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17.3.26

Elecciones en Castilla y León: la pequeña burguesía empresarial, un bloque terrateniente propietario y una capa social urbana más o menos acomodada netamente dependiente del rentismo y funcionariado, dan forma a un armazón granítico capaz de levantar tras décadas una visión para entender, ser y ordenar el mundo tanto en Castilla como en León. Un entramado clientelar donde los antiguos regímenes caciquiles operan, pero que para ser entendida debemos observarla esencialmente como un engranaje político e ideológico. Donde lo institucional, lo empresarial y lo religioso se entremezclan infiltrándose por los intersticios sociales de la región... Se identifica ya un claro patrón en el interior peninsular que puede reconocerse recientemente en las elecciones de Extremadura y Aragón. Vox se afirma como el partido de los pequeños terratenientes de las pequeñas ciudades marcadas por la agroindustria. Grandes superficies de cultivo intensivo tan dependientes de mano de obra migrante como de las ayudas europeas y los mercados internacionales, en los que la descomposición de las comunidades tradicionales avanza ( Víctor de la Fuente)

"León y especialmente Castilla han vuelto a hacer lo que mejor saben, como remarcaba Azorín en sus versos sobre esta tierra, busca frenar el tiempo, perpetuar lo momentáneo. “Del pasado dichoso sólo podemos conservar el recuerdo; es decir, la fragancia del vaso”. El bipartidismo sale reforzado en todas sus expresiones, zonas rurales y urbanas, renta y edad apenas permiten distinguir entre los dos grandes partidos que dominan en todas las franjas. Tras estas elecciones el Partido Popular cumplirá más de cuarenta años gobernando ininterrumpidamente.

Es una demostración vigente de eso que llamamos hegemonía. Que no es sino la capacidad de una clase social para generar consenso en torno a sus propias ideas e intereses. Haciendo de sus intereses particulares un marco común para gran parte de la sociedad que los asume como propios. La conjugación armada entre la pequeña burguesía empresarial, un bloque terrateniente propietario y una capa social urbana más o menos acomodada netamente dependiente del rentismo y funcionariado, dan forma a un armazón granítico capaz de levantar tras décadas una visión para entender, ser y ordenar el mundo tanto en Castilla como en León. Un entramado clientelar donde los antiguos regímenes caciquiles operan, pero que para ser entendida debemos observarla esencialmente como un engranaje político e ideológico. Donde lo institucional, lo empresarial y lo religioso se entremezclan infiltrándose por los intersticios sociales de la región más extensa de todo el Estado español y la tercera de Europa.

Sobre estos pilares sociales se levantará un nuevo gobierno del Partido Popular y Vox. Un terreno en disputa donde Vox ha encontrado un anclaje fuerte. Se identifica ya un claro patrón en el interior peninsular que puede reconocerse recientemente en las elecciones de Extremadura y Aragón. Vox se afirma como el partido de los pequeños terratenientes de las pequeñas ciudades marcadas por la agroindustria. Grandes superficies de cultivo intensivo tan dependientes de mano de obra migrante como de las ayudas europeas y los mercados internacionales, en los que la descomposición de las comunidades tradicionales avanza. Municipios que concentran una parte importante de población y donde la disputa con el PP es más abierta que en los municipios muy pequeños, los de menos de 500 habitantes que son la mayoría (1.800 de 2.246) en toda la comunidad.
El alcalde de Soria sale triunfante

A pesar de la victoria de la derecha, uno de los grandes triunfadores de la noche ha sido el cuatro veces alcalde de Soria, Carlos Martínez. Este ha conseguido romper la tendencia de caída abrupta que venía sufriendo el PSOE. Acercándose a uno de los mejores resultados de los socialistas en Castilla y León. Si bien la diferencia de votos del PSOE respecto al PP se amplía comparado con las anteriores elecciones de 2022, la buena campaña de los socialistas, el papel de su candidato y la absorción de las candidaturas de IU y de Podemos a su izquierda, le han permitido alcanzar un buen resultado.

Posiblemente el “No a la guerra” de Sánchez y la ayuda siempre inestimable del leonés José Luis Rodríguez Zapatero, han ayudado a los socialistas. Pero haríamos mal en exagerar y sacar conclusiones apresuradas de los efectos de estos movimientos, más aún en una región profundamente viciada por la dinámica social y política propia, una tierra obsesionada con que los tiempos no corran demasiado rápido.

El leonesismo sigue vivo, sin embargo no se cumplieron las expectativas marcadas por las encuestas. Unión del Pueblo Leonés (UPL) se asienta como tercera fuerza en la provincia de León tras un empate casi perfecto del PSOE y el PP. Reafirma así una realidad que a pesar de los esfuerzos propagandísticos de la Junta no deja de salir a la luz, la inoperancia de una identidad autonómica artificial que no es reconocida por una parte importante de la sociedad.
No basta con que todo arda

Una de las paradojas de esta jornada electoral la reflejan las cenizas de los incendios del pasado verano. Una oleada de llamas histórica que arrasó parajes naturales únicos, bosques y pueblos reducidos a cenizas tras días de llamas como expresión más visible del cambio climático. Sin embargo, este desastre que arrasa en horas lo que tardó décadas e incluso siglos en levantarse, no es suficiente para remover la hegemonía conservadora que entierra sus raíces a gran profundidad. La realidad es mucho más compleja que esperar a que cuando se posen las cenizas es suficiente con llegar y esperar recoger los restos del desastre bajo los cabreos y la indignación del vecindario.

Zamora es posiblemente el mejor ejemplo de ello. Es la provincia más afectada por los incendios en los últimos años y una de las regiones que más sufre la despoblación y la pobreza estructural en toda Europa. Sin embargo, el Partido Popular continúa siendo la fuerza política dominante en la provincia. Mañueco no es querido, pero garantiza un mínimo suficiente como para no arriesgarse a cualquier tipo de cambio. El PSOE no recoge en la mayor parte de estas comarcas el impacto de los incendios. Mucho menos se benefician las opciones a su izquierda, quienes han insistido en el desmantelamiento de unos servicios públicos casi inexistentes en las zonas rurales, quienes vienen denunciando la destrucción de los servicios de extinción de incendios y hablando de ecologismo y cambio climático, desaparecen completamente de Castilla y León.

Para una tierra como esta diez años no son nada. Un tiempo demasiado corto para un lugar donde el tiempo pasa tan despacio. Sin embargo, esta década ha sido suficiente para que Podemos pierda 150.000 votos, que son la diferencia entre su resultado en 2015 y los recientes comicios. Lo mínimo exigible sería una reflexión profunda sobre el principal hito de la izquierda parlamentaria en esta franja de tiempo. ¿Qué ha mejorado la presencia de Podemos e Izquierda Unida en un gobierno supeditado al PSOE? Lo cierto es que la respuesta a las dos grandes disyuntivas de esta pregunta tienen un mismo resultado: en nada.


Ni los grandes problemas que asolan a la clase trabajadora han vivido algún viso de mejora, principalmente en el terreno de la asequibilidad (el aumento de la pobreza, la escalada especulativa de la vivienda y la degradación de los servicios públicos). Ni la izquierda se ha visto reforzada política y socialmente por su participación en el cogobierno. Los resultados electorales son una prueba nítida de ello. El desastre electoral sólo refleja la descomposición política de un proyecto cuya única propuesta es replicar el cogobierno estatal, asentado sobre el miedo a la extrema derecha e incapaz de afrontar al menos las consecuencias, no digamos ya las causas, de los grandes conflictos estructurales que atravesamos.

El problema central no es de simple aritmética electoral, ni lo resolverá la demoscopia, sino de claridad política. Es necesario abrir un debate entre todas aquellas personas, colectivos sociales, sindicales y políticos que se sitúen a este lado de la necesidad de una ruptura con el capitalismo. Romper con la vorágine de derrota y descomposición provincia a provincia, comarca a comarca, tanto en León como en Castilla para superar la tendencia al folclorismo y la resignación. Una vía que nacerá inevitablemente como pequeña pero que sitúe al menos la necesidad y posibilidad de una alternativa política a un progresismo en descomposición. Un debate que debemos alimentar, que sitúe la iniciativa como una posibilidad real en el marco de la lucha de clases que se desarrolla cotidianamente tanto en Castilla, como en León y que reconozca el derecho democrático a articularse. Será sin prisa, no hay otra forma, pero marcando un horizonte claro en esta tierra tan ancha."

15.3.26

La agricultura regenerativa produce la misma cantidad de alimentos sin ningún sobrecoste... Ya hay un primer estudio científico que lo prueba... la escala no varía, los alimentos son más saludables y los campos mucho más resilientes al clima extremo... las calabazas cultivadas en las parcelas regeneradas tuvieron un mayor contenido mineral y de sustancias antioxidantes. Y las peras regenerativas también maduraron con un contenido superior en polifenoles y el doble de capacidad antioxidante, “todo esto ayuda a reducir el estrés oxidativo celular y favorece una mayor protección frente a enfermedades”... la concentración de carbono en el suelo regenerativo es de al menos un 35% mayor en las parcelas regenerativas en comparación con las convencionales... Otro dato clave es la retención de agua, un 9% más alta en las parcelas regenerativas «Esto supone que pueden absorber más agua en caso de inundación y tener más reservas en caso de sequía”

 "La agricultura convencional suele invalidar las técnicas regenerativas argumentando que ofrecen menos cultivos con costes productivos más elevados. Ya hay un primer estudio científico –liderado por el CREAF– que lo refuta: la escala no varía, los alimentos son más saludables y los campos mucho más resilientes al clima extremo.

Cuando se habla de agricultura regenerativa –modelo agrícola que busca regenerar, estimular y mantener la fertilidad y biodiversidad de la tierra–, los empresarios agrícolas, defensores de los usos intensivos del suelo, suelen comenzar sus frases con un “sí, pero”. En el sí reconocen algunas de las bondades de estas técnicas alternativas –suelos más sanos, tierras más fértiles, cosechas de mayor calidad, etc.–. Sin embargo, tras el pero, repiten siempre el mismo argumento: que es imposible alimentar a las 8.000 millones de personas del planeta con una agricultura que tiene una escala limitada y unos costes de producción más elevados. En enero de 2026, este mantra ha sido refutado por la evidencia científica. 

En una sala céntrica de Madrid, ubicada a pocos metros de la estación de Atocha, el CREAF y la Asociación Española de Agricultura Regenerativa Ibérica dieron a conocer esta semana los resultados del primer estudio científico (Regenera.cat) que, durante dos años, ha comparado en un mismo territorio (Cataluya) parcelas regenerativas con convencionales. Una de las principales conclusiones es que las primeras –después de un periodo de transición y una vez se recupera la salud del suelo– producen misma cantidad de alimentos que el sistema tradicional y lo hacen con un coste similar o incluso inferior. 

“Esto es importante porque echa por tierra ese falso argumento de que con la agricultura regenerativa no se puede producir a gran escala. Siempre lo refutamos, pero hoy tenemos la validación científica”, ha explicado Javier Retana, catedrático de Ecología de la Universitat Autònoma de Barcelona, investigador del CREAF y coordinador de este proyecto.

Múltiples beneficios 

Entre los resultados del estudio –realizado entre enero de 2024 y enero de 2026–, el equipo científico destaca que los productos obtenidos por técnicas regenerativas incrementan la concentración de algunos nutrientes y son, por tanto, más saludables. «Existen pocos trabajos que hayan evaluado la densidad nutricional de los alimentos obtenidos por técnicas regenerativas”, indica Dolores Raigón, investigadora de la Universitat Politècnica de València y experta en análisis nutricional. 

Por ejemplo, las calabazas cultivadas en las parcelas regeneradas tuvieron un mayor contenido mineral y de sustancias antioxidantes. Y las peras destacaron por su equilibrio en la concentración de ácidos y azúcares totales. “Es decir, son frutas más compensadas en el sabor, ni muy dulces ni muy ácidas”, explica la experta. Al igual que en las calabazas, las peras regenerativas también maduraron con un contenido superior en polifenoles y el doble de capacidad antioxidante, “todo esto ayuda a reducir el estrés oxidativo celular y favorece una mayor protección frente a enfermedades”.  

