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1.9.25

Cousas veredes... China denuncia la violación de los derechos humanos en Estados Unidos (y con toda razón)... afirma que la democracia estadounidense está secuestrada por el dinero, es una plutocracia en la que los intereses de una minoría adinerada prevalecen sobre los del pueblo... A esto se suma la manipulación de los distritos electorales y las leyes que suprimen el voto de las minorías, los jóvenes y los pobres... con un deterioro del bienestar social, con más de 40 millones de personas viviendo en la pobreza y 771.800 personas sin hogar en 2024... con un sistema de salud que ha dejado a millones de personas sin atención médica adecuada. En paralelo, la epidemia de opioides se ha cobrado más de 100.000 vidas en un año, en gran parte por la concertación entre farmacéuticas y autoridades regulatorias... La desigualdad ha seguido creciendo. El 50% de la sociedad norteamericana solo poseía en 2024 el 2,5% de la riqueza... con un un racismo estructural profundamente arraigado, con afroamericanos y latinos sistemáticamente criminalizados, encarcelados y asesinados por la Policía en proporciones mucho mayores que los blancos... con menores condenados a cadena perpetua sin libertad condicional (¡menores condenados a cadena perpetua!)... el acoso sexual es sistemático incluso en instituciones como el FBI o el ejército, y la violencia doméstica afecta a millones de mujeres. En algunos estados, el acceso a los servicios de salud reproductiva está gravemente restringido. Además, los niños tienen tasas de pobreza, trabajo infantil y abuso alarmantes, y muchas leyes estatales flexibilizan la protección contra la explotación laboral infantil... con trato inhumano a inmigrantes indocumentados. En la frontera sur, las muertes se dispararon, y los centros de detención son descritos como lugares de tortura sistemática... Según un informe de BBC News del 27 de noviembre de 2024, debido a que el gobierno entregó a niños migrantes no acompañados a patrocinadores no autorizados en Estados Unidos, se perdió el rastro de más de 320.000 menores no acompañados entre octubre de 2018 y septiembre de 2023, muchos posiblemente víctimas de trata o trabajo forzoso... El problema real para Washington no está fuera de sus fronteras, sino en su incapacidad de garantizar los derechos fundamentales de su propio pueblo (Pedro Barragán)

 "Este mes de agosto, la Oficina de Información del Consejo de Estado de la República Popular China ha publicado el Informe sobre las Violaciones de Derechos Humanos en Estados Unidos en 2024, que desnuda la supuesta legitimidad moral de Estados Unidos en el uso de los derechos humanos como arma de agresión internacional. El documento denuncia una amplia gama de abusos internos y externos, desde desigualdades sociales hasta hegemonía militar, que dibujan una imagen crítica del estado de los derechos humanos en el país norteamericano. 

Democracia de fachada y dinero como motor político 

Pobreza, vivienda y desigualdad estructural 

Racismo sistémico y represión policial 

Vulnerabilidad de mujeres y niños 

Inmigración: una tragedia humanitaria

Hegemonía y daño a los derechos humanos en el extranjero

Derechos humanos como herramienta de poder

(Pedro Barragán , Público, 24/08/25) 

5.11.24

La base de Trump siempre han sido los blancos. Y dado que los votantes blancos son la mayoría del electorado, constituyen con diferencia el mayor bloque que le apoya... Trump no obtuvo su mayor porcentaje de votos entre los blancos más pobres de Estados Unidos, sino entre los de la «clase media» (una etiqueta comodín utilizada para describir a todos los que se encuentran entre los ricos y los que viven por debajo del umbral de la pobreza)... hay tres puntos fundamentales de discontinuidad entre los electorados demócrata y republicano de EEUU: la etnia, el nivel de escolarización y la zona geográfica de pertenencia. Estas diferencias fundamentales subyacen a las profundas divisiones que sacuden hoy a Estados Unidos y enfrentan en bloques opuestos a blancos contra negros, a los que tienen un buen nivel de estudios contra los que sólo tienen una educación básica, y a los estados rurales contra los costeros... los blancos pobres están en gran medida abandonados a su suerte, con la blancura como única fuente de orgullo, la blancura que antaño garantizaba estatus y una vida digna y que ahora no sirve para nada... Trump les llama «patriotas», no «perdedores», y les devuelve la dignidad que han perdido entre los escombros del sueño americano (Giovanna Baer)

 "¿Quiénes son los de Trump? 74 millones de votos en las últimas elecciones presidenciales, 12 millones más que en 2016: si Trump se ha ido los que le votaron siguen ahí y son más numerosos. Viaje a los factores decisivos para la elección del voto, entre el nivel de escolarización y la «etnización» de la clase trabajadora

A pesar de su derrota electoral en las presidenciales del 3 de noviembre, Estados Unidos no se ha rendido ante Trump: The Donald obtuvo 74 millones de votos, 12 millones más que en 2016, lo que le convierte en el candidato más popular de la historia de Estados Unidos, Joe Biden aparte. El presidente saliente logró convencer a más del 70% de sus votantes (1) de que le habían robado la presidencia mediante fraude, y sus huestes lucharon con él en los tribunales, en los medios de comunicación y en las calles hasta el final, aquel 6 de enero en que sus fieles seguidores irrumpieron en el Capitolio para impedir que el Congreso certificara su derrota. Mucho se ha hablado durante la transición de la negativa de Trump a conceder la victoria, de su adicción a las redes sociales, de su equilibrio mental cada vez más inestable, del nuevo procedimiento de impeachment tras los acontecimientos del 6 de enero, de América partida en dos; pero casi nadie se ha cuestionado por qué la mitad de los estadounidenses sigue apoyándole para bien o para mal, contra viento y marea y a veces incluso contra sus propios intereses.

 A partir de los datos disponibles hasta ahora (que lamentablemente no incluyen un análisis del voto por correo, cuyo peso, en estos tiempos de pandemia, ha sido de todo menos marginal), las elecciones presidenciales de 2020 han acabado pareciéndose mucho a las de 2016, en flagrante contraste con las encuestas preelectorales, todas sólidamente favorables a Biden. Así lo confirma Charles H. Stewart, director y fundador del Laboratorio de Datos y Ciencia Electoral del MIT (2): «Ha habido ligeros cambios, pero [...] mucho menos dramáticos de lo que las encuestas nos hacían creer. Si acaso, algunas tendencias se han reforzado, como la prevalencia del voto demócrata entre el electorado menor de 30 años. En el resto de grupos de edad (30-44, 45-64, 65 y más) la brecha entre los dos contendientes ha sido bastante estrecha.»

 Trump también perdió cierto atractivo entre los votantes con rentas bajas, pero el expresidente, gracias a su política fiscal, ganó entre los electores con ingresos familiares superiores a 100.000 dólares anuales. Aunque todavía no hay pruebas concretas de ello, Stewart cree que el aumento de la participación, hasta el nivel más alto de la historia (3) y decisivo para el resultado final, se vio alimentado por el voto de los jóvenes y la comunidad latina, dos categorías que «históricamente han estado significativamente infrarrepresentadas en el electorado» y que eligieron mayoritariamente a Biden (con la excepción de los jóvenes blancos, partidarios de Donald Trump). Por lo demás, poco o nada ha cambiado desde noviembre de 2016, cuando EEUU decretó el éxito del presidente más antipolítico de la historia estadounidense.

El voto de 2016

 Uno de los mayores retos a los que se enfrentan quienes tratan de entender las elecciones estadounidenses es establecer un retrato preciso del electorado estadounidense y sus opciones. Obtener datos precisos es difícil por toda una serie de razones (entre ellas, la poca fiabilidad de los sondeos a pie de urna), pero el Pew Research Center (un think tank estadounidense no partidista con sede en Washington D.C. que proporciona datos sobre cuestiones sociales, opinión pública y tendencias demográficas en Estados Unidos y el resto del mundo) consiguió en 2018 frenar el problema introduciendo un nuevo enfoque, que combina, mediante una metodología estadística, los miembros de su panel de investigación (el National Representative American Trends Panel) con los archivos de votantes (que las autoridades administrativas ponen a disposición unos meses después de la votación). Pew obtuvo así un grupo de «votantes verificados», cuyas preferencias de voto en conjunto reflejan fielmente los resultados electorales (4). Al entrevistar a estos votantes verificados, fue posible llevar a cabo el análisis más preciso (al menos hasta la fecha) de las preferencias de voto en unas elecciones presidenciales, y la investigación se ha convertido en la fuente más fiable (y más citada) de la nueva geografía electoral estadounidense.

 Entre los factores que aparecieron como fuertemente correlacionados con las decisiones de voto, algunos se conocen desde hace tiempo (por ejemplo, la etnia), otros son menos intuitivos (por ejemplo, el nivel de estudios). En general, los blancos con un nivel de estudios universitarios de cuatro años o más constituían el 30% de todos los votantes validados. De ellos, el 55% dijo haber votado a Clinton y el 38% a Trump. Pero en el grupo mucho más amplio de votantes blancos que no habían completado estudios universitarios (el 44% de todos los votantes), Trump obtuvo el 64% de los votos y Clinton el 28%: una victoria aplastante. El desplazamiento del voto de la clase trabajadora blanca de los candidatos demócratas a los del GOP (acrónimo de Good Old Party, como se denomina al Partido Republicano estadounidense) representó la tendencia política más importante surgida de las elecciones presidenciales de 2016.

 En cuanto a las preferencias agrupadas por sexo, edad y estado civil, las mujeres votaron abrumadoramente a Clinton (54%, frente al 41% entre los hombres), y la brecha de género fue especialmente significativa entre los votantes validados menores de 50 años, donde Clinton recibió el 63% de las preferencias femeninas frente al 43% de las masculinas. Como resultado, el voto masculino es sustancialmente favorable a Trump. Entre los votantes casados (52% de la muestra) Trump obtuvo una mayoría del 55%; entre los votantes solteros la situación se invirtió, favoreciendo a Clinton con el 58% de los votos. En 2016, solo el 13% de los votantes validados eran menores de 30 años, pero este grupo de edad prefirió claramente a Clinton sobre Trump (por un margen del 58% al 28%, mientras que el 14% apoyó a uno de los candidatos de terceros partidos). Entre los votantes de 30 a 49 años, el 51% apoyó a Clinton, mientras que Trump ganó entre los votantes de 50 a 64 años (51% a 45%) y entre los mayores de 65 años (53% a 44%). Así pues, las mujeres, los solteros y los jóvenes votaron mayoritariamente a Dem, mientras que las familias y los mayores votaron a Trump.

 No obstante, debemos señalar que también en 2016, como suele ocurrir en Estados Unidos, la elección de los votantes y la afiliación partidista fueron casi sinónimos. Los votantes republicanos validados declararon elegir a Trump por un margen del 92% al 4%, mientras que los demócratas apoyaron a Clinton por un 94% al 5%. El aproximadamente tercio (34%) del electorado que se identificó como independiente dividió sus votos casi por igual (43% Trump, 42% Clinton).

