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4.3.25

La austeridad ataca de nuevo: la agenda oculta detrás de los recortes... La austeridad ha vuelto, impulsada por la política, no por la economía... La austeridad ha vuelto, impulsada por la política, no por la economía. Desde el Reino Unido hasta Argentina y Estados Unidos... La última vez que oímos el tamborileo de la austeridad fue durante la crisis financiera mundial... en Europa, el endurecimiento fiscal destruyó una década de crecimiento, socavando la inversión pública y contribuyendo a muchos de los problemas con los que el continente sigue luchando hoy en día... Lo que obviamente era un fracaso de las finanzas privadas se rebautizó como una crisis de gasto público desbocado... cuando el sector privado intenta ahorrar y el sector público hace lo mismo, la economía inevitablemente se contrae y el volumen de deuda aumenta como porcentaje del PIB... Esta fue la esencia del experimento autodestructivo de Europa con la austeridad en la década de 2010... La austeridad en una recesión simplemente produce más recesión y desempleo. Lo sabemos desde la cancillería de Bruning en la Alemania de Weimar... Pero esto no es todo. Musk y su Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) persiguen el papel desempeñado por los barones ladrones durante la Edad Dorada. Así pues, la austeridad se está desempolvando para una serie de propósitos totalmente nuevos... esta vez no es sólo una mala idea. También es un arma política y una peligrosa herramienta redistributiva, si los republicanos consiguen recortes fiscales por valor de 4 billones de dólares para el 10% más rico... pero en un país donde el 53% de los condados -la mayoría de ellos de tendencia republicana- dependen de las transferencias del gobierno para una cuarta parte o más de sus ingresos, puede resultar contraproducente

 "¿Qué tienen en común Rachel Reeves, Javier Milei y Elon Musk? Todos predican el evangelio de la austeridad como cura necesaria para lo que aqueja a sus respectivas economías.

Así, Reeves, Ministra de Hacienda del Reino Unido, ha endurecido las normas de gasto público e inversión, a pesar de que la constricción fiscal ha sido una de las principales causas de los problemas del país en los últimos 15 años. Del mismo modo, Milei ha enmarcado la austeridad como el precio que Argentina debe pagar por 20 años de sobreextensión. Sostiene que derrotar a la inflación es el único camino hacia la prosperidad, aunque hacerlo ahonde un pozo de pobreza ya de por sí profundo.

Y para Musk, Estados Unidos necesita supuestamente la austeridad para salvarse de la bancarrota. Este argumento no es más que una artimaña: los Estados con monedas soberanas, especialmente la principal moneda de reserva mundial, no pueden quebrar. La motivación obvia de Musk para recortar los presupuestos públicos es hacer sitio para recortar impuestos y despedir a los empleados públicos que no comparten su agenda.

La última vez que oímos el tamborileo de la austeridad fue durante la crisis financiera mundial. En Estados Unidos, la respuesta prescrita adoptó la forma de un «secuestro» milimetrado (limitación del gasto). Pero en Europa, el endurecimiento fiscal fue mucho más allá, destruyendo una década de crecimiento, socavando la inversión pública y contribuyendo a muchos de los problemas con los que el continente sigue luchando hoy en día. 

 Lo que obviamente era un fracaso de las finanzas privadas se rebautizó como una crisis de gasto público desbocado. Los préstamos bilaterales a los Estados periféricos de la Unión Europea no eran más que rescates encubiertos de los bancos de los países centrales «pagados» con contracciones fiscales. Aquellos que ofrecían elaborados argumentos sobre el poder expansivo del ajuste fiscal negaban lo obvio: cuando el sector privado intenta ahorrar y el sector público hace lo mismo, la economía inevitablemente se contrae y el volumen de deuda aumenta como porcentaje del PIB.

Esta fue la esencia del experimento autodestructivo de Europa con la austeridad en la década de 2010. En 2016, incluso la Comisión Europea había empezado a cambiar de tono, y cuando llegó COVID-19, los días de «hacer crecer la economía contrayéndola» parecían haber terminado. Qué equivocados estábamos.

Como John Quiggin argumentó en su momento, la austeridad es una idea zombi: no se puede matar, porque es inmune a la refutación empírica. La sabiduría de la crisis COVID -cuando la respuesta sensata era rescatar la economía ante un cierre global- se convirtió así en otra «crisis de deuda desbocada» que amenaza con llevar al Estado a la bancarrota. 

En la década de 2010, se suponía que la austeridad en la UE estabilizaría las finanzas públicas «restaurando la confianza» en el mercado de bonos. Pero recortar el gasto cuando la economía ya estaba en recesión no hizo sino agravar el problema. El miedo a la inflación debido a «todo ese gasto» se convirtió rápidamente en miedo a la deflación y a la pérdida de confianza. La austeridad en una recesión simplemente produce más recesión y desempleo. Lo sabemos desde la cancillería de Bruning en la Alemania de Weimar.

Pero, ¿qué ocurre con la austeridad en otras condiciones? Los casos actuales de EE.UU. y Argentina son interesantes a este respecto. Por su parte, EE.UU. no está cerca de la recesión. La economía va viento en popa y se enfrenta a presiones inflacionistas. Además de liberar espacio fiscal para recortes de impuestos, otra posible explicación para perseguir la austeridad en tales condiciones tiene que ver con la geopolítica y los desequilibrios globales.

Cuando Joe Biden asumió el cargo a principios de 2021, mantuvo la mayoría de los aranceles de Donald Trump y se embarcó en una senda de reindustrialización «verde». Ahora que Trump ha vuelto al poder, está aumentando aún más los aranceles para forzar ajustes en las economías exportadoras, y sustituyendo la estrategia de reindustrialización verde de Biden por un enfoque basado en los combustibles fósiles. 

Pero esto no es todo. Musk y su Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) persiguen el viejo sueño republicano (y libertario) de desmantelar el Estado administrativo moderno. Preferirían el Estado del siglo XIX, que utilizaba los aranceles para proteger la industria nacional y aumentar los ingresos públicos. La implicación es que los señores de la tecnología de Silicon Valley retomarán el papel desempeñado por los barones ladrones durante la Edad Dorada. Así pues, la austeridad se está desempolvando para una serie de propósitos totalmente nuevos.

Argentina, por el contrario, se enfrenta a una inflación permanentemente alta sin crecimiento real (ajustado a la inflación) del PIB. Más de una docena de planes de estabilización han ido y venido, y Milei ha conseguido lo que parecía imposible: una amplia coalición electoral a favor de la austeridad.

Milei debe su éxito (hasta ahora) a la política distributiva de la inflación permanente. Los peronistas perdieron su largo control sobre los pobres y la clase trabajadora porque estos son los votantes que dedican la mayor parte de sus ingresos al consumo, y el aumento de los precios erosionó constantemente su poder adquisitivo.

La coalición peronista consiguió proteger a los sindicatos de la inflación indexando los salarios en consecuencia, y las clases profesionales se protegieron con tenencias de dólares estadounidenses. Durante un tiempo, este acuerdo fue suficiente para que los peronistas ganaran las elecciones. Pero quienes carecían de estas protecciones sufrían la caída del consumo, y la pobreza aumentaba año tras año. Milei ofreció una salida. Adoptaría la austeridad, destruiría las redes peronistas, desbarataría a los intermediarios y desregularía todo. Dolería durante un tiempo, pero aplastaría la inflación y destruiría la capacidad de los infiltrados peronistas para protegerse. Su dolor sería tu ganancia. Así, la austeridad se ha convertido en una forma de política de schadenfreude, muy parecida a la guerra contra los empleados federales y otras «élites» en EEUU.

¿Funcionará? En Argentina, si de lo que se trata es de derrotar a la inflación a pesar del aumento de la pobreza, entonces sí, está funcionando. Pero sólo será electoralmente sostenible si una menor inflación conduce a una mayor inversión y a un aumento de los salarios reales. Si conduce a una pobreza cada vez mayor para los que votaron a favor, Milei perderá su base. 

