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29.4.26

¿Qué sucede cuando la lógica de la disuasión nuclear deja de ser una fría ecuación militar y se convierte en una cuestión de fe? ¿Cuando el dedo en el gatillo pertenece a quienes se creen instrumentos de un mandato divino irrevocable?... Esto no es un ejercicio de fantasía política. Es la cuestión sin resolver que subyace a la seguridad global... El desarme no ha sido recompensado; la negociación, como ha demostrado el caso libio, puede incluso acelerar su propio fracaso... Un mundo con veinte potencias nucleares, algunas impulsadas por nacionalismos religiosos radicales, otras inmersas en conflictos sin resolver entre sí, y sin mecanismos creíbles de desescalada: esta es quizás la configuración más peligrosa que la historia de la humanidad haya producido jamás... El caso israelí es el más complejo y el más urgente. El concepto de Eretz Israel Hashlemah —la Tierra de Israel en su totalidad, en sus versiones más extensas, desde el Nilo hasta el Éufrates— no es una mera curiosidad teológica, es una categoría política vigente en el actual gobierno israelí... Junto a esto se encuentra el cherem: el mandamiento bíblico del exterminio sagrado de los pueblos de la Tierra Prometida... Es en este contexto que debemos leer la llamada Doctrina Sansón –la doctrina nuclear israelí de último recurso– y la categoría que impone al pensamiento estratégico... Su mensaje es claro: aunque no poseáis la bomba, si nos lleváis al borde de la destrucción, responderemos con armas nucleares contra vuestras ciudades... es creíble no porque se base en la racionalidad instrumental, sino porque se fundamenta en una forma estructurada de irracionalidad... El momento de mayor peligro es la convicción de que las propias acciones son pasos necesarios en un plan que conduce al fin de la historia. En ese momento, la disuasión racional deja de funcionar (Vincenzo Pellegrino)

"DIOS, LA BOMBA ATÓMICA Y EL FIN DE LA DISUASIÓN NUCLEAR RACIONAL

Hay una pregunta que el mundo prefiere no formular, con la misma obstinación con la que evitamos mirar demasiado de cerca un precipicio: ¿qué sucede cuando la lógica de la disuasión nuclear deja de ser una fría ecuación militar y se convierte en una cuestión de fe? ¿Cuando el dedo en el gatillo pertenece a quienes se creen instrumentos de un mandato divino irrevocable?

Esto no es un ejercicio de fantasía política. Es la cuestión sin resolver que subyace a la seguridad global, una cuestión que la arquitectura de paz posterior a 1945 ha optado por ignorar, con la misma sistematicidad con la que ignoró lo más aterrador. Y es en torno a este vértigo que gira «La bomba de Abraham: Armas nucleares a la luz de la revelación bíblica», un dossier editado por el Centro de Estudios Aurora y cuyas líneas esenciales este artículo retoma y desarrolla. Un análisis interdisciplinario que abarca la geopolítica, la teología comparada y la teoría de la disuasión para ofrecer una visión clara de uno de los temas más explosivos —en el sentido más literal del término— de la actualidad: la relación entre las tres grandes tradiciones abrahámicas y las armas nucleares.

Un sistema que se puede desmontar pieza por pieza.

Para comprender nuestra situación actual, debemos analizar la secuencia de los últimos veinte años sin excepciones: Corea del Norte abandona el Tratado de No Proliferación Nuclear en 2004, Estados Unidos se retira del acuerdo nuclear con Irán en 2018, Rusia suspende el Nuevo START en 2023 y el Tratado de Euromisiles queda prácticamente anulado en 2019. Cada episodio, considerado de forma aislada, parecía una crisis manejable, una alteración en el orden establecido. Leídos en secuencia, estos acontecimientos revelan algo mucho más inquietante: el desmantelamiento progresivo del consenso internacional que hacía posible un mundo sin proliferación descontrolada.

La lección que esta secuencia ha dejado a los gobiernos es cruel por su sencillez: quienes poseen la bomba no se ven afectados. Quienes han renunciado a ella —o nunca la desarrollaron— permanecen expuestos. El desarme no ha sido recompensado; la negociación, como ha demostrado el caso libio, puede incluso acelerar su propio fracaso. Esta cruel pedagogía nos empuja inevitablemente hacia un mundo con muchas más potencias nucleares de las que conocemos hoy. Arabia Saudita, Turquía, Corea del Sur y Japón ya están considerando —con creciente seriedad— si el paraguas de otros países sigue siendo fiable.

Es difícil exagerar las implicaciones. Un mundo con veinte potencias nucleares, algunas impulsadas por nacionalismos religiosos radicales, otras inmersas en conflictos sin resolver entre sí, y sin mecanismos creíbles de desescalada: esta es quizás la configuración más peligrosa que la historia de la humanidad haya producido jamás.

El ingrediente que nadie quiere nombrar

Pero la geopolítica por sí sola no basta para llegar al fondo del asunto. Comprender los mecanismos de proliferación es necesario, pero no suficiente. Porque quienes gestionan esos arsenales lo hacen dentro de un horizonte de significado, una cosmovisión que moldea sus percepciones, sus límites de tolerancia y la propia definición de amenaza existencial. Y ese horizonte tiene cada vez más una dimensión religiosa que la ciencia de las relaciones internacionales ha erradicado sistemáticamente de su campo de visión, en una operación que se asemeja más a la represión que al rigor científico.

El caso israelí es el más complejo y el más urgente. El concepto de Eretz Israel Hashlemah —la Tierra de Israel en su totalidad, en sus versiones más extensas, desde el Nilo hasta el Éufrates— no es una mera curiosidad teológica relegada a las yeshivás. Es una categoría política vigente en el actual gobierno israelí, el más derechista de la historia del país, donde figuras destacadas hablan abiertamente de su mandato histórico y espiritual. Más de 700.000 colonos en Cisjordania están produciendo discretamente sobre el terreno, sin el coste político de la anexión formal, lo que la teología promete para la era mesiánica.

Junto a esto se encuentra el cherem: el mandamiento bíblico del exterminio sagrado de los pueblos de la Tierra Prometida, que se halla en el corazón del Deuteronomio. No es un texto vergonzoso que ocultar: es un precepto central, clasificado entre los 613 mandamientos de la tradición halájica. Su fundamento no es el odio étnico, sino la profilaxis espiritual: los pueblos cananeos amenazan la integridad religiosa de Israel, y su eliminación se concibe como un acto sagrado, una ofrenda. Los críticos históricos y arqueológicos tienen buenas razones para dudar de que esta conquista haya ocurrido realmente en la escala que describe el texto. Pero un texto no tiene por qué ser históricamente cierto para tener poder cultural y político: simplemente tiene que ser creído.

La Doctrina de Sansón, o de la asimetría total.

Es en este contexto que debemos leer la llamada Doctrina Sansón –la doctrina nuclear israelí de último recurso– y la categoría que impone al pensamiento estratégico, que hemos designado en el expediente como CNAD: Destrucción Nuclear Convencional Asegurada.

Para comprender su importancia, debemos recordar la lógica subyacente a la disuasión de la Guerra Fría. La Destrucción Mutua Asegurada (MAD) se basaba en una lógica simétrica: si se usaba la bomba, se perdía junto con el enemigo. Funcionaba porque presuponía dos actores racionales, ambos interesados ​​en su propia supervivencia y capaces de un cálculo frío. Un equilibrio de terror, en su geometría casi elegante.

La CNAD es algo radicalmente diferente y mucho más inquietante. Su mensaje no va dirigido a otra potencia nuclear: va dirigido a cualquier adversario, incluso a uno que no posea armas nucleares, que se acerque al umbral de una amenaza existencial.

Su mensaje es claro: aunque no poseáis la bomba, si nos lleváis al borde de la destrucción, responderemos con armas nucleares contra vuestras ciudades. No se trata de simetría, sino de una asimetría total. Y el umbral de activación no es ni objetivo ni verificable desde fuera: es subjetivo, depende de la percepción de quienes gobiernan, una percepción marcada por el recuerdo del Holocausto, el mandato teológico de Eretz Israel y el arquetipo de Sansón abrazando los pilares del templo enemigo, aceptando su propia muerte junto con la de todos los presentes.

La CNAD es creíble no porque se base en la racionalidad instrumental, sino porque se fundamenta en una forma estructurada de irracionalidad. Esto la hace, paradójicamente, más eficaz como elemento disuasorio, e infinitamente más peligrosa como doctrina operativa, en caso de que la disuasión fracase.

Las tres religiones y la tentación de lo sagrado

Sin embargo, sería miope limitar este análisis únicamente a la tradición judía. Las tres grandes religiones abrahámicas contienen, cada una a su manera, poderosos recursos para limitar la violencia, así como mecanismos igualmente poderosos para sacralizarla. La historia del riesgo nuclear es también la historia de cuál de los dos polos prevaleció y por qué.

En el cristianismo evangélico estadounidense, el dispensacionalismo premilenial —la teología que considera los conflictos de Oriente Medio como pasos necesarios hacia el Armagedón y el regreso de Cristo— produce una paradójica indiferencia estructural hacia la prevención de conflictos. Quienes creen que la escalada forma parte del plan divino no tienen ningún incentivo para detenerla. Esta no es una corriente marginal: ha permeado, explícita o indirectamente, décadas de debate sobre la política exterior estadounidense, influyendo en decisiones con consecuencias reales para millones de personas.

En el islam, el fiqh al-harb —las leyes islámicas de la guerra codificadas en el siglo VIII— es, de hecho, uno de los sistemas más sofisticados para limitar la violencia bélica en la historia del pensamiento humano. El Corán prohíbe explícitamente el fasad fil-ard, la corrupción y devastación de la tierra: una prohibición que, aplicada consecuentemente, haría radicalmente ilegítimas las armas nucleares. Sin embargo, el principio de maslaha —el interés público superior que, en circunstancias excepcionales, puede prevalecer sobre las normas ordinarias— se ha invocado para eludir precisamente lo que prohíben dichas normas, generando la paradoja de la llamada «bomba islámica» de Pakistán.

En cada tradición, la selección que realiza el nacionalismo religioso es la misma: enfatiza los recursos que legitiman la violencia, mientras oculta aquellos que la moderan. El mandato territorial del sionismo religioso eclipsa la crítica profética interna de Amós y Jeremías. El dispensacionalismo cristiano eclipsa las Bienaventuranzas. El islamismo político silencia la prohibición coránica de la devastación y la tradición de Sulh al-Hudaybiyyah —la paz aceptada por el Profeta incluso en condiciones de humillación—. A cada tradición se le amputan sus voces más incómodas.

El punto de no retorno

El momento de mayor peligro —cuando la teología y la estrategia nuclear convergen de forma explosiva— se produce cuando un liderazgo empieza a interpretar su situación desde una perspectiva escatológica. No se trata simplemente de creer que el Estado tiene un mandato divino: es la convicción de que las propias acciones son pasos necesarios en un plan que conduce al fin de la historia. En ese momento, la disuasión racional deja de funcionar. No porque los actores sean malvados —ese sería un análisis demasiado simplista—, sino porque su estructura de pensamiento es cerrada, autorreferencial e impermeable a la evidencia en contrario. Esta es la configuración de mayor riesgo que han identificado los analistas de seguridad: no la intención de destruir, sino la imposibilidad de ser disuadidos.

La elección que ninguna doctrina puede hacer por nosotros

Sin embargo, la historia no es una trayectoria predeterminada, y sería deshonesto concluir que lo es. El Tratado de No Proliferación de 1968 parecía imposible hasta la víspera de su firma. El diálogo entre Kennedy y Khrushchev en octubre de 1962 no estaba escrito: fue la decisión personal, difícil y nada obvia de dos hombres de no destruir el mundo. Sudáfrica desmanteló voluntariamente su arsenal. Mandela optó por la reconciliación cuando la venganza habría sido comprensible. Ninguna de estas decisiones fue inevitable: fueron contingentes, costosas, posibles solo porque quienes las tomaron tenían acceso a una visión del mundo en la que el valor de la vida humana prevalecía sobre la lógica de la confrontación.

La pregunta que sigue abierta —y que nos concierne a todos, no solo a los gobiernos— no es si la humanidad es capaz de construir la bomba. Lo ha sido durante ochenta años y siempre lo será. La pregunta es si es capaz de elegir, con los pilares del templo en sus manos, no usarla. ¿Sobre qué fundamento construye esa elección? ¿Y si los libros que considera sagrados la ayudarán o la obstaculizarán?"

(Vincenzo Pellegrino, El Viejo topo, 27/04/26, fuente La Fionda)

26.1.26

Trump está reemplazando a la ONU con una monarquía absoluta, su 'Junta de Paz'... No es difícil ver el plan como lo que es: un proyecto neocolonial que niega al pueblo palestino el derecho a la autodeterminación y prevé un mandato del tipo que la Liga de Naciones confió a las potencias europeas sobre los pueblos "inferiores" de África y Asia... Trump cree que el comité podría ser un "posible reemplazo de la ONU... una especie de organismo paralelo no oficial para resolver otros conflictos fuera de Gaza"... Su presidencia está encomendada al propio Trump, no como presidente de EE. UU. sino como persona privada. Y solo él tendría el poder de invitar o expulsar a los estados, nombrar al Consejo Ejecutivo y vetar decisiones. Su mandato podría cesar solo por renuncia o por un voto unánime del Consejo Ejecutivo – y, por supuesto, él podría nominar al sucesor... o sea, una organización de estados amigos seleccionados por el propio Trump, gobernada por una monarquía absoluta... hemos destacado las contradicciones que yacen en el núcleo de las instituciones globales, hasta el Consejo de Seguridad de la ONU: un directorio de grandes potencias que replica el modelo de la Santa Alianza. Los dobles raseros y las violaciones del derecho internacional y del derecho internacional humanitario han sido la norma en las políticas de los predecesores de Trump, un enfoque adoptado también por el resto del mundo. Pero esto va aún más allá... Es como si la línea inmutable que recorre la vacilante política exterior de Trump – la imposición de los intereses estratégicos y económicos de EE. UU. y las empresas estadounidenses mediante la fuerza bruta – encontrara su forma institucional como un imperio despótico. En lugar de la paz duradera prometida, parece establecer la premisa para un choque – quizás militar – entre el imperio y el resto (Luca Baccelli)

 "La "Junta de Paz" será "única en su género", "la más impresionante y trascendental Junta jamás reunida, que se establecerá como una nueva organización internacional", escribe Donald Trump, tan sereno como de costumbre, en la carta de invitación enviada el 16 de enero a 60 jefes de gobierno.