Por su parte, la leche procedente de las vacas de las fincas regenerativas de Planeses (Girona) presentaron un índice aterogénico claramente más bajo, “esto quiere decir que hay menos ácidos grasos asociados a la formación de placas en las arterias”, añade la experta. En el caso del yogur regenerativo, los resultados son aún más positivos, ya que presenta índices aterogénicos y trombogénicos -que mide la tendencia de las grasas a favorecer la formación de coágulos en la sangre- más bajos. «En general, esto se asocia a un perfil lipídico más saludable, con menor riesgo cardiovascular y de formación de trombos”, explican los científicos.

Más agua y carbono en el suelo  

Más allá de los alimentos, los resultados de este estudio pionero revelan que la gestión regenerativa tiene “efectos muy positivos” sobre el suelo. En concreto, la concentración de carbono en el suelo regenerativo es de al menos un 35% mayor en las parcelas regenerativas en comparación con las convencionales. “Para hacernos una idea de la importancia de este dato, se ha estimado que aumentando cada año un 0,4% la retención de carbono de todos los suelos agrícolas y forestales podría compensarse la totalidad de las emisiones actuales de gases de efecto invernadero”, destaca Sara Marañón, investigadora del CREAF, quien también forma parte del proyecto.

Otro dato clave es la retención de agua, un 9% más alta en las parcelas regenerativas «Esto supone que pueden absorber más agua en caso de inundación y tener más reservas en caso de sequía”, explica Marañón. Durante la presentación, Ana Digón, presidenta de la Asociación, mostró una foto de estos días de borrascas interminables de dos parcelas linderas pero con diferentes modelos agrícolas –tradicional/regenerativo–. Una estaba toda inundada, con la cosecha estropeada; la otra estaba verde, sin acumulación de agua, gracias a la esponja de su cobertura vegetal.

El estudio también muestra que el modelo regenerativo mantiene mejor el microclima del suelo. “Esto es muy positivo porque, por ejemplo, se amortigua la temperatura cuando hace calor y se mantiene mejor la humedad. De hecho, hemos visto que se pueden amortiguar hasta 3,6 ºC las temperaturas máximas del suelo en verano”, añade Marañón.

Se ha observado, además, que hay más biodiversidad de bacterias, hongos y microartrópodos en el suelo, y varias de las especies que se han detectado son bioindicadores de una mejor calidad del ecosistema. “También aparecen especies reconocidas como biopesticidas comerciales, como Metarhizium sp., es decir, que pueden actuar como control natural de plagas”, explica Xavi Domene, otro de los investigadores del CREAF.

10 criterios para evitar el greenwashing 

Con la presencia de agricultores que vienen desde hace años apostando por la agricultura regenerativa, la presentación de los resultados de este estudio sirvió para oficializar el primer documento que establece los diez criterios básicos que determinan qué es la agricultura regenerativa real.

El diagnóstico de la Asociación Española de Agricultura Regenerativa Ibérica es que el ansiado auge de este modelo no ha ido acompañado de una certificación oficial, “lo que ha provocado que empresas y otros actores se apropien de este término como herramienta de greenwashing”.

Este decálogo ha contado con el consenso de casi 200 personas productoras, entidades y representantes del sector, además de personal científico de universidades y centros de investigación de toda España. 

Los criterios:

1. Contextualidad: adaptar y aplicar las prácticas regenerativas al contexto territorial, ambiental, social y agronómico de cada finca, en coherencia con una planificación a largo plazo.

2. Agua: planificar, dimensionar y desarrollar la producción agroganadera acorde con la disponibilidad hídrica y la realidad geológica y edafoclimática de la región, y realizar prácticas de manejo hidrológico que promuevan un uso responsable y no contaminante del agua, favoreciendo la captación y retención de aguas pluviales en el paisaje.

3. Biodiversidad: realizar prácticas que activamente protejan y aumenten la biodiversidad tanto silvestre como cultivada/doméstica.

4. Pastoreo dirigido: en presencia de ganado herbívoro u omnívoro, que es una práctica altamente deseable y recomendable, integrarlo con pastoreo dirigido.

5. Sin labranza: eliminar el laboreo con volteo de las capas del suelo y reducir al máximo la labranza vertical.

6. Cobertura: mantener el suelo cubierto durante el mayor periodo de tiempo posible con materia vegetal o animal

7. Cultivos: en el caso de los cultivos estacionales, aplicar asociaciones y/o rotaciones y/o diversificación de cultivos combinándolos en el espacio y en el tiempo.

8. Insumos: gestionar, como objetivo fundamental, la finca sin fertilizantes o biocidas de síntesis química (herbicidas, insecticidas y fungicidas), transgénicos ni los generados por edición genética (aplicando siempre el principio de precaución y teniendo en cuenta los posibles avances científicos).

9. Plásticos y residuos: minimizar el uso de plástico y de materiales no reciclables, y garantizar el reciclaje adecuado del que se utilice.

10. Vínculo social y territorial: fomentar la cooperación territorial y la transferencia de conocimiento para fortalecer la comunidad y la sostenibilidad del territorio."

( Andrés Actis , Rebelión, 13/03/26) 

23.2.26

Una renumeración justa para los agricultores es la condición esencial para la transición ecológica... es hora de volver a poner la noción de precio mínimo en el centro de la escena, sin desinformación... Permiten asegurar los ingresos, devolver el poder de negociación a los productores y responder concretamente a los objetivos planteados por las autoridades públicas: frenar el abandono agrícola [abandonar la actividad de cultivo o ganadería], preservar los territorios y hacer la profesión atractiva para las nuevas generaciones... Hacer que las exigencias medioambientales recaigan únicamente sobre los agricultores, sin garantizarles un precio que cubra estos esfuerzos, es un callejón sin salida económico y social. La imprevisibilidad de los ingresos y la volatilidad – a menudo especulativa – de los precios son enemigas de la inversión a largo plazo. Al contrario, un precio mínimo garantizado, que cubra los costos de producción y asegure una remuneración decente, permite a los agricultores invertir en la transformación de sus prácticas: gestión del agua, reducción de pesticidas, bienestar animal, adaptación al cambio climático (Blaise Desbordes)

 "El 3 de febrero, ante la comisión de investigación de la Asamblea Nacional sobre las prácticas de la gran distribución, las enseñas lo admitieron ellas mismas: «No tenemos visibilidad sobre la parte que corresponde a los productores.» Guerra de precios, negociaciones estructuralmente desequilibradas, etiquetas desconectadas de los costos reales de producción... ¿Y si la invisibilidad del ingreso agrícola fuera la verdadera fuente de la ira que sacude al mundo campesino?

Han pasado dos años desde el anuncio, en la Feria de la Agricultura, por parte del presidente de la República, Emmanuel Macron, de la implementación de precios mínimos para los agricultores franceses. Una promesa fuerte, acogida como una respuesta estructural a la crisis de los ingresos agrícolas. Incluso había desembocado, el 5 de abril de 2024, en la votación en primera lectura en la Asamblea Nacional de una propuesta de ley.

Esta secuencia política confirmaba una evidencia: una mayoría de franceses y sus representantes ya no comprenden la injusticia que golpea a quienes los alimentan. En un país donde se acepta difícilmente trabajar a pérdida, los agricultores constituyen, sin embargo, una de las raras categorías profesionales para las cuales el ingreso sigue siendo sistemáticamente la variable de ajuste. No hay contrato de trabajo, ni salario mínimo. Son trabajadores autónomos. Y el 16 % de ellos vive por debajo del umbral de pobreza, y con esta realidad absurda: no pagarse a sí mismos para poder seguir produciendo.

El contexto político, la disolución de la Asamblea Nacional, las caricaturas que salpican el debate público – «Los precios mínimos son Cuba sin el sol», se ha oído dentro de la oposición– han hecho olvidar esta luz de esperanza para los agricultores. En el momento en que su revuelta se ha intensificado debido a la firma de un tratado de libre comercio con el Mercosur, que no los protege frente a las importaciones de productos que no cumplen con las normas sociales y ambientales, es hora de volver a poner la noción de precio mínimo en el centro de la escena, sin desinformación.

Los precios mínimos son mal comprendidos. Un precio mínimo puede volverse consensuado si se construye de manera pragmática, a partir de los costos reales de producción, y se define en concertación con toda la cadena: agricultores, interprofesionales, transformadores y compradores. No se trata ni de un precio administrado fuera de la realidad, ni de un dogma ideológico, sino de una herramienta económica basada en la realidad del terreno.

Protegerse de las importaciones que no cumplen con nuestras normas es necesario. Pero eso no resolverá, en las negociaciones nacionales, la inequitable distribución del valor en detrimento de los productores. La fijación de un precio mínimo que, en ciertas cadenas estratégicas, cubra los costos de producción de los agricultores más vulnerables, sin estar desconectado de los precios de importación y exportación, no ha sido discutida seriamente hasta ahora.

Cuando se basan en un método compartido y objetivado, y se discuten también con la parte descendente – en particular, la gran distribución, que se apresura a mostrar su apoyo a los agricultores –, los precios mínimos se convierten en una palanca creíble. Permiten asegurar los ingresos, devolver el poder de negociación a los productores y responder concretamente a los objetivos planteados por las autoridades públicas: frenar el abandono agrícola [abandonar la actividad de cultivo o ganadería], preservar los territorios y hacer la profesión atractiva para las nuevas generaciones.

Sobre todo, el ingreso agrícola es la condición sine qua non de la transición ecológica. Hacer que las exigencias medioambientales recaigan únicamente sobre los agricultores, sin garantizarles un precio que cubra estos esfuerzos, es un callejón sin salida económico y social. La imprevisibilidad de los ingresos y la volatilidad – a menudo especulativa – de los precios son enemigas de la inversión a largo plazo. Al contrario, un precio mínimo garantizado, que cubra los costos de producción y asegure una remuneración decente, permite a los agricultores invertir en la transformación de sus prácticas: gestión del agua, reducción de pesticidas, bienestar animal, adaptación al cambio climático.

Ya sea en versión obligatoria o voluntaria, los precios mínimos no son "Cuba sin el sol": es Francia, con el sol, para los agricultores más frágiles. A la hora en que se abre el Salón de la Agricultura, queda una pregunta: ¿dónde han ido a parar los precios mínimos?. 

(

27.12.25

Uno de los rotos más grandes que afrontan las izquierdas es la pérdida de apoyo en las ciudades pequeñas e intermedias, como muestran las elecciones en Extremadura... El malestar en los territorios interiores, y en sus ciudades pequeñas e intermedias puede ser explicado desde los cambios operados en la época global... En ellas ha crecido un sentimiento de haber sido relegadas, cuando no olvidadas, en las que resuenan nuevas preguntas: ¿por qué nadie nos presta atención? ¿Por qué se ignoran nuestras necesidades? Cuando esos interrogantes se expresan en voz alta a menudo, las derechas resultan beneficiadas por el simple hecho de que en España gobiernan los socialistas y sus socios. Es sencillo, y es una baza que el PP juega con insistencia... también hay malestares que se formulan en términos personales: ¿las personas como yo le importamos a alguien? ¿Somos tenidos en cuenta? A veces, esas cuitas se expresan de maneras más hostiles: ¿se están riendo de nosotros? Esta reacción afecta a ambos lados del espectro político, pero hacen más daño a las izquierdas, porque están en el gobierno y porque sus ideas se anclan en una mirada de gran ciudad... El sentimiento antiestablishment, que se traduce en el alejamiento de las urnas de parte de la población y en el acercamiento a las opciones políticas que prometen un cambio más contundente, en especial en regiones a las que les falta impulso, proviene de estos fuegos. Hay gente que se siente olvidada, y con razón, y no está obteniendo una respuesta. Con ese suelo, es bastante fácil que penetren las ideas que afirman “lo que nos negáis a nosotros se lo dais a los catalanes” (o a los vascos, o a las ONG, o a los chiringuitos de vuestros amigos), y “las ayudas que no nos llegan van a parar a los inmigrantes”. La reacción contra los impuestos también proviene de ahí (Esteban Hernández)

 "(...) El agujero de la izquierda

Extremadura señala que España se ha ido desplazando hacia la derecha, pero no solo políticamente, también en el plano social. España ya no es sociológicamente de izquierdas, y ese es un giro que se tiene que anotar con mayúsculas. Y es más significativo en la medida en que en las regiones más desfavorecidas del país, las que muestran mayor desgaste económico, domina electoralmente la derecha.