En Estados Unidos, si el objetivo es desmantelar el Estado administrativo, la austeridad funcionará. Pero en un país donde el 53% de los condados -la mayoría de ellos de tendencia republicana- dependen de las transferencias del gobierno para una cuarta parte o más de sus ingresos, puede resultar contraproducente. Aun así, si los republicanos consiguen recortes fiscales por valor de 4 billones de dólares para el 10% más rico, puede que el plan merezca la pena.

La austeridad ha vuelto, pero esta vez no es sólo una mala idea. También es un arma política y una peligrosa herramienta redistributiva."

(

20.10.22

Que el secular Partido Conservador del Reino Unido haya llevado a su país al hoyo no deja de ser una de esas venganzas que la historia tiene preparadas a quien es incapaz de leer los cambios: Truss no ha hecho más que seguir aplicando el modelo Thatcher... y es que la Gran Recesión es el acontecimiento económico que dio salida al siglo XXI, una crisis de ciclo largo de la que sólo ahora empezamos a comprender los cambios de magnitud que trajo consigo... por eso el FMI, que arrasó Latinoamérica en los 90 con las mismas políticas de Truss, aconseja hoy gasto público y subidas de impuestos... ya es momento, tras una década, de asumir que ahora es la derecha la que da palos de ciego... Tras la quiebra del modelo neoliberal en el terreno de lo práctico es la derecha la que se ve incapaz y muta apresurada. ¿En qué? En Italia mezclando a un especulador corrupto con una filofascista... El timón de lo político está ausente de guía mientras que el barco deriva hacia el acantilado... la izquierda tiene todo de cara, menos ella misma, para ser quien marque de nuevo rumbo. Este es el momento y no durará mucho. Decidan (Daniel Bernabé)

Daniel Bernabé @diasasaigonados

1. Que el secular Partido Conservador del Reino Unido haya llevado a su país al hoyo no deja de ser una de esas venganzas que la historia tiene preparadas a quien es incapaz de leer los cambios: Truss no ha hecho más que seguir aplicando el modelo al que Thatcher dio salida.

2. Aplicar una brutal reducción de impuestos a los ricos solventando el agujero de varios miles de millones de libras en su financiación con una deuda que nadie ha querido comprar, poniendo en riesgo desde la estabilidad de las pensiones privadas hasta la estabilidad monetaria.

3. Truss ha jugado a que la Gran Recesión de 2008 no existió simplemente porque la ortodoxia neoliberal pareció creerse sus propias mentiras: que la fiscalidad progresiva es un freno al crecimiento, no una especulación demente que ha esquinado a la economía real.

4. Si la caída de la URSS fue el acontecimiento político que puso fin al siglo XX, la Gran Recesión es el acontecimiento económico que dio salida al siglo XXI, una crisis de ciclo largo de la que sólo ahora empezamos a comprender los cambios de magnitud que trajo consigo.

5. Vimos asaltar el Capitolio de EEUU por una ultraderecha que intentó alterar unas elecciones presidenciales, crisis de legitimidad no resueltas que han abierto la puerta para que el autoritarismo ruso se creyera con la capacidad de atacar Ucrania tras los faroles de la OTAN.

6. Lean el párrafo anterior y piensen si algo así sería posible antes del 2008. O por qué el FMI, que arrasó Latinoamérica en los 90 con las mismas políticas de Truss, aconseja hoy gasto público y subidas de impuestos. O cómo se comportó la UE con Grecia y tras el Covid.

7. Si hemos hablado mucho de una crisis de la izquierda tras la caída de la URSS, de cómo hasta la socialdemocracia se quedó sin modelo al aceptar el socioliberalismo de la tercera vía, ya es momento, tras una década, de asumir que ahora es la derecha la que da palos de ciego.

8. Tras la quiebra del modelo neoliberal en el terreno de lo práctico es la derecha la que se ve incapaz y muta apresurada. ¿En qué? En Italia mezclando a un especulador corrupto con una filofascista. Autoritarismo de los últimos días, el sálvese quien pueda modo circo romano.

9. Mientras otra derecha tira de lo que abjuró: keynesianismo de emergencia. A von der Leyen, de la CDU, el coronavirus le dejó las cosas claras: la UE no resistía sin intervencionismo. Ahora la guerra obligará a mucho más, a que la excepción se haga regla. ¿Hasta cuándo?

10. Vivimos en un mundo aún regido por la hegemonía neoliberal en el terreno cultural, donde hasta los jóvenes siguen a estrellas digitales que presumen de evadir impuestos. Un mundo poltergeist donde el insidioso fantasma del muerto nos impide ver su defunción. Eco del desastre.

11. El timón de lo político está ausente de guía mientras que el barco deriva hacia el acantilado. El autoritarismo ha nacido para mandar. Pero la izquierda tiene todo de cara, menos ella misma, para ser quien marque de nuevo rumbo. Este es el momento y no durará mucho. Decidan.

11:25 a. m. · 20 oct. 2022
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12.11.18

La próxima crisis económica está más cerca de lo que usted piensa. Pero lo que debería en verdad preocuparle es lo que viene después: en el paisaje social, político y tecnológico actual, una crisis económica prolongada, combinada con una creciente desigualdad económica, bien podría escalar y convertirse en un importante conflicto militar global

"La próxima crisis económica está más cerca de lo que usted piensa. Pero lo que debería en verdad preocuparle es lo que viene después: en el paisaje social, político y tecnológico actual, una crisis económica prolongada, combinada con una creciente desigualdad económica, bien podría escalar y convertirse en un importante conflicto militar global.

La crisis financiera global de 2008-2009 casi quebró a gobiernos y causó un colapso sistémico. Los responsables de las políticas lograron rescatar a la economía global del borde del abismo, utilizando un enorme estímulo monetario, que incluyó alivio cuantitativo y tasas de interés de casi cero (o inclusive negativas).

Pero el estímulo monetario es como una inyección de adrenalina para reanimar un corazón que dejó de latir; puede revivir al paciente, pero no hace nada para curar la enfermedad. Tratar a una economía enferma requiere reformas estructurales, que puedan cubrir todo desde los mercados financieros y laborales hasta los sistemas tributarios, los patrones de fertilidad y las políticas educativas.

Los responsables de las políticas han fracaso por completo a la hora de implementar este tipo de reformas, a pesar de que habían prometido hacerlo. Por el contrario, se han mantenido preocupados por la política. Desde Italia hasta Alemania, constituir y sostener gobiernos ahora parece llevar más tiempo que la tarea misma de gobernar. 

La falta de una reforma estructural ha implicado que el exceso de liquidez sin precedentes que los bancos centrales inyectaron en sus economías no fue asignado a sus usos más eficientes. En cambio, hizo subir los precios de los activos globales a niveles aún más altos de los que prevalecían antes de 2008.

En Estados Unidos, los precios de la vivienda hoy son 8% más altos que en el pico de la burbuja inmobiliaria en 2006, según el sitio de propiedades Zillow. El ratio precio-beneficio (CAPE), que mide si los precios del mercado bursátil están dentro de un rango razonable, hoy es más alto que en 2008 y al inicio de la Gran Depresión en 1929.

En tanto el ajuste monetario revela las vulnerabilidades en la economía real, el colapso de las burbujas de precios de activos desatará otra crisis económica –una crisis que inclusive podría ser peor que la última, porque hemos desarrollado una tolerancia a nuestros remedios macroeconómicos más fuertes-. Una década de inyecciones regulares de adrenalina, en forma de tasas de interés ultra-bajas y políticas monetarias no convencionales, ha reducido seriamente su poder para estabilizar y estimular la economía.

Si la historia sirve de guía, las consecuencias de este error podrían extenderse mucho más allá de la economía. Según Benjamin Friedman de Harvard, los períodos prolongados de aflicción económica también se han caracterizado por la antipatía pública hacia los grupos minoritarios o los países extranjeros –actitudes que pueden ayudar a fomentar los disturbios, el terrorismo o inclusive la guerra. (...)

Según una investigación realizada por el economista Thomas Piketty, un alza en la desigualdad de ingresos muchas veces es seguida por una gran crisis. La desigualdad de ingresos luego cae por un tiempo, antes de volver a subir, hasta un nuevo pico –y un nuevo desastre-. Si bien la causalidad todavía no ha sido comprobada, dada la cantidad limitada de datos, esta correlación no debería tomarse a la ligera, especialmente cuando la desigualdad de riqueza e ingresos está en niveles históricamente altos.