Del mismo modo, el voto de 2016 estuvo fuertemente correlacionado con la coherencia ideológica. Colocando a los encuestados en cinco categorías que van de «sistemáticamente conservadores» a «sistemáticamente liberales» en función de una escala de diez valores políticos (incluyendo, por ejemplo, opiniones sobre etnicidad, homosexualidad, medio ambiente, política exterior y red de seguridad social), prácticamente todos los votantes validados con valores sistemáticamente liberales votaron a Clinton (95%), mientras que casi todos los que tenían valores sistemáticamente conservadores eligieron a Trump (98%). Los que tienen opiniones conservadoras sobre la mayoría de los valores políticos («predominantemente conservadores») se decantaron por Trump (87% a 7%), mientras que Clinton ganó, pero de forma menos abrumadora, entre los «predominantemente liberales» (78% a 13%). Entre los votantes con un perfil ideológico mixto (un tercio del total), Trump ganó por un estrecho margen (48%).

 Históricamente, los votantes estadounidenses están muy divididos por motivos religiosos, y esto se mantuvo constante en 2016. Los protestantes representaban aproximadamente la mitad del electorado y votaron a Trump frente a Clinton por un margen del 56% frente al 39%. Los católicos estaban más divididos: el 52% declaró haber votado a Trump, mientras que el 44% dijo haber apoyado a Clinton; sin embargo, los católicos blancos no hispanos apoyaron a Trump en una proporción de aproximadamente dos a uno (64% a 31%), mientras que los católicos hispanos se decantaron claramente por Clinton con un abrumador 78%. Entre los no afiliados a ninguna religión -ateos, agnósticos y los que dijeron que la religión no era «nada especial» para ellos- una mayoría decidida dijo que votaba a Clinton (65%).

 Dentro de la tradición protestante, los votantes se dividieron en función de la etnia: los protestantes evangélicos blancos, a los que pertenecen uno de cada cinco votantes, se contaron sistemáticamente entre los más firmes partidarios de los candidatos republicanos y apoyaron a Trump por un margen del 77% al 16% (y esta cifra es casi idéntica a la ventaja del 78% al 16% que Mitt Romney tenía sobre Barack Obama entre los evangélicos blancos en las encuestas del Pew Research Center en vísperas de las elecciones presidenciales de 2012). Entre los blancos afiliados al protestantismo mayoritario -iglesias episcopal, presbiteriana, metodista y luterana-, que representan el 15% de los votantes en general, el 57% dijo haber votado a Trump y el 37% a Clinton. Clinton, sin embargo, ganó abrumadoramente entre los protestantes negros (96% frente al 3% de Trump).

 Por último, en cuanto a la distinción por ingresos, los demócratas ganan tanto entre los votantes con ingresos más altos como entre los de ingresos más bajos. Los votantes con ingresos familiares anuales de 150.000 dólares o más votaron a los demócratas, por un margen de 59% a 39%; al igual que los votantes del otro extremo, aquellos con ingresos inferiores a 30.000 dólares (62% a 34%). Por el contrario, los votantes con ingresos entre 30.000 y 74.999 dólares eligieron mayoritariamente al Partido Republicano (54% a 44%).

Perfil demográfico y político de los votantes estadounidenses

Como es fácil imaginar, las coaliciones que apoyaron a los dos candidatos en la carrera presidencial son muy diferentes. Estas diferencias reflejan los amplios cambios que se han producido en las composiciones de los dos partidos, que ahora son más disímiles demográficamente que en cualquier otro momento de las dos últimas décadas. La coalición demócrata capta el voto femenino (61% en Clinton); los votantes jóvenes (48% de los votantes demócratas tienen menos de 50 años); los ciudadanos con un alto nivel de estudios (43% son al menos licenciados universitarios); y alrededor de un tercio de los votantes (32%) que viven en un entorno urbano. Por el contrario, la coalición republicana es mucho más fácil de definir demográficamente: los blancos son casi 9 de cada 10 partidarios de Trump (88%); de ellos, el 63% no tiene título universitario y el 35% vive en una zona rural.

 Surgen así tres puntos fundamentales de discontinuidad entre los electorados demócrata y republicano de EEUU: la etnia, el nivel de escolarización y la zona geográfica de pertenencia. Estas diferencias fundamentales subyacen a las profundas divisiones que sacuden hoy a Estados Unidos y enfrentan en bloques opuestos a blancos contra negros, a los que tienen un buen nivel de estudios contra los que sólo tienen una educación básica, y a los estados rurales contra los costeros.

La clase trabajadora: «etnización» de la situación económica

¿Quiénes son los votantes blancos de clase trabajadora que constituyen la reserva electoral más importante de Trump, la llamada «base»? En EE.UU., a los ciudadanos blancos sin educación superior (título universitario) se les suele llamar «clase trabajadora», pero esta etiqueta se utiliza de forma bastante simplista. En realidad, la base trumpiana no es tanto «blue collar», es decir, obreros y trabajadores de la construcción, como una mezcla socioeconómica definida tanto por el nivel de ingresos como por el nivel educativo, es decir, aquellos sin título universitario y con unos ingresos familiares anuales por debajo de la media estadounidense (5). También incluye a los propietarios de pequeñas empresas y a quienes trabajan en servicios, a menudo con perfiles administrativos (los llamados «de cuello blanco»), y a las mujeres que trabajan, por ejemplo, en sanidad y cuidados personales (los llamados «de cuello rosa»).

 De hecho, en 2016 Trump no obtuvo su mayor porcentaje de votos entre los blancos más pobres de Estados Unidos, sino entre los de la «clase media» (una etiqueta comodín utilizada para describir a todos los que se encuentran entre los ricos y los que viven por debajo del umbral de la pobreza). Según Identity Crisis: the 2016 Presidential Campaign and the Battle for the Meaning of America ( Crisis de identidad: la campaña presidencial de 2016 y la batalla por el significado de América ) (autores John Sides, Michael Tesler y Lynn Vavreck), un libro muy elogiado sobre las elecciones de 2016, Trump habría «etnicizado» la situación económica (economía racializada) promoviendo con éxito entre los estadounidenses blancos «la creencia de que los grupos que no lo merecen están saliendo adelante mientras tu grupo se queda atrás», es decir, la creencia de que los grupos étnicos menos merecedores estaban mejorando su estatus mientras los blancos se quedaban atrás. Así, en 2016 fueron los votantes blancos los que atiborraron a Trump en el Despacho Oval, con un rotundo 54% frente al 39% de Clinton, y las primeras estimaciones del voto para 2020 (aunque todavía incompletas o parcialmente inexactas) muestran que The Donald incluso mejoró sus resultados al obtener el 57% del electorado blanco (frente al 42% obtenido por Joe Biden). Así lo confirma un sondeo realizado por Edison Research para el National Election Pool, que entrevistó a 15.590 electores a la salida del colegio electoral o por teléfono (en el caso del voto por correo) (6).

 Los blancos siempre han sido la clave del éxito de Donald Trump: a pesar de sus ganancias en 2020 incluso entre los votantes negros y latinos, la base de Trump siempre han sido los blancos. Y dado que los votantes blancos son la mayoría del electorado -el 65% según Edison Research-, constituyen con diferencia el mayor bloque que le apoya.

Entre ellos hay blancos completamente alineados con Trump, aquellos que votan por la blancura independientemente de su estatus socioeconómico o nivel educativo, como los grupos supremacistas blancos, pero hay otros que están dispuestos a pasar por alto algunos aspectos desagradables de la política trumpiana en favor de su postura en los asuntos que más les afectan. Por ejemplo, puede haber votantes que no estén de acuerdo con la retórica racista de Trump pero que no les importe porque están en contra del aborto o a favor de las armas y en contra de los impuestos para los súper ricos, y 'pueden ser capaces de mirar convenientemente hacia otro lado ante sus políticas de separar a los niños inmigrantes [de sus padres] porque les encanta su promesa de poner a América primero'. En lugar de abordar por qué han estallado protestas antirracistas en pequeños pueblos y ciudades de todo el país, sólo quieren que las cosas vuelvan a la normalidad. Para ellos, la ley y el orden parecen una buena solución» (7).

Las mujeres blancas parecen haber apoyado a Trump en un número similar o incluso mayor en las últimas elecciones que en 2016. El 55% de las votantes blancas votó a Trump, según las encuestas a pie de urna de Edison Research, mientras que el 43% votó a Biden. El apoyo de las mujeres blancas a Trump tiene un precedente histórico: durante mucho tiempo han podido ganar poder en una sociedad sexista aliándose con los supremacistas blancos. Como afirmó la historiadora Stephanie Jones-Rogers en 2018, «las niñas y mujeres blancas han podido ejercer el poder en esta nación desde sus inicios coloniales gracias a su blancura», en referencia al hecho de que, aunque las mujeres blancas no tenían los mismos derechos que los hombres blancos (por ejemplo, el derecho al voto), sí tenían derecho a comprar y vender esclavos (8).

Según los datos de las encuestas a pie de urna analizados por el Center for Information & Research on Civic Learning and Engagement, incluso en el grupo de votantes jóvenes (entre 18 y 29 años), los blancos eran los más proclives a apoyar a Trump, con un 43% de las preferencias, frente al 9% entre los jóvenes votantes negros, el 13% entre los jóvenes votantes asiáticos y el 21% entre los jóvenes votantes latinos.

 El futuro del voto estadounidense

Joe Biden ha hecho todo lo posible por picar algunos votos de la base de Donald Trump: ha descrito la carrera presidencial como «Scranton contra Park Avenue» (el lugar de nacimiento de los dos contendientes), para subrayar su filiación de clase media. Gritó contra las rebajas fiscales a los multimillonarios. Declaró con orgullo que sería un licenciado de una universidad estatal, y no otro Ivy Leaguer, quien se sentaría en el Despacho Oval. Adoptó una línea populista en economía. Y al final ganó Biden, pero los votantes blancos sin titulación universitaria se mantuvieron fieles al ex presidente, desafiando las encuestas previas a las elecciones (9). Las victorias demócratas en los estados oscilantes se produjeron gracias al creciente apoyo de los suburbios acomodados de Atlanta, Filadelfia y Detroit, donde Biden amplió sus márgenes en un nuevo bastión demócrata: los votantes blancos con título de secundaria. «El factor más importante de estas elecciones es que la polarización del voto en función del nivel educativo ha aumentado, en lugar de disminuir, como predecían las encuestas», dijo David Shor, encuestador demócrata.

  «[Los demócratas] a pesar de sus mejores esfuerzos han fracasado fundamentalmente en las áreas menos educadas y han ganado mucho en las educadas», y aunque el nuevo presidente ganó a Trump en voto popular por más de 6 millones de votos, el futuro rema en contra de los demócratas, porque Biden ya ha empezado a perder votos (frente a Clinton) tanto entre los votantes negros (-4%) como, en mayor medida, entre los hispanos (-7%, y Trump ha mejorado sus márgenes en 78 de los 100 condados de mayoría latina).
Durante años, los demócratas expresaron su confianza en que el electorado cada vez más diverso y menos blanco del país les daría una ventaja a largo plazo sobre los republicanos. Pero Shor (que trabajó para Obama en 2012), dice otra verdad: dado que los colegios electorales y la representación en el Senado están «sesgados» a favor de los estados menos poblados donde dominan los republicanos (10), «los demócratas necesitan el 54% del voto popular durante los próximos seis años para mantener el control de la Cámara y el Senado», y como resultado, los demócratas necesitan empezar a ganar en estados rurales y predominantemente blancos como Iowa y Montana.