Uno de los rotos más grandes que afrontan las izquierdas es la pérdida de apoyo en las ciudades pequeñas e intermedias

Este cambio no puede explicarse sin reparar en uno de los rotos más grandes que afrontan las izquierdas, y especialmente el PSOE, que es el partido dominante en ellas: las ciudades pequeñas e intermedias. En las últimas elecciones generales, donde los socialistas crecieron en votos respecto de las autonómicas y municipales celebradas pocos meses antes, el agujero en las capitales era significativo, salvo al norte del Ebro.

Extremadura ha mostrado de manera nítida esa deriva, con el PSOE en descenso en el mundo urbano (un entorno de ciudades pequeñas e intermedias), al igual que ocurre en Castilla y León y en Andalucía. Las elecciones andaluzas aportarán todavía más luz al respecto. La izquierda perdió las capitales hace tiempo, pero conservaba tirón en muchas ciudades de provincia. Ahí está todavía su esperanza de obtener un buen resultado. El PSOE puede resistir en los entornos rurales, pero necesita de un empujón en las ciudades. De momento, la tendencia es a la baja, también ahí.

Los fuegos que no se apagan

El malestar en los territorios interiores, y en sus ciudades pequeñas e intermedias puede ser explicado desde los cambios operados en la época global. Las grandes urbes concentraron recursos, inversión, empleo y posibilidades de futuro, mientras otras sentían el peso del declive. En ellas ha crecido un sentimiento de haber sido relegadas, cuando no olvidadas, en las que resuenan nuevas preguntas: ¿por qué nadie nos presta atención? ¿Por qué se ignoran nuestras necesidades? Cuando esos interrogantes se expresan en voz alta a menudo, las derechas resultan beneficiadas por el simple hecho de que en España gobiernan los socialistas y sus socios. Es sencillo, y es una baza que el PP juega con insistencia, responsabilizar al Gobierno de Sánchez de las condiciones insuficientes en que se desenvuelve la vida cotidiana muchos territorios.

Pero este es un momento antiestablishment, y del mismo modo que no le basta a las izquierdas con agitar la irrupción de la extrema derecha para movilizar a sus electores, al PP le está llegando ese instante en el que señalar a Sánchez como responsable ya no le permite crecer. Vox obtiene rédito del malestar, porque la confianza en los partidos tradicionales decae. Si el PSOE gobierna en Madrid, el PP lo hace en muchas comunidades y ayuntamientos. Las campañas contra el bipartidismo hacen efecto.

"No pensáis en nosotros, no os importamos" es una convicción que arraiga en los jóvenes que giran a la derecha, pero también en sus padres

Además del desencanto territorial, que opera en muchas comunidades que se sienten maltratadas, también hay malestares que se formulan en términos personales: ¿las personas como yo le importamos a alguien? ¿Somos tenidos en cuenta? A veces, esas cuitas se expresan de maneras más hostiles: ¿se están riendo de nosotros? Esta reacción afecta a ambos lados del espectro político, pero hacen más daño a las izquierdas, porque están en el gobierno y porque sus ideas se anclan en una mirada de gran ciudad.

Pero, en segunda instancia, salen perjudicadas por su posición ideológico-electoral. Han priorizado confrontar con las ideas de la extrema derecha, por convicción y por táctica electoral, de manera que, en lugar de proponer soluciones para el conjunto de la población, se han centrado en aquellos sectores en los que confían para detener la deriva reaccionaria: los jóvenes, el feminista, el que apoya la inmigración y el que aboga por otra estructura territorial. Ese programa ha sido entendido en muchos lugares con una suerte de arrinconamiento, de desdén para quienes no coinciden con él, con una sensación de haberse convertido en ciudadanos de segunda. Se aprecia especialmente en los jóvenes que han girado hacia la derecha, pero también en sus padres: “No pensáis en nosotros, no os importamos”.

Este sentimiento se hace todavía mayor en muchas ciudades pequeñas, así como en las poblaciones rurales, porque la pérdida de servicios públicos y, por tanto, de calidad de vida, les hace verse maltratados: “No solo no nos ayudáis, sino que nos hacéis la vida más difícil; parece que estáis haciendo todo lo posible para que nos vayamos de nuestro pueblo. Parece que sobramos”.

El sentimiento antiestablishment, que se traduce en el alejamiento de las urnas de parte de la población y en el acercamiento a las opciones políticas que prometen un cambio más contundente, en especial en regiones a las que les falta impulso, proviene de estos fuegos. Hay gente que se siente olvidada, y con razón, y no está obteniendo una respuesta. Con ese suelo, es bastante fácil que penetren las ideas que afirman “lo que nos negáis a nosotros se lo dais a los catalanes” (o a los vascos, o a las ONG, o a los chiringuitos de vuestros amigos), y “las ayudas que no nos llegan van a parar a los inmigrantes”. La reacción contra los impuestos también proviene de ahí. El error consiste en fijarse en las respuestas, y en catalogarlas mediante connotaciones políticas negativas, en lugar de escuchar las preguntas."             (Esteban Hernández , El Confidencial , 24/12/25)

18.8.25

No había visto a la UME trabajar y me sorprendió muchísimo su determinación, cómo llegan a los pueblos e inmediatamente se internan en el fuego, escuchar a un mando gritar «¡Que no se queme ni una puta casa!». Son grandes profesionales y en los pueblos la gente se tranquiliza cuando los ven llegar... las llamas estaban aún lejos del pueblo. Cuatro minutos después, estaban rodeándolo. Entonces, bomberos de la UME se encontraron con que la boca de riego del pueblo estaba rota. Tuvieron que ponerse a arreglarla con algunos vecinos. ¿Cómo es posible que no haya quien se asegure de que estén en buen estado a lo largo de todo el año? La sensación de abandono en los pueblos por parte de la Administración es enorme... Es impresionante ver a los bomberos trabajar codo a codo con los vecinos, que se meten en el fuego con su bien más preciado, su tractor, para salvar su modo de vida... hay bomberos de las BRIFS que cuando terminan su turno se van de manera voluntaria a seguir apagando los incendios. Me decían que son sus pueblos, ¿cómo no van a hacerlo? La reclamación en los pueblos es que tiene que haber un cambio del modelo de la gestión rural... El despoblamiento, la pérdida de las tradiciones rurales y la crisis climática está dando lugar a estos incendios. Hay un rechazo hacia toda las burocracias y trabas que hay para poder limpiar el entorno... Denuncian que se ha transferido en exclusividad las competencias del mantenimiento a las administraciones y estas no tienen capacidad para hacerlo ni los medios para extinguir los fuegos cuando comienzan (Alex Zapico)

 "Cuando llegamos el jueves a Villamontán de la Valduerna (León), las llamas estaban aún lejos del pueblo. Cuatro minutos después, estaban rodeándolo. Entonces, bomberos de la UME se encontraron con que la boca de riego del pueblo estaba rota. Tuvieron que ponerse a arreglarla con algunos vecinos. ¿Cómo es posible que no haya quien se asegure de que estén en buen estado a lo largo de todo el año? La sensación de abandono en los pueblos por parte de la Administración es enorme.

No había visto a la UME trabajar y me sorprendió muchísimo su determinación, cómo llegan a los pueblos e inmediatamente se internan en el fuego, escuchar a un mando gritar «¡Que no se queme ni una puta casa!». Son grandes profesionales y en los pueblos la gente se tranquiliza cuando los ven llegar.   

Este hombre fue rescatado cuando intentaba sacar su coche de entre las llamas. Los bomberos de la BRIF y de la UME los entienden, ¿cómo se van a resignar a perderlo todo? Algunos son pueblos de 40 habitantes o menos. Sus habitantes saben que si se marchan probablemente nadie vaya a apagar el incendio con todos los que hay.

Es impresionante ver a los bomberos trabajar codo a codo con los vecinos, que se meten en el fuego con su bien más preciado, su tractor, para salvar su modo de vida, como este hombre en Vilamontán. Me gustaría saber si cuando todo esto pase y muchos hayan perdido sus tractores, sus herramientas de trabajo, recibirán ayudas suficientes para reponerlos.

En Villamontán de la Valduerna, un tractor y un bombero de la UME abren cortafuegos para contener el incendio. Están echando jornadas de 12 horas y hay bomberos de las BRIFS que cuando terminan su turno se van de manera voluntaria a seguir apagando los incendios. Me decían que son sus pueblos, ¿cómo no van a hacerlo?

La motoniveladora con la que intentaban abrir un cortafuegos Abel Ramos y su primo Jaime Aparicio, muertos ambos a causa del incendio en Nogarejas. De forma repentina, dos lenguas de fuego se unieron y les atraparon.

La reclamación en los pueblos es que tiene que haber un cambio del modelo de la gestión rural. El despoblamiento, la pérdida de las tradiciones rurales y la crisis climática está dando lugar a estos incendios. Hay un rechazo hacia toda las burocracias y trabas que hay para poder limpiar el entorno, lo que hace que se acumule el combustible, se cierren los cortafuegos, los caminos y las pistas. Denuncian que se ha transferido en exclusividad las competencias del mantenimiento a las administraciones y estas no tienen capacidad para hacerlo ni los medios para extinguir los fuegos cuando comienzan."

(Alex Zapico , La Marea, 18/08/25) 

18.3.25

El cereal revive un pueblo de Zamora gracias a la contratación de inmigrantes... decenas de peruanos y colombianos están siendo ubicados en casas rehabilitadas tras lustros abandonadas... en la Bóveda de Toro hay decenas de familias latinoamericanas que están rompiendo esa tendencia que deja casas, escuelas y negocios vacíos. El pueblo crece. Puede verse en el mestizaje de los niños que salen en estampida del cole, en el seseo entremezclado con el acento local y en el plátano macho que se vende en el colmado. La clave está en el trabajo que ofrece una empresa cerealística... La empresa rastrea el escaso mercado inmobiliario para afianzar a la plantilla y sus allegados: compran, readaptan y proporcionan viviendas a precios asequibles (Juan Navarro)

 "La Bóveda de Toro, como tantos otros pueblos de la España vaciada, fue un lugar lleno de vida que alcanzó los 2.000 vecinos. Hoy en este municipio de Zamora viven solo 700 personas, pero hay decenas de familias latinoamericanas que están rompiendo esa tendencia que deja casas, escuelas y negocios vacíos. El pueblo crece. Puede verse en el mestizaje de los niños que salen en estampida del cole, en el seseo entremezclado con el acento local y en el plátano macho que se vende en el colmado. La clave está en una empresa cerealística.

Desde 2023, decenas de peruanos y colombianos están siendo ubicados en casas rehabilitadas tras lustros abandonadas. Son los suficientes como para que, ante la creciente demanda y las reticencias de muchos vecinos a arrendar o vender sus viviendas aun cuando se caen a pedazos, La Bóveda tenga un mercado inmobiliario tensionado. Los migrantes celebran la adaptación allí donde asomaba la despoblación.

 Los camiones cargan cereal en las naves de Comcertrans (Grupo CT), una empresa que comercia materias agrarias al por mayor y que se ha convertido en una fuente constante de empleo. Un operario barre mientras otro, en una máquina, mueve el grano. Sebastián Cardona, colombiano de 26 años, cuenta como desde hace unos días —”¡con contrato de trabajo!”— ya faena. “Estoy demasiado contento”, celebra. Cardona recibió la oferta de empleo y volvió a su país para hacer los trámites necesarios después de empalmar 10 meses de empleos precarios, pagados en B. Vive con su esposa y con sus dos hijos, María Fernanda y Sebastián, de ocho y dos años. “Están muy amañadas en el pueblo, en el colegio, haciendo amigas y mi esposa es feliz, quiere trabajar donde sea”, celebra. La familia de Cardona y su esposa suma ya 10 miembros en el pueblo, entre hermanos, parejas, abuelas y niños.