Esto es todavía más preocupante en vista de los muchos otros factores que avivan el malestar social y la tensión diplomática, incluida la disrupción tecnológica, una crisis migratoria sin precedentes, la ansiedad por la globalización, la polarización política y un creciente nacionalismo. Todos son síntomas de políticas fallidas que podrían resultar puntos de ruptura para una crisis futura.  (...)

En este contexto, debemos tomar en serio la posibilidad de que la próxima crisis económica pudiera llevar a una confrontación militar de gran escala. "                   (

31.10.18

La crisis… ¡fue por la gestión de los bancos! Lo más loco es que algunos banqueros empaquetaron las malas hipotecas con activos seguros y en vez de venderlos a los inversores, protegiéndose, los incluyeron en su hoja de balances...

"(...) el historiador económico Adam Tooze ha escrito (...) 'Crash, cómo una década de crisis financiera ha cambiado el mundo' (Crítica, 2018) es una obra monumental de 700 páginas que explica la crisis de 2008 y todas sus consecuencias políticas en Europa y en Estados Unidos

Tooze rechaza la tesis de que la crisis global fuera culpa exclusiva del sistema financiero de Estados Unidos y señala la irresponsabilidad de los bancos europeos. Además, se muestra muy crítico con las políticas de austeridad de los conservadores alemanes y la inacción del Banco Central Europeo. (...)


P. En el libro, dice que el 11 de septiembre fue una de las principales causas de la crisis financiera de 2008. ¿Por qué?

R. De varias maneras distintas. La primera es a través de la política monetaria. Tras el 9/11, Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal de la época, hundió la tasa de los tipos de interés. Provocó un gran impulso para la economía norteamericana, pero también una burbuja del mercado inmobiliario. Porque, al revés que en Europa, los americanos pueden financiar sus hipotecas cada vez que el tipo de interés cambia

El auge de la industria de las hipotecas es un efecto de ese 'shock', y Greenspan no entiende que así está ocasionando la crisis de las 'subprime'. 

El segundo elemento es político, por "La Guerra del Terror". Es desastroso. No solo en todo Estados Unidos, sino también dentro del partido republicano. 

La tercera es que el 9/11 cambia la percepción que tienen los países del resto del mundo hacia Estados Unidos. En 2003 una gran ola de indignación recorrió Europa por la invasión de Irak. Y esta indignación es indispensable para comprender la inocencia posterior de los europeos, que describieron la crisis como "culpa de Estados Unidos".

P. Los europeos suelen decir que la crisis de 2008 se originó en Estados Unidos. Dice que no es verdad.

R. Incluso hace un año, en el décimo aniversario de la crisis del banco francés Paribas, la Comisión Europea publicó un comunicado repitiendo su posición: "Europa se enfrentó a una crisis importada de los Estados Unidos. La Unión Europea respondió con vigor y prontitud, rescatando a Europa de su más severa crisis económica".

 Esto te haría reír, si no fuera porque es amargamente irónico. La crisis tuvo lugar en Europa y, por supuesto, las instituciones europeas respondieron muy mal. Hay una gran percepción de la inocencia europea, que no concuerda con la realidad de la situación: los bancos europeos tuvieron una profunda relación con la crisis norteamericana. De hecho, proporcionalmente hablando, la gran inflación del crédito de los bancos europeos fue mucho más grande que en Estados Unidos

 Las burbujas inmobiliarias española e irlandesa fueron proporcionalmente el doble de grandes que la que hubo en Estados Unidos. España es del tamaño de Texas. España no es un pequeño trozo de una ecuación económica. Todo lo contrario. Si Texas hubiese sufrido la crisis que sufrió España en la eurozona, la política de EEUU sería muy diferente de la que es hoy.

P. En España, cuando explotó la burbuja inmobiliaria, se dijo que la clase trabajadora había vivido por encima de sus posibilidades. ¿Usted qué opina?

R. Es interesante escuchar eso, no sabía que fuera un discurso específico en España. También ocurre en Estados Unidos, pero con elementos racistas: muchos se preguntan por qué africanoamericanos y latinos han tenido tanto acceso al crédito. La respuesta se encuentra en los subsidios de hipotecas públicos, realizados a través de Fanni Mae y Freddy Mae. 

No se puede negar que hay un elemento de verdad: hacen falta dos personas para bailar al tango. Los bancos no prestan a gente que no quiere préstamos. Sin embargo, sabemos que los bancos emitieron préstamos de forma agresiva a personas vulnerables ofreciendo malas hipotecas. Eso está probado. Es un hecho.

P. Apunta que muchas de esas hipotecas que provocaron la burbuja eran de clases medias o altas.

R. Si miras a EEUU en 2007, más del 30% de las hipotecas eran de segunda, tercera o cuarta hipoteca. Incluso había estados donde llegaba al 45%. Había una gran especulación. Mucha gente veía el capitalismo como una forma de hacerse rico, de construir su pequeño imperio de propiedades. Esto no tenía por qué ser la clase trabajadora. Si tienes varias hipotecas, por lo menos eres un especulador de clase media.

P. ¿Qué repercusión tuvo 'el boom inmobiliario' en la crisis global de 2008?

R. Por supuesto afectó a la crisis, ¡pero no la produjo! Provocó la burbuja inmobiliaria y su posterior estallido. La crisis… ¡fue por la gestión de los bancos! Una crisis de ese tamaño no se produce sin el sector financiero tan implicado. 

Lo más loco es que algunos banqueros empaquetaron las malas hipotecas con activos seguros y en vez de venderlos a los inversores, protegiéndose, los incluyeron en su hoja de balances. Estas las financiaban con acceso a dinero continuo del mercado interbancario. ¡Esto es lo que creó la crisis de 2008! (...)"                                          (Entrevista a Adam Tooze, Carlos Barragán, El Confidencial, 14/10/18)

26.9.18

¿Qué desencadenará el próximo crash? ¿Los 13,2 billones de deuda que los hogares de Estados Unidos acumulan? ¿Los 1,5 billones de deuda en préstamos universitarios insostenibles? ¿Los miles de millones que Wall Street ha invertido en la industria del fracking para perder, más allá de lo que ha logrado generar, 280 mil millones de dólares? Quién sabe. Lo cierto es que el crash financiero que proviene de aquel que ya tuvo lugar en 2008 es inevitable. Y esta vez, con tipos de interés próximos a cero, las élites no tienen un plan de escape. La estructura financiera se desintegrará.

"Durante la crisis financiera de 2008, los bancos centrales del mundo, incluida la Reserva Federal, inyectaron billones de dólares fabricados ex-profeso para que circulasen por el sistema financiero global. Hoy, este descomunal suministro de dinero ha creado una deuda mundial de 325 billones de dólares, más de tres veces el PIB mundial. 

El dinero fabricado fue a parar a bancos y empresas, que lo prestaron a depredadores tipos de interés, y lo emplearon para seguir generando intereses sobre deudas impagables, o para recomprar acciones, lo que en la práctica supuso una compensación millonaria para las élites. Esta creación de dinero no fue invertida en la economía real. 

Los productos no llegaron a fabricarse ni venderse. Los trabajadores no fueron reinsertados en la clase media con ingresos sostenibles, protección social o pensiones. Los proyectos en infraestructuras no se llevaron a cabo. El dinero fabricado infló la escandalosa burbuja financiera construida sobre deuda y ocultó un sistema financiero enfermo destinado al colapso.

¿Qué desencadenará el próximo crash? ¿Los 13,2 billones de deuda que los hogares de Estados Unidos acumulan? ¿Los 1,5 billones de deuda en préstamos universitarios insostenibles? ¿Los miles de millones que Wall Street ha invertido en la industria del fracking para perder, más allá de lo que ha logrado generar, 280 mil millones de dólares? Quién sabe. Lo cierto es que el crash financiero que proviene de aquel que ya tuvo lugar en 2008 es inevitable. Y esta vez, con tipos de interés próximos a cero, las élites no tienen un plan de escape. La estructura financiera se desintegrará.

