuya aniquilación quedaba justificada debido a su adhesión política. A pesar de la existencia de diversos centros de tortura y detención como Villa Grimaldi, Londres 38, tres y cuatro Álamos, la narrativa que parecer haber prevalecido en la sociedad chilena 30 años más tarde ha sido: “Para que se meten en política” De otra forma, no me explico el por qué la memoria histórica de la dictadura solo termina siendo una memoria de unos pocos, los que aun lloramos a nuestros muertos.

A pesar de que mis críticas a como ha funcionado el trabajo de la memoria en Chile siguen vigentes, las apreciaciones acerca de la memoria alemana se han ido transformado durante este año y medio. Este corto ensayo intenta describir como la memoria alemana ha sido usurpada e instrumentalizada para los más bajos fines políticos.        

Memoria instrumentalizada
Todos los que han pasado por Berlín han conocido los llamados Stolpersteine, estas placas conmemorativas que tienen grabado el nombre de personas judías que tuvieron que arrancar de sus hogares o fueron arrancados a la fuerza por el régimen nacionalsocialistai. Este dispositivo visual muy simple pero muy poderoso nos habla de la exitosa política de la memoria histórica que se ha instalado en Alemania como parte de la política de Estado.

A diferencia de Chile siempre pensé que Alemania había logrado consolidar una memoria histórica con un trabajo de profunda concientización de lo que significaba el fascismo. También pensaba que sus llamados al Nunca más se traducían en intentos por establecer políticas públicas de concientización y reflexión serias y profundas. Inocentemente había creído que este país había aprendido sus lecciones de su propia historia -después de llevar a cabo varios genocidios tanto debido a su historia colonial como también la nacionalsocialista-. Pero esta creencia se derrumbó rápidamente con el genocidio en Gaza.

La clase política alemana rápidamente aclaró que ante los ataque de Hamas del 7 de octubre, la seguridad de Israel era “razón de Estado” tal como lo había señalado Angela Merkel unos años atrásii. Alemania le ha dado apoyo logístico, militar y diplomático a Israel desde que este comenzara su “operación militar” en Gaza. La clase política se comprometió a ayudar a Israel a través del envío de armamento y apoyo diplomáticoiii, mientras que internamente el Estado y los medios de prensa apoyaban la represión y difamación de la protesta pro-palestina tachada de “antisemita” o “simpatizante de terrorismo”. Esta campaña de represión y difamación hacia dentro, tiene como base el uso de la muy debatida y criticada definición de antisemitismo de la IHRA que equipara “antisionismo” con “antisemitismo”iv.

Este apoyo incondicional a Israel, está llevando a Alemania a un camino de autoritarismo político que rayana en el fascismo, ya que se vuelve cada vez más contra las minorías más precarizadas (estudiantes, extranjeros, migrantes) los que se atreven a protestar contra el genocidio y contra la complicidad alemana.

Caza de brujas y el falso anti-antisemitismo
Este movimiento y recurso de represión anti-antisemita no es nuevo y es ocupado de hace tiempo para difamar a todo critico a las políticas coloniales, de limpieza étnica y apartheid del estado de Israel contra la población palestina. Los trabajos del sociólogo israelí Moshe Zuckermann demuestran que el uso de la categoría de antisemitismo ha sido una estrategia recurrente del Estado Israelí contra sus críticosv, donde los últimos casos de evidente brutalidad genocida y la creciente protesta en el mundo occidental solo han ido intensificado el uso de esta herramienta de difamaciónvi.

¿Qué gana Alemania de todo esto? Aparte de obedecer a una lógica económica de comercio entre estas dos naciones, el compromiso alemán con Israel tiene también por objeto lavar la imagen de Alemania que tiene un profundo problema con el antisemitismo, que es un fenómeno principalmente asociado a la ideología de derecha. Sin embargo, desde la política y los medios que funcionan en tándem se busca dar la imagen que el antisemitismo se expresa en los que protestan contra el genocidio en Gaza en su mayoría estudiantes, extranjeros, y alemanes con “trasfondo migracional”. Esto se conecta con la idea falsa que el anti-semitismo es un fenómeno importado (debido a la alta incidencia árabe sobre todo en Berlín), y como un elemento ideológico de la izquierda. De hecho, la líder de la ultra derecha Alice Weidel sostuvo en una entrevista que Hitler “era comunista” y que los anti-semitas son todos de izquierda, es decir pro-palestinosvii.

A pesar de lo absurdo de esa idea, que una líder de ultra-derecha declare tal sin sentido, tiene todo el sentido. Esto porque la extrema derecha “global” no solo apoya el sionismo -y por ende el genocidio en Gaza-, sino que en su profundo antisemitismo muchos de estos sueñan deshacerse alguna vez de los judíos que viven completamente integrados en las sociedades occidentales. Para que emigren todos los judíos, necesitan proyectar una sensación de “inseguridad” para la vida judía y que solo Israel puede en efecto otorgarles esa seguridad. De esta manera el sionismo conecta con el verdadero antisemitismo porque contradice la idea que los judíos puedan vivir en paz y con seguridad en cualquier lugar del mundoviii. Otros antisemitas encubiertos son los cristianos evangélicos de extrema derecha que apoyan el sionismo por razones mesiánicas y escatológicas, ya que creen que cuando todos los judíos regresen “a su tierra” (es decir palestina convertida en la “Gran Israel”), esperan la segunda venida de cristoix y los primeros que serán condenados son los infieles, entre ellos los judíos.

De esta manera se entiende que esta estrategia de distorsión semiótica tiene como base el renombrar el antisemitismo como antisionismo, así los críticos de Israel se convierten en enemigos de todos los judíos del mundo. Esta falsa conflagración ha ido acompañada de una oleada de represión en occidente cuyo giro autoritario ya lo iniciaron los liberales bajo el mandato de Joe “genocide” Bidenx, ahora solo es profundizado por la extrema derecha en su constante esfuerzo por torcer las narrativas e imponer una visión alternativa del mundo que justifique cualquier barbaridad.

En términos concretos, el uso de esta acusación de antisemitismo en occidente se ha traducido en que la gente que se atrevió a pronunciarse en público contra esto perdiera sus trabajos o fueran públicamente expuestos y difamados. Vale recordar que la acusación de antisemitismo es una acusación grave en Alemania que te puede perjudicar mucho en la vida.

Aun así, en países como EE UU y Alemania son sobre todo judíos los que lideran las protestas pro-palestinas. Diversos grupos tanto de estudiantes como sobrevivientes del Holocausto han condenado las acciones de Israel, clamando “No en nuestro nombre!xi. Pero estos judíos anti-sionistas son igualmente reprimidos por las fuerzas policiales alemanas, ya que representan a los judíos “incomodos” e “izquierdistas” que no encajan dentro de la propaganda sionista que emana del Estado alemán y de los grupos de lobby que buscan implementar políticas más represivas contra los críticos al estado de Israelxii. La propaganda emanada de Israel intenta equiparar a todos los judíos con la nación de Israel y el sionismo con el judaísmo. De la misma forma funciona la conflagración entre “antisionismo” como otra expresión más de “antisemitismo”, de hecho, los alemanes ahora hablan de ”antisemitismo antiisraelí”.

Pero conviene preguntar ¿qué es realmente el antisemitismo hoy? A diferencia de lo que sostiene la propaganda sionista, el antisemitismo debe diferenciarse del antisionismo. Según la definición de la Declaracion de Jerusalem que realiza una clara distinción entre ambas posturas (a diferencia de la definición de la IHRA), antisemitismo se refiere a “la discriminación, los prejuicios, la hostilidad o la violencia contra los judíos por ser judíos (o contra las instituciones judías por ser judías)”. En cambio el antisionismo se opone al sionismo como ideología política que puede resumirse en la frase “a land without people for a people without land” (una tierra sin gente para una gente sin tierra), que resume bien el carácter colonial de asentamiento de la ideología sionista expresado en su forma más brutal en figuras que lideran el movimiento de los colonos israelíes más fanáticos, Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir. Ambos líderes políticos son parte de la coalición de ultra derecha del gobierno actual liderado por el criminal de guerra, Benjamin Netanyahu.