El contenido de la carta fue rápidamente tuiteado en X por el presidente argentino Javier Milei. Sabemos que la Junta de Paz es el órgano político previsto por el plan de Trump para Gaza. La Casa Blanca había anunciado la creación de un Consejo Ejecutivo fundacional compuesto por miembros de su administración, su yerno Jared Kushner, el perenne Tony Blair, el director de un enorme fondo de inversión y el presidente del Banco Mundial. Ahora la fase 2 del plan está tomando forma, a pesar de que Israel siga matando palestinos, racionando la ayuda humanitaria y expulsando a las ONG. No fue difícil ver el plan por lo que era: un proyecto neocolonial que niega al pueblo palestino el derecho a la autodeterminación y prevé un mandato del tipo que la Liga de Naciones confió a las potencias europeas sobre los pueblos "inferiores" de África y Asia.

Pero, desafortunadamente, hay más. Según el Financial Times, la administración Trump cree que el comité podría ser un "posible reemplazo de la ONU", "una especie de organismo paralelo no oficial para resolver otros conflictos fuera de Gaza". Haaretz ha obtenido el borrador del estatuto del Consejo de Paz. Entre los invitados a participar se encuentran Turquía, Egipto, Argentina, Indonesia, Italia, Marruecos, el Reino Unido, Alemania, Canadá y Australia. El documento critica duramente a la ONU en términos velados: una paz duradera, afirma, requiere "el coraje de apartarse de enfoques e instituciones que han fracasado demasiado a menudo."

Su presidencia está encomendada al propio Trump, no como presidente de EE. UU. sino como persona privada. Y solo él tendría el poder de invitar o expulsar a los estados, nombrar al Consejo Ejecutivo y vetar decisiones. Su mandato podría cesar solo por renuncia o por un voto unánime del Consejo Ejecutivo – y, por supuesto, él podría nominar al sucesor. Para colmo, los estados son miembros por un período de tres años, a menos que contribuyan con al menos mil millones de dólares para seguir siendo miembros permanentes. Así, una organización de estados amigos seleccionados por el propio Trump, gobernada por una monarquía absoluta.

No es necesario ser un jurista experto para entender el carácter regresivo y subversivo de este proyecto. Hemos señalado muchas veces que el derecho internacional nació eurocéntrico y se ha utilizado para legitimar el imperialismo, y hemos destacado las contradicciones que yacen en el núcleo de las instituciones globales, hasta el Consejo de Seguridad de la ONU: un directorio de grandes potencias que replica el modelo de la Santa Alianza. Los dobles raseros y las violaciones del derecho internacional y del derecho internacional humanitario han sido la norma en las políticas de los predecesores de Trump, un enfoque adoptado también por el resto del mundo. Pero esto va aún más allá.

Es como si la línea inmutable que recorre la vacilante política exterior de Trump – la imposición de los intereses estratégicos y económicos de EE. UU. y las empresas estadounidenses mediante la fuerza bruta – encontrara su forma institucional como un imperio despótico. En lugar de la paz duradera prometida, parece establecer la premisa para un choque – quizás militar – entre el imperio y el resto. Es particularmente inquietante que todo esto se haya basado en el respaldo del Consejo de Seguridad con la Resolución 2803 (2025), de la cual China y Rusia decidieron abstenerse. Trump recuerda con tristeza esta Resolución mientras diseña el reemplazo de la ONU.

Mientras crea nuestras peores pesadillas, Trump escribe en su carta que es hora de "convertir ... los sueños en realidad." Intentemos tomarlo en serio. En este momento, los pueblos y movimientos son los que se están movilizando para defender el derecho internacional. Soñamos con un mundo en el que los estados y los gobiernos también se den cuenta de la pendiente resbaladiza en la que nos encontramos y del peligro al que nos enfrentamos. Incluso soñamos con una Europa que retome su papel y sea consciente de su fuerza, y que se oponga a esta locura en lugar de someterse con la esperanza de limitar los daños. Desgraciadamente, según las primeras reacciones del Primer Ministro italiano ("Siempre hemos ofrecido y estamos ofreciendo nuestra voluntad de desempeñar un papel de liderazgo en la realización y construcción del plan de paz para Oriente Medio, que consideramos una oportunidad única en un contexto muy complejo y muy frágil"), hay pocas esperanzas de que nuestros sueños se hagan realidad."

(Luca Baccelli, il Manifesto Global, 25/01/26, traducción Quillbot)

23.1.26

El racismo de los daneses hacia los groenlandeses ha sido generalizado... En las décadas de 1960 y 1970, médicos daneses implantaron dispositivos anticonceptivos intrauterinos en el útero de miles de mujeres y niñas groenlandesas sin su consentimiento ni conocimiento, como parte de una campaña para limitar la tasa de natalidad de Groenlandia... Esta es la tragedia del pueblo de Groenlandia: cuando por fin consiguen la influencia necesaria para reivindicar su dignidad y exigir el reconocimiento de su antiguo amo, se enfrentan ahora a un nuevo amo, mucho más fuerte y despiadado... Trump quiere la propiedad, es «psicológicamente necesario», dice... se trata de la ambición que los franceses llamaban «la gloire» (la gloria). Anhela convertirse en un presidente histórico, expandir el territorio estadounidense... Desarrollar Groenlandia costaría cientos de miles de millones... El valor geológico bruto de los recursos minerales conocidos sería de 186 000 millones de dólares en las condiciones actuales del mercado... ¿Cuánto tendría que pagar Trump para comprar Groenlandia a Dinamarca en una «operación inmobiliaria», como la llama Trump, si se llegara a un acuerdo con Dinamarca? El New York Times hizo una estimación de entre 12 500 y 77 000 millones de dólares. Pero, por supuesto, nadie ha consultado a los groenlandeses... Es muy probable que Trump consiga Groenlandia, es probable que se produzca algún «acuerdo inmobiliario»... El primero ministro de Canadá, quiere que las «potencias medias» se organicen por separado: ¿un BRICS del Norte? Canadá acaba de firmar un acuerdo comercial con China y se prepara para defender su independencia de la potencia hegemónica de su frontera, una vez que Trump se haga con Groenlandia. Ahora cada nación vela por sus propios intereses, buscando nuevas alianzas en un mundo multipolar (Michael Roberts)

 "Hoy, el presidente estadounidense Trump pronuncia su discurso ante los líderes políticos y económicos del capitalismo mundial reunidos en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza. Sorprendentemente, el tema principal es la isla ártica de Groenlandia.

¿Groenlandia? ¿Cómo surgió ese nombre para una zona cubierta en su mayor parte por hielo? Al parecer, fue una estrategia de marketing de los exploradores vikingos que llegaron hace más de mil años. Llamarla «verde» fue un intento de atraer a migrantes a la zona para que la ocuparan. Irónicamente, Groenlandia se está volviendo más verde debido al cambio climático. Una investigación reciente publicada en 2025 muestra que la capa de hielo de Groenlandia se está derritiendo rápidamente, lo que permite que la vegetación se extienda a zonas que antes estaban dominadas por la nieve y el hielo. En las últimas tres décadas, se estima que se han derretido 11 000 millas cuadradas de la capa de hielo y los glaciares de Groenlandia. Esa pérdida de hielo es ligeramente superior a la superficie del estado de Massachusetts y representa alrededor del 1,6 % de la cobertura total de hielo y glaciares de Groenlandia.

Groenlandia forma parte geográficamente del continente norteamericano, pero pertenece (aunque de forma autónoma) a Dinamarca. A los daneses les gusta decir «Reino de Dinamarca», al igual que los británicos hablan del «Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte». El legado colonial monárquico permanece. Y sabemos lo que el colonialismo puede significar para las poblaciones indígenas de América del Norte.

La isla había sido posesión noruega en el siglo XVIII, pero Noruega formaba parte del imperio danés y no obtuvo la independencia hasta 1905. Dinamarca conservó Groenlandia. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania nazi invadió Dinamarca, los groenlandeses se inclinaron más hacia Estados Unidos. Pero nunca ha sido territorio estadounidense. Después de la guerra, Dinamarca recuperó el control de Groenlandia y, en 1953, cambió su estatus oficial de colonia a «condado de ultramar» de Dinamarca. No se consultó al pueblo de Groenlandia sobre esta toma de control. De hecho, la Constitución de Groenlandia califica el período comprendido entre 1953 y 1979 como una fase de «colonización oculta». Groenlandia finalmente obtuvo autonomía en 1979 y, en 1985, los groenlandeses decidieron abandonar la CEE, a la que se habían unido como parte de Dinamarca en 1973.

La «guerra fría» desencadenó las demandas de Estados Unidos de hacerse con Groenlandia como base para mantener a la Unión Soviética fuera del Ártico. Estados Unidos ofreció comprar Groenlandia por 100 millones de dólares. Dinamarca no aceptó venderla, pero sí aceptó un tratado que permitía a Estados Unidos tener una base militar permanente en la isla, lo que obligó a algunas familias inuit a abandonar sus hogares para construir la base. Más tarde, se descubrió que Dinamarca también había aceptado permitir la presencia de armas nucleares estadounidenses en la isla, algunas de las cuales se contaminaron con residuos radiactivos en 1968. ¡Una de las bombas sigue desaparecida! Ahí queda la política oficial «libre de armas nucleares» de Dinamarca.

El dominio colonial de Dinamarca tuvo otras consecuencias. En las décadas de 1960 y 1970, médicos daneses implantaron dispositivos anticonceptivos intrauterinos en el útero de miles de mujeres y niñas groenlandesas sin su consentimiento ni conocimiento, como parte de una campaña para limitar la tasa de natalidad de Groenlandia. Aproximadamente la mitad de las mujeres fértiles de Groenlandia fueron obligadas a utilizar anticonceptivos y 22 niños fueron separados de sus familias en Groenlandia y trasladados a Dinamarca, donde se suponía que iban a ser educados como la próxima generación de gobernantes competentes de la colonia. El racismo de los daneses hacia los groenlandeses ha sido generalizado. La expresión coloquial para referirse a una intoxicación grave en Dinamarca es «estar tan borracho como alguien de Groenlandia», un término tan comúnmente utilizado que aparece en el diccionario danés oficial.

Esta es la tragedia del pueblo de Groenlandia: cuando por fin consiguen la influencia necesaria para reivindicar su dignidad y exigir el reconocimiento de su antiguo amo, se enfrentan ahora a un nuevo amo, mucho más fuerte y despiadado. Trump quiere la propiedad, es «psicológicamente necesario», dice. No se trata de seguridad o minerales, se trata de la ambición que los franceses llamaban «la gloire» (la gloria). Anhela convertirse en un presidente histórico, expandir el territorio estadounidense.

Trump hace referencia a la Doctrina Monroe, una máxima que ha dado forma a la política exterior estadounidense durante dos siglos. Ahora se refiere a lo que él llama la «doctrina Donroe». La doctrina Monroe fue formulada por el presidente estadounidense James Monroe en 1823. En ese momento, casi todas las colonias españolas en América habían logrado o estaban cerca de lograr la independencia. Monroe afirmó que el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo debían seguir siendo esferas de influencia claramente separadas y, por lo tanto, cualquier esfuerzo adicional de las potencias europeas por controlar o influir en los Estados soberanos de la región se consideraría una amenaza para la seguridad de Estados Unidos. A su vez, Estados Unidos reconocería y no interferiría en las colonias europeas existentes, ni se entrometería en los asuntos internos de los países europeos.

La doctrina Monroe, cuyo objetivo original era oponerse a la intromisión europea en el hemisferio occidental, ha sido invocada repetidamente por los sucesivos presidentes estadounidenses para justificar la intervención de Estados Unidos en la región. El primer desafío directo se produjo después de que Francia instalara al emperador Maximiliano en México en la década de 1860. Tras el fin de la Guerra Civil, Francia cedió a la presión de Estados Unidos y se retiró. En 1904, el presidente Theodore Roosevelt argumentó que se debía permitir a Estados Unidos intervenir en cualquier país latinoamericano «inestable». Esto se conoció como el Corolario Roosevelt, una justificación esgrimida en varios lugares, entre ellos el apoyo a la secesión de Panamá de Colombia, que ayudó a asegurar la zona del Canal de Panamá para Estados Unidos. Durante la Guerra Fría, la Doctrina Monroe se proclamó como una «defensa contra el comunismo», como la exigencia de Estados Unidos en 1962 de que se retiraran los misiles soviéticos de Cuba, así como la oposición de la administración Reagan al gobierno sandinista de izquierda en Nicaragua.