 La proporción de votantes blancos sin título universitario que votan demócrata ha empezado a descender desde los años 60, durante la época de las luchas por los derechos civiles, cuando los demócratas perdieron atractivo en el Sur Profundo, pero la brecha entre el voto rural y el de los barrios marginales alcanzó nuevas cotas en 2016, después de que Trump ganara con una campaña de línea dura contra la inmigración ilegal. Hoy en Estados Unidos, «los votantes se identifican más con el partido con el que comparten puntos de vista sociales y culturales que necesariamente de política económica», dice Matt Grossman, director delInstituto de Políticas Públicas e Investigación Social de la Universidad Estatal de Michigan. «La misma tendencia se da en las naciones europeas.» Con su populismo cultural, no económico, Trump ha avivado el miedo de los blancos a las protestas raciales que han estallado en las ciudades; ha presionado a favor de la «ley y el orden» durante la campaña; ha criticado duramente al movimiento Black Lives Matter; y ha acusado a los demócratas de ser blandos con la violencia negra y de ponerse del lado de la policía. Advirtió de que Biden convertiría a Estados Unidos en un país «socialista» y acusó a los demócratas de querer borrar la Segunda Enmienda, que garantiza el derecho a poseer armas.

 Según algunos, como William Frey, autor de Diversity Explosion: How New Racial Demographics are Remaking America, labrecha educativa sería una ventaja, no una desventaja para los demócratas, porque la población suburbana y urbana, los jóvenes, la gente de color y los blancos con estudios superiores son grupos demográficos en crecimiento, mientras que los hombres mayores, blancos y sin estudios son una población en declive, especialmente en las zonas rurales, y este bloque de votantes se reduce con cada ciclo electoral: «[Los republicanos] siguen abrazando a partes de la población de crecimiento lento más que a partes de la población de crecimiento más rápido» (11).

 Según otros analistas políticos, como Robert Griffin, director de investigación del Grupo de Estudio del Votante del Fondo para la Democracia, la polarización del electorado con respecto al nivel educativo es tanto una ventaja como una desventaja para ambos partidos. En el bando republicano, la mayoría de los adultos carece de estudios. Los votantes blancos sin título universitario representaron el 44% de los votantes en 2016, y dado que este grupo se distribuye geográficamente por igual en todo el país, los republicanos se benefician en términos de representación en el colegio electoral, el Senado y la Cámara de Representantes. Por otro lado, Estados Unidos es cada vez más diverso en cuanto a etnia y educación, y la proporción de votantes blancos sin estudios superiores desciende entre 2 y 4 puntos porcentuales cada año.

 Pero no todos en el Partido Demócrata tienen tanta confianza: Andrew Yang, empresario y político, candidato demócrata a la alcaldía de Nueva York en 2021, tiene una opinión diferente: «Hay algo profundamente erróneo si los estadounidenses de clase trabajadora no votan a un partido importante que teóricamente debería luchar por ellos. Así que hay que preguntarse: ¿qué representa el Partido Demócrata en sus mentes? Y en sus mentes, el Partido Demócrata, por desgracia, representa a las élites urbanas costeras que están más preocupadas por vigilar diversas cuestiones culturales que por mejorar el modo de vida [ de la clase trabajadora] que lleva años en declive» (12). Andrew Yang tiene toda la razón: basta con volver a ver el vídeo del Día de la Inauguración el 20 de enero, y prestar atención a los artistas que fueron invitados a celebrarlo, para entender quién y qué representa Joe Biden hoy. Lady Gaga, del Upper West side de Manhattan, vestida de Alta Costura de Schiapparelli, canta el himno estadounidense; Jennifer López, una latina del Bronx, vestida de Chanel de pies a cabeza, canta This land is your land; Amanda Gorman, una joven y bella poeta afroamericana de Los Ángeles, recita The Hill We Climb envuelta en su abrigo de Prada; casualmente, las tres son también católicas como el nuevo presidente. No es de extrañar que la clase trabajadora vaya por otro lado.

 La brecha educativa y la blancura

El sistema educativo estadounidense es uno de los más desiguales del mundo industrializado, y los alumnos suelen recibir oportunidades de aprendizaje radicalmente distintas en función de su estatus social. A diferencia de las naciones europeas y asiáticas que financian las escuelas de forma centralizada, el 10% más rico de los distritos escolares públicos estadounidenses gasta casi 10 veces más que el 10% más pobre (13). En A century of educational inequality in the United States , Michelle Jackson y Brian Holzman, de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos de América, analizaron todas las series cronológicas de datos disponibles de 1908 a 1995, demostrando que la desigualdad en el acceso a una educación de calidad siempre se ha movido en paralelo a la desigualdad de ingresos (excepto durante la guerra de Vietnam, que penalizó en mayor medida los logros educativos masculinos) (14), lo que significa no sólo que los sistemas de financiación escolar no equitativos infligen un daño desproporcionado a las minorías y a los estudiantes económicamente desfavorecidos, sino que el sistema educativo estadounidense ha borrado la movilidad social, la esencia misma delSueño Americano.

 A nivel interestatal, estas generaciones de estudiantes se concentran principalmente en los estados del Sur, que tienen las capacidades más bajas para financiar la educación pública, mientras que a nivel intraestatal, muchos de los estados con las mayores disparidades en el gasto educativo son los grandes estados industriales, como Alabama, Arkansas, Illinois, Indiana, Iowa, Kansas, Kentucky, Luisiana, Michigan, Mississippi, Carolina del Norte, Ohio, Oregón, Pensilvania, Carolina del Sur, Texas y Wisconsin. Además, en varios estados los alumnos económicamente desfavorecidos, blancos y negros, se concentran en distritos rurales. Y esto, ciertamente no por casualidad, es exactamente (o casi exactamente) la geografía del voto a Trump.

 Los resultados finales de estas desigualdades educativas son cada vez más trágicos. Más que nunca en la historia de Estados Unidos, la educación no es sólo el billete para el éxito económico, sino también para la supervivencia básica. Mientras que hace veinte años los que abandonaban los estudios tenían dos de cada tres posibilidades de encontrar trabajo, hoy tienen menos de una de cada tres, y el trabajo que consiguen les pagan menos de la mitad. Los que no tienen éxito en la escuela pasan a formar parte de una creciente subclase aislada de la sociedad productiva. Además, los jóvenes y adultos de la clase trabajadora, preparados para empleos que están desapareciendo, se tambalean al borde de una movilidad social descendente. Como la economía ya no puede absorber a muchos trabajadores no cualificados con salarios decentes, la falta de educación está cada vez más vinculada a la delincuencia y a la dependencia de la asistencia social (15). Y mientras las condiciones de las minorías negras son objeto de interés y preocupación y de políticas antidiscriminatorias (ciertamente en virtud de su creciente peso en el sistema electoral), los blancos pobres están en gran medida abandonados a su suerte, con la blancura como única fuente de orgullo, la blancura que antaño garantizaba estatus y una vida digna y que ahora no sirve para nada.

 En una entrevista concedida a Le Figaro, el escritor y filósofo francés Pascal Bruckner analiza el éxito de las teorías indigenistas y decoloniales estadounidenses, es decir, las teorías americanas del género, la raza y la identidad, que remontan toda la historia de la humanidad a estas tres dimensiones y que describen esencialmente al hombre blanco como responsable de todos los males del mundo (16). Según Bruckner, «en las universidades y los medios de comunicación se está llevando a cabo un vasto esfuerzo de reeducación que exige que los que llamamos blancos se nieguen a sí mismos [...] El odio a los blancos es ante todo un odio a sí mismos por parte de los blancos privilegiados. Una especie de autoflagelación espectacular en la que compite con otros para ver quién puede flagelarse más violentamente». Trump, para el hombre blanco estadounidense, es el emblema de lo contrario: tiene su razón de ser, no se disculpa aunque se equivoque y, sobre todo, no concede cuando pierde. No es de extrañar que sus votantes más fieles estén dispuestos a pasar por el aro de Washington para garantizarle un nuevo mandato. Les llama «patriotas», no «perdedores», y les devuelve la dignidad que han perdido entre los escombros del sueño americano."

(Giovanna Baer , Sinistra in rete, 31/10/24, traducción DEEPL, notas en el original)

10.7.23

Las democracias liberales arden en los contenedores... surgen muchas preguntas... es insensato pensar que la identificación «racial» es determinante... en Francia, el 21% de los recién nacidos tienen un nombre árabe y el 8,8% son musulmanes, y la policía está llena de reclutas con características étnicas similares... los «perdedores» del sistema tienen la necesidad vital de crearse una identidad cultural que defina una pertenencia a un grupo en el que puedan confiar en caso de dificultades. Y esto ocurre a través de la creación de subculturas defensivas muy problemáticas, subculturas en conflicto con las pretensiones de legalidad, hostiles a la cultura oficial del país en el que viven... El subproletariado no indígena, que, incluso con ciudadanía nacional, no siente pertenencia alguna, construye fortificaciones improvisadas en sus barrios dormitorio, desarrollando subculturas ilegales o parasitarias, utilizando reminiscencias de culturas y tradiciones como ladrillos funcionales para su propia supervivencia... mientras los trabajadores autóctonos intentan defenderse aferrándose a los restos de tradiciones, creencias y costumbres cada vez más efímeras... y acaban identificando a los «invasores culturales» que han destrozado el sentido del mundo que una vez fue, en los desesperados no nativos... mientras las «élites» nacionales han traicionado todo lo que podían traicionar, convirtiéndose en una patética melaza cosmopolita sin afiliaciones, sin lealtades, sin cultura propia (Andrea Zhok)

 "A la luz de los graves enfrentamientos en París tras el asesinato de Nael, de 17 años, a manos de un agente de policía, surgen muchas preguntas.

En primer lugar, salta a la vista la ausencia de una imagen inteligible en los medios de comunicación sobre las posibles causas de este brote de violencia (que ya es una constante cíclica en Francia). En la descripción de los hechos que se encuentra en la mayoría de los periódicos, es difícil entender con claridad por qué las banlieues se amotinaron. Por la forma en que las autoridades y los periódicos describen el suceso, parece un incidente desafortunado que podría ocurrirle a cualquiera. Pero la percepción de las clases populares de las banlieues es que se trata manifiestamente algo que les afecta a ellos y no a la «juventud francesa» en general. (...)

Los pocos, generalmente de la extrema izquierda francesa, que hacen una lectura no contestataria de los acontecimientos utilizan la habitual e inútil clave del «racismo».