Teniendo en claro esta diferenciación entre antisionismo y antisemitismo, cualquier crítica a las políticas del estado de Israel debieran ser legítimas, así como debiera ser legitimo cualquier crítica política hacia un determinado Estado y sus prácticas. ¿Desde cuándo que es prohibido criticar las políticas de una Estado especifico? Pues, en el caso alemán -como en muchos países occidentales-, Israel siempre es tratado como si fuera alguna excepción. Una excepción que no es nueva si se fija en las múltiples resoluciones de la ONU que condenan las políticas de asentamiento colonial de los territorios palestinos por parte de Israel, los cuales han sido completamente ignoradosxiii. No creo que existe país en el mundo que goce de tanta excepcionalidad, y que nunca ha tenido que rendir cuenta por sus innumerables actos de crueldad (quizás solo comparable a su gran aliado imperial EE UU)xiv. Más aun cuando sus propios soldados exponen sus crímenes de guerra en internet sin temer la más mínima represaliaxv.

Una peligrosa alianza
A pesar de existir tanta evidencia de crímenes de guerra y clamores genocidasxvi, la elite política alemana continúa cegada en su compromiso con el estado israelí, ignorando todo contexto histórico y negando el carácter humano a los palestinos. Como una nación que arrastra un pasado colonizador, al parecer, en Alemania se espera de los palestinos que desistan de toda resistencia a la expropiación de sus tierras y que se conviertan en lo que el autor palestino Mohammed El-Kurd llamó, victimas perfectasxvii. Solo así, en su calidad de víctima, la vida de los palestinos les es otorgada algún grado de reconocimiento, algún grado de humanidad.

De hecho, reiteradas veces se ha denunciado la doble vara de medir con la cual Europa condena los ataques Rusos a Ucrania, mientras callan sobre lo de Gazaxviii. De esta forma su mensaje al mundo es que los palestinos como grupo humano no caben dentro de la esfera humana. Aunque esto no lo digan de manera abierta su narrativa repite uno-a-uno las propagandas del Ejercito Israelí (IDF), que ya es bien conocido por su inmensa campaña desinformativa y de deshumanización de la vida palestinaxix.

Pero lo más llamativo es que este apoyo incondicional al genocidio de los palestinos es reforzado con cada acto de solidaridad con Israel y las víctimas del holocausto ahora equiparado con las víctimas del 7 de octubrexx. ¡Cuán teatro de la memoria! En innumerables ocasiones el gobierno alemán ha declarado su completo respaldo a Israel defendiendo su derecho a la legítima defensa, y su completa condena a lo que fueron los ataques de Hamas del 7 de Octubre. Reacción que era de esperar, sobre todo de un Estado que dice defender la vida judía contra cualquier ataque “antisemita”.

Dentro la lógica de esta construcción narrativa maniquea (de la “única democracia en el medio oriente” que solo se defiende ante “malvados terroristas”), las razones históricas que llevaron a esos ataques son eclipsadas para hablarnos solo de actos terroristas y de antisemitismo, dejando fuera toda referencia de la vida palestina bajo el yugo de la ocupación colonial que es lo que motivó estos ataques en primer lugar. Pero la opción es ignorar los hechos históricos de la ocupación y presentar esta violencia como “salidas desde la nada” para luego expresar muestras de molestias cuando a alguien se le ocurre recordarles que existe este contexto de violencia colonialxxi.

Este vínculo entre memoria y solidaridad con Israel ha resultado ser extremadamente nefasto y peligroso, sobre todo porque Alemania no ha cesado su apoyo a pesar de los incontables crímenes perpetrado por Israel sólo el último año y medio. A pesar de toda la abundante evidencia sobre colegios, universidades, hospitales, infraestructura sanitaria bombardeados en Gazaxxii, Alemania ha ido reforzado ese vínculo ignorando sus obligaciones ante la Corte Criminal Internacional y la Corte Internacional de Justicia. Un vínculo nefasto porque Alemania juega un teatro de lo absurdo, en lo que un investigador llamo “catecismo alemán”xxiii, es decir, la fetichización de la memoria del holocausto convertido en dogma cuasi religioso a la vez de herramienta política.

El holocausto ha sido construido como una suerte de pecado original, elemento esencial identitario del carácter alemán de posguerra, crimen que no tiene igual y cuyas comparaciones pueden ser hasta penalizadas. De esta forma se le presenta como un teatro del horror donde se expone el sufrimiento de los judíos como si esto no tuviera igual en la historia de la humanidad. Esta apelación al sufrimiento judío -único e irrepetible- busca reforzar dogmáticamente el compromiso del alemán con el Estado de Israel que dice representar a los judíos (y su descendencia), reforzando así también la conexión simbólica entre ambos estados -el alemán y el Israelí. El primero que busca absolver su culpa y el segundo que supuestamente tiene el poder de dar esa absolución. De esta forma la memoria alemana permanece cautiva de su auto-declarado compromiso con el proyecto sionista. Aquí no se trata de negar que el holocausto fue una realidad, sino criticar su uso instrumental a favor de una política de exterminio de otro grupo humano como son los palestinos hoy. La construcción fetichizada de este hecho, se traduce en que los sufrimientos de los judíos durante el régimen nazi no tienen -y no pueden tener- comparación con otros sufrimientos humanos, ni equivalencia con nada. De esta manera, la vida judía puesto en un altar de excepción debido a su sufrimiento histórico inigualable e incomparable, no puede equipararse con el sufrimiento de los palestinos masacrados hoy, que se convierten en moneda de cambio para lavar esta culpa que el Estado alemán proyecta sobre sus ciudadanos. Esta construcción narrativa implica que el holocausto no trata de “responsabilidad histórica” del Estado alemán para con los descendientes de los judíos que fueron asesinados por los nazis, sino como una profunda e irracional “culpa” que debe ser expiada, aunque sea permitiendo que otro genocidio ocurra, con la “pequeña” diferencia de quienes sufren esta política de la expiación no son los alemanes. Es por eso que hoy hay voces que claman irónicamente “líbranos de la culpa alemana”xxiv porque no fueron los palestinos quienes llevaron a cabo el holocausto, pero son estos los que hoy pagan esta culpa con su propia sangre.

El giro autoritario
Pero el vínculo entre esta memoria histórica instrumentalizada a favor del apoyo al sionismo es sobre todo peligroso. Esto porque Alemania está llevando a cabo un giro cada vez más autoritario y represivo. Tanto los medios de prensa, la academia universitaria, la política y la policía no escatiman esfuerzos por silenciar a todo critico a Israel a través de diversos dispositivos de represiónxxv. Esto lo pudimos apreciar con la prohibición del congreso Palestina que iba a realizarse en Berlín en abril de 2024xxvi, y los reiterados esfuerzos por difamar e intimidar a los rostros más visibles de la protesta pro-palestinaxxvii. De hecho esta represión ha funcionado como laboratorio para medir el grado de permisibilidad de la represión policial dentro de sociedades supuestamente democráticasxxviii.

Sin embargo, es probable que este disciplinamiento se hará cada vez más difícil en la medida que Israel continua con la limpieza étnica en Gaza donde las cifras “oficiales” de muertes ya alcanzan las 51 mil personasxxix, con sus redadas en Cisjordania y sus bombardeos esporádicos a Líbano, Yemen, y Siria. La protesta en contra del genocidio no se detendrá. Lo que obligará al Estado alemán a reforzar aún más las medidas represivas añadiendo nuevas como la deportación, emulando la receta estadounidense. Como resultado, cinco estudiantes extranjeros enfrentan su posible deportación de Alemania debido a su participación en la protesta pro-palestinaxxx. Diferentes mociones de parlamentarios alemanes quieren llevar adelante procesos de purga de voces críticas dentro de las universidades a fin de combatir lo que ellos llaman “antisemitismo”xxxi (e irónicamente llaman a defender la libertad de opinión); también hay quienes sueñan con quitarles la nacionalidad alemana quienes tienen doble nacionalidad debido a su abierto “odio a Israel”xxxii. Mientras que el genocidio se haga cada vez más difícil de negar, aumentarán también las voces críticas a Israel y contra las políticas represivas del estado alemán. Porque a diferencia de lo que los medios estatales y la clase política quieren hacer creer al público, se trata de un sentido mínimo de humanidad, humanidad -que según los continuos mensajes que emanan de las elites políticas en Washington, Berlín, Londres o Bruselas -, es atribuida diferencialmente.