Mabel Hernández, de 45 años, responsable de Recursos Humanos de la empresa, gestiona las altas, necesarias ante la escasez española. Los sueldos se ajustan al convenio, asegura. “Intentamos dar trabajo al mundo rural y damos palmas si encontramos trabajadores, así fomentamos que la gente pueda quedarse aquí”, destaca la zamorana. Pronto requerirán a seis ingenieros para un laboratorio que están levantando en los terrenos. Las electrificaciones, las reparaciones mecánicas o de vehículos o incluso los vinos para la clientela se contratan con trabajadores o productores autóctonos: “Llamo primero a gente local, a Zamora le cuesta arrancar y queremos crear empleo aquí”, afirma Hernández, con dificultades para encontrar chóferes nacionales: “Un español no quiere venirse, mover a su familia y luego pasar la semana fuera. Los extranjeros, ya que vienen, eligen asentarse en un pueblo que se nos muere”. La empresa tiene 45 empleados, 19 de ellos extranjeros, y estos se dedican a conducir camiones, gestionar el almacén o a labores de logística. Esos contratos a latinoamericanos han supuesto 54 nuevos vecinos para el censo porque se han traído a sus familias.

 El gerente de la empresa y pareja de Hernández, Jonathan Santarén, de 39 años, se crio en Bóveda. “Lo hemos hecho por nuestro pueblo, para que no perdiera población, no hay mano de obra española para estos empleos. Un requisito es empadronarse y vivir aquí, la empresa y Mabel se esfuerzan para ayudarlos a traer a las familias”, explica. Entre todas las nuevas familias han llenado las aulas del colegio con ocho nuevos alumnos y ya suman una veintena, además de otros cuatro que se han matriculado en el instituto de Fuentesaúco, el más cercano. “La directora ha pedido otro profesor y más inversión para las aulas, están que se caen”, cuenta Santarén.

El desafío, como en toda España, sigue siendo la vivienda. La empresa invirtió 80.000 euros en comprar y rehabilitar una casa en alquiler, por 300 mensuales, con opción de compra para una familia. La compañía rastrea el escaso mercado inmobiliario para afianzar a la plantilla y sus allegados: compran, readaptan y proporcionan a precios asequibles. Santarén lamenta la clásica actitud de herederos que por miedo o desinterés no alquilan o venden: “Prefieren dejarlas caer”. Ante la escasez, el Grupo CT, asegura que construirá ocho casas para ofrecerlas a precios más favorables.

Hay otros problemas, como el transporte: apenas hay buses a Zamora y, ante la falta de carnets o de vehículos privados, los nuevos se las ven y se las desean para ir a la ciudad. Un potencial empleo, si el Ayuntamiento provee licencia, sería un taxi. Santarén ruega compromiso de la alcaldesa en la carretera que conduce a las instalaciones o en la conectividad: “No tenemos fibra, usamos un repetidor de casa y enviamos la señal mediante una antena”. La regidora (PP) no ha respondido a los contactos de EL PAÍS.

La peruana Ana Huambachano ha pasado de dormir con su hijo de ocho años en un parque de Madrid a vivir de alquiler en una casa renovada de La Bóveda. “¿Por qué me traje al niño?”, se preguntaba hasta que las cosas comenzaron a enderezarse. Su marido, conductor de camiones, cumplimentó los papeles y recalaron en Zamora con dos de sus hijos. De aquella etapa habla con dolor. “Aquí hay otros trabajadores que antes vivían en sótanos de Almería y solo les dejaban estar allí de la medianoche a las seis de la mañana”. La mujer estudia un curso de cuidados sociosanitarios para atender a los muchos ancianos del pueblo. “Sale algún trabajo en negro, pero no quiero estar cruzada de brazos, sino hacer las cosas bien para traer a mi madre y a mis otros dos hijos”, afirma. Huambachano agradece a Mabel y a Jonathan su soporte para conseguir un hogar. “La gente nos quiere y nosotros a ellos, un señor de 97 años al que ayudo a acostarse me llama ‘hija’ y me abraza cuando le digo que saqué buenas notas”.

 La satisfacción reina en la morada de Karen Canayo, peruana de 40 años y cinco hijos, de entre cinco y 22. “Nos sale a cuenta vivir aquí”, sostiene Canayo, compañera de Ana en el curso: paga 350 euros por una casa grande para su prole. Su marido, Walter Zúñiga, conduce camiones de lunes a viernes. Solo se quejan, y poco, del frío: este domingo han conocido la nieve y Fabricio, de 18 años y apenas mes y medio en España, tirita. El mayor, Diego, lleva 15 meses en La Bóveda y ya tiene planes de futuro: “Estoy acabando la ESO en Zamora, trabajo en lo que surge y luego quiero hacer una FP para pagarme los estudios de Mecánica”. “La gente es sociable, respetuosa, los peruanos hemos hecho piña y nos mezclamos con los españoles para jugar al fútbol, así somos más”, destaca, antes de recomendarle a su hermano la verbena y el bullicio de las fiestas patronales: “¡La vas a pasar superbién!”.

( Juan Navarro , El País, 17/03/25)

2.2.25

Un informe demuestra que pagar menos por algunos alimentos cuesta, en realidad, más caro... El documento aborda los costes ocultos del sistema alimentario en España, que repercute en precios injustos para el campo... Son costes que realmente pagamos con nuestros impuestos para sostener problemas sanitarios, ambientales y sociales derivados de ese producto y su producción... el importe de costes ocultos en España, en 2020, ligados a la alimentación, fue de 138.294 millones de euros... una de cada cinco muertes está vinculada a la alimentación, sea por dieta inadecuada o por la ingesta de tóxicos

 "¿Quién dijo que los alimentos agroecológicos y de cercanía son más caros? Si bien esta idea prevalece en la opinión pública, lo cierto es que conforma un gran mito. Porque la alimentación industrializada, la que consume mayoritariamente la población española, a medio y largo plazo, cuesta mucho más cara a la sociedad, incluyendo, por supuesto, al bolsillo, la salud y el entorno de quien compra el producto.

El motivo principal es que los precios más bajos o “competitivos” del mercado convencional no reflejan los costes reales de la producción de alimentos. Son precios impuestos por las macro empresas que dominan este gran ámbito y que resultan “injustos”, por ejemplo, para las personas agricultoras y para toda la sociedad, según indica el revelador informe “Los costes ocultos del sistema alimentario”.    

Se trata de un estudio que acaba de publicar el equipo del programa Llaurant un Futur Sostenible en colaboración con la Fundación Entretantos, para desmitificar que la agroecología y la producción sostenible es más cara que la industrializada. El documento ha sido escrito en un tono divulgativo, para llegar a un amplio público interesado en conocer cómo se produce lo que come cada día. Llaurant un Futur Sostenible es un programa de educación para la ciudadanía que lleva tres años en marcha, conducido por la Fundación Novessendes y la ONGD Pankara Ecoglobal, y financiado por la  Generalitat Valenciana. Su objetivo apunta a fomentar, desde Castellón, una sociedad comprometida con la recuperación de la soberanía alimentaria y de la transición hacia un sistema alimentario justo para las personas.

Los costes que nos ocultan en el super

La clave para comprender por qué es realmente más costoso comprar, por ejemplo, un kilo de tomates de oferta en una gran superficie, que comprarlo directamente a un proyecto sostenible y cerca de casa, está en los “costes ocultos” o “externalidades”. Es decir, aquellos valores que no se ven reflejados en el precio que paga la persona al llegar a la caja, pero que sí existen y que sin duda terminan afectando su vida.

“Las externalidades de un producto son los efectos negativos de su producción ignorados a la hora de establecer el precio del producto”, explican Alba Remollar e Iraca Vargas, técnicas responsables de Llaurant un Futur Sostenible y coautoras del informe, junto con Marta Ibáñez Verdú y Jorge Molero Cortés.

“Esto implica que los precios que la persona consumidora paga no tienen en cuenta los costes reales de la producción, como los impactos sobre el medio ambiente (aire, suelo y agua), la sociedad y la salud de las personas en cada una de las etapas de la cadena agroalimentaria”, precisan. Las empresas que dominan el mercado de mercancías “ocultan esos costes” al fijar las ofertas, por ejemplo, del mencionado kilo de tomates. Claro que, a la larga, alguien debe pagarlos. 

“Son costes que realmente pagamos con nuestros impuestos para sostener problemas sanitarios, ambientales y sociales derivados de ese producto y su producción”, apuntan en el informe. Sin ir más lejos, “el importe de costes ocultos en España, en 2020, ligados a la alimentación, fue de 138.294 millones de euros”.

De esa cantidad, como lo plantea el informe y la Fundación Entretantos,  nada menos que “el 76,7% estaban relacionados con los problemas de salud”. De hecho, a nivel mundial, apuntan sus autoras, “se calcula que una de cada cinco muertes está vinculada a la alimentación, sea por dieta inadecuada o por la ingesta de tóxicos”.

Al mismo tiempo, “la forma de producir, comercializar y adquirir los alimentos es el factor que más contribuye a la degradación de nuestro planeta”, explican. Los datos hablan por sí solos: esa dinámica genera entre el 26% y el 34% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero; es una de las principales causas de deforestación y del 33% de la degradación de los suelos y el 20% de la sobreexplotación de los acuíferos.

Precios injustos

Los costes ocultos del sistema alimentario industrial se sostienen gracias a “precios no necesariamente justos”, es decir, que esconden el coste real de los alimentos. Y el primer eslabón de la cadena es el que más pierde: “El precio del mercado no es un precio justo para la persona agricultura, que muchas veces vende por debajo del precio de producción”, señalan las responsables de Llaurant. De hecho, ilustran, “desde el campo hasta la mesa, el precio de los productos se multiplica, de media, por 4,25”.

Otro aspecto negativo es la invisibilización de la mujer. Sólo el 15 por ciento de las cooperativas alimentarias convencionales están en propiedad de ellas, cuando su papel en el campo tradicional, y en la agricultura familiar, ha sido siempre protagónico.

Alternativas agroecológicas y sostenibles con precios justos

Frente a este sistema alimentario industrializado surgen numerosas propuestas de producción agroecológica y sostenible de proximidad, cercanos a casa. En este sentido, el programa Llaurant un Futur Sostenible ha recopilado durante estos años más de 20 de propuestas agroecológicas y sostenibles alrededor de la provincia de Castellón, las cuales se pueden descubrir en la web llaurant.com . Se trata de propuestas donde comprar directamente a las y los productores.

La agroecología es un enfoque que busca aportar equilibrio a un sistema de producción y consumo que ha perdido el norte. Un kilo de tomate producido de forma agroecológica en comparación con uno industrial genera “impactos positivos de tipo económicos, sociales, ambientales, y en nuestra salud”, señalan las autoras del informe. Y el precio al que se vende es justo para todos los eslabones de la cadena.

Entre los beneficios de la producción agroecológica de cercanía se cuentan, entre otros, que impide “la concentración de poder en macro empresas” en el mercado alimentario, y esto permite a las personas productoras y consumidoras elegir más libremente. Promueve las condiciones laborales y las prácticas comerciales justas, además de integrar el papel de la mujer en el campo. Y mitiga el cambio climático, gracias al mayor almacenamiento de carbono en los suelos con manejos agroecológicos."                  (Tomás Muñoz , El Salto, 27/01/25)

15.12.24

Ni Junts ni los jueces: el mayor problema que afronta Sánchez para conservar el Gobierno es es que necesita reinventarse, que debe ofrecer algo más que los últimos años para contar con la aceptación electoral suficiente para gobernar... es lo que los tiempos occidentales señalan... Las transformaciones en la mentalidad, en las aspiraciones y en las necesidades de la sociedad española son significativas. Y para conocerlas y comprenderlas, hay que hacer menos caso a The Economist y palpar el ambiente que se vive fuera de las grandes ciudades, en sus periferias y en las ciudades pequeñas e intermedias, así como en los barrios trabajadores y de clase media baja de las grandes urbes. Justo esos que participan menos, en los que Vox va ganando espacio poco a poco, y en los que, en muchos de ellos, una vez las izquierdas fueron hegemónicas. Salvo Cataluña y País Vasco, hay una disociación en las izquierdas entre esos territorios y su programa. En ese cambio cultural está el mayor problema para repetir el Gobierno (Esteban Hernández)

 "El PSOE debe afrontar varios problemas para conservar el Gobierno, algunos que se adivinan urgentes, y otros importantes.