 La economía mundial se adentrará en una espiral de muerte. La rabia de una población traicionada y empobrecida empoderará, me temo, a la derecha más demagoga, que prometerá venganza contra las élites mundiales, la renovación moral o aquella aspiración mítica de una edad de oro en la que inmigrantes, mujeres y personas de color tengan su sitio.

La crisis financiera de 2008, tal y como Nomi Prins señaló, “convirtió a los bancos centrales en una nueva clase de súper brokers”. Saquearon el tesoro nacional y amasaron billones para terminar siendo económica y políticamente omnipotentes.

 En su libro: ‘Complot: cómo los bancos centrales manipularon el mundo’, nos cuenta que los principales bancos centrales e instituciones financieras manipularon fraudulentamente los mercados y emplearon el dinero fabricado, o como ella dice, ‘el dinero falso’, para inflar en el corto plazo los beneficios de los activos vinculados a la burbuja, al mismo tiempo que todo aquello nos conducía a un peligrosísimo precipicio financiero.  (...)"                       (El Captor, 23/09/18Artículo de Chris Hedges publicado originalmente en inglés en Truthdig)

12.9.18

"¿La Globalización? Una mierda"; "Una multinacional que quiera cerrar la fábrica, cierra"; "Cerrarán por mucho que te llames Macron, Le Pen o Perico de los Palotes"... dice Chantrelle, del sindicato CFDT. Trump supo vincular los agravios de millones de votantes blancos de clase trabajadora por la deslocalización industrial, con el fantasma de llegada de millones de inmigrantes que amenazaban la identidad estadounidense

 "(...) En mismo aparcamiento y en el mismo lugar donde estas personas almuerzan, los dos bandos de la batalla ideológica que llevaba años gestándose —batalla que se aceleró con la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008 y la posterior crisis económica y financiera— acabaron colisionando en la mañana del 26 de abril de 2017. 

Francia estaba en campaña electoral. En un espacio de menos de dos horas, sin coincidir cara a cara en ningún momento, los dos candidatos a presidir Francia confrontaron sus visiones antagónicas sobre Francia, Europa y el mundo.  (...)

Que algunos sindicalistas aplaudiesen a Le Pen y muchos más abucheasen a Macron era un signo. Los moderados habían perdido desde hacía tiempo a la clase trabajadora: en Estados Unidos, en Reino Unido, en Italia o en Francia, los extremos —la ultraderecha aderezada con los hábitos de un nuevo populismo antielitista, antieuropeo, antinmigrantes y antiglobalización— avanzaban posiciones, ganaban elecciones. 

El Frente Nacional de Le Pen se proclamaban "el primer partido obrero de Francia". (...)

Mudde distingue entre los populismos de izquierdas, en los que el nacionalismo y el racismo no tiene ningún papel y entre los que cita al partido español Podemos y al griego Syriza, del nacionalismo de la derecha radical, "que combina nativismo, autoritarismo y populismo". 

 "Para estos, el factor cultural es más importante que la ansiedad económica", dice. Es decir, las victorias de Trump en 2016 o del Brexit —la salida de Reino Unido de la Unión Europea, decidida en un referéndum el mismo año— se explicarían más por el miedo identitario —el miedo al inmigrante, el miedo de la mayoría a dejar de serlo, a la decadencia de la propia cultura— que por la crisis económica.

En la campaña electoral, Trump supo vincular los agravios de millones de votantes blancos de clase trabajadora por la deslocalización industrial, con el fantasma de llegada de millones de inmigrantes que amenazaban la identidad estadounidense. 

La nostalgia de un pasado idealizado y puro es el refugio ante un presente de desigualdades crecientes y estancamiento del poder adquisitivo. En realidad, subraya Mudde, "muchas personas combinan los argumentos económicos e identitarios en sus sentimientos antinmigrantes".

El politólogo Dominique Reynié, director general del laboratorio de ideas Fondapol, en París, habla de "populismo patrimonial". Este populismo alimenta del temor de los votantes a perder el patrimonio material (los ahorros, la protección del estado del bienestar) y el patrimonio cultural (la identidad, la nación). 

Reynié se remonta a los años noventa, tras la caída del bloque soviético y la aceleración de la globalización, como primer momento de este populismo moderno, que se refuerza tras los atentados de 2001 y a lo largo de eta década.(...)"                  (Marc Bassets, El País, 09/09/18)


 "(...) François Heisbourg, presidente del laboratorio de ideas Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, ve un impacto directo y otro indirecto de a crisis de 2008 en las relaciones internacionales. 

El impacto directo es la aceleración del acenso de China como potencia económica y geopolítica.

El impacto indirecto, añade Heisbourg, es "el enfrentamiento de la opinión pública, en los países afectados por la crisis, contra las élites económicas y políticas", y esto altera el orden internacional. "Las élites se identificaban con la mundialización occidental y con el multilateralismo estratégico que giraba en torno a Occidente. 

Y es contra todo esto contra lo que se vuelve el populismo, y se acerca a quienes pretenden, en Rusia o en China, presentar un contramodelo", explica. "La consecuencia es la deriva unilateralistas y, en cierta medida, aislacionista de Estados Unidos". El mundo post-crisis es menos occidental que el anterior y los modelos autoritarios —a fin de cuentas fueron las democracias las que fallaron con la crisis y sus partidos tradicionales, socialdemócratas y democristianos, hoy en declive en muchos países— han recobrado prestigio.

 "No se trata sólo la aparición de China como rival estratégico de Estados Unidos", concluye Heisbourg, "sino de la transformación de la manera como el mundo funciona estratégicamente"..(...)"         (Marc Bassets, El País, 09/09/18)


"(...) ¿La globalización? En la antigua fábrica de Whirlpool, los veteranos trabajadores Frédéric Chantrelle y François Gorlia, ofrecen una respuesta tenebrista. 

"Una mierda", dice Chantrelle, del sindicato CFDT, y ambos se ríen. "Cuando vemos las fábricas que han cerrado, esto es el desierto". "Antes, esto era una zona industrial", lamenta Gorlia, de la CGT. "Un día habrá una revolución...", continúa Chantrelle.

 ¿Y la UE? "Estamos asqueados de ver cómo grandes empresas se largan a otros países europeos para obtener beneficios, cuando podían hacerlos en Amiens", responde Chantrelle. El 31 de mayo Whirlpool cerró. Chantrelle y Gorlia cuentan que, durante el verano, los camiones se llevaron a Lodz la maquinaria para fabricar secadoras.

 De los 287 despedidos, la nueva propietaria, la empresa local WN, ha vuelto a contratar a 170. En los buenos tiempos, Whirlpool llegó a tener 1.200 trabajadores en Amiens.

Ambos sindicalistas estaban en la fábrica el día que Macron y Le Pen. Ni uno ni el otro votaron. Dicen que no creen en los políticos. Y esta es otra consecuencia de la Gran Recesión: la desconfianza en la capacidad de los poderes públicos para resolver los problemas de los ciudadanos. "Una multinacional que quiera cerrar la fábrica, cierra", dice Chantrelle. "Cerrarán por mucho que te llames Macron, Le Pen o Perico de los Palotes".                  (Marc Bassets, El País, 09/09/18)


"(...) El boom de la vivienda en EE UU comenzó a mediados de los años 1990. 

Los requisitos para obtener una hipoteca era muy bajos y emergieron productos financieros que permitían conceder créditos a personas que no tenían los ingresos suficientes para devolver los préstamos.Inicialmente se les cargaba un tipo de interés muy bajo. Esa demanda contribuyó a elevar el precio de los inmuebles.

Las firmas hipotecarias buscando liquidez para alimentar la compra de vivienda, vendieron esos préstamos a los bancos de inversión. Estas firmas mezclaron la deuda solvente e insolvente en paquetes que se ofrecieron a los inversores con la máxima nota crediticia, cuando no debían tenerla. Para protegerse de futuras pérdidas, se crearon seguros para esas inversiones. Nadie esperaba que la fiesta terminara.

Hasta que los primeros compradores empezaron a faltar en masa a sus obligaciones y las aseguradoras como AIG quedaron al descubierto. Solo dos días después de la quiebra de Lehman, se produjo su rescate para evitar que todo el sistema cayera por el precipicio, Merrill Lynch fue vendido a Bank of America y Goldman Sachs y Morgan Stanley pasaron a ser bancos comerciales para recibir la asistencia de la Fed.