Palabras finales
¿Cuáles son entonces las enseñanzas que podemos extraer de esta experiencia de la instrumentalización de la memoria histórica del holocausto para escudar un nuevo genocidio? Primero, que un trabajo de memoria histórica debe ir acompañado de una reflexión genuina “desde abajo” y no impuesta desde arriba guiando las reflexiones sobre “derechos humanos” y la noción misma de “ser humano”, que como vemos en el ejemplo alemán, siempre puede ser manipulada y tergiversada para cumplir ciertos propósitos políticos. Segundo, que la instrumentalización del sufrimiento puede aplicarse también a otros casos de memoria según los requerimientos de un Estado y sus instituciones. Esto nos lleva a la triste verdad que en tiempos de la post-verdad, todo puede ser tergiversado y manipulado para responder a ciertos fines políticos, y como vemos en este caso, la memoria no es excepción. Tercero, es que el orden liberal y todo el engranaje discursivo que ha construido (Democracia, Derechos Humanos, Libertad, Libre pensamiento y opinión) más tardar ahora, con el genocidio en Gaza, las políticas neo-fascistas de Trump y el orden militarista y represivo de la Unión Europea se derrumba ante nuestros ojos cuan castillo de naipes. Lo que queda de todo ello es propaganda e ideología en su expresión más cruda, mientras que el embrutecimiento como estrategia mediática buscará aplacar todo sentido mínimo de justicia, de humanidad y crítica anticolonial a las políticas genocidas de Israel y sus aliados del Norte, esto incluye también la crítica al fracaso de este tipo de memoria construida desde el Estado y sus instituciones.

A pesar que los alemanes se nieguen a reconocer su propio fracaso en lo que respecta la construcción de una memoria histórica real, genuina y no excluyente, el resto del mundo si tiene mucho que aprender de estas nefasta experiencia, la de una memoria histórica usurpada."                   ( , Viento Sur, 09/05/25)

17.5.25

Helena Villar: La UE está sancionando a periodistas europeos por tener canales de Telegram sobre la guerra en Ucrania... Alina Lipp es alemana y ahora no puede entrar en su país y le pueden confiscar todos sus bienes... Alina Lipp: Mi colega Thomas Roeper y yo hemos sido incluidos en la lista de sanciones de la UE. Esto significa que la UE nos prohíbe a ciudadanos comunitarios entrar en su país de origen, y nos confisca el dinero sin ningún procedimiento legal

Alina Lipp  @Alina_Lipp_X

Mi colega Thomas Roeper y yo hemos sido incluidos en la lista de sanciones de la UE. Esto significa que la UE nos prohíbe a los ciudadanos de la UE entrar en su país de origen y nos confisca el dinero sin ningún procedimiento legal. 

¿Qué tipo de métodos son estos? Menos mal que no hemos tenido pertenencias en Alemania durante tanto tiempo y no tenemos intención de regresar. Si lo hacemos, será a punta de pistola. ¿Por qué lo hicieron? Por mi canal de Telegram. https://t.me/neuesausrussland

(My colleague Thomas Roeper and I have been placed on the EU sanctions list. This means that the EU is now banning us EU citizens from entering their home country and confiscating our money without any legal proceedings. What kind of methods are these? It's a good thing that we haven't had any possessions in Germany for a long time and have no intention of returning there. If we do, it will be on a tank. Why did they do so? Because of my Telegram channel https://t.me/neuesausrussland )

Última edición8:30 p. m. · 16 may. 2025 8.634 Visualizaciones


Helena Villar @HelenaVillarO

La UE está sancionando a periodistas europeos por tener canales de Telegram sobre la guerra en Ucrania. Lipp es alemana y ahora no puede entrar en su país y le pueden confiscar todos sus bienes y activos. Un signo más de la desesperación de Bruselas. Se saben perdedores.

Última edición9:30 p. m. · 16 may. 2025 3.259 Visualizaciones

8.3.25

Si observamos dónde obtuvo mejores resultados la AfD, fue especialmente fuerte en la antigua Alemania Oriental... las fronteras de la antigua Alemania Oriental siguen siendo claramente visibles... Esto refleja un patrón más amplio: en muchas regiones desindustrializadas de Europa y Norteamérica, hemos visto una deriva similar hacia el populismo de derechas. Piense en el Cinturón de Óxido de EE. UU. que se volvió hacia Trump, o en las zonas desindustrializadas del Reino Unido que apoyaron el Brexit y a Boris Johnson... en la Alemania Oriental existe una nostalgia generalizada y genuina por algunas partes de la vida bajo el socialismo de estado: la seguridad laboral, los sentimientos de solidaridad social entre colegas y vecinos, etc. Al mismo tiempo, este sentido de solidaridad coexiste con un fuerte apoyo a la AfD. Parece paradójico, pero tiene más sentido si se considera el impacto psicológico y social de la reunificación... De la noche a la mañana, las instituciones que estructuraban la vida cotidiana en Alemania Oriental desaparecieron y fueron sustituidas por las occidentales... una profunda ruptura que ha impedido a muchos alemanes orientales identificarse plenamente con el estado democrático posterior a la reunificación. También significó que en el Este se arraigaron menos instituciones mediadoras, como sindicatos, asociaciones cívicas y partidos políticos... Votar por los excomunistas era, para muchos, una forma de protestar contra las consecuencias sociales y económicas de la reunificación sin apoyar a la extrema derecha... muchas de las personas que solían votar por los excomunistas ahora votan por la AfD... ¿por qué la migración se ha convertido en un punto tan álgido? Durante años, a la clase trabajadora se le había dicho que no había dinero para los servicios públicos. Sus piscinas locales estaban cerrando. Los tejados de las escuelas primarias se estaban hundiendo. Las estaciones de tren se estaban deteriorando. Y entonces, de repente, un millón de refugiados llegaron a Alemania, y el mensaje del gobierno federal fue: «Tenemos dinero para acogerlos»... mientras que a la clase trabajadora «nativa» se le había dicho, durante años, que no había dinero para ellos. Esto fue especialmente pronunciado en Alemania Oriental... Si ha pasado 15 años escuchando que no hay dinero para usted y, de repente, ve una afluencia de gasto público en refugiados, se genera resentimiento. Esa es la raíz de la reacción violenta. Y de manera oportunista, los demócrata-cristianos, e incluso cada vez más los socialdemócratas, han utilizado la migración como una distracción de la austeridad... «Sí, el problema es la migración. Demasiados solicitantes de asilo. Por eso no tenemos dinero para X, Y y Z» (Loren Balhorn)

 "Las recientes elecciones en Alemania marcaron un punto de inflexión en el panorama político del país. Mientras que la CDU de centro-derecha ha recuperado el poder, la Alternativa para Alemania (AfD) de extrema derecha ha logrado su mejor resultado hasta la fecha, consolidando su influencia, sobre todo en la antigua Alemania Oriental. La izquierda, en declive desde hace tiempo, ha mostrado signos de reactivación, pero se enfrenta a una ardua batalla en un panorama político cada vez más definido por el estancamiento económico, el populismo de derechas y la incertidumbre geopolítica.

Como la mayor economía y ancla política de Europa, la trayectoria de Alemania tendrá consecuencias mucho más allá de sus fronteras. El auge de la AfD refleja patrones más amplios en toda Europa, donde la extrema derecha ha capitalizado el descontento económico, las ansiedades migratorias y los fracasos de los partidos centristas para ofrecer alternativas significativas. Al mismo tiempo, el inesperado resurgimiento de Die Linke sugiere que, a pesar de años de declive, sigue habiendo espacio para una alternativa de izquierdas, si es capaz de sortear las contradicciones del momento.