El más evidente tiene que ver con las dificultades a las que aboca una relación de fuerzas parlamentarias tan precaria y ambigua. La factura de esa falta de equilibrio le llega de manera cotidiana a la hora de aprobar normas, pero también por la permanente posibilidad de que alguno de los socios decida que ya ha habido bastante Gobierno de Sánchez y provoque su caída. En el PSOE creen que el primer escollo venía dado, es parte de las tareas que asumieron cuando decidieron gobernar, y que el segundo es improbable que ocurra, y menos todavía en momentos como este. Las amenazas veladas de Junts les resultan poco creíbles, al menos por ahora. Hay más incentivos, en Cataluña y en el conjunto de España, para mantener el ejecutivo que para derribarlo.

La presión judicial provoca un desgaste continuo. Desde el PSOE entienden que esa erosión lleva al desvío de esfuerzos, lo que supone una dificultad a la hora de dedicar todas las energías a gobernar, pero apenas temen que les pase factura electoral. En parte porque entienden que todo esto quedará en nada, pero también porque creen que, en el momento de las elecciones, los asuntos judiciales pueden haberse resuelto en términos favorables. Además, tanto énfasis en los juzgados puede causar un hartazgo en la población que provoca que se deje de prestar atención a estos temas, e incluso que, si no ofrece resultados tangibles al PP en un plazo relativamente corto, se le vuelva en contra a Feijóo. Entienden que el dirigente popular está presionado por sus votantes, que no le perciben como un líder sólido, y eso puede provocar tensiones internas.

La tendencia dominante

Los socialistas sí perciben un problema en el terreno electoral. Las encuestas no son favorables, y aunque el PSOE se mantiene en un nivel razonable de voto, el desplome de su izquierda haría imposible repetir en el Gobierno si las elecciones se celebrasen pronto. Un Ejecutivo PP-Vox es el resultado que las empresas demoscópicas anuncian, que además iría en línea con lo que está ocurriendo en Europa.

Los socialistas están trabajando con un mapa claro: primero lo local, después lo nacional

Sin embargo, se trata de una dificultad aplazada. Cualquier encuesta realizada en una época distante de las elecciones no es real. Marca una tendencia, de la que son conscientes en Ferraz y en Moncloa, pero confían en avanzar durante el tiempo que les quede gobernando hacia un contexto más favorable. Tanto por la esperada recomposición de las distintas fuerzas de izquierda como por un mayor asentamiento de los socialistas.

Ahora es la época de colocar piezas y de tratar de encajarlas para que esa recuperación se produzca. El primer paso es el afianzamiento de nuevos liderazgos, especialmente en Madrid, Valencia, Andalucía y Aragón, para recuperar poder territorial. Las anteriores elecciones municipales y autonómicas fueron muy negativas por diferentes factores y es hora de recuperar terreno. Aunque quede mucho para ese momento, los socialistas piensan que habrá primero municipales y autonómicas, y acto seguido las generales. Cualquier plan es irreal porque las circunstancias pueden cambiar rápidamente en un contexto general inestable en Europa, y porque el presidente suele sorprender con golpes de mano. Pero, dentro de esa incertidumbre, los socialistas están trabajando con ese mapa: primero lo local, después lo nacional.

Las dos lecturas

Los problemas en este ámbito son mucho mayores de lo que el PSOE percibe. En primera instancia, porque poseen una visión limitada del momento social español. El artículo publicado por The Economist, que afirma que España es la mejor economía de la OCDE, es un motivo para el optimismo. Señalaría no solo que las cosas se están haciendo bien en el plano económico, sino que se han enfocado por el camino correcto para que los dos próximos años continúen siendo buenos en ese plano. Muchos expertos públicos y privados piensan lo mismo. No obstante, el orgullo tecnocrático que generan las alabanzas del intelectual orgánico de las derechas y las cifras en las que se apoya su diagnóstico generan una neblina política que puede despistar en exceso a los progresistas.

El coste de los bienes esencial para la subsistencia es lo suficientemente elevado como para que los socialistas estén preocupados

La diferencia entre las cifras macro y las micro fue una de las causas por las que Harris perdió contra Trump. El peso de la inflación era un lastre de partida para los demócratas, y lo es para los socialistas en España. Los precios elevados están presionando a la población y la responsabilidad se la atribuyen los ciudadanos, acertadamente o no, al Gobierno. El coste de bienes necesarios para la vida diaria es lo suficientemente elevado como para que los socialistas estén preocupados, porque eso sí que te saca de la Moncloa. No es el caso: entienden que la inflación es moderada y que es mejor que la de otros países occidentales. Y, siendo así, está generando muchas más perturbaciones de las que las grandes cifras señalan.

Otro elemento significativo es el desgaste que el paso del tiempo genera sobre las figuras públicas. Si llega al final de la legislatura, como promete, habrán sido nueve años de Pedro Sánchez como presidente, y es inusual que un dirigente dure tanto tiempo en una política tan rápida y agitada como la actual. En tiempos estables, la permanencia es una baza favorable; en los que no, es un problema añadido. En el caso de Sánchez, el desgaste proviene de varios frentes, y no únicamente por el transcurso del tiempo.

No es un programa de mayorías

El peor de los problemas que deben afrontar las izquierdas para continuar gobernando, pero especialmente los socialistas, no proviene, sin embargo, de estos dos factores, sino de la falta de conciencia del cambio de los tiempos. Básicamente, su estrategia se basa en intentar ofrecer un saldo positivo al final de la legislatura, en insistir en la importancia de la igualdad, la diversidad y la convivencia democrática, y en facilitar la adaptación española a la transición verde y ecológica.

La izquierda jugó la carta de la extrema derecha. Le funcionó, pero gastó la bala. Ya no puede volver a utilizarla con éxito

Este ya no es un programa de mayorías en Europa, y tampoco en España. De hecho, cuando el PSOE intentó hacer valer esa mezcla de gestión más ideario en las elecciones municipales y autonómicas, le salió mal. Y ese era el camino emprendido en la campaña de las generales hasta el debate con Feijóo. Desde ese instante, cambió de posición y utilizó masivamente la carta de la extrema derecha. Le funcionó, pero gastó la bala. Ya no puede volver a utilizarla con éxito. En España las encuestas aseguran que no basta con eso, y en el resto de Occidente tampoco.

Moncloa cree que una gestión tecnocrática positiva, el optimismo, la alianza entre diversidad territorial, la base femenina, la lucha cultural enfocada a los jóvenes y las minorías, el freno a la desinformación, el anclaje en los expertos científicos y el temor a la extrema derecha le será suficiente. La época, sin embargo, es muy diferente de lo que perciben las izquierdas; estas quieren encarnar el cambio y el progreso, pero el cambio lleva tiempo produciéndose y circula en otra dirección.

El progresismo debe realizar una tarea complicada. Lo que los tiempos occidentales señalan es que necesita reinventarse, que debe ofrecer algo más que los últimos años para contar con la aceptación electoral suficiente para gobernar. En España, además, debe reorganizarse desde el Gobierno, lo que resulta más complejo aún. Sin embargo, para tener alguna opción, primero debe constatar el momento en el que viven. Las transformaciones en la mentalidad, en las aspiraciones y en las necesidades de la sociedad española son significativas. Y para conocerlas y comprenderlas, hay que hacer menos caso a The Economist y palpar el ambiente que se vive fuera de las grandes ciudades, en sus periferias y en las ciudades pequeñas e intermedias, así como en los barrios trabajadores y de clase media baja de las grandes urbes. Justo esos que participan menos, en los que Vox va ganando espacio poco a poco, y en los que, en muchos de ellos, una vez las izquierdas fueron hegemónicas. Salvo Cataluña y País Vasco, hay una disociación en las izquierdas entre esos territorios y su programa. En ese cambio cultural está el mayor problema para repetir el Gobierno."

(Esteban Hernández ,  El Confidencial, 15/12/24)

28.6.24

«El medio rural es un terreno en el que la izquierda no piensa, no le interesa», escribe la activista bretona Juliette Rousseau. Y, sin embargo, podría inspirarse en las prácticas de los «paletos» para frenar a Le Pen... La izquierda francesa -supuestamente el campo de la emancipación- tiene una responsabilidad histórica en la alienación de las zonas rurales: para ella, salvo raras excepciones, han seguido siendo ante todo lugares que hay que educar, que hay que salvar de sí mismos. No ha sabido pensar ni defender la emancipación fuera del marco de la asimilación a lo urbano... De las zonas rurales que conozco, me gustan las prácticas de autonomía, solidaridad y desconfianza hacia el Estado, así como hacia las ciudades... Hay que situar el antirracismo en el centro de la cuestión... Construir y reforzar redes de solidaridad entre y con quienes se ven amenazados por esta visión racialista del mundo. Apropiarse de las tradiciones y devolverlas a la vida, al movimiento, para volver a conectar con aquellas que el patriarcado, el capitalismo o el nacionalismo han borrado y que pueden alimentar la emancipación de estos sistemas de opresión. También hay que abordar la cuestión de la producción, desde y con quienes la trabajan. Y mucho más... un saber hacer y una actitud «paletos» que bien podrían encontrar sus propias formas de expresión y liberación antifascistas (Juliette Rousseau)

"La noche del 9 de junio, cuando se contaron los votos en el pueblo donde vivo, el ambiente era de alegría. Una parte del electorado de la Agrupación Nacional había acudido a celebrar ruidosamente el anuncio de los resultados, mientras que otros, entre los que me encontraba, se preguntaban cómo sería posible ahora seguir viviendo entre toda esa gente, y temían el recrudecimiento de la violencia que sin duda se producirá si se nombra a un Primer Ministro de extrema derecha tras las próximas elecciones.

Una situación común a la inmensa mayoría del campo francés. De hecho, el mapa del voto en las elecciones europeas es indiscutible: en un mar de color marrón, las islas principales de los tres principales partidos de izquierda coinciden en gran medida con los límites de las grandes ciudades. También es aquí donde más aumenta el número de votos a su favor, mientras que en todas partes disminuye, a menudo drásticamente.

La fractura entre la izquierda y el campo es inmensa, casi total. Incluso en las pocas zonas rurales que históricamente han sido de izquierdas, como Côtes-d’Armor, antiguo bastión comunista, o Loira-Atlántico, cuna de agricultores laboriosos y de la lucha contra el aeropuerto de Notre-Dame-des-Landes, ahora lidera la Agrupación Nacional. Sin embargo, esta división no es nada nuevo, y creo que puede atribuirse a las múltiples responsabilidades de nuestro campo político en la situación actual. Por «izquierda » me refiero tanto a la izquierda de los partidos políticos como a la izquierda de la producción intelectual, teórica e incluso cultural. Durante demasiado tiempo, las zonas rurales han sido un ámbito en el que la izquierda no piensa, que no le interesa.

Entre el desprecio y el romanticismo

Así pues, estos territorios siguen existiendo en su mente a través de una serie de clichés, que van del desprecio a la romantización (de la Picardía a la Drôme), independientemente de que haya aceptado que siguen siendo coto de la derecha. La izquierda francesa -supuestamente el campo de la emancipación- tiene una responsabilidad histórica en la alienación de las zonas rurales: para ella, salvo raras excepciones, han seguido siendo ante todo lugares que hay que educar, que hay que salvar de sí mismos. No ha sabido pensar ni defender la emancipación fuera del marco de la asimilación a lo urbano, percibido a su vez como la forma última de la modernidad. Incluso hoy en día, como nos recuerda la geógrafa Valérie Jousseaume, la ruralidad sigue percibiéndose mayoritariamente como una forma degradada de lo urbano.

Tal vez sea eso lo que tanto ha llamado la atención en los últimos días: el modo en que el discurso y las estrategias de la izquierda reflejan una dimensión insular de la que ni siquiera parece ser consciente. Puedo oír en sus palabras lo ajenos que le resultan entornos como el mío, cómo se le escapan. La condición impura y mestiza de nuestras vidas, donde los vecinos votan a RN y la mayoría de las veces dependen de la RSA, donde todo el mundo sabe dónde vives y quién es tu familia, donde la discreción o incluso la autocensura es a menudo un requisito indispensable para poder convivir, y donde la lógica que impera cuando eres de izquierdas es sobre todo, y por defecto, la de «habrá que apañárselas». Es una composición cada vez más difícil y que, en mi pueblo, lleva ahora a la gente a ocultar sus opiniones cuando son de izquierdas.