La doctrina Donroe no es solo un capricho de Trump. Está integrada en la última Estrategia de Seguridad Nacional de la administración estadounidense. Como dijo Trump: «Bajo nuestra nueva estrategia de seguridad nacional, el dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser cuestionado». Trump continuó: «Durante décadas, otras administraciones han descuidado o incluso contribuido a estas crecientes amenazas a la seguridad en el hemisferio occidental. Bajo la administración Trump, estamos reafirmando el poder estadounidense de una manera muy contundente en nuestra región».

¿Merece la pena Groenlandia desde el punto de vista económico? Su economía y su población de 56 000 habitantes son pequeñas, dependen en gran medida de la pesca y sobreviven en gran parte gracias a una subvención anual de Dinamarca de unos 3900 millones de coronas danesas (520 millones de euros), lo que equivale a unos 9000 euros por habitante al año. Según el Banco Mundial, el PIB de Groenlandia es de solo 3500-4000 millones de dólares (3200-3700 millones de euros), y alrededor del 90 % de sus exportaciones proceden de productos relacionados con la pesca.

Hasta ahora, Groenlandia no produce tierras raras, pero el Servicio Geológico de los Estados Unidos estima que posee alrededor de 1,5 millones de toneladas de reservas de tierras raras explotables, vitales desde el punto de vista tecnológico, en comparación con los recursos potenciales de tierras raras en el suelo, que ascienden a 36,1 millones de toneladas. Estos materiales se utilizan en productos que van desde motores de vehículos eléctricos hasta aviones de combate. En total, se han identificado 55 yacimientos de materias primas críticas en Groenlandia, pero solo uno está siendo explotado actualmente. El valor geológico bruto de los recursos minerales conocidos de Groenlandia podría, en teoría, superar los 4 billones de dólares (3,66 billones de euros), según las estimaciones de un estudio publicado por el American Action Forum (AAF). Sin embargo, solo una fracción de esa cantidad —alrededor de 186 000 millones de dólares— se considera realista extraer en las condiciones actuales del mercado, normativas y tecnológicas. La actividad minera es muy escasa. Algunos multimillonarios estadounidenses han creado empresas para extraer níquel; el actual secretario de Comercio de los Estados Unidos, Howard Lutnick, fue director general de una empresa minera de Groenlandia.

Groenlandia está muy subdesarrollada y tiene escasez de población. Cuenta con menos de 160 km de carreteras asfaltadas, sufre condiciones árticas extremas y tiene una mano de obra muy reducida. Desarrollar Groenlandia costaría cientos de miles de millones. La mayoría de los groenlandeses trabajan para el gobierno local (más del 43 % de los 25 000 que tienen empleo). El desempleo sigue siendo elevado, y el resto de la economía depende de la demanda de exportaciones de camarones y pescado, industrias que reciben importantes subvenciones del gobierno. De hecho, los groenlandeses han ido abandonando la isla y la población está disminuyendo.

Los que se marchan han sido sustituidos en cierta medida por trabajadores migrantes asiáticos pobres, que realizan trabajos que los groenlandeses no quieren hacer o han creado pequeñas tiendas y negocios.

¿Cuánto tendría que pagar Trump para comprar Groenlandia a Dinamarca en una «operación inmobiliaria», como la llama Trump, si se llegara a un acuerdo con Dinamarca? El Financial Times ha sugerido que una valoración de 1,1 billones de dólares sería adecuada teniendo en cuenta los recursos de la isla, pero el New York Times ha elaborado una estimación mucho más baja, entre 12 500 y 77 000 millones de dólares.
Pero, por supuesto, nadie ha consultado a los groenlandeses. Una encuesta realizada en enero de 2025 por Verian Group reveló que el 85 % de los groenlandeses se opone a abandonar Dinamarca para unirse a Estados Unidos, mientras que solo el 6 % apoya la idea. Pero quién sabe si eso cambiaría con los incentivos adecuados. La administración Trump está considerando pagos directos, entre 10 000 y 100 000 dólares por residente groenlandés, como forma de inclinar la opinión pública de Groenlandia hacia una realineación con Estados Unidos.

¿Conseguirá Trump lo que quiere? «Groenlandia es imprescindible para la seguridad nacional y mundial. No hay vuelta atrás», afirma Trump. En Davos, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, se burló de los intentos de los líderes europeos de rechazar la amenaza estadounidense de imponer un 10 % adicional a los aranceles de importación de Estados Unidos a menos que se entregue Groenlandia. «Imagino que primero formarán el temido grupo de trabajo europeo, que parece ser su arma más poderosa» (jo, jo). Bessent dijo que Europa es demasiado débil para protegerse de la influencia rusa y china en el Ártico y que por eso Donald Trump está presionando para tomar el control de Groenlandia.

Es muy probable que Trump consiga Groenlandia y se convierta así en el primer presidente estadounidense en expandir el imperio de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Se descarta la acción militar, pero la guerra económica está en la agenda a menos que los europeos capitulen, y Europa depende en gran medida de las importaciones de gas natural licuado de Estados Unidos para su energía y del poderío militar estadounidense para continuar la guerra contra la invasión rusa de Ucrania. Por lo tanto, es probable que se produzca algún «acuerdo inmobiliario».

Y luego Trump seguirá adelante: en América Latina, su objetivo es finalmente apoderarse de Cuba; en América del Norte, Canadá sigue siendo un objetivo de anexión. Este último objetivo ha llevado a un cambio radical de rumbo por parte del primer ministro de Canadá, Mark Carney. Carney es el máximo representante de la clase financiera internacional, antiguo ejecutivo de Goldman Sachs y exdirector del Banco Central de Canadá y del Banco de Inglaterra. Regresó a Canadá y se hizo con el control del Partido Liberal, que ganó las últimas elecciones con un programa nacionalista de «independencia» canadiense frente a las exigencias de Trump.

Ahora, en Davos, Carney pronunció un discurso sorprendente.: «Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la agradable ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene límites… Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben».

Con una honestidad sorprendente (a posteriori, por supuesto), Carney expuso la realidad del orden internacional basado en normas, la globalización y el Consenso de Washington. «Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos aplicar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección. Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima. PERO: «Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los marcos para la resolución de disputas».

Pero todo eso se ha acabado. «Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a utilizar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar. No se puede «vivir en la mentira» del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que confiaban las potencias medias —la OMC, la ONU, la COP— la arquitectura de la resolución colectiva de problemas — se han visto muy mermadas».

¿Qué hacer? «Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo. Pero seamos claros sobre adónde nos lleva esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible». Carney afirma que está liderando el camino para las principales economías capitalistas en esta nueva era. «Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar fundamentalmente nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que nuestra antigua y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras alianzas nos conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida».

Otros líderes en Davos deberían reconocer lo que está sucediendo. «Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el «orden internacional basado en normas» como si aún funcionara tal y como se anunciaba. Llamar al sistema por su nombre: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción». La realidad global es que «el antiguo orden no va a volver. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina. Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos.»

Así pues, Carney es el realista, mientras que los líderes europeos luchan por hacer frente a «Donroe» y al fin del Consenso de Washington, que supuestamente confirmaba una «alianza occidental» contra las fuerzas de la «autocracia» (Rusia, China, Irán). Carney ahora quiere que las «potencias medias» se organicen por separado: ¿un BRICS del Norte? Canadá acaba de firmar un acuerdo comercial con China y se prepara para defender su independencia de la potencia hegemónica de su frontera, una vez que Trump se haga con Groenlandia.

El mundo capitalista supuestamente armonioso de la cooperación global, liderado por un Estado hegemónico en alianza con otras «democracias» capitalistas que establecen las reglas para los demás, ha llegado a su fin. Ahora cada nación vela por sus propios intereses, buscando nuevas alianzas en un mundo multipolar. Ya nada es seguro ni predecible. No es de extrañar que el oro, ese activo refugio del pasado, haya alcanzado un precio récord."

( ,blog, 21/01/26, traducción DEEPL) 

8.1.26

El reciente estruendo de explosiones sobre Venezuela, Palestina, Líbano, Siria, Irán, Irak, Somalia, Yemen y Nigeria no son simplemente los espasmos de un imperio estadounidense en decadencia. Son algo mucho más aterrador: el comienzo de la era de la impunidad... Está naciendo un nuevo mundo, un mundo totalmente libre de las restricciones del derecho internacional, o incluso de los principios morales más básicos y universales... Desde el encarcelamiento masivo y los excesos policiales de la “guerra contra las drogas”, hasta las entregas, ejecuciones y torturas de la “guerra contra el terrorismo”, hasta la pauperización sistemática de la mayoría para consolidar la riqueza y el poder de unos pocos, el imperio estadounidense ha estado en una senda de guerra de décadas que culminó con el exterminio del pueblo palestino y el ataque de esta semana a Venezuela. Estas ondas de opresión en constante expansión, sin control, nos amenazan a todos. Porque en un mundo donde ni siquiera el genocidio es una línea roja, no hay líneas rojas... Este nuevo mundo es hijo de la impunidad... Y todos los supuestos controles dentro de las instituciones del propio imperio han demostrado ser totalmente cómplices, incluidos los tribunales... El atroz hijo de esta impunidad trae consigo los peores rasgos genéticos de sus progenitores del siglo XX: racismo, imperialismo, colonialismo, fascismo, sionismo, agresión y genocidio. Pero ahora está armado con las terribles tecnologías del siglo XXI de vigilancia, silenciamiento y asesinato... los principales motivos de la agresión estadounidense contra los países del Sur global son la posesión de riquezas minerales codiciadas por las corporaciones estadounidenses, la negativa a someterse a la hegemonía estadounidense y la oposición a los crímenes del régimen israelí. Venezuela ha sido culpable de los tres... Aún no es tarde para que el mundo se levante y detenga el surgimiento de este nuevo orden atroz (Craig Mokhiber, ex alto funcionario de las Naciones Unidas)

 "El reciente estruendo de explosiones sobre Venezuela, Palestina, Líbano, Siria, Irán, Irak, Somalia, Yemen y Nigeria no son simplemente los espasmos de un imperio estadounidense en decadencia. Son algo mucho más aterrador: el comienzo de la era de la impunidad.

El 3 de enero de 2026, sin provocación, causa ni justificación legal, Estados Unidos bombardeó Venezuela, invadió su capital, mató a decenas de personas y secuestró violentamente al presidente y a la primera dama del país, atándolos, vendando los ojos y llevándolos a Estados Unidos.  

Sin duda, una violación tan flagrante de todo un conjunto de leyes internacionales, que de hecho cuestiona la pieza central del marco legal posterior a la Segunda Guerra Mundial que prohíbe los actos de agresión, sería recibida con una condena universal. 

En cambio, lo que ha seguido han sido gemidos equívocos de varios líderes occidentales, una respuesta hipercautelosa del Secretario General de las Naciones Unidas, una condena retórica de los miembros del Consejo de Seguridad, pero ninguna acción en absoluto, y un apoyo entusiasta de los medios corporativos estadounidenses y occidentales. 

¿Cómo pudo ser esto? 

En pocas palabras, estamos presenciando el comienzo de una era de impunidad. 

Caminando torpemente hacia Belén 

El reciente sonido de explosiones sobre Venezuela, Palestina, Líbano, Siria, Irán, Irak, Somalia, Yemen y Nigeria, y sobre el Mar Rojo, el Mar Mediterráneo y el Mar Caribe, no es meramente el sonido de un espasmo imperial momentáneo de un imperio estadounidense en decadencia. 

Presagia algo mucho más aterrador. 

Está naciendo un nuevo mundo (o tal vez renaciendo, ya que recuerda los horrores de la primera mitad del siglo XX ) . 

El imperio estadounidense ha estado en una senda de guerra que ha durado décadas y que culminó con el exterminio del pueblo palestino y el ataque de esta semana a Venezuela.

Un mundo totalmente libre de las restricciones del derecho internacional, o incluso de los principios morales más básicos y universales. 

Un nacimiento que podría haber sido predicho por cualquiera que prestara atención a las maquinaciones del imperio y sus aliados y vasallos en las últimas décadas. 

Desde el encarcelamiento masivo y los excesos policiales de la “guerra contra las drogas”, hasta las entregas, ejecuciones y torturas de la “guerra contra el terrorismo”, hasta la pauperización sistemática de la mayoría para consolidar la riqueza y el poder de unos pocos, el imperio estadounidense ha estado en una senda de guerra de décadas que culminó con el exterminio del pueblo palestino y el ataque de esta semana a Venezuela. 

Estas ondas de opresión en constante expansión, sin control, nos amenazan a todos. 

Porque en un mundo donde ni siquiera el genocidio es una línea roja, no hay líneas rojas. 

Un hijo de la impunidad

Este nuevo mundo es hijo de la impunidad. 

Durante más de dos años, el mundo ha observado pasivamente cómo el Eje Estados Unidos-Israel avanzaba por Asia occidental, África y América Latina en una sangrienta campaña de conquista y destrucción.

La Carta de las Naciones Unidas, el Estatuto de Roma, las leyes de la guerra, las normas de los derechos humanos, el derecho del mar, las leyes sobre el uso de la fuerza, todos han sido pisoteados y dejados en ruinas por las acciones y pronunciamientos del Eje, la complicidad de sus aliados y vasallos y la complacencia de otros estados. 

Por su parte, las instituciones internacionales creadas tras la Segunda Guerra Mundial para prevenir y responder a tales horrores han sido sistemáticamente corrompidas, intimidadas o reprimidas por el Eje. La Corte Penal Internacional se encuentra prácticamente paralizada ante las sanciones ilegales de Estados Unidos . La Corte Internacional de Justicia se enfrenta a un acoso y una presión política sin precedentes. 

Los relatores de derechos humanos de la ONU se encuentran bajo una constante campaña de difamación y sanciones . Incluso el Consejo de Seguridad de la ONU se ha rendido ante el imperio estadounidense, como lo demuestra su resolución 2803 de noviembre de 2025, que respalda los planes totalmente ilegales y abiertamente coloniales de la administración Trump para Gaza. 