Aunque ante un niño de piel clara, de origen magrebí pero nacido en Francia, en un país donde el 21% de los recién nacidos tienen un nombre de origen árabe y el 8,8% son musulmanes, es insensato pensar que la identificación «racial» es determinante. Además, la policía está llena de reclutas con características étnicas similares. (...)

Ante los recurrentes enfrentamientos económico-culturales que caracterizan a Estados Unidos no menos que a Europa, es interesante observar cómo durante años la sociología se ha dedicado seriamente a intentar establecer si era mejor el sistema «asimilacionista» francés o el «comunitarista» británico.

También en este caso, la categorización no sirve para comprender, sino para encubrir.

De hecho, en el momento en que un problema se plantea sobre esta base de oposición, parece que toda la cuestión radica en averiguar cuál es la solución. En tales casos, se forman serias facciones entre los intelectuales que se comprometen a apoyar uno u otro cuerno de estos dilemas premasticados, lo que les permite llegar a fin de mes alegremente. Una vez comprometidos en este rondo los mejores recursos intelectuales, la realidad puede seguir desplegando su lógica, inalterada.

En realidad, la diferencia entre el sistema «asimilacionista» francés y el «comunitarista» (o «pluralista») británico es meramente retórica para uso público. En ambos casos, la dinámica social es exactamente la misma:

1) La inmigración tiene una función económica a corto plazo en el sentido de que proporciona al sistema de producción mano de obra adulta barata; de ahí que se apoye con argumentos floridos, proclamas de multiculturalismo, glorificaciones del crisol de razas y otras innumerables tonterías de fotograbado.

2) Lo ideal sería que esta función económica del «desarraigado» se dosificara en función de las necesidades económicas minuto a minuto, como en los gráficos de oferta y demanda: cuando se les necesita deberían estar ahí, cuando no se les necesita deberían desaparecer por arte de magia; por desgracia, estos sujetos, además de útiles mano de obra barata, son también engorrosos seres humanos y aquí empiezan los problemas.

3) Toda la palabrería sobre integración con la que se llena la boca la intelectualidad occidental es pura basura bienintencionada, para uso de la plebe: en verdad, las sociedades capitalistas son sociedades que generan desintegración por esencia y continuamente: división, exclusión y compartimentación competitiva. Por supuesto, lo hacen hacia todos, en el proverbial espíritu liberal de igualdad étnica y cultural, donde la única diferencia que realmente importa es la que aparece en el extracto bancario. Pero, por supuesto, los recién llegados que buscan empleo de cualquier tipo tienden a concentrarse en los escalones más bajos y el mecanismo ordinario del sistema es: el dinero engendra dinero, la miseria engendra más miseria. Así que la exclusión social tiende a persistir y a consolidarse intergeneracionalmente.

4) Y aquí es donde vuelve a entrar en juego la cultura. (...) Por mucho que se catequice a los profesores para que a su vez catequicen a la clase baja urbana para que «se sienta integrada», lo cierto es que la identidad cultural de los barrios obreros se autonomiza en función de las clases, que nada tienen que ver con la «cultura oficial».

5) La identidad cultural es esencial cuando tu vida depende de poder confiar en otros (otros a los que no puedes pagar). De ahí que en los suburbios degradados de los grandes centros urbanos se formen subculturas identitarias mucho más sólidas que las que pueden encontrarse en los barrios acomodados. Estas subculturas identitarias tienen poco que ver con auténticos orígenes étnicos o religiosos, pero no por ello dejan de ser distintivas. Los afroamericanos crearon su identidad subcultural en Estados Unidos igual que los magrebíes en Francia: no como herencia real de una cultura diferente, sino como creación funcional para sobrevivir en la nación donde residían sin pertenecer a ella. Si se observa la biografía de los terroristas islamistas en Francia e Inglaterra hace unos años, se ve cómo eran «islamistas retornados», nacidos en Francia, aparentemente «integrados» como laicistas, sólo para descubrir, como segunda generación, que no hay integración en Francia (como en todo Occidente) que cree pertenencia. En Occidente, ni siquiera las clases altas, que estarían en condiciones de escapar en gran medida al juego de la desintegración competitiva, poseen ya pertenencia alguna.

Uniendo los hilos de este cuadro, vemos cómo el callejón sin salida estructural en el que se han metido las sociedades occidentales no se resuelve ni mirando unilateralmente a la «cultura» ni mirando unilateralmente a la «renta».

(...) los «perdedores» del sistema tienen la necesidad vital de crearse una identidad cultural que defina una pertenencia a un grupo en el que puedan confiar en caso de dificultades. Y esto ocurre a través de la creación de subculturas defensivas muy problemáticas, subculturas en conflicto con las pretensiones de legalidad, hostiles a la cultura oficial del país en el que viven (una cultura, además, a menudo en estado de abandono entre los propios nativos).

No hay héroes en este cuadro, sólo diferentes formas de degradación. Las «élites» nacionales han traicionado todo lo que podían traicionar, convirtiéndose en una patética melaza cosmopolita sin afiliaciones, sin lealtades, sin cultura propia, dispuesta a abandonar cualquier barco en el que naveguen si muestra signos de inestabilidad.

Los trabajadores autóctonos han sido seducidos con las cuentas del mercado o chantajeados cuando no se les podía seducir: el resultado, sin embargo, ha sido la desintegración, de la que intentan defenderse aferrándose a los restos de tradiciones, creencias y costumbres cada vez más efímeras.

Los más jóvenes o desinformados engullen las píldoras ideológicas de los influenciadores en nómina de las élites, adhiriéndose a las campañas emancipadoras del momento. Los que tienen un poco más de memoria se atrincheran y acaban identificando a los «invasores culturales» que han destrozado el sentido del mundo que una vez fue en los desesperados no nativos.

El subproletariado no indígena, que, incluso con ciudadanía nacional, no siente pertenencia alguna, construye fortificaciones improvisadas en sus barrios dormitorio, desarrollando subculturas ilegales o parasitarias, utilizando reminiscencias de culturas y tradiciones como ladrillos funcionales para su propia supervivencia.

Tres disfuncionalidades de las que sólo nos damos cuenta cuando arden los contenedores."             (Andrea Zhok , El Viejo Topo, 05/07/23)

3.7.23

¿Arde Francia? En Francia estamos en un momento fascista... esto puede medirse por el posicionamiento político de los sindicatos policiales... Desde los años 70 todos los disturbios urbanos en Francia han seguido el mismo patrón: un joven negro o de raza árabe muere como resultado de una interacción violenta con un agente de policía... Los problemas sociales siguen siendo los mismos y se acumulan... a los que se superponen las causas etnorraciales, con ese sentimiento de exclusión que les acompañan, el racismo, la islamofobia, las discriminaciones de todo tipo, en particular los controles discriminatorios conocidos como au faciès [por el color de la piel]... alimentadas por la lógica de guetización que la política de renovación urbana no ha conseguido romper... Y luego están las causas políticas, es decir, el hecho de que la política urbana se haya abandonado por completo desde François Hollande, y su entierro por parte de Macron... las respuestas políticas serán decisivas. ¿El ejecutivo va a dejar que la situación se encone para legitimar su discurso de orden o va a tomar medidas enérgicas? En en el clima político actual, ¿es posible esto? Pues otro factor es la extrema derechización del poder

 "El sociólogo Michel Kokoreff, profesor universitario en París VIII y autor de Sociologie des émeutes (Payot, 2008) y La Diagonale de la rage (Divergences, 2022), habla con Mediapart sobre las tres noches de disturbios que han seguido a la muerte de Nahel en Nanterre. Para él, que trabajó sobre las revueltas de 2005 y las defraudadas promesas [del gobierno], las revueltas y la cólera en los barrios populares, dadas las condiciones socioeconómicas de sus habitantes, las tensas relaciones con la policía y el racismo, es legítima,. En su opinión, la única salida posible a esta crisis es revertir el Art. de la ley de 2017 que facilita y legitima el uso de las armas de fuego por parte de la policía, aunque ello signifique ofender a los cada vez más poderosos sindicatos policiales.

Mediapart: Después de estas tres noches de revuelta, los paralelismos con el otoño de 2005 parecen evidentes. ¿Cree que es pertinente?

Michel Kokoreff: Me sorprende la amnesia colectiva. Sí, la historia social de los disturbios se repite. Desde los años 70, todos los disturbios urbanos en Francia, hasta el de 2018 en Nantes, han seguido el mismo patrón. Es decir, un joven negro o de raza árabe muere como resultado de una interacción violenta con un agente de policía.

La emoción colectiva resultante desemboca en disturbios, escenas de violencia y enfrentamientos con la policía. Las Marchas Blancas [convocatoria de manifestaciones pacíficas] hicieron un llamamiento a la calma, pero los disturbios han continuado durante varios días alimentados por la represión policial y las declaraciones incendiarias y gesticulación autoritaria y despectiva por parte del ministro del Interior. En 2005, los disturbios duraron casi tres semanas. En aquel momento, el primer ministro, Dominique de Villepin reactivó el estado de emergencia de 1955, que se había utilizado en plena guerra de Argelia. Con la vuelta de la ley y el orden, desaparecieron las promesas de soluciones y la desguetización de los barrios.

En esta ocasión, aún no hemos llegado a ese punto, si bien la situación en muchos barrios populares se ha inflamado desde el día en que mataron a Nahel y durante las noches siguientes. Yo me inclino por establecer la conexión con la agonía en directo de George Floyd, en 2019. El vídeo del tiro del policía motorizado y su colega en Nanterre muestra un abuso policial similar al que se vio en Minneapolis. A menudo, las pruebas [sobre los abusos policiales] son difíciles de establecer, pero no en este caso. De ahí, sin duda, el perfil bajo que han mantenido las autoridades, la denuncia de los políticos (con la excepción de Marine Le Pen) y de los deportistas y artistas populares. Pero en 2005, los alborotadores estaban solos...

¿Qué continuidad ve en los factores desencadenantes de estas revueltas de las tres últimas noches con respecto a las anteriores?

Las mismas causas producen los mismos efectos. Los problemas sociales siguen siendo los mismos y se acumulan. La pobreza, el desempleo, la precariedad laboral, el fracaso escolar y el abandono de los estudios son causas estructurales a las que se superponen las causas etnorraciales, con ese sentimiento de exclusión que le acompaña, el racismo, la islamofobia, las discriminaciones de todo tipo, en particular los controles discriminatorios conocidos como au faciès [por el color de la piel].

El sentimiento de discriminación, junto con la dificultad de encontrar un empleo estable, se ve alimentado por la lógica de guetización que la política de renovación urbana no ha conseguido romper.

Y luego están las causas políticas, es decir, el hecho de que la política urbana, que durante mucho tiempo fue un batiburrillo muy complejo, se haya abandonado por completo desde François Hollande, con el entierro del informe Borloo por parte de Macron.