Hay mucho en juego. Alemania sigue estancada económicamente, con su cacareado modelo industrial sometido a la presión de la competencia mundial, las crisis energéticas y el estancamiento de la política interna. Políticamente, las tensiones dentro de la clase dirigente se están agudizando, sobre todo en cuanto a cómo equilibrar la austeridad con la necesidad de inversión pública, y cómo posicionar a Alemania en medio de las cambiantes líneas de falla geopolíticas, desde la guerra en Ucrania hasta la creciente incertidumbre transatlántica con el regreso de Trump. Mientras tanto, el consenso del establishment en torno al apoyo incondicional a Israel se enfrenta a sus primeras grietas reales, ya que el cambiante sentimiento público desafía la rígida ortodoxia política de Alemania en la cuestión.

En esta conversación, William Shoki, editor de Africa Is a Country, habla con Loren Balhorn, editora jefe de la edición en alemán de Jacobin, para desentrañar los resultados de las elecciones, la dinámica económica y política que alimenta el auge de la extrema derecha y los desafíos a los que se enfrentan las fuerzas de izquierda de Alemania, en particular Die Linke. Discuten cómo la migración se ha convertido en un punto de conflicto central, por qué la AfD ha tenido tanto éxito en posicionarse como la única oposición real, y si el inesperado repunte electoral de Die Linke ofrece una hoja de ruta para la izquierda.

Las elecciones del 23 de febrero arrojaron algunos resultados interesantes. La CDU ha vuelto al poder, mientras que la AfD de extrema derecha obtuvo su mejor resultado electoral. ¿Cómo debemos interpretar este cambio? ¿Es parte de un giro más amplio hacia la derecha en la política europea, o son factores internos los que impulsan este cambio?

Bueno, definitivamente hay un contexto europeo en este cambio. Eso es obvio. Ya sea que hablemos de Francia, Italia o incluso España y Portugal, aunque podrían estar un poco por detrás de la tendencia, ha habido un fortalecimiento general de los partidos de extrema derecha en Europa occidental y oriental durante la mayor parte de una década. En muchos sentidos, Alemania se había quedado atrás.

En las últimas elecciones, hace cuatro años, la AfD obtuvo alrededor del 10 % de los votos, mientras que partidos como el Frente Nacional en Francia ya se acercaban al 20 %. Así que, en cierto sentido, Alemania tardó en ponerse al día. Las elecciones del domingo podrían considerarse una especie de normalización o «europeización» de la política alemana.

Al mismo tiempo, hay claramente factores internos específicos en juego. Si observamos dónde obtuvo mejores resultados la AfD, fue especialmente fuerte en la antigua Alemania Oriental, donde el partido obtuvo más del 40 por ciento. Si se mira un mapa de los distritos electorales, las fronteras de la antigua Alemania Oriental siguen siendo claramente visibles: casi todos los distritos electorales votaron por la AfD, mientras que ese no fue el caso en ninguna parte de Alemania Occidental.

Esto refleja un patrón más amplio: en muchas regiones desindustrializadas de Europa y Norteamérica, hemos visto una deriva similar hacia el populismo de derechas. Piense en el Cinturón de Óxido de EE. UU. que se volvió hacia Trump, o en las zonas desindustrializadas del Reino Unido que apoyaron el Brexit y a Boris Johnson. Definitivamente hay una correlación.

Pero incluso en las zonas más ricas de Alemania, la AfD ha ganado terreno. Alemania, en general, es un país rico, pero si nos fijamos en un estado como Baden-Württemberg, uno de los más ricos del país, la AfD consiguió alrededor del 20 por ciento. Así que, aunque la deriva hacia la derecha se concentra especialmente en Alemania Oriental, no es exclusiva de ella.

Esto se explica por una combinación de factores: la desindustrialización, una sensación general de privación de derechos y alienación, y la ausencia de lo que el sociólogo Steffen Mau llama el «espacio pro-político». Esto se debe en parte al abrupto colapso del Estado de Alemania Oriental en 1989-1990. Casi de la noche a la mañana, todo el sistema fue desmantelado y reemplazado por instituciones de Alemania Occidental. Eso dejó lazos sociales mucho más débiles, tanto dentro de las comunidades como entre los individuos y el Estado, en comparación con Alemania Occidental. Creo que esto explica en gran medida por qué la extrema derecha ha encontrado un terreno tan fértil en esa región.

¿Y qué hay en los mensajes y las campañas del AfD que resuena en Alemania Oriental, dadas estas condiciones? ¿Por qué la debilidad de la sociedad civil la hace vulnerable a la retórica populista y reaccionaria? Se podría suponer que, debido a que el Este era comunista, habría habido instituciones intermediarias más fuertes, como las estructuras de partido de la RDA. ¿Cómo se desarrolla lo que está describiendo?

Esa es una gran pregunta, y tiene varias capas.

En la superficie, una de las contradicciones en las actitudes políticas de Alemania Oriental es que existe una nostalgia generalizada y genuina por algunas partes de la vida bajo el socialismo de estado: la seguridad laboral, los sentimientos de solidaridad social entre colegas y vecinos, etc.

Al mismo tiempo, este sentido de solidaridad coexiste con un fuerte apoyo a la AfD. Parece paradójico, pero tiene más sentido si se considera el impacto psicológico y social de la reunificación.

Una vez más, Steffen Mau, a quien entrevisté para Jacobin hace unos años, ha escrito extensamente sobre esto. Sostiene que la transición de 1989-1990 fue traumática para muchos alemanes orientales. La gente salió a las calles exigiendo democracia, libertad de expresión y reformas del sistema socialista. Pero muy rápidamente, esas demandas se vieron absorbidas por la reunificación, algo que, aunque contó con el apoyo de la mayoría, fue extremadamente abrupto. De la noche a la mañana, las instituciones que estructuraban la vida cotidiana en Alemania Oriental desaparecieron y fueron sustituidas por las occidentales.

Mau describe esto como algo así como una herida abierta, una profunda ruptura que ha impedido a muchos alemanes orientales identificarse plenamente con el estado democrático posterior a la reunificación. También significó que en el Este se arraigaron menos instituciones mediadoras, como sindicatos, asociaciones cívicas y partidos políticos.

En la década de 1990, el PDS [Partido del Socialismo Democrático], sucesor del partido gobernante de Alemania Oriental, todavía tenía cientos de miles de miembros. Ganaba sistemáticamente entre el 15 y el 30 por ciento de los votos en los estados de Alemania Oriental y mantenía una cultura política viva. Había festivales comunitarios y reuniones locales que, aunque no siempre eran explícitamente políticos, servían como válvulas de escape para la frustración popular.

Votar por los excomunistas era, para muchos, una forma de protestar contra las consecuencias sociales y económicas de la reunificación sin apoyar a la extrema derecha. No creo que Alemania Oriental se haya vuelto necesariamente más racista en los últimos 15 o 20 años. Pero muchas de las personas que solían votar por los excomunistas ahora votan por la AfD. Quizá sus opiniones sobre raza y migración nunca fueron especialmente progresistas, pero, aun así, votaron por un partido progresista para expresar su frustración.

Con el tiempo, sin embargo, la AfD ha conseguido presentarse como la única alternativa real al establishment político. La política alemana tiende a ser muy educada, de clase media y, francamente, bastante aburrida. El AfD, más que cualquier otro partido, sobresale en el uso de la ironía, el sarcasmo y la provocación. A veces, incluso emplean un humor autocrítico. Pero su principal fuerza radica en burlarse de la élite política y canalizar la ira pública de formas que ningún otro partido se atreve.

Esta percepción de la AfD como el último marginado solo se ha visto reforzada por la estrategia de los demás partidos de aislarla. El llamado cortafuegos —el consenso de que nunca se debe permitir que la AfD gobierne— ha sido contraproducente en cierto modo. Ha reforzado su imagen como la única oposición real.