Los Estados del mundo occidental, que durante mucho tiempo se han erigido en defensores de los derechos humanos y del derecho internacional, en lugar de hacer frente a los excesos del Eje, se han tropezado unos con otros para besar obsequiosamente el anillo del emperador y hacer reverencias a los administradores empapados de sangre de su proyecto colonial en Palestina. 

Y todos los supuestos controles dentro de las instituciones del propio imperio han demostrado ser totalmente cómplices, incluidos los tribunales, que están impulsados ​​políticamente y generalmente desdeñosos del derecho internacional, el Congreso, totalmente corrompido por los lobbies, las corporaciones y los multimillonarios que impulsan los crímenes estadounidenses e israelíes en primer lugar, y los medios corporativos, que se han dedicado por completo a encubrir las causas imperialistas, extractivas, corporativas y sionistas que están en la raíz de la violencia que envuelve al mundo hoy. 

Esta impunidad combina los peores rasgos de sus progenitores del siglo XX: racismo, imperialismo, colonialismo, fascismo, sionismo, agresión y genocidio, con las terribles tecnologías del siglo XXI de vigilancia, silenciamiento y asesinato.

Sí, el pueblo mismo se ha alzado, y en cifras récord, para oponerse a los crímenes del Eje. Pero se ha encontrado con una represión sistemática y brutal dentro del imperio y en todo Occidente, e incluso en los estados de primera línea capturados de Asia Occidental. 

Como resultado, el Eje ha gozado de absoluta impunidad, alentando actos cada vez más atroces, en un creciente crescendo de violencia que ha incluido agresiones contra países de Asia occidental y África, una cadena de asesinatos , ataques a barcos humanitarios en el Mediterráneo, ataques terroristas transnacionales con buscapersonas con trampas explosivas, ocupación ilegal de varias naciones y un genocidio continuo en Palestina. 

En este contexto, nadie debería sorprenderse por la flagrante criminalidad de Estados Unidos al imponer brutales medidas coercitivas unilaterales diseñadas para someter por hambre a la población de Venezuela, varios intentos de golpe de Estado, una serie de ejecuciones extrajudiciales de navegantes en el Caribe y el Pacífico oriental, la piratería de los petroleros del país y la confiscación de su carga, el bombardeo y la invasión del país, y el violento secuestro del Presidente y la Primera Dama. 

Así funciona la impunidad. Cuanto más se la alimenta, más hambre tiene. Y el mundo ha alimentado esta impunidad durante décadas. 

El atroz hijo de esta impunidad trae consigo los peores rasgos genéticos de sus progenitores del siglo XX: racismo, imperialismo, colonialismo, fascismo, sionismo, agresión y genocidio. Pero ahora está armado con las terribles tecnologías del siglo XXI de vigilancia, silenciamiento y asesinato. Los impactos de esta combinación letal se sienten ahora en tres continentes del Sur global, mientras el resto del mundo se tambalea al borde del abismo. 

Crímenes imperiales en Venezuela

Si su comprensión de los acontecimientos en Venezuela proviene de los medios corporativos occidentales cómplices, se le puede perdonar por no saber que el ataque de Estados Unidos al país, y sus acciones en el período previo al ataque, fueron completamente ilegales. 

Legalmente, esto no podía calificarse de operación policial. Se trataba, más bien, de una operación criminal, por la cual los autores, quienes la ordenaron y quienes cumplieron esas órdenes ilegales debían rendir cuentas conforme al estado de derecho. 

De hecho, el complejo de crímenes internacionales perpetrados por Estados Unidos en Venezuela es sorprendente en su alcance. 

Las sanciones impuestas a Venezuela por Estados Unidos como medidas coercitivas unilaterales son ilegales según la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional de los derechos humanos. Los intentos de golpe de Estado apoyados por Estados Unidos en 2002 , 2019 y 2020 fueron ilegales . La acción encubierta de la CIA en el país ha sido ilegal . El asesinato de navegantes en el Caribe y el Pacífico es ilegal y constituye una ejecución extrajudicial según el derecho internacional de los derechos humanos . 

El bloqueo estadounidense a Venezuela es ilegal . La piratería estadounidense de petroleros venezolanos fue ilegal, pues constituyó un acto de agresión marítima según la Carta de las Naciones Unidas y el Derecho del Mar , y una violación de los principios jurídicos de inmunidad soberana e inmunidad estatal . El bombardeo, la invasión y las posteriores amenazas de mayor fuerza son ilegales según el Artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas, un tratado vinculante para Estados Unidos. 

Los secuestros de Nicolás Maduro y Cilia Flores fueron ilegales según la Carta , según el derecho internacional de los derechos humanos, que prohíbe el arresto y la detención arbitrarios , así como según el principio internacionalmente reconocido de inmunidad de los jefes de Estado. La violencia empleada durante el secuestro, basada en un arresto ilegal, y que resultó en lesiones significativas a Flores, fue ilegal . El desfile público y la difusión de fotos de Maduro atado fueron ilegales según el derecho internacional humanitario. La privación sensorial impuesta a Maduro (con vendas en los ojos y tapones para los oídos) fue ilegal . Y, debido a que su arresto (secuestro) fue ilegal, su detención continua también es ilegal , como una cuestión de derecho internacional de los derechos humanos. 

Estados Unidos carece de una defensa legal creíble para sus crímenes internacionales en Venezuela. Sus violaciones son evidentes y su culpabilidad, evidente. Sin duda consciente de ello, intenta sustituir el derecho internacional por su propio derecho interno y aplicarlo extraterritorialmente, lo que constituye en sí mismo un flagrante acto de imperialismo. 

El gobierno de Trump actúa así porque sabe que la legislación estadounidense a menudo está en desacuerdo con los estándares internacionales, y que los tribunales estadounidenses son notoriamente chovinistas, extremadamente deferentes con el gobierno en asuntos internacionales, abiertos a permitir una amplia discreción al gobierno cuando alega preocupaciones de “seguridad nacional”, generalmente desdeñosos del derecho internacional (al que a menudo, de manera despectiva e incorrecta, se refieren como “derecho extranjero”) y, con jueces designados políticamente, sujetos a influencia política. 

También se basa en la «defensa de la palabra mágica», mediante la cual la mera mención de términos como «terrorismo» y su pariente ficticio más reciente, «narcoterrorismo», crea una sensación de excepcionalidad, generando así el consentimiento tanto del público como de una parte del poder judicial. En tales circunstancias, si bien el resultado no está garantizado, la posibilidad de un juicio justo para Maduro y Flores es, en el mejor de los casos, limitada. 

La conexión israelí  

En su primer discurso público desde los ataques estadounidenses, la vicepresidenta venezolana (y ahora presidenta interina) Delcy Rodríguez declaró que el ataque al país tenía connotaciones sionistas . Si bien no dio más detalles, la influencia del régimen israelí en el apoyo a fuerzas de derecha y la desestabilización de gobiernos progresistas en la región es bien conocida. Las armas, la tecnología de vigilancia, la inteligencia, el entrenamiento y la influencia israelíes a través de sus agentes en la región han sido una constante en América Latina durante décadas. 

Por su parte, los dirigentes del régimen israelí se han mostrado eufóricos en su celebración de los ataques y del secuestro del presidente venezolano (y han expresado su esperanza de que los próximos ataques sean en Irán). 

Y esto no es ninguna sorpresa. Desde la elección de Hugo Chávez y el inicio de la Revolución Bolivariana hace más de un cuarto de siglo, Venezuela ha afirmado su independencia, se ha resistido a la hegemonía estadounidense, ha destinado su riqueza petrolera y mineral a mejorar las condiciones de vida en el país y se ha solidarizado con la lucha palestina por los derechos humanos. 

Al igual que Irán, Irak y Libia antes que ellos, esa combinación de factores ha asegurado el lugar de Venezuela en la mira del eje Estados Unidos-Israel. 

Los principales motivos de la agresión estadounidense contra los países del Sur global son la posesión de riquezas minerales codiciadas por las corporaciones estadounidenses, la negativa a someterse a la hegemonía estadounidense y la oposición a los crímenes del régimen israelí. Venezuela ha sido culpable de las tres.

Es más, el régimen israelí tiene un largo historial de ataques a fuerzas progresistas, apoyo a regímenes de derecha, escuadrones de la muerte y dictadores, y de sembrar conflictos en toda Latinoamérica. A lo largo de las décadas, sus huellas sangrientas se han revelado en Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú y Venezuela.

Esto, sumado a los instintos anticoloniales de la región, explica el descontento con el que los gobiernos latinoamericanos de izquierda ven al régimen israelí. Y también explica por qué los movimientos y líderes de extrema derecha de la región declaran sistemáticamente su apoyo fanático al régimen y al proyecto sionista, incluso en medio del genocidio en Palestina. 

Mientras que los gobiernos progresistas de la región han condenado el genocidio, se han sumado a la demanda de genocidio de la CIJ contra Israel y han roto relaciones diplomáticas con el régimen, los gobiernos de derecha, así como los líderes de la oposición de derecha venezolana , han elogiado al régimen israelí y, con servilismo, han prometido una cooperación aún más estrecha. El régimen, como siempre, está profundamente comprometido con derrocar a los gobiernos de izquierda en América Latina y apoyar a la derecha. 

Al mismo tiempo, la oposición de Venezuela al régimen israelí, a pesar de poseer las mayores reservas de petróleo del mundo, es vista por el Eje estadounidense-israelí como un obstáculo potencial para sus nefastos planes de guerra contra Irán. La propia capacidad petrolera de Irán, y especialmente su control efectivo sobre el Estrecho de Ormuz (y, por ende, los mercados energéticos mundiales), hacen que el control del petróleo venezolano sea especialmente atractivo para el Eje, mientras se prepara para renovar sus ataques contra Irán. 

Así pues, los principales motivos de la agresión estadounidense contra los países del Sur global son la posesión de riquezas minerales codiciadas por las corporaciones estadounidenses, la negativa a someterse a la hegemonía estadounidense y la oposición a los crímenes del régimen israelí. Venezuela ha sido culpable de los tres. Y estos son los verdaderos «crímenes» por los que se le está procesando. 

La vida después de la ley

El naciente proyecto de derecho internacional siempre ha sido débil e incipiente. Pero las barreras establecidas desde 1945 ofrecían cierta esperanza de un mundo gobernado, al menos en parte, por el estado de derecho, en lugar de solo por la fuerza. Y se había establecido un consenso global según el cual los peores crímenes —la agresión y el genocidio— estaban fuera de lugar. El Eje Estados Unidos-Israel, tan a menudo acusado de violar el derecho internacional, ha perdido la paciencia con todo el proyecto y, con el genocidio en Palestina, la lluvia de bombas del Eje en países de todo el mundo y, ahora, la agresión en Venezuela, ha declarado al mundo que nace un nuevo orden. Uno en el que todos deben someterse al imperio o perecer. 

Aún no es tarde para que el mundo se levante y detenga el surgimiento de este nuevo orden atroz. Movimientos de personas, dentro y fuera del imperio, pueden desafiarlo con la urgencia y la unidad de propósito que requiere. La mayoría global, liderada por las naciones libres del Sur, podría unirse como lo hizo en las décadas de 1960 y 1970 para desafiar al imperio y trazar una línea de principios centrada en la acción colectiva por la paz, la seguridad, la autodeterminación y los derechos humanos de los pueblos de todo el mundo. Lamentablemente, hasta la fecha, hay poca evidencia que sugiera que esto esté sucediendo. 

Mientras tanto, el mensaje inequívoco e inequívoco que el régimen imperial estadounidense, su perro de ataque israelí y sus legiones de serviles vasallos occidentales envían al mundo, a los estados-nación bajo su mira y a todos los pueblos que resisten la ocupación extranjera, la dominación colonial y los regímenes racistas es este: la diplomacia no los salvará. El derecho internacional no los salvará. Las Naciones Unidas no los salvará. Y vamos por ustedes." 

(Craig Mokhiber es abogado internacional de derechos humanos y ex alto funcionario de las Naciones Unidas, Mondoweiss, 07/01/26, traducción Gaceta Crítica) 

5.11.25

El abandono a su suerte del pueblo saharaui... también por parte de China... este giro (aunque no declarado oficialmente) cabe interpretarlo en el más amplio contexto de sus intereses económicos y diplomáticos en Marruecos y en el Magreb... La propuesta de autonomía se basa en la suposición de que el Sáhara Occidental forma parte de Marruecos, una afirmación que ha sido rechazada desde hace tiempo por la propia Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia, la Unión Africana y por un amplio consenso de la opinión jurídica internacional. De hecho, el Sáhara Occidental es un Estado miembro de pleno derecho de la Unión Africana, y las Naciones Unidas lo reconocen como territorio no autónomo. En su momento, la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) fue reconocida por más de 80 países... Numerosas resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU) han afirmado el “derecho inalienable del pueblo del Sáhara Occidental” a la autodeterminación y la independencia... pero la aprobación de la resolución, auspiciada por Estados Unidos, supone un giro histórico para el conflicto del Sáhara Occidental al apostar por el plan marroquí (Xulio Ríos)

 "El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el viernes 31 de octubre una resolución, auspiciada por Estados Unidos, que supone un giro histórico para el conflicto del Sáhara Occidental al apostar por el plan marroquí. La resolución salió adelante con once votos a favor, tres abstenciones (Rusia y China, que renunciaron al veto) y Argelia, que se negó a participar.