La cascada que comenzó en EE UU metió a los bancos centrales y gobiernos de todo el mundo en una carrera a la desesperada por rescatar a los grandes titanes de la industria. Se improvisaron sobre la marcha nuevas herramientas a ambos lados del Atlántico para sostener a la industria y sanear sus balances.  (...)

 La industria financiera fue sancionada con 321.000 millones de dólares por los abusos que llevaron a la crisis. En paralelo se adoptaron nuevas normas para contener el poder de Wall Street. Pese a ello, el sistema sigue estando controlado por un pequeño grupo de bancos de inversión que lideran JPMorgan, Citigroup, Goldman Sachs y Morgan Stanley. (...)"             (Sandro Pozzi, El País, 09/09/18)

10.9.18

Hace 10 años de lo de Lehman Brothers. La imagen de este momento no es la de un banquero tirándose por la ventana, como en 1929, sino la del suicido de un pensionista griego abocado a la miseria, y el de los banqueros forrados con dinero público. Por lo demás, nada ha cambiado... "El sistema financiero actual es tan peligroso y frágil como el que llevó a la crisis", asegura Martin Hellwig, del Max Planck Institute...

"Se cumplen 10 años del peor momento de la Gran Recesión: en la única circunstancia en la que el sistema aplicó de veras su máxima, que cada palo aguante su vela, el Tesoro de Estados Unidos y la Reserva Federal dejaron caer a Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión norteamericano. A partir de ese momento todo pareció posible. 

La destrucción tuvo muy poco de creativa cuando el miedo se convirtió en pánico y la capacidad autodestructiva de las finanzas sacudió el corazón del sistema, Wall Street, y amenazó con llevárselo todo, absolutamente todo, por delante. 

El 15-S de 2008 ha sido, poco más o menos, nuestra versión del crack de1929; sus consecuencias siguen con nosotros y, de muchas maneras, marcarán para siempre nuestras vidas. (...)

Cada calamidad económica deja una imagen impactante: en 1929 sí saltaron al vacío los ejecutivos desde sus despachos; en esta crisis, en cambio, los banqueros de las entidades quebradas se han llevado suculentas indemnizaciones y el suicidio más sonoro fue muy diferente: el de un pensionista griego abocado a la miseria.  (...)

La Gran Recesión puede leerse como un fracaso devastador del libre mercado, y aun así casi nada ha cambiado: Wall Street sigue siendo "densidad, inmensidad, complejidad", los mismos viejos vicios de la economía siguen vigentes y, en todo caso, la crisis ha sido un extraordinario catalizador para uno de las grandes preocupaciones de estos tiempos, el auge imparable del populismo. 

Quizá la quiebra, en fin, haya llegado en la aparentemente indestructible democracia liberal, que durante tantas décadas protagonizó un supuesto fin de la historia y pareció inseparable del capitalismo. (...)

No había en el mundo banqueros más arrogantes y despiadados que los de Lehman Brothers: de ahí la potencia visual de esas imágenes, esa cola de jóvenes financieros cabizbajos llevándose sus pertenencias en cajas de cartón.

 Ese 15-S se abrió la caja de Pandora: "Estuvimos extremadamente cerca de un colapso financiero global", ha escrito Ben Bernanke, expresidente de la Fed (el banco central estadounidense) y una de las personalidades fundamentales en la gestión de aquel caos. 

La respuesta fue, básicamente, no volver a dejar caer a nadie más: "Si no se afloja la pasta, todo podría irse al infierno", advirtió el 24 de septiembre, apenas nueve días después, un cariacontecido George W. Bush, supuesto apóstol del libre mercado y a la sazón presidente de los Estados Unidos.

(...)  el gigante asegurador American International Group (AIG) fue nacionalizado; Merrill Lynch, el corredor de Bolsa más famoso de EE UU, evitó el colapso vendiéndose a sí mismo a Bank of America (con montones de dinero público, cómo no, de por medio); Goldman Sachs y Morgan Stanley, los supuestos amos del universo, se convirtieron en bancos regulados por la Fed para poder acceder a las garantías públicas; el pánico alcanzó el mercado de fondos monetarios, con una fuga de capitales que precipitó la congelación del mercado interbancario internacional; la caja de ahorros más grande de Estados Unidos, Washington Mutual, y el cuarto banco más grande del país, Wachovia, se estrellaron envueltos en llamas y fueron adquiridos por una miseria por el Estado; el secretario del Tesoro, Hank Paulson se puso –literalmente— de rodillas ante el Congreso para activar un bazuka de 700.000 millones de dólares, al que le siguieron estímulos fiscales y fuertes inyecciones de dinero público en la banca en todo el mundo. Nadie había visto nada parecido. 

Aquel trimestre del diablo, el último de 2008, estuvo plagado de nacionalizaciones bancarias practicadas en EE UU por un Gobierno (el de Bush) plagado de políticos e ideólogos neocons, enemigos acérrimos de la regulación y de la presencia del sector público en la economía.

 Lo mismo hizo la Europa de Angela Merkel, que después de salvar a los bancos y tras un breve interludio de keynesianismo decretó recortes y austeridad a una Europa en la que estuvo a punto de reventar el euro tras una gestión de la crisis insuperablemente mediocre.

 A algunos rincones, como España, la crisis llegó con retraso: la burbuja inmobiliaria explotó a cámara lenta, pero se llevó por delante la mitad del sistema financiero, obligó a pedir un rescate y dejó a la economía española en medio de una crisis oceánica –no solo económica— de la que solo ahora saca la cabeza, y a duras penas. 

(...)  una superburbuja de casi 60 años hinchada a base de crédito, de deuda, en la que cada vez que el sistema financiero se metía en problemas aparecían los bancos centrales con nuevas fórmulas para estimular la economía. Esa superburbuja se le acabó escapando de las manos al sistema cuando las innovaciones financieras –subprime, derivados, CDO, CDS y demás jerga imposible— se complicaron tanto que las autoridades ya no parecían capaces de calcular los riesgos de los propios bancos.

"Que el señor bendiga este puto timo", decía un correo electrónico de un ejecutivo de Standard & Poor's destapado en una investigación del Congreso de EE UU para describir esas prácticas. Porque el timo fue colosal: como en una versión moderna de aquel cuento infantil, los grandes bancos se dedicaron a amasar enormes cantidades de paja (préstamos hipotecarios de alto riesgo suscritos por pobres, inmigrantes y desempleados), la tejían en una rueca algorítmica e industrial y acababan convirtiéndola en oro (títulos financieros con la máxima calificación de solvencia), según describe Matt Taibi en Cleptopía.

 Para ello empleaban una técnica supuestamente prodigiosa denominada titulización, que permitía –y permite: nada ha cambiado— hacerse con hipotecas basura y convertirlas por arte de magia en inversiones aparentemente tan seguras como la deuda de Microsoft o los bonos alemanes, pero más lucrativos que ambos.

Hasta que un día esa magia se esfumó. A partir de septiembre de 2008, todo lo que podía ir mal fue mal porque, al cabo, "el sistema financiero está plagado de dogmas falsos, malentendidos e ideas equivocadas: los mercados, dejados a su aire, no tienden al equilibrio sino a hinchar burbujas", ha dejado dicho George Soros, unos de los más grandes especuladores de los últimos siglos.

 "La relación incestuosa entre las autoridades y sus bancos acabó explotando", apunta Soros en La tormenta financiera. El resultado fue la crisis más grave desde la II Guerra Mundial. (...)

Y la música dejó de sonar de sopetón, por sorpresa, sin que prácticamente ningún economista viera venir el silencio (hasta el punto que se hizo célebre la pregunta de la Reina de Inglaterra a la flor y nata de la profesión: "¿Por qué nadie lo vio venir?").

 El despertador no sonó verdaderamente hasta el 9 de agosto de 2007, cuando BNP Paribas, un enorme banco francés, prohibió la retirada de capital de tres de sus fondos que habían invertido en subprime, las hoy día celebérrimas hipotecas basura estadounidenses.