Y, obviamente, existe la polarización en torno a la migración. Más allá de Alemania, vemos esta dinámica en todas partes. En Estados Unidos, en Sudáfrica, las fuerzas de derecha han cimentado con éxito la idea de que la migración es un juego de suma cero, que cada nuevo migrante le quita algo a los ciudadanos nativos. Esta narrativa, sea cierta o no, se ha vuelto dominante en la política europea. Y aunque la AfD fue una de las primeras en impulsarla, su posición ahora ha sido repetida por el centro derecha, el centro izquierda e incluso figuras que se sitúan a caballo entre ambos, como Sahra Wagenknecht.
Hay mucho que desentrañar en lo que acaba de decir, pero empezaré por esto: dejando de lado la estrategia retórica de la AfD, que, como ha descrito, implica rechazar irreverentemente la etiqueta educada de la clase política alemana, ¿por qué la migración se ha convertido en un punto tan álgido?

Ya ha mencionado algunas razones, pero una cosa que destaca es que la región de Alemania con los niveles más altos de sentimiento antimigratorio también tiene tasas de migración comparativamente más bajas. Tal vez esta sea una pregunta injusta, porque este es el enigma, pero ¿por qué la migración se ha convertido en el contenedor de ansiedades sociales más amplias en Alemania? Por supuesto, esta es una tendencia internacional, por lo que puede haber poco que destaque una causa distintivamente alemana. Pero si pudiera, intente analizar por qué este tema se ha vuelto tan polarizador allí.

Bueno, en primer lugar, debo decir que no soy una experta en política migratoria, así que seguramente haya otros que podrían dar una respuesta más detallada, pero creo que tenemos que remontarnos a 2015. Ese fue el momento en que más de un millón de refugiados, principalmente, pero no exclusivamente, de Siria, entraron en Alemania en un corto período de tiempo. Durante un breve momento, tal vez unos seis meses, hubo un consenso casi generalizado en la sociedad de que estas personas debían ser acogidas y alojadas. Incluso los tabloides de derecha publicaban en primera plana historias sobre voluntarios que ayudaban en las estaciones de tren y recaudaban dinero para los refugiados.

Pero ese estado de ánimo empezó a cambiar. Un punto de inflexión importante, al menos en la narrativa de los principales medios de comunicación, fue la Nochevieja de 2015-2016 en Colonia. Hubo un incidente de acoso sexual masivo, del que se culpó en gran medida a los inmigrantes norteafricanos. Pero si miramos el problema desde una perspectiva materialista, el problema más profundo es que Alemania ya había estado experimentando austeridad durante más de una década en 2015. Comenzó con reformas del mercado laboral a principios de la década de 2000, y en 2009, el gobierno aprobó una enmienda a la constitución para frenar la deuda, limitando la deuda federal a alrededor del 0,35 por ciento del PIB.

Durante años, a la clase trabajadora se le había dicho que no había dinero para los servicios públicos. Sus piscinas locales estaban cerrando. Los tejados de las escuelas primarias se estaban hundiendo. Las estaciones de tren se estaban deteriorando. Y entonces, de repente, un millón de refugiados llegaron a Alemania, y el mensaje del gobierno federal fue: «Tenemos dinero para acogerlos».

Ahora bien, cuánto gastó realmente el gobierno en los refugiados y en qué medida ese dinero se habría gastado de otro modo en servicios públicos es otra cuestión. Pero la percepción era que se estaban poniendo recursos a su disposición, mientras que a la clase trabajadora «nativa» se le había dicho, durante años, que no había dinero para ellos. Esto fue especialmente pronunciado en Alemania Oriental, donde, a pesar de las enormes inversiones en infraestructuras desde 1989-1990, la mayoría de las ciudades han ido perdiendo población de forma constante durante décadas. No solo un poco: millones de personas se han ido desde la reunificación. Muchas ciudades pequeñas y medianas se sienten deprimentes y desoladas, y luego, casi de la noche a la mañana, ven cómo se alojan allí grandes grupos de refugiados.

Por supuesto, sabemos que a los refugiados no se les dan apartamentos de lujo ni miles de euros en limosnas, eso es un mito de la derecha. Pero los mitos cobran fuerza cuando la gente se siente abandonada. Si ha pasado 15 años escuchando que no hay dinero para usted y, de repente, ve una afluencia de gasto público en refugiados, se genera resentimiento. Esa es la raíz de la reacción violenta. Y de manera oportunista, los demócrata-cristianos, e incluso cada vez más los socialdemócratas, han utilizado la migración como una distracción de la austeridad. En lugar de abordar directamente las cuestiones económicas, se apropian del argumento de la extrema derecha: «Sí, el problema es la migración. Demasiados solicitantes de asilo. Por eso no tenemos dinero para X, Y y Z».

Una vez que esa narrativa se afianza, una vez que se convierte en sentido común político, se amplifica una y otra vez. Cada incidente violento que involucra a un migrante se exagera, reforzando la idea de que la migración representa una amenaza para los alemanes «nativos».

¿Dónde está la izquierda en todo esto? Empezando por su desempeño electoral, Die Linke desafió las expectativas. Consiguieron cerca del 9 por ciento de los votos, ampliaron su atractivo, especialmente entre los votantes jóvenes y primerizos, y —no recuerdo las cifras exactas— añadieron entre 30 000 y 50 000 nuevos miembros en los meses previos a las elecciones. Die Linke ha adoptado históricamente una postura bastante progresista en materia de inmigración. Entonces, ¿cómo se explica su repentino éxito? ¿Hay alguna lección más amplia que extraer de su actuación que pueda ser internalizada por la izquierda en Alemania y más allá, o hay factores más inmediatos y próximos que han influido en su resurgimiento?

Bueno, cada vez que un partido de izquierdas tiene éxito, todo el mundo interpreta su victoria como una confirmación de su propia teoría o enfoque. Ahora estamos viendo lo mismo con Die Linke. Que un partido que hace dos meses obtenía un 3 % en las encuestas haya subido ahora al 8 % es impresionante, pero la idea de que de repente tienen todas las respuestas para la izquierda es un poco exagerada. Gran parte de su éxito se debió a una coyuntura política favorable y, francamente, a mucha suerte.

Si se compara la campaña que Die Linke llevó a cabo esta vez con, por ejemplo, las elecciones europeas del año pasado, en las que obtuvieron solo el 2,7 por ciento, la diferencia es sorprendente. Esta vez, su campaña estuvo mucho más centrada y basada en la clase. En alemán, se podría llamar «clase política»: se centró en las demandas materiales. Inspirándose en el Partido de los Trabajadores de Bélgica, el partido comenzó a realizar encuestas puerta a puerta en los barrios y distritos electorales en los que históricamente habían sido más fuertes para identificar las principales preocupaciones de sus votantes y potenciales votantes. Se centraron en dos cuestiones principales: el aumento vertiginoso de los alquileres y la crisis del coste de la vida.

Alemania es un país donde más de la mitad de la población vive en viviendas de alquiler, lo que significa que la última década de drásticos aumentos de los alquileres ha afectado especialmente a la clase trabajadora, más que en muchos otros países europeos donde las tasas de propiedad de viviendas son más altas. Al limitar su mensaje a unas pocas preocupaciones materiales que resonaron no solo entre su base de votantes principal, sino también entre segmentos más amplios de la población, Die Linke pudo llegar a los votantes de manera más efectiva y superar el umbral del 5 % para entrar en el parlamento. En campañas anteriores, presentaron más bien una lista de preocupaciones —defender el derecho de asilo, mostrar solidaridad con Ucrania, abogar por más fondos para educación y transporte— a menudo en detrimento de un mensaje o narrativa central. Si nos fijamos en las encuestas a pie de urna, está claro que una gran parte de los votos de Die Linke procedían de antiguos votantes de los Verdes y los socialdemócratas. Este cambio tuvo mucho que ver con los acontecimientos de las tres o cuatro semanas previas a las elecciones. Friedrich Merz, el próximo canciller de Alemania, dio otro giro a la derecha en materia de inmigración e incluso aceptó votos de la extrema derecha para aprobar una moción que restringía la inmigración. Eso conmocionó a la sociedad civil y motivó claramente a cerca de un millón de personas a votar por Die Linke en lugar de por los partidos de centroizquierda a los que normalmente apoyarían.