La resolución aboga por renovar la misión de mantenimiento de la paz de la ONU (MINURSO) por otro año en la excolonia española, como ha ocurrido durante más de tres décadas. Esta vez, sin embargo, desaparece la alusión a un referéndum. El borrador estadounidense fue suavizado para que Rusia y China no vetaran pero, aun así, fulmina las bases históricas establecidas para solucionar el conflicto del Sáhara Occidental, decantándose por el plan de autonomía marroquí (2007) como la “solución más factible” y duradera.

La propuesta de autonomía se basa en la suposición de que el Sáhara Occidental forma parte de Marruecos, una afirmación que ha sido rechazada desde hace tiempo por la propia Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia, la Unión Africana y por un amplio consenso de la opinión jurídica internacional. De hecho, el Sáhara Occidental es un Estado miembro de pleno derecho de la Unión Africana, y las Naciones Unidas lo reconocen como territorio no autónomo. En su momento, la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) fue reconocida por más de 80 países. En los últimos años, muchos de ellos han “congelado” o retirado su reconocimiento. En la propia África, reconocen activamente a la RASD en torno a la tercera parte de los países.  

La “solución” impide la libre determinación del pueblo del Sáhara Occidental, un derecho que ha sido reconocido por la Corte Internacional de Justicia en su opinión consultiva de 16 de octubre de 1975 y respaldada por varios Estados miembros. Numerosas resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU) han afirmado el “derecho inalienable del pueblo del Sáhara Occidental” a la autodeterminación y la independencia.

Descrito como un territorio no autónomo del noroeste de África que lucha por la descolonización, el Sáhara Occidental es el último territorio colonial africano que aún no ha conseguido la independencia y es conocido como “la última colonia de África”.

Antigua colonia española, fue anexionada por Marruecos en 1975. Desde entonces, ha sido objeto de una larga disputa territorial entre Marruecos y su pueblo originario saharaui, liderado por el Frente Polisario.

 Marruecos, que reclama la soberanía sobre el territorio, ha recibido el apoyo de un número cada vez mayor de Estados miembros en los últimos años (incluidos muchos países de la UE, como España). Rabat controla más de tres cuartas partes del territorio del Sáhara Occidental y ha realizado importantes inversiones en la región, incluido un proyecto portuario de 1.200 millones de dólares en Dajla. Los colonos de origen marroquí representan casi dos tercios de los aproximadamente medio millón de residentes del Sáhara Occidental, en una estrategía del gobierno de Rabat para limitar el dominio de los saharauis del territorio.

Sobran motivos para desconfiar de que Marruecos cumpla sus promesas de conceder una autonomía genuina al Sáhara Occidental. Su propuesta plantea dudas sobre el nivel competencial que se ofrece realmente. Cuestiones importantes como el control de los recursos naturales del Sáhara Occidental y la aplicación de la ley (más allá de las jurisdicciones locales) siguen siendo ambiguas.

China en el Consejo de Seguridad a propósito del Sahara Occidental

La postura de la RASD y el Frente Polisario sobre la autodeterminación del Sáhara Occidental ha sido respaldada públicamente en diversas ocasiones por China. Beijing apoya “un arreglo justo, duradero y mutuamente aceptable” basado en las resoluciones del Naciones Unidas para el Sáhara Occidental. En sus intervenciones oficiales, China ha señalado que se opone al colonialismo y aboga por que los países implicados en el conflicto, junto con el pueblo del Sáhara Occidental, lleguen a una solución mediante consultas amistosas. Simultáneamente, subscribe la política de no-interferencia en los asuntos internos de otros países, lo cual aplica también al conflicto del Sáhara Occidental.

Aunque los principios oficiales de China han apuntado claramente a favor de una solución mediante la autodeterminación, en la práctica, con el tiempo, su actuación se ha vuelto más ambigua y pragmática. China ha promovido excelentes relaciones con Marruecos, incluyendo acuerdos estratégicos, lo que sugiere, adicionalmente, un acercamiento diplomático hacia la postura marroquí respecto al Sáhara Occidental. Marruecos y China acordaron principios comunes como la “integridad territorial” y el rechazo al separatismo en su diálogo estratégico.

A su vez, China se ha abstenido de reconocer formalmente la soberanía marroquí del Sáhara Occidental, y no ha cambiado públicamente su apoyo a la normativa de la ONU sobre autodeterminación. También ha mostrado respaldo a los esfuerzos de la MINURSO a través de participación en observación militar, etc. En foros multilaterales, ha adoptado igualmente una actitud cautelosa: se abstiene de vetar resoluciones clave, pero tampoco hace declaraciones de apoyo explícito a la independencia saharaui o al Frente Polisario. La ambigüedad es deliberada: manteniendo relaciones tanto con Marruecos como con países que apoyan al Frente Polisario/Argelia, aumenta su margen de maniobra.

Pero análisis recientes ya sugerían que China parecía inclinarse —por razones económicas y geopolíticas— hacia una solución que privilegie la autonomía bajo soberanía marroquí, en lugar de una independencia plena del Sáhara Occidental, aunque nunca lo ha anunciado oficialmente.

El interés chino en Marruecos (como plataforma estratégica en África y el Mediterráneo) y en recursos naturales del Sáhara Occidental (fosfatos, tierras raras, etc.) motivan que Beijing favorezca la estabilidad regional como condición para sus inversiones.

China en la ONU a propósito del Sáhara Occidental

El Sáhara Occidental ha sido objeto de varias resoluciones en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU) y la AGNU. En el caso de China, la votación no ha sido siempre del mismo signo. En octubre de 2023, por ejemplo, votó a favor de la renovación del mandato de la MINURSO. En 2018, en la votación de la resolución 2414 que renovaba el mandato, se abstuvo.

China no se opone sistemáticamente a resoluciones relacionadas con el Sáhara, pero su voto puede variar (a favor o abstención) dependiendo del texto concreto, de si  siente que las consultas han sido amplias o de si el lenguaje refleja adecuadamente los principios que ella considera importantes (por ejemplo, diálogo entre partes iguales, autodeterminación, etc.).

Cuando China emite una explicación de voto lo hace por escrito y suele subrayar tres ideas: (i) apoyo al mandato operativo de MINURSO; (ii) necesidad de consultas amplias y lenguaje equilibrado; (iii) defensa de una solución política aceptable para las partes conforme a las resoluciones de la ONU.

La abstención de China en la resolución del 31 de octubre de 2025 refleja que no rechaza la iniciativa que favorece la propuesta de autonomía marroquí, dándole vía libre aunque no la apoye de manera entusiasta o sin reservas.

China y la MINURSO

La MINURSO fue creada para supervisar el alto el fuego en el Sáhara Occidental, y para organizar y facilitar el referéndum de autodeterminación del pueblo saharaui. Su mandato se ha venido renovando cada año por el CSNU, y en las últimas prórrogas también se pide que las partes retomen negociaciones políticas para una solución del conflicto.

China ha declarado que la MINURSO “implementa diligentemente el mandato que le confirió el Consejo de Seguridad y por tanto hace una contribución positiva a los esfuerzos para lograr una solución política al asunto del Sáhara Occidental y al mantenimiento de la estabilidad general de la región”. En ese marco, ha realizado visitas de delegaciones militares (o alto nivel) para evaluar sobre el terreno el trabajo de la MINURSO y sus operaciones.

Aunque siempre ha apoyado la continuidad del mandato de la MINURSO, en ocasiones se ha mostrado crítica respecto al lenguaje o la forma de las resoluciones  señalando que ciertos textos no son lo bastante “equilibrados” o no reflejan adecuadamente el principio de autodeterminación del pueblo saharaui.

La relación entre Marruecos y China es cada vez más estrecha y estratégica.

La relación entre Marruecos y China ya no es meramente diplomática o simbólica, sino estratégica y operativa. China considera a Marruecos como un socio clave — una “puerta de entrada” hacia África y Europa, un hub industrial/logístico, un aliado diplomático fiable — y por ello le presta gran importancia.

Marruecos y China establecieron relaciones diplomáticas en 1958. En 2016 se firmó un “acuerdo de asociación estratégica multidimensional” entre ambos países, lo que elevó la relación a un nivel más profundo que meramente comercial. En 2025 se estableció un mecanismo de diálogo estratégico entre los ministerios de Asuntos Exteriores de ambos países, demostrando el interés compartido en institucionalizar aún más la cooperación y comunicación diplomática.

China ha declarado que Marruecos tiene un “importante valor estratégico” por su ubicación, su papel regional y su función de puente hacia África. En el plano económico-comercial, China ya es el principal socio asiático de Marruecos y uno de sus socios clave globales. Por ejemplo, en 2024 el volumen de comercio bilateral alcanzó aproximadamente 9,04 mil millones de dólares.

China tiene varias motivaciones estratégicas para estrechar su relación con Marruecos. En primer lugar, Marruecos está situado en el noroeste de África, con salida al Atlántico y al Mediterráneo, lo que lo convierte en un punto de conexión entre África, Europa y Oriente Medio. China lo ve como una puerta de entrada para extender sus inversiones e influencia hacia África y también hacia Europa. En segundo lugar, es una valiosa plataforma industrial y para la inversión. Marruecos ha desarrollado zonas industriales, incentivos para inversión extranjera, buenas conexiones logísticas (puertos, ferrocarriles) y una política abierta para empresas extranjeras. China aprovecha este marco para instalarse, producir y luego exportar hacia Europa o África. Por ejemplo, compañías chinas especializadas en automoción, baterías o componentes industriales planean establecerse en Marruecos.  La magnitud de la inversión china aún no es comparable con la que tiene en otros países africanos más grandes o con más recursos naturales pero en 2022 se registraron inversiones chinas por valor de más de 56 millones de dólares en sectores como industria, transporte, energía y minería.

En tercer lugar, China está interesada en la diversificación de socios y rutas comerciales. Mientras mantiene sus relaciones tradicionales (con Asia-Pacífico, África subsahariana, Oriente Medio), ampliarse hacia el Magreb mediante Marruecos le permite diversificar rutas, evitar cuellos de botella geopolíticos y establecer hubs alternativos.  En cuarto lugar, la cooperación en sectores estratégicos. La colaboración abarca varios sectores: infraestructuras (transportes, puertos, ferrocarriles), energías renovables, tecnologías digitales y salud. Este tipo de diversificación es típica de la estrategia china de “asociarse ampliamente” para influir, acceder a recursos y mercados, y reforzar su posición internacional. Y, finalmente, en lo diplomático, el apoyo recíproco en los litigios de esta naturaleza tiene alto valor para China. Marruecos ha reafirmado su adhesión a la política de “Una sola China” (Taiwán), lo que es un punto importante de confianza para Beijing en sus relaciones diplomáticas.

Conclusión

China, con una larga y reivindicada trayectoria de lucha contra el colonialismo, sigue manteniendo el discurso de que los pueblos tienen derecho a la autodeterminación. En relación al Sáhara Occidental, formalmente respalda los principios de la ONU de autodeterminación y arreglo negociado, pero en la práctica se inclina hacia una solución favorable a Marruecos: autonomía bajo soberanía marroquí, estabilidad territorial, sin independencia plena inmediata. La resolución del 31 de Octubre marca un punto de inflexión. La posición de equilibrio estratégico sobre el Sáhara Occidental se ve alterada sustancialmente. Este giro (aunque no declarado oficialmente) cabe interpretarlo en el más amplio contexto de sus intereses económicos y diplomáticos en Marruecos y en el Magreb."

(Xulio Ríos , Observatorio de la política china, 03/11/25) 

3.10.25

Es necesario abrir los ojos al Israel contemporáneo y verlo tal y como es y siempre ha sido: la encarnación del despiadado nacionalismo étnico de Europa, y no una lamentable desviación del judaísmo y la moral promulgada en el monte Sinaí... Solo entonces se podrá poner fin a la impunidad excepcional de Israel... dos rabinos pertenecen al movimiento del judaísmo nacionalista (en hebreo, dati-leumi), una variante relativamente nueva del judaísmo que cobró fuerza tras la victoria de Israel en junio de 1967, escribieron que «tiene sentido infligir una derrota a los niños si queda claro que crecerán y nos derrotarán a nosotros. En tales circunstancias, ellos se convierten en un objetivo [militar] legítimo»... El judaísmo nacionalista, al dar una justificación religiosa al sionismo, permite así eliminar las dudas de carácter moral sobre las acciones dirigidas contra los palestinos. Aunque solo uno de cada cinco judíos israelíes es seguidor del judaísmo nacionalista, muchos israelíes, ya sean laicos o ultraortodoxos, comparten su ideología política... Los seguidores del nacional-judaísmo tienen más en común con los idealistas y entusiastas que se convirtieron en nacionalistas radicales en la primera mitad del siglo pasado en Alemania, los países bálticos y Ucrania. Muchos de ellos acabaron participando en pogromos y genocidios. Ya en 1982, Leibovich acertadamente calificó a estos israelíes de «judeonazis» (Yakov Rabkin, Un. Montreal)

 "Muchos, judíos y no judíos, acusan a Israel de violar los mandamientos bíblicos. Y para justificar su punto de vista, algunos eruditos se refieren al Pentateuco, los Profetas, el Talmud e incluso los códigos de la ley judía. Esto no solo es erróneo, sino también injusto. Los fundadores de Israel, en su mayoría procedentes del Asentamiento del Imperio ruso, rechazaban con desprecio la moral judía, al igual que el judaísmo en general. Construyeron una nueva sociedad para un nuevo tipo de judío: musculoso e intrépido, libre de la carga de la religión y de las restricciones morales que esta imponía. Y lo consiguieron.