 Una vez sembrada la duda, el mercado inmobiliario norteamericano inició un desplome a cámara lenta: empezó a bajar la marea, y con ella empezó a verse quién había estado nadando desnudo, según la feliz imagen del inversor Warren Buffett para describir ese lío.

Tras los fondos de BNP, ese rey desnudo resultó ser Bear Stearns, un banco de inversión de EE UU. Los mercados empezaron a oler sangre, a buscar al antílope más lento, y Bear Stearns, empezó a experimentar problemas de liquidez en marzo de aquel fatídico 2008. 

Lo siguiente fue pura profecía autocumplida: cuando los mercados creen que algo va a suceder, acaba sucediendo indefectiblemente. Bear hizo aguas en apenas unos días. La Reserva Federal buscó un comprador, J.P. Morgan, y accedió a hacerse cargo de casi 30.000 millones en activos tóxicos: un rescate en toda regla que despertó las iras de los ayatolás del riesgo moral. Ese rescate fue tildado de "socialismo" por los republicanos estadounidenses, que ni siquiera imaginaban lo que estaba a punto de llegar.

 Tras Bear Stearns, el Tesoro tuvo que gastar miles de millones en Fannie Mae y Freddie Mac: "Lo más importante era salvarles el culo", ha escrito Hank Paulson en sus poéticas memorias. Y, por fin, la siguiente víctima: Lehman. El apocalipsis casis siempre defrauda a sus profetas, pero la lluvia radiactiva provocada por la bancarrota de Lehman fue infinitamente peor de lo que se preveía: tras intentar vender la entidad a un banco coreano y a Bank of America, el Gobierno estadounidense y la cúpula de Lehman iniciaron un interminable romance con el grupo británico Barclays. 

Al final, esa boda se fue al traste porque el Tesoro estadounidense decidió no acudir al rescate con dinero público: en medio de una crisis, un banco solo suele comprar otro banco si el Gobierno de turno saca la chequera, como los españoles pudieron comprobar con el Popular. 

En el caso de Lehman, hubieran hecho falta apenas 50.000 o 60.000 millones para evitar la bancarrota, según los cálculos de por aquel entonces de un ejecutivo español de Lehman que después fue ministro y hasta banquero central europeo.

Pero no: no hubo rescate de Lehman. Por el dichoso riesgo moral. Porque se suponía que ese banco estaba menos interconectado al sistema financiero internacional que otras entidades. Y porque seis meses después de Bear también se suponía (el condicional es casi siempre una pulcra maniobra de distracción cuanto se trata de bancos) que los mercados "habían tenido tiempo suficiente para prepararse", según aseguró Bernanke ante el Congreso de EE UU.

El error de cálculo fue mayúsculo. El mercado se había hecho a la idea de que nadie iba a quebrar: los inversores creían que los Estados no iban a permitirlo. Ese relato se hizo añicos con Lehman Brothers. Pero el citado que cada palo aguante su vela duró apenas unas horas: los rescates volvieron prácticamente de inmediato. Dio igual; para entonces, la confianza ya se había deshecho como un azucarillo.

 El resto es historia: al margen de las consecuencias en EE UU, la crisis se hizo global con Lehman. El caos no se limitó a Estados Unidos. Al poco llegaron Fortis, Dexia, Hypo, los bancos irlandeses, Islandia entera: los Gobiernos, por necesidad, intervinieron de la única forma posible para minimizar los daños inmediatos garantizando de forma efectiva todo el riesgo. 

Los más débiles quebraron. En la eurozona, aún hoy mal equipada para las crisis, los socios del euro se vieron obligados a rescatar a media docena de Estados arrastrados por su sistema financiero (salvo en el caso griego, la única crisis fiscal de campeonato que no fue provocada por la banca sino por un déficit jupiterino maquillado durante lustros).

La tormenta perfecta duró hasta bien entrado octubre de 2008: hasta que los ministros de Finanzas del G7 y el G20 formularon un compromiso inequívoco para impedir la quiebra de las instituciones financieras sistémicas. No más Lehmans, fue la consigna: en última instancia, a pesar del triunfo de los apóstoles del libre mercado, solo la intervención decisiva y globalmente coordinada de los Gobiernos y los bancos centrales detuvo el pánico.

 A pesar de eso, los paradigmas han cambiado poco o nada en las procelosas aguas de la política económica: los sintagmas mágicas preferidos por las autoridades en Europa eran y son austeridad expansiva (sea lo que sea eso) y reformas estructurales. Los estadounidenses leyeron mejor a Keynes y política fiscal y fueron más audaces con la política monetaria. Europa sufrió mucho más: el BCE llegó tarde y Berlín impuso una camisa de fuerza fiscal que ha alargado mucho la crisis. (...)

Fue una crisis de mil caras: financiera, económica, social, de deuda, estadounidense, europea, de empleo, política, migratoria, de todo tipo. Para detenerla, los líderes mundiales prometieron poco menos que una refundación del capitalismo; la prioridad era embridar el sistema financiero. (...)

No hubo tal refundación: "El sistema financiero actual es tan peligroso y frágil como el que llevó a la crisis", asegura Martin Hellwig, del Max Planck Institute.

 Y nadie supo ponerle el cascabel al gato: el lobby financiero (con 2.000 expertos en Washington y casi 1.500 en Bruselas, nada menos) ha impedido reformar de veras las finanzas. Los rescates eran la estrategia correcta a corto plazo y la estrategia equivocada a largo plazo: Estados Unidos y Europa han intentado reforzar los colchones de liquidez y capital, y han tratado de que la banca pague por sus desmanes, pero el resultado final es limitado; desesperanzador. No ha habido auténtica reforma  (...)

"La banca internacional está insuficientemente capitalizada y excesivamente endeudada. Los banqueros siguen cobrando bonus enormes e injustificados. Los bancos centrales les siguen otorgando grandes sumas de dinero a bajos tipos de interés.

 El contribuyente sigue siendo el accionista de último recurso de los bancos", denuncia John Kay en El dinero de los demás, un libro imprescindible en el que justifica "la ira ciudadana contra los banqueros y los políticos que les han protegido" y vaticina "otra gran crisis financiera, porque nada ha cambiado".   (...)

El modelo de negocio de Lehman era exactamente igual que el de la gran banca actual: emplear tan pocos recursos propios como se pueda; invertir en activos de alto riesgo; prometer una alta rentabilidad sobre recursos propios no ajustada al riesgo; vincular los salarios a los beneficios a corto plazo; asegurarse de que el contribuyente pagará la cuenta en caso de catástrofe; enriquecerse rápidamente y todo lo que se pueda. Ese es el maravilloso negocio de los banqueros.

La solución parece clara: más capital y recursos propios, más liquidez, más control de riesgos, más supervisión, mejor regulación. Los economistas coinciden al respecto. Pero no hay forma de ponerle el dichoso cascabel al gato: "La capacidad del sistema financiero para generar complejidad y fragilidad sobrepasa cualquier extremo en cuanto a su alcance, escala y velocidad. 

Las explosiones y burbujas son formidables en los buenos tiempos (excesiva confianza, que termina en créditos y deudas abultadísimos junto a comportamientos turbios o abiertamente ilegales) e implosiones en los malos (pánicos, hundimientos del crédito, búsquedas de cabezas de turco). 

No creo que haya peligro inminente, pero me siento incómodo: la regulación financiera no se ha reforzado lo suficiente y la próxima crisis está esperando, inquietante, en algún lugar", advierte Paul De Grauwe, de la London School. (...)

Algunos de los grandes villanos de estas crisis fueron los máximos responsables de los bancos involucrados. James Cayne, de Bear Stearns, era "un ejecutivo indolente y fumador de marihuana que prestaba más atención al bridge que a su banco" (Y la música paró, genial libro de Alan Blinder, de Princeton). Y Dick Fuld, el máximo responsable de Lehman, era "un hombre intensamente competitivo y enjuto, con ojos hundidos y temperamento inestable" (El valor de actuar, de Bernanke).  (...)"                  (Claudi Pérez, El País, 09/09/18)

7.9.18

En Italia se cayó un puente. El ministro del Interior italiano se atrevió a murmurar que la condenada política de austeridad impuesta por Alemania en la UE “nos impide dedicar el dinero necesario a la seguridad de nuestras autopistas”. La respuesta de Bruselas fue decir que eso era “populismo”... No lo es, italia invierte más en sus autopistas que Alemania, sucede que todos los puentes, alemanes o italianos... europeos, están hechos un asco por la política de austeridad y por las privatizaciones

"En Italia se cayó un puente. El ministro del Interior italiano se atrevió a murmurar que la condenada política de austeridad impuesta por Alemania en la UE “nos impide dedicar el dinero necesario a la seguridad de nuestras autopistas”. La respuesta de Bruselas fue decir que eso era “populismo”, que la culpa es de la mala administración de los manirrotos italianos. Ojalá fuera así. 