Pero esa base de votantes no es estable. Muchas de esas personas votaron por Die Linke no porque tengan una profunda lealtad al partido, sino para enviar un mensaje a los partidos moderados a los que suelen apoyar. Querían dejar claro que rechazan su capitulación ante la derecha en materia de inmigración y que les preocupa el auge de la extrema derecha.

Aun así, no se puede pedir más. Un resultado del 8,8 % para un partido que estaba prácticamente en su lecho de muerte hace tres meses es, obviamente, un avance positivo y algo sobre lo que construir. Pero una mirada sobria a los resultados sugiere que, si bien Die Linke llevó a cabo una campaña sólida y tuvo un buen trabajo de campo, también tuvieron la suerte de operar en un momento político particularmente favorable que puede no repetirse en el futuro. La pregunta ahora es qué pueden hacer de aquí a 2029 para consolidar y expandir sistemáticamente su base de votantes.

Lo mismo ocurre con las aproximadamente 50 000 personas que se han unido al partido en los últimos meses. Estos nuevos miembros son en su inmensa mayoría jóvenes, urbanos y con estudios universitarios. Curiosamente, la mayoría son mujeres, lo que sugiere que hay una dimensión de género en el reciente aumento de apoyo. No hay nada malo en vivir en una ciudad, tener menos de 30 años y tener un título universitario, pero hay una clara sobrerrepresentación de un determinado grupo demográfico en cuanto a quién se está uniendo al partido en este momento. La verdadera pregunta es si Die Linke puede integrar a estos nuevos miembros, formarlos y enviarlos a las comunidades para construir el partido desde cero. ¿O esta afluencia de miembros empujará al partido a convertirse en algo más parecido a los Verdes, un partido de clase media alta y de izquierda liberal que hace política principalmente para su propia base de votantes acomodados?

No creo que haya ningún peligro inmediato de que eso suceda en los próximos dos años, pero en todo el mundo industrializado, ya sea en Alemania, el Reino Unido o los Estados Unidos, la izquierda está formada cada vez más por personas de clase media y con estudios. Si queremos ganar alguna vez, tenemos que volver a anclarnos en la clase trabajadora en general. Die Linke aún está muy lejos de lograrlo, pero hay más conversación dentro del partido sobre cómo hacerlo que hace cinco o diez años. Eso parece haber cambiado.

Para empezar a responder a la pregunta que planteó, ¿qué podría hacer el partido para iniciar el largo camino de traducir estos avances electorales en una estrategia de construcción del partido a largo plazo que lo reancle en un electorado de clase trabajadora y en organizaciones de clase trabajadora, entre ellas el movimiento obrero alemán? Y, como parte de esto, ¿implica eso adoptar más de lo que usted describió como hacer que la AfD tenga más éxito? He visto un ejemplo destacado de esto en un artículo del New York Times sobre Heidi Reichinnek, que es la colíder parlamentaria de Die Linke y a la que describen como una agitadora, alguien luchadora, muy popular en TikTok y con una fuerte presencia en las redes sociales en general. Entonces, ¿es parte de la respuesta a esta pregunta que Die Linke debería hacer más de lo que hace la AfD, al menos retóricamente, no en términos de abrazar el sentimiento antimigratorio, sino de adoptar un estilo político más abrasivo y antagónico? ¿Cómo podría ser eso?

Durante los últimos años, cada vez que los principales medios de comunicación alemanes hablaban de los políticos en las redes sociales, solían referirse a la AfD y a su éxito desbocado en TikTok e Instagram. Hace seis meses, si se miraba una lista de los diez políticos de Alemania con más seguidores en TikTok, probablemente siete de cada diez habrían sido figuras de extrema derecha. Pero en los últimos meses, algo ha cambiado claramente: no sé a quiénes despidieron o contrataron en su departamento de redes sociales, pero la campaña en línea del partido se ha vuelto mucho más agresiva e irreverente.

Dicho esto, creo que debemos tener mucho cuidado con las narrativas que se centran demasiado en las redes sociales. Las redes sociales son especialmente útiles para llegar a los jóvenes y seguirán siendo una importante herramienta de divulgación, pero llevamos veinte años con las redes sociales y durante veinte años los periodistas burgueses nos han estado diciendo que las redes sociales están transformando la política. También tenemos veinte años de pruebas que demuestran que las redes sociales por sí solas no bastan para transformar la sociedad.

De cara al futuro, la experiencia de hacer campaña puerta a puerta y realizar encuestas en los barrios para identificar qué preocupa a la base del partido —y luego responder a esas preocupaciones— será mucho más importante que cualquier estrategia de TikTok. Ese tipo de enfoque es lo que podría dar a Die Linke un futuro real. En mi artículo de The Jacobin de hace un par de semanas, escribí sobre cómo Die Linke tuvo un muy buen desempeño en las elecciones de finales de la década de 2000 y principios de la de 2010 porque fue capaz de subirse a la ola de frustración social con la austeridad y las guerras de Irak y Afganistán. En aquel momento, no había ningún competidor de extrema derecha, por lo que Die Linke era realmente el único partido de protesta, que atraía votos tanto de los medios clásicos de izquierda como de un voto de protesta difuso. Es posible que muchos de esos votantes tuvieran algunas opiniones de derechas, pero aun así estaban de acuerdo con Die Linke lo suficiente como para apoyarlos. Esto le dio al partido una presencia parlamentaria que no guardaba relación real con su fuerza organizativa real o su arraigo en las comunidades, particularmente en sus territorios tradicionales en el este.

En 2010, por ejemplo, la mayoría de los miembros de Die Linke ya eran jubilados, y el partido se enfrentaba a lo que en ese momento se denominaba su «problema biológico»: estaba literalmente desapareciendo en muchos de los lugares donde había sido más fuerte durante las dos décadas anteriores. Durante los siguientes diez años, la política parlamentaria dominó el partido. Todavía había vida partidaria fuera del parlamento, y se hicieron esfuerzos para implementar una estrategia más de organización comunitaria, pero en general, los ritmos y rutinas de la vida parlamentaria dictaban cómo el partido hacía política.

De cara al futuro, será vital que el partido y el grupo parlamentario trabajen como uno solo. Eso significa imponer disciplina dentro del grupo parlamentario y subordinar a los parlamentarios a la dirección del partido. Imponer algún tipo de disciplina en el grupo parlamentario sería un paso importante para recalibrar el enfoque político del partido, de modo que persiga una estrategia global que integre el trabajo parlamentario con la organización en el lugar de trabajo y en las calles.

En los últimos meses se han sentado algunas bases importantes para este tipo de orientación, pero no hay consenso dentro del partido. Todavía hay diferentes alas, algunas deseosas de trabajar con los Verdes y los socialdemócratas en cuanto surja la oportunidad, mientras que otras están comprometidas con una línea más opositora. La pregunta clave es si un enfoque de construcción de bases puede convertirse en el dominante. Si es así, hay mucho espacio para que crezca una formación política socialista en Alemania. Hay millones de personas que luchan por pagar el alquiler, que luchan por llegar a fin de mes y que, en este momento, a menudo solo ven la AfD como alternativa. Relacionarse con esas personas e incorporarlas a un proyecto político socialista será crucial.

Esto es especialmente cierto dadas las turbulencias económicas que se avecinan. Ya sea por la crisis de la industria automovilística o por una posible guerra comercial con Estados Unidos, la economía alemana ya está en recesión desde hace dos años. Es probable que la situación empeore antes de mejorar. El futuro de la política alemana e incluso europea dependerá de si Die Linke puede ofrecer una respuesta progresista a estos problemas, en lugar de permitir que las fuerzas reaccionarias, racistas y xenófobas marquen la agenda.

¿Cómo podría ser esa iniciativa de presentar una respuesta progresista en lugar de reaccionaria? El panorama político, como hemos estado discutiendo, se ha desplazado hacia la derecha, donde la retórica racista y antimigrante es ahora el nuevo sentido común, no solo difundida por la AfD, sino también adoptada por los demócratas cristianos y los socialdemócratas, que casi con seguridad formarán un gobierno de coalición. ¿Cuál debería ser la postura de Die Linke al respecto?