Y sin embargo, este » habrá que apañárselas » es una de las principales razones por las que volví al campo. Junto con la solidaridad material, la mano tendida entre vecinos, prácticas tan comunes en los modos de vida rurales y que constituyen la base de una forma de convivencia que nunca ha desaparecido del todo.

«Siempre he creído en la vida compartida».

Paradójicamente, si esto no convierte a la población rural en votantes de izquierdas, creo que la izquierda se beneficiaría de inspirarse en ello. Siempre he creído en la vida compartida, en reunirse y organizarse con quienes están geográficamente cerca de nosotros. También es una cosa de paletos, que quiero reivindicar y reclamar para mí. Las ciencias sociales lo denominan» efecto lugar», es decir, una profunda interdependencia e interconocimiento ligados a un lugar compartido.

Política de proximidad

Esta cultura de trabajar con los demás y colaborar ha ido despertando a lo largo de la última semana. Tiene sus propias implicaciones, y sobre todo exige que hagamos las cosas a nuestra manera, distanciándonos a veces de las instrucciones de campaña. En otras palabras, tenemos que pensar en las formas en que podemos transformar la realidad de las zonas en las que actuamos, y encontrar un equilibrio entre el conflicto abierto con las ideas de la extrema derecha y una inteligencia relacional que preserve nuestros contactos sociales (en clubes deportivos, grupos de padres, mercados, con nuestros vecinos, etc.). Tenemos una fuerza: actuamos donde vivimos, y eso nos da una legitimidad y una inteligencia superiores a las de los aparatos que hemos visto actuar en la designación de candidatos, por ejemplo.

Creo que podemos aprender mucho de estos tiempos difíciles. A nivel local, nos permite renovar y ampliar nuestras redes de contactos. Al implicarnos, estamos aprendiendo a hacer cosas juntos y preparándonos para lo que viene después. En nuestro apoyo crítico a la campaña del Nuevo Frente Popular, y cuando tenemos suerte, en nuestro apoyo asertivo a un diputado con raíces locales (como es el caso de mi circunscripción), volvemos a plantearnos la posibilidad de la política de base, y la necesidad de una organización colectiva que vaya más allá de los plazos electorales y del marco de los partidos políticos. A través de los intercambios inherentes a la prospección, al puerta a puerta y a las reuniones, ponemos en juego las cuestiones que nos conciernen directamente. En otras palabras, volvemos a hacer política del mismo modo que nosotros mismos construimos el terreno común que hasta ahora nos ha sido arrebatado.

¿Cómo vemos nuestra comunidad política?

A nivel nacional, este periodo podría permitir comprender mejor las diferentes dinámicas territoriales y sus lógicas organizativas. Comprender mejor por qué las zonas rurales parecen a veces tan alejadas de las zonas urbanas, en particular de los centros de las grandes ciudades. ¿Cómo concebimos nuestra comunidad política y qué medios tenemos para construirla? Confieso que no tengo muchas expectativas puestas en los partidos políticos a este respecto, pero sí creo que el movimiento social puede salir de este momento como una fuerza más fuerte, siempre que no renuncie a nada de su autonomía y se comprometa a pensar en la transformación a largo plazo.

De las zonas rurales que conozco, me gustan las prácticas de autonomía, solidaridad y desconfianza hacia el Estado, así como hacia las ciudades y los que dicen representarnos sin intentar nunca conocernos ni tratarnos de igual a igual. Estos elementos pueden sentar las bases de un proyecto político completamente distinto. Esto requerirá un trabajo a largo plazo, así como el establecimiento de un equilibrio de fuerzas, tanto con respecto a la extrema derecha y sus ideas, como con respecto a la izquierda y sus ideas equivocadas.

«Vamos a tener que poner el antirracismo en el centro».

Hay que situar el antirracismo en el centro de la cuestión y trabajar para disipar la idea de que la pertenencia rural es ante todo una cuestión de arraigo, de una «Francia eterna» en la que tierra, sangre e identidad cultural están «naturalmente» unidas. Construir y reforzar redes de solidaridad entre y con quienes se ven amenazados por esta visión racialista del mundo. Apropiarse de las tradiciones y devolverlas a la vida, al movimiento, para volver a conectar con aquellas que el patriarcado, el capitalismo o el nacionalismo han borrado y que pueden alimentar la emancipación de estos sistemas de opresión. También hay que abordar la cuestión de la producción, desde y con quienes la trabajan. Y mucho más.

Es una tarea ingente, pero tenemos la alegría de trabajar con el material inmediato de los lugares en los que vivimos y la gente con la que los compartimos: un saber hacer y una actitud «paletos» que bien podrían encontrar sus propias formas de expresión y liberación antifascistas."

( Juliette Rousseau , Reporterre, 25/06/24, traducción DEEPL)

9.5.24

Los únicos que obtienen beneficios son quienes están entre el productor y el consumidor: las multinacionales y la agroindustria... La estrategia 'De la granja a la mesa' desactiva los tratados de libre comercio, por eso los agricultores neoliberales y conservadores están en su contra... la Ley de la Cadena Alimentaria del Estado español debe plantearse en el marco europeo: con legislaciones que planteen que no se puede vender a pérdidas, venga el producto de donde venga... y la UE tiene prohibido la utilización de hormonas para la producción de leche de vaca, antibióticos para el engorde del ganado e, históricamente, ha planteado que toda la leche y carne que entre de fuera cumpla esos parámetros que se exigen a los productores europeos. Pero esa ley no planteaba reciprocidad. Y debe reconocerla

"En Bizkaia no hay latifundistas ni señoritos. Hay una orografía llena de montes y valles que dejan poco espacio para bancales, huertas y fondos inversión. La tierra heredada es muchas veces una losa que hernia la espalda y, desde los municipios, aún no se ha perdido del todo el cordón umbilical que une la mesa con el campo: los mercados agrícolas son sagrados, excepto para los inspectores de la Seguridad Social.

Los sindicatos agrarios de Bizkaia, EHNE y ENBA, realizarán mañana una movilización conjunta bajo tres ejes unitarios: el cese inmediato de las negociaciones de los acuerdos de libre comercio, la necesidad de que los precios de los alimentos incluyan los costes de producción y la simplificación de la burocracia. Tres columnas de tractores llegarán a Bilbao desde Karrantza-Margen Izquierda, Busturialdea-Mungia-Txorierri y Durangaldea-Lea Artibai para desfilar a primera hora por la Gran Vía, hasta llegar a las 11h al Arenal. Allí celebrarán un mercado con cuartos de cordero a 20 euros, para protestar contra el acuerdo de libre comercio con Nueva Zelanda. Piden una moratoria para que el cordero de la otra punta del planeta no eche por el suelo los precios de este animal, para que se respete la producción local y para no contaminar el mundo. Unzalu Salterain es el coordinador de EHNE Bizkaia, su objetivo es la agroecología y la soberanía alimentaria.

En el Eroski, y también en la verdulería de mi calle, las manzanas rojas son de Chile, y no lo soporto. Para comprar unas que venga de Larrabetzu o Derio tengo que ir al mercado, específicamente a los puestos de los baserritarras. Uno de vuestros ejes son los acuerdos de libre comercio. ¿Por qué?

Pedimos una moratoria en todos los acuerdos de libre comercio que se están firmando. No es aceptable que se firmen sin analizar sus impactos en la producción local. Estamos hablando de, por ejemplo, la ratificación del nuevo acuerdo con Nueva Zelanda, que permitirá la importación de cordero y leche.

¿Importaremos leche de Nueva Zelanda, después de habernos cargado la ganadería de vacas lecheras tirando por el suelo el precio del litro durante los últimos 20 años?
 

Europa importará leche de Nueva Zelanda y exportará otro tipo de productos, que no tienen por qué ser alimentarios. Esta lógica carece de sentido. Los alimentos viajan de punta a punta del mundo, haciendo dumping y destruyendo la economía de la zona y, lo más grave, tienen un gran impacto en la crisis climática.

Como las manzanas que detesto.

Los sistemas globales no funcionan: agotan al planeta y al sector, y lo que no se dice es que la consumidora acaba pagando muchísimo por los productos. Hay que relocalizar los sistemas alimentarios y la Unión Europea lo plantea en la estrategia conocida como 'De la granja a la mesa' y la Agenda 30.

¿De qué hablamos cuando hablamos de libre comercio y de la PAC?

La PAC ha estado dirigida durante muchos años por la Organización Mundial del Comercio. La OMC aún tiene muchos tentáculos en la PAC, pero la estrategia 'De la granja a la mesa' es contraria a los tratados de libre comercio. Eso plantea dos debates: hay una parte de la izquierda que ha dicho que 'De la granja a la mesa' no es aceptable. Nosotros hemos dicho: vamos a fijarnos en qué ingredientes incluye y qué nos aportan en la producción alimentaria de Euskal Herria. Entendemos que el impacto será bestialmente positivo, que plantea virar hacia la agroecología, porque exige una disminución del uso de pesticidas, fertilizantes y antibióticos, algo que cambia absolutamente el modelo, pasando de uno industrial a otro con menos inputs. Además, dibuja un horizonte a 10 años en el que el 25% del territorio debe ser de producción ecológica. Consideramos que todo eso es suficiente, ya que podemos iniciar una transición muy profunda. La estrategia 'De la granja a la mesa' desactiva los tratados de libre comercio, por eso los agricultores neoliberales y conservadores están en su contra.

¿Hay algún pero?

Estados Unidos lo tiene clarísimo: con estas exigencias no podrá exportar a Europa carne hormonada, por eso trata de liderar el mercado de la carne sintética, donde también se han metido de lleno los fondos de inversión. Desde EHNE entendemos que 'De la granja a la mesa' no es perfecto, pero los procesos perfectos no existen y tienen contradicciones en cada etapa. Lo que debemos medir es si 'De la granja a la mesa' nos acerca a nuestro objetivo de la agroecología. Por ello desde EHNE decimos que estamos de acuerdo con estas estrategias, pero los mecanismos que la UE pone en marcha para hacer la transición no funcionan, también por la burocracia que implican.

En todas las protestas del campo se reclama “menos burocratización”. ¿Puedes explicar qué es el cuaderno digital de explotación?

Es el registro digital de toda actividad. Es un proceso que se suma a toda la burocracia que ya tienes que hacer, en un sector bastante envejecido y con una brecha digital evidente, por lo que el cuaderno genera rechazo y no es eficaz. Parece que la UE está dispuesta a revisarlo.

Burocracia para los agricultores y libre mercado para las empresas.

Sí, otra cuestión básica de los acuerdos de libre mercado es que la regulación del mercado es absolutamente liberal, con grandes multinacionales y fondos de inversión que están invirtiendo en alimentación, creando procesos de especulación. El cereal para los ganaderos, por ejemplo, está por las nubes porque desde la bolsa de Chicago está desorbitando los precios. Tiene que haber mecanismos de control para el mercado. Esas subidas a las que estamos asistiendo son absolutamente especulativas y repercuten en el precio de los alimentos que paga el consumidor. Y no olvidemos que la inflación de ahora es fruto, en gran medida, de la especulación.

Pasemos al tercer eje de vuestra tabla reivindicativa: los precios. Pedro Sánchez dijo ayer en el Congreso que se compromete a “fortalecer” la Ley de la Cadena Alimentaria. Los observatorios dependen de las comunidades autónomas. ¿Tenemos observatorio en la CAV?

Sí, lo tenemos. Pero además de observar, los observatorios tienen que hacer algo y los gobiernos deben poner mecanismos para que actúen de oficio frente a las infracciones, no solo cuando hay denuncia. Y esta misma lógica de la Ley de la Cadena Alimentaria del Estado español debe plantearse en el marco europeo: con legislaciones que planteen que no se puede vender a pérdidas, venga el producto de donde venga. Esto también es regular el mercado. Y, sin embargo, en estos últimos 30 años de política agraria del mercado libre, aunque hayan puesto ayudas, ha fracasado, tanto para el productor como para el consumidor. Ya que no hay alimentación barata para el consumidor. Los únicos que obtienen beneficios son quienes están entre el productor y el consumidor: las multinacionales y la agroindustria.

Sin embargo, indicas que aprecias un cambio en la UE.

Hay que resaltar que la Vía Campesina de Europa, en la Comisión Europea, está abriendo canales de interlocución para abordar estos temas y esto es muy importante. No vamos a ver cambios en dos días, pero es importante que el proceso empiece.