David Ben-Gurión, que dirigió la transformación de Palestina en un Estado sionista, advirtió hace casi un siglo: «No somos yeshivotniks [estudiantes de yeshiva] que discuten las sutilezas del autodesarrollo. Somos conquistadores de la tierra, tenemos ante nosotros un muro de hierro y debemos atravesarlo».

Los líderes sionistas que crearon el Israel moderno se enorgullecían de haber roto con el pasado.

Volvamos a citar a Ben-Gurión: «El sionismo es, en esencia, un movimiento revolucionario… La esencia de la concepción sionista de la vida del pueblo judío y de la historia judía es, en su fondo, revolucionaria: es una rebelión contra una tradición secular». Admiraba a Lenin y consideraba la Revolución de Octubre de 1917 como «una gran revolución, un cambio fundamental destinado a arrancar de raíz la realidad existente, a destruir sus pilares, a no dejar piedra sobre piedra de toda esa sociedad decadente y podrida». El historiador y diplomático israelí Eli Barnavi señaló: «Como todas las revoluciones, el sionismo aspiraba a «destruir hasta los cimientos» y luego bajar el telón sobre todo lo que tuvo la desgracia de precederlo»[1].

El profesor Yeshayahu Leibovich, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que conoció personalmente a Ben-Gurión, consideraba que este «veía el judaísmo como una desgracia histórica del pueblo judío y un obstáculo en su camino hacia la conversión en una nación normal»[2].

A menudo se oye otra crítica: ¿cómo es posible que los judíos, que durante tantos años fueron víctimas de asesinatos en masa y expulsiones en la Europa cristiana, puedan matar, matar de hambre y expulsar de sus hogares y tierras a civiles pacíficos? Ya en 1910, Vladimir Jabotinsky, futuro admirador de Mussolini y fundador del partido político que actualmente dirige Benjamin Netanyahu (su padre fue secretario de Jabotinsky), respondió a esto en un artículo con el expresivo título «Homo homini lupus» («El hombre es un lobo para el hombre»): «A menudo depositamos nuestras mejores esperanzas precisamente en el hecho de que tal o cual pueblo ha sufrido mucho, «por lo que» simpatizará y comprenderá, y su conciencia no le permitirá ofender al débil con la misma ofensa que él mismo ha sufrido recientemente. Pero, a fin de cuentas, esto no son más que palabras… Solo en el Antiguo Testamento está escrito: «No oprimirás al extranjero, porque tú también fuiste extranjero en la tierra de Egipto». En la moral actual, ya no hay lugar para este humanismo baboso».

Fieles a las ideas de sus maestros, los seguidores de Ben-Gurión y Jabotinsky llevan más de un siglo continuando su obra.

La ruptura con la tradición judía que representa el sionismo es bien conocida y evidente. Los padres fundadores de Israel se enorgullecían de ello, mientras que sus oponentes los condenaban por ello. Sin embargo, hoy en día muchos, confundiendo el sionismo con el judaísmo, acusan a Israel de violar los principios morales judíos.

A algunos les confunde el hecho de que Israel se denomine a sí mismo «Estado judío», otros, especialmente los cristianos evangélicos, ven en Israel la encarnación de las profecías bíblicas sobre la Segunda Venida, y muchos, debido a sus ideas sentimentales sobre Israel, esperan otra cosa y se sienten decepcionados porque se comporta «de forma no judía».

En represalia por el ataque al sur de Israel en octubre de 2023, los israelíes mataron a decenas de miles de mujeres y niños en Gaza. Sin embargo, mucho antes de eso, los rabinos israelíes Itzhak Shapira y Yosef Elitzur escribieron que «tiene sentido infligir una derrota a los niños si queda claro que crecerán y nos derrotarán a nosotros. En tales circunstancias, ellos se convierten en un objetivo [militar] legítimo». Estos rabinos pertenecen al movimiento del judaísmo nacionalista (en hebreo, dati-leumi), una variante relativamente nueva del judaísmo que cobró fuerza tras la victoria de Israel en junio de 1967. El judaísmo nacionalista, al dar una justificación religiosa al sionismo, permite así eliminar las dudas de carácter moral sobre las acciones dirigidas contra los palestinos.

Aunque solo uno de cada cinco judíos israelíes es seguidor del judaísmo nacionalista, muchos israelíes, ya sean laicos o ultraortodoxos, comparten su ideología política, aunque no sigan el estilo de vida aceptado en el marco del judaísmo nacionalista. En 2019, cuando aún no era ministro del Gobierno de Netanyahu, el destacado seguidor del judaísmo nacionalista Bezalel Smotrich dijo: «Nos hemos convertido en un reactor nuclear que proporciona energía a todo el pueblo de Israel».

Su predicción se cumplió, pero esta energía tiene poco que ver con el judaísmo tradicional, que se ha desarrollado a lo largo de los últimos dos mil años. Los seguidores del nacional-judaísmo tienen más en común con los idealistas y entusiastas que se convirtieron en nacionalistas radicales en la primera mitad del siglo pasado en Alemania, los países bálticos y Ucrania. Muchos de ellos acabaron participando en pogromos y genocidios. Ya en 1982, Leibovich acertadamente calificó a estos israelíes de «judeonazis». Ese mismo año, el escritor Amos Oz entrevistó a uno de ellos, que declaró abiertamente: «Como se suele decir, mejor ser un judío-nazi vivo que un santo muerto». Al igual que los padres fundadores del sionismo, este fascista declarado expresó en la misma entrevista un profundo desprecio por la tradición judía y la moral judía.

Es necesario abrir los ojos al Israel contemporáneo y verlo tal y como es y siempre ha sido: la encarnación del despiadado nacionalismo étnico de Europa, y no una lamentable desviación del judaísmo y la moral promulgada en el monte Sinaí.

Solo entonces se podrá poner fin a la impunidad excepcional de Israel.

Notas
[1] Barnawi, E., Friedlander, S. Los judíos y el siglo XX. Diccionario analítico. Moscú: Tekst/Lechaim, 2004. P. 218.

[2] Leibowitz, Y. Peuple, Terre, État. París: Plon, 1995. P. 144.

Traducción adaptada y autorizada del artículo original publicado aquí: https://blogs.timesofisrael.com/dont-blame-israel-for-violating-jewish-ethics/ "

 (Yakov Rabkin , Un. Montreal, Rafael Poch, blog, 01/10/25)

12.9.25

La gramática de la resistencia: repensar Palestina más allá de la compasión y el miedo.. en el discurso occidental la resistencia palestina queda vaciada de contenido, reducida a una patología emocional o excluida del ámbito de la racionalidad política. Cuando no se la compadece, se la criminaliza, la resistencia se enmarca como terrorismo... pero la resistencia palestina no es una reacción desesperada, sino una propuesta para el mundo. Es una resistencia que piensa, crea y vislumbra futuros... es la lucidez estratégica de un pueblo que ha aprendido a convertir la catástrofe en horizonte... Que los palestinos, que ya no son el emblema mudo del sufrimiento, puedan convertirse en la figura a través de la cual la cuestión de la emancipación vuelva a entrar en la imaginación política... debemos aprender a ver la resistencia no como un fracaso cuando no «gana», sino como un acontecimiento, como acontecimientos que dispersan el orden colonial, que hacen visibles las grietas de su supuesta inevitabilidad y que apuntan hacia un horizonte completamente diferente... cuando el horror de Gaza ha roto el pacto afectivo entre el imperio y sus espectadores, Occidente se ve obligado a enfrentarse a la mentira que se encuentra en el corazón de su universalismo... Lo que hace que este momento sea tan peligroso no es simplemente la violencia del fascismo israelí en su forma, sino su difusión en esencia a lo largo del espectro político. Esta es una sociedad que no solo tolera el fascismo, sino que lo requiere ( Abdaljawad Omar, profesor palestino)

 "Abdaljawad Omar, también conocido por el seudónimo Abboud Hamayel, es un intelectual, profesor y analista político palestino. Actualmente es profesor adjunto en el Departamento de Filosofía y Estudios Culturales de la Universidad de Birzeit, cerca de Ramala. Ha dedicado su investigación a las formas de resistencia palestina, centrándose especialmente en el periodo comprendido entre la Primera Intifada y 2015. Escribe regularmente en árabe y en inglés, y sus contribuciones se publican en revistas académicas y plataformas internacionales. Es una voz activa en los debates internacionales y participa en conferencias, seminarios y podcasts que exploran las conexiones entre la teoría crítica y la praxis descolonial. Pasquale Liguori es farmacólogo y trabaja en el sector sanitario. Escritor independiente y fotógrafo urbano, participa en actividades descoloniales y en la lucha contra la opresión social.

Esta entrevista se publicó originalmente como «Grammatica della resistenza: ripensare la Palestina oltre la pietà e la paura», l’Antidiplomatico, 16 de junio de 2025, lantidiplomatico.it. Se ha editado ligeramente para adaptarla al estilo de Monthly Review.

Cada vez es más difícil hablar de Palestina sin caer en uno de los dos registros dominantes del discurso occidental: por un lado, un humanitarismo que evoca compasión pero deja intactas las estructuras de dominación; por otro, un realismo estratégico que calcula pero no puede imaginar. En ambos casos, la resistencia palestina queda vaciada de contenido, reducida a una patología emocional o excluida del ámbito de la racionalidad política. Cuando no se la compadece, se la criminaliza. Y, cada vez más a menudo, esta criminalización lleva las marcas familiares de la islamofobia: la resistencia se enmarca como terrorismo, la supervivencia como amenaza y el pensamiento como radicalización potencial.

Sin embargo, a medida que se multiplican las manifestaciones a favor de Gaza en toda Europa —a menudo marcadas por un despertar tardío, condicional y, en ocasiones, autoexculpatorio de la conciencia—, sigue habiendo una lección que ninguna indignación intermitente puede ocultar: la resistencia palestina precedió a este momento, persiste a través de él y perdurará más allá de él, no como una reacción desesperada, sino como una propuesta para el mundo. Es una resistencia que piensa, crea y vislumbra futuros. No busca la aprobación de arriba, sino que apela a toda conciencia política que no esté dispuesta a rendirse al orden imperial.

Abdaljawad Omar, intelectual y teórico palestino también conocido como Abboud Hamayel, habla desde dentro de esta resistencia. Su voz no se presta ni a la pacificación moral ni a la estetización del duelo. A través de su trabajo teórico, Palestina vuelve a lo que décadas de discurso han tratado de neutralizar: un nodo central en la imaginación política global.

Esta entrevista surge de una conciencia amarga pero necesaria: gran parte del discurso actual oscila entre la lástima y el miedo, entre la empatía selectiva y la autocensura. Pero Palestina no es una trágica excepción que debe gestionarse con sobriedad institucional: es un lugar de lucha, sí, pero también de pensamiento radical. Es donde la palabra «liberación» todavía tiene un significado que no es metafórico.

Abdaljawad Omar expone el inconsciente colonial que estructura el lenguaje internacional y afirma la urgencia de una resistencia epistemológica, una que rompa con las gramáticas dominantes. No habla sobre Palestina, sino desde Palestina. Al hacerlo, nos recuerda que resistir no es solo luchar, sino pensar: pensar de otra manera, pensar en contra, pensar más allá.

Lo que sigue no es una conversación deferente. Es un encuentro agudo y vivo sobre la posibilidad de reescribir el tiempo, la subjetividad y el futuro, partiendo de un punto que Occidente sigue decidido a enterrar: la lucidez estratégica de un pueblo que ha aprendido a convertir la catástrofe en horizonte.

— Pasquale Liguori

Pasquale Liguori: En la representación dominante de Palestina en los medios de comunicación occidentales, los palestinos suelen quedar reducidos a la figura de la víctima eterna e ideal. Incluso en los medios supuestamente pro palestinos, esta representación sirve para suscitar una simpatía superficial y sentimental que ofrece poco apoyo real a quienes viven bajo asedio, en prisión o en el exilio. Cuando los palestinos se resisten, son tachados instantáneamente de terroristas. Estos mismos medios de comunicación reducen el derecho —y el deber— de luchar contra la opresión, el apartheid y el robo de tierras a una vaga abstracción. Esto quedó patente en la condena generalizada de la inundación de Al-Aqsa el 7 de octubre, que carecía de cualquier consideración del contexto histórico y geopolítico. Esta narrativa se arroga el poder de conceder o negar la subjetividad a un pueblo que lleva casi un siglo resistiendo. ¿Cuáles son los orígenes de esta narrativa occidental dominante sobre Palestina y cómo contribuye, directa o indirectamente, al genocidio en curso del pueblo palestino? El discurso occidental dominante sigue atrapando a Palestina entre los polos de los «derechos humanos» y el «terrorismo». ¿Cómo pueden romper esta dicotomía, que esteriliza la realidad colonial del conflicto?

Abdaljawad Omar: Solía responder a esta pregunta de la manera más directa: que a los oprimidos —en este caso, los palestinos— se les permite gritar, nombrar sus heridas, hacerse reconocibles dentro de los guiones prefabricados de los «derechos humanos», ese último reducto caritativo de la modernidad liberal. Pero lo que se les niega sistemáticamente, tanto por parte de sus enemigos como, lo que es más importante, por parte de sus simpatizantes, es el derecho a comprender su propia resistencia. No solo a sentirla, no solo a sobrevivir a ella, sino a pensarla.

Hay una estructura profunda en juego aquí, una que insiste en que los palestinos deben seguir siendo siempre los sufridores, los testigos, los objetos de exhibición. Incluso aquellos que afirman su solidaridad suelen hacerlo con la condición de que sigamos suspendidos en ese papel: portadores del dolor, no productores de pensamiento. La resistencia, cuando se reconoce, se pone en cuarentena, se presenta como reactiva, ciega y, en última instancia, indigna de dignidad conceptual.