La Alianza Sahra Wagenknecht, que usted describió anteriormente como una escisión de Die Linke, fue un intento de atraer a los desilusionados votantes de la clase trabajadora alemana «nativa» que se estaban desplazando hacia la derecha al combinar posiciones económicas de izquierdas con posturas conservadoras en cuestiones sociales y culturales. Pero el BSW no logró superar el umbral del 5 % para entrar en el parlamento, y la mayoría de las lecturas de este resultado concluyen que obtuvieron malos resultados, lo que desacredita este tipo de estrategia nacionalista-populista. Así que me interesa saber, por un lado, cómo debería orientarse Die Linke hacia este giro a la derecha en el panorama político y, por otro, si hay alguna lección que aprender del intento de BSW de flanquear a la derecha adoptando algunos de sus temas de conversación.

Es importante señalar el fracaso del BSW en alcanzar el 5 por ciento, pero obtuvieron el 4,97 por ciento, por lo que se quedaron a una fracción de la meta. No descartaría por completo al partido. Dicho esto, está claro que su intento de recuperar votantes de la extrema derecha moviéndose hacia la derecha en materia de migración no funcionó realmente. Le quitaron unos 60 000 votos a la AfD, lo que apenas supone una mella.

Su bajo rendimiento tuvo más que ver con el hecho de que se unieron a dos gobiernos regionales el otoño pasado tras su buen desempeño en las elecciones estatales. Para los votantes que buscaban un partido de protesta, BSW rápidamente comenzó a parecer como una fuerza más del establishment. Otro factor importante fue que la guerra en Ucrania simplemente no fue un tema dominante en el debate electoral en los meses previos a la votación. Justo ayer, vimos una disputa pública entre Zelensky y Trump, seguida esta mañana por políticos europeos que decían que, independientemente de lo que haga Estados Unidos, Europa seguirá enviando armas a Ucrania. Si algo así hubiera ocurrido dos o tres semanas antes de las elecciones, BSW podría haber obtenido un 6 o 7 por ciento, porque destacan, junto con AfD y, en cierta medida, Die Linke, como uno de los pocos partidos que se oponen clara y enérgicamente a los envíos de armas a Ucrania. Una minoría significativa del electorado alemán está de acuerdo con esa posición.

La principal lección que se puede extraer del fracaso de BSW no tiene por qué estar relacionada con la migración. Podemos concluir que su estrategia de moverse hacia la derecha en materia de migración no funcionó, pero su decisión de unirse a los gobiernos tan rápidamente fue mucho más perjudicial. Die Linke debería evitar cometer ese error. Solo porque tenga un resultado electoral sólido no significa que tenga el peso social o la base organizada para llevar a cabo un programa de reforma agresivo. Si se une a una coalición demasiado pronto, los partidos más grandes lo superarán en maniobras y terminará decepcionando a una parte importante de su base.

En cuanto a la cuestión más amplia de cómo abordar la migración y el racismo, creo que la izquierda alemana cometió un error en la década de 2010 al adoptar acríticamente la perspectiva de las ONG de izquierda liberal. Durante un tiempo, Die Linke casi pareció celebrar la migración como algo intrínsecamente positivo. Ese mensaje no necesariamente resuena en las personas que están preocupadas por si tendrán suficiente dinero a fin de mes, si podrán pagar el alquiler o si tendrán trabajo si la industria automotriz colapsa, ya sea que tengan antecedentes migratorios o no. Estas son personas con preocupaciones cotidianas y un mensaje liberal y multicultural que simplemente dice: «La migración es genial, abran las fronteras», no les habla. Puede resonar en una parte de la sociedad y en una parte del electorado de Die Linke, pero también divide la base potencial del partido.

En lugar de hacer hincapié en cuestiones divisivas como la migración, la izquierda debería centrarse en cuestiones que unan: vivienda, salarios, inversión en infraestructuras. Todas estas son áreas en las que se puede construir una coalición que incluya a personas que, de otro modo, podrían estar en el campo de la derecha en ciertas cuestiones sociales. Eso no significa hacer concesiones a la derecha en materia de migración, sino ser conscientes de cómo se habla de ello. Nuestra respuesta debe enmarcarse tanto en términos de clase como de derechos humanos. Los cientos de miles de personas que se han trasladado a Alemania en los últimos diez años y se han integrado en el mercado laboral y la sociedad son colegas, vecinos y compañeros de clase. No permitiremos que sean deportados.

Debemos construir una narrativa que incluya a todas estas personas sin centrarnos en ellas de una manera que haga de la migración en sí misma el tema central. La migración no es ni buena ni mala por naturaleza. Simplemente es. Tampoco debemos ignorar el hecho de que la migración tiene efectos negativos en los países que abandonan los migrantes. Ya sea en el sudeste de Europa o en el África subsahariana, cualquier región que experimente una emigración a gran escala, especialmente de personas jóvenes, educadas y en edad de trabajar, sufre graves consecuencias. La izquierda debería tener una visión equilibrada de la migración, reconociendo que todo el mundo debería tener derecho a vivir y trabajar donde quiera, al tiempo que integra esa posición en un discurso más amplio centrado en la justicia económica y la solidaridad de clase, en lugar de en la política cultural o de identidad.

A medida que Die Linke entra en este período político tenso e incierto, al menos a corto plazo, ¿cómo podría afrontar los retos que se avecinan? Usted ha señalado la inminente, quizás ya en curso, turbulencia resultante del estancamiento de la economía alemana. Pero más allá de eso, Alemania se enfrenta a todo tipo de cuestiones geopolíticas y de seguridad, entre las que destaca la agresiva postura de política exterior de Trump, que está alienando a Europa y avivando cierto sentimiento antiamericano, junto con el creciente deseo de las élites europeas de distanciarse de Estados Unidos. También está la cuestión de Ucrania, la cuestión de Israel-Palestina. Alemania está entrando en un contexto económico y geopolítico muy complejo. ¿Qué podríamos ver a corto y medio plazo? ¿Qué podemos esperar de un gobierno de Merz y cómo podría ser el terreno?

Los cambios políticos ya están empezando. He mencionado antes el freno de la deuda. En este momento, no diría que hay consenso, pero sí hay acuerdo, incluso en los círculos centristas, ya sea en los medios de comunicación, la política o entre los principales economistas neoliberales, de que el freno a la deuda se ha convertido en un verdadero impedimento estructural para sacar a Alemania de la recesión. Gran parte de la clase política reconoce ampliamente que Alemania necesita eliminar o, al menos, reformar el freno a la deuda, tal vez aprobando algún tipo de exención temporal.

Como se trata de una cuestión constitucional, se necesitaría una mayoría de dos tercios en el Parlamento. En teoría, podría hacerse con los votos de la AfD, pero como nadie quiere que se le vea colaborando con la extrema derecha, necesitan los votos de Die Linke. Friedrich Merz, sin embargo, va a intentar vincular la votación sobre el freno a la deuda a una votación a favor de otra ampliación masiva del gasto en defensa.

Friedrich Merz creó hechos sobre el terreno el otro día al llegar a un acuerdo con el SPD para eximir el gasto militar del freno de la deuda, lo que le permite gastar cientos de miles de millones en armamento sin iniciar una pelea. Sin embargo, sigue habiendo una presión generalizada sobre Die Linke para que «modernice» sus posiciones «dogmáticas» contra la guerra y acepte un aumento masivo del gasto en armamento, sobre todo por parte de la propia derecha del partido.

Obviamente, Rusia inició la guerra en Ucrania, eso es innegable. Pero si la izquierda se une al resto de los partidos mayoritarios para aumentar el gasto en defensa y aumentar las tensiones con Rusia, especialmente en un momento en que la alianza transatlántica se enfrenta a graves tensiones internas, no veo ninguna razón por la que nuestra base de votantes se moleste en volver a votar por nosotros dentro de cuatro años. En cuestiones clave que afectan al futuro de Europa, nos volveríamos indistinguibles de los Verdes.