Recientemente, ha saltado a la prensa que inspectores de la Seguridad Social se han pasado por los mercados vascos y han aplicado, como mínimo, una docena de sanciones a baserritarras jubilados que venden lo que cultivan en casa.

Nos parece absolutamente inaceptable que se aplique de oficio y con miles de euros de multa, cuando hasta ahora hemos interpretado que la actividad era legal, siempre y cuando los ingresos no superaran el SMI. Nos parece absolutamente alucinante que la Seguridad Social vaya a por personas jubiladas seguramente con pensiones inferiores a 700 euros al mes, cuando vemos que en los consejos de administración de las grandes empresas hay jubilados cobrando miles y miles de euros cada mes.

La instrumentalización de la extrema derecha de las protestas en el campo, ¿qué?

Es clara: las movilizaciones del 6 de febrero están instrumentalizadas y, en parte, organizadas por la derecha. No solo por partidos políticos, sino por lobis de la agroindustria y de las empresas fitosanitarias, que son los que están abanderando las peticiones de la disminución del uso de plaguicidas, colocándose contra la estrategia ‘De la granja a la mesa’. Estos ‘promotores’ están haciendo una utilización indebida del sector agrario, beneficiando a la gran industria, porque detrás de todo está esa gente. Y el rechazo que han planteado a los sindicatos agrarios es claro. ¿Y por qué? Porque la interlocución con el Gobierno debe ser con nosotros, por ley es así. De ahí que traten de instrumentalizar las protestas.

En Bizkaia no la ha habido.

Hemos conseguido que no ocurra y los dos sindicatos agrarios que tenemos representación hemos acordado tres ejes de acción y una salida unitaria. En el proceso no ha habido intereses corporativistas, como los hay en otras provincias y comunidades autónomas. A la calle está saliendo mucha gente con elementos en común, como la falta de precios, pero no debemos olvidar que los intereses son distintos. No hay más que mirar a Francia: hay gente con muchas hectáreas, como el presidente del sindicato agrario mayoritario en Francia, FNSA, una persona muy conocida e inversor en bolsa. Está metido en el meollo de la especulación. En el Estado hemos salido todos a la calle, sí, pero no todos reivindicamos lo mismo.

En mi opinión, esta instrumentalización trata de opacar la línea divisoria entre señoritos y labradores, al menos en el Estado español.

Efectivamente. Están intentando meter a todo el mundo en el mismo saco: terratenientes legitimándose y utilizando a gente que vive de lo que produce, sin tener en cuenta que los grandes productores son los grandes explotadores de los temporeros inmigrantes, como en Peralta de Nafarroa. Nosotros, aquí en Bizkaia, siempre estaremos más con los temporeros que con los terratenientes.

Von der Leyen retiró el martes su proyecto para reducir los pesticidas en la UE para, supuestamente, contentar las protestas del campo. ¿Estás más contento?

Ha retirado un proyecto de ley, pero no ha especificado del todo. Da a entender que retira la obligatoriedad por ley de bajar los pesticidas. Si es así, es el camino equivocado. Es necesario articular y rebajar el uso de pesticidas, fitosanitarios y fertilizantes para 2030 un 50%. Todo lo que no sea eso, es mala noticia para nosotros. Ahora bien, el proyecto de ley no era muy de agrado incluso para una organización como la nuestra.

¿Por qué?

La UE tiene prohibido la utilización de hormonas para la producción de leche de vaca, antibióticos para el engorde del ganado e, históricamente, ha planteado que toda la leche y carne que entre de fuera cumpla esos parámetros que se exigen a los productores europeos. Pero esa ley no planteaba reciprocidad. Y debe reconocerla.

Volviendo al tema de las manzanas rojas y perfectas de mi calle, una vez hablé con un trabajador de los que hacen tratos comerciales para las distribuidoras. Decía, con razón, que como consumidores queremos manzanas rojas, perfectas y de tamaño uniforme. ¿Cuánta pedagogía necesitamos las consumidoras?

Muchísimos años. Para que las consumidoras quieran manzanas rojas brillantes iguales, la industria ha pasado décadas acostumbrando a la gente para que desee eso. Ahora ni siquiera se conoce a la manzana de Errezil y otras variedades autóctonas. Esas son las verdaderamente buenas, las que aguantan meses. Pero no se trata de ridiculizar a la consumidora, sino de sensibilizar, de explciar mucho y bien.

En tu comarca existe un movimiento fantástico que impulsa el producto de km 0 en los comedores escolares, esos sitios que desmanteló el Gobierno vasco para instaurar el menú de cátering.

Efectivamente. Los centros de enseñanza son clave. Debemos recuperar la conexión entre la producción y la urbe. Y esa conexión se hace a través de la alimentación. Cuando eso se rompe, aparecen las grietas que tenemos. La compra pública de alimentos no vamos a cambiar de noche a la mañana, pero si en 5 años ponemos como objetivo que el 40% se producto local y dentro de 7, el 60%, eso tendrá un efecto tractor en la parte productora, que demandaría más producción local y daría más seguridad a los que quieran instalarse. Y así debe ser, porque este planeta no aguanta este ritmo y desde la alimentación podemos contribuir a pararlo.

Una de mis iniciativas municipales preferidas, bien sea en Mallabia, Zarautz o Bilbao, son las huertas municipales. En las últimas elecciones municipales te presentaste por EH Bildu en tu pueblo, Abadiño, donde ahora eres concejal. ¿Qué ha pasado con las huertas?

Estaban al lado del río y había riesgo de que el agua se llevara la tierra. Ha habido que hacer limpieza y asegurar taludes. Cuando se termine la acometida, las huertas volverán y se ampliarán. Para nosotros el cultivo de la tierra es clave. El otro día llevé a mi hijo al instituto de Rekalde, en Bilbao, a jugar un partido de deporte escolar, y vi cómo habían instalado jardineras por todos los lados y los chavales cultivaban productos hortícolas. Esa pequeña pedagogía me parece muy importante. Están rodeados de asfalto, pero ahí tienen sus jardineras. Me alegró ver que el mensaje con el que tanto tiempo llevamos insistiendo esté calando. Los chavales que cultivan lechugas y que comen en el comedor son los consumidores de mañana."                (Gessamí Forner , El Salto, 08/02/24)

3.5.24

La Europa profunda... la política agrícola rara vez mueve los corazones y las mentes. Pero las recientes protestas de los agricultores en Europa ofrecen lecciones fundamentales en la ciencia política contemporánea... Las protestas adquirieron un carácter antieuropeo, lo que resulta bastante sorprendente, pues los agricultores europeos son una clase protegida desde hace más de sesenta años, con un apoyo centralizado a los precios. Bruselas compraba los productos cuando su precio caía por debajo de un umbral... Con la ola neoliberal, las subvenciones se fragmentan en una jungla de medidas locales, una forma de clientelismo burocrático e informatizado... Puede sorprender que, entre las clases subalternas, el grupo social considerado más arcaico y tradicionalista sea el primero en desarrollar un carácter transnacional... Más sorprendente aún es que esta clase sea la única capaz de defender sus intereses con eficacia hoy en día... Los campesinos de hoy (al menos los que han estado protestando en Europa en los últimos meses, son pequeños terratenientes, similares a los camioneros independientes, los pequeños capitalistas autoexplotadores... restos del pasado, pero elementos indispensables de cohesión identitaria (Marco D'Eramo)

"Soy consciente de que la política agrícola rara vez mueve los corazones y las mentes. Pero las recientes protestas de los agricultores en Europa ofrecen lecciones fundamentales en la ciencia política contemporánea. Su importancia no reside únicamente en el hecho de que constituyan una de las escasas protestas victoriosas de las últimas décadas. Ni en que los manifestantes representan a una de las clases más protegidas del planeta (y quizá ambas cosas no sean ajenas). Ni porque la victoria consistiera en reafirmar su derecho a envenenar el agua, la tierra y el aire (y tal vez las tres cosas estén relacionadas). Ni siquiera por la extraordinaria sumisión y munificencia tanto de los gobiernos nacionales como de la Unión Europea (¿y no están conectadas estas cuatro cosas?). Las lecciones van mucho más allá. Pero empecemos por los hechos.

El reciente estallido de protestas de los agricultores comenzó en Alemania el 18 de diciembre, cuando entre 8.000 y 10.000 manifestantes y al menos 3.000 tractores descendieron sobre la Puerta de Brandemburgo de Berlín. Las manifestaciones continuaron en la capital y se extendieron por todo el país en las semanas siguientes, momento en el que los agricultores franceses también se rebelaron, proclamando un «sitio de París» el 29 de enero y bloqueando sus autopistas. Protestas similares estallaron en otros diez países de la UE, entre ellos España, Chequia, Rumanía, Italia y Grecia. Los disturbios iniciales fueron provocados por el Tribunal Constitucional alemán, que había prohibido a la coalición gobernante del «semáforo» utilizar fondos no asignados de Covid-19 para equilibrar su presupuesto. Obligado a buscar en otra parte, el gobierno redujo las subvenciones e introdujo nuevos impuestos que afectaban a los vehículos de motor agrícolas y al gasóleo.

De ahí la revuelta de los agricultores, que añadieron más partidas a su cahier de doléances. Entre ellas, la medida de la UE que excluye de las subvenciones a quienes no retiren anualmente el 4% de sus tierras. Hay que señalar que se trata sólo de un primer paso provisional para permitir que la tierra se recupere y aliviarla un poco de los fertilizantes nitrogenados que, cuando se liberan al aire, contribuyen 310 veces más que el dióxido de carbono al efecto invernadero (el 4% de todo el suelo no parece un gran sacrificio para evitar que se deteriore por completo). Los agricultores también se unieron a sus colegas polacos, que llevan un año protestando contra la importación libre de impuestos de productos agrícolas ucranianos (trigo, maíz, colza, aves de corral, huevos), en una disputa que complica los discursos oficiales sobre la inquebrantable solidaridad europea con el esfuerzo bélico.

Las protestas adquirieron así un carácter antieuropeo, lo que resulta bastante sorprendente a la luz de las cifras. Pues la UE destina más de un tercio de su presupuesto total (58.300 millones de euros de un total de 169.500 millones en 2022) a los agricultores, pese a que éstos sólo producen el 2,5% del PIB de la Unión y representan únicamente el 4% de los trabajadores europeos (y en realidad mucho menos en los grandes países productores -Francia, Italia, Alemania, España y Países Bajos-, pues un tercio reside sólo en Rumanía). Los agricultores alemanes reciben unos 7.000 millones de euros de la UE, además de 2.400 millones del Estado federal alemán. Las protestas son aún más sorprendentes si se tienen en cuenta los beneficios netos medios: 115.400 euros para la campaña 2022/23, lo que supone un aumento del 45% respecto a la anterior. Los productores de forrajes para la ganadería obtuvieron unos beneficios especialmente buenos, con más de 143.000 euros, mientras que los agricultores obtuvieron una media de 120.000 euros. Los agricultores protestan así tras un año récord de beneficios.

Los agricultores europeos son una clase protegida desde hace más de sesenta años, tras la introducción de la Política Agrícola Común (PAC) en 1962. Al principio, esta protección (barreras a la importación, desgravaciones fiscales, subvenciones y precios garantizados en las primeras décadas) tenía sentido electoral y político, ya que los agricultores seguían representando el 29% de la población en Italia y el 17% en Francia (por poner dos ejemplos); pero hoy en día, dedicar un tercio de los recursos de la UE a menos de una vigésima parte de la población parece muy cuestionable. Esto es aún más cierto si se tiene en cuenta la evolución de la PAC. Al principio se basaba en un apoyo centralizado a los precios: Bruselas compraba los productos cuando su precio caía por debajo de un umbral, y luego se revendían o simplemente se destruían. Este método tenía varios defectos: estimulaba la sobreproducción, sobre todo de leche, fruta y cereales. En los años 80 se desperdiciaron millones de toneladas de productos agrícolas. Además, como la producción era mayor en las grandes explotaciones, los gigantes del agronegocio recibían la mayor parte de las subvenciones y ayudas.