Pero algo ha cambiado. Los últimos dos años de masacres ininterrumpidas, que no han sido recibidas con silencio, sino con una nueva y furiosa claridad, han comenzado a perturbar ese orden. Ya no creo que la negativa a permitir a los palestinos teorizar su resistencia se refiera únicamente a Palestina. Se refiere, de forma más peligrosa, al mundo. Lo que se teme no es nuestra liberación per se, sino que la resistencia pueda volver a ser pensable. Que pueda circular. Que pueda echar raíces en otras zonas abandonadas. Que los palestinos, que ya no son el emblema mudo del sufrimiento, puedan convertirse en la figura a través de la cual la cuestión de la emancipación vuelva a entrar en la imaginación política.

Lo que estamos presenciando no es simplemente una relación colonial entre Israel y Palestina, sino la imposición de una estructura, una estructura cuyas operaciones exceden los límites geográficos o jurídicos del llamado espacio del conflicto, lugares como Gaza o Cisjordania. Existe una simpatía condicional que circula ampliamente, a menudo encubierta en el lenguaje de la preocupación humanitaria. Pero esta simpatía funciona, con toda precisión, para salvar al sionismo de sus propias contradicciones. Ofrece una coartada moral al tiempo que salvaguarda la permanencia de Israel no solo como Estado, sino como forma: una bisagra en la arquitectura del orden mundial.

Se trata de un orden que requiere que el Mediterráneo oriental —históricamente la cuna de los sueños antiimperialistas— permanezca fracturado, administrado y violentamente dividido. El sionismo, en esta configuración, no es una anomalía histórica, sino un instrumento necesario. Su continuidad es esencial para una trinidad geopolítica que ha gobernado la región desde la partición colonial: la circulación del petróleo, la lógica de la acumulación de capital y el desmembramiento estratégico de la posibilidad política árabe. En este sentido, Israel no solo está protegido, sino que es estructuralmente indispensable. Resistir a Israel, entonces, no es simplemente enfrentarse a una colonia de colonos. Es atravesar una gramática imperial más amplia, una gramática que depende de la desintegración del futuro árabe, de la descomposición perpetua de la soberanía política y de la traducción de cada acto de resistencia en terror, de cada levantamiento en patología.

Por eso la resistencia palestina, cuando se atreve a hablar en su propio nombre y no a través del ventriloquismo de la legalidad o la compasión, se vuelve intolerable. No es la violencia lo que aterroriza, es la lucidez. La negativa a ser disciplinados en el victimismo. La insistencia en el significado, en la estrategia, en la imaginación política como algo más que el duelo.

Pero más que eso, lo que la hace peligrosa, lo que anima los febriles intentos de sofocarla, es el carisma de la idea en sí misma. Muqawama (resistencia) no como reacción, sino como propuesta: como fuerza contagiosa; como una gramática que puede atravesar fronteras e idiomas, que puede ser adoptada en tierras lejanas de Palestina, dondequiera que la gente se enfrente a la arquitectura de la vida controlada y la muerte lenta.

Es este potencial —la portabilidad de la resistencia— lo que debe ser enterrado bajo los escombros, lo que debe ser reducido a criminalidad o locura, lo que debe ser gestionado mediante rituales de condena y excepcionalismo. Porque una vez que la resistencia se vuelve pensable, expresable, nombrable en sus propios términos, deja de ser local. Deja de ser contenible. Se convierte en un manto. Se convierte en una pregunta.

PL: La resistencia palestina no debe entenderse únicamente desde la perspectiva de la eficacia militar o los resultados inmediatos, sino como una forma de ruptura con el orden colonial, simbólica y temporalmente. En su opinión, ¿cómo perturba la resistencia el tiempo lineal y progresivo impuesto por el colonialismo? ¿Podemos interpretar la lucha palestina como una forma de insurgencia que produce nuevas temporalidades políticas?

AO: Efectivamente, cuando separamos la resistencia palestina de los parámetros reduccionistas del éxito militar o el cálculo estratégico, empezamos a verla como lo que es: una ruptura metafísica, una fuerza desordenadora en la gramática colonial del tiempo mismo. El colonialismo no se limita a ocupar el territorio, sino que ocupa la temporalidad. Impone una noción lineal y progresiva del tiempo en la que los colonizados siempre van por detrás, siempre están poniéndose al día, siempre están aún sin estar preparados para la libertad. Bajo este régimen, la resistencia se enmarca como prematura (irracional, emocional) u obsoleta (inútil, arcaica). Ambos marcos sirven para excluir la imaginación política.

Pero la resistencia palestina, especialmente en sus formas más crudas e inasimilables, rechaza esta lógica. No busca el permiso del futuro prometido por Oslo, ni espera el reconocimiento del horizonte fugaz de la legitimidad internacional. En cambio, interrumpe. Insiste en el ahora, no como un punto en una línea temporal, sino como un lugar de confrontación, de creación de significado, de expresión soberana. Rompe el tiempo colonial no solo afirmando la presencia de los colonizados, sino también rechazando los roles que se les asignan en el guion de la historia.

La resistencia aquí no es meramente reactiva, es ontológica. Escenifica una especie de insurgencia contra el tiempo mismo, produciendo lo que podríamos llamar contratemporalidades: momentos en los que los colonizados se convierten en contemporáneos de sí mismos, en los que la historia se pliega y en los que los muertos caminan con los vivos. Piensa en el mártir no como una figura trágica, sino como alguien que derriba la distinción entre el pasado sacrificado y el futuro recuperado. Piensa en el refugiado que regresa sin retorno. No se trata de actos metafóricos, sino de revueltas temporales.

En este sentido, la lucha palestina no solo se refiere a la tierra, aunque sigue profundamente arraigada en el suelo, sino también al tiempo. Es una negativa a habitar el mundo tal y como lo estructura la línea temporal colonial: desde la nakba hasta la negociación, desde la intifada hasta la normalización. Es la irrupción de otro tipo de tiempo: denso, recursivo, embrujado y vivo con la presencia de aquello que el mundo insiste en que debe ser enterrado.

Así que sí, debemos aprender a ver la resistencia no como un fracaso cuando no «gana», sino como un acontecimiento, como acontecimientos que dispersan el orden colonial, que hacen visibles las grietas de su supuesta inevitabilidad y que apuntan hacia un horizonte completamente diferente.

Dicho esto, no es menos importante verlo también desde la perspectiva del cálculo, del fin y los medios, de sus objetivos racionales y declarados.

PL: En este momento de la historia, con Gaza en ruinas y Cisjordania bajo un asfixiante asedio, ¿dónde, cómo y cuándo surgen y se amplían las grietas en el discurso hegemónico de Israel? No hay duda de que la inundación de Al-Aqsa exacerbó las tensiones internas dentro de Israel, dejando al descubierto su fragilidad estructural y sociocultural. Parece que la violencia continua es el único mecanismo que utiliza el régimen para justificar su existencia. Este fascismo se ha convertido en el pegamento que mantiene unida a una sociedad profundamente frágil. ¿Qué opinan al respecto?

AO: Sí, ya no estamos hablando de un «pegamento» que mantiene unidos los fragmentos de la sociedad israelí, estamos hablando de una punta de lanza. La distinción es importante. Mientras que el pegamento oculta una cohesión desesperada, una unión reactiva de un orden que se desmorona, la punta de lanza señala la direccionalidad, la agresión, la transformación de la crisis en fuerza. No se trata de reparar, sino de avanzar. La sociedad israelí, fracturada por motivos étnicos, ideológicos y de clase, encuentra ahora en la violencia no un escape temporal, sino un modo de devenir político.

Por eso debemos ser cautelosos a la hora de nombrar el fascismo. Reducirlo a sus síntomas más llamativos —el mesianismo de los colonos, las llamadas abiertas a la limpieza étnica, la movilización teocrática— es pasar por alto su influencia atmosférica más profunda. El fascismo en el Israel actual no reside únicamente en la kipá de [Itmar] Ben-Gvir o en el uniforme de los jóvenes de las colinas; late, de forma más peligrosa, a través del llamado centro, a través del secularismo liberal que enmarca la vida palestina como un problema que hay que gestionar, controlar y extirpar.

Hay una profunda complicidad arraigada en el liberal israelí: el que llora la «pérdida de la democracia» mientras aplaude guerras que nunca se pueden ganar, el que condena el «extremismo» mientras cree, en lo más profundo de su ser, que la soberanía judía exige la desaparición de los palestinos. Esto es fascismo sin mesianismo, fascismo sin la actuación del fanatismo. Es fascismo por consenso, por burocracia, por razón gerencial.

Debemos ser aún más cuidadosos cuando restringimos el término fascismo a sus exponentes más extravagantes, permitiendo que sus formas más silenciosas pasen desapercibidas. El sionista liberal que pide un final «sensato» a la guerra, pero cuyas líneas rojas nunca incluyen la restauración de la vida palestina; el intelectual que pide la coexistencia, pero solo dentro de la jerarquía etnonacional: todos ellos no están fuera del fascismo, son su cara racional.

Lo que hace que este momento sea tan peligroso no es simplemente la violencia del fascismo israelí en su forma, sino su difusión en esencia a lo largo del espectro político. Esta es una sociedad que no solo tolera el fascismo, sino que lo requiere, aunque con diferentes dialectos y códigos de vestimenta. Es, por tomar prestada la frase de [Walter] Benjamin, la estetización de la política disfrazada de pragmatismo, y Gaza es su lienzo.

Entender esto no solo significa nombrar al régimen tal y como es, sino prepararse para el mundo que pretende construir.

PL: El largo y brutal genocidio en Gaza está suscitando, aunque tardíamente, una solidaridad internacional sin precedentes. Sin embargo, la represión mediática sigue siendo generalizada. Incluso aquellos medios de comunicación que han pasado de apoyar abiertamente el llamado «derecho a la autodefensa» de Israel a una condena más hipócrita de [Benjamin] Netanyahu por sí solo, siguen sin abordar el sistema colonial en su conjunto. La represión institucional también sigue siendo fuerte en toda Europa y Estados Unidos. En este contexto, ¿qué significa hoy en día la «resistencia epistemológica»?

AO: Hablar de resistencia epistemológica hoy en día no es invocar la abstracción. Es nombrar un frente de lucha no menos decisivo que el material. Porque lo que estamos presenciando a raíz del genocidio en curso en Gaza no es solo la aniquilación de cuerpos y hogares, sino el intento de excluir el significado. La represión que vemos en los medios de comunicación y las instituciones occidentales, por muy sofisticada que sea su coreografía, no se limita al silencio, sino que consiste en enmarcar, en escribir de antemano lo visible y lo que se puede decir.

Incluso cuando aparecen grietas, cuando se vilipendia a Netanyahu, cuando se expresa preocupación por los «civiles» palestinos, el orden colonial permanece intacto en el pensamiento. La guerra de Israel sigue siendo tratada como una desviación de las normas liberales, en lugar de como la consecuencia lógica de un proyecto colonialista sostenido por el consentimiento imperial. Se condena la violencia, pero nunca se nombra la arquitectura que la hace necesaria. Esta es la labor de la ideología: sustituir las causas por los síntomas, aislar las figuras de los sistemas, moralizar en lugar de historizar.

La resistencia epistemológica, entonces, comienza con la desobediencia a este orden del conocimiento. Es la insistencia en hablar desde la experiencia histórica palestina, no como un complemento del discurso dominante, sino como una ruptura del mismo. Significa rechazar la gramática que nos hace visibles solo como víctimas, rechazar los marcos morales que distinguen entre el «árabe bueno» y el «militante», y rechazar el aplazamiento temporal que pide a los palestinos que esperen, que mantengan la calma, que negocien, mientras el suelo bajo sus pies se consume.

También significa enfrentarse a la complicidad de las instituciones que proclaman su neutralidad. Las universidades occidentales, los think tanks, las ONG y los medios de comunicación que reprimen el discurso sobre Palestina no están traicionando sus ideales, sino que están cumpliendo su función. Son aparatos estatales epistémicos que trabajan para filtrar, gestionar y domesticar la disidencia. Resistir epistemológicamente no es solo afirmar un contenido diferente, es fracturar las propias formas a través de las cuales circula el conocimiento.

Es en este momento, cuando el horror de Gaza ha roto el pacto afectivo entre el imperio y sus espectadores, cuando comienza a latir un conocimiento diferente. La imagen de Palestina ya no es simplemente la de una catástrofe humanitaria; se está convirtiendo en el lugar de una reorientación global, donde Occidente se ve obligado a enfrentarse a la mentira que se encuentra en el corazón de su universalismo. Ese enfrentamiento —doloroso, desestabilizador e irresoluble dentro de los parámetros liberales— es en sí mismo una forma de insurgencia epistemológica.

Lo que más se teme no es solo el discurso palestino, sino el pensamiento que conlleva. Un pensamiento que descoloniza no solo la tierra, sino también el sentido. Un pensamiento que se atreve a decir: el mundo debe ser diferente.

PL: La destrucción, el derramamiento de sangre y el terror en Palestina continúan sin control, liderados por un Israel que no enfrenta consecuencias. Desde el 7 de octubre, la impotencia del sistema jurídico e institucional internacional se ha hecho aún más evidente. A pesar de los procedimientos iniciados por la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional, Israel, con el respaldo de Estados Unidos, sigue actuando con impunidad, incluso dentro de las Naciones Unidas. El llamamiento de Netanyahu al asesinato del líder de Hezbolá, Hassan Nasrallah, realizado durante un discurso en la Asamblea General de la ONU, simbolizó este desprecio por las normas jurídicas. Parece que nos enfrentamos a una superestructura hipócrita plagada de dobles y triples raseros. ¿Podría ofrecer una visión general del pensamiento crítico sobre esta cuestión?