Según datos de la OCDE Italia se gastó (en 2015) 14.000 millones en su red viaria de 7.000 kilómetros. Alemania, que tiene una red de autopistas casi dos veces mayor que la italiana (13.000 kilómetros) se gastó ese mismo año 11.600 millones. 

Es decir, Italia invierte más que Alemania en ese terreno. Que los puentes alemanes están hechos un asco lo reconoce hasta el Frankfurter Allgemeine Zeitung, principal órgano escrito del establishment alemán de piñón fijo. Y no solo los puentes, también las vías férreas, el sistema de señalizaciones alemán, etc., etc. están en gran parte decrépitos.

No es un problema italiano ni alemán. Es un problema europeo que es resultado directo de la política de reducir el gasto público y privatizar, aplicada desde hace años. En Francia el descarrilamiento de Brétigny de julio de 2013 fue un claro síntoma. 

Toda la infraestructura ferroviaria, excepto la de alta velocidad, está dejada. La última huelga de los ferroviarios franceses tuvo que ver también con la línea de Macron prosiguiendo esa decadencia inducida a favor del transporte por carretera y de las privatizaciones. 

Accidentes similares relacionados con el abandono han tenido lugar igualmente en Inglaterra y en Bélgica. En Italia se han hundido once puentes en los últimos cinco años. La reducción de las inversiones en mantenimiento de infraestructuras son claras, especialmente a partir de 2011 bajo el gobierno de San Mario Monti. Pero ni siquiera es un problema de la UE.

Los informes de la American Society of Civil Engineers (ASCE) revelan desde hace años el catastrófico estado de abandono de las infraestructuras públicas en Estados Unidos; no solo aeropuertos, puentes, vías férreas, carreteras, canales y puertos, sino también suministros de agua, escuelas, etc. Es, como suele decirse, un “problema sistémico”. 

Hace muchos años que los ricos lograron condiciones para repartir menos y dedicar más a su propio engorde: véase la evolución rampante de las grandes fortunas y la concentración cada vez más desigual de las rentas en los países ricos. 

Todo esto sería del dominio público si no fuera por nuestros medios de comunicación estructuralmente corruptos, por la sencilla razón de que forman parte de ese problema y de esa política: en su inmensa mayoría pertenecen a magnates y grandes grupos económicos y naturalmente son fervientes seguidores del culto neoliberal. (...)"                             (Rafael Poch, 05/09/18)

26.2.18

La participación en el empleo de los adultos en edad de trabajar ha disminuido considerablemente en Inglaterra y Estados Unidos

"(...) Sí, se supone que se está cerca del 'pleno empleo' ahora en los EEUU y el Reino Unido, etc. Sin embargo, la participación en el empleo de los adultos en edad de trabajar ha disminuido considerablemente. Eso es porque las poblaciones están envejeciendo y los 'baby boomers' que comenzaron trabajaban en las décadas de 1960 y 1970 están jubilándose y no están siendo reemplazados.

Lo que los economistas de la Fed quieren decirnos es que la Larga Depresión no es sólo los restos de la Gran Recesión, sino que refleja una cierta desaceleración subyacente profundamente arraigada en el dinamismo de la economía de Estados Unidos que no se va a corregir con las actuales pequeñas mejoras económicas. La economía de Estados Unidos, básicamente, está creciendo más lentamente a largo plazo.

Lo que los economistas de la Fed no explican es por qué la economía de Estados Unidos ha desacelerado el crecimiento de la productividad y la innovación desde el año 2000. Lo que falta en el análisis es la causa que impulsa la adopción de nuevas técnicas y equipos de ahorro para ahorrar mano de obra. Gordon y otros se limitan a aceptar la desaceleración actual como un 'retorno a la normalidad' después de la década excepcional de 1990.

Lo que falta es el motor de la inversión en el capitalismo: la rentabilidad. Los estudios marxistas que se centran en este aspecto revelan que la rentabilidad del capital estadounidense y las nuevas inversiones alcanzaron su punto máximo alrededor de 1997 y luego cayeron. Fue esta caída de rentabilidad la que finalmente provocó el colapso de la burbuja dot.com en el 2000.

 La posterior recuperación de la rentabilidad no logró superar los niveles de 1997, y de hecho el crecimiento de los beneficios de las empresas se ha limitado principalmente al sector financiero y cada vez más a un pequeño sector de grandes compañías.

 La rentabilidad media se mantuvo estable o incluso bajo y el crecimiento de las ganancias fue principalmente ficticio (''ganancias de capital” en los mercados de bienes raíces, bonos y acciones) y alimentado por bajas tasas de interés y crédito fácil. Ese castillo de naipes se derrumbó en la Gran Recesión.

 La rentabilidad alcanzó su punto máximo a finales de 1990 en los EEUU (y en otras partes, para el caso) debido a que las contratendencias a la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia de Marx (con el aumento de la tasa de explotación en el período neoliberal) y el crecimiento del empleo para impulsar la creación de nuevo valor globalmente ya no eran suficientes para superar una creciente composición orgánica del capital desde el boom de la tecnología de la década de 1990.

En contraste con este escenario, los keynesianos / poskeynesianos han estado defendiendo una explicación diferente de la caída de la inversión productiva desde 2000 - es el aumento del 'poder de los monopolios'. 

Ha habido varios estudios que lo analizan en los últimos años. Ahora, un nuevo papel de los economistas keynesianos de la Universidad de Brown pretende hacer lo mismo. Gauti Eggertsson, Ella Getz Wold etc afirman que el rompecabezas del enorme aumento en los beneficios de las principales compañías estadounidenses en paralelo al frenazo de la inversión en sectores productivos se explica por un aumento del poder de monopolio y la caída de las tasas de interés.

Los economistas de la Universidad de Brown sostienen que un aumento del poder de mercado de las empresas conduce a un aumento de las rentas monopolistas; lo que no es sino jerga económica para decir que las ganancias están por encima de las condiciones competitivas del mercado-y por tanto resultan en un aumento en el valor de mercado de las acciones (que poseen los derechos de estas rentas). 

Esto conduce a un aumento de la riqueza financiera y de lo que se conoce como la Q de Tobin, la relación entre el valor financiero de una empresa (capitalización bursátil) y el valor de sus activos (valor contable).

 Con el aumento del poder de mercado, la proporción del ingreso generado por meras rentas aumenta, mientras que las del trabajo y el capital disminuyen. Por último, el mayor poder de monopolio de las empresas les lleva a restringir la producción. Al limitar su producción, las empresas disminuyen su inversión en capital productivo, aun a pesar de las bajas tasas de interés.

 De hecho, la rentabilidad media se redujo en los sectores productivos no financieros de la economía, que es probablemente la razón por la que la brecha que se desarrolló entre la rentabilidad total, incluyendo las ganancias financieras (que se dispararon entre 2002 y 2007), y la inversión neta en los sectores productivos. 

El aumento sustancial de los beneficios empresariales (sí, concentrados principalmente en los bancos y las grandes empresas de tecnología) era cada vez más ficticio, basada en el aumento de los precios del mercado de acciones y bonos y las bajas tasas de interés. El aumento de capital ficticio y las ganancias parecen ser el factor clave después del fin del boom de las dot.com y el pinchazo de esta burbuja en el 2000. (...)  