Ese será el primer gran desafío de Die Linke: no convertirse en lo que son los Verdes. Sin duda, hay diferentes puntos de vista dentro del partido sobre esto, en particular sobre cómo votar sobre las armas para Ucrania, que sigue siendo un tema divisivo tanto entre el electorado de Die Linke como entre parte de los miembros. Si nos vemos arrastrados a algún tipo de gran coalición, aunque solo sea para reformar el freno a la deuda —quizá para financiar nuevos puentes o renovar escuelas, que obviamente son importantes— y romper con nuestros principios antimilitaristas, creo que el partido volverá a perder relevancia electoral rápidamente.

Cierto. Y en cuanto a la cuestión de Israel en el panorama político alemán, existe una especie de prohibición informal de criticar a Israel. La mayoría de los partidos políticos en Alemania, aunque no ofrecen necesariamente un apoyo incondicional, tienden a evitar ser demasiado duros: son sionistas por defecto. Quizás la única crítica abierta ha venido de la Alianza Sahra Wagenknecht. Me pregunto, a medida que Trump plantea la idea del reasentamiento masivo y la limpieza étnica en Gaza, y el consenso en Israel para el desplazamiento y la limpieza étnica en Gaza y Cisjordania se intensifica, ¿podría eso conducir a cambios en la posición de Alemania? ¿O el apoyo alemán al Estado de Israel es bastante férreo?

En la mayor parte de la clase política, ese apoyo es férreo. Por supuesto, hay razones históricas para ello: Alemania es responsable del asesinato industrializado de seis millones de judíos. Pero más allá de eso, también hay consideraciones de política exterior. Alemania tiene intereses estratégicos en la región de la misma manera que Estados Unidos.

Lo que será interesante observar es cómo se desarrolla esto dentro de Die Linke. El partido tomó la decisión estratégica de permanecer bastante callado sobre lo que está sucediendo en Gaza para evitar controversias antes de las elecciones. Estratégicamente, puede haber sido la elección correcta, pero moralmente, creo que es extremadamente problemática. Los representantes del partido tienden a señalar que, sobre el papel, Die Linke tiene una posición bastante fuerte. Se opone a la venta de armas a Israel y apoya el reconocimiento del Estado de Palestina. Pero en la práctica, sus líderes parlamentarios no han hecho ningún intento de presentar mociones sobre estos temas.

Esto se debe en gran medida a que, en el antiguo grupo parlamentario, había unos cinco diputados que, francamente, tenían posiciones sobre Israel que los situarían firmemente en el centro derecha en cualquier otro país. La mayoría de esos diputados ya se han jubilado. Por lo tanto, es posible que Die Linke se haga oír más sobre Gaza, especialmente si la limpieza étnica masiva en la Franja de Gaza se intensifica aún más o si el alcance total de las acciones de Israel se convierte en una parte más prominente del discurso público en Alemania. Existe un gran temor dentro del partido de que hablar de temas como Gaza y Ucrania dividirá al electorado y hará más difícil permanecer en el parlamento. Eso podría ser cierto para Ucrania, que es quizás un tema más complicado, pero no creo que se aplique a Gaza. Si se miran las encuestas de opinión, la mayoría de los ciudadanos alemanes se oponen a la conducta de Israel en Gaza y al envío de armas a Israel. Sin embargo, ningún partido en el parlamento, aparte del BSW, critica abiertamente a Israel o pide el fin de los envíos de armas.

Francamente, creo que Die Linke cometió un error al no hacer campaña sobre este tema, al menos hasta cierto punto, porque era una oportunidad para destacar como una voz de claridad moral en un establishment político alemán que se ha hecho abiertamente cómplice de lo que ha sido el genocidio más televisado de la historia de la humanidad. Hace apenas unas semanas, Olaf Scholz negó rotundamente que se estuviera produciendo un genocidio en Gaza y se negó incluso a considerar la cuestión, calificándola de premisa obviamente falsa. Todo el establishment político alemán tiene las manos manchadas de sangre. Algo así como un tercio de las armas utilizadas por las FDI proceden de Alemania. Al permanecer en silencio, o al menos muy callado, sobre este tema, creo que Die Linke cometió un error estratégico. Espero que lo corrijan en los próximos meses, porque la situación en Gaza no va a mejorar.

Como pregunta final, hemos hablado mucho sobre el camino de la izquierda hacia la reconstrucción, pero tengo curiosidad por su pronóstico sobre la trayectoria de la AfD. Están experimentando un aumento, ganando terreno y parecen estar en ascenso. Muchos imaginan un mundo en el que se conviertan en una fuerza dominante en un futuro próximo. Pero, ¿qué tan cerca estamos realmente de un escenario en el que se conviertan en una fuerza gobernante en Alemania? Por un lado, como usted ha descrito, han perfeccionado una estrategia retórica increíblemente eficaz que los posiciona como una fuerza opositora y antisistema. Por otro lado, su programa económico es bastante vago y tiene muchos rasgos de la ortodoxia neoliberal. ¿Podrían estas contradicciones empezar a manifestarse en un futuro próximo, o cree que están realmente en camino hacia el poder, posiblemente para 2029 o incluso antes?

Creo que es solo cuestión de tiempo que la AfD se una a un gobierno. Probablemente empezará a nivel estatal. En los estados del este, cuando un partido gana más de un tercio de los votos, como ocurrió en Sajonia, donde obtuvieron casi el 40 por ciento el domingo, no se les puede mantener fuera del gobierno para siempre. Por muy repugnante que pueda resultar un partido, si tanta gente vota por él, resulta muy difícil justificar su exclusión indefinida.

En algún momento de los próximos años, es probable que veamos gobiernos estatales liderados por la AfD o al menos tolerados por ella, tal vez con los demócratas cristianos aún en el poder pero cada vez más dependientes del apoyo de la AfD. Tenemos un par de años para respirar, ya que acabamos de celebrar elecciones en la mayor parte de Alemania Oriental, pero tarde o temprano, esto sucederá. Es más difícil decir si veremos un gobierno federal liderado por la AfD en 2029, probablemente no. Pero si miramos a la mayoría de nuestros vecinos europeos, parece que es solo cuestión de tiempo que la AfD entre en el gobierno de alguna forma.

La pregunta clave es qué pasará cuando lo hagan. ¿Su incorporación al gobierno los desmitificará y los revelará como lo que realmente son, es decir, neoliberales duros? Podemos tomar como ejemplo a Trump en Estados Unidos. Su asalto a las instituciones estadounidenses está perjudicando mucho a sus propios partidarios. La pregunta es si eso se traduce en una disminución del apoyo y la popularidad. Soy un poco más agnóstico en eso porque, si miramos a figuras como Giorgia Meloni en Italia, parece que mucha gente está dispuesta a votar en contra de sus propios intereses materiales por el sentimiento antimigratorio y antiextranjero. Para un cierto segmento del electorado, ver imágenes de migrantes siendo deportados es más satisfactorio que asegurar salarios más altos o un estado de bienestar más fuerte.

Al menos parte de la base de AfD está comprometida ideológicamente. No son necesariamente fascistas empedernidos, ni tienen ideas políticas particularmente fuertes o bien definidas, pero están emocionalmente involucrados en el proyecto del partido de una manera que no es puramente racional o basada en intereses materiales. Esto hace que sea difícil predecir si un giro hacia el neoliberalismo económico realmente perjudicaría su apoyo.

Será interesante ver qué sucede con la base de Trump en los próximos meses. El AfD no participaría en el mismo espectáculo que Trump, pero si implementaran su programa económico, sería aún más perjudicial que lo que los demócratas cristianos están planeando para los próximos años. Eso al menos podría crear una oportunidad para la fragmentación de su base. La verdadera pregunta, sin embargo, es si una fuerza de izquierda estará posicionada para aprovechar ese momento, si puede llegar a esos votantes y ofrecer una explicación alternativa de la crisis, así como un camino convincente hacia adelante.

En este momento, la izquierda está todavía muy lejos de estar en esa posición. Conseguir el 8 por ciento en unas elecciones y reclutar 50 000 miembros, la mayoría de ellos en los últimos meses, es una base sólida, pero Die Linke necesita compensar diez años perdidos en solo cuatro. Esa sería una tarea difícil incluso para los líderes y organizadores políticos más talentosos."

(Entrevista con Loren Balhorn, William Shoki, https://africasacountry.com/ )