Entre las causas más coyunturales, podemos citar la ley de 2017, en la que no entraré en detalles, que es una caja de Pandora en la medida que amplía las condiciones para el uso de las armas por parte de los agentes de policía, de forma que el número de tiroteos por negarse a acatarla se ha duplicado y que desde 2020 ha provocado el doble de muertes que la media observada en la década de 2010, tal y como ha contabilizado la revista en línea Basta!

Por último, otro factor es la extrema derechización del poder.

¿Qué significa esto?

Hay que decir que en Francia estamos en un momento fascista. Sin remontarnos a la secuencia 2016-2023, esto puede medirse por el posicionamiento político de los sindicatos policiales. Tras la Segunda Guerra Mundial, estuvieron cerca del Partido Comunista, en los años 80 del Partido Socialista y hoy de Rassemblement National [extrema derecha], o a veces peor. Las reacciones de [los sindicatos policiales] Alliance y France Police, que aplauden la muerte de Nahel, son despreciables. Al mismo tiempo, muestran hasta qué punto la seguridad pública y la policía están cogestionadas por los sindicatos mayoritarios tanto como por el Ministerio del Interior. No se expresaban así en 2005, y la presión de estos sindicatos, su presión de cara a la ley de 2017, era mucho más débil.

Ahora las redes sociales se utilizan masivamente en estos casos. ¿Cambia esto la situación y la forma en que se perciben estos acontecimientos?

En 2005, todavía estábamos en el siglo XX. Ahora estamos en el siglo XXI, en la era de la revolución digital y la contra-comunicación. Durante [las movilizaciones de] Nuit debut [2016] y los chalecos amarillos, se utilizaron mucho las redes sociales. Se filmó y utilizó mucho los smartphones para proporcionar una contranarrativa a la violencia policial, para mostrar lo que, obviamente,  las televisiones de desinformación continuano no estaban mostrando.

La juventud de los barrios populares no se queda atrás y utiliza esta táctica para hacer el zbeul [crear desorden] e imponer una contranarrativa. Las motivaciones lúdicas de esta violencia no son las únicas en juego. Un adolescente murió brutalmente (podría haber sido cualquier otro joven), de ahí la ira que estalló contra el brazo armado del Estado, que condensa todas las formas de dominación. Lo que nos recuerda que los disturbios siempre tienen un significado político. No se trata sólo de quedar bien, se trata de mostrar la cólera y el levantamiento de la gente que, si es necesario, utiliza la pirotecnia para hacer valer su punto de vista, con una novedad: disparar morteros. (...)

En diversos barrios, los ayuntamientos, las escuelas, las mediatecas y los centros sociales han sido blanco de ataques, con la polémica recurrente de la destrucción de los servicios públicos que benefician a los residentes locales. ¿Por qué prevalece tanto esta retórica y qué respuesta se le puede dar?

La juventud de los barrios populares ataca los servicios públicos porque, junto con la policía, son el único rastro del poder del Estado. Destruirlos es una respuesta, aunque forme parte de una lógica autodestructiva que se puede comprender. ¿De qué otra forma puede hacerse oír? Históricamente, en Francia no nos gusta el uso de la violencia política porque nos parece necesariamente ilegítima. Pero en Sudáfrica, en Estados Unidos, fue la violencia la que puso las cosas en movimiento, por no hablar de los chalecos amarillos, aunque no consiguieran gran cosa.

El sentido de los disturbios es que aclaran las cosas, hacen que los problemas sean visibles públicamente. En 2007, Nicolas Sarkozy no nombró a sus ministros de la diversidad por casualidad. [Aquellos disturbios] También arrojaron luz sobre el divorcio de la izquierda con los barrios populares, a los que había abandonado.

En 2005, los habitantes de los barrios populares se sentían muy solos. Hoy, en el contexto de la represión dirigida contra los Soulèvements de la Terre y los activistas medioambientales considerados ecoterroristas ¿es posible un vínculo entre ambos y que cambie la situación?

Sí, hay un eco inmediato entre una forma de represión y la otra; incluso el martes por la noche en la plaza de la República de París, en la concentración de apoyo a los Soulèvements de la Terre, varios oradores expresaron su solidaridad, no sólo con la familia de Nahel, sino también señalando el vínculo sistémico entre la violencia del Estado en ambos casos.

Pero hay que decir que este eco no es suficiente. Sigue existiendo una relación complicada -quizá una relación de clase y raza- entre las y los activistas de la pequeña burguesía intelectual y los habitantes, que también pueden ser activistas, de los barrios populares y racializados.

Las y los primeros desconocen la historia colonial y de inmigración de los suburbios, lo que dificulta el cruce de la frontera entre ambos. Y ello a pesar del temor, desde mayo del 68, de quienes están en el poder de que las y los campesinos, obreros y  estudiantes cooperen, y que ésta diagonal de rabia conduzca a la aparición de un frente de clase. Aunque en la práctica esta solidaridad es complicada de poner en marcha y hacerla durar, puede ayudar a mover las líneas contra un gobierno inflexible.

Sin arriesgarse a pronósticos arriesgados, ¿esta revuelta puede durar? ¿Cómo salir de la crisis?

A fuerza de hablar de conflagración, estamos jugando con fuego; es lo que llamamos profecías autocumplidas. En realidad, las respuestas políticas serán decisivas. ¿El ejecutivo va a dejar que la situación se encone para legitimar su discurso de orden o va a tomar medidas enérgicas? Se ha hablado de tres ejemplos: que el caso del homicidio de Nahel no sea juzgado en el tribunal más próximo, tal y como solicitaron los abogados de la familia; otra cuestión clave es revertir la ley de 2017 que amplía y oscurece las condiciones para el uso de armas de fuego por parte de los agentes de policía. Por último, durante años se ha pedido la creación de un organismo de supervisión policial externo e independiente que no sea juez y parte como la Inspección General de la Policía Nacional (IGPN) actual. No hay más que ver lo que hacen nuestros [países] vecinos. Pero en el clima político actual, ¿es posible esto?

(Entrevista a Michel Kokoreff, , , Viento Sur, 01/07/23)

2.7.23

La policía francesa ha matado cuatro veces más personas por negarse a obedecer órdenes en los últimos cinco años, que en los veinte anteriores... porque hace 5 años, una nueva ley sobre seguridad interior flexibilizó el uso de las armas por parte de los agentes de policía... "la ley que autoriza a los policías a disparar más a menudo da lugar a que... disparen más a menudo, y el número de homicidios policiales (media mensual) aumenta masivamente"... las causas subyacentes de la violencia policial y del racismo se encuentran en el corazón mismo del cuerpo de policía... el debate sobre la negativa a obedecer las órdenes de la policía es necesariamente un debate sobre el racismo policial, cuya existencia ha quedado sólidamente demostrada... La elaboración de perfiles raciales es una realidad... la definición de una buena labor policial comúnmente aceptada por la institución implica actuar partiendo del supuesto de que una persona no blanca es sospechosa... Al ampliar el ámbito del uso de las armas en función del juicio individual del agente de policía, inmerso él mismo en un entorno profesional impregnado de prejuicios racistas, esta ley expone especialmente a la parte no blanca de la población... en contra del mito generalizado de que la policía, como el resto de la función pública, ha sufrido la austeridad, de hecho, ha experimentado un aumento de recursos sin precedentes durante este periodo... Esta evolución indica que la policía está materialmente en condiciones de ejercer un control sin precedentes sobre la sociedad

 "Detrás de la muerte de Nahel, la institución policial

Un nuevo caso de violencia policial mortal ha sacudido el país. En tales situaciones, las autoridades suelen preferir rebatir la veracidad de los hechos. Esta vez, un vídeo que mostraba las circunstancias de la muerte de Nahel y el revuelo que causó no pudieron ser ignorados. Se erigió una nueva barrera para proteger a la policía de las críticas: el acto violento en cuestión podía explicarse por una falta individual del policía que efectuó el disparo y de su colega.

Voces más críticas apuntan como causas fundamentales a un cambio en la ley que regula el uso de las armas de fuego y a la falta de formación de la policía. Como explica aquí Paul Rocher, autor del libro Que fait la police? (publicado por La Fabrique), el debate actual no capta las causas subyacentes de la violencia policial y del racismo que se encuentran en el corazón mismo del cuerpo de policía [Contretemps]

Cuando la ley pone en peligro a la población

  La muerte de Nahel reabre trágicamente el debate sobre las personas asesinadas por agentes de policía en el contexto de lo que la narrativa policial presenta como una negativa a respetar la orden de la policía. Recopilando datos del Ministerio del Interior, un equipo de periodistas de Bastamag pudo demostrar que "los agentes de policía han matado cuatro veces más personas por negarse a obedecer órdenes en cinco años que en los veinte anteriores".

Por tanto, parece oportuno preguntarse por qué se ha producido este impresionante y relativamente reciente aumento de los tiroteos. Hace aproximadamente 5 años, en marzo de 2017, una nueva ley sobre seguridad interior flexibilizó el uso de las armas por parte de los agentes de policía. El texto autoriza a los agentes de policía y a los gendarmes a utilizar sus armas si no consiguen inmovilizar un vehículo "cuyos conductores no acaten la orden de detenerse y cuyos ocupantes puedan perpetrar, en su huida, un atentado contra su vida o su integridad física o la de otras personas".

La redacción de esta ley es notoriamente vaga: ¿cómo puede un agente de policía conocer razonablemente las intenciones de un conductor? Y es en esta vaguedad donde radica el problema. Un equipo de investigadores ha estudiado los efectos de esta ley de contornos difusos. Como resume uno de los coautores del estudio, "la ley que autoriza a los policías a disparar más a menudo da lugar a que... disparen más a menudo, y el número de homicidios policiales (media mensual) aumenta masivamente". Una ley de seguridad interior que reduce la seguridad pública sería casi cómica si no tuviera consecuencias dramáticas.

El elefante en la habitación: el racismo institucional

Al centrarse en el aumento de los tiroteos policiales tras un cambio en la ley, se corre el riesgo de pasar discretamente por alto un aspecto crucial de la muerte de Nahel y de tantas otras. Centrarse en los tiroteos -por importante que sea- tiende a situar el debate en un terreno a priori ciego ante la dimensión racial de la violencia policial. Sin embargo, las víctimas de los tiroteos no suelen ser blancas. Ante este hecho, el debate sobre la negativa a obedecer las órdenes de la policía es necesariamente un debate sobre el racismo policial, cuya existencia ha quedado sólidamente demostrada. En 2009, un estudio puso de relieve y cuantificó lo que los habitantes de los suburbios sabían desde hacía mucho tiempo:

"Dependiendo quien lo observaba, los negros tenían entre 3,3 y 11,5 veces más probabilidades que los blancos de ser controlados por la policía" y los árabes "tenían entre 1,8 y 14,8 veces más probabilidades que los blancos”[1].