La Larga Depresión es el producto de la baja inversión y bajo crecimiento de la productividad, que a su vez es un producto de una menor rentabilidad de la inversión en los sectores productivos y un cambio hacia la especulación financiera improductiva (y sí, en parte, producto del poder oligopólico que apoya a los grandes a costa de los pequeños)."               (Michael Roberts , Sin Permiso ,17/02/2018)

26.1.18

Los salarios ya no desempeñan el papel redistributivo crucial que han cumplido durante décadas La relación “empleos-productividad-ingresos” ha quebrado. Este cambio de paradigma ha llevado a la erosión de la clase media occidental y al ascenso del precariado... y del fascismo

"Los datos macroeconómicos de las economías avanzadas pueden ser desconcertantes. Consideremos, por ejemplo, los salarios y el desempleo. En Estados Unidos y muchos países europeos, el salario medio se ha estancado, a pesar de que muchas de estas economías se han recuperado de la crisis financiera de 2008.

 Es más, el incremento del empleo no ha conducido a una desaceleración o reversión de la caída del porcentaje de la renta nacional que se destina a salarios. Por el contrario, la mayor parte de la riqueza creada desde la crisis de 2008 ha ido a parar a manos de los tenedores de capital. Esto podría explicar los bajos niveles de consumo y el hecho de que una política monetaria laxa no pueda producir un repunte de la inflación.


El empleo también parece estar comportándose de manera anómala. La mayor parte del crecimiento del empleo ha sido en ocupaciones que requieren bajas cualificaciones y que están peor remunerados, produciendo un vaciado del medio de nuestra distribución laboral. Gente que antes conformaba la clase media occidental hoy forma parte de las clases media baja y baja, y vive en la precariedad.


Las cifras de productividad son otro de los elementos disonantes en nuestros datos macroeconómicos. Según la OCDE, en la última década la productividad de las “empresas frontera” —definidas como el 5% de empresas que lideran en esta métrica— aumentó en más de un 30%, mientras que el resto del sector privado casi no experimentó alza alguna. En otras palabras, un número reducido de empresas concentraron todas las ganancias en eficiencia y eficacia sin darse prácticamente difusión alguna.


A nivel macro, la productividad agregada de Estados Unidos ha aumentado en más del 250% desde principios de los años 1970, mientras que los salarios por hora se han mantenido congelados. Esto significa que el crecimiento de la productividad no sólo ha estado circunscrito a un número muy limitado de empresas, sino que la productividad y las rentas del trabajo se han desacoplado.

 La consecuencia fundamental de este fenómeno es que los salarios ya no desempeñan el papel redistributivo crucial que han cumplido durante décadas. Algunos hemos descrito este fenómeno como una fractura de nuestro contrato social ya que modifica de manera fundamental la relación entre el capital y el empleo.


Debería ser evidente, por lo tanto, que muchas de las economías del mundo están atravesando un cambio estructural y que esa transformación viene motivada por la obsolescencia de la relación “empleos-productividad-ingresos” que venía operando desde hace décadas. 

Este cambio de paradigma ha llevado a la erosión de la clase media occidental y al ascenso del precariado, una nueva clase socioeconómica que comprende no sólo a quienes no encuentran trabajo, sino también a quienes tienen un empleo informal, ocasional o inestable.


Tenemos abundante evidencia que vincula la percepción de inseguridad económica en Occidente con el sentimiento anti-elite, la radicalización política y los ataques a las minorías. De hecho, es imposible explicar el reciente ascenso de la política populista sin considerar los efectos de estas patologías económicas.  (...)

Las tecnologías avanzadas, especialmente la informática y la robótica avanzadas, han permitido que se produjeran aumentos de la productividad sin un incremento correspondiente en los salarios. La mayor riqueza generada por una mayor productividad va, en cambio, a manos de los dueños de esas tecnologías.  (...)

Esto nos lleva al interrogante central: ¿cómo pueden los líderes abordar las externalidades producidas por el cambio tecnológico? En otras palabras, ¿cómo podemos construir un nuevo contrato social para la era digital?"                (Manuel Muñiz, El País, 28/12/17)

15.12.17

Si alguna vez lo fue, hoy el capitalismo ha dejado de ser el soporte de una sociedad democrática, justa y estable. El triunfo enfermo del capitalismo reside en haber eliminado a la oposición para mantener operando un sistema disfuncional y a todas luces injusto

"Antes de la gran crisis financiera de 2007 era raro escuchar hablar de capitalismo. El sistema social y económico existente en el mundo era considerado por la ideología dominante el resultado de un proceso natural.

 Si en alguna ocasión se hablaba de capitalismo era sólo para indicar que se trataba de un sistema ganador, un esquema de relaciones sociales que había triunfado sobre todos los demás (como lo demostraba el colapso del comunismo en la Unión Soviética). Hoy las cosas han cambiado.

A partir de la debacle de 2007 y del fracaso de la política macroeconómica para superar sus efectos negativos, hablar de capitalismo y de su evolución es algo común. Los reveses que sufre el capitalismo son múltiples y se necesita estar ciego para no percibirlos.

El primer fracaso se sitúa en el plano del crecimiento. Los economistas del establishment piensan que a raíz de la crisis estamos frente a un proceso de lento crecimiento o estancamiento secular. Pero lo cierto es que la tasa de expansión del capitalismo global ha venido disminuyendo desde hace más de 45 años.(...)

El segundo frente en el que fracasa el capitalismo se relaciona con la política económica. Es cierto que en las décadas de la posguerra la mezcla de política macroeconómica dio buenos resultados, pero hoy la política económica no es capaz de sacar a la economía mundial del entumecimiento. 

La política monetaria explora nuevos territorios mediante la inyección desorbitada de liquidez al sistema financiero, pero el efecto sobre la economía real ha sido muy débil o nulo (como en Japón durante los pasados dos decenios). Por su parte, la política fiscal no ha podido escapar del terrible dilema que le ha impuesto el sistema financiero global: si el Estado no disciplina sus finanzas, el mercado de capitales le castigará.

El tercer fracaso se relaciona con la única fuente de legitimidad social y política que tenía el capitalismo, a saber, su capacidad de mejorar el bienestar de las grandes masas de la población.  

Ese resultado no sólo depende de la acumulación continua de capital (hoy debilitada), sino de la redistribución de los logros económicos entre la población. Entre 1945 y 1975 el capitalismo desarrollado pudo elevar el nivel de vida promedio de la población. Sin embargo, desde 1973 el crecimiento de los salarios se estancó y el aspecto redistributivo del régimen de acumulación se transformó radicalmente. (...)

Las siguientes décadas estuvieron marcadas por una desigualdad creciente y la transferencia de recursos desde las clases más bajas hasta los más privilegiados de la pirámide social.

El cuarto frente en el que el capitalismo ha fracasado es quizás el más importante. La red de instituciones que proporcionan estabilidad al capitalismo es compleja y desempeña muchas funciones.  

Pero quizás el apoyo decisivo lo recibe de la idea de que capitalismo, democracia y libertad son criaturas que nacieron en el mismo nido. La verdad es que en ocasiones el capitalismo no ha tenido más remedio que respetar el sistema democrático, pero cuando se ha sentido fuerte ha escogido el camino de la violencia y la represión. Ese fue el destino de Allende y de Mossadegh.

A veces al capital le ha resultado costoso agachar la cabeza y aceptar esquemas de redistribución y garantías de mayor seguridad social y libertad de asociación para la clase trabajadora. 

Por eso de la Gran Depresión emerge el estado de bienestar. No fue una concesión graciosa de la clase capitalista. Pero una vez que el capital recuperó sus fuerzas, la democracia pasó a segundo plano. Las decisiones políticas se toman ahora por las élites de las corporaciones, bancos y otros agentes de los mercados financieros.  (...)

Por la vía electoral no se puede cambiar la desigualdad o alcanzar un nuevo estado de bienestar. Las elecciones son el camuflaje perfecto para disfrazar la explotación y degradar a los ciudadanos al nivel de simples consumidores (aunque cada vez con menor poder de compra).

El triunfo enfermo del capitalismo reside en haber eliminado a la oposición para mantener operando un sistema disfuncional y a todas luces injusto. Pero ese éxito marca al mismo tiempo el principio del crepúsculo. Si alguna vez lo fue, hoy el capitalismo ha dejado de ser el soporte de una sociedad democrática, justa y estable."                   (Alejandro Nadal, Jornada, 22/11/17)