Con la ola neoliberal, sin embargo, la intervención centralizada en los precios se redujo y la gestión se delegó en gran medida en cada Estado miembro. El resultado es que las subvenciones, exenciones fiscales e incentivos se fragmentan en una jungla de medidas locales: una forma de clientelismo burocrático e informatizado. La política agrícola de la UE provocó las críticas de países no comunitarios que argumentaban contra la impenetrabilidad de la «fortaleza Europa» para sus industrias agrícolas, y también de Alemania, un país dedicado a la exportación que encontraba en ella un obstáculo para los acuerdos comerciales más allá de Europa. También se señaló que incluso los países que más se benefician de la política, como Francia (que recibe 9.400 millones de euros en contribuciones), pagan más a la UE de lo que reciben (el beneficio está en otra parte: en la libre circulación de mercancías y capitales).

Para comprender la dinámica de estas protestas, hay que recurrir a su prototipo reciente: la rebelión de los agricultores holandeses en los últimos cinco años. Holanda es el país de la UE con la industria agrícola más intensiva. En una superficie de sólo 42.000 kilómetros cuadrados (una sexta parte de la del Reino Unido), cría 47 millones de pollos, 11,28 millones de cerdos, 3,8 millones de reses y 660.000 ovejas (la población humana total es de 17,5 millones). Francia, con una superficie 15 veces mayor, cría el mismo número de cerdos y sólo cuatro veces más de ganado vacuno. Un país tan pequeño como Holanda es, por tanto, el segundo exportador agrícola del mundo (79.000 millones de dólares), por detrás de Estados Unidos (118.000 millones de dólares, en una superficie 250 veces mayor) y por delante de Alemania (79.000 millones de dólares, en una superficie nueve veces mayor).

No es de extrañar, por tanto, que en 2019 el Instituto Holandés de Salud Pública alertara sobre los efectos ecológicos de la ganadería, mostrando que es responsable del 46% de las emisiones de nitrógeno (para alimentar al ganado, Holanda tiene que importar enormes cantidades de pienso nitrogenado, además de los compuestos nitrogenados producidos por los propios animales), además de graves e irreversibles daños al suelo. Esto sólo puede frenarse reduciendo la cantidad de ganado que se cría; así que, en respuesta a estos hallazgos, el gobierno de coalición de centro-derecha propuso una ley para reducir a la mitad el número total. La reacción de los ganaderos no se hizo esperar: los tractores avanzaron sobre La Haya, inaugurando casi cuatro años de protestas muy visibles, a veces violentas, que paralizaron autopistas e interrumpieron el tráfico por los canales. Pronto, estas protestas fueron imitadas en Berlín, Bruselas y Milán. Los agricultores de los Países Bajos sólo representan el 1,5% de la población, pero en marzo del año pasado el Movimiento Campesino-Ciudadano (BBB) obtuvo casi el 20% de los votos y 15 de los 75 escaños del Senado, antes de hundirse en las elecciones parlamentarias anticipadas de noviembre hasta el 4,65% y 7 escaños en la Cámara de Representantes.

Los gobiernos holandeses (sean de la composición que sean) no suelen gustar a muchos países de la UE por ser los abanderados de los «Estados frugales», siempre dispuestos a secundar al Banco Central alemán en sus Strafexpeditionen ordoliberales. Pero hay que decir que, aunque acabaron cediendo, los gobiernos mostraron mucha más firmeza en la cuestión del nitrógeno que sus homólogos de otros lugares de Europa o incluso la propia Bruselas. Este invierno, ante las amenazadoras columnas de tractores, la Comisión Europea se plegó de inmediato a la ordenanza sobre barbechos. En lugar de dejar que el 4% de la tierra quede sin utilizar, los agricultores podrán ahora cultivar plantas que «fijen» el nitrógeno en el suelo, como «lentejas o guisantes». Y los gobiernos nacionales, empezando por Alemania, han retirado el impuesto sobre el gasóleo de uso agrícola. Ahora se habla de nuevas subvenciones para el sector.

Resulta instructivo comparar estas reacciones con las que se produjeron tras la revuelta de los gilets jaunes en Francia. El detonante de las protestas fue similar: el rechazo a cargar con los costes de las medidas ecológicas, en este caso un aumento del precio de los carburantes de carretera. Aunque las manifestaciones de los agricultores nunca han superado los diez mil manifestantes, y los implicados no han superado los cien mil en total, en la primera acción de los gilets jaunes, el 17 de noviembre de 2018, participaron 287.710 manifestantes en toda Francia (esto según el Ministerio del Interior francés; es probable que hubiera muchos más). Al menos tres millones de personas participaron en el movimiento durante cuatro meses.

La represión policial contra los gilets jaunes fue extremadamente violenta; 2.500 manifestantes y 1.800 agentes resultaron heridos en los enfrentamientos. Una media de 1.800 personas fueron detenidas cada semana; 8.645 fueron arrestadas y 2.000 condenadas, el 40% de ellas a penas de prisión. En cambio, en el caso de las recientes protestas de los agricultores franceses pude encontrar pruebas de 91 detenciones el 31 de enero y 6 en la Feria Agrícola del 24 de febrero, donde 8 policías resultaron heridos leves. Durante el «sitio de París» se utilizaron muy pocos cañones de agua. La suavidad de la respuesta fue igualada por otras fuerzas policiales europeas, alemanas, italianas, españolas, griegas, etc.

Esto nos lleva a una segunda diferencia decisiva entre los dos movimientos: la dimensión europea. Puede sorprender que, entre las clases subalternas, el grupo social considerado más arcaico y tradicionalista sea el primero en desarrollar un carácter transnacional. Tal vez sólo el movimiento estudiantil de los años sesenta consiguió algo equivalente, extendiendo sus acciones de una capital a otra. Hace reflexionar que la libre circulación de capitales y mano de obra no produjo una libre circulación de movimientos, con la excepción de los campesinos. Tras sesenta años de UE, los sindicatos siguen negándose obstinadamente a llevar a cabo acciones a escala continental (hay que decir que no sienten absolutamente ningún empuje de sus bases en este sentido). Tras décadas de programa Erasmus, aún no hemos visto un nuevo movimiento estudiantil de dimensión europea.

Más sorprendente aún es que esta clase sea la única capaz de defender sus intereses con eficacia hoy en día. Lo ha hecho combativamente a lo largo de todo el siglo pasado. En Francia, por ejemplo: en 1907, en Languedoc y Rosellón, los agricultores se rebelaron contra las importaciones de vino y todo un departamento se amotinó en solidaridad, hasta que finalmente fueron reprimidos sangrientamente por el ejército; en 1933, los agricultores invadieron una prefectura por primera vez; entre 1957 y 1967 libraron la «guerra de la alcachofa»; en 1961 estalló la «guerra de la patata», y en 1976 hubo aún más tiroteos y barricadas. En 1972, rebaños de ovejas invadieron el Campo de Marte de París y el baile de oficiales de caballería fue interrumpido por un enjambre de abejas; en 1982, la ministra de Agricultura, Edith Cresson, fue bloqueada por los agricultores y tuvo que huir en helicóptero; en 1990, los Campos Elíseos se cubrieron de granos de trigo; el despacho de la ministra fue saqueado en 1999; el presidente francés, François Hollande, fue agredido en el Salón de la Agricultura de 2016.

En una paradoja que haría revolverse a Marx en su tumba, podría decirse que hoy los campesinos, y no los obreros, son la única clase internacionalista en la práctica, precisamente porque son chovinistas en ideología. Como coalición social, los gilets jaunes representaban lo que Christophe Guilly llamaba «La France périphérique»; en cambio, podría decirse que los campesinos representan «l’Europe profonde». Hay un mundo de diferencia entre ambos conceptos: el primero es marginal, periférico, el segundo es fundamental, esencial para el alma de la nación. La tierra es probablemente el concepto más conservador jamás desarrollado. Recuerdo una vez que estaba en una tienda de verduras en Grecia y oí a un cliente preguntar al dependiente: «¿Son griegas estas patatas?» Existe la peculiar idea de que si una fruta o una planta procede de tu tierra, entonces es más genuina, menos adulterada. No es casualidad que la primera ministra italiana, Georgia Meloni, utilice ahora los alimentos como arma en su ofensiva identitaria nacionalista.
Esto ayuda a desentrañar al menos algunos de los enigmas planteados por las protestas de los agricultores de los últimos meses. En lugar de la clásica alianza entre obreros y campesinos propuesta por Lenin, ¿estamos asistiendo a la formación de un nuevo bloque histórico? Con los tractores, las cosechadoras y toda la demás maquinaria, la revolución tecnológica aniquiló a las masas campesinas que describía Lenin. Los campesinos de hoy (al menos los que han estado protestando en Europa en los últimos meses, y ciertamente no los jornaleros -a menudo inmigrantes, aún más a menudo ilegales- que trabajan en sus campos) son pequeños terratenientes, similares a los camioneros independientes, los pequeños capitalistas autoexplotadores descritos por el sociólogo italiano Sergio Bologna (uno no puede evitar recordar a los camioneros independientes chilenos que tanto contribuyeron a la caída de Salvador Allende).

Junto con el sustento nutricional, los campesinos proporcionan al capitalismo global apoyo ideológico. Este sistema financiero abstracto necesita anclarse profundamente en nuestras psiques para poder gobernar eficazmente a nivel del Estado-nación. Los representantes políticos del capital no necesitan los votos de los agricultores, ni su producción económica, tanto como necesitan la «comunidad imaginada» que se crea en torno a la patata, la uva o el espárrago blanco. Un representante de los agricultores holandeses comentó en 2019: «Si pronto no habrá más agricultores, no digáis «wir haben es nicht gewusst»».

Que no tuviera miedo al ridículo al hacer una comparación con el Holocausto es una indicación de hasta dónde puede llegar la inversión simbólica en la figura del agricultor.
Lo que presenciamos no es, pues, una alianza de clases: los intereses de los pequeños propietarios agrarios no convergen con los del capital financiero. Todo lo contrario, ya que este último los estrangula con la deuda. El capital financiero comparte más bien intereses con las grandes redes de distribución y las empresas agroalimentarias cuyos beneficios perjudican a la inmensa mayoría de los «tractoristas». Imaginar que los pequeños agricultores están aliados con los grandes conglomerados agroalimentarios es como decir que las pequeñas carpinterías tienen los mismos intereses que Ikea. Esto explica por qué, aunque la clase de los pequeños agricultores propietarios es por término medio la más protegida y una de las más acomodadas, una parte de ella sufre penurias y tiene motivos para protestar. Las penurias del campesinado holandés -por poner sólo un ejemplo- se deben a la integración vertical entre la industria petrolera, la industria química, la industria de maquinaria y la gran distribución, que ha convertido a Holanda en el segundo exportador agrícola del mundo.

Pero sean cuales sean sus luchas, el hecho es que los campesinos de hoy son todos pequeños propietarios. La ideología de la propiedad encuentra su manifestación más pura en la propiedad de la tierra. Los gilets jaunes no protestaron como propietarios; lo hicieron los tractoristas. Mientras que la simpatía de una parte de la población se basa en la identidad, la indulgencia del capital es simpatía por una protesta propietaria. De ahí la doble atracción. El abandono de las reivindicaciones ecologistas por parte de los gobiernos (y también la idea de hacer pagar a los consumidores de combustibles fósiles por la reconversión medioambiental) revela el vaivén ideológico de la propiedad frente al del bien colectivo.

En mi libro Masters, planteé un problema relacionado: el neoliberalismo es una ideología individualista, atea y amoral, basada en la negación de cualquier tradición y en la idea del ser humano como una tabula rasa de comportamiento. Sin embargo, ¿por qué el neoliberalismo se alía constantemente con el fundamentalismo religioso, una ideología comunitaria, tradicionalista y moralista? Los neoliberales alemanes ya dieron la respuesta cuando dijeron que a la competencia no se le puede pedir más de lo que es capaz de dar. La competencia divide y, por tanto, el sistema necesita otros componentes que mantengan unido el tejido social. Para el orden neoliberal, los campesinos son a la sociedad como los fundamentalistas religiosos a la ideología: restos del pasado, pero elementos indispensables de cohesión identitaria. En la era de la inteligencia artificial, nuestros gobernantes nos harán luchar por la patata europea."                 ( Marco D'Eramo , SIDECAR, 14/03/24; traducción DEEPL