La elaboración de perfiles raciales es una realidad. Diez años después, las conclusiones son las mismas. En 2019, el Defensor del Pueblo francés puso de manifiesto la existencia de "una discriminación sistémica que se traduce en la sobrerrepresentación de determinadas poblaciones inmigrantes y en prácticas despectivas en la realización de controles de identidad por parte de la policía"[2]. Estas prácticas sistémicas están tan arraigadas en el funcionamiento cotidiano de la institución que los agentes de policía no son necesariamente conscientes de ello.

Para comprender con claridad el alcance del racismo institucional, resulta instructivo el trabajo que el gran sociólogo británico Stuart Hall escribió específicamente para entender las revueltas en los barrios obreros británicos tras la intervención policial:

"En primer lugar, el racismo institucional no necesita individuos abiertamente racistas: el racismo se considera el resultado de un proceso social. [En segundo lugar, las normas de comportamiento racista] se llevan dentro de la cultura profesional de una organización y se transmiten de manera informal e implícita a través de su rutina, de sus prácticas cotidianas como parte indestructible del habitus institucional. El racismo de este tipo se convierte en rutina, en un hábito que se da por sentado. Es mucho más eficaz en las prácticas de socialización de los agentes de policía que la formación y los reglamentos formales. (...) Impide la existencia de una reflexividad profesional. Lejos de considerarse excepcional, este tipo de racismo involuntario se está convirtiendo en parte integrante de la definición misma del trabajo policial normal"[3].

En otras palabras, la definición de una buena labor policial comúnmente aceptada por la institución implica actuar partiendo del supuesto de que una persona no blanca es sospechosa.

La existencia de esta actitud se ve confirmada por una serie de estudios sobre el caso francés que abarcan varias décadas. En 2017, el trabajo del sociólogo Christian Mouhanna llegó a una conclusión muy similar a la de su colega René Lévy en 1987, quien afirmaba que las categorizaciones raciales "constituyen, por así decirlo, las herramientas del oficio y forman parte de ese conjunto de conocimientos prácticos que constituyen el trasfondo, el punto de referencia del trabajo policial"[4]. Esta literatura también muestra que "la sospecha policial actúa como una profecía autocumplida, es decir, ayuda a producir lo que se espera y, por tanto, confirma a los agentes de policía en su creencia en la relevancia de estas categorías"[5].

El poder de categorizar a la población, que la investigación pone de relieve, configura a su vez el uso de la fuerza. La policía es el único cuerpo al que se le reconoce la capacidad de determinar lo que se entiende por orden público y su opuesto, el desorden, justificando el uso de métodos coercitivos: el uso de un arma letal o no letal, o la movilización de otras prácticas de inmovilización[6]. El sociólogo Ralph Jessen señala que el criterio primordial para la intervención de un agente de policía es su evaluación de una situación; por tanto, las leyes y las normas sólo tienen una importancia secundaria, y las fuerzas del orden a menudo sólo tienen un conocimiento parcial de ellas[7].

A estas alturas, el alcance de la ley de 2017 está cada vez más claro. Al ampliar el ámbito del uso de las armas en función del juicio individual del agente de policía, inmerso él mismo en un entorno profesional impregnado de prejuicios racistas, esta ley expone especialmente a la parte no blanca de la población. Pero también está claro que el debate no puede centrarse únicamente en el uso de las armas de fuego, ya que la violencia policial no se limita a ellas.

Otra serie de estadísticas recopiladas por los periodistas de Bastamag muestra que de las 676 personas muertas como consecuencia de la acción policial entre 1977 y 2019, sólo el 60% fueron tiroteadas. Es más, la magnitud de la violencia policial va mucho más allá del caso más extremo de violencia mortal.

Una institución que transforma a los agentes

Aunque el racismo institucional es un hecho bien establecido en la investigación científica, si queremos comprender plenamente la violencia policial, debemos tener en cuenta otro rasgo específico de la policía, a saber, que se caracteriza por un extraordinario grado de aislamiento del mundo exterior y un formidable grado de cohesión interna. Desentrañemos este argumento en dos etapas.

En primer lugar, resulta que la mayoría de las personas que deciden convertirse en policías se caracterizan por una concepción puramente represiva de la profesión[8]. Así pues, la policía no atrae a una muestra representativa de la sociedad, sino a personas que destacan por su gusto por los medios autoritarios. Tras esta etapa inicial de autoselección, los policías son aislados aún más de la sociedad por la propia institución. Para comprenderlo, resulta útil estudiar la socialización profesional. Se trata de un doble proceso durante el cual el candidato adquiere las competencias técnicas y los conocimientos de la profesión, por un lado, y absorbe la visión de la sociedad que prevalece en el seno de la institución a la que se compromete, por otro.

Para aclarar la visión que prevalece en el seno de la institución policial, podemos utilizar los términos de un artículo científico según el cual los policías se ven a sí mismos como si vivieran en una "ciudadela sitiada", que une al grupo[9]. En otras palabras, los policías se sienten asediados por el resto de la sociedad. La formación de un espíritu de cuerpo se consigue por tanto mediante la construcción de un enemigo, y este proceso fomenta a su vez "un comportamiento excesivamente violento que sobrepasa los límites de la violencia legítima"[10]. Aunque el cuerpo de policía atrae a perfiles muy específicos, es sobre todo la institución policial, durante la socialización profesional, la que genera agentes muy unidos internamente y desconfiados, o incluso hostiles, hacia la sociedad.

Una vez sacado a la luz el funcionamiento interno de la institución policial, el argumento de que la violencia policial puede explicarse por una formación inadecuada, un periodo de formación demasiado corto y la reducción del umbral de elegibilidad de los aspirantes a la profesión policial pierde casi toda su fuerza. Aunque estos factores puedan desempeñar un papel marginal, el problema no reside principalmente en quienes acceden a la institución, sino en una institución que transforma a los agentes que trabajan en ella; un efecto que, como señala Hall, priva a la institución de toda capacidad autorreflexiva.

Pensar en la institución policial también permite, sin diluir la especificidad del racismo policial, comprender que el aumento de la violencia contra el movimiento obrero y el movimiento ecologista en la primavera de 2023 no procedió exclusivamente de quienes daban las órdenes al gobierno, sino del propio aparato policial. Más aún si se tiene en cuenta la expansión sin precedentes de las fuerzas policiales en los últimos 30 años.

En Que fait la police? demostramos que, en contra del mito generalizado de que la policía, como el resto de la función pública, ha sufrido la austeridad, de hecho, ha experimentado un aumento de recursos sin precedentes durante este periodo: +35% (muy superior al aumento de los recursos asignados a la educación durante el mismo periodo: 18%)[11]. El número de policías ha aumentado en proporciones similares. La última ley de programación del Ministerio del Interior, aprobada a finales de 2022, prevé ir aún más lejos, asignando casi 15.000 millones suplementarios en los próximos cinco años.

Esta evolución indica que la policía está materialmente en condiciones de ejercer un control sin precedentes sobre la sociedad. Entre otras cosas, esto se refleja en un contacto más regular con la población, lo que supone una oportunidad para que queden al descubierto los prejuicios que caracterizan a la institución.

Esto ayuda a explicar por qué los levantamientos que siguieron a la muerte de Nahel no se limitaron a Nanterre. También explica por qué una investigación sobre el autor de los disparos y su cómplice no podrá erradicar la rabia por la discriminación que se vive a diario en la región desde hace muchos, muchos años, y el dolor de tantas personas, casi exclusivamente negras o árabes, que han sufrido la violencia o incluso han perdido a un ser querido."

 ( , es economista y autor de Que fait la police?, Viento Sur, 01/07/23)

24.4.23

«La inutilidad social de nuestros trabajos de mierda nos come el alma, nos hace polvo»... «Lunes de mañana: tu cuerpo se acomodará a la ecuación exacta de una silla»...«Enhebrar, rebaja tras rebaja, una factura/ de alquiler a medias, copagos,/ transacciones médicas, hacer el amor/ cuando la ansiedad lo permite» (Azahara Palomeque)

 "«Enhebrar, rebaja tras rebaja, una factura/ de alquiler a medias, copagos,/ transacciones médicas, hacer el amor/ cuando la ansiedad lo permite». Azahara Palomeque (1986) toma en su último poemario, Currículum (Ril Editores), el pulso al sinsentido del trabajo turbocapitalista y a la zozobra de una generación, la suya, que se encuentra atrapada en el estrecho solapamiento de un diagrama de Venn de dos círculos en el que uno es el apocalipsis planetario, y el otro, el impenitente deber de acudir cada día a la oficina.

«Lunes de mañana: tu cuerpo se acomodará a la ecuación exacta de una silla». En los poemas de Currículum (Ril Editores) hay constantes referencias al cuerpo: bilis, encías, ovarios, nudillos… El trabajo es una «disciplina de órganos». Con frecuencia pensamos el trabajo actual como algo sin cuerpo, una actividad solo intelectual. Pero, igual que la nube digital necesita servidores materialísimos que consumen cantidades ingentes de energía, quien trabaja con un ordenador no deja de trabajar con el cuerpo, y de torturarlo.

Yo tengo una trayectoria de hablar del cuerpo en mis libros anteriores. Una cosa que me pasó como emigrante es que todo lo somatizaba. Me di cuenta de que tenía un cuerpo, y no precisamente para bien: contraje muchas infecciones, padecí estrés, ansiedad que antes no tenía, taquicardias que no sabes de dónde vienen, bruxismo… Síntomas que se fueron desarrollando conforme a una serie de mecanismos de explotación y de sometimiento.

Sí: tendemos a desmaterializarlo todo; o a decir que hay trabajos del cuerpo y trabajos de la mente. Si tú estás en una oficina, se supone que no trabajas con el cuerpo; y si estás en el campo, se supone que no trabajas con la mente. Pero es falso. A mí me gusta recordar el concepto de biopolítica de Foucault. El cuerpo sigue ahí. Si trabajas doce horas en una oficina, vas a tener problemas de espalda; si te oprimen, se te va a caer el pelo, como se me cayó a mí, o vas a perder la regla, como me pasó a mí. Somos siempre cuerpo, carne, huesos, sangre, órganos.

Es muy simbólico lo que comenta de la pérdida de la regla. El trabajo nos hace perder la misma capacidad de procrear. Usted habla en un poema de los «abrazos postergados»; pide que «aquello que el deseo unió no lo separe el trabajo». El trabajo hace que se resienta nuestra misma capacidad de amar.

Las relaciones afectivas se ven también muy dañadas por estas dinámicas de explotación y sometimiento al orden capitalista, sí. En otro poema, hablo de «hacer el amor cuando la ansiedad lo permita». Por poner el ejemplo contrario, cuando he vuelto a España y me he sentido muchísimo mejor, habiendo abandonado todo ese mundo tóxico de sometimiento al trabajo, he notado también una mejoría en el cuerpo, en mi capacidad de desarrollar, no solo encuentros sexuales, sino afectos en general. ¿Cómo vas a poder amar y desarrollar afectos cuando estás compitiendo con compañeros por ver quién alcanza los objetivos, a quién le dan un ascenso…? Eso también destruye el tejido colectivo que necesitamos para organizarnos y reclamar derechos.