AO: El pensamiento crítico debe abandonar la premisa de que el derecho internacional es un terreno neutral. Académicos de la tradición de los Enfoques del Tercer Mundo sobre el Derecho Internacional, como Makau Mutua y Antony Anghie, llevan mucho tiempo defendiendo que las estructuras jurídicas internacionales surgieron junto con la conquista colonial, diseñadas no para restringir el poder, sino para estructurar su legitimidad. Las propias categorías de «soberanía», «seguridad» y «autodefensa» no son universales, sino que están codificadas, racializadas y profundamente jerarquizadas. La invocación de la «autodefensa» por parte de Israel después del 7 de octubre, mientras que a los palestinos se les niega incluso el lenguaje de la resistencia, ejemplifica esta asimetría colonial incrustada en el propio derecho.

Además, como han demostrado pensadores como Walter Mignolo y Achille Mbembe, la llamada «comunidad internacional» no es en absoluto una comunidad, sino un cártel de poder organizado según criterios civilizatorios. Lo universal siempre lo reclama Occidente, mientras que la particularidad —y, por tanto, la prescindibilidad— se impone al resto. Los palestinos no solo sufren por la falta de legitimidad jurídica, sino por un orden jurídico que nunca tuvo la intención de verlos.

Sin embargo, algo está cambiando. La creciente desilusión con las instituciones internacionales no es solo una crisis, es una oportunidad. Les permite hablar del derecho no como una salvación, sino como un terreno. La erosión de la legitimidad liberal da lugar a un nuevo lenguaje político, basado no en la apelación, sino en la afirmación. No en suplicar reconocimiento, sino en construir solidaridades que vean más allá de la máscara de la neutralidad.

PL: Tras el asesinato de muchos líderes de la resistencia, la destrucción de la infraestructura de Hamás y la ampliación de la ocupación israelí en Gaza, ¿podemos seguir hablando de un movimiento de resistencia organizado? ¿O estamos entrando ahora en una fase de lucha más difusa, espontánea y molecular?

AO: Hablar de resistencia hoy en día, tras el asesinato de cuadros, la destrucción de la infraestructura y la ampliación de la ocupación de Gaza, no es hablar de desaparición, sino de transformación. Debemos tener cuidado de no confundir la arquitectura visible de la resistencia con su capacidad existencial. Sí, ha habido pérdidas sin precedentes: la desorganización, la desaparición de las estructuras de mando, la destrucción selectiva del tejido social y logístico que hacía posible la lucha armada coordinada. Pero la resistencia, como Palestina nos ha enseñado una y otra vez, no se reduce a sus instituciones. Sin embargo, la idea de que la resistencia palestina es más molecular es, en cierta medida, cierta como tendencia, pero tampoco es exacta. La resistencia palestina en Gaza conserva gran parte de su cuadro, su infraestructura y su capacidad de resistencia. La idea en este momento es mantener la resistencia a largo plazo, con el fin de garantizar una ocupación israelí costosa y una lucha de voluntades que no termine con un golpe u otro.

PL: En su trabajo, a menudo ha destacado la distancia entre las élites palestinas y el pueblo. Tras meses de guerra total en Gaza y erosión institucional, ¿ve signos de recomposición política o persiste esta fractura estructural?

AO: La distancia entre la élite política palestina y el pueblo no es nueva. Es una condición estructural nacida de Oslo, profundizada por la dependencia securitizada de la Autoridad Palestina (AP) de la ocupación y cimentada a través de la doble lógica de la financiación internacional y la consolidación autoritaria. Lo que hemos visto en los últimos meses —en medio de las ruinas de Gaza, la parálisis de Cisjordania y el colapso moral de la AP— no es la superación de esta fractura, sino su exposición. La máscara ha caído, pero el régimen permanece. No hay una recomposición política en el sentido formal, al menos todavía. Las instituciones existentes están vacías, en bancarrota tanto financiera como éticamente. Siguen funcionando no por su legitimidad, sino por la inercia, el miedo y la ausencia de alternativas inmediatas. La AP actual no es un proyecto nacional. Es una institución fantasma, sostenida para contener el malestar social y absorber la presión internacional. Su supervivencia no es un índice de vitalidad política, sino de necesidad colonial.

Sin embargo, bajo esta decadencia, algo se está gestando, no en los ministerios de Ramala ni en las sedes de las facciones, sino en las calles, donde la cuestión de qué hacer sigue intacta.

PL: Existe una tensión creciente en el pensamiento crítico palestino entre la liberación nacional y un horizonte posestatal. ¿Qué futuro prevé para el sujeto político palestino: un Estado, una confederación u otra cosa?

AO: Esta tensión entre la liberación nacional y un horizonte posestatal no es meramente teórica. Es el eco de una contradicción vivida. Por un lado, el anhelo de soberanía, de una bandera, de reconocimiento internacional y de la dignidad de la condición de Estado sigue siendo poderoso, especialmente en un mundo en el que la falta de Estado ha significado el borrado, la fragmentación y la subyugación sin fin. Por otro lado, el Estado —tal y como existe en el mundo poscolonial, como una forma heredada de las cartografías coloniales y sostenida por las instituciones imperiales— se ha convertido en un lugar de gestión, no de liberación.

Preguntarse qué futuro le espera al sujeto político palestino es preguntarse si este sujeto podrá ser libre alguna vez dentro de la forma estatal, o si la libertad ahora se encuentra más allá de ella.

La Autoridad Palestina, los Acuerdos de Oslo y el modelo de partición en dos Estados han revelado las limitaciones de la condición de Estado tal y como está configurada actualmente. No han producido soberanía, sino una ocupación subcontratada. El mapa que se nos prometió fue trazado con la lógica de la contención. El Estado no se ofreció como un logro de la liberación, sino como una recompensa por la obediencia. En esa oferta, el sujeto político fue domesticado, burocratizado y fragmentado.

Sin embargo, no podemos descartar el Estado por completo. Para muchos, el deseo de un Estado no tiene que ver con la diplomacia o las fronteras, sino con la reparación histórica, con deshacer la violencia del despojo y con ser vistos. El horizonte posestatal no debe burlarse de este deseo. Debe metabolizarlo.

Lo que se les puede estar acercando, entonces, no es la simple elección entre la condición de Estado y la ausencia de Estado, sino una articulación más compleja de la soberanía no soberana, una forma de vida política colectiva que no está atada al Estado-nación westfaliano ni reducida a las ficciones de gobernanza de las ONG. Llámese imaginario federado, política fugitiva confederada o incluso jurisdicción descolonial sin estatalidad, pero debe construirse desde abajo, a través de prácticas de solidaridad, administración de la tierra, retorno y rechazo. Debe inspirarse en las luchas indígenas, las tradiciones radicales negras y el pensamiento antistatalista árabe, sin idealizar sus resultados.

Una forma política así no buscaría el reconocimiento de las Naciones Unidas, sino el de la historia. No vigilaría las fronteras, sino que desmantelaría la metafísica misma de la partición. Se centraría en el retorno, no solo como repatriación física, sino como reafirmación de la presencia política allí donde se pretendía que desapareciéramos.

El futuro del sujeto político palestino no puede estar dictado por el pragmatismo diplomático o la lógica de los donantes. Debe surgir de las cenizas de Oslo y las ruinas de Gaza como algo impensable para el presente colonial, algo para lo que aún no tenemos lenguaje, pero que quizá ya estemos practicando.

Quizá esto es lo que más asusta a sus enemigos: que los palestinos ya no piden entrar en la historia, sino reescribirla.

PL: Existe una correlación innegable entre la devastación material de la región y el debilitamiento de la resistencia sobre el terreno. Hamás ha sido duramente golpeado, Hezbolá se enfrenta a limitaciones en el Líbano, Siria ha cambiado geopolíticamente e Irán parece paralizado. El llamado Eje de la Resistencia parece tener dificultades para coordinarse, a pesar de haber impedido que Israel lograra algunos objetivos. ¿Qué se ha conseguido y qué escenarios futuros prevé en la lucha contra la ocupación sionista?

AO: Lo que estamos viendo no es el colapso del Eje de la Resistencia, sino su momento de rendir cuentas. Sí, la devastación material en Gaza ha afectado gravemente a Hamás como fuerza militar organizada; Hezbolá se ve limitada por el colapso interno del Líbano y por una lógica de guerra fría regional que impone restricciones y por los duros golpes que sufrió en la guerra; Siria está enredada en su propia reconfiguración posguerra; e Irán, aunque retóricamente desafiante, actúa con creciente cautela, consciente de sus vulnerabilidades geopolíticas y de los disturbios internos.

Pero seamos claros: el Eje de la Resistencia nunca fue una estructura de mando única y cohesionada, sino una constelación táctica y flexible de fuerzas que compartían el antagonismo hacia la hegemonía estadounidense-israelí. Su eficacia siempre ha sido desigual. Lo que ha cambiado es el terreno en sí. Si bien Israel puede reivindicar éxitos, estos, al igual que en el caso de Siria, no son fruto de su propio esfuerzo, sino que se basan en una constelación de factores y convergencias, entre los que se incluyen la persistencia de Idlib y el apoyo de Turquía y otros actores regionales e internacionales. Esta narrativa del éxito israelí debe cuestionarse en estos términos; es, como mínimo, exagerada.

Además, el hecho de que Israel no haya logrado la victoria total en Gaza, a pesar de su abrumadora fuerza, no es una muestra de la cohesión del Eje, sino de los límites del colonialismo. Si hay algún logro en este momento, es la exposición del techo estratégico del sionismo. Israel ha demostrado que puede destruir, pero no gobernar. Puede desplazar, pero no eliminar. Puede bombardear, pero no resolver. En ese fracaso se encuentra un nuevo horizonte para la lucha, no centrado únicamente en la coordinación regional, sino en formas de confrontación dispersas, descentralizadas y transnacionales. El futuro puede pertenecer menos a los actores estatales y más a las insurgencias multipolares, impulsadas por nuevas solidaridades desde abajo.

PL: El llamado «plan para Gaza» de [Donald] Trump, aunque pueda parecer absurdo, conlleva un peligro virulento: busca normalizar la idea de una sociedad étnicamente «pura», en la que los grupos no conformes son sistemáticamente excluidos. Esta visión revive las políticas racistas y propone un proyecto autoritario arraigado en ideologías fascistas y la supremacía blanca. ¿Qué opinan al respecto?

AO: El llamado «plan para Gaza» de Trump no es una desviación, sino la extensión lógica de un impulso autoritario global que fusiona la pureza racial con la dominación territorial. Su absurdo no debe distraernos de su violencia. Lo que prevé no es la paz, sino la «limpieza»: la transformación definitiva de Gaza en una zona vacía de densidad política, memoria o personas.

No se trata solo del sionismo desenmascarado, sino de la supremacía blanca globalizada. Lo que propone Trump es una fantasía fascista de purificación espacial: una Gaza sin gazatíes, una Palestina sin palestinos. Resucita los mitos coloniales más antiguos —terra nullius, elevación civilizatoria, el otro bárbaro— y los viste con el discurso de seguridad posterior al 11 de septiembre.

Lo que es más peligroso, es una invitación al mundo: a normalizar la limpieza étnica como política, a legitimar el pensamiento genocida como planificación del desarrollo. En esto, Trump no está solo. Simplemente es más ruidoso. Los tecnócratas silenciosos que hablan de «reasentamiento», «zonas de amortiguación» y «estabilización posconflicto» participan en el mismo proyecto ideológico. Lo que estamos presenciando no es una excepción, es el núcleo fascista del presente global.

PL: ¿Cómo interpreta la respuesta del mundo árabe a la catástrofe humanitaria en Palestina? ¿Está surgiendo un nuevo panarabismo de base o siguen predominando la lógica estatal y los intereses nacionales?

AO: La respuesta oficial árabe a la catástrofe de Gaza se ha caracterizado, como era de esperar, por la cobardía, la complicidad y el frío cálculo. Los Estados siguen estando limitados por los intereses nacionales, la seguridad del régimen y el miedo a la revuelta popular. Manifiestan su preocupación mientras mantienen la normalización; envían ayuda mientras controlan el discurso.

Pero bajo este estancamiento, algo más se mueve. En todo el mundo árabe, desde Ammán hasta Rabat, desde El Cairo hasta Túnez, estamos asistiendo al surgimiento de un nuevo panarabismo popular: no el antiguo proyecto nasserista de unidad interestatal, sino una reconstitución afectiva popular de la identidad árabe forjada a través de la indignación compartida, el duelo compartido y el rechazo compartido.

Esto aún no es un programa. No está organizado. Pero se siente. Se expresa en los cánticos de los manifestantes, en las solidaridades subversivas en Internet y en los gestos íntimos de la gente común que se niega al silencio de sus gobernantes. Este nuevo arabismo tiene menos que ver con las banderas y más con la afiliación: una identificación con Palestina como una herida que no puede nacionalizarse, como un espejo de su propia opresión, como un símbolo de lo que aún queda por superar en sus propios Estados.

Si este afecto se consolida en una organización, si se niega a disiparse una vez que terminen los bombardeos, puede convertirse en el legado más potente de este momento: un despertar de la conciencia política árabe no desde arriba, sino desde la base. Pero hay muchos «si» aquí, y eso confunde el poder de la desidentificación y las reidentificaciones que también son una fuerza en el mundo árabe: formas de identidad más estrechas, menos revolucionarias y ligadas a la vida cotidiana sin futuro. Por ahora, este afecto se siente, pero no se muestra realmente." 

( , Mothly Review, traducción DEEPL)