¿Ha notado, a su vuelta a España, que la cultura del trabajo de aquí sea menos, digamos, despiadada que la estadounidense?

Sí. En parte, por una paradoja. En España hay más precariedad, menos posibilidades de ascenso; y la contrapartida es que eso permite establecer unas relaciones más saludables con tus compañeros, que acaban por ser amigos porque nadie está peleando por cuatro migas de pan; la movilidad social está rota y nadie piensa que vaya a heredar la empresa o que se vaya a convertir en clase media acomodada o alta por trabajar a destajo. La gente se resigna y se concentra en pasarlo bien e irse de cañas. No quiero minusvalorar la gravedad de esa precariedad o de las necesidades económicas que tenemos, pero tiene ese efecto. Y luego, claro, están los derechos laborales que existen aquí y en Estados Unidos no. El derecho a una baja por enfermedad o por parto mejoran bastante la vida.

Manejamos, o hay quien maneja, un imaginario del mundo del trabajo que sigue pensando en el obrero de mono azul y la cadena de montaje. Pero, para muchos proletarios de hoy, el mono es un traje y una corbata.

 Pervive ese imaginario marxista muy fuerte, sí, pero trabajos de manufactura cada vez hay menos, al menos en Europa. Lo que hay más son lo que David Graeber llamaba trabajos de mierda: labores administrativas, de marketing, de teleoperador, etcétera, que no valen para nada y que te comen el alma, porque su inutilidad social es tan grande que hace que la gente sienta que no cumple un rol social. Eso te hace polvo, tanto más en un momento de crisis política, energética, climática, etcétera, como este. El mundo se desmorona y tú sigues encerrado en una oficina.

El trabajador de un astillero, por duro que fuera el trabajo, sentía el orgullo de construir un barco que recorrería el mundo durante décadas; el de una mina, la épica del arrancar de las entrañas de la tierra la sustancia que movía el mundo. Un teleoperador no siente esa satisfacción de hacer algo útil socialmente. La sintaxis desordenada, quebrada, que maneja en sus poemas, ¿es una manera deliberada de reflejar ese absurdo, esa incomprensibilidad?

Siempre la he manejado, porque de alguna manera también representa ese cuerpo roto, desgarrado, o mi propia lucha con el lenguaje, que viene de estar deslocalizada, de mi lidiar con varias lenguas al mismo tiempo y encontrarme con un español que tenía casi que reconquistar cada vez que me ponía a escribir, algo que todavía me sigue pasando. Pero sí, también se puede relacionar con esa falta de utilidad o ese sentimiento de estar perdido en un trabajo útil para la empresa, pero sin función social.

Somos una generación a la que le han contado que si lo hacía todo bien y se esforzaba, las cosas serían maravillosas, y nos comeríamos el mundo. No ha sido así y nos encontramos ante un montón de mitos hechos trizas. El libro empieza con la búsqueda del trabajo, la espera, el a ver qué pasa. Al final sí que hay un trabajo, pero me refiero a él con poemas titulados La oficina (I), La oficina (II), La oficina (III); o Jornada laboral (I), Jornada laboral (II)… Esa repetición, ese bucle depresivo.

En Estados Unidos se habla hoy de una Gran Dimisión motivada por la pandemia. El confinamiento, el reencuentro con la vida que significó para mucha gente, ha hecho darse cuenta a muchas personas de que podían renunciar al trabajo o a parte de él a cambio de una existencia más plácida. Poder, por ejemplo, recuperar el placer perdido de una siesta, tema al que dedica un poema: «Recuerdas cómo era malversar el tiempo/ una tarde espigada/ tras el almuerzo, vientres de animal/ con que madre hacía milagros». Usted ha escrito alguna cosa sobre eso. ¿Hay una revolución mental en marcha contra el turbocapitalismo?

Está habiendo un cambio de paradigma lento, progresivo, que no va a ser radical, porque en Estados Unidos la identidad personal viene marcada por el trabajo. Siempre te preguntan: «What do you do?», y si no haces veinte mil cosas no eres persona. El carné de ciudadanía te lo da el trabajo. Pero sí que con la pandemia hubo esa gran dimisión. Yo la documenté bien y eran datos reales de miles de personas que dejaban los trabajos. Algunos, después, se reincorporaban, pero otros no. También los había que montaban su propia empresa buscando hacer algo que tuviera sentido; no seguir adelante con esas carreras laborales absurdas.

Hablamos de un país en el que, muchas veces, el seguro médico te lo da la empresa, lo cual hace que dejarla signifique un riesgo enorme. Pero mucha gente lo hacía a pesar de todo. También está pasando lo que allí llaman silent quitting, «renuncia silenciosa»: hacer lo mínimo posible para no ser despedidos; no hacer horas extra, no pretender superar las expectativas sobre ellos. En aquel contexto, es bastante sorprendente: significa ir en contra de lo que en teoría significa ser un buen ciudadano y no asumir que la identidad corporativa de tu empresa es también la tuya.

La pandemia ha cambiado las cosas. Nos hemos dado cuenta de nuestra vulnerabilidad, de que no es tan difícil morirse, algo que a mucha gente se le había olvidado. Además, estamos en un momento de crisis perpetua: cuando no sea una pandemia, va a ser una crisis económica o un desatre medioambiental. Y la gente se dice: «¿Para qué voy a dedicar diez o doce horas diarias de mi vida a esto, en un capitalismo que agoniza, mientras mis hijos crecen en una guardería?».

Termino preguntándole por la feminidad; por cómo sus poemas también transmiten el extra de penurias que la feminidad siempre significa. Ser mujer, aun en un mundo que ha hecho avances en materia de igualdad, sigue significando techos de cristal y suelos pegajosos. Hay un poema, Oferta de trabajo, en el que versifica la búsqueda de una mujer, «miembro obediente de aspecto/ calibradamente humano, sin excesos;/ que pueda desapercibirse sola».

El techo de cristal sigue siendo muy bajo, sí; tanto como para estar en cuclillas. Y el suelo, pegajoso. Fíjate, se habla del #MeToo, y creemos que el feminismo ha impactado mucho en Estados Unidos, y en algún momento lo hizo, pero ahora mismo está más arraigado en otros países que allí. La violencia de género sigue siendo violencia doméstica. Todo eso se traslada al ambiente laboral.

Allá, además, los patrones de feminidad están muy asociados a los patrones racistas: tú puedes ser un tipo de mujer u otro dependiendo de tu raza. Existe, por ejemplo, el estereotipo de que las mujeres negras tienen una personalidad muy fuerte y gritan más, y se permite, digamos, que tú seas más abiertamente agresiva o tengas una opinión cuando eres una mujer negra que si eres una mujer blanca, en cuyo caso se te pedirá ser más comedida, más disciplinada, sonreír más. A mí me ocurría que no me ajustaba a ninguno de esos patrones: primero, porque no eran los míos, porque no había crecido en esos códigos culturales; pero, segundo, porque yo no caía en ninguna de las dos partes de esa dicotomía racial. Mucha gente no me consideraba suficientemente blanca; tengo rasgos que se veían como de Oriente Medio. Pero era europea. Pero también era hispana. Esa mezcla resultaba rara allí. Obviamente, tampoco era negra. Desafiaba constantemente esos patrones raciales y de género."               (Pablo Batalla, La Marea, 17/11/22)

2.2.23

Perú: Hoy nos encontramos con un extenso movimiento de respuesta social, que no sigue a ninguna ideología definida y, sin liderazgo alguno... se trata del despertar de un país al que las élites nunca se tomaron el trabajo de entender... los movilizados contra el régimen de Boluarte son jornaleros o trabajadores, pero son sobre todo comerciantes, pequeños empresarios, campesinos dueños de sus tierras, estudiantes universitarios hijos de campesinos, miembros de comunidades y también desposeídos, empobrecidos por las empresas extractivas... La burguesía chola se subleva... a caballo entre los sentidos colectivistas originarios y el sentido de aislamiento social promovido por el liberalismo económico descontrolado, que conduce la certidumbre de que cada uno se las tiene que arreglar solo... Y así, sus aspiraciones no son las de un vivir bajo un Estado poderoso como podría ser la apuesta socialista (o comunista), sino las de poder desarrollar sus capacidades, individuales o colectivas, para lograr afirmarse social, cultural y económicamente, con todas las ventajas de las élites que los desprecian, pero afirmados en sus raíces y sus lugares... Pedro Castillo, campesino maestro rural, parece haber sido el gatillo que aguardaba hace tiempo el mundo contenido en la informalidad económica, cultural, social, lingüística... Verse de pronto entronizados elevó las expectativas de una enorme marea social diversa pero unida por la común marginación obra de un grupo cerrado, identificado con Lima, neoeuropeo... Por mediocre, corrupto y sin rumbo que haya sido el gobierno de Castillo, el trato que recibió fue humillante y racista... lo que vemos es a una burguesía chola, comerciante semiurbana y urbana, pequeña inversionista, agrocomerciante, profesional, mayormente en el mundo informal, que busca irrumpir con fuerza para intentar dar a sus hijos las mismas oportunidades que tienen las minorías neoeuropeas que acaparan todo el poder... puede devenir en la revolución de una burguesía chola (al modo del tercer Estado durante la revolución francesa), por acercarnos a una idea conocida

 "Un sentido común entre los grupos de mayor poder económico y social en el Perú, y que acapara los espacios del Estado en dictadura, es el de calificar de “izquierda” a todo lo que se mueve en contra de lo que piensan, creen o defienden. Esto es característico, además, de toda extrema derecha, antidemocrática por definición, que necesita siempre de un discurso maniqueo y absoluto para evitar cualquier debate.

La palabra “izquierda” les es útil para poder, de inmediato, desplazarse hacia el terruqueo o –peor– el ninguneo, con matiz abiertamente racista, de los opositores, que resultan siempre ser manipulados, ignorantes, etc. (...)

Mala fe. Los dueños del poder no han inventado nada, solo acuden al repliegue común a todos aquellos que se aferran no solo a sus privilegios sino a sus hábitos y modos de vida que les aterra cambiar, y que es el sentido común de todos los conservadores de la Historia. (...)

De esa suma de prejuicios nacen los motivos que hoy se instalan con fuerza entre sectores de las clases medias y entre todo el sector más dominante, pero –nuevamente– todo importado de Europa: ese es el principal problema. Y es lo que hace que su matriz sea profundamente racista.

 Un ejemplo para entender los desencuentros de origen y que persisten lo podemos buscar, como al azar, en un caso reciente, que me cupo la posibilidad de seguir: el juicio a los indígenas awajún y wampís involucrados en los eventos que culminaron en la masacre de Bagua en 2009. Ocurrió que, “durante el juicio a los indígenas, los jueces debieron retardar el proceso, porque la intérprete wampís Dina Ananco Ahuananchi expresó la necesidad de que se explicara a los encausados cada uno de los términos en que consistía la acusación. Ocurre que la mayoría de los indígenas no entendía por qué estaban siendo enjuiciados”. Entre los encausados razonaban: “A mí me provocan, me invaden, reacciono, me defiendo, y el más grande me castiga encima”.

 Isaac Paz, el intérprete awajún, explicaba: “Los awajún y wampís siempre van al origen de las cosas, a la causa de las cosas. ¿Cuál fue el inicio? Un juez awajún hubiera juzgado a los que entraron, a los que invadieron”. Es decir, a los responsables políticos en el Estado: el entonces presidente Alan García, la entonces ministra del Interior Mercedes Cabanillas…

Con solo este ejemplo podemos explicarnos el abismo que distancia a los múltiples pueblos del Perú de las élites dominantes, que pueden situarse a la derecha o a la izquierda, es igual. Y reparar en que el problema, de una manera más profunda y compleja, trata, aunque no se puede/quiere ver, de relaciones distintas, de un lado y del otro, con la tierra. (...)

Aníbal Quijano describe lo que son nuestras repúblicas independientes en América Latina y el Caribe, como “esta extraña paradoja: una sociedad organizada en términos coloniales, donde los ejes coloniales no sólo no son desmontados, sino que se reafirman y encostran”.

Los que emergen

Hoy nos encontramos con un extenso movimiento de respuesta social, pero también profundamente emotiva, y con objetivos muy concretos, que no sigue a ninguna ideología definida y, además, sin liderazgo alguno. Una repentina explosión de respuesta a siglos de olvido y rechazo y a sinrazones nacidas del predominio de una sola herencia cultural, impuesta desde la colonia como absoluta, mientras se rechaza la pluriculturalidad originaria.

Todo para sustentar ideológicamente la explotación del otro y de su tierra. Una respuesta que nace, igualmente, de las entrañas de muchos pueblos, hartos finalmente, y a lo que la propaganda conservadora insiste –por interés político– en llamar “izquierda”.

 Cuando, en realidad, se trata del despertar de un país al que nunca se tomaron el trabajo de entender más allá de la morfología y los dones de su subsuelo.

Si analizamos las características generales de las personas que se movilizan en las manifestaciones contra el régimen de Boluarte y el Congreso de la República, vemos que hay efectivamente jornaleros o trabajadores de ese tipo, pero son sobre todo comerciantes, pequeños empresarios, campesinos dueños de sus tierras, estudiantes universitarios hijos de campesinos, miembros de comunidades y también desposeídos, empobrecidos –con apoyo del Estado– por las empresas extractivas. Aymaras, chancas, quechuas, asheninkas, awajún, etc., y mestizos, todos sumergidos en el limbo cultural al que la educación formal y el ambiente social los ha sumergido. Unidos por el mismo adversario, sin embargo. (...)

Ese multitudinario mundo está unido por el común desprecio que recibe de las élites que gobiernan desde la capital.

 Pero ese mundo sí se conoce a sí mismo. Y hoy, que tiene la influencia de treinta años de sentido común individualista promovido por el liberalismo económico descontrolado y simultáneamente mercantilista, ha creado personajes sinérgicos, a caballo entre los sentidos colectivistas originarios y el sentido de aislamiento social a que conduce la certidumbre de que cada uno se las tiene que arreglar solo. Un encuentro mal tejido entre el ser real en el mundo informal, y el deber/querer ser que la formalidad de pocos ofrece como ideal inalcanzable.

 Y así, sus aspiraciones no son las de un vivir bajo un Estado poderoso como podría ser la apuesta socialista (o comunista), sino las de poder desarrollar sus capacidades, individuales o colectivas, para lograr afirmarse social, cultural y económicamente, con todas las ventajas y prerrogativas de las élites que los desprecian, pero afirmados en sus raíces y sus lugares. (...)

Esa aproximación distinta hacia la tierra marca la diferencia fundamental entre los dos mundos. Y, a pesar de la disposición del mundo mayoritario a incorporarse a la cultura dominante, al ser esta disposición rechazada siempre, los mundos no solo se apartan, se afirman permanentemente como extraños, sino que, a pesar de generar incluso economías interconectadas por la necesidad, son por definición diferentes. La colonialidad del poder tiene esta característica que podemos reconocer como ecológica, donde el ecocidio es también parte de la forma de imposición de los pocos sobre los muchos ajenos.

Es el problema central que Quijano identifica como el nudo arguediano: identidad, modernidad y democracia son las aspiraciones que “no pueden lograrse uno tras otro. No pueden lograrse los unos sin los otros”.     

Esta revolución no es “de izquierdas”

La situación es como sigue. “La recaudación tributaria como porcentaje del PIB de Perú en 2020 (15,2%) estuvo por debajo del promedio de América Latina y el Caribe (21,9%) (…) y por debajo del promedio de la OCDE (33,5%)”. Es lo que aporta el 25% formal, cuya cúspide empresarial se beneficia con la mayor parte del jamón y paga los menos impuestos que puede.

Mientras que el 75% del país informal vive en el paraíso de Milton Friedman, sin regulación alguna, sin pagar impuestos, pero pagando los salarios que le da la gana, sin pagar o recibir beneficios ni seguros, devastando también en algunos casos, y aportando por esta vía, más los impuestos indirectos, a los ingresos del Estado. Según el INEI, “el sector informal aporta el 18% al valor total de todos los productos producidos”. A lo que hay que sumar lo que no se contabiliza, pero ingresa de todas maneras al sistema financiero, sin que nadie pregunte de dónde viene.

A este mundo de la informalidad le llama el economista Francisco Durand el colchón que permite que la macroeconomía luzca exitosa. Un mundo en el que circula mucho dinero ilegal pero mayoritariamente no delictivo, y que –para que quede claro el financiamiento de las movilizaciones– en todos los lugares del país, de manera espontánea, ha acumulado fondos suficientes en bolsas que permiten mantener la oposición al régimen.

Ahora bien, el debate sobre formalizar al informal es un debate hipócrita, porque no conviene al estado de las cosas. ¿Qué se haría del sector formal con ese ejército de trabajadores y pequeños empresarios?: simplemente no hay sitio. ¿Qué se haría de ese mundo informal con las cargas que necesariamente requiere el Estado para atender lo elemental? No sobreviviría.

El mundo de la informalidad produce situaciones de explotación extrema, humanamente insoportables. Lo hemos visto todos en los casos de trágicas pérdidas de vidas por descontrol de los “emprendimientos” informales. Es decir que tampoco es deseable desde la perspectiva de una sociedad democrática, que es el valor al que todos aspiramos.

No pretendemos dar respuestas a esas interrogantes por nuestra cuenta, porque queremos, más bien, explicar por qué creemos que todo aquel dilema puede estar encontrando vías de solución por su propia cuenta. Vamos adelantando: quizá estemos camino de romper el nudo arguediano.

La rosca y la nueva burguesía chola

El caso de Pedro Castillo, campesino maestro rural elevado a presidente de la República, más allá de su propia consciencia sobre la imagen que proyecta, parece haber sido el gatillo que aguardaba hace tiempo el mundo contenido en la informalidad económica, cultural, social, cultural, lingüística. El margen social para el que nunca hay tiempo ni recursos.

Verse de pronto entronizados elevó las expectativas de una enorme marea social diversa pero unida por la común marginación obra de un grupo cerrado, identificado con Lima, neoeuropeo, y con el gobierno desde la capital de la República. Por mediocre, corrupto y sin rumbo que haya sido el gobierno de Castillo, el trato que recibió el personaje, antes incluso de que mostrara sus pocas capacidades para gobernar, fue degradante, humillante y flagrantemente racializado, racista.

La vacancia de Castillo, formalmente legal y consecuencia de una acción a la que, al parecer, fue conducido con engaños pueriles, nunca fue entendida como lo que la formalidad legal establece, sino como la conclusión de todas las agresiones y maltratos recibidos antes por parte del pequeño grupo dueño del poder en la capital y que, en estos tiempos, se encuentra empoderado en el Congreso de la República como sostén de una dictadura militarizada.

 Suma –este grupo– de antigua burguesía capitalina, ya lo dijimos, y de nuevos ricos y sus representantes provincianos. Sostenidos por la fuerza de un dinero acumulado en ese mundo de las finanzas que –hasta hoy– los sublevados no logran percibir con claridad. Falta eso… Y dirigencias de las fuerzas armadas y policiales ideologizadas a la extrema derecha, pero también con tramas de corrupción sobre las que ya ha habido bastante prensa. Esa es la rosca gobernante, que usa a Boluarte como escudo.

 La revuelta popular, espontánea, sin azuzadores ni dirigencias, con una agenda no ideológica sino práctica, que incluye disolución del Congreso, renuncia de Dina Boluarte a la presidencia  y elecciones generales en 2023, a lo que se suma ahora demanda de justicia para los asesinados por la represión con balas, implica también la afirmación de la población mayoritaria, la de la informalidad y la marginación, en su demanda de ser reconocidos. Varios dicen: “Que respeten mi voto”, lo que no es necesariamente respaldo a la figura del expresidente vacado, sino al principio del valor de ese voto, que se resiente como despreciado.

En ese marco general, lo que vemos es a una burguesía chola, comerciante semiurbana y urbana, pequeña inversionista, agrocomerciante, profesional, mayormente en el mundo informal, que busca irrumpir con fuerza para intentar dar a sus hijos las mismas oportunidades que tienen las minorías neoeuropeas que hoy acaparan todo el poder de decisión. Y que busca acceder a los espacios donde se definen los modos de vida, las orientaciones generales culturales, las estrategias económicas, los modos y fondos de la educación, el acceso igual a la salud, pública o privada, y la posibilidad de hacer, finalmente, el Estado de la sociedad pluricultural nacida de la biodiversidad que lo produjo.

 Pero, además, que todo ello no transcurra solo en Lima u otra ciudad costera, sino de manera equivalente en cada lugar del país: una descentralización de verdad, desde abajo, desde la producción, la organización social, el mercado local, y el Estado para todos y en todos lados, y no la comedia burocrática fallida que hoy nos desorganiza.

En esa movilización sin liderazgo único, sino de liderazgos múltiples pero objetivos políticos muy definidos, la figura de Castillo ha sido tan solo el pretexto para manifestarse finalmente. Pero, al mismo tiempo, por sus mismas características de espontaneidad, tal movilización con controles locales o dispersos permite que pequeños grupos con intereses propios traten de sacar provecho de la circunstancia o incurran en actos vandálicos, lo que proporciona argumentos para la represión de la dictadura que, característicamente y desbordada, o inventa situaciones o generaliza situaciones particulares reales con la ayuda de los medios. (...)

Es, pues, un enorme destacamento de productores urbanos, agricultores, comerciantes, profesionales y quienes aspiran a serlo, que hoy reclaman su lugar en lo que me atrevo a sugerir que puede devenir en la revolución de una burguesía chola –al modo del tercer Estado durante la revolución francesa, por acercarnos a una idea conocida y cuya similitud es posible en el estado colonial– que hace tiempo está esperando su hora.

Nada menos a la izquierda que eso."                  

(David Roca Basadre es escritor y periodista peruano. CTXT, 21/01/23)